here comes the sun and I say it's all right

&.

Para comenzar correctamente la mañana, el torrente sanguíneo de Harry necesitaba mínimamente un cuarto de cafeína. Así que era un buen hábito adquirido en sus años viviendo en Ámsterdam, el pasar a alguna cafetería antes de entrar a trabajar. El bonus por desviarse un poco de su camino hacia el Ministerio, era la agradable sonrisa de Adeline, la joven que siempre le atendía.

El ojiverde antes de salir, permaneció algunos minutos observándola. Era una joven de treinta y pocos años, que a todos los clientes le sonreía, pero con Harry mostraba una sonrisa más ligera, menos comercial. Tenía una hermosa cabellera castaña con tonalidades rojizas, la cual le recordaba a cierta pelirroja que desde la semana pasada no veía.

Le gustaba platicar con él mientras preparaba su caramel macchiato e incluso llegaban a flirtear, como esa mañana, cuando al momento de entregarle su pedido, la joven rozó su mano con la de él.

Habían llegado una pareja de adolescentes, que al momento atendió con su habitual disposición: la sonrisa que Adeline les regalaba a los muchachos era bonita, pero la de Ginny con sus dos holluelos en cada esquina de sus labios escondiendo secretos, era preciosa.

Un momento se detuvo antes de cerrar por completo la puerta de la entrada.

— ¿Line?

— ¿Si, Harry? —. Le contestó la muchacha, con una mirada de ¿expectación? en sus ojos color cielo.

— ¡Que tengas un buen día! —. Le deseó sinceramente.

— Que lo tengas también tú, Harry —. Lo despidió Adeline mientras sus ojos adquirían un tono de resignación. Y volvió a sonreírle, igual que hizo con el par de jóvenes.

— ¡Oh! Genial, Potter. ¿Podrías haberme encontrado más elegante que ahora? —. Fue el saludo que recibió de la pelirroja mientras le abría la puerta de su departamento. Harry se tragó una carcajada al verla con una cosa viscosa y verde sobre la cara, vestida con unos pantalones de dormir, su bata de baño y unas enormes pantuflas de garras.

En el refrigerador colocó el six de cervezas que compró en el supermercado antes de llegar a la casa de Ginny. Cuando lo cerró, la pelirroja estaba parada detrás de él, con toda las intenciones de besarlo en la mejilla... besarlo con toda esa masa verde que tenía en la cara. Ni hablar.

— Ah, no, no, no. A mí no me jodas con tus chunches esas.

— ¿Chunches? ¿Cuáles chunches? —. Le preguntó inocentemente mientras seguía tranquilamente los pasos que daba Harry. — Oh, éstas —. Se apuntó la cara con el dedo índice. — Vamos, mi querido mejor amigo, ¿no irás a ser tan grosera con tu mejor amiga e ignorarás su saludo porque te da miedo su hermosa cara?

— Pelirroja, no necesito nada viscoso sobre mi rostro. Así que, aléjate.

— Perdóname que te desmienta. Claro que necesitas urgentemente de una renovadora mascarilla de aguacate. ¿Acaso no te haz visto en un espejo últimamente? —. Por supuesto que se veía cada mañana en el espejo de su baño cuando salía de ducharse. Ella estaba tratando de ser sarcástica, nada más. — No. Lo sospechaba. Pues déjame que decirte que esas horribles ojeras, esas reveladoras arrugas alrededor de tus ojos no son nada alagadoras contigo. — ¿Arrugas, ojeras? Harry no tenía nada de eso.

— Ginny, conozco perfectamente mi cara y sé que no necesito ninguna mascarilla. No tengo ojeras.

— ¿ De verdad? Bueno, como tú lo desees. -—Acto seguido se acomodó en su posición de Buda favorita. Tomó el control y... Harry se lo quitó.

— Mira el tesoro que conseguí —. Se paró frente a ella con un DVD.

— ¿Qué es?

— Comprueba por ti misma —. El objeto salió volando por los aires y aterrizó en el regazo de la joven. Ginny lo examinó incrédula.

— ¿Es en serio? Harry ¿de verdad lograste conseguirla? — . Sus ojos brillaban de la misma manera que brillaron los de Harry cuando ganó el Manchester United la Champions League el mes pasado.

— ¡Te amo! Eres el mejor amigo del mundo, que digo del mundo, del sistema solar, de la galaxia —. Corrió a abrazarlo y besarlo en las dos mejillas, mientras el azabache hacía pucheros por sentir su cara embarrada con la mascarilla asquerosa de Ginny.

— Bueno, pues vamos a desvelarnos. ¿Lista? —. Cogió el DVD y lo colocó en el reproductor.

— Harry, ¿piensas ver conmigo la última temporada de Charmed?

— Por supuesto, quiero ver cómo terminan esas tres patea-traseros. Son geniales.

Y por supuesto que vieron los capítulos completos, sin interrupciones, más que las necesarias, dígase comer los sandwiches que prepararon a medianoche de ese viernes e ir a cumplir ciertas necesidades fisiológicas cuando el momento ya no se podía postergar más.

Despuntaba el alba cuando la cabeza de Ginny suavemente se fue posando en el pecho cálido de Harry y los dos pares de ojos se cerraron. El sofá-cama de la sala se convirtió en un cómodo lugar para dormir ocho doras seguidas.

Despertaron a las tres de la tarde del sábado. La primera en hacerlo fue Ginny. Un brazo peludo atravesaba su estómago de arriba hacia abajo. Detrás de su espalda descansaba el pecho de Harry y en su nuca revoloteaban sutilmente unos pelillos traviesos que se destravaron de su moño, por la lenta respiración del muchacho. La pelirroja se desperezó extendiendo sus brazos. Con su pie le dio un golpe en las piernas a Harry, pero éste sólo gimió y siguió durmiendo.

— ¡Haaaarrrrryyyyy! —. Gritó la pelirroja.

— ¿Qué? ¿Qué pasa? —. Fue tan brusco su despertar que al levantarse del sófa se enredó con las sábanas y cayó.

— Pedazo de idiota—. Le dijo la pelirroja mientras reía y tomaba un sorbo de su cerveza.

— ¡Demonios! Ginevra. ¡Qué manera de despertar a la gente!

— De alguna forma tenía que hacer para que levantaras tu plano trasero de mi sofá.

— ¿Plano? —. Le preguntó indignado mientras se sobaba la rodilla. — Mi trasero no es plano, lo he trabajado arduamente en las misiones persiguiendo a esos cabrones brujos.

— ¡Perdooón!

— ¿Qué quieres? —. Le preguntó.

— ¿Yo? Nada

— Si, tú. Por algo me despertaste. ¿Qué sudece? —. ¿Era la imaginación de Ginny o Harry estaba cabreado? Pero por supuesto que lo estaba. A Harry Potter le encabrona ser despertado bruscamente.

— ¡Ah! Si, ahora recuerdo. Se acabaron las cervezas. Ésta es la última —. Le enseño la lata que sostenía en su mano y le daba el último trago.

— ¡Qué saludable! Despertarte y lo primero que tu estomago digiere es cerveza.

— Cámbiate y ve por unas al súper ¿si? Mientras yo preparo algo de comer.

— Está bien —. Le dijo no muy convencido. — Pero ¿estás segura que no prefieres ir tú? A mi no se me quema el agua.

— No. Tú quemas la casa entera —. Las alegres carcajadas de Ginny se continuaron oyendo hasta el pasillo mientras Harry bajaba las escaleras.

No salieron del departamento de Ginny hasta la noche de ese día. Fueron juntos a un centro comercial más grande a comprar las provisiones del día siguiente. Por la tarde acabaron de ver el último episodio de la definitiva última temporada de Charmed y Harry curiosamente vio salir de los ojos de Ginny dos lágrimas mientras los créditos se sucedían unos tras otros en el televisor. No le dijo nada, sólo sonrió. Ahora necesitaban algunos kilos de carne, pastas, dos litros de refresco, un frasco de café para Harry, otros paquetes de cerveza, que el muchacho se encargaría de esconder muy bien, y quien sabe qué más cosas estaban en la lista.

— Ginny, date por vencida. No es temporada de moras.

— No me importa. Yo quiero mi té de moras y las voy a conseguir así sea lo último que haga.

¡Arg! La condenada pelirroja era demasiado cabezota. Llevaban dos horas buscando las dichosas moras en varios supermercados y no las encontraban. Éste era el último que recorrían y que permanecia abierto a las once de la noche.

— Pelirroja, mejor compráte unos sobres de té de manzanilla —-. Mejor hubiese sido haberse quedado callado. No le dijo nada su amiga, pero con su mirada bastó para ahuyentar a la dependienta que amablemente les ofrecía el paquete de té de manzanilla.

— Manzanilla. Manzaniilla. No tengo problemas estomacales. Quiero moras, moras. No es mucho pedir ¿o sí? —. Sí, sí era pedir mucho. Pero Harry no se lo iba a decir en voz alta. Su cuello estaba perfecto sin las manos de Ginny alrededor de él.

— ¿Qué me ven? —. Le gritó a un par de señoras nocturnas que la observaban con burla. — ¿Las quieren?—. Señaló sus pantunflas de garras que calzaba—. Pues comprense unas, éstas son mías.

— Oh, oh, oh. Calmada, pelirroja. No te hicieron nada —. Harry les ofreció una disculpa. Condujo a Ginny a la sección de frutas y verduras y ... el sol salió por el horizonte iluminado las verdes praderas... el milagro sucedió.

Un solitario paquete de moras gritaba "¡Ginny, Ginny! Aquí estamos, llévanos contigo, hemos esperado una eternidad" Por supuesto que la pelirroja lo cogió, lo estrechó entre sus brazos, como una madre lo hace cuando al hijo que no ha visto en un año regresa a casa.

Harry pudo suspirar aliviado hasta que... una anciana miraba impotente cómo sus moras eran cogidas por una psicópata pelirroja.

— Señorita, ¿piensa comprar el último paquete de moras?

— Por supuesto que si. ¿No me diga que usted también las quiere? Dígame que no, por favor —. Le dijo Ginny suplicando.

— Pues si, yo también las quiero llevar. ¡Ay, señorita! Si supiera —. No, por favor, no. No era posible que cuando por fin consiguió sus anheladas moras, llegara una adorable anciana a hacerle ojitos de cachorro y le contara una historia trágica para que Ginny cediera sus preciosas moras. Pero, ¿qué hacía una adorable anciana casi a medianoche en el supermercado? Se supone que debería de estar durmiendo, como todos los demás ancianos del mundo, como tía Muriel, ella se acostaba a las nueve de la noche. — Seguramente se preguntará qué hago yo a estas alturas de la noche aquí y porqué no compré las moras en el día. No me responda, sé que lo pensó. Pues bien —. Suspiró largamente. — No vengo sola. El caballero que está en las cajas, ese de allá — le señaló a un señor de aproximadamente la misma edad que ella, con una boina cubriendo su plateada cabeza y apoyado en un elegante bastón de madera, le sonreía — me acompaña. Es mi novio.

— ¿Novio? —. Preguntó incrédula la pelirroja.

— Si, mi novio desde hace sesenta y cinco años.

Oh, sí. Esto era de antología. Harry observaba callado la escena. La señora que platicaba con Ginny llevaba el pelo corto, no usaba bastón ni lentes, era alta para la media de los demás ancianos de su edad, y sí, de su cuello colgaba un camafeo de oro. No aparentaba lo octogenario de sus huesos. Y vestía elegantemente. Las discretas miradas que le dirigía de vez en cuando le dieron la respuesta que estaba buscando.

— Pero ¿no me vas a presentar al tuyo?

— ¿Al mío?

— Si, a tu novio.

— Oh, no. Él es mi mejor amigo —. Le explicó refiriéndose a Harry. A menudo solían confundirlos con novios o esposos, pero extrañamente no les molestaba. Al contrario, cuando eso sucedía Ginny volteaba a ver a Harry y le decía " Ves querido, deberíamos de hacerlo oficial" y rompían a reir por lo cínicos que llegaban a ser.

— Es un placer volver a verla, Señorita Emma —. Por primera vez en un buen rato habló Harry, al mismo tiempo que se inclinaba para besar la helada mano de la señora. Al hacerlo se dio cuenta que lo único que revelaba su verdadera edad era el ligero, pero constante temblor de la mano.

— Oh, Señor Potter, usted siempre tan galante. Es una suerte contar con un joven como él —. Se dirigió a Ginny.

— Esperen un minuto, ¿se conocen?

— Desde luego —. Dijero los dos al mismo tiempo riendo.

— Ella es la mujer que tan amablemente me regaló su ejemplar de "La Dama de las Camelias", para que te lo obsequiara a ti.

Ginny se llevó una mano a la boca sorprendida, porque recordaba que Harry le había comentado que para conseguir ese libro, la señora lo había obligado a fingir que se le declaraba como su prometido muerto en la segunda guerra mundial. Era demasiada casualidad que se vinieran a conocer las dos mujeres en un supermercado a medianoche y por unas moras.

— Y el señor que me está esperando es...

— No me diga que es su...

— Si, es él. Edmond, mi prometido.

El caballero al ver que se referían a él, se acercó a saludar a la joven pareja que charlaba con su dama. En su mirada se encontraban las profundidades de una enorme dicha, la que se experimenta sólo cuando se sabe que el resto de tus noches y días reposarás al lado del amor de tu vida. Esa tranquilidad y serenidad que se da cuando de la vida sólo se espera cosechar los frutos de una larga espera.

Un hombre entre los cincuenta y muchos y sesenta y pocos acompañaba al caballero de mayor edad.

— Y el que viene con Edmond es Jerome, nuestro hijo.

Ginevra Molly Weasley no lloraba, claro que no, salvo en ocasiones muy, pero muy especiales, como ésta.

Una familia reunida después de sesenta y tres años de espera. ¡Dios mío!

— Llegó hoy por la tarde. Al final resultó que no estaba muerto, andaba de parranda —. Rompió a reír. — Las moras son para prepararle su tarta favorita.

— Señorita Emma...

— Señora, jovencita, muy pronto seré señora, que mi trabajo me ha costado.

— Como le decía, de su historia a la mía, la suya se gana las moras, tome —. Ginny colocó el paquete entre sus manos. Se giró y saludó con un caluroso abrazo a Edmond.

De cierto es que la agradable familia Campbell invitó a los Potter, o Weasley o Potter Weasley, bueno a Harry y a Ginny a una comida en su casa el día siguiente. Los dos aceptaron encantados confirmando su asistencia. Los partidos grabados de la Champions League esperarían hasta el fin de semana siguiente para ser vistos.

Al despedirse, Harry se tardó más de lo normal en sostener su cabeza cerca de la de Emma. Misteriosas palabras susurró al oído de Harry.

Llegaron a la casa de Ginny a la una de la madrugada. Ella alegaba que no tenía sueño, sólo quería una buena taza de té de manzanilla, que Harry se ofreció a preparársela. Ella se repantigó en su mullido sofá mientras su amigo estaba en la cocina, poco a poco las palabras que salían de su boca se hacían más y más bajas, hasta que el pelinegro tuvo que gritarle que no escuchaba nada.

Salió de la cocina para ver porqué Ginny lo ignoraba olímpicamente, se encontró con que la pelirroja dormitaba en una posición muy rara. Harry se acercó para tratar de cargarla y llevarla a su cama, pero inconscientemente ella lo jaló hasta tenerlo sentado a su lado y se acurrucó en su regazo, quedando su boca muy cerca del cuello de Harry, él optó por tenderlos a ambos en el sofá-cama y darle un beso de buenas noches en la coronilla de su cabeza, la cual encajaba perfectamente debajo de su barbilla.

Esta serenidad debía de sentir Edmond, seguro que sí. No tardaría mucho tiempo... ¿en conciliar el sueño? No. En decírle algo a su pelirroja número uno.


Cuac, cuac. Soy un pato xD Dios mío. Ya desvarío, pues sí, después d casi un año que me propuse escribir este capítulo, obvio que algún daño cerebral iba a resultar,. Well, mis hermosos lectores les jurito que esta historia no quedará así, será terminada, ya tengo el capítulo que sigue al que sigue de este xD, seeh, ¿o sea cómo? Pues si, es que pensaba hacer sólo cinco capis, pero resulta que del tercero se me ocurrió hacer como dos partes, o sea un cuarto capi y luego el que ya tengo escrito y por fin el último y a lo mejor un epílogo Bueno, debo darles las gracias a todas las hermosísimas niñas que siguen amenazándome por correo diciéndome que actualize y claro que lo haré, a esta historia le tengo mucho cariño y unas ganas, aahh, eso sonó muy.. Agradezco enormemente los comentarios que me dejan.

¿reviews?

Madame. 08/04/13