Disclaimer:No soy dueña de Crepúsculo o de cualquiera de los personajes.

N/A: La autora, aquí, dice los días que va actualizar, y agradece a sus betas Angelinia y xxlove3m3x4m3xx, por lo que no traduzco la nota.

N/T: Bien, volví. Aquí estoy con una traducción, de jlmill9. Es mi primera traducción, tengan piedad, ¿vale? Traduciré las notas cuando sean cosas importantes, no cuando agradezca por los reviews, o diga cuando actualizará, vale? La historia, por ahora, lleva 105 capítulos, y 2275 reviews. A ver si conseguimos un cuarto de esos reviews, aunque sea.

Actualizaré, si puedo, una vez por semana, ok? Si me dejais muchos reviews, serán dos veces por semana. Perdón si algo está mal traducido, no soy perfecta.

Capítulo 1

Primer encuentro

-Argh, no hay nada que hacer -dijo Emmett. Habían pasado cerca de tres meses desde que los Volturis habían echo la visita a los Cullen, y él estaba empezando a desear un poco más de acción. -Vamos Jasper, vamos a tener un combate de lucha libre..

-No en esta casa -la voz de Esme se oía desde su habitación.

-Por supuesto que no -dijo Emmett, frunciendo el ceño un poco.

-Creo que estoy para pelear un poco -sonrió a su hermano Jasper, pero antes de que cualquiera de ellos se pudiera levantar, Edward entró con un libro a la habitación.

-Acabo de encontrar algo interesante en el porche delantero -dijo, mostrándoles el libro, o los libros, en realidad.

-¿Qué son? -preguntó Emmett.

-Son libros -dijo Jasper, intentando no reírse- Se abren y se leen...

-Ya lo se -Emmett le frunció el ceño- Quiero decir, ¿de qué tratan?

-De nosotros, creo -dijo Edward, frunciendo ligeramente el ceño- O por lo menos de una chica que está involucrada con un vampiro llamado Edward...

-Bueno, eso suena interesante -dijo Alice, caminando en la habitación.

-¿Viste esto? -preguntó Edward.

-No -pensó Alice, y Edward volvió a fruncir el ceño.

-¿Pasa algo malo, papi? -dijo Renesmee, entrando a la habitación seguida de Bella y Jacob.

-Oh, este libro acaba de llegar y parece que trata de cuando tu mamá llegó aquí por primera vez...-Explicó Edward.

-¿Qué? -exclamó Bella.

-Sí -dijo Edward, levantando la ceja ante su reacción- No sé de dónde vino o quién lo escribió, pero no puede salir de aquí...

-No te preocupes tanto, no habrá ningún problema -dijo Emmett- creo que deberíamos leerlo...

-¿Por qué? Ya sabemos lo que va a pasar... -dijo Rosalie, aburrida.

-Sí, no es necesario que lo leamos -dijo Bella, feliz de que ya no pudiera ruborizarse, porque si no, estaría roja como un tomate.

Edward, sin embargo, hizo notar un atisbo de nerviosismo en su voz, y al leer la tapa de nuevo, le sonrió de repente.

-Realmente creo que hay que leer estos -dijo.

-¿Qué pasa con el cambio de actitud? -dijo Jasper, notando como Edward había pasado de estar tenso y preocupado, a estar emocionado y satisfecho en cuestión de segundos.

-Me di cuenta de que esto debe de ser desde la perspectiva de Bella -Edward sonrió- Lo que significa que por fín voy a poder leer sus pensamientos.

-Esto no es justo -dijo Bella, haciendo un mohín.

-Sí, pero debe de ser entretenido -se rió Jacob. Fue muy extraño que se sintiera cómodo en una casa llena de vampiros, pero era, sobre todo, gracias a Renesmee, (y a Bella también) por supuesto.

-Sí, yo quiero oír como se conocieron tu y papá -dijo Renesmee, dando a su madre una mirada de esperanza.

-Bien -suspiró Bella, y todos se acomodaron en los sofás (aunque en realidad no era necesario ponerse cómodos... era un hábito)

-¿Quién lee primero? -preguntó Jasper, aunque en realidad no había que preguntar, ya que Edward había abierto el libro, y segundos después de que se hiciera la pregunta, el comenzó a leer.

Prefacio -leyó

Nunca me había detenido a pensar en cómo iba a morir -

-Hasta que después se mudó a Forks, y no pensó en otra cosa durante más de un año -dijo Jacob.

-No me considero muerta estando convertida en vampiro -dijo Bella.

-Bueno, lo es -dijo Jacob, y Edward y Bella se encogieron de hombros.

Aunque no me habían sobrado los motivos en los últimos meses, pero no hubiera imaginado algo parecido a esta situación incluso de haberlo intentado.

Con la respiración contenida, contemplé fijamente los ojos oscuros del caador al otro lado de la gran habitación. Éste me devolvió la mirada complacido.

-James -gruñó Edward.

-Está bien, amor. Estoy bien -le sonrió Bella.

Seguramente, morir en lugar de otra persona, alguien a quien se ama, era una buena forma de acabar. Incluso noble. Eso debería contar algo.

Sabía que no afrontaría la muerte ahora de no haber ido a Forks, pero, aterrada como estaba, no me arrepentía de esta decisión.

-Tú vida habría sido mejor si no hubieras venido aquí -dijo Edward.

-No, no lo habría sido -dijo Bella con firmeza.

-Yo digo vida, no existencia -dijo Edward con tristeza- pero me alegro de que hayas venido.

Cuando la vida te ofrece un sueño que supera con creces cualquiera de tus expectativas, no es razonable lamentarse de su conclusión.

El cazador sonrió de forma amistosa cuando avanzó con aire despreocupado para matarme.

-¿Tuviste que pensar de esa manera? -dijo Edward con los dientes apretados (en realidad, deseando que él había sido el que había llegado a matarlo)

-Lo siento -Bella se encongió de hombros.

-Capítulo uno -añadió Edward. -Primer encuentro.

-Sí, el primer encuentro de papá y mamá -animó Renesmee.

-Sí, y fue un encuentro muy bonito -se rió Alice junto con los demás (a excepción de Jacob y Renesmee).

Mi madre me llevó al aeropuerto con las ventanillas del coche bajadas. En Phoenix, la temperatura era de veinticuatro grados

-Eso es tanto calor como el que hace aquí -rió Jacob.

Y el cielo de un azul perfecto y despejado. Me había puesto mi blusa favorita.

-Blusa favorita... ¿quieres decir que la usas más de una vez? -dijo Alice, sacudiendo la cabeza- realmente tengo que trabajar en ti.

Sin mangas, y con cierres a presión blancos; la llevaba como gesto de despedida. Mi equipaje de mano era un anorak.

En la península de Olympic, al noroeste del Estado de Washington, existe un pueblecito llamado Forks cuyo cielo casi siempre permanece encapotado. En esta insignificante localidad llueve más que en cualquier otro sitio de los Estados Unidos.

-Es por eso que lo elegimos -dijo Emmett feliz.

Mi madre se escapó conmigo de aquel lugar y de sus tenebrosas y sempiternas sombras cuando yo apenas tenía unos meses. Me había visto obligada a pasar allí un mes cada verano hasta que por fin me impuse al cumplir los catorce años; así que, en vez de eso, los tres últimos años, Charlie, mi padre, había pasado sus dos semanas de vacaciones conmigo en California.

Y ahora me exiliaba a Forks, un acto que me aterraba, ya que detestaba el lugar.

-Forks no es tan malo -dijo Edward.

-No, no cuando llegas a salir con unos pocos de vampiros -dijo Bella.

-¿De qué estas hablando? Esa es la peor parte -dijo Jacob, haciendo una mueca.

-Cállate, perro -dijo Rosalie.

-Hazme callar, rubia -dijo Jacob.

-Argh, yo esperaba que ustedes dos no discutieran en un tiempo -se quejó Bella.

Adoraba Phoenix. Me encantaba el sol, el calor abrasador, y la vitalidad de una ciudad que se extendía en todas las direcciones.

-Bella -me dijo mamá por enésima vez antes de subir al avión-, no tienes por qué hacerlo.

Mi madre y yo nos parecemos mucho, salvo por el pelo corto y las arrugar de la risa. Tuve un ataque de pánico cuando contemplé sus ojos grandes e ingenuos. ¿Cómo podía permitir que se las arreglara sola, ella que era tan cariñosa, caprichosa y atolondrada?

-Um, Bella, te das cuenta de que ella es la madre, ¿verdad? -dijo Jacob.

-Sí, pero la conozco, ¿no es así? -dijo Bella, y Jacob tuvo que admitir que tenía razón.

Ahora tenía a Phil, por supuesto, por lo que problabemente se pagarían las facturas, habría comida en el frigorífico y gasolina en el depósito del coche, y pordría apelar a él cuando se encontrara perdida, pero aún así...

-Es que quiero ir -le mentí. Siempre se me ha dado muy mal eso de mentir, pero había dicho es amentira con tanta frecuencia en los últimos meses que ahora casi sonaba convincente.

-Saluda a Charlie de mi parte -dijo con resignación.

-Sí, lo haré.

-Te veré pronto -insistió-. Puedes regresar a casa cuando quieras. Volveré tan pronto como me necesites.

Pero en sus ojos vi el sacrificio que le suponía esa promesa.

-No te preocupes por mí -le pedí-. Todo irá estupendamente. Te quiero, mamá.

Me abrazó con fuerza durante un minuto; luego, subí al avión y ella se marchó.

Para llegar a Forks tenía por delante un vuelo de cuatro horas de Phoenix a Seattle, y desde allí a Port Angeles a una hora más en avioneta y otra más en coche. No me desagrada volar, pero me preocupaba un poco pasar una hora en el coche con Charlie.

-¿Por qué? Charlie es genial -dijo Jacob.

-Yo no estaba segura de como tratar con él en ese momento -Bella se encogió de hombros- Quiero decir, solo lo veía un par de semanas una vez al año.

Lo cierto es que Charlie había llevado bastante bien todo aquello. Parecía realmente complacido de que por primera vez fuera a vivir con él de forma más o menos permanente.

-Por supuesto que sí. Charlie te ama -dijo Alice.

Ya me había matriculado en el instituto y me iba a ayudar a comprar un coche.

Pero estaba convencida de que iba a sentirme incómoda en su compañía. Ninguno de los dos éramos muy habladores que se diga, y, de todos modos, tampoco tenía nada que contarle. Sabía que mi decisión lo hacía sentirse un poco confuso, ya que, al igual que mi madre, yo nunca había ocultado mi aversión hacia Forks.

Estaba lloviendo cuando el avión aterrizó en Port Angeles. No lo consideré un presagio, simplemente era inevitable. Ya me había despedido del sol.

Charlie me esperaba en el coche patrulla, lo cual no me extrañó. Para las buenas gentes de Forks, Charlie es el jefe de policía Swan. La principal razón de querer comprarme un coche, a pesar de lo escaso de mis ahorros, era que me negaba en redondo a que me llevara por todo el pueblo en un coche con luces rojas y azules en el techo. No hay nada que ralentice más la velocidad del tráfico que un poli.

-Es cierto -dijo Edward- es por eso que siempre los evitamos -añadió, apuntándo hacia su cabeza.

Charlie me abrazó torpemente con un solo brazo cuando bajaba a trompicones la escalerilla del avión.

-Tropezando -rió Emmett- ¿cuántas veces te caes?

-Eso no es asunto tuyo -dijo Bella con rigidez.

-Me alegro de verte, Bella -dijo con una sonrisa al mismo tiempo que me sostenía firmemente-. Apenas has cambiado. ¿Cómo está Renée?

-Mamá está bien. Yo también me alegro de verte, papá -no le podía llamar Charlie a la cara.

-¿Por qué lo llamas Charlie? -le preguntó Jacob a Bella.

-No sé... estaba acostumbrada a llamarle así -respondió Bella, encongiéndose de hombros.

Traía pocas maletas. La mayoría de mi ropa de Arizona era demasiado ligera para llevarla en Washington. Mi madre y yo habíamos hecho un fondo común con nuestros recursos para complementar mi vestuario de invierno, pero, a pesar de todo, era escaso. Todas cupieron fácilmente en el maletero del coche patrulla.

-¡Eso no puede ser! -exclamó Alice- Pobre chica.

-He localizado un coche perfecto para ti, y muy barato -anunció una vez que nos abrochamos los cinturones de seguridad.

-¿Qué tipo de coche?

Desconfié de la manera en que había dicho "un coche perfecto para ti" en lugar de simplemente "un coche perfecto".

-Eres siempre muy suspicaz -sonrió Edward- y coges demasiadas cosas.

-Bueno, es una camioneta, una Chevy para ser exactos.

-¿Dónde la encontraste?

-¿Te acuerdas de Billy Black, el que vivía en La Push?

La Push es una pequeña reserva india situada en la costa.

-No es pequeña -dijo Jacob haciendo un mohín.

-No.

-¿No te acuerdas de papá? -le preguntó Jacob, poniendo aún más mala cara.

-No de su nombre, pero cuando lo veo lo reconozco -dijo Bella.

-Solía venir de pesca con nosotros durante el verano -me explicó.

Por eso no me acordaba de él. Se me da bien olvidar las cosas dolorosas e innecesarias.

-Ahora está en una silla de ruedas -continuó Charlie cuando no respondí-, por lo que no puede conducir y me propuso venderme su camioneta por una ganga.

-¿De qué año es?

Por la forma en que le cambió la cara, supe que era la pregunta que no deseaba oír.

-Bueno, Billy ha realizado muchos arreglos en el motor. En realidad, tampoco tiene tantos años.

-Billy... yo soy el que hizo el trabajo -dijo Jacob.

-Creo que solo quería decir que se había hecho mucho trabajo en el, no que Billy hiciera todo el trabajo -dijo Edward, lo que hizo que Jacob empezase a quejarse aún más.

Esperaba que no me tuviera en tan poca estima como para creer que iba a dejar pasar el tema así como así.

-¿Cuándo la compró?

-En 1984... Creo.

-¿Y era nueva entonces?

-Vuelves a ser muy observadora, otra vez -murmuró Edward.

-En realidad, no. Creo que era nuevo a principios de los sesenta, o a lo mejor a finales de los cincuenta -confesó con timidez.

-¡Papá, por favor! ¡No sé nada de coches! No podría arreglarlo si se estropeara y no me puedo permitir pagar un taller.

-Me gustaría arreglarla de forma gratuita para que no se rompa -dijo Jacob.

-Lo hizo romper el verano pasado -dijo Bella.

-Me imagino que habría tenido un poco de ayuda en ese caso -dijo Jacob.

-¿Eso es cierto? -preguntó Bella, mirando a Edward. Ella siempre se había preguntado si tenía algo en contra de su camioneta.

Edward optó por seguir leyendo para evitar la pregunta.

-Nada de eso, Bella, el trasto funciona a las mil maravillas. Hoy en día no los fabrican tan buenos.

El trasto, repetí en mi fuero interno. Al menos tenía posibilidades como apodo.

-Tú realmente lo llamaste así -rió Emmett.

-¿Y qué entiendes por barato?

Después de todo, ése era el punto en el que yo no iba a ceder.

-Bueno, cariño, ya tel o he comprado como regalo de bienvenida.

Charlie me miró de reojo con rostro expecante.

Vaya. Gratis.

-No tenías que hacerlo, papá. Iba a comprarme un coche.

-No me importa. Quiero que te encuentres a gusto aquí.

Charlie mantenía la vista fija en la carretera mientras hablaba. Se sentía incómodo al expresar sus emociones en voz alta.

-Eso no es cierto, el abuelo siempre sonríe y me abraza- dijo Renesmee.
-Sí, pero creo que todo el mundo está elaborado para el amor- sonrió a Bella en ella.
-El chucho es prueba de ello- dijo Rosalie. Jacob gruñó, pero mostró notables signos de que se estaba controlando para no responder.

Yo lo había heredado de él, de ahí que también mirara hacia la carretera cuando le respondí:

-Es estupendo, papá. Gracias. Te lo agradezco de veras.

Resultaba innecesario añadir que era imposible estar a gusto en Forks.

-No es imposible, solo es improbable -dijo Edward.

Pero él no tenía que sufrir conmigo. Y a caballo regalado no le mires el diente, ni el motor.

-Bueno, de nada. Eres bienvenida -masculló, avergonzado por mis palabras de agradecimiento.

Intercambiamos unos pocos comentarios más sobre el tiempo, que era húmedo, y básicamente ésa fue toda la conversación. Miramos a través de las ventanillas en silencio.

-Debió de ser incómodo -dijo Jacob.

-En realidad, era bastante cómodo, más de lo que pensé que sería por lo menos -dijo Bella, sonriendo.

El paisaje era hermoso, por supuesto, no podía negarlo. Todo era de color verde: los árboles, los troncos cubiertos de musgo, el dosel de ramas que colgaba de los mismo, el suelo cubierto de helechos. Incluso el aire que se filtraba entre las hojas tenía un matiz de verdor.

Era demasiado verde, un planeta alienígena.

-Querida, el verde es uno de los colores predominantes de la Tierra -dijo Edward que, como los otros, se rió de los pensamientos de Bella.

-Sabía que esto era una mala idea -murmuró Bella.

-No, creo que esto será mucho más entretenido de lo que pensé al principio -gritó Emmett, riendo.

Finalmente llegamos al hogar de Charlie. Vivía en una casa pequeña de dos dormitorios que compró con mi madre durante los primeros días de su matrimonio. Ésos fueron los únicos días de su matrimonio, los primeros.

-¿Qué pasó? -era una de las pocas preguntas que Edward no le había hecho cuando empezaron con... esto (por lo menos era uno de los temas en los que él no había profundizado)

-Mi madre odiaba Forks -dijo Bella, como era obvio.

-Pero, ¿por qué no fue tu padre con ella? -preguntó Edward.

-No sé -dijo Bella, ella nunca le pidió a su padre que se fuera con su madre- Pero a él realmente le encanta vivir aquí... habría sido infeliz...

-Yo creo que él hubiese preferido irse contigo y tu madre -dijo Edward. Bella se parecía mucho a su madre, y Edward pensaba que tenía lugar a través de los surfistas de dejar algo a su familia*- Creo que él se preocupa más por tí que por donde vive.

-Tal vez -dijo Bella, pensativa- Tal vez mi madre no le dió esa opción...

-Tal vez- dijo Edward, y continuó leyendo.

Allí, aparcada en la calle delante de una casa que nunca cambiaba, estaba mi nueva camioneta, bueno, nuevo para mí. El vehículo era de un rojo desvaído, con guardabarros grandes y redondos y una cabina de aspecto bulboso. Para mi enorme sorpresa, me encantó.

-¿Realmente te encantó? -dijo Edward, burlándose junto a Jacob.

-Sí -dijo Bella.

No sabía si funcionaría, pero podía imaginarme al volante. Además, era uno de esos modelos de hierro sólido que jamás sufren daños, la clase de coches que ves en un accidente de tráfico con la pintura intacta y rodeado de los trozos del coche extrajero que acaba de destrozar.

-Bueno, tienes un punto -dijo Edward- Y por esa razón, la camioneta es aceptable.

-Gracias por tu aprobación, Edward- resopló Bella.

-Oye, sabes como dijo Charlie que el coche sería bueno para ella -dijo Emmett, tratando de mantener su sonrisa- ¿Crees tú que él pensaba que es dificil de dañar, también?

Bella miró como todos los demás se rieron.

-Propablemente -fue Edward el único lo suficientemente valiente como para decirlo delante de Bella, que le dedicó una mirada gruñendo ese momento.

-¡Caramba, papá! ¡Me encanta! ¡Gracias!

Ahora, el día de mañana parecía bastante menos terrorífico. No me vería en la tesitura de elegir entre andar tres kilómetros bajo la lluvia hasta el instituto o dejar que el jefe de policía me llevaba en el coche patrulla.

-Ew... no quiero hacer eso -dijo Alice, estremeciéndose.

-Me alegra que te guste -dijo Charlie con voz áspera, nuevamente avergonzado.

-Hey... ha aceptado su regalo sin enfadarse con él -dijo Edward, que se dió cuenta de eso.

-Um... - dijo Bella. No sabía que decir a eso.

-Eso no es justo -dijo Edward, poniendo mala cara.

Subir todas mi cosas hasta el primer piso requirió un solo viaje escaleras arriba. Tenía el dormitorio de la cara oeste, el que daba al patio delantero. Conocía bien la habitación; había sido la mía desde que nací. El suelo de madera, las paredes pintadas de azul claro, el techo a dos aguas, las cortinas de encaje ya amarillentas flanqueando las ventanas... Todo aquello formaba parte de mi infancia. Los únicos cambios que había introducido Charlie se limitaron a sustituir la cuna por una cama y añadir un escritorio cuando crecí. Encima de éste había ahora un ordenador de segunda mano con el cable del módem grapado al suelo hasta la toma de teléfono más próxima. Mi madre lo había estipulado de ese modo para que estuviéramos en contacto con facilidad. La mecedora que tenía desde niña aún seguía en el rincón.

Solo había un pequeño cuarto de baño en lo alto de las escaleras que debería compartir con Charlie. Intenté no darle muchas vueltas al asunto.

-Todavía no sé cómo sobrevivió -dijo Alice y Rosalie asintió con la cabeza de acuerdo a ese comentario.
-No fue tan malo -dijo Bella, encogiéndose de hombros- si fuéramos Renée y yo, si hubiera sido una tortura.

Una de las cosas buenas que tiene Charlie es que no se queda revoloteando a tu alrededor. Me dejó sola para que deshiciera mis maletas y me instalara, una hazaña que hubiera sido del todo imposible para mi madre. Resultaba estupendo estar sola, no tener que sonreír ni poner buena cara; fue un respiro que me permitió contemplar a través del cristal la cortina de lluvia con desaliento y derramar algunas lágrimas. No estaba de humor para una gran llantina. Eso podía esperar hasta que me acostara y me pusiera a reflexionar sobre lo que me aguardaba al día siguiente.

-No fue tan malo, ¿verdad? -le preguntó Jacob.

-No hasta que alguien asesino me miró a mí -dijo Bella, encogiéndose de hombros.

Ante estas palabras, Edward se puso rígido, cuando se acordó con dolorosa claridad cada pensamiento que tuvo ese día, y se puso enfermo.

-Lo siento -dijo Bella en voz baja, ella no tenía la intención de molestarlo, era por lo general más cuidadosa con eso.

-Está bien, pero no creo que me guste la lectura de este capítulo, después de todo -dijo Edward.

-¿Qué pasó? -preguntó Renesmee, (y Jacob parecía curioso también).

-Ya verás -respondió Bella.

El aterrador cómputo de estudiantes del instituto de Forks era de tan sólo trescientos cincuenta y siete, ahora trescientos cincuenta y ocho. Solamente en mi clase de tercer año en Phoenix había más de setecientos alumnos. Todos los jóvenes de por aquí se habián criado juntos y sus abuelos habían aprendido a andar juntos. Yo sería la chica nueva de la gran ciudad, una curiosidad, un bicho raro.

-No es verdad -dijo Edward, sonriendo de nuevo- ninguno de los chicos del instituto pensaron eso, por lo menos.

Tal vez podría utilizar eso a mi favor si tuviera el aspecto que se espera de una chica de Phoenix, pero físicamente no encajaba en modo alguno. Debería ser alta, rubia, de tez bronceada, una jugadora de voleibol o quizá una animadora, todas esas cosas propias de quienes viven en el Valle del Sol.

Por el contrario, mi piel era blanca como el marfil a pesar de las muchas horas de sol de Arizona, sin tener siquiera la excusa de unos ojos azules o un pelo rojo. Siempre he sido delgada, pero más bien flojucha y, desde luego, no una atleta.

Todo el mundo se rió mientras Bella los miraba a todos.

-Pero mamá es tan atlética como vosotros -dijo Renesmee confundida, mientras todos se reían.

-Creo que encontrarás que tu madre era... algo diferente en ese sentido cuando era humana -dijo Edward riéndose.

Me faltaba la coordinación suficiente para practicar deportes sin hacer el ridículo o dañar a alguien, a mí misma o a quialquiera que estuviera demasiado cerca.

Después de colocar mi ropa en el viejo tocador de madera de pino, me llevé el neceser al cuarto de baño para asearme tras un día de viaje. Contemplé mi rostro en el espejo mientras me cepillaba el pelo enredado y húmedo. Tal vez se debiera a la luz, pero ya tenía un aspecto más cetrino y menos saludable. Puede que tenga una piel bonita, pero es muy clara, casi traslúcida, por lo que su apariencia depende del color del lugar y en Forks no había color alguno.

-Eres hermosa, amor -sonrió Edward.

Mientras me enfrentaba a mi pálida imagen en el espejo, tuve que admitir que me engañaba a mí misma. Jamás encajaría, y no sólo por mis carencias físicas. Si no me había hecho un huequecito en una escuela de tres mil alumnos, ¿qué posibilidades iba a tener aquí?

-¿Así que no tenías amigos en Phoenix? -preguntó Jacob.

-Los tenía, pero no muy cercanos -dijo Bella- Al igual que mi amistad con Jess y los demás... pero tal vez no tanto.

-Eso es un poco triste -dijo Jacob- ¿Por qué querías estar allí de todos modos?

-Pensé que no iba a encontrar mi lugar aquí y me gustaba tanto el sol y estar con mi madre...-dijo Bella, mientras se encogía de hombros.

No sintonizaba bien con la gente de mi edad. Bueno, lo cierto es que no sintonizaba bien con la gente. Punto.

-Eso es verdad. Necesitas vampiros para sentirte cómoda -se río Emmett.

-Ella está cómoda con los hombres lobos, también -agregó Jacob.

Ni siquiera mi madre, la persona con quien mantenía mayor proximidad, estaba en armonía conmigo; no íbamos por el mismo carril. A veces me preguntaba si veía las cosas igual que el resto del mundo. Tal vez la cabeza no me funcionara como es debido.

-No hay duda sobre eso -sonrió Edward.

-Edward -Bella puso mala cara y se río de Edward, quién estaba sonriendo todavía, pero no dijo nada más.

Pero la causa no importaba, sólo contaba el efecto. Y mañana no sería más que el comienzo.

Aquella noche no dormí bien, ni siquiera cuando dejé de llorar. El siseo constante de la lluvia y el viento sobre el techo no aminoraba jamás, hasta convertirse en un ruido de fondo. Me tapé la cabeza con la vieja y descolorida colcha y luego añadí la almohada, pero no conseguí conciliar el sueño antes de medianoche, cuando al fin la lluvia se convirtió en un fino sirimiri. A la mañana siguiente, lo único que veía a través de la ventana era una densa niebla y sentí que la claustrofobia se apoderaba de mí. Aquí nunca se podía ver el cielo, parecía una jaula. El desayuno con Charlie se desarrolló en silencio. Me deseó suerte en la escuela y le di las gracias, aun sabiendo que sus esperanzas eran vanas. La buena suerta solía esquivarme.

-Un eufemismo si alguna vez se escuchó -dijo Edward, y todos los demás parecían estar de acuerdo con eso.

Charlie se marchó primero, directo a la comisaría, que era su esposa y su familia. Examiné la cocina después de que se fuera, todavía sentada en una de las tres sillas, ninguna de ellas a juego, junto a la vieja mesa cuadrada de roble. La cocina era pequeña, con paneles oscuros en las paredes, armarios amarillo chillón y un suelo de linóleo blanco. Nada había cambiado. Hacía dieciocho años, mi madre había pintado los armarios con la esperanza de introducir un poco de luz solar en la casa. Había una hilera de fotos encima del pequeño hogar del cuarto de estar, que colindaba con la cocina y era del tamaño de una caja de zapatos. La primera foto era de la boda de Charlie con mi madre en Las Vegas, y luego la que nos tomó a los tres una amable enfermera del hospital donde nací, seguida po runa sucesión de mis fotografías escolares hasta el año pasado.

-No he visto ninguna de ellas -Edward frunció el ceño.

-Tú debes de reconocer que eran muy bonitas -se rió Jacob.

Verlas me resultaba muy embarazoso. Tenía que convencer a Charlie de que las pusiera en otro sitio, al menos mientras yo viviera aquí.

-Es evidente que tuvieron éxito -dijo Edward, aún con el ceño fruncido.

Era imposible permanecer en aquella casa y no darse cuenta de que Charlie no se había repuesto de la marcha de mi madre. Eso me hizo sentir incómoda.

-Me imaginaba que sería difícil -dijo Jasper.

-Lo era, pero en realidad no duraron mucho tiempo -dijo Bella.

No quería llegar demasiado pronto al instituto, pero no podía permanecer en la casa más tiempo, por lo que me puse el anorak, tan grueso que recordaba a uno de esos trajes empleados en caso de peligro biológico, y me encaminé hacia la llovizna.

Aún chispeaba, pero no lo bastante para que me calara mientras buscaba la llave de la casa, que siempre estaba escondida debajo del alero que había junto a la puerta, y cerrara. El ruido de mis botas de agua nuevas resultaba enervante. Añoraba el crujido habitual de la grava al andar. No pude detenerme a admirar de nuevo el vehículo, como deseaba, y me apresuré a escapar de la húmeda neblina que se arremolinaba sobre mi cabeza y se agarraba al pelo por debajo de la capucha.

-Realmente es extraño, ¿por qué querías mirar la camioneta? -preguntó Emmett.

-No sé -contestó Bella, encogiéndose de hombros. No solo no podía recordar las cosas debido a su transformación, sino que probablemente no se habría acordado de todas maneras ya que había sido un pensamiento pasajero.

Dentro de la camioneta estaba cómoda y a cubierto. Era obvio que Charlie o Billy debían de haberla limpiado,

-Debió de ser Charlie... a mi padre no se le habría ocurrido hacer algo como eso -dijo Jacob.

Pero la tapicería marrón de los asientos aún olía tenuemente a tabaco, gasolina y menta. El coche arrancó a la primera, con gran alivio por mi parte, aunque en medio de un gran estruendo, alivio por mi parte, aunque en medio de un gran estruendo, y luego hizo mucho ruido mientras avanzaba al ralentí. Bueno, una camioneta tan antigua debía de tener algún defecto. La anticuada radio runcionaba, un añadido que no me esperaba.

-Trabajo... fue horrible -Emmett hizo una mueca- Casi no se podía hacer nada al respecto.

-Pero aún así funcionó -defendió Bella.

-Lo que sea, la radio fue mucho mejor -dijo Emmett.

-Un... ¿verdad? -dijo Bella, compartiendo una mirada con Edward. Los otros no sabían que había arrancado, literalmente, la radio de su camioneta después de que Edward la dejara. No sabía como lo tomaría si eso salía en el próximo libro que habían recibido.

Fue fácil localizar el instituto pese a no haber estado antes. El edificio se hallaba, como casi todo lo demás en el pueblo, junto a la carretera. No resultaba obvio que fuera una escuela, sólo me detuve gracias al cartel que indicaba que se trataba del instituto de Forks. Se parecía a un conjunto de esas casas de intercambio en época de vacaciones construidas con ladrillos de color granate. Había tantos árboles y arbustos que a primera vista no podía verlo en su totalidad. ¿Dónde estaba el ambiente de un instituto?, me pregunté con nostalgia. ¿Dónde estaban las alambradas y los detectores de metales?

-¿Tú querías eslabones de la cadena, vallas y detectores de metales? -preguntó Alice sacudiendo la cabeza.

-Era a lo que estaba acostumbrada -dijo Bella, encogiéndose de hombros otra vez.

Aparqué frente al primer edificio, encima de cuya entrada había un cartelito que rezaba "Oficina Principal". No vi otros coches aparcados allí, por lo que estuve segura de que estaba en zona prohibida, pero decidí que iba a pedir indicaciones en lugar de dar vueltas bajo la lluvia como una tonta. De mala gana salí de la cabina calentita del monovolumen y recorrí un sendero de piedra flanqueado por setos oscuros. Respiré hondo antes de abrir la puerta.

En el interior había más luz y se estaba más caliente de lo que esperaba. La oficina era pequeña: una salita de espera con sillas plegables acolchadas, una basta alfombra con motas anaranjadas, noticias y premios pegados sin orden ni concierto en las paredes y un gran reloj que hacía tictac de forma ostensible. Las plantas crecían por doquier en sus macetas de plástico, por si no hubiera suficiente vegetación fuera.

Un mostrador alargado dividía la habitación en dos, con cestas metálicas llenas de papeles sobre la encimera y anuncios de colores chillones pegados en el frontal. Detrás del mostrador había tres escritorios. Una pelirroja regordeta con gafas se sentaba en uno de ellos. Llevaba una camiseta de color púrpura que, de inmediato, me hizo sentir que yo iba demasiado elegante.

La mujer pelirroja alzó la vista.

-¿Te puedo ayudar en algo?

-Soy Isabella Swan -le informé, y de inmediato advertí en su mirada un atisbo de reconocimiento. Me esperaban. Sin duda, había sido el centro de los cotilleos.

-Sí, los chismes de actualidad de la pequeña ciudad de Forks -dijo Alice- Tú eras todo de lo cualquiera podía hablar.

-Gracias -suspiró Bella.

La hija de la caprichosa ex mujer del jefe de policía al fin regresaba a casa.

-Por supuesto -dijo.

Rebuscó entre los documentos precariamente apilados hasta encontrar los que buscaba.

-Precisamente aquí tengo el horario de tus clases y un plano de la escuela.

Trajo varias cuartillas al mostrador para enseñármelas. Repasó todas mis clases y marcó el camino más idóneo para cada una en el plano; luego, me entregó el comprobante de asistencia para que lo firmara cada profesor y se lo devolviera al finalizar las clases.

-Ojalá se me hubiera ocurrido -murmuró Edward antes de continuar su lectura.

Me dedicó una sonrisa y, al igual que Charlie, me dijo que esperaba que me gustara Forks. Le devolví la sonrisa más convincente posible.

Los demás estudiantes comenzaban a llegar cuando regresé a la camonioneta. Los seguí, me uní a la cola de coches y conduje hasta el otro lado de la escuela. Supuso un alivio comprobar que casi todos los vehículos tenían aún más años que el mío, ninguno era obstentoso. En Phoenix, vivía en uno de los pocos barrios pobres del distrito Paradise Valley. Era habitual ver un Mercedes nuevo o un Porsche en el aparcamiento de los estudiantes. EL mejor coche de los que allí había era un flamante Volvo, y destacaba.

-Sí, mi Volvo es increible, ¿no? -dijo Edward con orgullo.

-Nada en comparación con el coche de la rubia -dijo Jacob, aunque claramente forzado.

Aún así, apagué el motor en cuanto aparqué en una plaz alibre para que el estruendo no atrajera la atención de los demás sobre mí.

Examiné el plano en la camioneta, intentando memorizarlo con la esperanza de no tener que andar consultándolo todo el día.

-No todas las personas estaban dispuestas a ayudarte -dijo Alice.

Lo guardé en la mochila, me la eché al homro y respié hondo. Puedo hacerlo, me mentí sin mucha convicción. Nadie me va a morder.

Los vampiros se rieron de eso.
-Bueno, nadie no...ese día por lo menos -dijo Bella riendo también.

Al final, suspiré y salí del coche.

Mantuve la cara escondida bajo la capucha y anduve hasta la acera abarrotada de jóvenes. Observé con alivio que mi sencilla chaqueta negra no llamaba la atención.

Una vez pasada la cafetería, el edificio número tres resultaba fácil de localizar, ya que había un gran "3" pintado en negro sobre un fondo blanco con forma de cuadrado en la esquina del lado este. Noté que mi respiración se acercaba a hiperventilación al aproximarme a la puerta. Para paliarla, contuve el aliento y entré detrás de dos personas que llevaban impermeables estilo unisex.

El aula era pequeña. Los alumnos que tenía delante se detenían en la entrada para colgar sus abrigos en unas perchas; había varias. Los imité. Se trataba de dos chicas, una rubia de tez clara como la porcelana y otra, tambén pálida, de pelo castaño claro. Al menos, mi piel no sería nada excepcional aquí.

-Eras todavía más pálida que ellos -dijo Edward.

-Pero no era tan pálida cómo tú -dijo Bella.

-No, pero creo que eras la que más se parecía -añadió Emmett.

Entregué el comprobante al profesor, un hombre alto y calvo al que la placa que descansaba sobre su escritorio lo identificaba como Sr. Mason. Se quedó mirándome embobado al leer mi nombre, pero no me dedicó ninguna palabra de aliento, y yo, por supusuerto, me puse colorada como un tomate. Pero al menos me envió a un pupitre vacío al fondo de la clase sin presentarme al resto de los compañeros. A éstos les resultaba difícil mirarme al estar sentada en la última fila, pero se las arreglaron para conseguirlo. Mantuve la vista clavada en la lista de lecturas que me había entregado el profesor. Era bastante básica: Brontë, Shakespeare, Chaucer, Faulkner. Los había leído a todos, lo cual era cómodo... y aburrido.

-Y pensar que será más aburrida después de leerla unas cincuenta veces -dijo Edward.

Me pregunté si mi madre me enviaría la carpeta con los antiguos trabajos de clase o si creería que la estaba engañando. Recreé nuestra discusión mientras el profesor continuaba con su perorata.

Cuando sonó el zumbido casi nasal del timbre, un chico flacucho, con acné y pelo grasiento, se ladeó desde un pupitre al otro lado del pasillo para hablar conmigo.

-Tú eres Isabella Swan, ¿verdad?

Parecía demasiado amable, el típico miembro de un club de ajedrez.

-Esa es una buena descripción de Eric -dijo Alice.

-Bella -le corregí. En un radio de tres sillas, todos se volvieron para mirarme.

-¿Dónde tienes la siguiente clase? -preguntó.

Tuve que comprobarlo con el programa que tenía en la mochila.

-Eh... Historia, con Jefferson, en el edificio seis.

-No hacía falta decir en que edificio era... todo el mundo sabe dónde están las clases y qué se enseñan en ellas -dijo Edward.

Mirase donde mirase, había ojos curiosos por doquier.

-Voy al edificio cuatro, podría mostrarte el camino -demasiado amable, sin duda-. Me llamo Eric -añadió.

Sonreí con timidez.

-Gracias.

-Bueno, no necesitaste el mapa -dijo Jacob.

-Solo una pequeña mejoría -dijo Edward antes de que Bella tuviera la opurtunidad de hacerlo.

Recogimos nuestros abrigos y nos adentramos en la lluvia, que caía con más fuerza. Hubiera jurado que varias personas nos seguían lo bastante cerca para escuchar a hurtadillas. Esperaba no estar volviéndome paranoica.

-No eres demasiado paranoica si tienes razón -dijo Alice- Creo que ellos estaban haciendo eso.

-Solo fue la primera semana, sin embargo -dijo Jasper, frunciendo el ceño al ver a Bella.

-Bueno, es muy distinto de Phoenix, ¿eh? -preguntó.

-Mucho.

-Allí no llueve a menudo, ¿verdad?

-Tres o cuatro veces al año.

-Vaya, no me lo puedo ni imaginar.

-Hace mucho sol -le expliqué.

-No se te ve muy bronceada.

-Es la sangre albina de mi madre.

Me miró con aprensión. Suspiré. No parecía que las nubes y el sentido del humor encajaran demasiado bien.

-Eso no fue gracioso -dijo Emmett.

-Y tenemos sentido del humor -dijo Jasper.

-Lo que por un tiempo se compone cuando te caes -se rió Emmett.

-Eso no es gracioso -dijo Bella.

Después de estar varios meses aquí, habría olvidado cómo emplear el sarcasmo.

Pasamos junto a la cafetería de camino hacia los edificios de la zona sur, cerca del gimnasio. Eric me acompañó hasta la puerta, aunque la podía identificar perfectamente.

-En fín, suerte -dijo cuando rocé el picaporte-. Tal vez coincidamos en alguna otra clase.

Parecía esperanzado. Le dediqué una snorisa que no comprometía a nada y entré.

El resto de la mañana transcurrió de forma similar. Mi profesor de Trigonometría, el señor Varner, a quien habría odiado de todos modos por la asignatura que enseñaba, fue el único que me obligó a permanecer delante de toda la clase para presentarme a mis compañeros.

-Argh, eso es horrible -dijo Jacob haciendo una mueca.

Balbuceé, me sonrojé y tropecé con mis propias botas al volver a mi pupitre.

-Me hubiera gustado ver eso -sonrió Edward.

-Sí, pero dudo que hubiera sido bueno para cualquiera de nosotros -dijo Bella y Edward frunció el ceño. Era verdad, solo hubiera hecho más evidente su... atractivo para él.

Después de dos clases, empecé a reconocer varias caras en cada signatura. Siempre había alguien con más coraje que los demás que se presentaba y me preguntaba si me gustaba Forks. Procuré actuar con diplomacia, pero por lo general mentí mucho. Al menos, no necesité el plano.

Una chica se sentó a mi lado tanto en clase de Trigonometría como de Español, y me acompañó a la cafetería para almorzar. Era muy pequeña, varios centímetros por debajo de mí uno sesenta, pero casi alcanzaba mi estatura gracias a su oscura melena de rizos alborotados. No me acordaba de su nombre, por lo que me limité a sonreís mientras parloteaba sobre los profesores y las clases. Tampoco intenté comprenderlo todo.

-¡Qué considerado por tu parte! -dijo Edward con una pizca de sarcasmo.

-No era tan importante y no me iba a acordar de nada de eso aunque lo intentara -dijo Bella encogiendose de hombros- Ya sabes cómo es Jessica.

-Correcto -resopló Edward.

-Nos sentamos al final de una larga mesa con varias de uss amigas, a quienes me presentó. Se me olvidaron los nombres de todas en cuanto los pronunció. Parecían orgullosas por tener el coraje de hablar conmigo. EL chico de la clase de Lengua y Literatura, Eric, me saludó desde el otro lado de la sala.

-Fue muy extraño -anunció Bella de repente- Yo no estaba acostumbrada a que la gente se fijara en mí, y luego todo el mundo estaba observando cada movimiento que hacía... Se molestaban demasiado.

Y allí estaba, sentada en el comedor, intentando entablar conversación con siete desconocidas llenas de curiosidad, cuando los vi por primera vez.

-Finalmente hacemos nuestra aparición -dijo Emmett sonriendo.

Se sentaban en un rincón de la cafetería, en la otra punta de donde yo me encontraba. Eran cinco. No conversaban

-Si estábamos -dijo Edward.
-No de una manera que yo pudiera ver -dijo Bella.

Ni comían pese a que todos tenían delante una bandeja de comida. No me miraban de forma estúpida como casi todos los demás, por lo que no había peligro: podía estudiarlos sin temor a encontrarme con un par de ojos excesivamente interesados. Pero no fue eso lo que atrajo mi atención.

-Fue nuestro hermoso estado divino -dijo Emmett.

No se parecían lo más mínimo a nungún otro estudiante. De los tres chicos, uno era fuerte, tan musculoso que parecía un verdadero levantador de pesas, y de pelo oscuro y rizado.

-Ese soy yo -dijo Emmett.
-¿Quieres callarte? -dijo Edward- Todo el mundo sabe que eras tú.

Otro, más alto y delgado, era igualmente musculoso y tenía el callo del color de la miel. El último era desgarbado, menos corpulento, y llevaba despeinado el pelo castaño dorado. Tenía un aspecto más juvenil que los otros dos, que podrían estar en la universidad o incluso ser profesores aquí en vez de estudiantes.

-No soy juvenil -Edward puso mala cara- Y soy mayor que Emmett.

-Te ves más juvenil en comparación con ellos -dijo Bella señalando a los otros dos- Y tu cuerpo no es el más grande.

-Cómo sea -dijo Edward, todavía haciendo un puchero.

Las chicas eran dos polos opuestos. La más alta era escultural. Tenía una figura preciosa, del tipo que se ve en la portada del número dedicado a trajes de baño de la revista Sports Illustrated, y con el que todas las chicas pierden buena parte de su autoestima sólo por estar cerca.

-Argh, ¿podrías saltar esta parte? -dijo Jacob, quien estaba mirando a Rosalie, que sonreía abiertamente por la descripción que le había hecho Bella, y a Jacob no le gustaba eso.

Edward se río, aunque estaba de acuerdo con Jacob en eso, y siguió leyendo desde donde lo había dejado.

Su pelo rubio caía en cascada hasta la mitad de la espalda. La chica baja tenía aspecto de duendecillo de facciones finas, un fideo. Su pelo corto era rebelde, con cada punta señalando en una dirección, y de un negro intenso.

Aún así, todos se parecían muchísimo. Eran blancos como la cal, los estudiantes más pálidos de cuantos vivían en aquel pueblo sin sol. Más pálidos que yo, que soy albina. Todos tenían ojos muy oscuros, a pesar de la diferente gama de colores de los cabellos,

-¿Tú viste nuestros ojos? -cuestionó Jasper- La mayoría de la gente no es tan observadora.

-Sí, Bella es demasiado observadora para su propio bien... -dijo Edward.

Y ojeras malvas, similares al morado de los hematomas. Era como si todos padecieran de insomnio,

-Sí, muchas, muchas noches sin dormir -se rió Emmett.

O se estuvieran recuperando de una rotura de nariz, aunque sus narices, al igual que el resto de sus facciones, eran rectas, perfectas, simétricas.

Pero nada de eso era el motivo por el que no conseguía apartar la mirada.

-Aquí viene la parte más hermosa -dijo Alice.

Continué mirándolos porque sus rostros, tan diferentes y tan similares al mismo tiempo, eran de una belleza inhumana y devastadora. Eran rostros como nunca esperas ver, excepto tal vez en las páginas retocadas de una revista de moda. O pintadas por un artista antiguo, como el semblante de un ángel. Resultaba difícil decidir quién era más bello, tal vez la chica rubia perfecta o el joven de pelo castaño dorado.

-No me gusta ninguna de tus opciones -dijo Jacob.

-Entonces, ¿cuál elegirías? -le sonrió Bella.

-Eh... no... todos son sanguijuelas -dijo Jacob.

Los cinco desviaban la mirada los unos de los otros, también del resto de los estudiantes y de cualquier cosa hasta donde pude colegir. La chica más pequeña se levantó con la bandeja -el refresco sin abrir, la manzana sin morder-

-¿Te das cuenta de lo observadora qué es? -dijo Jasper- No me extraña que lo descubriera tan pronto.

-Tú sabes que tenía un montón de ayuda en eso -dijo Bella- Y yo no hubiera...

-Ya lo sé -dijo Jasper- Pero probablemente lo habrías descubierto de todos modos...

y se alejó con un trote grácil, veloz, propio de un corcel desbocado. Asombrada por sus pasos de ágil bailarina, la contemplé vaciar su bandeja y desliarse por la puerta trasera a una velocidad superior a lo que había considerado posible. Miré rápidamente a los otros, que permanecían sentados, inmóviles.

-¿De qué estábais hablando? -preguntó Bella y todos miraron a Jasper, quien la estaba mirando entre entristecido y avergonzado por la pregunta- No importa.

-¿Quiénes son ésos? -pregunté a la chica de la clase de Español, cuyo nombre se me había olvidado.

Y de repente, mientras ella alzabal os ojos para ver a quiénes me refería, aunque propablemente ya lo supiera por la entonación de mi voz, el más delgado y de aspecto más juvenil, la miró. Durante una fracción de segundo se fijó en mi vecina, y después sus ojos oscuros se posaron sobre los míos.

-Aww, la primera vez que hicieron contacto visual -suspiró Alice.

Él desvió la mirada rápidamente, aún más deprisa que yo, ruborizada de vergüenza. Su rostro no denotaba interés alguno en esa mirada furtiva, era como si mi compañera hubiera pronunciado su nombre y él, pese a haber decidido no reaccionar previamente, hubiera levantado los ojos en una involuntaria respuesta.

-¿Ella pensó tu nombre? -dijo Bella, aunque sabía la respuesta.

-Sí -dijo Edward.

-¿Escuchaste toda la conversación? -preguntó Bella.

-Sí -dijo Edward con el ceño fruncido- La primera vez estaba desconcertado por tu silenciosa mente.

-Lo siento -dijo Bella, pero estaba sonriendo de todos modos.

Avergonzada, la chica que estaba a mi lado se rió tontamente y fijó la vista en la mesa, igual que yo.

-Son Edward y Emmett Cullen, y Rosalie y Jasper Hale. La que se acaba de marchar se llama Alice Cullen; todos viven con el doctor Cullen y su esposa -me respondió con un hilo de voz.

Miré de soslayo al chico guapo,

-¿Vas a llamarme siempre chico guapo? -dijo Edward haciendo una mueca.

-Probablemente -le sonrió Bella- O alguna variante.

Que ahora contemplaba su bandeja mientras demigajaba una rosquilla con sus largos y níveos dedos. Movía la boca muy deprisa, sin abrir apenas sus labios perfectos. Los otros tres continuaron con la mirada perdida, y aun así, creí que hablaba en voz baja con ellos.

¡Qué nombres tan raros y anticuados!, pensé. Era la clase de nombres que tenían nuestros abuelos,

-Tú capturas todo lo que las demás personas no hacen -dijo Jasper, riéndose en ese momento.

Pero tal vez estuvieran de moda aquí, quizá fueran los nombres propios de un pueblo pequeño. Entonces recordé que mi vecina se llamaba Jessica, un nombre perfectamente normal. Había dos chicas con ese nombre en mi clase de Historia en Phoenix.

-Son... guapos.

Me costó encontrar un término mesurado.

-¡Ya te digo! -Jessica sintió mientras soltaba otra risita tonta- Pero están juntos. Me refiero a Emmett y Rosalie, y a Jasper y Alice, y viven juntos.

Su voz resonó con toda la conmoción y reprobación de un pueblo pequeño, pero, para ser sincera, he de confesar que aquello daría pie a grandes cotilleos incluso en Phoenix.

-Es un poco extraño -dijo Bella.

-¿Qué más podemos hacer? Queremos estar juntos -Edward se encongió de hombros.

-¿Quiénes son los Cullens? -pregunté- No parecen parientes...

-Claro que no. El doctor Cullen es muy joven, tendrá entre veinte y muchos y treinta y pocos. Todos son adoptados. Los Hale, los rubios, son hermanos gemelos, y los Cullen son familia de acogida.

-Parecen un poco mayores para estar con una familia de acogida.

-Ahora sí, Jasper y Rosalie tienen dieciocho años, pero han vivido con la señora Cullen desde los ocho. Es su tía o algo parecido.

-Es muy generoso por parte de los Cullen cuidar de todos esos niños siento tan jóvenes.

-Supongo que sí -admitió Jessica muy a su pesar. Me dio la impresión de que, por algún motivo, el médico y su mujer no le caían bien. Por las miradas que lanzaba en dirección a sus hijos adoptivos, supuse que eran celos; luego, como si con eso disminuyera la bondad del matrimonio, agregó-

-Aunque tengo entendido que la señora Cullen no puede tener hijos.

-Muy astuta -dijo Jasper.

-Eso es más cierto de lo que ella sabe -dijo Alice y todo el mundo parecía un poco triste por eso.

-¿Qué pasa? -dijo Renesmee.

-La abuela perdió a su hijo cuando todavía era humana -dijo Edward gravemente, y Renesmee se mordió el labio, pero antes de que pudiera hacer más, Jacob la había envuelto en sus brazos.

Mientras manteníamos esta conversación, dirigía miradas furtivas una y otra vez hacia donde se sentaba aquella extraña familia. Continuaban mirando las paredes y no habián probado bocado.

-¿Siempre han vivido en Forks? -pregunté. De ser así, seguro que los habría visto en alguna de mis visitas durante las vacaciones de verano.

-No -dijo con una voz que daba a entender que tenía que ser obvio, incluso para una recién llegada como yo- Se mudaron aquí hace dos años, vinieron desde algún lugar de Alaska.

Experimenté una punzada de compasión y alivio. Compasión porque, a pesar de su belleza, eran extrajeros y resultaba evidente que no se les admitía. Alivio por no ser la única recién llegada y, desde luego, no la más interesante.

-No sé, me pareció que eras más bien interesante -dijo Edward.

-Y creo que todos los demás también lo pensaban -se rió Alice- Tú causaste bastante revuelo en nuestra pequeña y tranquila ciudad.

Uno de los Cullen, el más joven, levantó la vista mientras yo los estudiaba y nuestras miradas se encontraron, en esta ocasión con una manifiesta curiosidad. Cuando desvié los ojos, me pareció que en los suyos brillaba una expectación insatisfecha.

-Al igual que intentar y fracasar leyendo mi mente -dijo Bella sonriendo.

-Sí, fue muy molesto -dijo Edward- Yo estaba convencido de que sería capaz de hacerlo y una vez que lo hiciera, no valdría el esfuerzo que puse en hacerlo.

-Bueno, te has equivocado -dijo Bella.

-En ambos relatos -sonrió Edward.

-¿Quién es el chico de pelo cobrizo? -pregunté.

-Ya veo el amor -dijo Alice.

-No, simplemente estás fascinada por él -dijo Bella.

-No, noto el amor -replicó Alice.

Lo miré de refilón. Seguía observándome, pero no con la boca abierta, a diferencia del resto de los estudiantes. Su rostro reflejó una ligera contrariedad. Volví a desviar la vista.

-Se llama Edward. Es guapísimo, por supuesto, pero no pierdas el tiempo con él. No sale con nadie. Quizá ninguna de las chicas del instituto le parece lo bastante guapa -dijo con desdén, en una muestra clara de despecho. Me pregunté cuándo la habría rechazado.

-Repetidamente a lo largo del semestre anterior -dijo Edward- Hombre, me alegré cuando paró de pensar en mí.

Me mordí el labio para ocultar una sonrisa. Entonces lo miré de nuevo. Había vuelto el rostro, pero me pareció ver estirada la piel de sus mejillas, como si también estuviera sonriendo.

Los cuatro abandonaron la mesa al mismo timepo, escasos minutos después. Todos se movían con mucha elegancia, incluso el forzudo. Me desconcertó verlos. El que respondía al nombre de Edward no me miró de nuevo.

Permanecí en la mesa con Jessica y sus amigas más tiempo del que me hubiera quedado de haber estado sola. No quería llegar tarde a mi clases el primer día. Una de mis nuevas amigas, que tuvo la consideración de recordarme que se llamaba Angela, tenía, como yo, clase de segundo de Biología a la hora siguiente. Nos dirigimos juntas al aula en silencio. También era tímida.

-Me gusta Angela -suspiró Bella. Ella ya no era capaz de ver a sus amigos humanos, y a Angela era a la que realmente iba a perder.

-Era una buena chica -dijo Edward- Una de las mentes humanas más amables que he leído... además de la tuya, por supuesto.

Nada más entrar en clase, Angela fue a sentarse a una mesa con dos sillas y un tablero de laboratorio con la parte superior de color negro, exactamente igual a las de Phoenix. Ya compratía la mesa con otro estudiante. De hecho, todas las mesas estaban ocupadas, salvo una. Reconocí a Edward Cullen, que estaba sentado cerca del pasillo centrar junto a la única silla vacante, por lo poco común de su cabello.

-Por fín mamá y papá tienen la oportunidad de conocerse -dijo Renesmee.

-Esta reunión realmente no va a ir bien -dijo Edward con tristeza y asco hacia sí mismo.

-Está bien, amor, todo salió bien -dijo Bella.

Lo miré de forma furtiva mientras avanzaba por el pasillo para presentarme al profesor y que éste me firmara el comprobante de asistencia. Entonces, justo cuando yo pasaba, se puso rígido en la silla. Volvió a mirarme fijamente y nuestras mmiradas se encontraron. La expresión de su rostro era de lo más extraña, hostil, airada.

-¿Por qué estabas furioso con mamá? -preguntó Renesmee.

Edward suspiró, no quería contestar a la pregunta, pero sabía que iba a salir de todos modos, así que mejor contestarla de una vez

-Ella olía bien... mejor que cualquier otra cosa que hubiera olido antes.

Renesmee se quedó sin aliento al entender lo que eso significaba.

-No te preocupes, Nessie -dijo Jacob primero, abrazándola de nuevo- Tú sabes que tu papá nunca haría daño a tu mamá.

Renesmee asintió hacia Jacob, sabiendo que era verdad.

-Lo siento -le dijo a su padre.

-Está bien -dijo Edward. Todavía había odio hacia sí mismo en su voz.

Pasmada, aparté la vista y me sonrojé otra vez. Tropecé con un libro que había en el suelo y me tuve que aferrar al borde de una mesa. La chica que se sentaba allí soltó una risita.

Me había dado cuenta de que tenía los ojos negros, negro como carbón.

El señor Banner me firmó el comprobante y me entregó un libro, ahorrándose toda esa tontería de la presentación. Supe que íbamos a caernos bien. Por supuesto, no le quedaba otro remedio que mandarme a la única silla vacante en el centro del aula. Mantuve la mirada dija en el suelo mientras iba a sentarme junto a él, ya que la hostilidad de su mirada aún me tenía aturdida.

No alcé la vista cuando deposité el libro sobre la mesa y me senté, pero lo vi cambiar de postura al mirar de reojo. Se inclinó en la dirección opuesta, sentándose al borde de la silla. Apartó el rostro como si algo apestara.

-Me hubiese gustado que fuese un mal olor -murmuró Edward.

Olí mi pelo con disimulo. Olía a fresas, el aroma de mi champú favorito. Me pareció un aroma bastante inocente. Dejé caer mi pelo sobre el hombro derecho para crear una pantalla oscura entre nosotros e intenté prestar atención al profesor.

Por desgracia, la clase versó sobre la anatomía celular, un tema que ya había estudiado. De todos modos, tomé aupntes con cuidado, sin apartar la vista del cuaderno.

No me podía controlas y de vez en cuando echaba un vistazo a través del pelo al extraño chico que tenía a mi lado. Éste no relajó aquella postura envarada -sentado al borde de la silla, lo más lejos posible de mí- durante toda la clase. La mano izquierda, crispada en un puño, descansaba sobre el muslo. Se había arremangado la camisa hasta los codos. Debajo de su piel clara podía verle el antebrazo, sorprendentemente duro y musculoso. No era de complexión tan liviana como parecía al lado del más fornido de sus hermanos.

-Mira, te ves menos juvenil, ahora que no estás lejos de ellos -dijo Bella, a la que no le gustaba como le estaba afectando la lectura a la memoria de Edward.

La lección parecía prolongarse mucho más que las otras. ¿Se debía a que las clases estaban a punto de acabar o porque estaba esperando a que abriera el puño que cerraba con tanta fuerza? No lo abrió. Continuó sentado, tan inmóvil que parecía no respirar.

-No estaba respirando -dijo Edward.

-Así que mi olor no te molestará -dijo Bella.

¿Qué le pasaba? ¿Se comportaba de esa forma habitualmente? Cuestioné mi opinión sobre la actitud de Jessica durante el almuerzo. Quizá no era tan resentida como había pensado.

-No es ella -dijo Edward.

-Y eso no es un comportamiento normal de Edward -dijo Emmett.

-Aunque no sé si alguna vez ví un comportamiento normal de Edward -dijo Alice- Ha sido muy diferente desde que llegaste.

No podía tener nada que ver conmigo. No me conocía de nada.

-¡Oh, que equivocada estabas! -dijo Edward.

Me atreví a mirarle a hurtadillas una vez más y lo lamenté. Me estaba mirando otra vez con esos ojos negros suyos llenos de repugnancia. Mientras me apartaba de él, cruzó por mi mente una frase: "Si las miradas matasen...".

-Fuiste muy afortunada de que fuera Edward el que estuviera tentando así por tí -dijo Jasper con tristeza- El resto de nosotros no hubiésemos sido capaces de parar.

Jacob miró y frunció el ceño al resto de la sala, pero no dijo nada, sabía que eso solo podría alterar a Renesmee, que todavía estaba molesta porque no podía descubrir porque su padre quería matar a su madre en un primer momento. Él era un poco inestable en ese aspecto, también, y no sabía que Edward quería matarla así.

El timbre sonó en ese momento. Yo di un salto al oírlo y Edward Cullen abandonó su asiento. Se levantó con garbo de espaldas a mí -era mucho más alto de lo que pensaba- y cruzó la puerta del aula antes de que nadie se hubiera levantado de su silla.

Me quedé petrificada en la silla, contemplando con la mirada perdida cómo se iba. Era realmente mezquino. No había derecho.

-¿Eres como yo, entonces? -preguntó Edward.

-Yo creo que sí -dijo Bella.

-Creo que me gustabas demasiado -dijo Edward.

-¿En serio? -dijo Bella- ¿Más que mi olor?

-Sí, yo quería protegerte -dijo Edward- Aunque eso fue antes de que te oliera...

Empecé a recoger los bártulos muy despacio mientras intentaba reprimir la ira que me embargaba, con miedo a que se me llenaran los ojos de lágrimas. Solía llorar cuando me enfadaba, una costumbre humillante.

-Y una muy confusa -dijo Edward- A veces era difícil saber si estábas realmente molesta o enfadada.

-Eres Isabella Swan, ¿no? -me preguntó una voz masculina. Al alzar la vista me encontré con un chico guapo, de rostro aniñado y el pelo rubio en punta cuidadosamente arreglado con gel. Me dirigió una sonrisa amable. Obviamente, no parecía creer que yo oliera mal.

-Idiota -dijeron Edward y Jacob a la vez.

-¿Quién es? -preguntó Renesmee.

-Un idiota -repitió Edward.

-Él no era un idiota -dijo Bella.

-Si lo era -dijo Jacob; en eso, él y Edward estaban totalmente de acuerdo.

-Lo que sea -Bella rodó los ojos- Es mi amigo Mike.

-Está bien -dijo Renesmee sonriendo a sus padres y a las reacciones de Jacob.

-Bella -le corregí, con una sonrisa.

-Me llamo Mike.

-Hola, Mike.

-¿Necesitas que te ayude a encontrar la siguiente clase?

-Voy al gimnasio, y creo que lo puedo encontrar.

-Es también mi siguiente clase.

Parecía emocionado, aunque no era una gran coincidencia en una escuela tan pequeña.

Fuimos juntos. Hablaba por los codos e hizo el gasto de casi toda la conversación, lo cual fue un alivio. Había vivido en California hasta los diez años, por eso entendía cómo me sentía ante la ausencia del sol. Resultó ser la persona más agradable que había conocido aquel día.

-Es un idiota -repitió Edward.

-Fue mucho más agradable que tú -resopló Bella, para que se callara.

Pero cuando íbamos a entrar al gimnasio me preguntó:

-Oye, ¿le clavaste un lápiz a Edward Cullen, o qué? Jamás lo había visto comportarse de ese modo.

Tierra, trágame, pensé. Al menos no era la única persona que lo había notado y, al parecer, aquél no era el comportamiento habitual de Edward Cullen. Decidí hacerme la tonta.

-¿Te refieres al chico que se sentaba a mi lado en Biología? -pregunté sin malicia.

-Sí -respondió- Teńia cara de dolor o algo parecido.

-No lo sé -le respondí- No he hablado con él.

-Es un tipo raro -Mike se demoró a mi lado en lugar de dirigirse al vestuario- Si hubiera tenido la suerte de sentarme a tu lado, yo sí hubiera hablado contigo.

Le sonreí antes de cruzar la puerta del vestuario de las chicas. Era ambale y estaba claramente interesado, pero eso no bastó para disminuir mi enfado.

-Eso es porque Edward estaba en tu mente -dijo Alice sonriendo.

El entrenador Clapp, el profesor de Educación física, me consiguió un uniforme, pero no me obligo'a vestirlo para la clase de aquel día. En Phoenix, sólo teníamos que asistir dos años a Educación física. Aquí era una asignatura obligatoria los cuatro años. Forks era mi infierno personal en la Tierra en el más literal de los sentidos.

-Eso es un poco melodramático -dijo Jasper.

-No cuando tu oyes lo mal que va en Educación física -se rió Edward.

Contemplé los cuatro partidillos de voleibol que se jugaban de forma simultánea. Me dieron náuseas al verlos y recordar los muchos golpes que había dado, y recibido, cuando jugaba al voleibol.

Al fin sonó la campana que indicaba el final de las clases. Me dirigí lentamente a la oficina para entregar el comprobante con las firmas. Había dejado de llover, pero el viento era más frío y soplaba con fuerza. Me envolví con mis propios brazos para protegerme.

Estuve a punto de dar media vuelta e irme cuando entré en la cálida oficina. Edward Cullen se entontraba de pie, enfrente del escritorio. Lo reconocí de nuevo por el desgreñado pelo castaño dorado. Al parecer, no me había oído entrar. Me apoyé contra la pared del fondo, a la espera de que la recepcionista pudiera atenderme.

-Ni siquiera me dí cuenta de que la falta de pensamiento significaba que eras tú -suspiró Edward.

Estaba discutiendo con ella con voz profunda y agradable. Intentaba cambiar la clase de Biología de la sexta hora a otra hora, a cualquier otra.

No me podía creer que eso fuera por mi culpa. Debía de ser otra cosa, algo que había sucedido antes de que yo entrara en el laboratorio de Biología. La causa de su aspecto contrariado debía de ser otro lí totalmente diferente. Era imposible que aquel desconocido sintiera una aversión tan intensa y repentina hacia mí.

La puerta se abrío de nuevo y una súbita corriente de viento helado hizo susurrar los papeles que había sobre la mesa y me alborotó los cabellos sobre la cara.

-Justo lo que necesitábamos también -murmuró Edward.

La recién llegada se limitó a andar hasta el escritorio, depositó una nota sobre el cesto de papeles y salió, pero Edward Cullen se envaró y se giró -su agraciado rostro parecía ridículo- para traspasarme con sus penetrantes ojos llenos de odio. Durante un instante sentí un estremecimiento de verdadero pánico, hasta se me erizó el vello de los brazos.

-Así que tienes algunas respuestas normales -dijo Edward.

-A veces -Bella se encogió de hombros.

La mirada no duró más de un segundo, pero me heló la sangre en las venas más que el gélido viento. Se giró hacia la recepcionista y rápidamente dijo con voz aterciopelada:

-Bueno, no importa. Ya veo que es imposible. Muchas gracias por su ayuda.

Giró sobre sí mismo sin mirarme y desapareció por la puerta. Me dirigí con timidez hacia el escritorio -por una ve con el rostro lívido en lugar de colorado- y le entregué el comprobante de asistencia con todas las firmas.

-¿Cómo te ha ido el primer día, cielo? -me preguntó de forma maternal.

-Bien -mentí con voz débil.

No pareció muy convencida.

Era casi el último coche que quedaba en el aparcamiento cuando entré en la camioneta. Me pareció un refugio, el lugar más acogedor de aquel horrendo y húmedo agujero. Permanecí varios minutos sentada mirando por el parabrisas con la mirada ausente, pero pronto tuve tanto frío que necesité encender la calefacción. Arranqué y el motor rugió. Me dirigí de vuelta a la casa de Charlie, y traté de no llorar durante todo el camino.

-Lo siento -dijo Edward.

-Está bien, es lo mejor que pudo suceder ese día -le sonrió Bella.

-Ese fue el final del capítulo -dijo Edward.

-Voy a leer el siguiente -dijo Alice- Debe ser en el que uno al otro en realidad se hablan.

Bien. Primer capítulo de la traducción que estoy haciendo. En cuanto termine el capítulo 2, os lo subo. Os lo digo ya. Esta historia es larga, son los 4 libros en un fic, y la autora no lo ha dejado abandonado, por lo que lleva ya 114 capítulos, creo, le falta poco para acabar ya, pero yo os prometo que aunque tarde más, os voy a terminar el fic.

Besos. Dejad reviews!
P.D. Aah! Si alguien sabe inglés, y quiere leer el cap en inglés, y al leer mi cap ve que me he equivocado en algo, que me lo diga, así mejoro en mi inglés.