Re orgoglioso

No necesita que la hija de los Capuleto lo arrulle y lo acaricie. No, después de años de voluptuosidades, mientras que ella se arrastraba por el fango y las sombras con los suyos, esperando el momento adecuado para darle muerte. No, no la necesita. Para nada. Aunque se sienta tan bien y esa tonada que está cantando, mientras acaricia su espalda evitando la grieta abierta y envenenada por su hijo adoptivo (el traicionero zángano), cobarde en su demencia, le parezca conocida. Quizás la cantaba su madre. Y eso es lo último que escucha, tomando las manos de Romeo (es la primera vez que hace eso, desde que puede recordar. Quería que él fuera fuerte y para eso, lo necesitaba lejos), hasta que todo se queda velado por un manto de oscuridad. Ni siquiera necesita cerrar los ojos.