I

El Comienzo de una Historia

Estaba amaneciendo.

La luz dorada teñía el mobiliario de la estancia de un brillante tono dorado, profiriéndole por unos instantes la extraña sensación de que estaban construidos en oro.

La lluvia había pasado, pero el paisaje estaba cubierto de un grueso barrizal que hacía imposible el desplazamiento y el trabajo en los campos.

Aún cuando el sol había asomado unos instantes, el día prometía ser tan frío como el anterior, y las lluvias continuarían su avance durante varias semanas más, inundando los cultivos en el vasto horizonte que eran las campiñas y los bosques del sur de Inglaterra.

Pero en esos momentos en los que el sol había asomado su luminiscencia y entibiado la tierra para facilitar así la faena de las últimas cosechas, habían sido suficientemente largos como para darle un empuje de energía a todo lo que tocaba, y así poder resistir el otoño y el crudo invierno que se avecinaba.

Una mujer se encontraba sentada en el alfeizar de la vieja ventana de una cabaña, una mujer de esbelta figura y brillantes rizos dorados.

Sus ojos se perdían en los campos de maíz en frente de ella; eran de un extraño azul verdoso pálido, casi grises, y comparados con el cielo de la mañana, no presentaban ninguna diferencia. Su mirada era tranquila, pero dentro se escondía un sentimiento diferente, como quien recuerda algo ya olvidado y no espera volver a traerlo a su memoria.

Con cuidado y sin hacer el menor ruido, se introdujo dentro de la cabaña, por la ventana, cerrándola en el proceso.

"Existen las puertas ¿Lo sabías?"

"Pensé que despues de todas las veces que rehusé utilizarla dejarías de recrimíname la costumbre" River Song cruzó la cocina de dos zancadas y se sentó en una de las enclenques sillas de madera, apoyando los codos en la mesa.

"Tenía la esperanza" La anciana de largos cabellos plateados no la miraba mientras hablaban, se mantenía ocupada cortando trozos de verduras en el largo mesón ataviado de cacerolas y echándolos en la olla encima de la cocinilla.

"Ahora que recuerdo, fuiste tú la que me enseñó" dijo la mujer más joven, mientras tomaba un sorbo de té que había servido en una vieja taza de porcelana.

"No me recuerdes todos los errores que cometí en tu crianza, River"

"No vuelvas a recriminarme el no entrar por las puertas, Xhema"

Las blancas cejas de la mujer se alzaron en el enjuto rostro, por lo demás, indescriptible; la edad de la mujer era indefinible, y su piel permanecía tan liza como cuando River la había conocido, tantos años atrás, solo que ahora las arrugas estaban empezando a acentuarse y su semblante ya había comenzado a envejecer, pero no así sus ojos. Eran tan azules como el lapislázuli, de un extraño brillo casi traslúcido, acentuando la característica más distintiva de la mujer, algo que pocas personas conocían.

Xhema se volvió con desinterés hacia el mesón, mientras River terminaba su taza de té y observaba las hojas de la hierba que habían quedado al fondo de ésta.

"¿Cuánto tiempo a pasado desde que me viste por última vez?" preguntó River de repente.

"Hace tres años y medio, en la tierra" dijo Xhema.

River volvió su interés hacia la anciana, observando el ir y venir del cuchillo y la tabla de cortar, junto con los huesudos dedos de la mujer, cubiertos de pequeñas cicatrices blanquecinas, encima de la piel más blanca.

"¿Y hace cuanto tiempo para ti?"

"Soy mayor que tu todavía" cubrió la olla con la tapa y limpió el cuchillo en el fregadero "Si eso es lo que quieres saber"

"Todavía no te he dicho mi edad actual" observó a la anciana con interés, esperando la respuesta que ella sabía sería acertada.

"Tienes doscientos cincuenta años" esta vez la mujer se volteó y su blanco cabello se balanceó suavemente sobre sus hombros, sus ojos azules taladraron a la mujer sentada en la mesa "todavía te quedan cien años para superarme"

River sonrió con indulgencia "Y yo que pensé darte una sorpresa ¿No que la última vez que nos vimos tenías solo trescientos?"

"He estado ocupada"

"Pues bien, algún día te superaré" dijo River, tratando de alargar la conversación.

"No será fácilmente"

River alzó las cejas y su sonrisa se amplió "¿Es eso una pizca de orgullo en tu voz, Xhema?"

"No me insultes, River Song" La mandíbula de la mujer se endureció, pero la expresión tranquila en su semblante no varió un ápice.

"No era mi intención, sabes que es una broma"

"Pues tus bromas te costaron muy caro cuando eras una niña, algo que dudo mucho dejaras de ser estando cerca de mí" dijo calmadamente.

La leve sonrisa que River tenía en su rostro se borró tan rápido como las palabras habían salido de la boca de la mujer, al mismo tiempo que rompía el contacto visual con esos perturbadores y extraños ojos azules.

Repentinamente el recuerdo de una pequeña niña encerrada en el traje de una astronauta junto con unos gritos encolerizados, los disparos, el sonido de la tela y el metal desgarrándose, el circulo de unos brazos protectores, se mezclaban con la imagen de una adolescente morena y rebelde, quien, con toda la rabia del mundo, rompía en pedazos la loza y los cuadros de las paredes frente a unos azules ojos tranquilos pero infinitamente tristes, la misma muchacha que había huido en una auto robado y recibía un disparo en la oficina de un dictador del pasado.

Le debía demasiado a esa mujer.

"Lo siento"

Y aunque ella no decía nada, sabía que siempre sería perdonada.

Xhema se sentó en la misma silla que había ocupado River cuando ésta salió de la habitación. Cansada y con los huesos adoloridos, sus ojos se posaron en la taza sucia que la mujer había dejado a un lado, y viajaron por las viejas heridas y cicatrices que surcaban la piel de sus dedos. Muchas de ellas no recordaba habérselas hecho.

Pero si había otras cosas que recordaba, y que se hundían como un peso muerto sobre sus hombro.

Algunas veces se preguntaba que hubiera pasado si todo hubiera sido diferente, y agradecía a los Dioses (sus Dioses) el no haber dejado que las cosas ocurrieran de otra manera.


"Él no es el diablo…" la voz es atronadora, cortante. Demandando una razón, una idea que se viene forjando hacía ya mucho tiempo.

Las filas de clérigos inundan el salón escasamente iluminado; por todos lados relucen los cinturones; las argollas de las granadas escondidas en los chalecos antibalas; el gastado metal de las metralletas. Se siente un olor en el ambiente, el aceite y el cuero viejo mezclados como una esencia extraña, poco agradable pero de la que ha sabido acostumbrarse con los años de servicio dentro de la Iglesia. Aún así, debajo de todo ello, se puede oler el miedo vagamente oculto de la multitud.

"…no es un dios…" Observa la fila de monjes sin cabeza de un modo indiferente, con sus largas túnicas de un oscuro tono escarlata y ocultos por la capucha, ella sabe lo que hay debajo de esas capuchas. Están flanqueando a ambos lados al General, encontrándose éste último sobre el estrado, impertérrito mientras expone con voz potente, el discurso que demanda valentía y razón para enfrentarse al enemigo.

Ve a Madame Kovarian levantar levemente la barbilla mientras curva su boca ajada en una sonrisa que de divertida tiene poco. Se encuentra en ese momento solo a pocos metros de su persona, detrás de todos los soldados reunidos en el salón, con un traje tan negro como el parche que lleva en el ojo derecho y una mirada de dudosa confianza, pero de una frialdad estremecedora. Dos clérigos la flanquean, con unas metralletas que hubiesen hecho sonrojar al mejor de los cadetes.

"…no es un duende, ni un fantasma, ni un ser mágico" desde su posición observa a los más jóvenes soldados tensar los músculos de los brazos con los que tienen sujeta las armas, otros levantan la cabeza bruscamente, tal vez para dar énfasis a las palabras de su superior en sus mentes y así alejar el temor que se han estado infundiendo a lo largo de las semanas. Ella por su parte, permanece con el cuerpo relajado y las manos cruzadas sobre la espalda baja, pero sin dejar pasar cualquier movimiento que se perciba en derredor.

"El Doctor es un hombre que vive y respira, y como lo veo en este salón, sé una cosa..." oculta todavía entre las sombras, la mujer frunce el seño levemente, como siempre lo hace al repara en algo extraño, o cuando algo no está saliendo del todo bien. A su alrededor la euforia contenida es casi palpable, podría cortar el ambiente con el cuchillo que tiene en el cinturón, y sospecha que de acercar la mano al hombro del clérigo que tiene frente suyo saltarían chispas por la tensión acumulada "Estamos tan seguros como el demonio que vamos a arreglar eso"

Las últimas palabras son como un rugido, una afirmación tan potente como la aclamación que le procede, haciendo retumbar las paredes del salón como la ola de un océano iracundo, hombres y mujeres de rostros feroces y encendidos por el coraje levantan sus puños al aire reafirmando la lóbrega arenga.

Detrás de toda la concurrencia, con los brazos cruzados sobre el pecho y sus ojos azules, al igual que su enjuto rostro carente de toda expresión, Xhemanbraxa Kadilion se preguntó si esas simples palabras eran para levantarle la moral a la infantería de marina, o si El Coronel Manton estaba tratando de convencerse a sí mismo.