Claim: Finnick Odair/Annie Cresta.
Notas: Spoilers de Sinsajo.
Rating: T.
Género: Romance.
Tabla de retos: Abecedario.
Tema: 59. Paseo

*Post-guerra y capítulo final.


—Puedo ir solo —afirmó el pequeño y soltó su mano con cierto orgullo. Sus dedos, al separarse, dejaron tras de sí una sensación cálida y desvaneciente que casi la hizo llorar. Podía ver en él tanto de Finnick, tanto de sí misma, tanta independencia. Pronto se iría, se dijo, mientras seguía sus pasos por la arena, marcada por sus huellas, tan pequeñas e inofensivas. Pronto se irá como Finnick lo hizo—. ¡Rápido, mamá! —la apresuró él, agitando una mano desde la distancia, donde el bosque y la playa se unían, donde unas pequeñas briznas de hierba se movían perezosamente al compás del viento.

Annie no le hizo caso aunque escuchó sus palabras, sus pasos eran lentos y acompasados, como si nadara contra corriente. Observaba el mundo a su alrededor, las cosas que habían cambiado desde la caída del Capitolio, cuatro años atrás y se preguntaba, no sin cierto desamparo, cuándo dejaría de sentir la pérdida. Cuándo, al acercarse a ese punto de la playa, dejaría de sollozar y sus piernas de temblar como gelatina.

—¡Mamá! —volvió a apremiar él y en sus ojos verdes pudo ver un poco de enfado. Pero no fue eso lo que la hizo detenerse súbitamente, sino el ver, el poder distinguir una roca a su lado, tallada toscamente por el mar y bañada de arena, que brillaba como diamantes. La meta del paseo de cada año. El monumento a su dolor.

Recordó súbitamente cómo había amado esa roca durante los primeros días, aferrándose a ella como un salvavidas, mientras su hijo lloraba a su lado, envuelto en mantas. Muchos habían tratado de quitárselo, peor aún, de alejarla a ella, mandarla a algún lugar lejano, horrible como el Distrito 13 donde no pudiera ver el mar; pero Annie había permanecido firme, había aferrado a su hijo, había aferrado la roca, había aferrado el mar, que se empeñaba en escapársele entre los dedos, siempre como en un sueño o en una pesadilla. Sin embargo y progresivamente, su amor se transformó en odio y tristeza, en un ritual que, conforme pasaban los años, cada vez le costaba más trabajo cumplir.

La tumba, se recordó al alcanzarla. Su hijo la esperaba también, aquél pequeño que se había aprendido el camino de memoria, que aunque no había conocido a su padre, nunca se había quejado por ello, ni por las visitas o los llantos sobre la desgastada roca. La tumba, la constatación de su realidad, de la falta de magia aunque haya fe.

Annie se quedó mirándola en silencio durante largo rato, aunque los restos de Finnick no descansaban bajo la arena, aunque los restos de Finnick se habían perdido por toda la eternidad. Luego, dio un salto cuando volvió a sentir la mano de su hijo cerrándose sobre la suya con fuerza, negando así su anterior afirmación de que no la necesitaba. Cuando volteó a verlo, estaba llorando. Fue entonces cuando Annie pensó, no, sintió, un vínculo más profundo con su hijo. Y se preguntó, mientras seguía impasible (¿dónde habían ido las lágrimas?) si él sentiría esa calidez desvaneciente que había dejado su padre, si él sentía ese agujero de no haberlo conocido jamás. Y se preguntó también, cómo empezar a llenarlo, ahora que se había dado cuenta de su existencia, ahora, cuando aún había tiempo. Todo el tiempo del mundo.

FIN.