CAPITULO 5

Serena se despertó bruscamente y guiñó un ojo cuando la luz que entraba por la ventana le dio en la cara. Entonces se dio cuenta de que no estaba en su habitación, sino en el salón, donde evidentemente se había quedado dormida… delante de Darién Chiba.

Sintió como se le encendieron las mejillas, estaba avergonzada. Se llevo las rodillas contra el pecho y las cubrió con la manta. ¿Manta? No recordaba haber quitado la manta del sofá. Es más, estaba segura de que no lo había hecho. Como también estaba segura de que a Sammy no se le habría ocurrido arroparla. Lo cual sólo tenía una explicación: Darién Chiba.

La vergüenza comenzó a rozar los límites de la mortificación, y aún así, una inesperada sensación de calidez la invadió.

No podía recordar la última vez que alguien la había arropado y suponía que habría sido su madre cuando era pequeña. Pero ahora era una mujer de treinta años que tenía que ocuparse de Sammy y de Rini y que no podía perder tiempo fantaseando con acurrucarse bajo las sábanas con un detective privado sólo porque ese hombre despertara en ella unos sentimientos que llevaban dormidos hacía tiempo.

Esa era una razón para sentirse atraída por él. Después de todo, era alto, de ojos azules realmente hipnotizantes y guapo, y ella una mujer con sangre recorriéndole las venas. Pero otra cosa muy distinta era que ese hombre pudiera empezar a gustarle de verdad.

Aunque, ¿a qué mujer no le gustaría un hombre que le prestara atención a sus sobrinos? ¿Que se anticipara y respondiera a las necesidades de los niños… y a las de ella? ¿Aunque sólo fuera para que durmiera decentemente?

Sí, tal vez le estaba empezando a gustar y eso estaba haciendo que los escudos que le protegían el corazón se estuvieran debilitando un poco. Porque no era sólo un físico espectacular lo que la atraía, tenía una nobleza y una generosidad que le hacían pensar que era la clase de hombre de la que estaban hechos los héroes, la clase de hombre que su corazón anhelaba en secreto, y la clase de hombre que ya había perdido la esperanza de encontrar.

No, era ridículo. No era más que un hombre, y además, ella no estaba buscando ningún héroe.

Las fuertes pisadas por las escaleras le recordaron que el desayuno era más urgente que sus fantasías.

Mientras se levantaba del sillón, decidió que prepararía tortitas. Era su plato favorito de pequeña y un desayuno completo que esperaba les diera fuerza a los niños para la tarea que se avecinaba: ir a visitar a su padre a la cárcel.

Darien nunca se lo pensaba dos veces a la hora de trabajar los fines de semana. Un día, tanto si era sábado como domingo, era exactamente igual que cualquier otro día si tenía trabajo que hacer.

Ese sábado estaba trabajando en el caso Tsukino, pensando en el sueño de Serena de convertirse en médico y en el hecho de que estuviera utilizando el dinero que había ahorrado para ir a la facultad para contratarlo. Eso a él no debería importarle, pero le importaba.

Tal vez por eso estaba en la oficina haciendo trabajo que podía haber esperado hasta el lunes, porque así era fácil no cobrarle unas horas que sólo él sabía que había hecho.

No es que Jedite fuera a decir nada al respecto; Darién le hacía ganar tanto dinero a la empresa que su jefe no se quejaría, pero no estaba preparado para responder a preguntas sobre las razones que lo habían llevado a reducir los costes de ese caso. Y estaba seguro de que si Jedite miraba a Serena, daría por hecho que él se estaba acostando con ella, o que al menos deseaba hacerlo. Y aunque podía negar la parte de la cama, no podía negar lo del deseo.

Se maldijo por haberla aceptado como cliente. Sabía que su relación profesional era una de las razones por las que no podía salir con una mujer como Serena. Y una razón mayor, o mejor dicho dos, eran los niños que tenía a su cargo.

No tenía nada contra los niños, pero Sammy y Rini necesitaban un compromiso y él nunca se comprometía. No desde que su novia, con la que había vivido casi cuatro años, lo había abandonado dos años atrás.

No podía culparla, ya que él había dejado que su vida se hundiera cuando asesinaron a su compañero. Y después, cuando su amigo Jedite le ofreció un trabajo en su agencia de investigación, él se aferró a esa tabla de salvación.

Desde ese momento, hacía ya dos años, había preferido trabajar en la sombra y tener la mínima relación posible con sus clientes. Al menos hasta que Serena Tsukino había entrado en su oficina.

Cuatro días después, seguía sin poder dejar de pensar en ella. Estaba permitiendo que el caso se convirtiera en algo personal y, a pesar de saber que era un error, quería ayudarla, quería darle los resultados que ella buscaba, quería demostrarle que podía confiar en él.

Alzó la mirada al oír que alguien llamaba a la puerta. Allí estaban Serena y su sobrino.

- Perdona que te molestemos – dijo ella – pero hemos dejado a Rini en clase de ballet y Sammy quería venir a verte. Dice que le dijiste que podía venir a tu oficina.

- Claro

- Guaiiii – dijo Sammy yendo a la diana que había visto colgada en la pared del fondo.

- Sammy…

- No pasa nada - la interrumpió Darien

Darien la tomó del brazo y la sacó de la habitación.

- ¿Te apetece tomar un café? Lita no viene los fines de semana así que puedo tocar la cafetera sin que me regañe, aunque tendré que asegurarme de dejarla limpia antes de irme. De hecho, hace sólo un momento he preparado café.

- Estupendo – aunque no se fue muy convencida de dejar a su sobrino solo en la oficina.

Darien la llevo a una pequeña cocina y sacó dos tazas.

- No me fijé en la diana cuando estuve aquí el otro día – dijo Serena.

- Bueno, es que tú no eres un niño de doce años.

- No, no lo soy; y tú tampoco.

Le sirvió una taza de café solo y se la dio antes de prepararse una para él.

- Gracias – dio un sorbo y luego suspiro –. Oh, que rico; necesitaba una buena dosis de cafeína.

- ¿No has dormido bien?

Se sonrojó.

- He dormido muy bien, así que supongo que debería agradecértelo a ti…por lo de la manta.

- Un placer.

El color de sus mejillas se volvió más intenso.

- También quería darte las gracias por haberte quedado anoche. A veces es muy difícil intentar darle a los dos lo que necesitan, y seguro que preferirías haber hecho otras cosas en lugar de quedarte viendo la tele con un preadolescente algo antipático. Pero quería decirte que te lo agradezco muchísimo, y sé que para Sammy significó mucho.

- ¿Y qué pasa con lo que tú necesitas?

Ella se atraganto con el café y él quiso sonreír. Esa reacción disipó todas las dudas que pudiera tener; estaba claro que sentía la misma atracción que él por ella.

- ¿Cómo dices?

- Has mencionado que es difícil darle a los niños lo que necesitan y creo que estás haciendo todo lo que puedes para ayudarlos, pero ¿qué hay de ti?

- Yo soy la adulta. Mi trabajo es cuidar de ellos.

Se oyó un fuerte golpe, y luego otro; Serena abrió los ojos de par en par, dejo la taza en la encimera y se levantó corriendo para detener los destrozos que Sammy pudiera estar causando.

Darien la agarro por la muñeca.

- No pasa nada. Ha dejado la diana y ahora está jugando al baloncesto.

- ¿Tienes una canasta en tu oficina? – se soltó.

- Ayuda a combatir el aburrimiento cuando no hay actividad. Pero estábamos hablando de ti. ¿Qué has hecho pensando sólo en ti últimamente?

- Esta mañana he dormido hasta las ocho.

- No me refiero a eso.

Ahora fue ella la que se encogió de hombros

- Entre el trabajo y las clases extraescolares de los niños no me queda mucho tiempo para mí.

- ¿Y si lo tuvieras?

- Pues iría a que alguien me pintara las uñas de los pies – dijo con aire nostálgico.

Él no pudo más que sonreír.

- Eres una mujer salvaje, señorita Tsukino.

Ella se rió.

- Bueno, has sido tú el que ha preguntado.

- Sí, es verdad – respondió mientras se dirigía a su despacho después de habérsele ocurrido una idea –. ¿Cuánto tiempo va a estar Rini en ballet?

- ¿Por qué? – pregunto ella cuando le siguió.

Darien interceptó la pelota que Sammy había lanzado hacia la canasta y habría alcanzado a Serena en cuanto ésta hubiera entrado por la puerta.

- Buena parada – murmuró Sammy.

Darien le lanzo la pelota al chico y Serena pasó sin darse cuenta de lo cerca que había estado de tirarse el café encima.

- ¿A qué hora termina la clase de tu hermana? – le pregunto a Sammy.

- A las cuatro, pero desde allí va a una fiesta de cumpleaños, así que no tenemos que recogerla hasta las siete.

- ¿Qué me dices Sammy? ¿Te apetece quedarte conmigo hasta esa hora?

- Claro – asintió el chico enseguida.

Serena empezó a protestar.

- No podría pedirte…

- No me lo has pedido – le recordó – me estoy ofreciendo yo.

- ¿Por qué?

- Porque necesito que me hagas un favor.

Ella entornó los ojos.

- ¿Qué clase de favor?

Sólo deja que haga una llamada – le dijo – y luego Rei te dará los detalles.

Serena estaba parada en la acera mirando el letrero de neón rosa y verde de la peluquería y spa. No sabía cómo le estaba haciendo un favor a Darien yendo allí, pero había insistido tanto que no fue capaz de negarse. Y además… ¿Qué mujer en su sano juicio rechazaría pasar un día en un salón de belleza?

Por otro lado, nunca había visto nada como ese local y aunque sabía que Rei la estaba esperando, dudó.

Antes de que hubiera decidido si seguir adelante o retirarse, la puerta se abrió por dentro y una mujer con el pelo color azul eléctrico salió. Tenía los ojos muy perfilados con lápiz negro, los párpados cubiertos con sombra rosa brillante y los labios pintados de morado. Llevaba unos pantalones pirata ajustados y una camiseta blanca que tenía en el centro dos labios rosa brillante.

«Es una persona muy… colorida», le había avisado Darien con una media sonrisa. «Pero se ocupará bien de ti, lo prometo»

Serena supuso que esa era la «colorida» Rei y estuvo absolutamente segura de que no quería que esa mujer se ocupara de ella.

- Pasa, pasa – dijo Rei haciéndola entrar – Darien me ha llamado justo cuando iba a cerrar, así que has tenido suerte, ¿eh?

- Vaya, si ya te marchabas a casa, no quiero…

- Nunca le digo que no a un cliente – dijo Rei – y mucho menos si viene recomendado por un amigo.

- Pero…

- Y Darien me ha dicho que tenías que estar en algún sitio a las siete, así que no deberíamos perder tiempo hablando.

- De verdad, no estoy segura…

- No estés nerviosa cielo; estás en buenas manos. Claro que me imagino que preferirías estar en las manos del detective macizo – le guiño el ojo en un gesto exagerado – y no puedo decir que te culpe por ello, pero te prometo que sé lo que hago.

Serena sintió las mejillas encendidas.

- Me parece que has malinterpretado lo relación que tengo con el señor Chiba.

Rei sonrió más todavía.

- Yo creo que no, cariño. Si un hombre me llama pidiéndome que le haga un tratamiento especial a una dama, sólo hay una interpretación.

Serena quiso protestar, pero decidió que sería más inteligente dejar el tema. Lo cual, por supuesto, no sirvió más que para darle a Rei la oportunidad de reafirmar su teoría.

- Y ya era hora, he de decir; ese hombre lleva solo demasiado tiempo. Aunque nadie puede culparlo, después de cómo lo dejo su ex.

- ¿Ex? – pregunto sin poder evitarlo.

- Novia, no esposa – añadió Rei amablemente – por lo que sé, nunca ha estado casado. Ni siquiera ha salido en serio con nadie desde que Mina lo dejó y de eso ya hace más de dos años. Y un tipo tan guapo y macizo como Darien Chiba… bueno, ya sabes, la gente empieza a preguntarse si estará bateando para el otro equipo. Por eso me he quedado encantada cuando ha llamado para decirme que ibas a venir. Y he de decir que una mujer como tú acabaría con esos rumores de inmediato.

- No es que estuviera cotilleando – continuó Rei mientras atravesaban la sala de la peluquería y recorrían el pasillo hacia una habitación, porque él nunca haría algo así y jamás violaría las confidencias de un cliente, pero me dijo que últimamente tu vida ha dado un vuelco y que necesitabas algunos mimos. Así que… – señaló un sillón – eso es lo que vamos a hacer.

Serena se sentó mientras Rei fue hacia una pequeña nevera de donde sacó una botella de vino. Lleno la copa de cristal y se la entregó a Serena.

- Es un pinot grigio italiano – le dijo.

Serena tomó la copa y le dio un sorbo porque le parecía que era lo más educado. Además, tal vez una copa de vino le ayudaría a relajarse un poco, a descargar tensiones mientras se ponía en manos de la mujer de pelo azul.

- Empezaremos con una manicura y una pedicura –. dijo Rei colocando una cuba de agua caliente bajo el asiento de Serena – Quítate los zapatos y mete los pies.

Serena sonrió al hacerlo.

- ¿Eres enfermera verdad? Las enfermeras pasan mucho tiempo de pie, así que en tu caso cuidarlos no debería ser un lujo, sino una necesidad.

- ¿Cómo sabes que soy enfermera?

- El otro día te vi con la ropa del hospital, cuando estabas esperando fuera de la oficina de Darien.

- Yo no te vi a ti – dijo Serena segura de que, de ser así, lo habría recordado.

- Yo estaba en la cafetería desayunando y parecías algo preocupada. ¿Hay algo de lo que quieras hablar?

Serena comenzó a negar con la cabeza, pero luego lo reconsideró.

En los últimos meses no se había sentido lo suficientemente cómoda con nadie excepto con su amiga Molly, como para hablar sobre lo que había ocurrido. Ahora su amiga estaba ocupada con Kelvin Gurio y aunque Serena se alegraba por ella, echaba de menos hablar como hablaban antes. Y de pronto no le pareció tan extraño desahogarse con una extraña que bajo esa sombra rosa brillante ocultaba unos ojos llenos de comprensión.

De modo que le dio otro sorbo al vino y dijo:

- Mi hermano está en la cárcel.

Y a la vez que Rei se ocupaba de sus manos y de sus píes, Serena fue contándole toda la historia.

Cuando vacio la copa, Rei la rellenó sin decir nada. Serena pensó que tal vez no debería aceptarla; ella no solía beber, pero el vino estaba tan frío y tan delicioso y ella estaba empezando a relajarse tanto que aceptó la segunda copa sin protestar.

Cuando había terminado la historia y la segunda copa de vino, Rei le había quitado la ropa para darle un masaje.

- Bueno, si hay alguien que pueda descubrir lo que le ha pasado a tu hermano, esé es Darien – le dijo Rei mientras le masajeaba la espalda –. Antes era poli, ¿sabes?

- Kelvin Gurio, el abogado de Andrew, me lo dijo.

- La hermana de Kelvin, Viluy, fue mi abogada – dijo Rei – cuando me decidí a abandonar al bastardo con el que fui tan estúpida de casarme. Conocí a Darien cuando estaba en el hospital; era la tercera vez en ese año que estaba allí. No recuerdo qué excusa puse esa vez: si me había caído por las escaleras, si me había tropezado con la alfombra o si había chocado con la pared. Pero era una de las típicas historias que se inventan las mujeres para negar que sus maridos las están utilizando como sacos de boxeo. Pero los médicos saben esas cosas y están obligados por ley a llamar a la policía. Y la policía viene, pero a menos que la víctima… Dios, ¡como odio esa palabra! Odio saber que yo era una víctima… bueno, a menos que la víctima esté dispuesta a presentar cargos, no puede hacerse nada. Pero aquella fue la segunda vez que Darien acudía a la llamada. Se sentó junto a mi cama en la sala de urgencias, me miro a los ojos y dijo: «Rei, sabes que no va a cambiar y si te quedas con él, tu vida no irá mejor». Y en alguna parte dentro de mí, supe que tenía razón.

- Pero me daba más miedo enfrentarme a mi vida sin Nicholas, mi marido, que a sus golpes – continuo Rei –. Y además, Nicholas, luego se disculpaba tanto, se sentía tan mal por haber perdido el control… pero cuando le dije eso a Darien, me respondió: «Seguro que lo siente. Y seguro que también lo va a sentir cuando al final acabe matándote. Pero entonces dará igual lo mucho que se arrepienta porque tú seguirás muerta». Y a lo mejor sus palabras fueron duras, pero fueron exactamente lo que necesitaba oír para tomar la decisión de abandonarlo. Así que volvió al día siguiente, cuando salí del hospital, y me llevo al albergue de mujeres. No era sólo un buen policía – continuó –, era un héroe que de verdad se preocupaba por la gente, que de verdad pensaba que podía cambiar las cosas y que quería hacerlo. Claro que todo eso cambió cuando asesinaron a Neflyte – se detuvo y suspiró –. ¿Sabias lo de Neflyte?

- Creo que no

- Neflyte Nakayoshi. Era el compañero de Darien y su mejor amigo… hasta que le dispararon delante de él. Murió en los brazos de Darien.

Serena se estremeció por dentro.

- Una cosa así cambia a cualquiera; es inevitable. Y luego, para colmo, su novia va y lo deja. No podía soportar los cambios que se produjeron en Darien… aunque tampoco creo que lo intentara mucho. Estaba demasiado ocupada con su trabajo como para preocuparse por Darien, que estaba totalmente derrumbado.

- Pero como policía debía de haber comprendido los riesgos quie implicaba su trabajo – dijo Serena.

- Claro que lo hizo y estaba dispuesto a correr esos riesgos porque creía en el sistema, pero cuando el asesino de Neflyte fue puesto en libertad, Darien perdió la fe. Fue entonces cuando devolvió su placa y su pistola y dejó el trabajo.

- No creo que nadie pueda superar nunca algo así – murmuró Serena.

- Es imposible. Siguen adelante, claro. Puedes pensar que yo, por ejemplo, he superado todo lo mío y tendrías razón. Pero, por otro lado, aunque me gusta hablar, nunca habría elegido un tema tan deprimente cuando estoy intentando relajarte.

- Pues estoy muy relajada – admitió Serena.

- Eso es por la lavanda. Es lo mejor que conozco para relajar el cuerpo y he de decir que el tuyo tenía más tensiones acumuladas y nudos de los que he visto en mucho tiempo.

- Pues tus manos son lo mejor que yo he tenido en el cuerpo desde hace mucho tiempo.

Rei estalló en carcajadas.

- Cielo, es todo un halago, pero seguro que eso cambia dentro de poco. Ahora vístete y planta el trasero en esa silla para que pueda hacer más magia.

-¿Qué clase de magia?

- Un corte de pelo… solo un poquito – añadió enseguida – Tal vez algunas mechas y un poco de maquillaje para iluminar tus preciosas facciones.

- No sé… – pero Rei se mostró tan decepcionada que enseguida se sintió culpable –. No es que no me fíe de ti, es que no puedo permitirme…

- Cielo, nada de esto va a costarte un centavo – le prometió.

- Pero eso no está bien…

- Ya te he dicho cómo conocí a Darien – le recordó Rei –, así que ya sabes que le debo mi vida. Llevo años intentando que venga y se aproveche de los servicios del salón, pero claro, como es un hombre, no piensa poner un pie en este lugar. Si me dejas que haga esto por ti, será como pagar una pequeña parte de la deuda que le debo.

Serena suspiró.

- Si lo expones así, ¿cómo voy a negarme?