CAPÍTULO 57 DÍMELO OTRA VEZ, EDWARD

No me podía creer que Bella estuviera a tan sólo unos pocos kilómetros de mí.

James me había comunicado que mi pequeña y escurridiza fugitiva había hecho una simple transacción en un cajero de un lugar recóndito del estado de Washington, Forks. Forks, joder. Y eso había pasado tan sólo hacía una hora. ¿Cuántas posibilidades había de que me hubiera cruzado con ella mientras conducía hacia la cafetería? Mientras yo atravesaba la calle principal de Forks nuestra ella seguramente estaba en el cajero. Sin duda alguna, el destino era un poco caprichoso y bastante cabrón con nosotros.

James no me había podido ofrecer otra pista más que el nombre de la calle que, dadas las circunstancias, era una nimiedad, pero por mis santos cojones sabía que antes de que acabara el día encontraría a Bella sí o sí. Me importaba muy poco el tiempo que tardara, esa misma noche haría todo lo posible por llevármela conmigo ahora que sabía que estábamos en el mismo pequeño pedazo de tierra; una mujer como Bella, una cara guapa y nueva en un sitio tan pequeño en un lugar en el que todos se conocían no pasaría desapercibida por los vecinos.

No sé cómo conseguí meter la llave en el coche, pero lo hice mucho antes de que mis nervios me incapacitaran para hacer cualquier movimiento. Derrapé al salir del pequeño aparcamiento de la cafetería ganándome miradas de reproche y alguna que otra palabra malsonante a mi paso pero me importaba una mierda. Ahí comenzó mi búsqueda.

No sé cuántas veces recorrí el pueblo.

De este a oeste, de norte a sur… una y otra vez, una y otra vez… y nada. Pregunté en la gasolinera y en el supermercado. En la farmacia y en el kiosco de prensa, pero todo el mundo me decía lo mismo; no recordaban ver con asiduidad a una chica con esas características. Según pasaban los minutos lo único que conseguía era desesperarme más; mientras conducía miraba a todos lados sin despegar las manos del volante y los pies de los pedales. Esperaba ansioso una nueva llamada de teléfono de James, sabía que había pocas posibilidades de encontrarla sin más ayuda que mis ojos, pero esperaba encontrar esa pista… por insignificante que pudiera ser. Una chica con un niño, ambos inscritos en la lista de clientes de alguna pensión u hotel… algo, lo que fuera. Sólo necesitaba un indicio, un número y una dirección sería mucho pedir después de días de desesperación.

Pero ahora mismo lo que estaba haciendo era buscar una aguja en un pajar.

No había nada. No estaba Bella.

Paré el coche. Me di cuenta de dónde estaba cuando unos faros iluminaron la entrada de la cafetería de la que había salido minutos atrás. ¿Cuánto tiempo había pasado? ¿Cuánto tiempo llevaba tras el volante buscando a mi Bella? Eran las cinco y media de la tarde cuando el crepúsculo comenzaba a caer en Forks. Y el teléfono sonó.

—James — espeté.

—No, señor Cullen… soy Sue — suspiré —. ¿Está bien? Ha salido de casa hace ya bastante tiempo… me… me preguntaba si vendría a cenar.

—No lo sé, Sue. No sé nada…

— ¿Pasa algo, señor Cullen? Le noto preocupado.

—Es Bella — oí una exclamación al otro lado de la línea. No podía ver la reacción que se reflejó en su cara, pero me imagino que fue de impacto total —, ella está aquí, está en Forks. ¡Forks! Estoy buscándola como un loco, Sue, te lo juro… — me pasé las manos por el pelo.

—¿Va a traerla, señor Cullen?

—¡No sé dónde está! No sé cómo voy a hacerlo, pero sí. La llevaré a casa. Ahora tengo que colgar, Sue.

Sí, debía de darme prisa.

Volví a ponerme en marcha. Mientras el paisaje oscurecía sustancialmente la iluminación de los comercios tomaba casi todo el protagonismo quizás un poco exagerado; a pesar de que aún quedaban casi tres semanas para Navidad, algunas tiendas empezaban a colgar decoraciones y luces típicas de la época. Desde hacía años no celebraba con énfasis esas fiestas aunque deseaba vislumbrar en el horizonte ese motivo por el cual estar receptivo.

Después de atravesar el pueblo por enésima vez decidí parar de nuevo el coche en la calle principal, frente a la tienda de deportes. Se podía decir que era la calle más concurrida del pueblo así que sin poder hacer nada más esperé a que se obrara el milagro… pero como era de esperar para un escéptico como yo, no llegó. Niños y adultos paseando, jóvenes en bicicletas, mujeres hablando y sonriendo, pero ninguna chica morena que llamara mi atención. La única chica… Bajé con el teléfono en las manos para estirar las piernas; estaba buscando a la desesperada porque, aunque el sitio era pequeño, nadie parecía saber nada, es más, ella ya podría estar de nuevo en cualquier parte.

Podría haber vuelto a huir.

El teléfono vibró. Juro que tardé menos de un segundo en llevármelo al oído.

—Edward — me puse en tensión al oír la voz de james —, he buscado en los registros de todos los posibles lugares de Forks en los que podrían estar… y no hay ninguna mujer acompañada por un niño que haya reservado habitación en ningún sitio…

—Es decir, que estamos como en el puto comienzo…

—Siento no poder ofrecerte más información. Te prometo que te llamaré cuanto antes si saltan de nuevo las alarmas, Edward… pero de momento eso es todo.

—¡Joder! — espeté aplastando la pantalla del móvil cuando colgué.

—¿Se encuentra usted bien, caballero? — tuve que mirar hacia un lado y hacia abajo para ver a un hombre que hacía ya tiempo que había pasado la mediana edad. Mordisqueaba un cigarro perezosamente con una tranquilidad pasmosa. En ese instante lo envidié.

—Si le soy claro, estoy más bien jodido — murmuré.

—Oh, vamos, vamos… todo tiene solución, créame — se quitó el cigarro de la boca y me miró estrechando los ojos —. Le conozco. Le he visto alguna que otra vez en la sección de finanzas del periódico — hizo una pausa y sonrió sin ganas —, aunque no lo parezca me resulta muy interesante esa sección del diario. Me encantaría que viniera por aquí por motivos de trabajo, ya sabe… una buena inversión en pueblos como este nunca vienen mal. Aunque creo que no es trabajo el motivo de su presencia aquí. Viene a la mansión del bosque, ¿no es cierto?

—Parece que está usted muy bien informado — dije mirando a ambos lados de la calle.

—No se trata de buena información, señor… no me interesan los cotilleos. Eso es cosa de mujeres. Se trata de buena memoria — dijo dándose unos toquecitos en la sien. Yo fruncí el ceño —. Se parece usted mucho a su padre. Le recuerdo perfectamente — esa afirmación tan contundente me descolocó momentáneamente —. En lo personal nunca creí en esas noticias sensacionalistas vertidas sobre el señor Masen. Y ahora el tiempo ha demostrado que no tuvo nada que ver con nada de lo que se le acusó — silencio por las dos partes —. No me conoce de nada, pero si pudiera ayudarle a estar menos jodido… — sonrió.

—No. Bueno, en realidad no lo sé… Busco a alguien que creo que está aquí. Si es así, lleva en Forks poco tiempo, pero no tengo ni su teléfono ni su dirección — el hombre me miró con interés —. He preguntado en varios locales del pueblo, pero nadie sabe nada. Es una chica morena, muy guapa… va con un niño de cuatro años con el pelo rizado y… —el hombre sonrió ampliamente.

—Oh, vaya… no hace falta que me diga nada más. Sé de quién me está hablando — mi corazón retumbó con fuerza debido a la anticipación —. El niño se quedó fascinado con nuestro Bobby desde que lo vio.

— ¿Bobby?

—Sí, nuestro oso mascota — señaló con la cabeza una pieza disecada de gran tamaño que decoraba la entrada de la tienda.

— ¿Y… cree que podría decirme dónde están? Necesito verlos cuanto antes y….

—Si los está buscando aquí en Forks está usted perdiendo el tiempo. No están en el pueblo — no, no, no… —. Están en la reserva — dejé de lado mis lamentaciones silenciosas y lo miré con atención.

— ¿En la reserva? — ¿pero cómo demonios había ido a parar Bella a una reserva?

—Sí, en la Push. No está lejos, a unos treinta kilómetros de aquí por la carretera secundaria hacia el norte. No han venido muchas veces, pero recuerdo a ese pequeño como si lo estuviera viendo ahora mismo. Es muy simpático — hizo un silencio y luego volvió a estrechar los ojos —. Los acompaña el chico Black — alcé una ceja hasta que me dolió la cara.

—¿El chico Black?

—Sí, Jacob Black…

Todo empezaba a aclararse poco a poco en mi mente. Black. Bella había estado todo este tiempo con Jacob. Descartamos a Phil por motivos obvios y al mismo Black casi en el instante de comenzar la búsqueda porque no había indicios; hubiera sido demasiado evidente… y ahora me daba cuenta de lo equivocados que habíamos estado. Debí de llamar yo mismo en persona a Jacob y contarle lo que estaba pasando con Bella para intentar descubrir algo más, pero no lo hice. Había dado las cosas por hecho y ahora lamentaba las consecuencias.

Apenas sin despedirme de aquel buen hombre que había llenado mi presente más inmediato de esperanza sin saberlo volví al coche y conduje por la calle principal saltándome los semáforos en rojo hasta que llegué a las afueras del pueblo. Sin conocer nada el camino por donde circulaba conduje guiándome por los carteles que indicaban las direcciones. Sabía que tenía que informar a James y a Sue de mi inesperado descubrimiento, pero no podía apartar la vista de la carretera ni un solo segundo porque necesitaba encontrar cuanto antes ese lugar para llegar hasta Bella lo antes posible… si es que ella decidía perdonar mi falta de sentimientos.

De momento me conformaba con encontrarla. Luego ya vería.

Tras unos minutos de descontrolada conducción me desvié por un camino de tierra que me indicaba que mi destino estaba a escasos metros; sí, directo al lugar. Cuando llegué pude ver, a simple vista, al menos una docena de casas de madera que irradiaban luz desde el interior, casi idílica estampa paisajística.

Entonces llegó la confusión a mi cabeza, sentimiento que aborrecía con todas mis ganas.

Podría haber cogido mi teléfono para marcar a Jacob y solucionar en ese mismo instante el problema, pero estaba más que seguro que no me facilitaría la dirección de su casa por las buenas tras esconder en ella a Bella durante tres semanas; él nos había ayudado en todo lo posible en la causa contra Charlie, pero estaba seguro de que en esta contienda estaba de parte de su amiga. Así que decidí hacer las cosas a mi manera porque el factor sorpresa era la hostia. De todos modos, en ese momento sentí que no debería de haberme despedido tan rápido de aquel hombre en la tienda de deportes porque no tenía ni la más jodida idea de por dónde demonios empezar a buscar. Tampoco sabía si alguna de estas personas abriría la puerta de su casa casi de noche a un tipo extraño con cara de enajenado mental.

Suspiré mientras me bajaba del coche intentando por todos los medios no gritar el nombre de Bella con desesperación porque eso era lo único que me quedaba por hacer.

El lugar, tranquilo y sereno, contrastaba con el precario estado de mis nervios cuando me paré frente a la primera de las casas que visitaría. Tras un par de temblorosos toques y una pequeña espera que se me hizo eterna una mujer que podría rozar la treintena, morena de piel y pelo y que no me llegaba ni de lejos a los hombros, me abrió la puerta. No quitó la cadena de seguridad; me miró con recelo de arriba abajo por la rendija de la puerta. No la culpaba, yo mismo me miraría del mismo modo si tuviera tiempo para hacerlo.

—Buenas noches. Eh… bueno… busco a Jacob Black. Me acabo de comprar una casa en las afueras de Forks… y vengo a hacerle una visita.

— ¿Busca a Jake? — volvió a repasarme con la mirada —. ¿Usted lo conoce? — puse los ojos en blanco.

—Pues claro. Él trabaja en Nueva York, nos conocimos allí haciendo negocios. Mi intención no es otra que dar una sorpresa a un viejo amigo del que no conozco la dirección exacta, así que si me pudiera decir cuál de estas casas es la suya me ahorraría el tedioso trabajo de tener que llamar a todas y cada una de estas puertas — suspiré cogiendo aire. La mujer estrechó los ojos.

—Amigo de Jake…

—Sí.

—Pues de ser así sabría que ya no trabaja en esa empresa de Nueva York desde hace semanas… —intenté no parecer sorprendido por la noticia. La mujer suspiró —. Su casa es la que está al lado del arroyo, la que linda con el bosque — a pesar del frío que hacía ahí fuera sentía cómo el sudor recorría mi espalda. Lo que estaba haciendo en estos momentos era un ejercicio de contención sin precedentes.

—Muchísimas gracias — conseguí decir.

Por un momento me imaginé con un portazo en las narices pero gracias a los cielos no fue así aunque sentía aún la mirada de esa mujer a mis espaldas; seguramente me estaría espiando a través de la ventana de la cocina. Decidí ignorar todo lo que me rodeaba. Caminé con una convicción y fuerza que hacía días que no sentía. También lo hice con miedo; desde que Bella se había marchado de mi vida dejándome en la más absoluta soledad el miedo era el sentimiento que lideraba mis días y mis noches. Ahora mismo, el mayor temor de mi vida era llamar a esa puerta y que Bella se hubiera esfumado de nuevo como lo hizo hace tres semanas. Me tuve que convencer de que las pruebas hablaban por sí solas, que Bella sí estaba en el mismo lugar que yo, sólo nos separaban unos miserables metros.

Fui hasta la casa del arroyo; tenía las luces encendidas indicándome que había gente en casa.

Por segunda vez en apenas unos minutos me puse ante una puerta desconocida. Toqué dos veces la rasposa superficie de madera.

Cuando finalmente se abrió me encontré con Jacob Black vestido con una camiseta blanca que había pasado a ser multicolor después de lo que podría ser una pelea de pinturas. No me sorprendió ver a Black con esas pintas, incluso mi mente se obligó a pasar por alto esa camiseta demasiado estrecha, una prenda hecha para que las mujeres admiraran la cantidad de músculo que se almacenaba en sus brazos y que me hacía sentir celos a sabiendas de que él y Bella habían estado solos durante todo este tiempo, lo que en realidad me llamó la atención fue precisamente su ausencia de sorpresa al verme. De hecho, parecía que esperaba mi presencia de un momento a otro.

— ¿Se puede saber cómo has llegado hasta aquí?

No le contesté. Me limité a dar un pequeño paso hacia adelante; avancé poco ya que Jacob no se movió de su lugar ni un solo centímetro impidiéndome así la entrada con la enormidad de su cuerpo. ¿Pero qué demonios le pasaba? ¿Acaso creía que podría hacerle algo a Bella? ¿O es que la había dañado tanto con mis palabras que ni tan siquiera podría tolerar estar en el mismo lugar que yo? Me daba igual Jacob, me daba igual sacar mi lado duro, mi lado bestia, me daba igual todo si finalmente podría ver a Bella de una vez por todas.

—Necesito ver a Bella. Ahora — dije finalmente.

—Dime algo nuevo — suspiró —. Edward, sabes que estoy de tu parte, pero no sé si este es el mejor momento.

— ¿Y cuál va a ser el mejor momento? La he buscado por todo el pueblo como un loco hasta llegar aquí. Joder, estoy seguro de que una de tus vecinas tiene el teléfono en la mano esperando a marcar a emergencias al menor movimiento peligroso por mi parte. Llevo jodido casi tres semanas, Jacob. No sabes lo duro que ha sido para mí. Necesito… verla —susurré.

—Déjale que pase, Jake — su voz nunca me sonó tan dulce como en ese momento.

Ahí estaba.

A pesar de que llevaba un jersey de lana gruesa que ocultaba todas y cada una de sus deliciosas curvas se abrazaba a sí misma como si tuviera frío, un frío que yo estaba más que dispuesto a alejar de ella. El pantalón vaquero desgastado tampoco le hacía ninguna justicia; el pelo lo llevaba recogido en una coleta dejándome ver su cara por completo. Al igual que yo, no estaba en su mejor momento ni mucho menos, pero a mí me pareció la mujer más preciosa del mundo. ¿Cómo era posible que un par de frases mal dichas o mal interpretadas en un momento equivocado pudieran llevarnos a esto?

Jacob se apartó de mi camino suspirando.

Me adentré en esa casa sin mirar absolutamente nada más que a Bella. Avancé despacio; después de todos los días en los que habría recorrido a pie miles de kilómetros por estar con ella ahora era incapaz de sortear la mínima distancia que nos separaba. No sabía si realmente temía su rechazo o simplemente quería saborear el momento del reencuentro. Supongo que un poco de ambas.

Apenas medio metro de distancia. Podía sentir su respiración agitada y acelerada, cosa que me alegraba y me halagaba a partes iguales que ella estuviera tan afectada como yo por nuestra presencia mutua. Estaba ahí, sí… Casi sin darme cuenta alcé la mano para apartar un mechón caprichoso de su cara.

Pero ella se apartó.

Dejé caer la mano como si de repente hubiera dejado de sentirla atravesado por un dolor que iba más allá de lo físico. ¿Qué me has hecho, Bella? Ese momento incómodo y doloroso fue roto por Matt, gracias a los cielos. Entró corriendo y se enganchó a las piernas de Bella riendo.

—Nana, mira — alzó las manos y se las enseñó —, ya me he lavado y me he quitado toda la pintura de encima. Ahora, ¿podemos cenar? — el niño percibió la rigidez del cuerpo de su madre así que se separó de ella para observarla. Acto seguido siguió su mirada para encontrarse conmigo —. ¡Nana! ¡Mira, es Edward! — Bella revolvió el pelo de Matt y se agachó para hablarle de manera confidencial aunque oí perfectamente la conversación.

—Matt, Edward y yo tenemos que hablar — el niño asintió.

Converzación de mayores, ¿no?

—Así es, cariño. ¿Qué te parece si Jacob y tú vais a casa de Kim para que vea los libros del cole? Quizás te de un trocito de tarta para después de cenar — al niño se le iluminaron los ojos.

— ¡Vale! — se giró de nuevo y me miró. No me dijo nada, pero me dedicó una amplia sonrisa y me saludó enérgicamente con la mano al mismo tiempo que avanzaba hacia Jacob. Mientras se ponían los abrigos Jacob le dirigió una mirada cargada de significado a Bella.

Cuando la puerta se cerró simplemente nos miramos a los ojos. No dijimos nada porque, quizás, en ese momento sobraban las palabras. Tampoco nos movimos, comprendí que en ese instante ella necesitaba su espacio así que me aguanté las ganas que tenía de abalanzarme sobre ella y me quedé lo más quieto posible con el regalo de su aroma envolviendo mi cuerpo.

—Sabía perfectamente que vendrías… pero no te esperaba tan pronto. ¿Cómo lo has hecho? Es matemáticamente imposible que llagaras tan deprisa— avancé medio paso hacia ella.

—He comprado la casa de mi padre, en el bosque. Digamos que estaba en el lugar indicado en el momento idóneo — murmuré.

—Como casi siempre, más o menos — suspiré —. ¿A qué has venido aquí, Edward? — negué con la cabeza confundido.

— ¿Cómo que a qué he venido? He venido a por ti, Bella — avancé otro paso —. La misma noche que te marchaste empecé a buscarte — hizo un gesto con la boca.

—Querrás decir la noche que me echaste de tu vida. Es imposible que me busques cuando tú mismo me has echado — espetó. Negué con la cabeza mientras avanzaba otro paso. Esta vez ella se dio cuenta y retrocedió.

—Quizás no estuve muy acertado en mis palabras, pero yo no te eché de mi lado. Mi intención únicamente era la de protegerte. Malinterpretaste mis palabras, cariño — ladeó la cabeza con el ceño fruncido.

— ¿Me estás diciendo que yo te entendí mal? Me dijiste claramente que tenía que marcharme. Cuanto antes. Me lo gritaste.

— ¡A un lugar seguro, joder! — apretó los labios con fuerza —. ¡Entiéndeme! Me acababas de confesar que tenías un hijo. ¡Me lo ocultaste! ¿Cómo querías que reaccionara? ¡No confiaste en mí en algo tan importante! Yo también tengo sentimientos, ¿sabes?

—Pues la mayoría de las veces no lo parece — avanzó otro paso más hacia atrás. Yo di otro hacia adelante.

— ¿Sabes acaso cómo he estado todos estos días? No podía pensar en otra cosa más que en ti y en Matt. Me moría pensando que en cualquier momento me llamarían por teléfono para darme la peor de las noticias He estado muerto en vida todo este tiempo y ha sido por ti — murmuré.

—No digas eso…

— ¡Pero es la verdad! ¿Acaso no deseas que me sincere? Nunca, jamás, fue intención mía que te alejaras de mí — susurré —. Lograste herir mi corazón como nadie lo ha hecho antes…— apretó los labios en un gesto de contención, pero esta vez no era de furia o de impotencia; ahora al parecer contenía el principio de un ataque de llanto —. He venido a por ti y puedo jurar por lo que quieras que no te alejarás de mí en mucho tiempo — me miró en silencio. Luego suspiró con los ojos cerrados.

—Estás enfadado — murmuró.

—Como la mierda, Bella. Estoy enfadado..., nervioso, cansado… he pasado mucho miedo — me miró con el labio inferior temblando peligrosamente.

—Fui una estúpida.

—No, no lo eres… pero te comportaste como tal. Ambos nos comportamos como estúpidos — la corregí —. ¿Matt y tú solos con todo lo que está pasando? Por todos los cielos, Bella. Os podría haber pasado algo — un escalofrío recorrió su cuerpo.

—Hemos estado bien. Seguros — por primera vez miré a mi alrededor siendo consciente de donde me encontraba; la casa no estaba mal pero estaba seguro de que si examinaba las medidas de seguridad acabaría tirado en el suelo y con la mano en el pecho. Aún así, agradecí en silencio que todo este tiempo hubiera estado Jacob a su lado.

—No lo dudo. Si Forks está en el culo del mundo con este lugar directamente se han ahorrado tinta al suprimirlo del mapa. Además, sé que Jacob ha cuidado de vosotros. Pero tu lugar no está aquí, está conmigo. A mi lado.

—No tiene sentido. ¿Estás seguro de lo que estás diciendo? — me acerqué a ella hasta conseguir que su respiración se chocara en mi cara.

— ¿Cómo que no tiene sentido? Nunca he estado más seguro de nada — esa sonrisa hubiera pasado imperceptible para cualquier persona, pero no para mí que conocía sus labios como nadie —rogué —. Perdóname. Perdóname, Bella... pero ven conmigo. Venid conmigo — Bella me sorprendió acortando las distancias para acariciarme la cara. Suave, casi frágil…

—Ahora no se trata sólo de mí, Edward.

— ¡Lo sé, por supuesto que lo sé! ¿Ves que tenga algún tipo de problema con eso? — de nuevo esa sonrisa, aunque mucho más breve. Negó con la cabeza.

—Necesito tiempo, Edward. Debes de dármelo — fui a hablar, pero me calló con su dedo posándose en mi boca —. Matt ha pasado por muchas emociones y cambios en poco tiempo, al igual que yo — ahora sonrió sin ganas —. Has encontrado mi escondite por comprar unos libros para su nuevo colegio. Empezábamos a estabilizarnos. No puedo dejar todo en una hora y marcharme sin más.

—Ya lo hiciste una vez — agachó la cabeza evitando mi mirada mientras yo soltaba un improperio. Me acerqué para disculparme, pero alzó la mano antes de que llegara a ella dejándome claro que un acercamiento físico quedaba momentáneamente de lado —. Bella…

—No, no… Tienes toda la razón — me miró a los ojos —. Tenemos que hablar. Ambos nos hemos expresado mal, yo he hecho las cosas mal… — suspiró —. No puedo ir contigo ahora.

— ¡Ahora que te he encontrado no te voy a dejar aquí, Bella!

—Ven… ven a buscarme con más calma. Hablaremos.

— ¿Cuándo?

—Edward…

— ¿Cuándo? —insistí. Ella suspiró.

—Mañana, ven mañana… Primero tengo que hablar con Matt.

— ¿Vendréis conmigo? — hizo una breve pausa que me pareció una semana.

—Pues claro.

—Bien — dije expulsando todo el aire que había contenido —. Mañana a primera hora estaré aquí. Y más te vale estar dispuesta a montarte en ese coche… o yo mismo te cogeré en brazos y te subiré a la fuerza. No pienso pasar ni un solo día más lejos de ti — antes de que pudiera prever mi movimiento acerqué mis labios a su frente sintiendo así de nuevo su confortable calor.

No dije nada más. Salí de aquella humilde pero cálida casa antes de desmoronarme ante Bella; eso lo dejé para la intimidad que m ofrecía mi coche.

Sí. Ya estaba hecho.

La había visto, la había oído, la había olido e incluso la había tocado, pero la sensación de vacío no se largaba de mi lado; supongo que me libraría de ella cuando Bella y Matt estuvieran conmigo aunque sabía que tenía que mantener la calma. Un movimiento apresurado por mi parte y podría mandar todo a la mierda en un segundo.

Aún no logro cómo tuve la fuerza de voluntad de irme de aquella casa solo; ahora que había encontrado a la única causante de mis desvelos me dolía el alma separarme de ella, pero sí así lo había decidido lo menos que podía hacer era respetar su decisión. El camino de vuelta a casa fue un tanto agridulce; me sentía extasiado, excitado, presa de un calor en el centro del pecho que no había sentido en semanas… pero también anhelo y ansias.

Nada más entrar en la casa Sue y Sam esperaban ansiosos en el salón, caminando de un lado hacia otro. La mujer prácticamente se abalanzó sobre mí.

— ¿Dónde está, señor Cullen? ¿La ha encontrado? Dígame que sí, por favor…

—La he visto, Sue. Sí… a ella y a Matt. Los dos están bien…

— ¿Y si la ha visto por qué no ha venido con usted? Dios mío — se llevó las manos al pecho —, necesito tanto verlos… para mí son como los hijos que nunca tuve. Los echo muchísimo de menos… — puse las manos sobre sus hombros.

—Mañana, Sue… si todo sale bien mañana estarán aquí con nosotros. Bella me ha prometido que vendrán — sonreí ampliamente —. Sé que es tarde, pero necesito que me ayudéis a preparar todo para su regreso — miré también a Sam —. Bella y el niño vendrán para no separarse de nosotros nunca más. Yo me encargaré de eso.

Sabía que con todo lo que estaba pasando y todo lo que estaba por pasar preocuparme por el estado de la casa era una gilipollez de dimensiones estratosféricas pero quería y necesitaba que ellos se encontraran cómodos así que trabajé codo con codo con Sam moviendo los muebles hasta el piso superior mientras Sue terminaba de arreglar la habitación principal y la contigua. La casa distaba mucho de estar como yo quería pero al menos estaba un poco más habitable. Acabé agotado y no fui el único ya que acabamos a altas horas de la madrugada, pero la distracción que me impuse me vino bien para mantener la cabeza ocupada. Mañana tendría muchas cosas por oír, pero sobre todo por decir; confiaba en que mis nervios de acero, más endebles que nunca, no me traicionaran porque era completamente consciente de que las palabras que iban a salir de mi boca no las volvería a pronunciar nunca más.

A pesar del cansancio esa fue otra noche de desvelo.

Salté de la cama antes de que saliera el sol.

Una ducha rápida y una visita aún más fugaz al armario donde había colocado mi ropa. Cuando estuve más o menos presentable bajé a la cocina aunque no tenía ni pizca de hambre; no me sorprendió ver a Sue manos a la obra canturreando tras los fogones. Alzó la mirada y sonrió.

—Buenos días. ¿Impaciente, señor Cullen?

—Veo que no soy el único — dije señalándola a ella. Empezó a echar café en una taza, pero alcé la mano mientras me abrochaba la chaqueta.

—Tiene que desayunar, señor Cullen…

—Primero tengo que ir a por ellos. La comida puede esperar.

De nuevo me quedé con las ganas de ver la cara de Sue, aunque esta vez me imaginé una sonrisa en sus labios.

El paisaje de día se me hizo mucho más diferente que de noche, sobre todo porque me permití el lujo de admirar las vistas que por razones obvias había ignorado la noche anterior. Los acantilados que surcaban la carretera por donde circulaba eran bañados por fuertes olas que rompían sonoramente contra las rocas y las gaviotas se hacían presentes surcando las aguas, rozando con sus cuerpos el mar, aunque tamaño espectáculo no era el que llamaba mi atención sino aquel camino de tierra por el que conduje momentos después y la bendita casa del arroyo. Aparqué el coche en el mismo sitio que la noche anterior y bajé para recorrer a pie el corto camino que me separaba de la casa en un intento por despejar mi confundida mente. Mientras caminaba, como un idiota ensayé en silencio algún que otro saludo a la hora de llamar a la puerta pero nada de eso hizo falta a que Bella, Matt y Jacob estaban esperando en la puerta. Reconozco que suspiré de alivio al ver las dos pequeñas maletas que los acompañaban. Bella, enfundada en un grueso abrigo de plumas hizo el intento de acercarse cuando llegué hasta ellos, aunque lo único que hizo fue cruzarse de brazos para evitar el frío. Suspiré.

—Hola — susurré. Me acerqué despacio, casi temeroso por si su imagen se desvanecía ante mí, pero no fue así. La di un inocente beso en la mejilla. Bella suspiró —. No he podido soñar porque no he dormido… pero creo que me he imaginado como unas mil veces esta noche que finalmente no venías… afortunadamente mis pesadillas se han quedado en mi loca cabeza.

—Si me dices esas cosas creo que no podré pensar con claridad — murmuró.

—Quizás sea ese mi cometido — Jacob tosió a nuestras espaldas sin una pizca de discreción.

—Seguimos aquí — dijo con ironía aunque se acercó a mí y me tendió la mano. Yo se la estreché —. ¿Tienes intención de estar mucho tiempo por aquí? — no sé por qué, pero la pregunta no me pilló de sorpresa. Miré de reojo a Bella.

—En realidad venía para un par de días… pero estoy dispuesto a alargar mi estancia todo lo que sea necesario — Jacob sonrió.

—Pues creo que deberías de ir vaciando tu agenda. Te hará falta ese tiempo del que hablas, créeme — quise darle la razón, pero no me dio opción para hablar —. Yo estaré aquí para lo que necesitéis — se acercó a mí un poco más —, conozco toda la historia. Bella me lo ha contado todo… Estoy de tu lado, estoy de vuestro lado. Quiero ayudar, el Señor lo sabe… pero más te vale que no se vuelva a repetir lo de las últimas semanas — desvió la mirada —, la he visto muy perdida. No quiero verla más así.

—Yo tampoco quiero eso. Nunca más — cogí aire —. Estaremos a tan sólo unos kilómetros, te aseguro que nos verás por aquí más de una vez… de todos modos estaremos en contacto. Hay cosas que me gustaría comentarte, de todos modos — tras un apretón de manos me volví de nuevo hacia Bella —. ¿Nos vamos?

Por toda respuesta tuve el asomo de una sonrisa. Debía suponer y así lo hacía que ese no era un mal comienzo ni mucho menos, en todos los sentidos posibles; tenía a Bella a mi lado, en el asiento trasero junto a Matt y Jacob no me había partido la cara en defensa del honor de su gran amiga.

Ninguno de los dos hablamos mientras volvíamos a la carretera, de hecho, era el pequeño granuja, tal y como lo llamaba su madre, el que llenó los silencios a lo largo de los treinta kilómetros que nos separaban de casa. Sus ocurrencias y canturreos me hicieron sonreír la mayor parte del camino; de hecho, y aunque la idea me daba miedo, pavor y felicidad a partes iguales, no dejé de sonreír cuando caí en la cuenta de que estaba preparado para acostumbrarme a convivir de manera permanente con esa personita.

— ¡Mira, nana, mira! ¡Qué casa taaaaan grande! — miré a través del espejo retrovisor para ver la cara del pequeño. Matt no era el único boquiabierto; la admiración de Bella al ver la casa se reflejaba en el gesto de su cara.

—Hay… hay un jardín enorme para jugar. Hace años había un columpio en uno de los árboles. Quizás… quizás me podrías ayudar a colocar uno — paré el coche frente a la casa y me giré para mirarle. Su sonrisa se ensanchó aún más.

— ¿De verdad? ¿Podría, nana? ¿Puedo ayudar al señor alt… eh… a Edward a poner el columpio? Se mucho de herramientas, veo toooodos los días Manny Manitas — Bella sonrió moviendo la cabeza hacia los lados.

—Está bien, tranquilo… después hablaremos de eso, ¿de acuerdo?

—Tu nana tiene razón. Quizás primero os gustaría saludar a Sue — Bella ladeó la cabeza para mirarme.

— ¿Has traído a Sue? ¿Ha… estado todo este tiempo contigo?

—Pues claro, ¿dónde pensabas que estaba? Vamos, id a verla — abrí la puerta trasera y la ofrecí la mano para ayudarla a salir.

El contacto que se creó en esa milésima de segundo que estuvimos conectados por nuestras pieles encendió de nuevo mis ansias por estar con ella en todos los sentidos. Cuando me soltó, mucho antes de lo que hubiera deseado, sé que se sucedieron abrazos y exclamaciones por parte de Sue, aunque no logro recordar qué dijeron o qué pasó en realidad; yo sólo era consciente de todos y cada uno de los gestos y movimientos que hacía Bella. Entre los brazos de Sue miraba con curiosidad la enormidad de la casa medio vacía.

— ¿Se puede saber dónde has estado? — preguntó Sue con lágrimas en los ojos y sin soltar al pequeño de sus brazos—. ¡Nos tenías asustados, niña! ¿En qué estabas pensando al marcharte de esa manera del hotel? A este hombre casi le da un infarto por tu culpa — agaché la cabeza —, te mereces un par de azotes.

—No le des ideas — murmuró Bella.

— ¿Qué? — la mujer suspiró y negó con la cabeza —. Mira, dejemos las palabras para después — la miró de arriba abajo —. Estás más delgada.

—Sue, es la ropa. No he estado tirada debajo de un puente, te lo aseguro. Hemos estado bien, ya sabes… comiendo cinco veces al día y todo eso — bromeó revolviendo el pelo de Matt.

—Pero aquí estaréis mucho mejor — Sue miró al niño —. Cariño, ¿cuánto hace que no comes una deliciosa tarta de chocolate?

—Kim me daba algún cachito algunos días — la mujer frunció el ceño —, pero la tuya está más buena, Sue.

—Chico listo — nos miró a los dos —. ¿Os gustaría comer algo? — dejé que Bella eligiera.

—Creo que lo dejaré para más tarde. Ahora las palabras son necesarias — la mujer asintió con comprensión.

—Estaremos muy ocupados haciendo la tarta… así que nos os molestaremos.

Sue se llevó de la mano a Matt hacia la cocina. Sam también acusó una retirada con una discreta inclinación de la cabeza dejándonos completamente solos. Bella se paseó por el salón observando casi con desinterés cada rincón de la estancia deteniéndose más tiempo frente al ventanal que daba al jardín. Hubiera matado por saber sus pensamientos en ese instante.

— ¿Estás feliz de volver a tu hogar, Edward? — ladee la cabeza.

—Los recuerdos son felices y dolorosos a la vez, es un poco desconcertante… pero estoy aprendiendo a ver sólo el lado positivo de la vida. Vine aquí desesperado, intentando escapar de tu recuerdo… y te encontré. Este lugar empieza a exorcizarse, creo — sonreí sin ganas. Bella dio un par de vueltas más —. Todo está aún a medio amueblar, no hemos tenido mucho tiempo para adecentar la casa — me encogí de hombros.

—Podemos dejar la decoración para después, Edward — se sentó en uno de los sillones. Yo la imité —. Estás más delgado.

—Te lo debes imaginar… no he pasado mis mejores días — admití.

—Lo mío tampoco ha sido una balsa de aceite, por si te sirve de consuelo — se miró las manos —. Fue todo un detalle por tu parte llevarte a Sue contigo.

—Era lo menos que podía hacer — suspiré —. Los dos nos quedamos solos y perdidos cuando te fuiste — desvié la mirada —, además, me ha dado muy buenos consejos — la miré a los ojos —. Te juro… te juro que he estado rozando la locura todo este tiempo, todos estos días — susurré.

—Edward, yo… — alcé la mano.

—Schhh, calla… Déjame decirte esto, ¿vale? Tu huida sin duda ha ido a parar a la lista de los peores momentos de mi vida, Bella. El corazón me dolía cuando llegaba a la oficina y no estabas ahí, sentada en tu mesa y con esa sugerente sonrisa que se pinta en tus labios. Se me desgarraba el alma cuando llegaba a casa y no te veía… pero mi subconsciente es un hijo de puta que me hacía verte en sueños haciéndome creer que te tenía a mi lado, en mi cama… pero al girarme y alzar la mano te esfumabas — me pasé las manos por el pelo —. Me he pasado estas tres largas semanas como un drogadicto buscando su dosis. Pero esa dosis nunca llegaba. Te he buscado, Bella. Te he buscado hasta que me han llorado los ojos de cansancio. He ido mil veces a la habitación de Matt en nuestra casa — abrió la boca sorprendida —, y te puedo asegurar que Bob Esponja me sale por todos los orificios naturales de mi cuerpo. He… joder, he dejado al perro que le compré a tu hijo en casa y llevo dos malditas noches pensando si Emily se acordará de dar de comer al pobre chucho — sonreí —. Lo he pasado fatal, lo he pasado como la mierda… — sonreí —. Pero aún así, después de todo lo vivido y en retrospectiva, agradezco todo esto.

— ¿Agradecer que me largara? — espetó.

—Sí. Joder, sí… porque he llegado a la conclusión de que, aunque me aterra, sé que esto es lo que el destino tenía preparado para nosotros.

— ¿Qué…?

—Que te quiero, Bella — la miré a los ojos e intenté sondear la intimidad de su alma —. No sales de mi cabeza, mis labios sólo sonríen al escuchar tu nombre… Te… amo — me miró con los ojos muy abiertos. Silencio. Jodida mierda… —. Quizás esta haya sido la declaración más patética de la historia… una cena a la luz de las velas creo que es lo ideal, pero debes perdonarme. Nunca había dicho estas palabras antes — Bella negó. Y luego sonrió.

—Patética o no es la mejor declaración de amor — como marca de la casa, sus mejillas se sonrojaron —. Ya sabes lo que siento, Edward. Soy tuya. Tuya desde la primera vez que me miraste — cogió aire —. Pero te lo dije ayer y te lo vuelvo a repetir. Ahora no se trata sólo de mí, Edward — se relamió los labios —, necesitamos paciencia… Matt y yo estamos aprendiendo poco a poco a comportarnos como madre e hijo.

—Lo sé, cariño… y me alegro por ello. Pero te aseguro que voy a formar parte de ese cambio. Yo también te lo repito, el plan de vivir juntos como una familia nunca ha dejado de estar presente en mi mente — apoyé mi mano sobre la de Bella —. Todo habría sido tan sencillo… si me lo hubieras contado todo desde el principio Matt y tú llevaríais juntos muchísimo tiempo. Él no habría estado al lado de Charlie… y nada de esto habría pasado.

—Tenía miedo. Mucho miedo… de todos modos ya no puedo hacer nada por cambiar mis actos.

—Ni yo mis palabras — entrelacé mis dedos con los suyos —. No sé cómo lo has hecho, pero eres la causante de que me haya replanteado el curso de mi vida…

Eliminé la distancia que nos separaba y, aunque me moría de ganas por abalanzarme sobre ella, este primer acercamiento me lo tomé con calma antes de besarla. Absorbí el aroma de su piel, tan dulce y cálido, y me deleité con las pulsaciones alteradas de su respiración.

Suspiré en su boca como un tonto enamorado.

Después de tantísimos días anhelando su toque al fin la tenía entre mis brazos. Cuántas noches en vela nos habríamos ahorrado los dos si hubiéramos hablado, si hubiéramos abierto nuestro corazón como lo acabábamos de hacer, si hubiéramos sido menos orgullosos.

Si no nos hubiera embargado el terrible miedo.

Pero ahora esos sentimientos quedaban fuera de nuestro radio de acción. Volvíamos a estar juntos y pobre de aquel humano que osara intentar separarnos.

Acaricié sus labios con los míos en el beso más dulce y casto que mis ansias me permitieron darle, me entretuve explorando su boca con una tranquilidad que m cuerpo no sentías hasta que ya no pude más; metí mi lengua en su boca haciendo que los dos gimiéramos de pura excitación. Acaricié su lengua en un beso caliente y húmedo mientras subía las manos por ambos costados de su cuerpo. Desee en ese jodido momento arrancar ese grueso jersey de lana que no me permitía sentir en toda su plenitud las deliciosas curvas de su cuerpo aunque dejé de pensar en estilismos y moda cuando Bella metió sus pequeñas manos por debajo de mi ropa y me miró dejando claro de manera implícita lo que quería.

Me faltó rugir como una bestia en celo.

Apoyé mi cuerpo sobre el suyo. El roce de su pierna contra mi polla hizo que aumentara mi calor corporal en un par de grados. Mi mano cobró vida propia subiendo por su muslo, dejándola a pocos centímetros del lugar donde deseaba entrar aunque capas y más capas de ropa gruesa me lo impedían; tenía que desnudarla y lo tenía que hacer ya antes de cometer la locura más dulce, caliente y deseada en mitad del salón, así que me separé a regañadientes de su boca de fresa y en un acto impulsivo y casi salvaje cogí a Bella en brazos para subir al primer piso.

Tuve que reprimir las ganas de colocármela sobre el hombro como el hombre de las cavernas.

— ¡Edward, no! — riéndose se colgó de mi cuello. De fondo se oían las voces y las rosas de Sue y Matt en la cocina, cada vez más lejos a medida que subíamos —. ¡Nos caeremos por las escaleras!

—No, no nos caeremos. Nunca dejaría que pasara eso. Además, no hubiera sido muy educado follarte en el salón — de una patada abrí la puerta de mi habitación. Muy despacio dejé a Bella sobre sus pies; miró a su alrededor con interés y curiosidad —. Ya sabes, aún está todo patas arriba… de todos modos, nuestra habitación y la de Matt están preparadas. Todavía no han llegado todos los muebles — se giró para mirarme y sonrió —, pero puedo tenerlo todo preparado para…

—Edward, ¿después de tantos días separados… me traes a tu habitación para hablar seguir hablando sobre la decoración y los muebles de tu casa? — negué sonriendo.

—La verdad es que me importa una soberana mierda la decoración. Lo único que tengo en mente es estar entre tus piernas, princesa — me regaló una carcajada. No pude ni quise evitar acariciar su mejilla —. Lo único que quiero es que estéis cómodos.

—Estaremos bien, sobre todo si estamos contigo — pasó sus manos por mi cintura —. Nunca debí marcharme de esa manera, no sé en qué demonios estaba pensando. Yo… — puse mis dedos sobre sus labios.

—Schhh, todo eso ya lo hemos hablado, cariño… no hay nada más que decir.

No la dejé abrir la boca porque la cubrí con mis labios manteniéndola ocupada con los movimientos de mi lengua. Bella apenas tardó un segundo en corresponderme; los vellos de todo mi cuerpo se me pusieron de punta cuando pasó sus dedos por los mechones de mi nuca, tironeando de ellos.

Yo mismo me quité la primera prenda.

No podía esperar mucho más y menos cuando esa pequeña bruja pasó sus traviesas manos por mi estómago, acariciando con sus dedos el vello de mi bajo vientre… siguió hacia abajo, no paró hasta llegar al bulto evidente de mi entrepierna. Empujé sobre su mano.

—Lo quieres fuerte, ¿verdad, princesa?

—Lo quiero como tú eres — susurró.

—Tenía pensado contarte tantas cosas… — agarré el bajo de su jersey. Ella entendió en el acto lo que deseaba, así que alzó los brazos para facilitarme la tarea. Tiré la prenda al suelo sin importarme lo más mínimo dónde caía y me concentré en el inocente sujetador rosa que contenía sus jodidamente perfectos pechos —. Quería explicarte todo lo que me ha pasado estos días… pero ahora no puedo hablar. De todos modos es muy pronto… nos queda mucho tiempo por delante. Creo que nos dará tiempo a hacerlo todo — Bella sonrió.

—Vaya… suena a agenda apretada — desabroché sus pantalones vaqueros y tiré de ellos para revelar unas braguitas del mismo color.

—Muy… muy apretada — susurré.

Ahora sí, sacando a la luz en todo su esplendor ese lado salvaje que había estado reprimiendo en vano lancé a Bella contra la cama. Sin dejarla apenas tiempo para reaccionar me coloqué encima de ella cubriéndola con mi cuerpo. Demasiadas horas, demasiados días, demasiadas semanas sin ver ni tocar ese precioso cuerpo de pecado que ya no volvería a tocar otro hombre jamás. Me deleité con la suavidad de sus piernas, con la tersura de su estómago plano, con su cabello oscuro esparcido son ningún cuidado por mi almohada y mis sábanas… antes de que pudiera darme cuenta tenía su lengua en mi boca y sus manos en la cremallera de mi pantalón.

Entre los dos lo sacamos de su lugar a patadas.

Los vaqueros crearon un ruido sordo cuando se chocaron contra el suelo. Acto seguido enredó sus piernas en mis caderas apretándome contra ella. Chica mala…

—Con esto deduzco que todo está más que perdonado — murmuré contra su cuello.

— ¿Acaso lo dudas? — empezó a reírse.

— ¿De qué te ríes?

—Deberían nombrar este día fiesta nacional… —sonreí de lado cuando hizo fuerza para girarnos —. Te recuerdo que te has declarado, señor Cullen. Tus palabras han eclipsado todo lo demás… — me miró sugerentemente sacando su lado zorra cuando se quitó el sujetador y lo tiró a mi lado.

Sus pezones rosados estaban duros y preparados para mi boca, así que ese fue el siguiente movimiento.

No sé si fue en ese mismo momento o antes… seguramente fue mucho antes de lo que me imaginaba aunque mi mente obtusa no me permitiera verlo, pero finalmente entendí el significado de la frase hacer el amor en el más amplio sentido. Bella y yo, en ese mismo instante, éramos mucho más que piernas entrelazadas, sexos rozándose y lenguas deslizándose sobre piel caliente y sudorosa. Éramos mucho más que excitación y ansias. Lo éramos todo. Era unión tan íntima siempre había sido para mí un acto carnal con el que saciar mis instintos más bajos; cuerpos y caras con los que nunca amanecía y a los que nunca más recordaba.

En cambio Bella había cambiado mi modo de verlo y de sentirlo.

Ella lo era todo.

La agarré por ese trasero del que sólo yo era el dueño y la empujé contra mí para rozarnos más, para aliviarnos mientras redescubríamos nuestros cuerpos. Aunque yo quería más, necesitaba más, así que me adueñé del centro de su cuerpo, me adueñé de ese coño que sólo era mío, la acaricié por encima de la tela húmeda de su ropa interior haciéndola jadear.

—Quítamelas, Edward — gimió.

Rodé dejando mi cuerpo encima y me deshice de la última prenda que la cubría.

A sabiendas de que sería casi una tortura para mí me separé un poco de ella para observarla. Mi polla protestó palpitando furiosa por atención; cerré los ojos mientras me tomaba un segundo para acariciarme a mí mismo pidiendo un poco de calma a esa parte de mi cuerpo. Cuando los abrí, Bella había abierto las piernas en toda su extensión dejándome ver con plenitud todos sus secretos; aunque ya los conocía como la palma de mi mano, no era ni mucho menos inmune a ellos. Con un rápido movimiento me deshice de mi ropa interior y me concentré de nuevo en ella. Bella se incorporó sobre sus codos.

Joder, sí. Imágenes calientes.

El bamboleo de sus pechos erguidos al moverse, ese diente clavado en su boja roja en un gesto jodidamente sexual, el olor de su excitación a escasos centímetros de mí… Amasé sus muslos hasta llegar a sus ingles. Ahí no esperé más. Tanteé con mis dedos la entrada de su sexo. Húmedo, resbaladizo, preparado y dispuesto para mí. Arriba y abajo, al compás de sus caderas en busca de más y más roce. La locura. Jugué con Bella mientras mi propio sexo goteaba con impaciencia preparado para pasar al siguiente nivel. Tenía tantas ganas de ella, quería hacer todo lo imaginable de este mundo con su cuerpo y con sus labios… pero mi excitación me pedía que dejara para más tarde los juegos y me uniera de una vez a ella.

Sus gemidos me estaban llevando a la locura. Y sus manos acariciándose los pechos. Su estrechez, su calidez, su dulzura…

—Edward — jadeó —. Ven aquí. Quiero tocarte… déjame tocarte… — gemí cuando pasó los pies por mis muslos.

—Ahora no, Bella… Después… todo lo que tú quieras… después…

Saqué los dedos húmedos de su interior ante su atenta mirada, empapados con su esencia. Sin apartar sus ojos para ver cada uno de mis movimientos pasé los dedos por sus pezones extendiendo su excitación. Hincó su diente un poco más apretando sus labios, tanto, que temí que se hiciera daño. Arqueó su espalda para ofrecerme su carne, animándome a lamer su piel.

Y así lo hice.

Me tomé mi tiempo mientras saboreaba su cuerpo a la vez que ella pasaba las manos por mi cabeza, tirándome del pelo con nula suavidad, excitándome hasta lo imposible con ese lado descarado que sacaba a relucir en los momentos más oportunos.

—Edward, por favor…

Mi princesa tenía los ojos nublados, oscuros por el deseo.

Me relamí los labios con su sabor bailando en mi boca mientras observaba el sonrojo sexual que se había extendido de sus mejillas hasta su pecho, cubierto por una fina capa de sudor.

—Preciosa… eres preciosa…

Metí las manos por dejado de su cuerpo para alzarla y exponerla aún más a mí.

La penetré con un único movimiento de mis caderas.

Ambos nos quedamos quietos absorbiendo las sensaciones del momento. Jadee en su oído, ronco y gutural, mientras cogía aire; escuchaba mis propios latidos mezclándose con los suyos y con el movimiento desacompasado de su pecho intentando llevar aire a sus pulmones. Una chispa y estaba seguro de que podríamos explotar. Demasiada estrechez, demasiado tiempo sin ese calor líquido que sólo ella podía ofrecerme. Demasiado tiempo sin su boca, sin su sexo…

¿A partir de ese momento?

Desenfreno de cuerpos, piel y lenguas.

Que no íbamos a durar mucho era algo que sabía desde el primer momento en que la rocé con mis dedos, pero también sabía que como poco, debía ser apoteósico. Nuestras caderas entraron al fin en acción moviéndose de manera acompasada como un puzle que encaja a la perfección. Estocadas profundas, certeras y excitantes, esa hermosa dinámica que Bella y yo habíamos creado con el paso del tiempo. Sus piernas rodeaban mi cintura empujándome más y más hacia ella, haciendo que mi cuerpo entrara cada vez más en el suyo, fundiéndome con Bella hasta lo más profundo de nuestro ser.

—Te he echado de menos… No sabes cuánto te he necesitado — susurré.

Sus dedos se clavaron en mi trasero hincando las uñas cortas en mi piel. El destello de dolor que me provocó esa pequeña acción hizo que me diera un latigazo de placer desde la cabeza a los pies. Mientras mis caderas se volvían locas y mi polla palpitaba casi dolorosamente dentro de su cuerpo agarré a Bella por la mandíbula para darle el beso más profundo. Su piel caliente quemaba la mía, sus caderas líquidas se fundían con las mías… su sexo se apretaba contra el mío en el mismo instante que mi cuerpo decía basta. Con una última acometida me corrí en su interior. Absorbí sus gritos de placer con mi boca mientras saboreábamos nuestro orgasmo.

Interminable, delicioso, perfecto.

No me moví ni un solo milímetro de donde estaba porque ese era el lugar donde pertenecía. El cuerpo de Bella y el mío empezaron a calmarse poco a poco preparándonos para volver al mundo terrenal; por mí hubiera podido permanecer así lo que quedaba de día. La sentía por todas partes, en cada rincón de mi cuerpo había una parte de ella.

Y estaba en paz porque así era como debía ser.

Soplé suavemente su cara mientras le retiraba el pelo húmedo. Mi princesa abrió los ojos perezosamente y sonrió. Me besó con toda la calma del mundo mientras me acariciaba el pelo.

—Dímelo, Edward… dímelo otra vez — dijo mirándome a los ojos.

—Te amo, Bella… tenlo siempre presente. Te amo…


Ante todo, y últimamente me estoy repitiendo mucho, mil perdones por la tardanza. Como digo siempre, si pudiera subir capítulo todos los días, lo haría. ¿Qué os ha parecido el capítulo? ¿Qué os ha parecido el reencuentro entre Bella y Edward? Aunque Edward se ha ablandado un poquitín os aseguro que en los siguientes capítulos volverá a sacar su lado oscuro.

Muchísimas gracias por todos vuestros comentarios

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Muchas gracias por preguntarme por mi salud. Voy mejor, pendiente de nuevo de la rehabilitación de la espalda ;) Nos leemos en unos días, espero que sea pronto!