Notas: Este fic es un two-shot y cada capítulo narra el punto de vista de Marco y Esca durante la escena del coliseo y la pelea contra el gladiador. El primer capítulo es el punto de vista de Marco y es el que más se ve en la película, como es natural. El segundo es el de Esca.

Disclaimer: The Eagle no es una obra mía, está dirigida por Kevin Macdonald y basada en el libro El águila de la novena legión, de Rosemary Sutcliff.


Las risas y los aplausos podían oírse desde el final de la calle. Gritos y alaridos de ánimo o de protesta sacudían el suelo, haciendo que el aire vibrara con la emoción de todos los que se habían reunido para disfrutar de los juegos Saturnales.

A Marco ya le costaba la vida caminar por culpa de su lesión aún sin curar. Necesitó que dos esclavos de su tío le ayudaran a bajar hasta el asiento que Aquila tenía reservado para él. Cada paso que daba era un suplicio, un dolor agudo que le hacía burbujear la sangre y los nervios. Podía sentir la rodilla entera palpitando, los músculos presionando y los huesos rebelándose.

Era una constante tortura.

—¡Cuidado! — exclamó tío Aquila mientras los dos esclavos bajaban a Marco por los últimos escalones. — Con suavidad.

Abajo, en la arena del pequeño coliseo, un hombre vendado trataba de atrapar a un niño enmascarado y armado con un palo, con los espectadores como únicos guías además de los golpes que el jovencito le propinaba al "ciego" en la espalda. Muchos gritaban para alentar al hombre aunque muchos otros tan sólo se reían. Marco se sentó por fin, sin mirar demasiado hacia la arena. Se sentía terriblemente cansado y debilitado. Hubiese preferido quedarse en la casa, descansando y enfrentándose al dilema de qué podría hacer cuando se recuperase.

—Divertido, ¿hm? — Aquila se inclinó un poco hacia él, mientras se metía una almendra en la boca y masticaba. Marco entreabrió los labios y suspiró imperceptiblemente, sin asentir realmente. No se encontraba con ánimos suficientes como para elevar la voz y menos para rebatir una opinión de su tío.

El niño enmascarado saltó sobre la espalda del hombre vendado y este último, al sentirlo encima, comenzó a dar vueltas. Todos rieron, inmersos en el juego. Marco, indiferente a la diversión, se volvió hacia su tío, dubitativo, hasta que se atrevió a preguntar.

—¿Cómo era mi padre? — era una pregunta que llevaba tiempo formulándose a oscuras.

Aquila lo miró en silencio por un momento, ajeno a los demás.

—¿Tu padre? — el anciano estaba ligeramente sorprendido de que el joven le hiciese esa pregunta. Meditó por un momento, tratando de encontrar las palabras adecuadas. — Tu padre era un romano perfecto… con todo lo que eso implica.

—¿El hombre que perdió el águila era perfecto? — Marco no pudo menos que mostrarse algo incrédulo, como si fuera un mal chiste. Alguien perfecto no habría perdido a toda una legión.

—El águila se perdió, nadie sabe cómo. Pero tu padre murió defendiéndola. Murió con honor.

—Eso es lo que queremos creer. ¿Y si no fue así? — replicó Marco, con un murmullo.

—¿Qué?

—¿Y si era un cobarde y huyó? — Marco miró fijamente al anciano, con intensidad.

Aquila no contestó a eso. Desvió la mirada hacia la arena al igual que Marco momentos después. En verdad nadie podía saber qué era lo que realmente había pasado con la novena legión. Marco quería creer que había muerto luchando para defender el estandarte de Roma. Pero también existía la posibilidad de que hubiese desertado, precipitando la pérdida del águila.

El hombre y el niño habían terminado el juego y ya se habían ido, arropados por los aplausos y las risas de los espectadores. A la vez que ellos traspasaban la salida, el coordinador de los juegos, un hombre corpulento y gordo, entraba dando zancadas pesadas. Alzó los brazos para hacerse oír y anunciar el siguiente espectáculo.

—¡Y ahora una lucha a muerte!

Se alzó una fuerte ovación. Las peleas a muerte eran los programas que más gente atraía. Inmediatamente se abrieron otras puertas diferentes, mediante poleas, y apareció un gladiador con una espada corta y un escudete, enmascarado con un doble embozo que le daba el aspecto de tener un rostro atrás de la cabeza. Al verlo salir, muchos se levantaron, animando y vitoreando al gladiador, tanto que a Marco comenzó a dolerle la cabeza. Se sucedieron los aplausos y los silbidos mientras el gladiador daba muestras de su habilidad con el manejo de la espada, ejerciendo algunas maniobras. Hizo que el público se encendiese con un grito de guerra propio de un bárbaro.

Entonces se abrió la segunda puerta. Por ella apareció un joven mucho más escuálido que el gladiador, armado de igual forma pero sin ningún tipo de protección contra los golpes y el filo de la espada. Tuvieron que empujarlo varias veces hasta la arena, porque caminaba muy lento para el juicio de los responsables de la lucha. Rubio, desnudo de cintura para arriba, llevaba tatuajes azules en los brazos, indicando claramente su origen britano.

—Es un esclavo. — dijo Aquila, indignado, refiriéndose al joven. — Un gladiador y un esclavo no es un combate justo. — Marco observó al muchacho, el esclavo. — Jamás. — sentenció el viejo romano.

Sin embargo Marco no le escuchó. Estaba observando fijamente al esclavo britano, el cual había bajado los brazos dejando su defensa baja, una señal que indicaba su nulo propósito de combatir. El gladiador le empezó a exigir que se moviese, intentándole provocar acercando su arma a la piel. Al mismo tiempo y casi a la vez, los espectadores se unieron al reclamo del gladiador, increpando al muchacho que luchase de una vez, que querían ver sangre.

El gladiador colocó el filo de su espada en el cuello del esclavo y este soltó las armas, mostrando la clara intención que tenía de dejarse matar allí y ahora. Parecía no importarle nada. Marco se notó aguantando la respiración, esperando. El público comenzó a protestar.

—Eso es tener valor. — comentó Aquila, ante la situación. — Se está entregando a su muerte. — Marco lo miró, pensativo, desviando la vista segundos después hacia la arena. Se preguntó si él tendría ese mismo valor.

Y entonces, el gladiador golpeó al esclavo en la cara, derribándolo. La gente aplaudió y vitoreó. El joven se levantó con algo de reticencia, mientras escuchaba los gritos del público y los gañidos de los perros tras las rejas. Encaró al gladiador a pecho descubierto, bajo las órdenes de los espectadores para que luchase. El gladiador le colocó la espada en el cuello otra vez.

—Mírale bien, mírale. — murmuró Aquila entonces, haciendo que Marco no apartara la vista del esclavo a la vez que volvían a golpearlo.

Se sucedió otro golpe. Y otro.

Marco apartó los ojos durante un segundo, sin saber muy bien por qué. Podía ver el esfuerzo de ese chico, tratando de levantarse una y otra vez aun a sabiendas de que iban a matarlo en cualquier momento. Sentía su dolor, la amargura y quizá hasta el ansia que tenía de desaparecer del mundo. Marco no soportaba sentir esa clase de sufrimiento, le recordaba al suyo propio. Tragó saliva a la vez que un último golpe hacía trastabillar y caer de espaldas al esclavo britano.

El público se alborotó entusiasmado y comenzaron a pedir que le mataran. El combate apenas había durado cinco minutos.

Aquila suspiró resignado, como quien ya sabe el resultado de un espectáculo mil veces visto. Marco se tensó. El gladiador se colocó en posición y apuntó el pecho del esclavo derrotado con su espada, levantando la cabeza para esperar el veredicto de los espectadores.

—¡Muerte! ¡Muerte! — gritaron muchos, con los pulgares hacia abajo.

Enseguida se transformó en un alarido único, clamando lo que habían ido a ver. Marco tragó saliva de nuevo, sintiendo todos los gritos taladrándole la cabeza. No podía apartar la vista del britano. Y se estaba dejando llevar por la ansiedad, presa del clamor que de un momento a otro decidiría el destino de ese ser humano caído sobre el barro. Respiró hondo, una, dos, tres veces. Miró en derredor. Se levantó con un ligero impulso y tomó aire, elevando el pulgar hacia arriba. Y gritó.

—¡Vida!

Ante su voz se hizo el silencio por un momento, como si de repente toda la masa estuviera confundida al no recibir el mismo estímulo que instantes atrás. Aunque volvieron a gritar muerte. Y Marco volvió a responder, sintiendo entonces el peso de los ojos del esclavo sobre él.

—No… ¡Muerte! — exclamaron aun varios, intentando retomar el control de la decisión.

—¡No, dejadle vivir! — prorrumpió Marco. — ¡Vamos, pulgares arriba, no seáis idiotas. ¡Vida! ¡Dejad que viva!

Y entre los gritos clamando "muerte" se empezó a escuchar alguno pidiendo por la vida del chico, contagiándose el ánimo furioso de Marco.

—¡Pulgares arriba, pulgares arriba!

De repente, varios espectadores cambiaron de opinión y vociferaron "vida", y muchos otros que se habían abstenido de decir nada también gritaron, cambiando poco a poco la opinión de todo el público. Marco continuó gritando "vida", una y otra vez, sin apartar los ojos del esclavo. El gladiador miró de un lado a otro, aún con la punta de la espada sobre el pecho del esclavo. Los gritos de "vida" eran ahora los únicos que se oían. Y poco a poco fue levantando el arma, dejando libre al britano, recibiendo la ovación de todos los presentes por su acción de obedecer los deseos de los observadores.

Aquila sonrió extrañado y miró a su sobrino, el cual ahora temblaba apoyado en su hombro. Marco se sentó lentamente, aún alterado por lo que acababa de hacer. Conmocionado porque no sabía por qué lo había hecho. Una duda que enseguida su tío se apresuró a querer resolver.

—Esto sí que no me lo esperaba. — admitió el anciano, perplejo pero satisfecho. Marco observó al esclavo aun con insistencia mientras este se levantaba. — ¿Por qué lo has salvado?

Pero el joven romano no contestó. Suspiró y extendió un brazo, dejando que los dos esclavos de su tío le ayudaran a levantarse y salir de aquel coliseo.

Había salvado a ese esclavo. No tenía idea de la razón. Simplemente lo había hecho, como un acto inconsciente. Pensaba que alguien de tamaño valor no merecía morir así, en la simplona arena de unas Saturnales de provincias. Aquel britano merecía algo más, como morir en una gran batalla o luchando siendo libre. Quizá había sido eso lo que le había impulsado, el querer que otro pudiera hacer lo que él no. Morir con honor en el campo de batalla.

Como decían que había hecho su padre antes de perder el águila.