5

Todo el tiempo

— Ya puedes cerrar la boca, Pataki —Gerald, con el típico y familiar número 33 grabado en la playera, tomó su casco y se puso de pie esperando que la coach pudiese reaccionar. — hay un juego que ganar, y unos cuantos traseros que patear.

La sonrisa en su rostro era de complacencia pues estaba viendo el estupor en Helga G. Pataki en todo su esplendor. Al menos ya no balbuceaba como una idiota. A todos les había tomado por sorpresa la inesperada llegada del joven Shortman, de todos Gerald era el que más se alegraba después de Helga, claro. A una parte de eso también se debía su sonrisa. A una parte.

Helga solo tuvo que ver las miradas de todos, parecían regodearse en su estupor y ella lo estaba permitiendo en sus narices. Frunció el entrecejo y apretó los puños y solo una orden tuvo que dar para que todos salieran de los vestidores ya sin sentirse que salían como corderos. No, ellos iban a recuperar el orgullo dañado, tomarían el de Wolfgang y se lo enrollarían al cuello de corbata.

Salieron al campo con la mirada en alto. Con el casco bajo el brazo Gerald estudió las gradas, había muchos mirones. Todos se habían enterado del partido informal que se llevaría a cabo y hacían apuestas sobre quién sería el primero lesionado en el equipo de Helga. Obvio todo apuntaba a Eugene Horowitz.

Phoebe intentaba llamar la atención de Helga, tratando de explicarle algo.

— Ahora no, Phoebe.

— Pero, Helga...

Murmuraban y empezaban a vitorear en cuanto el equipo contrario empezaba a salir de sus respectivos cambiadores. Primero Wolfgang, presuntuoso después Edmund y luego Mickey "la comadreja" y…oh, sorpresa Ludwig.

— Que no, Phoebe, después del partido, ¿sí? — la chica avanzó al ver a los del equipo salir.

Gerald y su equipo empezaron a reunirse mientras que la rubia los miraba desde la banca, junto a Phoebe y las demás porristas que empezaban a vitorear optimistas.

Sí, que coreen todo lo que quieran y que sirva de algo todo ese optimismo porque hoy era un día de lucha. La visión del moreno haciendo señas a todo su equipo para hablar del siguiente movimiento la llenó de una confianza que nunca admitiría pero la verdad es que confiaba en el chico y nunca, nunca, jamás lo admitiría ni siquiera a la chica oriental, que en ese momento notaba las miradas que lanzaba al remedo de mariscal, preocupada.

Bufó exasperada.

Sus rivales hacían lo mismo que su propio equipo, juntarse a repasar las tácticas. Aprovechando este paréntesis ella pensó en el chico en las gradas y se maldijo internamente, pues se sintió suficientemente cobarde como para no voltear. No quería y no podía. Porque si veía al enano cabezón se le iría a la mierda todo su autocontrol y todo su temple.

Quería estar al cien en ese partido, ganarlo y después de él dejaría que su corazón hiciese lo que le diera la gana. Si corría como estúpida y se abalanzaba a sus brazos, pues bien. Un rubor coloreó su rostro. Claro que nunca pasaría esa bizarra escena. Jamás.

Concéntrate.

Pasó la vista ahí desde las gradas a unos metros de él, a la banca donde Phoebe hacía anotaciones, donde Helga caminaba de un lado a otro con la desesperación pisándole los tobillos.

El rubio la miraba por largo tiempo, asombrado de sus cambios, asombrado de su estatura, de sus cambios y de su espíritu combativo que jamás abandonó y que gracias a él encontró a aquellos que estaban sentados a su lado. Miles y Stella, a su derecha, también a su izquierda estaban la abuela con ropas militares y guantes donde el número 1 era enorme, gritaba emocionada mientras que su abuelo trataba de serenar a su esposa diciéndole que el partido aun no comenzaba.

Arnold les sonrió a sus padres y volvió la vista a la banca. Sabía que no voltearía, la miraba y sabía que ella podía sentirlo pues la veía incómoda y caminando de un lado a otro como si con su andar pudiera desembarazarse de su visión.

El silbato anunciaba el comienzo, todos dejaron de hablar y miraron expectantes.

Vieron como los respectivos equipos tomaban posición, la tensión podía sentirse en el aire y el grito del mariscal número 33 resonó en el estadio y al disparar el balón todos empezaron a aullar de emoción.

Helga gritaba cosas incoherentes, pues sus gritos no llegaban al rubio entre la muchedumbre que ovacionaba y que azuzaba.

Arnold vio con emoción como su mejor amigo se abría paso entre los jugadores del equipo contrario con agilidad pero Harold era imparable era una increíble barrera que protegía la carrera de Gerald, en un punto tuvo que detenerse, pasar el balón….y entonces todos contuvieron el aliento.

Tres enormes jugadores estaban a punto de abalanzarse sobre el chico con más mala suerte en la historia.

(***)

Helga no podía creérselo, lo veía y trataba de enumerar mentalmente todas las contusiones, todos los moratones, huesos rotos y caídas imposibles. Pero sobre todo pronóstico Eugene estaba entero.

No podía creer que la hubiese escuchado. Al último segundo gritó algo, probablemente "hazte un lado, IMBECIL" cuando Eugene reunió toda la buena suerte de su cómica vida y se lanzó al destino (que quedaba a su lado izquierdo). Y sorprendentemente salió ileso, los tres jugadores se estrellaron al duro, real y vacío suelo.

Eugene, incrédulo de su suerte siguió corriendo, pero cayó de bruces como naturalmente pasaba y el balón quedaba en manos de Curly, quien corrió cuanto pudo darles sus piernas cortas.

Riendo como un poseso y seguro de su buenaventura vio la última yarda, creyéndose el dueño del primer touchdown, alzó los brazos….y Wolfgang lo tacleó tan fuerte que la gran anotación de Curly quedó en sus sueños.

Bueno, una apuesta perdida.

Edmund le quitó el balón y se lo lanzó a Wolfgang, bromeando. Pero este pateó la pelota con la malicia brillando en sus ojos, la lanzó con excusa de mandarla al árbitro. Pero apuntó más a su derecha, haciendo que la el balón estuviera a punto de estrellarse en el rostro de Helga. Con agilidad la esquivó, haciendo que un murmullo general sonara al unísono.

— Oh, disculpa, Pataki.

Claro que no lo sentía. Arnold inconscientemente apretó los puños.

Helga maldijo, estuvo a punto de gritar un insulto especialmente ácido, cuando se dio cuenta de algo y vio con sorpresa, amarga y horrenda sorpresa que no había un reemplazo.

— ¿PERO QUE-¡? —miró a Phoebe con incredulidad. —¡¿No queda nadie!

Phoebe la miro con exasperación contenida.

— Traté de decírtelo, Torvald está enfermo no se presentará.

Desde lejos pudo ver a Helga haciendo señas al cuerpo de Curly, que en ese momento sacaban en camilla y con una espeluznante sonrisa aun en su rostro. Arnold se deshizo de ese escalofrío y se puso de pie.

— Hay algo que debo hacer. — dijo a sus padres antes de perderse entre las gradas.

(***)

Gerald le dirigió una mirada a Helga preguntándole ¿Y ahora que? La mirada furibunda de ella le contesto.

NO sé.

A menos que hiciera emerger un jugador de la tierra, estaba perdida. Edmund y Ludwig estaban regodeándose de la furia de Helga. Aun con el casco puesto y de lejos pudo ver sus labios moverse.

Mariquitas.

Caminaba de un lado a otro furibunda, quería ponerse un estúpido uniforme y patearle el trasero ella misma. Lo pensó seriamente cuando oyó una voz detrás de ella.

— Despreocúpate, coach. Nos tienes a todos.

Helga miró al chico rubio, envuelto en un uniforme nuevo y con un casco bajo su brazo, detrás de él estaba Phoebe guiñando un ojo. Recordaría abrazar a esa chica después. Primero tendría que mirar a su nuevo jugador y tratar de hablarle sin que se le quebrara la voz de emoción contenida.

— ¿Qué crees que haces, Arnoldo? — no estaba furiosa, no, estaba sorprendida. — Ni siquiera estudias aquí.

Le dedicó una sonrisa mientras tomaba el casco entre sus manos.

— Alguien tiene que hacer lo correcto.

Y se puso el casco.

Cuan familiarizada estaba con esa frase, tan suya, tan Arnold Shortman. Lo miró sin decir nada mientras corría al campo. Esa frase la había desarmado e hizo que su corazón volviera a latir, enamorada, recordándole que aun seguía ahí en su pecho, esperando por ese chico.

Wolfgang se puso a debatir pero el árbitro lo mandó por un tubo. Estaba permitido.

— Caerás, cabeza de balón. — dijo Wolfgang apuntándolo con un dedo amenazador.

— No te atrevas a usar esas palabras conmigo, Wolfgang. — el aludido se sorprendió, jamás ese chico lo había mirado así.

Si, estaba furioso.

(***)

Había pasado casi una hora y media y el anotador estaba en 20-24 a favor de Wolfang, necesitaban desesperadamente un touchdown, si lograban un field goal perderían, necesitaban 6 puntos no 3.

Todos ya estaban muy cansados, sucios y desesperados. Arnold intentaba animar a todos y realmente tener a Arnold en el equipo los ayudó, Gerald estaba de la mar feliz de tener a su mejor amigo a su lado.

Harold era el único que parecía tener energía, murmuraba algo sobre helados y pizza, el rubio no entendía a lo que se refería pero estaba tranquilo de saber que al menos tendrían una buena defensa.

—Bien, espero que esta jugada funcione…— dijo Sid, realmente preocupado de su efectividad.

— Si dijo Phoebe que funcionará, funcionará.

Gerald parecía motivado. Arnold y los demás estaban en posiciones, con Lorenzo detrás de Gerald se prepararon para la última jugada.

El grito que avisaba el pase de balón se hizo escuchar, todos corrieron y por un momento hubo una mezcla de colores rojo y blanco amontonador. Cosa que tomó d sorpresa al equipo contrario e hizo que la audiencia se confundiera.

¿Qué?

Rápidos y ágiles corrieron sin dar tiempo al público de saber que sucedió. ¿Quién tenía el balón?

Entonces todos vieron a Lorenzo correr ocultando algo entre sus brazos, con Harold delante de él. Fue su respuesta, tanto para ellos como para el equipo contrario. Ludwig se estrelló contra Harold, quien parecía habérsele acabado la energía, con sudor en su frente empujó con lo que quedaba de fuerzas y Ludwig parecía victorioso.

— ¡Atrapen al bastardo! — gritó Wolfgang a quien sea que estuviera cerca del chico del balón.

Edmund y otro chico se lanzaron contra el pobre Lorenzo quien en el último minuto abrió sus brazos, revelando el secreto.

Ludwig miró a Harold sorprendido, quien recobró fuerzas de pronto y con una risotada empujó contra el suelo a Ludwig quien se quejó por el golpe.

— ¿Quién es el mariquita ahora? — reía Harold a sus anchas.

Phoebe alzaba los brazos, viendo lo efectiva que fue su táctica. La rubia por otro lado miraba al verdadero chico del balón, mordía su labio con adorable preocupación.

Wolfgang se dio cuenta al tiempo que Phoebe, que Helga miraba al número 18 correr hacia la última yarda. Wolfgang no perdió tiempo y corrió todo lo que sus piernas podían darle, esquivando y golpeando. No podía perder, no contra ellos.

Iba a hacerlo caer.

Estaba a punto de llegar, solo faltaban pocos metros. Tenía que correr como nunca. Miles y Stella se tomaron de las manos mientras la abuela gritaba incoherencias.

Estaba cerca. Muy cerca y el reloj casi acababa.

No te atrevas. Helga apretaba sus puños.

Wolfgang saltó tanto como sus fuerzas se lo permitieron tomando al rubio por la camisa.

¡No te atrevas!

La rubia por un momento sintió el impulso loco de correr al campo, pero entonces sucedió y supo que era tarde y estúpido correr. El partido había terminado. Arnold cayó, Wolfgang lo tenía sujeto.

El árbitro se acerco y sonó un silbato dando por finalizado el juego. Y entonces sus ojos azules se abrieron con sorpresa al darse cuenta que el anotador quedaba 26-24.

¡A favor suyo!

Desde lejos pudo ver a Arnold ponerse de pie y sacudirse el polvo, vio al cepillo barato correr a él y alzarlo en el aire junto con Sid, Stinky y Harold. Vio la sonrisa en su rostro, vio a Wolfgang arrojar con ira su casco.

Vio que su preocupación se iba desprendiendo de ella, supo en ese momento que fue estúpido querer correr. Arnold ya no era un niño. No era más pequeño que ella y no necesitaba que ella saltara a protegerlo como cuando Harold prometió una paliza.

Y entonces se acercaron a ella a celebrar, pusieron a Arnold en el suelo y este le sonrió con esos sonrojos tan adorables en él, estúpido cabeza de balón, como lo amaba.

Vio que sus miedos estaban mal infundados, vio que realmente aun había un gran amor férreo como sus convicciones, fundido en ella. Nunca había dejado de amar a este melenudo. Jamás.

Aun a pesar de los gritos de celebración, se miraban, ajenos a todos y a todo. Estaba a punto de decir algo inteligente, algo mordaz para romper la incomodidad cuando…

— Y bien, Pataki. Quiero mi pizza y no seas tacaña.

(***)

La tarde iba cayendo hasta tornarse dorada, después de un día de victoria y júbilo sus compañeros y amigos iban despidiéndose junto con sus familias. Phoebe, Gerald y los demás habían quedado con que no solo Harold debía obtener premio así que planearon una celebración.

Todos asintieron en comentarios hilarantes y sarcásticos, después de ir a las duchas todos estaban preparándose para reunirse en el Bigal, a Harold le dio por igual, no era una pizza pero valía la pena.

Arnold estaba esperando el momento de acercarse a la chica del gorrito, deseaba tanto esa plática pendiente y Helga estaba tratando de contenerla hasta el final, estaba nerviosa, por todos los cielos. No sabía qué hacer o qué decir. El corazón le martilleaba y ella trataba rudamente de ignorarlo para poder obtener tranquilidad.

Pero las cosas parecían querer complicarse pues el moreno quería acercarse a su mejor amigo.

— Eh, viejo, vamos te invito un café. Tienes que contarme todo sobre San Lorenzo.

— Bueno…yo…está bien.

—No, no está bien. — Phoebe junto con su gran percepción se acercó a ellos y tomó del brazo a Gerald, sutilmente apretó su camisa. — Arnold tiene algo pendiente y no podemos importunarlo.

— Pero, Phoebe…

El tono lastimero que usaba arrancó una sonrisa del rubio, estaba loco por la morena y sabía que aunque replicara él haría lo que ella le sugiriera.

Se despidieron con la mano. Helga estaba recogiendo los balones en la red para devolverlos al almacén y estaba tratando de fingir control cuando no lo había.

La miró largamente cuanto quiso, disfrutando de ese nerviosismo que le pertenecía a él y solo a él. Esa joven era la misma con quien se había perdido sin remedio en la selva y era la misma chica que le había dicho cabeza de balón innumerables veces pero también, era la misma chica que había hecho demasiadas locuras en nombre del amor y de él. Como confabular contra su propio padre para ayudarlo en una misión que en nada la beneficiaba a ella.

Si, Helga Pataki era todo un misterio. Tan incomprensible y tan impredecible como una tormenta. Tan familiar y tan desconocida a la vez.

— Que extraño es verte sin tu lazo rosa.

Oh, Arnold, con tanta confianza dices algo tan doloroso. No sabes. Él no sabe. Prometí contárselo pero no, no puedo. Si empiezo no podré parar. La chica se alzó y lo miró a los ojos.

— La razón de usarlo estaba lejos.

— ¿La razón?

Arnold se acercó y cargó la red, ayudándola silenciosamente. Caminaron un tramo y Helga mordía su labio. Diablos. Debía parar ya.

— La razón por la que usaba el lazo. No estaba aquí conmigo. No había objeto alguno de seguir mostrándolo.

— Mostrándolo…— repitió la palabra, pero no en forma de pregunta. —lo dices como si aun…

Miró su gorra y Helga se ruborizó. Arnold pensó que sería imprudente seguir preguntando parecía algo trivial, pero para Helga no lo era. Su sonrojo lo motivó a seguir. La curiosidad lo carcomía.

— Te veías muy bonita con él.

Eso fue todo. Ella se detuvo por un momento y lo miró con el resentimiento de todos esos años perdidos, pero con la esperanza del ahora.

—Era solo un lazo, Arnold. Solo era un lazo. — dijo con algo más en su voz, Helga siguió caminando tratando de que lo olvidara todo, que hablara de cualquier cosa.

No se sentía preparada para contar algo tan especial como el nacimiento de ese amor que duraría hasta lo que le quedara de salud mental. Que duraría hasta siempre aunque ella jamás terminara con él, aunque se casara y tuviera otra vida, él siempre sería el paraguas bajo la lluvia. Su primer y verdadero amor.

Siguieron caminando, pero esta vez Arnold no quería más evasivas. Él quería que entendiera que podía confiar en él. Que podía…sentirse aceptada.

— Helga.

La chica se detuvo, él también. Soltó la red, se acercó a ella y tomó su mano, conduciéndola a una grada ella se dejó guiar por pura inercia. Quería dejarse llevar, aunque tuviera que lamentarse después.

— Me has contado tantas cosas. Cosas que jamás pensé que tú…—sus mejillas se llenaron de amable sonrojo. Helga no podía dejar de mirar esas facciones, que se aprendió de memoria pero que ahora eran ligeramente distintas, ligeramente maduras. — no pensé que cosas así pudieran haberlas hecho alguna vez, quien sea por mí.

— Lo que dije en ese edificio era verdad…No me obligues a repetirlas. — dijo rápidamente al ver que Arnold iba a decir algo, tal vez alguna imprudencia suya.

— Han pasado muchas cosas entre nosotros. Cosas que jamás podré compartir con nadie más, Helga. Es tan injusto que hayas sacrificado tantas cosas por mí, que hayas callado tanto tiempo y guardando todo lo que sientes. No está bien, no es correcto.

Helga por un momento sentía que se iba a soltar el discurso de "perdona, pero creo que me precipité al besarte en la jungla. Fue un impulso loco"

Pero estaba equivocada. No fue así. Lo supo desde que sintió esa mano apoyarse en la suya. Lo supo cuando miró sus ojos y vio lo que tanto veía en su reflejo todos los días.

Incertidumbre y amor. Le decía con esos ojos verdes que no lo rechazara.

— Si hay amor en ti aun por ahí, a pesar de todos estos años Helga…yo….

— Espera.

Espera. Tal vez si era demasiado tarde para él. Tal vez se tardó demasiado en darse cuenta que una chica increíble lo amaba. Tal vez tomó la decisión equivocada al quedarse en la selva.

Tal vez suponía demasiado, cuando quiso retirar su mano ella lo miró con ansiedad y la tomó de nuevo. Apretándolo tal vez con brusquedad, no dejaría que se fuera de nuevo.

— Tengo una última cosa que contarte. Y es tal vez la razón más importante del porqué estas aquí, del por qué hice lo que hice. La razón de todas las estupideces que pude haber hecho por ti.

La miró con esperanza. La miró como una vez viera a Cecile, bueno, a ella misma. Porque Arnold sabía de "Cecile". Cuantas cosas había descubierto por la propia Helga.

Se puso de pie. Helga se descubrió el gorro como si se desnudara a sí misma frente a él. La vio quitarse la gorra con un sonrojo disimulado, como si le avergonzara.

— ¿Tu moño rosa? ¿Es la razón por la que…? — dejó la pregunta al aire.

La razón por la que usaba el lazo. No estaba aquí conmigo. No había objeto alguno de seguir mostrándolo.

— ¿Qué tiene que ver tu lazo…?

—Todo Arnold. Lo significa todo. su voz sonaba ansiosa, nerviosa y con un deje de timidez Bueno no él en sí, sino lo que pensaste tú que era. Lo que hiciste la noche que lo dijiste. La razón por la que lo usaba era por ti. Siempre fue por ti.

— ¿Qué hice por ti? honesta y sincera era su pregunta.

Tan sincera como para no odiarlo. Claro, era demasiado pequeño, y ella fue demasiado trivial para él en ese instante.

— Alzaste el paraguas para una extraña. Eso hiciste.

Entonces todo vino de golpe.

El primer día de clases. La lluvia torrencial, la niña llena de lodo, la niña que lloró por una galleta, frágil e inocente. Nada de Helga aun en ella.

El recuerdo lo hizo ponerse de pie. Era cualquier cosa más alto que ella, pero se sentía tan pequeño a la vez, el recuerdo lo hizo sentirse torpe.

— ¿Porqué estabas afuera y sola?

— Porque nadie me había acompañado.

Luchó contra ella y la humedad que empezaba nacer en sus ojos.

— Estabas empapada…

— Dijiste que mi moño era lindo.

Ver ese amor desamparado lo llenó de una indignación llena de nobleza. Recordó las veces que vio a Helga con su familia, las veces que ella rectificó su nombre, las veces que su mamá se adormecía en una soporífera apatía, recordó la ira de Helga contra Olga, recordó a Olga tratando de reparar inconscientemente el daño de los años infantiles.

Recordó a Helga en día de gracias, la recordó cambiando crema de afeitar en el almuerzo, se acordó de una Helga sin abrigo en un día nevado.

Se acordó de la lluvia.

Un impulso tan antiguo como el sol lo hizo acercarse y envolverla en sus brazos, llenarla de un calor tan deseado, tan imaginado por tanto tiempo que hizo que la intimidadora Helga G. Pataki diera un respingo, como si doliera su tacto, como si sintiera romperse.

Rompió en un llanto silencioso, insonoro. Lloro esos años que le habían devuelto.

— Siempre estuve en tu corazón y nunca me lo dijiste, Helga. Es injusto, es cruel.

La abrazó con fuerza, con hambre. El tiempo lejos de ella, fue suficiente para saberlo. Lo loco que también estaba por ella. Sí, lo supo siempre.

— Cuantas veces habrás estado ahí…y yo no pude verte…

No era una pregunta, era retórica. Pero ella aun así contesto.

— Todo el tiempo.

Y sonrió, sabía. Si, sabía. Que jamás volvería a sentirse sola. Nunca más, sin su mantecado

FIN?

(****)

Bueno, ha llegado el final. Aunque tal vez tenga continuación. No se…depende de si alguien le gustaría lo haría n.n avísenme, ganas no me faltan XD

Espero sus comentarios.

Chaooo