Porque toda historia tiene su principio.

James Potter

Era 1 de septiembre y el día había amanecido soleado. Como todas las mañanas los viajeros tomaban con prisa sus respectivos trenes en King's Cross, sin percatarse de la masiva afluencia de familias que paseaba por el andén ese día. Una de ellas era la familia Potter, la cual llevaba a su único hijo, James, a su primer año en el colegio Hogwarts de Magia y Hechicería. Charlus y Dorea conversaban animadamente detrás de su hijo, mientras éste llevaba el carrito de equipaje. James Potter, para su desgracia, iba engominado y vestido con el traje de los domingos: un pantalón y una chaqueta negros, una camisa blanca y una pajarita roja. Cuando su elfina doméstica le trajo su ropa al levantarse, James corrió a la cocina para decirle a su madre que no pensaba ponérselo ni loco porque seguro que sus futuros compañeros pensarían que era un niño rico y mimado.

-Ya verás cómo no piensan eso.-le dijo Dorea agachándose y intentando domar el pelo revuelto de su hijo con la mano.- Seguro que cuando te vean, pensarán que eres un chico de buen ver, al que no dudarán en tener como amigo. Además, seguro que así le gustarás a alguna chica.

-¡Mama!-contestó él ruborizado.

Dorea sonrió ante el sonrojo de su hijo.

-Todo saldrá bien, James. Y verás cómo estos siete años van a ser los mejores de tu vida. Ahora ve y ponte la ropa que te he elegido.-añadió girando a James y dándole una suave palmada en el trasero.

Aunque al joven Potter le hubiese gustado negarse otra vez a la petición de su madre, sabía que aquella discusión no serviría de nada. Así que a regañadientes subió a su cuarto y se vistió.

Por mucho que sus padres habían intentado convencerle en el transcurso del viaje de casa a la estación, James seguía incomodo con su atuendo y juró que, en cuanto les perdiera de vista, se desharía de la estúpida pajarita roja y de la chaqueta. Aún así, comprobó con cierto alivio que algunos de los muggles que estaban en la estación también llevaban puesto un traje por lo que él no era el único que iba vestido de manera estúpida.

Mientras andaba por la concurrida estación, James miró a los lados por si veía a alguno de sus futuros compañeros, aunque no vio a nadie que pareciese ir al mismo lugar que él. "Salvado" pensó, y con un paso más rápido se dirigió a su destino.

-Tranquilo.-le dijo su padre con una profunda voz.- Si vas más rápido vas a acabar atropellando a alguien.

James le miró, asintió y disminuyó la velocidad a disgusto, aunque no lo reflejó ante sus padres. Desde el mismo momento en que se levantó, el joven Potter había tenido una sensación extraña en el estómago, mezcla de la emoción y el miedo de enfrentarse a esa nueva situación. Por ello quería llegar cuanto antes al lugar donde aguardaba el Expreso de Hogwarts y deshacerse de esa sensación que le perseguía.

Cuando llegaron a la entrada del andén 9 y ¾, James les pidió a sus padres que le dejarán ir primero, ya que de este modo, James creía que daría a entender que no era un niño que necesitará a alguien para pasar, sino alguien mayor.

-Cariño, ¿no es mejor que vaya yo contigo y agarremos los dos juntos el carrito para que no se dé contra el tren?-comentó Dorea para fastidio de James.

-Déjale ir solo mujer. No creo que le vaya a pasar nada porque cruce él solo.-le dijo Charlus sabiendo lo protectora que era su esposa.

La madre de James miró a su marido de forma suplicante. Aquel era el gran momento de su niño. ¿Por qué no podía ser parte de él? Charlus puso una mano en el hombre de su mujer y la miró sus ojos castaños, los mismos que tenía su hijo. Entonces comprendió que aún siendo su madre, debía dejar que él pasase solo por la columna, ya que, aunque para ella era su niño, desde ahora en adelante se iba a ir haciendo mayor.

Con decisión y un cierto nerviosismo que jamás admitiría, James traspasó la columna y apareció en un andén lleno de gente. Tal y como había previsto Dorea, el carrito de James chocó contra algo. Por suerte para él, no le había dado a expreso de Hogwarts sino al carrito de un joven mucho mayor que James, el cual le dirigió una mirada asesina.

-Maldito crio. ¿Acaso no ves por dónde miras?-le increpó mirándolo de abajo a arriba.

James estaba tan ensimismado, que no le respondió.

-¿Acaso eres bobo? Dumbledore no debería de dejar entrar a ineptos como tú en el colegio. Seguro que eres un sangre sucia-comentó, diciendo la última parte más bajito para que solo lo escucharan ellos dos.

Cuando James le iba a contestar, dos chicos de la misma edad que este último se acercaron a él y le susurraron algo al oído. El joven Potter solo consiguió oír lo que debía ser un nombre femenino y la palabra "black".

Con profundo odio el Slytherin miró a James y, como si se tratase de la reencarnación del mismísimo Merlín, se irguió y se fue hacia adelante sin dejar tiempo de que el joven Potter pudiera decir nada.

Justo en esos momentos, sus padres aparecieron en el andén y los tres juntos se dirigieron a dejar las maletas en el lugar adecuado. Cuando guardaron las cosas en el portaequipaje llegó el momento de las despedidas.

-Cuídate y no hagas travesuras.-le dijo Dorea a su hijo mientras que acariciaba su cara.-No te pelees con nadie y sé atento con todo el mundo. Haz saber a los demás que los Potter somos gente educada.-añadió.-Te he puesto mudas limpias, así que no me seas vago y cámbiate todos los días. También tienes un jersey y una bufanda de invierno para que no te resfríes, y para que te abrigues bien. Haz todo lo que te ordenen los profesores y aprende lo máximo posible. Tu padre y yo te enviaremos una carta todas las semanas.

-Por favor Dorea.-interrumpió Charlus al ver que su mujer no iba a parar.-No es un niño, tiene ya once años. Sabe cuidarse él solo.

En ese momento su esposa la miro con cierto reproche. Ya sabía que tenía once años, también que podía cuidarse solo, pero era la primera vez que iba a estar sin ellos. ¿Acaso a una madre no se le podía permitir dar consejos a su hijo?

-Tranquila mama. Haré todo lo que me has dicho.-le tranquilizó James, dándole un abrazo.

Aquello hizo que se relajase un poco.

-Te echaré de menos, cariño.-le dijo devolviendo el abrazo con más fuerza.

-Y yo también.

Cuando le tocó a Charlus despedirse de su hijo, lo tomó por los hombros como muchos años atrás había hecho su padre.

-Hijo mío.-empezó haciendo una breve pausa.- Te voy a dar los mismos consejos que me dio mi padre el día que cogí por primera vez el expreso de Hogwarts. James, sé que quieres que te toque en Gryffindor, porque es la misma en la que yo estuve. Pero no debes de olvidar que todas las casas de Hogwarts son igual de buenas, y que la que te elija habrá ganado un gran mago que enorgullecerá a su casa.

James asintió y, aunque no estaba totalmente de acuerdo con lo que decía su padre, prometió acatar el consejo.

-Además, quiero que trates a todo el mundo lo mejor que puedas, sin importar ni su origen, ni la casa a la que pertenezca. Sé que tendrás a gente que te caiga bien y a otros que no soportes, pero actúa siempre como un caballero. Si lo haces así, serás lo que llaman un buen hombre. Asimismo…

En ese momento, su mujer carraspeó para hacerle ver a su marido que por un lado ya era hora de ir acabando y que ella no era la única que estaba sobreprotegiendo a su hijo.

-Tienes razón.-le reconoció a su esposa.-James, aprende mucho, no vuelvas locos a tus compañeros con tus travesuras y aprovecha esta experiencia. Tu madre y yo estaremos esperándote en casa y te mandaremos una carta una vez al mes.- Dorea carraspeó ante esa información.- Dos veces al mes.-corrigió.-Bueno, creo que ya es hora de que subas al tren. Pero antes quiero darte esto, ya que mi padre me lo dio a mí para que tuviera suerte en Hogwarts.

Cuando Charlus abrió la mano, una snitch dorada cayó en su palma. Aunque ésta era vieja, descolorida y las alas ya no funcionaban, James la agarró fuertemente. El joven Potter sabía que aquella pelota era especial, ya que era la que su abuelo atrapó en el partido de quidditch cuando Gryffindor ganó el campeonato. Con sumo cuidado la metió en un bolsillo de la chaqueta y juró que nunca la perdería.

Conteniendo las lagrimas en los ojos, Dorea dio un fuerte beso a su hijo, el cual intentó zafarse del abrazo de su madre. Charlus, como de costumbre, fue más frió que su mujer y solo miró a su hijo a los ojos. Aunque ninguno de los dos dijo nada, entre ellos sobraban las palabras. James deseó tener esa misma mirada con sus hijos algún día.

-Te quiero, cariño.-gritó Dorea mientras veía como su hijo se iba.

-¡Mama!-le espetó este a su madre por la vergüenza de sus palabras.

Con rapidez el joven Potter se metió en el vagón del tren y entró en un compartimento vacio por el cual se despidió de sus padres y se quitó la pajarita y la chaqueta. Por fin se sintió tranquilo, aunque en cierto modo todavía se sentía un poco nervioso. Después de pasar unos minutos solo en el compartimento, James decidió salir a la puerta de esta para ver así a los chicos y chicas que iban a ser sus compañeros.

Justo cuando salía, el joven Potter piso el pie del mismo chico con el que había chocado antes. Este también lo reconoció y le miró con odio, mientras retiraba bruscamente el pie que le había pisado.

-¡Otra vez tú!-dijo con cara de asco.- ¿Acaso nunca miras por dónde vas o esas gafas de sabelotodo no te sirven para nada?

Los otros dos chicos que había visto antes y que ahora se encontraban detrás del otro joven rieron al oír las palabras de su amigo.

-No. Lo que pasa es que con esas dos barcazas que tienes es muy difícil no pisarte.

En esa ocasión solo uno de los compañeros rió, llevándose el codazo del otro joven y la mirada asesina del ofendido. Aún así, el aludido contuvo las ganas de lanzar un hechizo a su amigo y con altivez miro a James, mientras este se aparta un mechón rubio de la cara.

-Ten cuidado con lo que dices.-amenazó él.-Tú no sabes quién soy.

-Sí lo sé. Eres el payaso de Hogwarts, sino ¿por qué llevarías esos zapatos? Además, tu tampoco que sabes quién soy.

El joven rubio sonrió de manera maléfica al oír las palabras de James.

-Sé quién eres, James Potter. El alumno que peor lo va a pasar en toda la historia de Hogwarts.

James se sorprendió al oír su nombre, ¿cómo sabía ese chico que no conocía de nada su nombre? Como si supiera lo que estaba pensando en ese mismo momento, el rubio respondió a su pregunta.

-En el andén 9 y ¾ se hablan de muchas cosas Potter y el deber de un Malfoy es saberlas todas.-le explicó a la vez que agarraba el cuello de la camisa de James y lo estampaba contra la pared del pasillo.- Así que Potter, será mejor que moderes tus palabras, no vayas a enfadar a quien no debes. No sabes lo que te puede pasar en tus años en Hogwarts.

James se mordió la lengua para no responderle, ya que éste sabía en qué momentos debía callarse. Además, estaba el hecho de que eran tres contra uno y eran mucho más mayores que él. El joven Potter deseo tener a mano algo con lo que defenderse pero en los bolsillos de su pantalón solo tenía unas grajeas y unos galeones.

Ante esa situación, James sabía que lo mejor era tragarse su orgullo y, además, sus padres le habían dicho que no se metiera en problemas. Pero su padre también le había enseñado que uno debe defender lo que cree, y ya era lo suficientemente adulto como para mantener lo que creía con capa y espada.

Por suerte para el joven Potter, su refuerzo no tardó en llegar en forma de un niño atractivo de media melena negra. Ese chico tiró una especie pastel a la cara del Slytherin que James tenía a la izquierda. El segundo proyectil dio de lleno en el ojo del chico que estaba a la derecha, el cual gritó. Y el tercero fue a parar al cabello rubio de Malfoy, que se tiñó de marrón.

-¿Quién ha sido?-preguntó el rubio fuera de sí.

-Yo.-contestó el joven del pelo negro con toda naturalidad.- Mal, muy mal Lucius. ¿A cuántos jóvenes de primero vas a intentar pegar antes de llegar a Hogwarts? ¿Acaso quieres que se le diga a Narcisa lo malo que es su amorcito?-el rubio intentó ir hacia donde estaba el chico, pero este le amenazo con tirarle otro trozo de comida.- Menos mal que ese estúpido elfo doméstico me hizo estos asquerosos pasteles de hígado para hacerte entrar en razón. Ahora si no quieres que te siga adornando con ellos, será mejor que te vayas y nos dejes en paz.

Cuando el rubio iba a sacar la varita para hechizar al joven del pastel, tres prefectos salieron del compartimento de al lado. Como no quería que la pelea fuese aún mayor, Lucius se quedó quieto en su sitio, destilando un gran odio hacia el joven. Deseaba despellejarlo, torturarlo y hacerle sufrir cada minuto de su insignificante vida. Pero ahora no era momento de andarse con venganzas, de eso ya se ocuparía en los años que tendrían que pasar juntos en Hogwarts. Él se encargaría de que la estancia de esos dos chicos fuera lo peor que les pasará en sus vidas.

-Avery, Colby vámonos.-ordenó a sus dos compañeros.-Nos volveremos a ver, Potter, y la próxima vez no tendrás a nadie para salvarte.

-No me preocupa Malfoy, tu olor te delatará cuando te acerques a mí.-le comentó James poniéndose de puntillas para acercarse más a la cara del rubio y tapándose la nariz con la mano.-Te esperaré, cabeza apestosa.

El chico de la melena soltó una carcajada sonora que irritó mucho más al rubio.

-Me lo pagaréis los dos.- amenazó Malfoy marchándose de manera orgullosa.

Cuando por fin estuvieron los dos chicos solos, James entró en el compartimento y se derrumbó en el asiento que tenía al lado. El joven que le había ayudado metió el pastel en una bolsa, se limpió las manos en el marco de la puerta, entro en el mismo compartimente y se tiró con dejadez en el asiento del frente.

-Gracias.-le dijo James al desconocido.

-De nada compañero. Además, eres el primero que le echa pelotas a Malfoy.

"Y ¿para qué me ha servido? Para hacer enemigos el primer día", pensó James amargamente, mientras recordaba lo que le habían dicho sus padres. "Aunque la verdad es que ha sido divertido", añadió con una sonrisa.

-Por cierto, me llamo Sirius. Sirius Black y soy de primero.

-Yo soy James Potter y también soy de primero. Encantado de conocerte.-le respondió este y ambos se dieron la mano.

El joven Potter se dio cuenta de que Sirius le caía mejor cada momento que pasaba. Su desenfado y su desvergüenza hacían de él alguien interesante. Además estaba el hecho de que le había salvado el culo, hacia unos momentos

-¡Dios, que bien sienta dar una paliza a esos idiotas! Y lo de cabeza apestosa… Ni a mí se me hubiese ocurrido. Muy buena Potter.-dijo tendiéndole la mano para chocar los cinco.

-Pues yo me he quedado con ganas de más.-comentó James envalentonado, desde que había conocido a Sirius Black la mecha de las locuras que podía hacer James Potter se había encendido.-Ojalá tuviera una de esas pociones de caída del cabello. Me encantaría ver a Malfoy calvo-añadió con furor.

Al oír aquello, Sirius se sentó y miró detenidamente a su compañero. James se revolvió en el asiento, nervioso por el detenimiento con el que le miraba. Pero después de unos segundos una gran sonrisa apareció en el rostro del joven, que se levanto y se sentó al lado de James al mismo tiempo que le cogía de cuello y le rascaba la cabeza amistosamente con los nudillos.

-Amigo. Creo que tú y yo nos vamos a llevar genial.

-Yo…yo también lo creo.-dijo James entrecortadamente e intentando zafarse de su nuevo y mejor amigo.