- ¡Vamos, venid, que el campo está repleto de flores! -decía Ágathe, una de las ninfas acompañantes de Perséfone, mientras alzaba sus níveos brazos y hacía aspavientos a sus hermanas y a la misma diosa para que se acercaran al lugar donde se encontraba ella -.

- Ya vamos, no te emociones demasiado, Ágathe -decía otra ninfa, mientras se dirigía a Perséfone -mi señora, es mejor que la hagamos caso, porque no parará hasta que la hagamos caso -y sonrió -. Mi hermana es así...

- No te preocupes. Seguro que merece la pena ir allí. Al menos, aprovechar las pocas ocasiones que tengo de salir de mi prisión -y comenzó a reírse -. No todos los días podemos estar en los parajes de Enna, tan hermosos y fértiles gracias a mi madre. Está haciendo un gran trabajo, como todos los años; solo espero que algún día yo también pueda acompañarla y hacer lo mismo -y miró al cielo, de un azul inmaculado y muy intenso, sin una nube a la vista, con los rayos de Febo incidiendo sobre la superficie de forma implacable. Entrecerró sus claros ojos, por la luminosidad del astro solar. Si su madre se enteraba de que había salido del Santuario, seguro que acabaría en un castigo y bronca monumental, pero necesitaba salir de allí, de ver algo de mundo, y de respirar un aire distinto. La atmósfera del Santuario estaba ya viciada, era opresora, esa sensación de ahogo la estaba volviendo loca -. Vamos a ver qué ocurre.

Y la verdad que mereció la pena ir allí. Ante ellas se abría un campo enorme, que se perdía en el horizonte, y cubierto por una alfombra multicolor de flores de todo tipo, que se mecían y movían al compás de una brisa suave y fresca, que ayudaba a aguantar el calor de aquellos rayos insaciables de Febo. Los ojos de Perséfone se abrieron, por la belleza que se presentaba ante ella. Qué lugar... ¡parecen los mismísimos Campos Elíseos! Se decía a sí misma Perséfone, mientras corría tras sus acompañantes para disfrutar de aquel lugar. Incluso había un pequeño lago, de modestas proporciones, con unas aguas tan cristalinas y de superficie tan lisa, que parecía un espejo; solo de vez en cuando se producían salpicaduras que alteraban aquella superficie tan pulida, por peces juguetones que buscaban o bien aire o bien alimento. No pasaron ni unos segundos, que todas las muchachas se lanzaron a pisar aquella alfombra de la naturaleza, tomando flores para adornar sus cabellos o perfumar sus regazos, para confeccionar guirnaldas de flores con las que coronar sus delicadas cabezas, o simplemente corretear mientras jugaban o a la pelota o se acercaban al lago para refrescarse un poco. Tenía una sensación de libertad tal, que Perséfone sonreía de forma sincera, algo que no había hecho en mucho tiempo. Sus cabellos castaños se enredaban y se configuraban en caprichosas ondulaciones a causa de la brisa, y las telas de su vestido se pegaban a su cuerpo, dejando entrever la figura de su cuerpo, en especial de sus piernas, esbeltas y bien formadas.

Se sentó, mientras se apartaba los cabellos de su rostro, para poder ver mejor. Sus compañeras empezaron a entonar canciones, mientras se afanaban en sus tareas de recogida y confección de guirnaldas. Pero esas canciones parecían lejanas, porque su mente estaba muy lejos de allí, en otros asuntos; había pasado ya un año desde aquel hecho, solo un año -pues para los dioses un mes era muy poco tiempo, pues cuando tenías una eternidad por delante que vivir es normal tener ese pensamiento -, y la herida seguía tan abierta como si hubiera ocurrido ayer. Aparentaba alegría, para que todos los que vivían en el Santuario no comenzaran a preguntar y que se convirtiera en un rumor que no la dejara vivir, y sobre todo por su madre, para no preocuparla, ya que tenía cosas más importantes en las que pensar, y porque no quería ser la fuente de sus penas e inquietudes. Guardaba en su corazón buenos recuerdos, y siempre se preguntaba el por qué. ¿Por qué el destino era tan cruel, por qué la había reservado algo tan desagradable? No había hecho nada para merecer eso, o al menos eso pensaba. Maldecía al destino, que la había jugado esa mala pasada, aquella fuerza ajena a todos los mortales e inmortales, aquella especie de poder primigenio que había nacido con los primeros seres vivos del universo y que trataba sin diferencia a los dioses y a los hombres, a la que ni siquiera los seres divinos podían escapar a sus designios. Hinchó sus mejillas por la rabia, y adquirieron una tonalidad rojiza por la indignación que guardaba en su interior.

Dirigió su mirada al bosque que rodeaba aquella pradera, intentando ver entre las ramas de los árboles algún ave o animalillo. Entonces, de repente, vio una sombra correr entre la maleza, una figura alta, negra, con unos cabellos oscuros que podría reconocer en cualquier parte. Se levantó, como si la hubieran pinchado, con los ojos muy abiertos y clavados en la zona donde había visto aquella figura. Movía casi imperceptiblemente la cabeza de un lado a otro, como si fuera un extraño sueño o visión, otra jugada del destino. No podía dar crédito a lo que había visto, tenía ganas de pellizcarse las mejillas para ver si era realidad o no, pero la parecía una acción refleja tan infantil y estúpida que no quería hacerlo.

- No puede ser... es imposible... ¿Es Hades? -como movida por una fuerza invisible, poco a poco se iba acercando a aquel bosque, con el corazón encogido, y un mar de sentimientos que se agolpaban por salir de su cuerpo. Las ninfas, viendo a su señora encaminarse al bosque, la preguntaron si quería que la acompañaran, y rápidamente las despidió con un ademán de su mano, mientras las decía que simplemente quería estar un rato a solas con sus pensamientos -.

Llegó a la linde del bosque, y dudó un poco de si entrar o no. Puede que solo la imaginación la estuviera jugando una mala pasada, o que sus deseos de ver a Hades y de preguntarle el por qué de aquello habían hecho que se imaginara cosas. Pero la imagen era tan vívida, parecía tan real... que no podía ser una simple ilusión, tenía que ser algo más. Es posible que se hubiera acercado, que estuviera avergonzado e indeciso, y que quería intentar explicar su comportamiento. Una vaga esperanza nació en su pecho, pensando que hasta podía perdonarlo y podían empezar de nuevo, como si nada hubiera pasado. Seguía dudando de si entrar o no, hasta que vio de nuevo la imagen de Hades, mucho más nítida que antes, con su túnica negra cubriendo su pálido cuerpo, sus cabellos negros cayendo tras sus hombros y aquellos ojos azules que a la vez eran fríos y llenos de compasión; la miraba fijamente, no articulaba sonido alguno ni movía sus labios, sino que simplemente estaba ahí de pie, mirando, sin actuar ni hacer nada.

- Hades... ¡Hades! -comenzó a decir Perséfone, moderando la voz para que las ninfas no se percatasen de lo que estaba ocurriendo allí -. ¿Qué haces aquí? ¡Respóndeme, por favor! -como respuesta a sus gritos, la figura del dios se dio la vuelta y comenzó a caminar para introducirse de nuevo en el bosque, sin decir palabra alguna -. Espera, por favor -decía mientras alzaba un brazo, como si con ese gesto pudiera detenerlo -no te vayas de nuevo sin explicarme nada. ¡Merezco una explicación, al menos! Pero esta vez no está mi madre, no me iré sin averiguar la verdad, ¡esta vez no te dejaré escapar Hades!

Nada más decirlo, marchó con ágiles pasos tras la estela de Hades. Los troncos de los árboles estaban bastante juntos entre sí, lo que dificultaba la carrera de la diosa. Tenía que fijarse muy bien por dónde caminaba para no tropezarse con ninguna raíz que sobresaliera del suelo, y también de la corteza de los árboles para no enganchar su delicado vestido de seda y lino. No hacía más que repetir el nombre del dios, le pedía que le esperara, que no quería dejar las cosas así, que necesitaba una explicación de lo sucedido. Parecía que el dios no la escuchaba, mantenía una distancia prudencial respecto a ella, pero tampoco desaparecía, sino que daba la sensación de que quería que la siguiera. Así pasaban el tiempo, y Perséfone se alejaba cada vez más de la pradera, pero no se daba cuenta de ello, solo tenía ojos y pensamiento para aquel dios que la evadía, pero a la vez quería que la siguiera. Todo era bastante confuso, porque no entendía lo que estaba sucediendo, otra vez. Pero se encargaría de averiguarlo.

De repente, Hades desapareció entre los árboles, sin dejar rastro alguno. En ese momento ya a Perséfone no la importaba nada, ni siquiera que se rasgara su vestido o que la corteza arañara su nívea piel de diosa, solo albergaba en su cuerpo el deseo de ver a Hades, de no perderlo de nuevo. Empezaba a resoplar, empezaba a faltarla el aire, tenía el corazón a mil, parecía que iba a salirle del pecho. Sentía un dolor agudo, como si la estuvieran apuñalando, y a la vez sentía la felicidad más infinita; se sentía tan extraña, con esa contradicción de sentimientos, estaba tan confusa, no sabía qué pensar. Solo quería verlo, hablar con él, tocarlo, obligarse a entender que todo era real y no un sueño, un sueño demasiado hermoso. Quizá debería haber hecho caso a su parte racional, que la gritaba sobre el peligro que podía estar acechándola; estaba sola en medio de un bosque que desconocía, seguía una sombra o una probable ilusión de su mente, y estaba cegada por sus deseos de verlo, de arreglarlo todo. ¿Acaso no la resultaba extraño que de repente, sin quererlo ni esperarlo, apareciera aquel a quien quería ver en todo el universo? ¿Acaso no pensaba que todo se estaba desarrollando de una manera tan extraña, tan idílica? ¿No había aprendido nada, no había llegado a la conclusión de no ser tan inocente, tan tonta, que volvía a caer en lo mismo? Parecía que su parte irracional se había impuesto, aquella que no atendía a razones y que se dejaba llevar por un mero impulso, por una corazonada, dejando todo lo demás a un lado.

Llegó a donde había desaparecido el dios, y empezó a mirar por todos lados, dando vueltas sobre sí misma, hasta que todo le daba vueltas y comenzó a sentirse mal. Paró, y se agarró a un tronco cercano para serenarse un poco. Tenía ganas de llorar, pero no de tristeza, sino de rabia y de arrepentimiento, aunque también era orgullosa, y por eso mismo no caía lágrima alguna de sus ojos. No quería mostrarse ni mucho menos débil o delicada, sino que quería mostrarse como una diosa fuerte y decidida, una roca que por mucho que la azotara el tiempo, no se movería y tampoco se erosionaría. Se fijó en su vestido, que tenía unos jirones que provocaron una mueca de desagrado en su rostro. Era uno de sus vestidos favoritos, y estaba hecho un desastre, y además, ¿cómo iba a explicar a su madre esos rotos? ¿Que la habían atacado, que se había caído? No valía para mentir, la verdad, y las excusas que aparecían en su mente era a cada cual más estúpida y sin sentido. Suspiró. Ese era el menor de sus problemas. Estaba en medio de un bosque desconocido, no sabía donde estaba, y la persona a quien perseguía y buscaba había desaparecido, como si se lo hubiera tragado la tierra. Ahora se sentía estúpida, pero estúpida hasta extremos insospechados.

- ¿Qué haces siguiéndome? -una voz profunda, autoritaria estaba presente justo a sus espaldas. Perséfone dio un salto del susto, se llevó una mano al pecho y cerró los ojos por un instante. Se dio la vuelta, y ante ella, a escasos centímetros, se encontraba Hades. Su querido y amado Hades -.

- Qué susto Hades... -decía Perséfone, para hacer tiempo y poder reponerse del susto, y también de la emoción. Su respiración era entrecortada, y estaba avergonzada por su aspecto y por el mismo encuentro que estaban teniendo. El lugar no era muy apropiado para hablar, pero tampoco una podía ser tan exquisita. Si la situación se presentaba, había que aprovecharlo -. Yo podría preguntarte qué andas haciendo caminando por este lugar.

- Te estaba buscando a ti, Perséfone, pero tampoco me atrevía a acercarme. Tengo muchas cosas que decirte... -y rodeó con sus brazos la cintura de Perséfone, como gesto de afecto. La diosa cerró los ojos para sentir aquello con más intensidad, mientras sentía su aliento moviendo sus cabellos ligeramente. Lo que no podía apreciar era la mirada del dios, que era extrañamente amenazadora, con un brillo de maldad y de locura en sus cristalinos ojos azules -. Y aquí al menos tendremos intimidad.

- Yo también tengo algunas cosas que decir -dijo Perséfone, que de repente sintió un escalofrío, recordando lo que había pasado en aquella ocasión. Con delicadeza pero con decisión apartó las manos de Hades de su cintura, y le dio la espalda, mientras se alejaba un poco, lenta y majestuosamente. Ese escalofrío no solo era por los recuerdos, sino porque algo en su interior la decía que algo no encajaba, que había algún problema -. Pero vayamos poco a poco, ¿no crees? -y sonrió de forma nerviosa -. Hades, solo quiero saber el por qué...

- ¿El por qué? -y empezó a reírse en su cara, de una forma burlona y dañina, como si no le importara nada en absoluto herir los sentimientos de la joven diosa -. Perséfone, niña estúpida, no sabes lo que es la vida, no sabes cómo piensas los hombres, cómo piensas los dioses. ¿Crees que todo es como te lo cuentan las ninfas, que no hay males en el mundo, que no hay sentimientos como el odio, la traición, el dolor... la lujuria?

- No sé a qué viene esto Hades, ¡pero no te reconozco!

- ¿Acaso nunca has aparentado ser alguien que no eres para agradarle a otra persona? No me digas que no, porque estarás mintiendo.

- Qué sarta de estupideces -dijo Perséfone mientras se alejaba un poco más de Hades, y se dispuso cara a cara frente al dios, con las mejillas rojas por la indignación y los ojos relucientes de rabia y de dolor. No podía creer lo que estaba oyendo, y además de la forma en la que se la estaba diciendo. -. No niego que lo que me digas sea falso -solo que sea una niña estúpida ante tus ojos -, pero hay formas y formas para decirlo. Y esta no es una buena forma, Hades. Espero que al menos hayas sopesado que, al decirme las cosas de ese modo, ibas a hacerme daño, bastante daño -y se llevó ambas manos al corazón, el lugar que más la estaba doliendo -. Pero al menos ya tengo una mejor idea sobre lo que pasó ese día. Has estado aparentando todo el rato, me has engañado desde el primer momento, y eso bueno que veía en ti y que los demás no podían percibir no era más que fachada, puro teatro. Ni el mismo Dioniso, que le gusta tanto el teatro, habría hecho una mejor representación de un falso. No deberías sentirte para nada orgulloso -.

- Jajaja -Hades ahora no podía parar de reírse, ante las ocurrencias de la diosa. Se notaba que no había visto mundo, que estar encerrada en aquel Santuario la había hecho demasiado ilusa, como si el mal y la tentación no existieran, como si todo se rigiera a través de las buenas voluntades y de el altruismo de los dioses y hombres -. Perséfone, estar protegida por tu augusta madre ha hecho que veas las cosas desde una perspectiva totalmente equivocada. Despreocupada del mundo, no sabes lo que es el auténtico dolor... creo que necesitas una cura de humildad, y yo tendré el privilegio de hacerlo -dicho eso, agarró la muñeca de Perséfone con fuerza, oprimiéndola y ejerciendo una fuerza sobrehumana para una diosa que para nada era fuerte. Su mano parecía una garra atrapando a una presa fácil, indefensa en medio de un terreno que no favorecía ninguna huida. El brazo de la diosa empezó a enrojecerse por la presión obtenida, y en su rostro se perfilaba el dolor que estaba sintiendo -.

- ¿Qué estás haciendo? ¡Suéltame!

- ¿Por qué debería soltarte? Solo te estoy mostrando lo que puede ocurrir estando a mi lado. No te hagas la inocente, todos tenemos tentaciones. ¿Cuándo me ves no tienes ningún pensamiento lujurioso, nada que aun a sabiendas de que te vas a arrepentir, lo haces de todos modos? Soy el dios de los muertos, Perséfone, ¿acaso pensabas que no iba a actuar nunca de esta manera? No suelo ver seres vivos, solo muertos pálidos y desfigurados, demacrados por la estancia en el Inframundo y que no me ofrecen ningún tipo de placer. ¿Crees que, estando tú aquí, alguien que no huye ante mi presencia, no iba a ser objeto de mis más oscuros pensamientos? Si nunca has pensado eso, es que eres más inocente de lo que pensaba -e hizo una mueca de asco -y eso me resulta más que desagradable.

- Solo dices estupideces, ¡he dicho que me sueltes! -con un movimiento decidido, firme y lleno de rabia, Perséfone movió su brazo hacia un lado, como si fuera un látigo, para desasirse de aquella mano mortal. La fuerza empleada por la diosa fue toda una sorpresa para el dios, que soltó a su presa, más por sorpresa que por obligación. Su brazo estaba dolorido, unas feas marcas rojizas señalaban el lugar donde Hades había ejercido su maquiavélica fuerza, pero ya no sentía dolor alguno. Lo que sentía en esos momento era miedo, un terror irracional hacia la persona a la que había amado. Ahora sí que lo veía como el terrible y lúgubre dios que siempre la describían y hablaban, aquel dios rey de un mundo sin luz del sol, sin vida y al que todos los humanos caían irrevocablemente, por designio de las Moiras, un reino donde la desesperanza y la tristeza lo llenaba todo, un lugar donde las almas caminaban de un lado a otro, condenadas a ese paseo infinito hasta el fin de los tiempos, sin poder ver o recordar ya nada. ¿Y ella pensaba que el rey de todo aquello no iba a contagiarse de eso, que no iba a convertirse en un ser cruel y sin sentimientos, como los súbditos que tenía? ¿O acaso ella pensaba que iba a poder cambiarlo, ella, una diosa llena de vida y vitalidad por ser la hija de quien era? -. No te atrevas a tocarme de nuevo. Quiero que te marches, no quiero volver a verte y ni mucho menos que me dirijas la palabra. Has muerto para mí.

- Es curioso como juega el destino -y de su túnica, muy bien escondida, sacó una espada de filo mortífero que parecía tener un brillo propio. La empuñadura era de oro puro, con motivos de animales fantásticos y mortíferos, realizados con una técnica de repujado tan perfecta, que parecían tener vida propia. Hasta sus ojos, rematados con cristal de roca y piedras preciosas, las daban una sensación de vida mucho mayor -. Tú misma te has sentenciado. Está bien que digas eso, porque tú también has muerto para mí, pero... ¡morirás con mis propias manos! -y dicho eso se lanzó hacia ella, con toda la ira refulgiendo de sus ojos, que ya no eran azules, sino que habían adquirido una tonalidad rojiza, como la sangre que bullía en sus venas, deseando que la sangre de la diosa salpicara su cuerpo, que lo bañara, como las matanzas que realizaba antaño. Fue a dar un golpe certero en el regazo de la diosa, pero esta, que tenía experiencia por sus andanzas por el bosque, tenía muy desarrollados los reflejos. Justo a tiempo se apartó dando un salto hacia atrás, chocando su espalda contra un árbol, perdiendo durante un breve periodo de tiempo la respiración, pero salvando su vida. La espada se había clavado en un tronco cercano, sin llegar a rasgar su objetivo -.

Perséfone, que no sabía qué decir ante eso, decidió que lo mejor era huir de allí, perderlo de vista. No estaba en condiciones de luchar, estaba en una clara desventaja, porque no tenía nada como una espada para defenderse. Empezó a correr entre los árboles, ya sin importarle absolutamente nada que las ramas, que la corteza, rasgara e hiciera añicos su vestido o arañaran su piel, como un suave adelanto de lo que la esperaba si dejaba de correr y se encontraba de nuevo con Hades. Una parte de ella, la racional, la decía que ese no podía ser Hades, que el dios de los muertos no actuaba de esa forma, que a pesar de ser el guardián de la muerte, no deseaba eso a nadie, y suponía que menos a ella. Pero ahora quería llevarla a su reino, y de una forma en la que jamás podría volver de nuevo a la superficie, encerrada de nuevo pero en un sitio distinto, en el que se volvería loca y sería presa de los sufrimientos más terribles.

- ¿Acaso no querías estar conmigo para siempre? ¿Qué hay mejor que la muerte? No hay nada que una más que eso -Hades se había presentado esta vez ante la diosa, cortándola el paso. Perséfone paró en seco, casi estampándose contra el dios. Puso sus manos con las palmas hacia delante por si se chocaba contra él, para tener una mínima defensa. Hades seguía empuñando la espada, apuntándola a su cuerpo indefenso, con una sonrisa de sádica satisfacción en sus labios -. Pensabas estar con el dios de los muertos, y tienes miedo a la muerte... qué patética e ilusa eres, Perséfone. Ahora, quédate quieta mientras te doy el toque de gracia. Aunque no prometo matarte con un solo golpe, puede que sufras un poco antes de caer de cabeza en el Hades... ¡Saluda a tu amado de mi parte!

En ese momento, la tierra comenzó a temblar. Al principio de una forma suave y casi imperceptible, luego con insistencia, hasta el punto de que era complicado mantenerse en pie. Perséfone se abrazó al árbol que tenía a sus espaldas para evitar caerse, mientras que el dios clavó su espada en el suelo para tener un tercer punto de apoyo. Una gran grieta se abrió en medio que aquel bosque, apartando los árboles que se encontraban a su alrededor, un poco alejada de donde se encontraban pero a una cercana distancia también, como una herida abierta de la propia Gaia, profunda y tan oscura que apenas se podía ver qué había en su interior. Junto al sonido grave de la tierra abriéndose ante ellos, se percibía un sonido que iba ascendiendo en intensidad, que iba adquiriendo mayor fuerza y presencia en aquel lugar. Era un sonido de... ¿caballos? ¿Caballos saliendo de esa brecha en el suelo? Los sucesos extraños se agolpaban ese día, a cada cual más extraño que el anterior. Perséfone seguía con los ojos cerrados, mientras Hades, claramente enfadado, se iba acercando a la brecha, a duras penas por los temblores que continuaban repitiéndose, mientras su rabia e ira se volvían cada vez más incontrolables. -¡No se te ocurra estropearme el momento, Hades! ¡Encima que me disfrazo con tu enclenque y asquerosa forma, encima que voy a hacerte un favor mandándote a esta diosecilla a tu reino, te atreves a entrometerte! Pero no te dejaré, no, claro que no... -y alzó su espada, preparado para batir a cualquier ser que saliera de aquella grieta -.

Aprovechando la confusión que reinaba, Perséfone se armó de valor y salió corriendo hacia el claro, hacia la pradera en la que se encontraban sus compañeras las ninfas, para advertirlas del peligro y huir de allí cuanto antes. Estaba cansada, parecía que el corazón iba a salírsele del pecho, pero no podía dejar de correr. Ese sonido de caballos estaba cada vez más cerca, como si emergieran del interior de la tierra, acompañado por un sonido acompasado de pasos que eran también se oían con mayor claridad y nitidez. Consiguió llegar al claro, casi tropezándose cuando los rayos del sol volvieron a incidir en su piel, causándola una sensación de tranquilidad y a la vez de dolor por las heridas que tenía. Estaba hecha un desastre, con la falda de su vestido hecha jirones, sus cabellos revueltos como si se acabara de levantar, y con una falta de aire importante. Pero no podía dejar de correr, tenía que ponerse a salvo, huir de toda esa locura, tenía que...

Un ruido estrepitoso se escuchó en el bosque. Llegó ante las ninfas que, asustadas por su aspecto, la preguntaron el por qué de todo eso. Apenas sin poder hablar, solo dijo que tenían que irse de allí cuanto antes, que corrían peligro. Pero demasiado tarde. Cuatro caballos, negros como el carbón y con los ojos rojos como brasas ardientes, salieron entre los árboles, arrasando todo a su paso. Sus cascos resonaban con fuerza en el suelo, pisoteándolo con una fuerza inusitada, como si estuvieran machacando algo con sus cascos. Sus crines, ondeantes por la velocidad a la que galopaban, eran como un mar de negrura tan perfecta y a la vez terrorífica, que era un espectáculo especialmente bello y terrorífico. Irrumpieron en el paraje, y uno de ellos, con un movimiento de su musculoso y poderoso cuello, apartó un árbol hacia un lado, como si fuera una simple mosca, chamuscándolo también con su simple contacto. Tras los caballos se podía apreciar una cuadriga de plata, de resplandeciente y hermosa plata labrada, ligera y muy poderosa, junto con madera para darla más robustez. Los lados de la cuadriga estaban rematados con alas de grifo perfectamente talladas, con incrustaciones también de oro y de zafiros azulados, que la dotaban de un aura un tanto fantasmagórica y hermosa; y de pie, domando los caballos, se encontraba Hades. Perséfone se dio la vuelta para ver lo que estaba ocurriendo, y lo que vio la dejó casi sin aliento, a punto de desmayarse. ¡No iba a librarse de él! ¡Ahora encima tenía un medio más rápido para alcanzarla!

Su grito fue acompañado por el de las ninfas, que al ver la cuadriga del dios del Inframundo sintieron un terror sobrenatural. Salieron todas corriendo, intentando salvar sus vidas, presas del más profundo pánico. Pero Hades no estaba interesado en las ninfas, sino en Perséfone, así que dispuso sus caballos para que fueran tras ella. En breves segundos, alcanzó a la joven diosa, y con un rápido movimiento, la tomó de la cintura para subirla a su cuadriga. Los caballos seguían relinchando con fuerza, mientras seguían al galope sin descanso, resoplando largas humaredas de vapor negruzco de sus orificios nasales. Perséfone no paraba de golpear al dios, de arañarlo, de intentar desprenderse de ese abrazo que la condenaría. No quería acabar así, no quería morir de esa manera. Quería vivir, ahora más que nunca.

- ¡Suéltame, suéltame! No quiero ir a tu reino, ¡no quiero estar contigo! Aunque me encierres, aunque me hagas lo que sea que quieras hacerme, ¡no cambiará mi opinión! ¡Por favor, déjame! -decía con lágrimas en los ojos, presa del terror y sintiendo que poco a poco iba perdiendo las esperanzas de poder salvarse en aquella ocasión -.

Hades no decía nada, sino que seguía controlando a los caballos con una mano, mientras que con la otra sostenía muy fuerte a la diosa para que no cayera, pues a la velocidad a la que iban esa caída suponía una muerte casi segura. De nuevo la tierra se abrió en dos, dejando una horrible herida en la superficie. Las ninfas, corriendo detrás de la cuadriga lo más que podían, intentaban alcanzar a su señora para salvarla de aquello, a la vez que gritaban su nombre y maldecían a Hades con todo tipo de improperios. Algunas tropezaban y caían, otras mantenían la carrera con lágrimas en los ojos, imaginando el terrible futuro que la esperaba a su señora... al igual que el suyo propio, porque el castigo y las represalias de Deméter iban a ser terribles. En la fuga, el cinturón que tenía Perséfone cayó al suelo, lo único que quedaría de la diosa como rastro. La cuadriga penetró en la grieta, para volver de nuevo a la oscuridad de la que había venido, y con el botín que habían ido a buscar, dejando atrás los llantos y las rasgaduras que estaban realizando las ninfas, pensando en su propio destino. La tierra se cerró tras su entrada y Perséfone, sintiendo que la oscuridad la oprimía y la rodeaba, mientras imaginaba que kilómetros y kilómetros de tierra la estaban sepultando, que estaban sellando su destino. Se desmayó, ya no pudiendo aguantar más las emociones de ese día.

Lo siento Perséfone, pero era lo único que podía hacer. Espero que mis explicaciones te convenzan... pero lo dudo mucho. Solo imploro tu perdón.

Las ninfas se encontraban alrededor del lugar en el que los caballos, junto con Hades, se habían llevado a Perséfone. No podían reprimir un escalofrío de temor, porque ¿cómo iban a explicar lo que había sucedido a Deméter? Golpeaban el suelo con sus manos, se rasgaban las vestiduras e imploraban la ayuda de los dioses. Y alguien había escuchado sus peticiones, aunque no la persona más indicada. El hades que había atacado a Perséfone con una espada estaba allí también, había ido a la carrera y había visto solo el momento en que su presa había sido tragada por la tierra. Sus dientes rechinaban de rabia, apretaba con fuerza la empuñadura mientras maldecía por lo bajo. Y que las ninfas lloriqueaban no ayudaba nada a mejorar la situación, sino que le irritaban aún más de lo que ya estaba. Poco a poco su figura fue transformándose, para adquirir su verdadero cuerpo, el de Ares. Una de ellas se giró y vio al dios acercarse a ellas, corrió hacia él y se arrodilló.

- Por favor, señor Ares, ayúdenos. Nuestra señora ha sido secuestrada, tenéis que ir a por ella. Corre un grave peligro.

- ¿Y por qué tengo que ir tras ella? ¿Acaso crees que me preocupa?

- Pues... -estaba un poco confusa por las preguntas -como sois un dios, supongo que sentiréis lástima por una igual a vos y que saldréis en su busca. La augusta Deméter sabrá recompensaros...

- ¿Una igual? -rodeó el cuello delicado de la ninfa con una de sus manos, mientras la alzaba para verla los ojos -. Ésa mocosa no es una igual, es una bastarda que hay que eliminar. Nadie me deja en evidencia... ¡nadie!

La calma volvió de nuevo a aquel campo de flores. Ares estaba sentado, observando su espada mientras meditaba todo lo que había pasado. Las cosas no habían salido tan mal como él pensaba. De esa forma, a ojos de los demás y de la misma Perséfone el causante de todas esas desgracias sería Hades, y eso era lo que pretendía haber hecho, aunque hubiera preferido hacerlo con sus propias manos. Quizá no estuviera tan mal, porque es peor un encierro eterno que una muerte, aunque fuese dolorosa. Miró a su alrededor, y como si nada hubiera que le llamara la atención, se dispuso a partir. Envainó su espada, y se marchó. La brisa seguía meciendo las flores y hierbas del campo, así como los cabellos de los cuerpos sin vida de las ninfas que habían tenido la mala suerte de encontrarse con Ares.