CAPÍTULO 61 Y EL SENTIMIENTO DEJÓ DE SER ETÉREO

Los oídos me pitaban.

Mis ojos veían estrellas en una noche opaca en la que hasta la luz de la Luna había huido.

Dios santo…

Las personas que han sufrido experiencias cercanas a la muerte, esa gente que ha estado a las puertas de ese famoso umbral lleno de una luz blanca, prístina, dicen que su vida pasa delante de sus ojos como si de una película se tratara. Miles de diapositivas de recuerdos, alegrías y penas pasando a un millón de revoluciones por segundo por tu cerebro en ese mismo momento en el que tu alma está en medio de los dos mundos… pero a cámara lenta.

Así me encontraba yo en ese instante. Sin estar al borde de la muerte físicamente hablando, vi pasar mi maldita y bendita vida ante mis ojos. Minutos, horas y días después supe que había tenido una especie de revelación, un punto de inflexión y liberación, todo junto, que me permitiría seguir adelante.

Pero eso pasó tiempo después.

En ese momento, cuando mi mente dejó de ver fotogramas como páginas al viento y regresé a la tierra, sólo oí gritos.

Gritos y más gritos.

Me costó descubrir si aún seguía metida en la película de mi propia vida que acababa de visionar, si todo lo que pasaba a mí alrededor estaba en mi cabeza o si alguien a mi lado realmente estaba gritando. Tiré la pistola; por algún extraño motivo aún la mantenía entre mis dedos. El ruido del metal chocándose contra el suelo rebotó en mi cabeza como un sordo mazazo. Sí… realmente alguien gritaba. Además, oía voces a mi alrededor, voces que me llamaban y que gritaban mi nombre, pero las ignoré sin remordimiento. Lo que deseaba, lo que necesitaba como el aire que estaba respirando era comprobar qué demonios le había pasado a Edward.

La imagen de su cuerpo cayendo a cámara lenta – todo pasaba a cámara lenta – proyectada en mi cabeza sería algo que con toda seguridad tardaría mucho tiempo en olvidar. También tardaría tiempo en borrar de mi mente el momento en el que la bala salió del tambor de la pistola que empuñaba… el microsegundo en el que ese pequeño trozo de metal hacía contacto con la cabeza de Charlie salpicando a varios metros sangre y material encefálico por doquier.

Y la cara de terror de mi hijo.

Parecía mentira lo mucho que puede cambiar una vida en horas, minutos… segundos. Cómo la desviación de un pequeño pero mortal trozo de plomo podía salvar a un hombre de una muerte segura o por lo contrario acabar con su existencia para siempre. La fragilidad del ser humano era terrorífica.

La sangre derramada sobre la tierra tomaba un matiz grosero, casi grotesco bajo la luz de los faros de los coches en esa noche calmada después de la tormenta. Los cuerpos… los cuerpos, algunos inmóviles, otros magullados salpicaban la desierta zona del aserradero de Forks donde se había librado la gran batalla, la lucha final y decisiva de mi corta vida… y lo peor de todo es que aún no sabía si había salido victoriosa en todos los aspectos.

Seguramente, no.

De hecho… con toda seguridad la respuesta era no.

Corrí.

Derrapé con mis botas en la tierra, esquivé el cuerpo sin vida de Charlie sin ningún remordimiento a la vista por haber acabado con él y fui hasta donde había caído Edward.

No había visto exactamente dónde había impactado la bala, no sabía qué daños tenía. ¿El hombro? ¿El brazo? ¿O el pulmón? ¿Corazón? Oh, la visión de su sangre fue un golpe en mi estómago cayendo con la fuerza de diez toneladas. Sangraba… sangraba tanto. Deseaba rasgar sus ropas y ver donde estaba herido pero no debía. Tampoco podía… Señor, sus ojos verdes permanecían cerrados con fuerza. Alguien gritaba…

No, Dios… No, por favor…

Tardé unos segundos en descubrir que era mi propia garganta la que producía esos estridentes sonidos cuando Seth me cogió por los hombros en un vano intento por tranquilizarme; estaba teniendo un ataque de pánico del que no estaba siendo consciente, de que no me podía desprender aunque lo deseara. ¿Y cómo hacerlo? Oía sollozar a mi hijo desde el interior del coche en el que había sido resguardado de la lluvia de disparos. Debía de estar muerto de miedo como yo en esos momentos y sabía… sabía que debía ir con él y asegurarme de que estaba bien. Comprobar cómo estaba él y aquellas otras personas que se habían visto involucradas en este cruce de balas pero, simplemente, no podía apartarme del lugar donde me encontraba. Estaba clavada en el suelo, estaba en estado de shock. ¿Cómo pedirle a mi cuerpo y a mi cabeza calma fría cuando mis manos estaban húmedas, manchadas con la sangre de Edward? ¿Cómo calmar a mi hijo cuando yo misma gritaba como una jodida loca?

—Señorita — Seth intentó apartarme del cuerpo de Edward. No obtuvo resultados positivos.

¿Por qué demonios no se movía? Vamos, Edward… por el amor de todo lo sagrado. Muévete, joder. ¿No me habías dicho que me amabas? ¿No llevaba puesto el anillo de tu madre en el dedo que tú mismo me habías puesto horas atrás? ¡Pues no me hagas esto, joder! ¡No lo hagas, Edward! Vamos… intenté buscarle el pulso en el cuello, vamos, vamos… Vamos, por favor… ¿Dónde está, eh? ¿Dónde? ¿Y el latido de tu corazón?

—Señorita — repitió Seth apartando mis manos temblorosas del cuerpo del hombre al que tanto amaba. El chico buscó por mí la arteria en el cuello de Edward, sus manos también temblaban, estaba sobrepasado, abrumado… hasta que suspiró —. Está… está bien. Tiene pulso. Señorita Swan, el señor Cullen está vivo, ¿me oye? — me sacudió por los hombros —. ¿Me está oyendo? —asentí ligeramente —. Pronto vendrán las ambulancias, ¿de acuerdo? Vendrán los médicos y se pondrá bien… todo va a estar bien.

— ¡Pero no se despierta! ¿Por qué? —dije moviéndolo. Por mucho que Seth me dijera que todo iba a estar bien había llegado a un punto en el que sólo creía en lo que veía. Y lo que veía en esos momentos era a Edward en el suelo inmóvil y lleno de sangre —. Oh, ¡vamos!

—Pare… ¡pare de una vez! — dijo enfrentándose a mis manotazos. Sólo paré cuando me agarró con fuerza de las muñecas —. Sé que quiere ayudarlo, pero de esta manera lo único que puede hacer es perjudicarlo más. No debe moverlo, ¿sí? Usted debe tranquilizarse, por su bien y por el de ellos —sollocé hasta que a mis oídos llegó la voz más dulce del mundo.

— ¿Mami…?

Alcé los ojos para ver a Matt. Mi Matt… mi pobre niño tenía los ojos enrojecidos de llorar; de deshizo del abrazo protector de Sam y corrió hasta mí. Lo abracé con fuerza y aspiré el aroma infantil de su cabello en un vano intento por tranquilizarme, por llenarme de esa inocencia pura en aquel paisaje tan desgarrador. Escondí su cara en mi cuello; no quería que mi pequeño viera más de lo que ya había visto.

—Mami… creo que no soy tan mayor… he tenido un poco de miedo – susurró. Lo abracé con más fuerza.

—Ya pasó todo, cariño… Mamá está contigo —susurré —. Mamá no te va a dejar nunca, vas a estar bien, ¿me oyes? Mamá está aquí…

Seguí repitiéndoselo hasta la saciedad como un continuo mantra. No tenía muy claro si lo decía para tranquilizarlo a él o para intentar meterme esa misma idea en mi cabeza; porque aunque Seth había dicho que Edward tenía pulso, aún no se movía. Porque los nietos de Marco rodeaban el cuerpo del anciano sin saber tampoco en qué condiciones se encontraba. Porque sólo quería salir de allí, volver a la ultra seguridad del suntuoso ático de Nueva York y sentarme en el gran sofá de cuero blanco con Edward a un lado y Matt al otro.

Volví a la cruda realidad a la fuerza por el sonido de las sirenas de las ambulancias y de los coches de policía, me taladraban la cabeza y los oídos de manera demencial a pesar de las condiciones en las que me encontraba. El lugar se tiñó en segundos con luces amarillas, rojas y azules como una burda imitación lúdico festiva en mitad del bosque. El solar en el que estábamos se llenó de gente uniformada en un abrir y cerrar de ojos. Médicos, enfermeros y policías corriendo de un lado a otro…

Cuando me quise dar cuenta estaba en brazos de alguien, casi cogida en volandas y con mi hijo enganchado a mi cuerpo, para poder separarme de Edward. Intenté quejarme, lo juro… de verdad… pero mi persona se había convertido en una marioneta a la que le habían cortado las cuerdas dejándome sin fuerzas. Estaba paralizada. Estaba desmadejada. La adrenalina que había sentido minutos atrás se había esfumado dejando en mi cerebro y en mis músculos un enorme bajón anímico y mental. Uno de los paramédicos que, creo, me estaba intentando convencer de algo sin mucho éxito, prácticamente me metió la mano en la boca para hacerme tragar una pastilla debajo de la lengua mientras un numeroso grupo atendía a Marco y a Edward.

El ansiolítico sublingual de nombre impronunciable no tardó mucho en hacerme efecto, gracias a los cielos. En contra de mi voluntad y con menos fuerzas con cada minuto que pasaba observé como una espectadora ajena cómo subían a Edward en una camilla, la mascarilla de oxígeno prácticamente tapando su cara… lo metieron en una UVI móvil llevándoselo lejos de mí. Santo Dios, menos mal que mi pequeño seguía pegado a mí, si cabeza sobre mi hombro dándome el calor que le faltaba a mi cuerpo. Sólo permití que lo separaran de mí para que le hicieran una breve revisión. En esa calma artificial fruto de los medicamentos observé cómo atendían a Matt revisando cada centímetro de su pequeño cuerpo en busca del más mínimo rasguño. Gracias a Dios, no tenía ni una pequeña herida salvo el susto en los ojos.

Envuelta en una manta térmica y acurrucada junto a mi hijo me subieron en una ambulancia y me llevaron camino del hospital. Sabía que era el comienzo del final, el comienzo de mi nueva vida… pero seguía sin estar allí.

Mi mente quería evadirse y no podía echárselo en cara.

En pocas horas había sufrido el secuestro de mi hijo, una búsqueda a contra reloj por varias ciudades y el desenlace final con el resultado de, al menos, una muerte. Y había sido yo… yo había matado al hombre que siempre pensé que era mi padre pero que nunca lo llegó a ser, maté a esa persona que tanto dolor me había provocado durante tantos años desde la muerte de mi madre, ese hombre que había cogido mi vida y la había estrujado jugando con ella para después desecharla como un pañuelo de papel al que ya no le podías dar más uso. La persona que me había roto, también la persona que me había hecho ser como era… el monstruo real de mis pesadillas más vividas… Aún ahora, tiempo después de recordar todo lo que estoy contando, no me explico cómo tuve la valentía suficiente para agarrar la pistola y acabar con la amenaza tangible y peligrosa que resultó ser Charlie Swan.

Quizás no era su merecido final.

Mentiría como una condenada si decía que ese hombre no se merecía sufrir una cuarta parte de todo lo que yo había sufrido a lo largo de los años por su puta culpa; nunca había deseado el mal a nadie ni nunca lo haría porque mi propia superstición me decía que si yo deseaba algo malo para alguien eso malo se volvería en mi contra… pero he de reconocer que no me hubiera importado que el señor Swan tomara un tanto de su propia medicina.

Pero nunca imaginé que fuera yo la enfermera que le administraría esa inyección fatal.

Quizás muriendo había acabado demasiad temprano con su miseria.

¿Estos pensamientos me convertían en una mala persona? ¿Haber elegido entre él o yo me convertía en una asesina?

Mis pensamientos se interrumpieron cuando sentí las pequeñas manos de mi hijo sobre la frente.

— ¿Matt? ¿Cariño?

—Shhhh —me hizo callar —. ¿Por qué estás llorando, mami? ¿Estás muy malita? —no me había dado cuenta de que estaba llorando; aun así y a pesar de las circunstancias mi sonrisa fue casi automática.

—No… no, corazón. No estoy malita, supongo que sólo estoy algo cansada y me pican los ojitos —asintió poco convencido. En ese momento sus ojos marrones como los míos parecieron un siglo más adultos.

—No te preocupes, mamá… Charlie ya no nos va a hacer más pupita —y me besó en la frente —. ¿Edward tiene mucho daño? —me tembló el labio inferior. El enfermero que nos acompañaba en la parte trasera de la ambulancia dejó de anotar en el informe. Ese silencio… le miré pero ni supo qué contestarme. O no quiso.

—No lo sé, mi amor… aún no lo sé…

—Él es grande y muy muuuuy fuerte. Estoy seguro de que se pondrá bien muy prontito, ya lo verás.

Apenas fui consciente del camino al hospital, estaba concentrada en el roce de los suaves rizos de mi hijo contra mi cara. No sé… no puedo saber en cuanto tiempo llegamos; sólo recuerdo que alguien abrió la puerta de la ambulancia, las luces de la misma y de los coches de policía. Era un recibimiento del que nunca hubiera querido ser la protagonista. Aparecieron policías uniformados, celadores con una silla de ruedas, todo el mundo pendiente de mí… alguien queriendo coger a Matt de entre mis brazos…

— ¡No! — dije cogiendo a mi hijo más fuerte.

—Debe sentarse — dijo alguien señalando la silla —, debe dejarnos seguir el protocolo y dejarnos que nos ocupemos de su hijo y…

— ¡No! — repetí —. No… ya he estado demasiado tiempo lejos de él. Usted no sabe nada — susurré cuando sentí sus pequeñas manos en mi cuello agarrándome con fuerza —. Yo… yo lo llevaré — los celadores se miraron entre sí.

Me dejaron por imposible y mandaron a la mierda el protocolo.

Finalmente el que llevaba la silla de ruedas desapareció de nuestra vista. Seguramente tenía una cara de desquiciada que daba hasta miedo. Me llevaron por unos pasillos como si fuera un zombi hasta llegar una habitación, una sala de curas; no me pasó inadvertido el detalle de los dos policías apostados en la puerta. Ignoré adrede ese pequeño detalle y me centré en la sala en la que me encontraba. Era aséptica, blanca y olía a ese desinfectante tan característico de los hospitales y que en lo personal me provocaba náuseas. Reticente, me senté en la camilla y coloqué a Matt a mi lado. No pasaron ni dos segundos cuando una doctora de edad indeterminada entró por la puerta.

—Soy la doctora Stevenson, ¿cómo se encuentra?

—Quiero ver a Edward… Edward Cullen. Ha… ha habido un tiroteo. Él… ha… —suspiré —, estoy confusa. Quiero saber cómo está —la doctora me miró con paciencia.

—Sé quién es Edward Cullen y sé quién es usted. Y, por supuesto, que conozco lo que ha ocurrido esta noche, todo el mundo está revolucionado con lo que ha pasado… pero primero tengo que revisar que todo está bien con usted.

—Pero… yo estoy bien…

—No estás bien… has llorado —dijo Matt —. Creo que mi mamá está un poco malita, doctora. Yo a veces lloro cuando me hago pupa. ¿Cree que podría ver si tiene alguna pupa que no se ve, señora doctora? — la mujer se acercó a Matt.

—Vaya… veo que eres un pequeño gran hombre —le revolvió los rizos —. Cuéntame, ¿cómo estás tú? Has estado metido en una película de mayores — Matt abrió los ojos como platos.

— ¿En serio? ¿En una peli? —ladeó la cabeza —. No he visto nada, Sam me ha contado que estábamos en una aventura pero no he podido ver nada. Sam me ha abrazado muy muy fuerte todo el rato. Él es un señor muy grande, ¿sabe? Él me ha cuidado… aunque me he asustado un poco al oír a mi mami llorando —la doctora asintió.

—Vaya, pues vas a tener que darle las gracias al señor grande, pequeño. ¿Qué te parece si le hacemos un dibujo para agradecérselo? — mi hijo asintió sonriendo —. Muy bien, entonces ve y siéntate en esa mesa, ahí hay un montón de hojas y lápices. Si te apetece también puedes hacerme un dibujo para mi despacho — Matt volvió a asentir. Esperé a que Matt se alejara lo suficiente para volver a hablar.

—Escúcheme y hágalo bien… esta noche he pasado por un infierno en la tierra. Secuestraron a mi hijo y he matado a un hombre. Quiero… exijo saber cómo está Edward Cullen y quiero saberlo ya. Soy… soy su prometida, tengo todo el derecho del mundo a que se me dé esa información. Dígame cómo está… ya — soné mucho menos amenazadora de lo que en un principio quise aparentar. La mujer volvió a suspirar.

—Cuando venía hacia aquí he oído que iba a entrar en quirófano para operarle — mi labio tembló —. Le tienen que sacar la bala…

— ¿Dónde la tiene?

—En… en el tórax — inevitablemente sollocé —. Créame que no le puedo decir mucho más porque carezco de información — se acercó y apoyó su mano sobre mi hombro —. En cuanto haya novedades usted será la primera en conocer la información. Ahora, debe dejarme ver cómo está usted.

—No estoy herida.

—Aun así…

Dejé laxos mis brazos y me rendí mientras la doctora miraba mis ojos con una linterna y auscultaba mi pecho palpitante aunque yo no lo veía necesario; estaba completamente segura de que mi corazón podía oírse desde la puerta de la habitación.

—Los latidos van un poco rápido… completamente normal después de lo que ha vivido. Avisaré a psiquiatría para que envíen al especialista que se encuentre de urgencias —miré a los ojos a la doctora.

—No será necesario —murmuré.

—La policía que está ahí fuera no tardará mucho en venir a tomarle declaración, de hecho, no sé cómo aún no nos han interrumpido. Será un trance duro recordar.

—Lo sé. Sé perfectamente lo que he hecho y lo mucho que voy a tardar en olvidar esta noche. Sé que he matado a una persona, doctora Stevenson… y puede sonar cruel, pero no me arrepiento. Era su vida o la mía… en todos los sentidos posibles — una lágrima se me escapó de los ojos y fue a caer a mis manos.

Ahí comenzó todo.

Seguí el curso de la lágrima con mis ojos hasta toparse con mi mano. Esa mano que estaba llena de sangre. Sangre de Edward. No me había dado cuenta de que mis manos estaban cubiertas por ese líquido vital del hombre al que amaba. Sangre… oh, mi vida… Apenas pude llegar a coger una papelera de la sala y descargar todo el contenido de mi estómago. La mujer que me atendía me apartó el pelo de la cara y aguantó estoicamente a que mi estómago dejara de hablar. Cuando terminé me dejé caer exhausta en la camilla.

—Creo que será mejor que este pequeño hombrecito salga de la habitación — dijo la doctora mientras abría el grifo del agua y mojaba una toalla.

—No, por favor… —susurré.

—Mami… ahí fuera está Sam, con los policías —dijo mi pequeño —. ¿Puedo ir con él? Me prometió que jugaría conmigo después — miré a la doctora.

—Puede llevarlo a la guardería de pediatría, ahora estará vacía. Allí estará seguro y rodeado de juguetes… hay policía por todo el hospital. Además, no creo que le pase nada, por lo que se ve ese hombre es algo así como un ángel de la guarda para nuestro chico —me mordí el labio. Sinceramente, no me encontraba muy bien; mi estómago aún no había decidido si quedarse tranquilo y relajarse o seguir de juerga.

—Está bien — susurré —. Ve con Sam, cariño… enseguida iré a verte, ¿de acuerdo? — mi pequeño asintió y me dio el beso más dulce del mundo en la mejilla.

Cuando nos quedamos a solas intenté levantarme aunque seguía mareada. La doctora Stevenson me ofreció una toalla húmeda, pero quería lavarme las manos, que el agua recorriera mi piel y se llevara los recuerdos tangibles de lo que había pasado. No soportaba ver la sangre de Edward sobre mí. Con el jabón antiséptico froté fuertemente mis manos. Pude ver cómo el agua se teñía de rosa, el brillo resplandeciente del anillo con el que Edward me había pedido que fuera su mujer, el olor a metálico que hasta ese momento no había sentido…

Inevitablemente volví a vomitar en ese pequeño lavabo aunque finalmente se quedó en el intento con pequeñas arcadas; no me quedaba en el estómago nada que pudiera salir. Con la ayuda de la doctora llegué de nuevo a la camilla.

— ¿Mejor? —asentí cuando en realidad me encontraba como la mierda y con ganas de llorar de nuevo —. Pues permítame decirle que no tiene muy buena cara — cogió una carpeta con una hoja de informa blanco —. ¿Tiene alguna alergia?

—No, pero… ¡oh! Por el amor de Dios, ¿por qué lo pregunta?

—Usted se encuentra mal, está en un hospital… es mi deber hacer que se sienta lo mejor posible dadas las circunstancias.

—Precisamente porque estoy en un hospital me encuentro así. Sólo quiero regresar a mi casa… sólo eso…

— ¿Alguna operación de importancia? ¿Enfermedades? — me preguntó ignorando mi inútil perorata. Suspiré.

—No.

— ¿Toma algún medicamento? ¿Calmantes?

—No…

— ¿Relajantes? ¿Anticonceptivos?

Anticonceptivos… Anticonceptivos… la píldora. Mi píldora. ¿En serio? Me incorporé de golpe a pesar de que el mareo quería inundar mi cuerpo con más fuerza que nunca. ¿En serio? ¿Cómo podía haber sido tan idiota? ¿Cuánto tiempo hacía que no tomaba esa pequeña pastilla de color rosado? ¿Cuántas noches hacía que no la tomaba? Ante la atenta mirada de la mujer me puse a contar los días con los dedos de la mano como si fuera una niña que empieza a contar… o como una psicótica con delirios de persecución. El hotel, mi huida con Matt, mi estancia en la reserva… después de lo que ocurrió no volví a tomar absolutamente nada. A pesar de que había estado tomándola desde que di a luz a Matt me había olvidado por completo de algo que se había convertido en mi vida en todo un ritual. La píldora había desaparecido de mi vida así como lo había hecho Edward.

Y era evidente que habíamos tenido sexo. Mucho.

La doctora me miraba expectante.

—Los… los tomaba. Los anticonceptivos —aclaré tontamente —. Ya no — sí… creo que en ese momento mi cerebro dejó de funcionar como era debido. Stevenson asintió con comprensión.

— ¿Ha tenido alguna falta en su menstruación? — demasiadas preguntas. Demasiado lío en mi cabeza. Asentí de todos modos —. ¿Cree que puede estar embarazada? —mis ojos se abrieron hasta que el gesto se hizo doloroso.

Oh, joder… podría haber vomitado de nuevo. Sí. Con toda seguridad… pero el bloqueo corporal limitó al noventa y nueve por ciento mis capacidades físicas.

—Por… — carraspee —, por poder… sí, supongo que es posible…

— ¿Supone? ¿Ha mantenido relaciones sexuales sin protección?

Perfecto. Lo último que me hacía falta en estos momentos críticos en todos los sentidos era una charla sobre sexualidad. ¿En serio?

—Sí — susurré —, sí, he mantenido relaciones sexuales. Yo… no sé cómo… Bueno, sí lo sé — suspiré —. Nunca me había olvidado de la píldora…

—No se preocupe — dijo la doctora —. No es la primera mujer que tiene un despiste con los anticonceptivos. Puede que se trate de una falsa alarma… de todos modos lo comprobaremos. Vamos a hacer un análisis de orina y otro de sangre.

Juro por todo lo sagrado que en esos momentos no me hubiera importado comportarme como una damisela en apuros como si de una novela romántica se tratara y desmayarme en aquella dura camilla. ¿Qué estaba pasando con mi vida? ¿Qué coño había pasado con mi vida? Puede parecer una crueldad y parecer una mujer de hierro sin sentimientos, pero en este momento el hecho de haber matado a un hombre se había quedado en un modesto segundo… tercer plano. La doctora me estaba poniendo una goma elástica en el brazo para buscarme una maldita vena. Me iba a hacer unos análisis, unos análisis de hormonas… un maldito test de embarazo.

También me ofreció un botecito estéril de plástico y me indicó que fuera al baño. Resultaba surrealista el hecho de verme con un bote lleno de pis y dos policías escoltándome de vuelta a la sala de curas.

De hecho, ¿qué no estaba siendo surrealista esta noche?

La mujer que tenía al lado con bata blanca me dijo que en un rato estarían los resultados, que podría quedarme tranquila en la sala y descansar, que no me preocupara de nada… ¿en serio? Mi sangre y mi orina iban camino al laboratorio, esos análisis podrían cambiar el rumbo de mi vida. ¿Y si estaba embarazada? ¿Y si ya llevaba dentro de mí una pequeña vida? Y si era así… ¿cómo se lo iba a decir a Edward? ¿Cómo… cómo lo haría cuándo él estaba aún en el quirófano? ¿Cómo se lo diría cuándo él había dicho que no se veía como padre? Iba a reconocer a Matt como hijo suyo, sí… pero mi cabeza iba a más velocidad de lo que yo creía posible.

Comencé a llorar de nuevo.

No sé cómo tardé tanto en hacerlo. Necesitaba descargar todo el peso que llevaba y sólo pude hacerlo mediante el llanto. La doctora, que casi empezaba a caerme bien, me ofreció una caja de pañuelos y esperó a que se me pasara el ataque.

—Desahóguese… llore y deje liberar toda la tensión que lleva encima — me sorbí los mocos sin mucha delicadeza. Alguien tocó la puerta. La doctora suspiró con poca paciencia —. No puede pasar aquí…

—Inspector de policía Travis de Manhattan, esta no es mi jurisprudencia y me ha costado un riñón que me dejaran el caso a mí así que, doctora, no me diga que no puedo pasar — alcé la mirada para encontrarme con el policía que me interrogó cuando me tiraron a las vías del tren hacía ya una eternidad. Supongo que se trataba de una de esas caras de las que jamás te olvidarías en la vida por mucho tiempo que pasara —. No le voy a preguntar cómo se encuentra porque es evidente su estado… — el hombre suspiró —. Mi intuición me decía que nos veríamos de nuevo…

—La mía también — susurré.

—Cuénteme… cuéntemelo todo… —sollocé de nuevo —. No le va a pasar nada. Ahora está segura. Quizás no debería decirle nada de esto en estos momentos, pero justo ahora se está llevando a cabo un operativo especial policial en un pueblo de Italia. Están desarticulando al grupo organizado que formaban los Vulturis.

— ¿Marco? ¿Cómo está Marco? Él nos… nos ayudó. Sus nietos también…

—Marco está en coma — me hundí más en la camilla —. Sus nietos están prestando declaración ante el juez — acercó el taburete en el que estaba sentado hacia mí —. Estamos a pocas horas de dar carpetazo a esta historia que dura ya veinte años…

Vomité todo, pero esta vez fueron palabras.

Le conté todo, hasta lo que no era necesario. Le conté todo sobre la muerte de mi madre, mis sospechas. Le conté mi violación, mi embarazo… le conté los años de abuso sufridos de parte de mi padre. Le conté cómo me vendió al hombre con el que ahora me iba a casar. Le conté cómo hui, como secuestraron a mi hijo… cómo lo salvamos y el trágico final.

Le conté todo.

Cuando terminó de anotar todas y cada una de mis palabras en su bloc lo cerró, suspiró y me miró.

—Vaya —susurró —. Larga historia…

—Demasiado —alcé la mirada para observar sus ojos —. ¿Me va a pasar algo? ¿Tengo que preocuparme por algún motivo? — me miró sin entender —. He matado a una persona — repetí por enésima vez. El hombre negó.

—Defensa propia, Isabella. De lo único que se tiene que recuperar es de retomar su vida… o de empezarla de nuevo, quizás —asentí —. Los chicos del sheriff estarán por aquí si necesita algo. Estaremos en contacto, ¿de acuerdo?

Apenas salió por la puerta el inspector Travis me levanté como pude de la camilla y salí al pasillo. Como me dijo, dos jóvenes policías estaban apostados en la puerta. Abrieron la boca para decirme algo, pero la doctora Stevenson se adelantó a ellos.

— ¿Tengo que quedarme aquí o puedo ir a ver a mi hijo? — la mujer negó.

—No es necesario. Yo le avisaré cuando estén los resultados de los análisis. Vengo de quirófano, aún queda bastante para que termine la operación del señor Cullen, así que… sí, vaya con su hijo. La guardería está al final del pasillo a la derecha.

No dije nada más porque sobraban las palabras. Me dirigí hacia donde había dicho la doctora. En esa zona del hospital y a esas horas sólo había tranquilidad a pesar de ver a algún que otro hombre uniformado; sólo esperaba que se me pegara algo de esa paz que parecía envolver mi alrededor y que por algún motivo demasiado evidente no me traspasaba.

Abrí la puerta y entré en la guardería del hospital. Un lugar tremendamente colorido y lleno de juguetes, un pequeño oasis de tranquilidad en un lugar la mayoría de las veces nefasto. Sam estaba sentado en una silla en la que apenas entraba su enorme cuerpo. No nos dijimos nada porque sobraban las palabras.

Miré a mi hijo; se había quedado dormido en una de las colchonetas rodeado de juguetes y cuentos. Su pelo estaba enredado. Sam le había tapado con su chaqueta. Se notaba en su cara que estaba exhausto y, seguramente, mañana tendríamos que lidiar con explicaciones y pequeños traumas a pesar de asegurarme una y otra vez que no había visto lo peor. De momento, debía quedarme tranquila al ver a mi pequeño durmiendo con sus manitas debajo de la cara como cuando era un bebé y con un gesto de completa tranquilidad. Con cuidado lo cogí entre mis brazos aguantando las ganas de volver a abrazarlo con fuerza para no despertarlo. Sam me miraba fijamente; se podía decir que era la primera vez que veía la cara de ese hombre realmente cansada pero aun así aguantaba estoicamente frente a las órdenes implícitas de Edward.

—Se ha quedado dormido —susurré la obviedad.

—Hemos estado jugando un poco pero el pobre ha caído rendido en menos de diez minutos. Las enfermeras me han dicho que puede llevarlo a una habitación para que descanse mejor — dudé —, ya sabe que la policía está en el hospital.

—No quiero separarme de él.

—Lo sé, me lo imagino… pero son las cuatro de la mañana, señorita Swan. ¿Quiere ir a ver al señor Cullen? —asentí —. Pues no puede ir en brazos con el niño. Sabe que no me moveré del lado de Matt, estaré con él todo el tiempo.

—Lo sé, Sam.

El hombre cogió con facilidad a Matt de entre mis brazos y me ayudó a levantarme del suelo. En silencio fuimos por el pasillo ante la atenta mirada del personal sanitario y de los policías que pululaban por el lugar; de nuevo el papel protagonista de una película B. Éramos el centro de la noticia llevada por el viento, éramos nosotros los que hacían que las cabezas se volvieran a nuestro paso… Una enfermera nos indicó hacia una habitación infantil; de nuevo dibujos decorando las paredes y peluches en el alféizar de la ventana. Tumbé a mi hijo en la cama y peiné con cuidado los rizos castaños cuando se quejó levemente por el movimiento que osaba interrumpir su sueño. Le besé la frente y salí. Sam y yo intercambiamos una mirada silenciosa hasta que él la rompió.

—Señorita — me giré —, ya ha acabado todo. Ahora de lo único por lo que tiene que preocuparse es de su pequeño y de la salud del señor Cullen. Y él está en buenas manos y es fuerte. No se preocupe por nada.

—Supongo que tienes razón, Sam… gracias. Gracias por cuidar de mi hijo — susurré.

No esperé a que me pudiera dar contestación. Ahora sí, avancé por el pasillo aunque no sabía muy bien hacia dónde debía ir. Suponía que tenía que seguir el rastro de policía implicada en este colosal caso. De todos modos una conocida voz me guio. ¿Norah? Anduve más deprisa hasta dar con una sala de espera. Ahí estaba la mujer que se había convertido en mi verdadera amiga abrazada a James. En ese momento no podía reaccionar. El estado de alerta había pasado volando como un huracán dejando tras de sí el efecto "después de la tormenta". Por lo que podía sentir todos nos encontrábamos en medio de un bajón físico y sobre todo emocional. Bastante severo, he de decir. Habíamos estado durante demasiadas horas sometidos a una presión brutal en mayor o menor medida… y así estábamos ahora. Si me mantenía en pie era por la expectación y el ansia de conocer el estado de Edward.

Cuando James me vio se deshizo con cuidado del abrazo de la rubia, se levantó rápidamente y me cogió de las manos con fuerza.

— ¿Cómo estás? ¿Y Matt?

—No… en realidad no sé cómo estoy —dije dejándome caer en una de las sillas —. Matt está dormido. Está con Sam y de momento parece muy tranquilo pero… — no pude acabar la frase.

—Los niños pueden parecer seres frágiles pero son mucho más fuertes que nosotros los adultos. Apuesto lo que quieras a que con un par de muñecos de esos tan feos y con una buena peli de sus dibujos preferidos esta noche quedará en una mera anécdota — negué con la cabeza. Volvía a hundirme en mi propia miseria.

—Ha sido secuestrado… ha estado presente cuando yo mataba al que hasta hace poco creía su padre… —sollocé. Norah me pasó la mano por los hombros —. Yo… he matado a Charlie mientras mi hijo era distraído por su guardaespaldas y es por mi culpa — lloré —. Tenía que haber huido. Tenía que haberme marchado cuando me quedé embarazada… tenía que haberme largado de esa puta casa hace años. Tenía que haber sido valiente y meterme la puta cobardía por el culo… pero nunca he sido valiente… ni lo soy ahora — me tapé la cara con las manos.

No sabía cómo me sentía. ¿Me convertía todo lo que había pasado esa noche en una asesina? Cuando mantuve la pistola en alto mientras apuntaba a ese jodido hombre sólo había pensado en la vida de las personas que más amaba en mi vida.

—No digas eso, ¿me oyes? — Norah me arrancó de mis pensamientos autodestructivos —. Erais vosotros o él, ¿vale? Charlie no ha tenido nada que no se mereciera. Tú le has metido un par de balas en el cuerpo pero Dios se lo ha llevado directamente al infierno — me cogió las manos alejándolas de mi cara —. Si la muerte de Charlie puede producirme algo de lástima es por saber que ha tenido un rápido final. Debería de haber sufrido una cuarta parte de lo que lo has hecho tú.

Oh, por el amor de Dios.

No pude aguantar más la presión; e abracé a Norah como si fuera mi salvavidas en medio del océano. Noté sus manos envolviendo mi cuerpo, intentando ofrecerme un calor que me había ido abandonando durante esta fatídica noche.

—Bella, estás temblando — murmuró Norah contra mi pelo —, oye, mira… tranquila, ¿vale? Edward se va a poner bien, le van a sacar esa maldita bala y…

—Me acaban de hacer unos análisis — susurré sin separarme de ella ni un milímetro —. Una… una prueba de embarazo — las manos de mi amiga dejaron de acariciarme la espalda para quedarse ancladas en mi hombro.

—Ehhh… yo creo que voy a ir a por unos… ¿cafés? Así si eso habláis más tranquilas, ¿no? — balbuceó James. Norah y yo nos separamos. Sentía la mirada de ambos sobre mí, aunque debía de reconocer que el más incómodo de los tres era el pobre James.

—Creo que será mejor que traigas unas tilas, ¿no crees? — dijo Norah sin apartar la mirada de mí. Parecía que era la primera vez que me veía —. Cargadas, por favor — James no se marchó de allí, de hecho, huyó.

—No te voy a preguntar cómo ha pasado porque conociendo a Edward como lo conozco no quiero los detalles guarros. Joder… por tu cara deduzco que no estaba planeado — negué —. ¿Pero no estabas tomando la maldita píldora?

—Tú lo has dicho… estaba. Se me olvidó por completo cuando me fui a la reserva. Yo… — me pasé la mano por la frente; un dolor para nada suave amenazaba con invadir los rincones más profundos de mi cerebro —. Ni tan siquiera sé si Edward va a salir bien de ahí — señalé el quirófano —. Él no quería… no quería ser padre… — murmuré.

—Eres jodidamente idiota, Bella. Mierda, Edward te quiere con toda su alma, sólo hay que ver cómo te mira. Te tiene en un maldito altar. Tiene en su poder los papeles para adoptar a Matt, tu hijo… ¿qué te hace suponer que no va a querer un bebé tuyo? De ti quiere hasta el aire que respiras, pequeña — me abrazó —, y ni se te ocurra pensar que algo va a salir mal con él. Edward es un cabrón tremendo que puede hasta con un disparo de calibre nueve — me di cuenta de que ella también lloraba cuando sentí mi hombro húmedo.

—Ya he traído las infusiones y… oh — ambas miramos a James. Venía con dos vasos de plástico y aún con cara de confundido — ¿Ha… ha pasado algo? — Norah negó.

—No, cariño… no pasa nada malo. Los sentimientos, que están a flor de piel — el rubio cambió el peso sobre sus pies.

—Puedo marcharme para que sigáis hablando de vuestras cosas y…

— ¿Cuándo? —la voz urgente del inspector de policía que me había interrogado, Travis, me desconcentró por un momento haciendo que la voz de Norah quedara en un segundo plano.

—Hace apenas unos minutos.

—Ese hombre era un punto clave en esta investigación. Primero Charlie Swan y ahora él — ignorando a mis dos acompañantes me levanté y caminé hacia la puerta de la sala de espera. Mi corazón estaba definitivamente alterado, acongojado, asustado… encogido.

—Mis compañeros han estado tratando reanimarle durante treinta y cinco minutos en quirófano… ha perdido mucha sangre. Tengo que decirle a los familiares que ha fallecido y...

La doctora me miró cuando un sonoro sollozo salió de mis labios…

—Oh, no…


Lo primero de todo… siento muchísimo este parón de más de un año. Ni mi situación física ni mental han estado muy centradas, de veras no he actualizado antes por falta de ideas, simplemente han sido las circunstancias de la vida. Como lectora de FanFics que he sido y que soy reconozco que me sienta mal cuando una autora tarda en subir nuevo capítulo, pero también entiendo que tiene una vida tras la pantalla. He leído cosas como "ya tienes 9 mil reviews, qué más quieres?" , "no va a actualizar, sólo pone excusas por Facebook" o incluso, "si no puedes con la historia déjasela a otra persona"… Antes de autora en FanFiction soy madre de una niña de siete años con necesidades especiales, creo que la mayoría de vosotras/os tenéis la madurez suficiente como para entender que primero está mi pequeña. Una vez dije que no dejaré ninguna de mis historias y así será;)

Ahora sí, espero que os haya gustado el nuevo capítulo, me quería centrar en los sentimientos de Bella… espero que os haya llegado ;)

Muchas gracias por todos vuestros comentarios

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Falta muy muy poquito para el final de esta historia, por Facebook iré avisando de cómo va la evolución. Besotes y perdón por la chapa que os he dejado!