Hola! He vuelto con un nuevo capítulo, un poco más largo para compensar la demora y con una nueva propuesta de concurso. ¿Listas? Se me ocurrió que igual que hice cuando iba a llegar a los 100 reviews, como ya nos acercamos a los 200 vuelvo a ofrecer un one-shot para quien postee el review con ese número. El tema del mismo deberá ser de los Juegos del Hambre, del personaje, la pareja o la historia que elija la o el ganador. De nuevo les pido que no me pongan en el compromiso de un GalexKatniss porque simplemente no puedo con esa pareja. ¿les parece?

¿Me merezco un review?

Un abrazo, Elenear28.


Llanto, bromas y sorpresas

Pilse, Ortrius y Temple, mi equipo de preparación, me está esperando en cuanto llegamos al Capitolio.

Ni siquiera he tenido tiempo de saludarlos cuando los bigotes de gato de color dorado que se ha colocado Temple empiezan a temblar y ella cae de rodillas en medio de un ataque de llanto que sacude su cuerpo, el cual tiene un montón de pequeñas incrustaciones metálicas que reflejan la luz blanca de la habitación que generan un efecto similar al de una bola de discoteca.

Aterrorizado miro a Pilse y a Ortrius en busca de ayuda y es cuando noto que ellos también se encuentran bastante descompuestos. Con el color de piel de Ortrius, de un morado profundo, es difícil decirlo, pero su expresión me dice que está algo pálido y descompuesto. Sus rodillas tiemblan como si estuviera a punto de caerse. Pilse, por su parte, tiene el rostro cubierto de manchas de color azul eléctrico a causa del maquillaje que se ha corrido con su llanto silencioso. Unas gruesas lágrimas multicolores se deslizan por su rostro hasta caer por su barbilla con forma de corazón y le manchan la pechera de su camisa rosa bebé.

De acuerdo, no recibiré mucha ayuda por parte de ellos.

Me inclino al lado de Temple y le paso un brazo por encima de los hombros. Resulta ser una pésima idea, porque sus sollozos se vuelven más violentos y empieza a hacer unos ruiditos con su garganta que me destrozan los oídos. Retiro mi brazo a toda prisa y me siento completamente descolocado. No tengo mucha experiencia con chicas lloronas: no tuve hermanas y mi madre nunca fue precisamente una persona emocional, a menos de que cuentes la ira constante como una emoción, lo cual no ofrece mucha variedad, ya que la reacción más usual era apartarse de su camino antes de convertirse en su blanco.

Katniss siempre ha sido dura y exceptuando los momentos en que la atacaban las pesadillas, nunca se permite llorar. Al menos no frente a mí. Así que tengo que valerme del instinto para intentar consolar a una mujer a la que prácticamente no conozco. Al menos no de una manera que cuente. Me pongo de rodillas a su lado y le vuelvo a pasar el brazo por encima de los hombros. Esta vez ejerzo algo de presión en, lo que espero, sea un abrazo reconfortante.

Ella continúa sollozando pero al menos el aire parece estar llegando mejor a sus pulmones. Le murmuro palabras de aliento, como si fuera ella y no yo quien va a entrar a la Arena y, después de lo que parecen horas, ella se calma lo suficiente para ponerse de pie.

Los tres me miran como si fueran cachorritos a los que acaban de darles un puntapié.

-Esto…chicos- no tengo ni idea de que decirles- ha sido un placer que hayan sido mi equipo de preparación- cuando el labio inferior de Pilse empieza a temblar incontrolablemente sé que he dicho lo más estúpido posible. ¿Lo están interpretando como una despedida?

Después de pasar media hora consolando a una Pilse muy descontrolada y a un Ortrius que no llora pero que parece incapaz de sujetar nada sin dejarlo caer, me rindo. Me siento en la silla en la que se suponía iban a afeitarme y arreglarme para el desfile y los dejo a los tres llorar y perder los estribos hasta que, un rato después, entra Portia.

Ella no parece particularmente sorprendida por encontrar aquel mar de lágrimas en la sala de preparación, pero aun así frunce el ceño y manda a todos fuera. Mi equipo de preparación sale en medio de sollozos y miradas lastimeras.

Portia tiene una piel suave y ligeramente oscura, la cual contrasta con sus dientes blancos como porcelana y con los rizos rubios que coronan su cabeza. Hoy trae un vestido azul marino que combina con sus pestañas, lleva unas medias con un complicado tejido que semeja una telaraña y unos zapatos negros con detalles en plateado. Sus labios y sus párpados están pintados de un oscuro color púrpura. Es casi tan alta como yo y, con sus tacones imposibles, me saca unos cuantos centímetros, así que cuando la miro desde mi posición en la silla debo estirar bastante el cuello.

No dice una sola palabra, así que simplemente la saludo:

-Hola.

Su boca se curva con una media sonrisa y yo le respondo con otra.

-Hola-responde y jala una de las sillas que se encuentran apoyadas contra la pared y se sienta muy erguida frente a mí y me mira de arriba abajo- No pienso preguntarte que tal estás- declara finalmente.

-No esperaba que lo hicieras- le digo encogiéndome de hombros- la verdad es que eres demasiado lista y me conoces demasiado bien como para tener que preguntármelo.

-Sin embargo si puedo preguntarte que tal lo llevas- me dice mientras se inclina hacia adelante y toca mi brazo con sus dedos.

-Lo hago lo mejor que puedo- le digo con sinceridad- la verdad es que el tiempo pasó muy rápido desde que se hizo el anuncio. Hemos hecho todo lo que hemos podido para prepararnos, pero lo cierto es que esta vez no pelearemos contra un montón de niños asustados. Se trata de asesinos experimentados y estoy seguro de que viste las Cosechas, así que sabes algunos de ellos no nos lo pondrán fácil.

Ella asiente y mira distraídamente por la ventana.

-Hablé con Haymitch hace un rato- me confía.

-¿Ah sí? Me sorprende que ya esté levantado, estaba razonablemente seguro de que dormiría hasta la próxima semana con la borrachera de anoche.

-Me dijo que tus intenciones son que sea Katniss quien gane esta vez.- continúa ella como si yo no la hubiera interrumpido.

-Lo son. No se equivoca.

-Me parece que Pilse nos escuchó hablando al respecto.- dice sin emitir ningún tipo de juicio u opinión con respecto a mi decisión de morir en la Arena- Creo que ese ha sido el motivo por el que no ha dejado de llorar.

-Hummmm- murmuro sin saber que decir.

-Y conociéndolos como los conozco, estoy segura de que el equipo de preparación de Katniss ya debe saber tus intenciones también, aunque no creo que el hecho de saber qué harás lo que puedas porque ella vuelva con vida haga de todo esto algo menos triste.

-No hay mucho que pueda hacer al respecto ¿no crees?- le digo mientras la veo a los ojos.

-Tampoco hay mucho que yo pueda hacer para que cambies de opinión. No es que considere que lo que haces sea un error, pero…- ella guarda silencio por un momento, tratando de recomponerse- en fin, es simplemente triste que todo esto tenga que pasar por algo que sucedió hace tres cuartos de siglo. Algunas personas simplemente deberían perdonar y olvidar.

Me sorprende. No puedo creer que esté hablando en contra del Gobierno, aunque Portia siempre ha sido especial y no parece estar particularmente orgullosa de haber nacido en el Capitolio, cosa que si sucede con la mayor parte de los habitantes de aquí. ¿Será posible que los aires de revolución hayan alcanzado también a la gente del Capitolio? Debo poner cara de pánico, porque ella suelta una risita y le resta importancia al asunto.

-De acuerdo, volvamos al trabajo-dice con resolución.- ¿Lograron hacer algo por ti antes de deshidratarse?

Yo agito la cabeza y entonces ella se pone de pie y empieza, con resolución, a comenzar a prepararme.

-No te preocupes, hablaré con ellos. Dios sabe que un montón de caras largas no te ayudarán en nada.

Comemos en el salón de preparación, solo Portia y yo, porque Katniss está en alguna parte haciendo lo mismo con Cinna mientras la preparan a ella. La ventaja de ser hombre es que mi proceso de preparación dura mucho menos que el de ella, así que paso en relativa calma.

Portia ha abandonado por completo el tema del Vasallaje y se ha dedicado a hacer conversación sobre cualquier otra cosa.

Me pregunta por cosas insustanciales como mis pinturas o las nuevas recetas de pasteles que he puesto en práctica desde la última vez que nos vimos.

La comida se compone de faisán acompañado con un montón de gelatinas que parecen piedras preciosas. Hay un montón de versiones encogidas de verduras nadando en mantequilla y un cremoso puré de patatas. Para el postre uno de los ayudantes del Capitolio trae una fuente llena de un chocolate oscuro en el que sumergimos trocitos de fruta. El chocolate se endurece cuando entra en contacto con el ambiente.

A pesar de que el chocolate me gusta tengo problemas para tragar, así que cuando Portia me pregunta que si estoy listo me limpio la boca con la servilleta y la sigo hacia el lugar en el que me vestirán.

-¿Qué nos espera esta vez? ¿Más llamas falsas o decidieron volverse tradicionales y nos pondrán un mono de minero?

Ella ríe mientras rebusca en el armario hasta sacar lo que supongo será mi traje para el desfile. Está cubierto por una bolsa de tela impermeable para mantenerlo seguro y en secreto. Arquea una perfilada ceja y cuelga el traje, aún oculto, de un gancho en la pared.

Mi equipo de preparación llega para vestirme. Creo que han empeorado bastante desde esta mañana: Pilse tiene el rostro tan inflamado por el llanto que apenas si se pueden ver sus ojos, Ortrius debe estar un poco verde, porque su piel púrpura se ve casi negra y Temple parece estar teniendo un ataque de hipo.

Portia pone los ojos en blanco y se apresura a despedirlos diciéndoles que ella puede ocuparse de vestirme hasta que ellos se sientan mejor.

Me parece curiosa la forma en la que funcionan las cosas aquí. Portia pudo haberlos reprendido por su comportamiento o quejarse por tener que realizar un trabajo que no le corresponde, pero en su lugar los mima como si se tratara de niños o de animales indefensos.

Mi estilista me peina el cabello hacia atrás y luego me lo desordena cuidadosamente. Hasta el momento se había limitado a maquillarme para reducir el brillo de mi rostro frente a las cámaras o para disimular las manchas violáceas que se habían formado bajo mis ojos. Aún así, el hecho de que tuvieran que maquillarme me hizo el centro de las burlas de mis hermanos durante varias semanas poco después de la Gira de la Victoria.

Esta vez el proceso es diferente.

Me borra el rostro y lo vuelve a hacer desde cero empleando sombras oscuras, lápices y pinceles. Todo lo convierte en ángulos crueles y afilados: mis cejas, mis pómulos, la línea de la mandíbula. Pinta mis labios de morado y mis ojos se convierten en ascuas ardientes bajo sus manos de artista.

Cuando por fin abre el cierre de la bolsa que resguarda el traje me sorprende su sencillez: se trata de un mono de color negro que cubre mi cuerpo desde el cuello hasta los pies. Mis brazos quedan al descubierto, pero el traje se aferra a mi cuerpo como si se tratara de una segunda piel.

En la cabeza, me coloca una corona casi igual a la que nos dieron a Katniss y a mí hace casi un año cuando nos coronaron vencedores, pero no es de oro sino de un pesado metal negro.

-¿Estás listo?- pregunta Portia mientras manipula un mando en la pared para que la luz se vuelva suave y anaranjada, casi como una puesta de sol. Es entonces cuando se acerca a mí y aprieta un botón que se esconde de alguna manera, entre la tela del traje.

Ahogo una exclamación cuando el traje se enciende.

Me he convertido en carbón ardiendo. No hay llamas incontrolables sino un poder más oscuro y poderoso. Un calor que se esconde bajo la superficie pero que amenaza con quemar la Tierra desde sus cimientos.

-Creo que se han superado a ustedes mismos, chicos- le digo admirado.

-Cinna y yo nos la hemos pasado observando fuegos. Pero ahora mírate completo- me dice mientras tira ligeramente de mi brazo hasta ponerme frente al espejo de cuerpo entero que hay en la habitación.

Lo primero que pienso es que he dejado de ser el chico que había llegado un año atrás al Capitolio con quemaduras en las manos y secretamente enamorado de la misma niña desde que tenía cinco añ crecido y cambiado. Pero tampoco puedo decir que la imagen que veo en el espejo sea la de un hombre. Es algo más…

Las luces van del rojo, al naranja y al amarillo. Mi traje parece tener vida propia. La iluminación va de aquí a allá, retorciéndose y cambiando en solo segundos… y me convierte en una criatura sacada de un cuento de terror.

Soy un ser sobrenatural que podría vivir en el centro de la Tierra o en el fondo de un volcán.

La corona que Portia me puso en la cabeza ha dejado de ser negra para volverse de un rojo brillante. Me recuerda los sellos que empleaban en el distrito 10 para marcar a las reses: primero las calentaban en el fuego hasta que el metal se ponía al rojo vivo y entonces era cuando quemaban la piel y el pelaje del animal hasta dejar una marca indeleble en ellas.

La luz que proyecta la corona sobre mi cabeza hace que el maquillaje de mi rostro se vuelva más teatral. Las sombras sobre mi rostro ocultan el color azul de mis ojos de manera que solo se percibe el brillo en ellos. Igual podrían ser carbones negros. O diamantes escondidos en una mina.

-Me recuerda a Katniss- digo en un susurro.- Me recuerda la fuerza que tiene en su interior.

-El fuego se propaga- me dice Portia suavemente- No podías esperar que pasara todo esto sin que el fuego despertara en ti también. ¿O sí?

Algo en mi interior se remueve con sus palabras. Portia permite que me vea ante el espejo por unos minutos más antes de apagar las luces.

-Será mejor que no se acabe la batería.

Trato de reconocerme en la imagen que tengo enfrente, pero no lo consigo. ¿En qué momento cambié tanto? Veo mis ojos en el espejo y no encuentro más que una férrea determinación a cumplir con los objetivos que me he autoimpuesto.

Antes de darme cuenta, estoy sonriendo. Sonrío porque tal vez Peeta Mellark no sea capaz de salvar a Katniss de todos los peligros que encontraremos en la Arena. Pero la criatura que tengo frente al espejo si lo hará.

Portia me deja porque debe encargarse de algo. Así que bajo solo hasta el Centro de Renovación, el punto de reunión para los tributos y los carros tirados por caballos antes de que comience la ceremonia.

Cuando llego abajo veo a Katniss con las manos apoyadas en el cuello de uno de los caballos que jalará nuestro carro el día de hoy. Trae puesto un traje muy parecido al mío, y a pesar de la oscuridad y el temor que inspiran nuestros trajes no puedo evitar pensar en que se ve hermosa. Oscura y peligrosa, pero hermosa.

El ambiente en el Centro no puede ser más distinto al del año pasado. La mayor parte de los Tributos de este año se conocen entre sí, así que se trata de una reunión muy social donde los tributos y sus mentores se mezclan en pequeños grupos y hablan. Katniss y yo somos los miembros más nuevos del círculo de Vencedores, de manera que no conocemos a prácticamente nadie.

Tampoco es que ella sea una persona precisamente social, así que no es de extrañar que se encuentre completamente sola en un rincón hablándole al oído a su caballo.

No puedo evitar sonreír al ver que algunos de los estilistas han inspirado sus diseños de este año en el trabajo de Cinna y Portia y se han valido de la luz para "mejorar" sus trajes. Lo que pasa es que, a diferencia de nuestros estilistas, ninguno parece tener la creatividad o la lógica suficiente para hacer que funcionen.

Los trajes del Distrito 3 están cubiertos de bombillas, y eso al menos se relaciona con la industria en la que trabajan, pero me recuerdan las imágenes de mi libro de historia sobre esa festividad llamada Navidad en la que las personas metían pinos en sus casas y los cubrían de adornos y luces para celebrar la llegada anual de un tipo barrigón y vestido de rojo que le traía regalos a los niños.

Pero ¿qué sucede con los tributos del Diez, donde se dedican a la cría de ganado y a la producción de carne? ¿Tienen algún sentido sus cinturones llameantes en torno a sus trajes de vacas? No puedo sacar de mi mente la imagen de una vaca en un espetón asándose a las brasas.

Estoy a punto de acercarme a Katniss para contarle el chiste que se me acaba de ocurrir cuando dos cosas suceden a la vez: Finnick Odair se acerca a Katniss por detrás y alguien me empuja contra uno de los carruajes a mi lado.

Mis instintos, esos que habían estado dormidos desde la última vez que estuve en la Arena, se disparan. Ambas manos salen disparadas hacia arriba y se aferran a la muñeca de la persona que me mantiene sujeto con la espalda pegada a uno de los laterales del carro. Ella, porque se trata de una chica, me dedica un siseo seguido por una risa ronca.

El sonido discordante de su risa es lo que hace que me frene antes de ejercer presión y romperle su muñeca.

-¡Oh, vaya! ¿Así es como saludan en el Doce?

Levanto mis ojos, que hasta el momento se habían mantenido clavados en la mano delgada y de uñas cortas que tengo sobre el pecho y me encuentro con los ojos, castaños y almendrados, de Johanna Mason.

Trae puesto un tocado hecho con ramas de árboles en la cabeza de donde sobresale una manzana dorada. Su traje trata de representar lo que, supongo, es la corteza de un árbol. Aunque a decir verdad luce algo ridícula.

La mayor parte de los estilistas de los Juegos no son tan imaginativos como Portia y Cinna, de manera que muchos de ellos se toman de manera bastante literal la principal ocupación del distrito. No es casualidad de que prácticamente en las primeras setenta y tres ediciones de los Juegos los tributos del Doce hayan ido vestidos de mineros, o que los del Siete, como Johanna, sean vestidos de árboles.

-¿Y bien?- dice ella sin retirar la mano con la que me mantiene pegado al carro.

-¿Y bien qué?- le digo sin entender.

-¿Vas a dejar de machacarme la mano?- la suelto automáticamente y ella me mira con incredulidad.

-¿Y bien?- le digo finalmente.

-¿Y bien qué?

-¿Vas a quitarme las manos de encima?

Ella suelta una seca risotada y retira lentamente su mano de mi pecho y se retira un par de pasos, dándome espacio para respirar.

-Ya quisieras que no pudiera sacarte las manos de encima.- dice provocándome.

La ignoro y busco a Katniss, preguntándome si Finnick Odair la está molestando. Veo al chico del Distrito 4 llevándose algo blanco y cuadrado a la boca mientras mira a Katniss con una sonrisa ladeada.

-¿Celoso, chico del Doce? - me pregunta a Johanna al oído.

Me giro y veo que una vez más está demasiado cerca. Me muevo un paso hacia el lado para apartarme de ella, pero ahora Chaff, uno de los tributos del Once me bloquea a Katniss y a Finnick mientras conversa animadamente con uno de los tributos del Cinco. A regañadientes me giro para hablar con Johanna.

-No realmente.

-¿Estás seguro? Finnick Odair es un rompecorazones dentro y fuera del Capitolio- me dice ella mientras agita las pestañas en un gesto tan exagerado que sé que se está burlando de mí.

Finjo analizarlo por un segundo.

-No conozco a Finnick, pero conozco a Katniss lo suficiente como para sentirme completamente tranquilo en este momento.

Ella se encoje de hombros.

-Donde están tus trajecitos de niño bueno ¿eh?- murmura mientras con una mano recorre la piel de mi pecho, sintiendo la tela de mi traje.

-Portia ha debido cambiarlos porque me han venido pequeños. Por si no lo habías notado he crecido mucho. - le digo sintiéndome molesto por las libertades que se toma. Ella hace caso omiso del tono afilado de mi voz, mantiene su mano sobre mi pecho y vuelve a reír, con una de esas risas que parece un ladrido.

-Sí, ya decía yo que algo te veía diferente. Deben ser todas esas ansias del compromiso-añade con crueldad.

No permito que ninguna emoción se refleje en mi cara, me limito a darle una sonrisa cortés antes de empezar a caminar hacia Katniss.

-¡Espera!- grita ella tras de mí.

La ignoro y sigo caminando hasta que me sujeta de un brazo y me clava las uñas. No llega a romper mi piel, pero tomo nota del sutil ataque.

-¿Qué es lo que quieres Johanna? - le digo mientras veo como Finnick se acerca más a Katniss hasta que sus labios casi se rozan.

Contengo la respiración por un segundo, pero Finnick se limita a susurrarle algo a Katniss ante lo que ella se sonroja.

-Es muy inocente, ¿no te parece? -susurra Johanna a mi oído, claramente divertida por el intercambio entre Katniss y Finnick. - A Finnick y a mí nos pareció graciosísimo que en los Juegos pasados ella se mostrara tan…- hace una pausa para buscar al palabra- aprehensiva para verte desnudo cuando te estabas muriendo.

-Sí bueno, le digo sin apartar los ojos de la escena- Katniss nunca se ha sentido particularmente cómoda con todo el asunto de la desnudez.

Johanna ríe a carcajadas y dice:

-¡Oh! Entonces supongo que la primera vez que lo hicieron fue todo un drama por su parte.

La miro con el ceño fruncido y espero no haberme sonrojado.

-Dudo mucho que eso sea de tu incumbencia. Pero en el Doce no acostumbramos "hacerlo"- hago las comillas con los dedos- antes de habernos casado. Somos algo anticuados en ese sentido.

Ella me mira con incredulidad por segunda vez y una sonrisa, esta vez auténtica, aparece en su cara.

-Ustedes nunca… ustedes no… ¡no puedo creerlo!- se ríe- Con todo el numerito de amantes trágicos y todo eso ¡y no lo han hecho!

-Yo no dije eso, ¿o sí? Solo dije que no se acostumbraba hacerlo antes del matrimonio- le digo mientras tiro de mi brazo y camino hacia el lugar en el que se encuentra Katniss ante su mirada atónita.

¡Ja! A ver que hace Johanna Mason con esa información.

Katniss está de espaldas a mí, así que no me ve acercarme. Finnick Odair si lo hace y parece curiosamente complacido.

Es uno de los Tributos más jóvenes de la sala, con tan solo 24 años, a pesar de que en esta edición se cumple una década desde su victoria.

Es, también, uno de los Vencedores más famosos del país no solo porque era casi un niño cuando ganó sus juegos, sino también por su célebre atractivo. Es atlético, tiene una piel dorada por el sol, el cabello de un brillante color bronce y unos ojos cuyo color requeriría muchísimas mezclas de pintura para poder ser pintados.

Haymitch nos dijo a Katniss y a mí que también había pasado a la historia por ser el tributo que había recibido el regalo más costoso que alguna vez había enviado algún patrocinador. Con su belleza había encandilado al Capitolio y nunca le faltó comida, agua, medicinas ni armas. Su competencia descubrió demasiado tarde que él era el enemigo a vencer, de manera que para cuando la manada de profesionales logró coordinarse para matarlo, ya él era bastante diestro en el uso de lanzas y cuchillos, armas que había sacado de la Cornucopia durante el baño de sangre.

Una semana más tarde recibió el regalo decisivo: un tridente dorado que significó el último clavo en el ataúd de los competidores.

Tomando en cuenta que el Distrito 4 se dedica a la pesca y que Finnick había pasado toda una vida entre barcos, el tridente era, prácticamente, una extensión de su brazo. Una extensión mortífera.

Odair se valió de las plantas y lianas que abundaban en su arena y creó un complicado sistema de redes para atrapar a sus oponentes para luego atravesarlos con el tridente. Tardó cuatro días en liquidar a quienes quedaban.

Después se convirtió en una celebridad en el Capitolio. Creo que tenía dieciséis años la primera vez que figuró en uno de los programas de chismes por haber acompañado a alguna fulana importante en el Capitolio a alguna fiesta. Después de eso se convirtió en el protagonista regular de ese tipo de historias.

Katniss se balancea sobre sus pies, visiblemente incómoda por el tipo medio desnudo que tiene frente a ella. Veo el traje de Finnick, una red dorada con un nudo estratégicamente colocado en la entrepierna para que no resulte excesivamente vulgar.

Sí, definitivamente no envidio ni a Johanna ni a Finnick por sus estilistas. Finnick le dice algo a Katniss, ella le responde y finalmente el clava sus ojos en mí atrayendo la atención de Katniss. Él se mete otro cubo blanquecino en la boca y se aleja silbando.

Katniss parece sinceramente agradecida con mi aparición.

-¿Qué quería Finnick Odair? - le pregunto cuando estoy lo suficientemente cerca de ella.

Ella se gira y se acerca peligrosamente a mí, sus labios casi rozando los míos. Deja caer los párpados y se humedece los labios:

-Me ha ofrecido azúcar y quería saber todos mis secretos- susurra con la que reconozco como su voz falsamente seductora.

Su imitación me hace reír.

-Puaj, ¿de verdad?

-De verdad- asegura ella mientras me roza despreocupadamente el pecho con la punta de los dedos y yo me pregunto como es posible que Katniss pueda despertar todas estas sensaciones en mí cuando hace unos minutos tenía a Johanna prácticamente encima de mí y no sentí absolutamente nada.

-¿Crees que habríamos acabado así si solo hubiese ganado uno de nosotros?- le pregunto con seriedad a Katniss- ¿Cómo una parte más de la feria de los monstruos?

Ella me mira, sus ojos brillando bajo el maquillaje.

-Seguro, sobre todo tú- dice con una sonrisa, sus dedos detenidos a la altura de mi esternón.

-Oh ¿y por qué sobre todo yo?- le pregunto sin poder evitar una sonrisa.

-Porque sientes debilidad por las cosas bellas y yo no- responde con aire de superioridad mientras me pincha con un dedo- Te atraerían al Capitolio y estarías completamente perdido.

-Saber apreciar la belleza no es lo mismo que sentir debilidad por ella- le digo mientras capturo sus dedos por unos segundos demasiado cortos para luego liberarlos- Salvo quizá en lo que respecta a ti- le digo y veo como su piel se sonroja bajo el maquillaje.

Ella parece a punto de replicar cuando comienza la música y abren las grandes puertas para que ingrese el primer carro. Cashmere y Gloss, sus trajes son un muestrario nada imaginativo de la industria de producción de joyería y artículos de lujo que se producen en el Uno, están subidos en él. La multitud ruge cuando los caballos empiezan a tirar del vehículo.

-¿Vamos?- le digo a Katniss mientras le ofrezco una mano para que suba al carro. Ella apoya el pie delicadamente en el estribo y se impulsa hacia arriba. Una vez está de pie en el carro me tiende la mano para ayudarme a subir a mí.

-No te muevas- me dice mientras se inclina hacia mí y por un segundo creo que va a besarme, pero en su lugar endereza mi corona que probablemente se ha torcido por culpa del forcejeo con Johanna. - ¿Has visto tu traje encendido?- pregunta despreocupadamente- Vamos a estar magníficos otra vez.

-Del todo, aunque Portia dijo que tenemos que actuar como si estuviésemos por encima de todo. Nada de saludar y demás.- le digo recordando lo último que me dijo mi estilista antes de dejarme solo- ¿Dónde están, por cierto?

-No lo sé, murmura Katniss mientras sigue con la mirada la procesión de carros- Puede que sea mejor que nos encendamos solos- dice mientras busca el botón en mi traje y lo enciende por mí. Hago lo mismo por ella y en cuanto empezamos a brillar la multitud enloquece.

La gente nos señala, habla y se abraza como poseída. Volveremos a ser los mejores en la ceremonia de apertura. Internamente, me alegro por Portia y por Cinna, que ganan popularidad con estas cosas.

Katniss mueve la cabeza a la derecha y a la izquierda, sin duda buscando a Cinna entre la multitud. No los encuentra. Casi estamos en la puerta.

-¿Se supone que tendremos que ir de la mano este año?- pregunta ella sin mirarme.

-Supongo que lo dejan a nuestra elección- le respondo yo.

Ella clava sus ojos plateados en los míos y me doy cuenta de lo mucho que ha cambiado su mirada en un año. Para estas alturas en los últimos juegos ella estaba bastante dispuesta a matarme.

Mis objetivos no han cambiado en nada. Sigo tratando de asegurarme de que ella pueda volver a casa.

Sin decir una palabra nuestras manos se encuentran y ella entrelaza sus dedos con los míos.

Los caballos avanzan y los aullidos de la multitud me ensordecen. Recuerdo lo nervioso que me sentía un año atrás, justo cuando Cinna apareció con una antorcha encendida con el fuego falso para prender nuestras capas, unos segundos antes de que el estilista de Katniss nos gritara, en medio de los gritos, que nos tomáramos de la mano.

Fue la primera vez que sujeté su mano. Me sorprende lo mucho que la vida puede cambiar en tan poco tiempo. ¿Cuántas veces habremos entrelazado nuestros dedos desde ese entonces? ¿Cientos? ¿Miles? El cosquilleo en mi piel cuando roza la suya sigue igual al del primer día.

Siento a Katniss tensarse cuando vemos nuestros rostros, hermosos y temibles, en las pantallas gigantes distribuidas a intervalos regulares en el camino. Acaricio el dorso de su mano con el pulgar intentando relajarla y ella me da un apretón agradecido.

No hay saludos ni sonrisas de nuestra parte esta vez. Ambos miramos a algún punto perdido en el cielo, fingiendo que no los vemos ni los oímos. Ya no tenemos amor para darles. Solo hay un odio frío y visceral. Somos los trágicos amantes del Distrito 12. Esos que escaparon juntos de las garras de la muerte, los que han pasado por tanto y ahora ven truncados sus sueños una vez más.

No. Hoy no aceptaremos sus besos, no aceptaremos su amor… No nos merecen….

En medio de la actuación me doy cuenta de que no estoy actuando en lo absoluto. Los odio. Odio al Capitolio y todo lo que representa. Odio que expongan a Katniss a esto de nuevo. Odio que ella deba ser infeliz por su culpa.

Cuando llegamos al círculo en que se reúnen los carruajes, justo antes del discurso del Presidente Snow, me dedico a ver a los otros tributos a mí alrededor. La mayoría nos ve a Katniss y a mí entre divertidos e intrigados. Algunos, como Johanna Mason, nos miran con evidente envidia, probablemente por el talento de nuestros estilistas.

Sigo la mirada de Katniss y descubro a la pareja de Tributos del Distrito 6, dos conocidos adictos a la morflina, que nos miran fascinados y parpadean una y otra vez, tal vez tratando de dilucidar si somos o no una alucinación. Mi compañera se estremece al ver como los huesos sobresalen en ángulos grotescos por su cuerpo y como su piel, de un enfermizo color amarillo, les cuelga por todas partes. Sus ojos, unos de color topacio y otros azules, resultan excesivamente grandes para sus rostros y están inyectados de sangre.

No dejan de mirarnos, ni siquiera cuando Snow nos da la bienvenida desde su balcón, o cuando suena el himno, o cuando hacemos la última ronda alrededor del círculo. Aun así, mi atención se centra en el Presidente, que no despega sus ojos de serpiente de Katniss durante todo su discurso.

Ella no suelta mi mano ni siquiera cuando las puertas del Centro de Entrenamiento se cierran detrás de nosotros al acabar el desfile.

Cinna y Portia están ahí, ambos encantados por lo bien que lo hemos llevado. Nuestro mentor también aparece esta vez, pero a diferencia del año pasado no se acerca a nuestro carro para martirizar a Katniss sino que está apoyado en el carro vecino, con los tributos del Once, riendo por algo que ha dicho el tributo masculino, Chaff.

Cuando nos ve, asiente en nuestra dirección y camina hacia nosotros seguido por los dos tributos.

A Chaff lo he visto con anterioridad en la televisión, lleva años compartiendo sus botellas con Haymitch. Tiene una piel oscura y brillante, mide al menos un metro ochenta y su brazo izquierdo acaba en un muñón porque perdió una mano en sus Juegos, hace treinta años.

Cuando se acerca mira con las cejas enarcadas mi pierna o, muy posiblemente, la prótesis que tengo en lugar de mi pierna izquierda. No dice nada, pero puedo notar un rastro de humor en su rostro. ¿Me juzga por haber aceptado este "regalo" del Capitolio?

La mujer, Seeder, tiene la piel aceitunada y el cabello negro y liso, con algunas mechas plateadas. Podría pasar por una habitante de la Veta, excepto por el color castaño dorado de sus ojos. Debe tener al menos sesenta años, pero se ve fuerte y, a diferencia de los dos hombres que la acompañan, no parece haberse volcado a ningún vicio como la bebida o la morflina.

Nadie ha dicho una palabra cuando la mujer envuelve sus brazos alrededor del cuerpo de Katniss, encerrándola en un apretado abrazo.

-¿Las familias? - escucho a Katniss susurrar con la voz quebrada.

-Están vivas- le responde en voz muy baja antes de soltarla.

Katniss suelta un suspiro de puro alivio un segundo antes de que Chaff la rodee con su brazo bueno y estampe sus labios contra los suyos.

Mi cuerpo se tensa de inmediato, no de celos, sino de anticipación ante la reacción de Katniss. ¿Lo golpeará? ¿Lo escupirá? ¿Empezará a maldecir? Probablemente nos meteremos en problemas por el hecho de que ella ataque a uno de los tributos en el primer día.

Al final, ella está demasiado sorprendida para reaccionar de cualquier manera. Su cuerpo esbelto tiembla ligeramente cuando ella se adelanta para caminar hacia los ascensores.

Le dedico una mirada de reproche a Haymitch y Chaff que se están riendo a carcajadas antes de seguirla, con su mano firmemente aferrada a la mía. Esperamos a que llegue el ascensor rodeados de unos ayudantes del Capitolio cuya tensión resulta casi palpable. Posiblemente su incomodidad radica en la evidente camaradería entre los Vencedores.

La mano de Katniss aumenta y disminuye la tensión en torno a la mía a intervalos regulares causándole estragos a mi ritmo cardíaco. ¿Es que no ve el efecto que continúa causando en mí? Mi corazón salta dentro de mi pecho cada vez que me sujeta con fuerza y decae cuando su agarre se afloja.

Mientras esperamos el ascensor alguien adelanta rápidamente a los ayudantes del Capitolio que operan los ascensores y espera junto a Katniss que cambia el peso de un pie al otro visiblemente incómoda.

Johanna.

Ella se quita el tocado de ramas que trae en la cabeza y lo tira a un lado. Haciendo que la manzana dorada se deprenda y ruede por el suelo. Escucho el ligero siseo de Katniss y mi cuerpo vuelve a tensarse. La chica del Siete sacude su corta melena y pone los ojos en blanco.

-¿No les parece un traje horrible? Mi estilista es la persona más idiota del Capitolio. Nuestros tributos llevan siendo árboles cuarenta años seguidos por su culpa. Ojalá me hubiese tocado Cinna. Estás estupenda- le dice mientras entorna los ojos y enarca una ceja en un gesto sumamente calculador.

Uh-oh… dudo mucho que Katniss se sienta feliz con la dirección de la conversación. A pesar de que se supone que su talento se relaciona con la moda, estoy seguro de que ella no conoce mejor que yo la diferencia entre la seda y el chiffon, así que si este será el tema de conversación nos espera unos minutos sumamente bochornosos.

Para mi sorpresa Katniss fuerza una sonrisa y pretende estar interesada en lo que dice Johanna. Cuenta con un punto a su favor y es que ella ha elogiado la labor de Cinna.

-Sí, me ha estado ayudando a diseñar mi propia línea de ropa. Deberías ver lo que es capaz de hacer con el terciopelo.- Katniss aprieta con fuerza mi mano y su cuerpo se presiona ligeramente contra el mío, como retándome a reírme de ella.

-Lo he visto en tu gira.- asiente Johanna- ¿Sabes ese modelo sin tirantes que llevaste en el Distrito 2, el azul intenso con diamantes? Era tan fantástico que me habría gustado meter la mano en la pantalla y arrancártelo de la espalda.

Carraspeo ligeramente, pues el comentario de Johanna ha dejado entrever una buena dosis de violencia controlada hacia Katniss. No soy experto en peleas entre chicas, pero su tono sugiere que pensaba arrancarle no solo el vestido sino también toda la piel que pudiera… de la manera más dolorosa posible.

El ascensor está a punto de llegar cuando Johanna se baja la cremallera que tiene su traje en un costado y lo deja caer al suelo, apartándolo de una patada. Exceptuando sus zapatillas, de un tono verde oscuro, no tiene absolutamente nada encima.

-Así está mejor- comenta mientras me guiña un ojo y yo recuerdo el comentario que hice sobre le hecho de que Katniss no se siente precisamente cómoda con los cuerpos desnudos.

A mi por otra parte su desnudez no me perturba en lo más mínimo. Johanna tiene un cuerpo esbelto, más voluptuoso que el de Katniss, pero no desata ningún tipo de respuesta física en mí. Aunque eso posiblemente se deba a que cada célula de mi cuerpo parece demasiado consciente de la chica que tengo a mi lado y que, en este preciso momento parece dispuesta a fracturarme todos los dedos de la mano con su agarre.

Johanna me mira a los ojos por un instante y luego le da un repaso a toda mi anatomía, con total descaro. Por su mirada diría que se siente un poco ofendida por el hecho de que mi cuerpo no reacciona de ninguna forma ante su desnudez, pero le basta una mirada a Katniss para empezar a sonreír con suficiencia.

Para consternación de Katniss ella se sube en el mismo ascensor que nosotros, al igual que lo hacen Chaff y Seeder. En cuanto las puertas se cierran frente a nosotros, Johanna empieza a hablar sobre uno de mis cuadros, que aparentemente se encontraba colgado en uno de los vagones del tren que la trajo a ella y Blight, el otro tributo del Siete, desde su Distrito, como si estuviésemos sentados tomándonos un café en lugar de en un abarrotado ascensor cuando ella no trae nada puesto. Chaff señala que también había uno de mis cuadros en su tren y luego empieza en una fingida crítica por el uso del color o el hecho de que me diera demasiadas licencias artísticas.

Aun así, Johanna se esfuerza en reclamar toda mi atención, posiblemente para molestar a Katniss e inclusive llega a darme suaves golpecitos en el pecho o en los brazos para asegurarse de que la vea. No me parece particularmente difícil el concentrarme en su rostro en lugar de hacerlo en su cuerpo, a pesar de que las luces de mi traje, que siguen encendidas, brillan sobre sus pechos desnudos formando curiosos patrones.

El viaje en el ascensor hasta el sétimo piso, en el que Johanna se baja, resulta exasperante y posiblemente demasiado lento para Katniss, que suelta pequeños bufidos mientras sus mano continúa cortando la circulación de mis dedos por su férreo agarre. Intento tranquilizarla trazando círculos sobre su piel con el pulgar, pero resulta inútil.

Cuando finalmente Johanna baja en su piso, dedicándole una sonrisita de suficiencia a Katniss, creo que tendrán que cortarme la mano porque estoy bastante seguro de que, al menos mis dedos, han muerto por falta de irrigación sanguínea.

Chaff, frente a nosotros, parece sumamente divertido por el hecho de que Katniss sea incapaz de alzar la mirada del suelo, posiblemente demasiado abochornada no solo por el espectáculo de Johanna desnudándose en público, sino también por el beso en la boca que le dio Chaff o la invasión a su espacio personal por parte de Finnick.

Cuando nos quedamos solos, ella suelta mi mano, tal vez con fuerza excesiva, se cruza de brazos y se niega a verme. Verla tan molesta por las pullas de los otros Vencedores me hace reír, sobre todo cuando sé que lo hacen a propósito.

-¿Qué? - exclama dándome la espalda cuando, finalmente, llegamos a nuestra planta.

-Eres tú, Katniss, ¿no te das cuenta?

Su rostro se sonroja, no sé si por vergüenza o por ira.

-¿Soy yo el qué?

-La razón por la que actúan así- le digo con infinita paciencia- Finnick con los azucarillos, Chaff con el beso y todo el numerito de Johanna desnudándose.- mi intento de calmarla tiene justamente el efecto contrario, porque ella me mira con el ceño fruncido, posiblemente porque no puedo dejar de sonreír mientras le hablo. Intento imprimir algo de seriedad a mis palabras- Juegan contigo porque eres muy… ya sabes- susurro mientras hago un gesto con la mano señalándola a ella.

-No, no lo sé- me dice entre molesta y confundida.

Intento explicárselo con un ejemplo, pero el único que se me viene a la cabeza fue el que me dio Johanna un par de horas atrás.

-Es como cuando estaba desnudo en la arena y no querías mirarme, a pesar de que me moría. Eres muy...- ¡oh, por favor! Que no me haga decirlo. Ella me mira sin comprender, así que me toca finalizar mi frase- inocente.- completo yo.

Ella reacciona como si la hubiese empujado.

-¡No lo soy! ¡Me he pasado el último año prácticamente arrancándote la ropa cada vez que aparecía una cámara!

Suelto un suspiro y no estoy muy seguro de si a causa del anhelo que me ha causado ese recuerdo o de la exasperación que me causa el que ella no entienda lo que le digo.

-Sí, pero…- esto definitivamente no está funcionando- Es decir…- me aclaro la garganta y ella me mira desafiante- para el Capitolio eres una persona inocente. Para mí eres perfecta.- me apresuro a asegurarle y sus mejillas se tornan de un rojo más brillante que me distrae momentaneamente- Tienes que entender que lo hacen para pincharte.

-No, se ríen de mí- se queja ella- ¡igual que lo haces tú!- sus ojos brillan con una furia de la que podría convertirme en blanco en cualquier momento, pero por algún motivo no puedo dejar de sonreír.

-No- le digo mientras intento, en vano, dejar de reír.

Ella me mira entornando los ojos, está a punto de decir algo cuando las puertas de otro ascensor se abren a nuestra derecha y Haymitch y Effie se bajan de él, luciendo bastante contentos. No obstante, la sonrisa de Haymitch desaparece casi inmediatamente.

La mía hace lo mismo cuando sigo su mirada y encuentro el motivo de su seriedad.

No hay nada que pueda hacer para proteger a Katniss de esto, pero trato de pensar, con el corazón en la garganta, en alguna manera de suavizar el golpe. Pero no me permite trazar ningún plan, porque sigue nuestras miradas y dice con alegría:

-Parece que te han buscado una pareja a juego este año.

Veo, casi a cámara lenta, como Katniss se voltea para ver a la chica avox pelirroja, la que ella reconoció la última vez, junto a un segundo avox, también pelirrojo.

Su espalda se tensa y sus ojos se llenan de lágrimas que no derrama ante el reconocimiento. Porque a él también lo conoce.

Y yo sé lo que ella está pensando. Está recordando la última vez que los vimos, tirado de cualquier manera en la plaza frente al Quemador, incosciente y con un chichón en la cabeza, mientras Gale se desangraba.

Nuestro nuevo avox es Darius. El exagente de paz del Doce.