Notas: Este fic es un two-shot y cada capítulo narra el punto de vista de Marco y Esca durante la escena del coliseo y la pelea contra el gladiador. El primer capítulo es el punto de vista de Marco y es el que más se ve en la película, como es natural. El segundo es el de Esca.

Disclaimer: The Eagle no es una obra mía, está dirigida por Kevin Macdonald y basada en el libro El águila de la novena legión, de Rosemary Sutcliff.


Esperar nunca se le había hecho tan insoportable. Oír los gritos y las risas, escuchar los vítores y las ovaciones, las burlas. Nada era tan insufrible como esperar, sobre todo cuando sabías que, de una manera u otra, tu vida iba a acabar en menos de dos horas.

Sentado en el suelo de la celda, Esca se mantenía a la espera, en silencio, aguardando su turno para salir. Con la vista clavada en los barrotes, pensaba en todo lo que había hecho y vivido, en las cosas que podrían haber o no haber pasado, en su padre y sus hermanos, su aldea y su madre. En los romanos. Sobre todo en los romanos.

Apretaba los dedos sobre la arena sin darse cuenta, sin que su expresión cambiara ni un ápice. Los vigilantes estaban cerca e intentar escapar a esas alturas no iba a servir de nada. Aquella gente quería espectáculo, pero él no les iba a dar el gusto de disfrutar a su costa, al menos no todo lo que podrían disfrutar con su muerte. Pensó que al menos en eso podía decidir. Aunque fuese un esclavo.

— ¡Y ahora una lucha a muerte!

Alzó la cabeza cuando el volumen de los aplausos se intensificó y oyó la voz del amo anunciando su pelea. Esca suspiró y se puso en pie mientras los otros coordinadores le entregaban una espada y un escudete. Oyó cómo se alzaba la reja que daba paso a su contrincante, un gladiador de oficio. Apretó los labios ligeramente. Ese hombre ya había matado a muchos esclavos, y él sería el siguiente… de eso estaba seguro. No obstante, ya tenía decidida la manera en que iba a actuar ante él y el público. Pensando en todos ellos quiso creer que con sus acciones hacía bien. Derramarían su sangre, sí, pero no obtendrían de él nada más.

Se entregaría, como realmente habían querido que hiciera desde el principio.

Se abrió su puerta y avanzó con pasos cortos. Sintió los empujones desde atrás y se volvió un instante sólo para mirar por última vez a esos hombres, encarando luego por fin al gladiador. Al mirarlo el corazón comenzó a latirle fuerte, pero no dejó que eso se reflejase en su rostro. Se le erizó la piel también, caminando hasta colocarse en la posición indicada. No lograba comprender qué había de divertido en observar a dos hombres matarse el uno al otro para luego zanjar el destino del perdedor. Una lucha quedaba entre los dos combatientes, nadie más debería tener el derecho de decidir sobre la muerte o la vida de uno salvo el rival.

Exhalando aire pesadamente, Esca bajó los brazos, dando inicio a su plan de no combatir. Podía sentir los ojos de todos los presentes clavados en su figura, hincándose en su piel como agujas al rojo vivo. Mantuvo la mirada fija en el gladiador, mientras este le increpaba y provocaba. Pero Esca no se movió, decidido, determinado a quedarse quieto para dejarse matar. Querían sangre, tendrían sangre.

Ladeó la cabeza, mirando de soslayo hacia la gente, oyendo los gritos de los espectadores. Se sentían decepcionados. Eso en parte le alegraba a él, al mismo tiempo que se le anudaba un poco la garganta, sintiendo un sabor agridulce en la boca. Su rival parecía estar impacientándose porque le había colocado la punta de la espada en el pecho.

Esca tiró sus armas entonces, sin quitarle la vista de encima.

Los murmullos se convirtieron en protestas ante su clara idea de rendición y sin querer se sonrió mentalmente. Inspiró hondo, con el corazón latiendo furioso contra el pecho, aguardando al golpe definitivo que acabaría con todo eso, el sufrimiento, el dolor, el pasado…

Pero el golpe que recibió no fue el que esperaba, si no fuerte e impactante en la cara. Tan fuerte que le hizo caer al suelo. Una corriente aguda le recorrió todo el cuerpo, percibiendo la sangre en la boca. Se le había cortado la respiración al chocar contra el suelo, notando también la arena en la lengua. Escupió una mezcla de barro y sangre, respirando entrecortadamente. Los oídos se le llenaron con gritos de furibunda alegría mientras trataba de levantarse, también con los gañidos y los ladridos de los perros. Se giró hacia su rival con descaro, con orgullo.

Y recibió otro golpe. Y otro, y otro más.

El cuerpo enteró se convirtió en dolor sordo y constante. Le costaba respirar, tragar saliva y moverse. El esfuerzo para levantarse fue mayor esa vez, los huesos crujieron bajo la piel y los músculos agarrotados gimieron. Pero se levantó de nuevo, lenta y paulatinamente, haciendo caso omiso de los insultos y las burlas. El aire vibraba, podía sentirlo en los pulmones. El polvo pegado a la piel parecía plomo, metal caliente que abrasaba sin piedad. Girando sobre si mismo, trató de recuperar el aliento a la vez que se tragaba la sangre que se le escurría por los labios. Y encaró al gladiador una vez más.

El último choque lo derribó por completo, haciendo que cayera de espaldas contra la arena.

El pecho le subía y le bajaba, sabiendo que había llegado el momento. No estaba nervioso, ni asustado, quizá angustiado, un poco. Con los gritos abatiéndose sobre él y la espada apuntando en su pecho, Esca aspiró aire fuertemente. La figura del gladiador ocupaba parte de su visión pero allí a lo lejos estaba el cielo azul que tanto había amado en sus tiempos de libertad. Se sintió invadido por la nostalgia, desoyendo las peticiones de muerte por su vida.

¿Qué importaba ya eso?

—¡Muerte! ¡Muerte! — gritaron muchos, con los pulgares hacia abajo.

Esca respiraba cada más rápido y frenético, sintiendo la agonía que le empezaba a nublar la mente. Los segundos estaban resultando ser lentos, pesados. Vamos, pensaba, hazlo de una vez…

… fue entonces cuando escuchó el grito. Ese grito.

—¡Vida!

Receloso y atónito, Esca giró la cabeza lentamente hacia la grada, buscando con los ojos aquel que quería salvar su miserable existencia. Al principio no supo quién había sido pero enseguida, junto con los reticentes gritos de "muerte", volvió a sonar otro contrario. Y le vio. Allí de pie, un romano mantenía el pulgar señalando hacia arriba. Incrédulo, exhaló aire una y otra vez con los ojos fijos en ese hombre, preguntándose por qué clamaba por su vida cuando él ni siquiera quería que le salvaran. Cuando no lo había pedido.

En contra de su deseo, el romano empezó a exhortar al público para que cambiaran de opinión y le dejaran vivir. Con una sensación extraña recorriéndole el cuerpo, no apartó los ojos de él en todo el tiempo que continuó gritando.

Temblando, alzó los ojos hacia el cielo de nuevo justo cuando la punta del arma se separaba de su piel, haciendo que sin darse cuenta soltara un suspiro de alivio. Se quedó por un segundo quieto en el suelo, sin creer que de verdad aun continuara con vida. Después, se levantó con una sensación extraña en el cuerpo y, cuando estuvo en pie, volvió a dirigir la mirada hacia la posición de aquel romano. Comenzó a caminar lentamente hacia la salida. Cruzó la puerta rejada, mirando hacia atrás una última vez, con las preguntas asaltando su cabeza.

¿Quién era él? ¿Y por qué le había salvado la vida?