Summary: El compartir la habitación con otra persona puede ser un poco problemático... Sobre todo si es del género opuesto, tiene un humor de los mil demonios y ama a los conejos.

Disclaimer: Los personajes de Bleach son enteramente propiedad de Tite Kubo. Yo soy tan sólo una fanática loca que intenta emparejar por todos los medios a Ichigo y Rukia para su satisfacción.

*Editado: Domingo, 22 de diciembre, 2013.


-Compañeros de piso-

Capítulo X:

El hombre

Yo no puedo obligarte a nada… —explicó Nell ante su silencio— pero creo que otra parte de tu cuerpo ya ha respondido por ti —expresó divertida, observando su entrepierna. Ichigo se cubrió alarmado ¡Tenía razón! Lamentablemente, era un hombre, no un témpano de hielo. Carajo, el también tenía hormonas. Cualquier otro en su situación, estaría igual o en peores condiciones. Intentó recrear imágenes mentales desagradables para regresar a la normalidad, pero con una mujer del calibre de Nelliel Tu, en la misma habitación, desnuda y dispuesta a lo que él quisiera, le fue imposible. Ella le observaba con una sonrisa. Necesitaría una ducha fría muy, pero muy, fría si lograba salir de esa— No intentes reprimirte, cariño —murmuró paciente, luego le arrancó su camiseta. Él no protestó. La mujer de cabellos verdes besó su cuello, robándole un ronco suspiro.


Tomó conciencia de sí, a las siete de la mañana.

Ante sus ojos, se abrió un nuevo panorama. Una parte del mundo que desconocía completamente. Todas las películas se quedaban cortas ante la propia experiencia. Jamás imaginó que podría gustarle tanto el sexo. De haberlo sabido, lo hubiera intentado antes.

Su existencia adquirió un nuevo significado: ya no tenía ningún sentido llevar una vida de castidad.


Se observó un rato en el espejo, mientras esperaba que el agua caliente saliera de la regadera. Sí, sus ojos se veían cansados y debajo de ellos yacía una tenue sombra, que confirmaba el hecho de no haber dormido bien.

—Estúpido Ichigo… —musitó para sí.

Si el idiota no hubiera andado de putas o donde carajos se metió, ella estaría fresca como una lechuga.

Era la primera vez que lo hacía y (por su bien) debía ser la última. No podía seguir con el corazón en la mano, cada vez que a Ichigo se le antojara no llegar temprano a casa, ni tampoco era su madre para estarlo sermonearlo. De hecho, él ya estaba bastante crecidito para cuidarse solo. A los veinticinco años uno ya debía tener su propio concepto del bien y el mal. Negó con la cabeza. Mejor canalizaría toda la preocupación por el friki naranja para sí misma. Ya tenía bastantes problemas, como para ocuparse de otros que no le correspondían.

Ya buscaría una manera de vengarse de él.

Hizo su cama.

A Rukia le gustaba el orden y… ¿Y qué? ¿Ella estaría feliz? ¡Al demonio! Seguramente ella ya estaba feliz por andar tonteando con Renji. En un arranque de celos, furia (o como ustedes deseen llamarlo) jaló el edredón azul de su cama, una almohada salió volando por la habitación y tiró al suelo sus sábanas. Soltó un gruñido de irritación y descargó el resto de su energía pateando al jocoso conejo que ella cuidaba con tanto recelo. Una vez que se sintió satisfecho, recogió al maltratado peluche y lo regresó a su sitio original.

—Mucho mejor —expresó Ichigo con orgullo ante el desastre.

Luego del incidente con Renji, decidió que alistaría su ropa y se vestiría rápidamente dentro del baño, desde ese día en adelante. Ya no se arriesgaría a volver a pasar por algo similar. Sería muy estúpido caer con la misma piedra. El espejo, empañado por el vapor, le tentó a escribir unas palabras: «Rukia & Renji» y sonrió, sin poder evitarlo.

Antes de salir del cuarto del baño, acomodó un par de mechones de su cabello.


Rukia siempre duraba una eternidad en el baño. Y muchos podrían reclamarle ¿Y qué carajos te importa? Pues no, no le importaría si ella se duchara después que él. Es decir, por Dios ¡Solo se necesitaban cinco minutos para tomar una ducha! Por culpa de esa jodida enana, nunca podía llegar temprano a ningún lugar. Y eso, sin hablar del hecho de todo su cabello que se quedaba atorado en la coladera ¿Era posible perder tanto pelo? Odiaba, sí, odiaba de sobremanera las bolas de cabello y en especial, cuando éstas hacían contacto con las plantas de sus pies.

En el instante que iba a tumbar la puerta a golpes para apresurar a Rukia, ésta se abrió y quedaron frente a frente.

—Por fin… —farfulló el ojimiel con sorna, tratando de ocultar toda su perturbación.

La mujer de índigos ojos no se dignó en responder y solo se marchó.

Cuando Ichigo entró al baño, descubrió que el piso estaba mojado. Muy mojado. Trastabilló como un ciervo recién nacido y fue un milagro que no cayera y se partiera el rostro en mil pedazos.

La puta que la parió.


Parecía que un tornado había arrasado la habitación. Soltó un gruñido (sí, vivir con Ichigo Kurosaki afectaba y ya hasta hacía el mismo fastidioso quejido) y se preguntó si eso estaba así desde antes de que se duchara. Una orejita de Chappy colgaba tristemente. Intentó enderezarla, pero ésta se negó a permanecer erguida.

Sonaría muy estúpido que una mujer de veintiséis años llorara por un simple peluche. Sin embargo, ese era el único recuerdo que conservaba de su difunta hermana. Casi nadie sabía de ella. Es más, ni siquiera ella misma la recordaba. Hisana había fallecido cuando Rukia tenía la tierna edad de tres años, así que era muy difícil rememorar esos antiguos pasajes. Todo lo que quedaba de ella era un peluche. Un mísero peluche, que cuidaba casi como si fuera su propia hermana.

No la conoció bien, pero sentía un gran amor por su simple recuerdo.

Casi soltó un sollozo de impotencia.


Como a diferencia de otras (y sin decir nombres) —Rukia, Rukia, Rukia— él terminó en menos de diez minutos. Salió envuelto en una toalla, sujeta por la cintura y descalzo. No podía cambiarse dentro del baño, porque todo era un tiradero de agua y le molestaba que la ropa se mojara. Desde que usaba el cabello corto, ahorraba mucho champú. Se encontró a una Rukia pensativa, mirando por la ventana. Cuando por fin se dio cuenta de su presencia, se limitó a abandonar la habitación y ni siquiera reparó en que él estaba semi-desnudo.

¿Tan poca autoridad masculina ejercía sobre ella?

Tomó la primera camiseta que encontró en su cajón. El resto de las prendas también fueron elegidas al azar. No le importaba que no combinaran mientras estuvieran limpias. Aunque por lo general tenía suerte y sus elecciones no resultaban tan disparatadas. Ejemplo, en esa ocasión halló la playera con el dibujo de calavera que tanto le gustaba. Agradecía el hecho de ser hombre. Él podía estar listo en menos de quince minutos, lapso en el cual Rukia apenas llevaría la mitad de su ducha.

—¿Qué vamos a desayunar hoy? —inquirió Ichigo, rascando su cabeza.

—Cereal.

Ichigo arqueó una ceja.

—¿Cereal? —repitió incrédulo.

—Sí, cereal ¿No escuchas bien?

No entendía a Rukia, su comportamiento estaba muy extraño en esa mañana.

oOo

Era un domingo en la mañana. Las calles parecían desiertas. Seguramente, todos estarían disfrutando de las dulces mieles del fin de semana. Todos, menos aquel par de infelices. No era la primera vez compartían esa parte del trayecto, pero en esa ocasión era bastante incómoda la presencia del otro. Desde que terminaron con el improvisado desayuno, todo se había vuelto silencio. Caminaban a un medio metro de distancia, cada quien dentro de sus propios pensamientos. Cualquier persona que los viera hasta podría pensar que irían por separado.

—Deberíamos tener una mascota —soltó Rukia, de repente.

—¿Una mascota? —repitió estupefacto, deteniéndose en la mitad de la acera. Ella asintió— No jodas, apenas tenemos espacio para nosotros.

—No seas exagerado —respondió la ojiazul, poniéndose frente a él— Hanatarō, del cuatro, tiene un maltés (1). Nosotros podríamos tener algo más pequeño. Un conejo, por ejemplo.

—Ah, no —expresó con rapidez, cruzando los brazos. Después reanudó su andar— Ya sé de qué vas. Ni creas que no me he dado cuenta de tu jodido trauma. Yo no quiero que el departamento huela a mierda de conejo.

—Lo compraré de todas maneras —musitó con decisión, siguiéndole.

—Más te vale que no lo hagas —amenazó con el entrecejo fruncido— o lo aventaré por la ventana.

—Ojalá te den por el culo, Kurosaki.

Ichigo le miró muy sorprendido

¿Acaso estaba permitido que una mujer dijera eso?

Afortunadamente, esa era la última cuadra que caminarían juntos. Doblaron rápidamente la esquina y cada quien se perdió en su respectiva dirección, deseosos de no verse por un rato.


Sin más novedad, llegó a la agencia a las nueve menos un cuarto. Dondochakka, como siempre, se encontraba detrás de la recepción y llevaba una sencilla camisa, de un blanco casi inmaculado, con una corbata roja. Uno no tardaba mucho tiempo en darse cuenta que ese hombre era un adicto a la cafeína. Él no podía despegarse de la entrada, así que Ichigo era su mandadero y le llevaba su precioso líquido vital. No mentía al asegurar que tomaba —en una media— de siete a diez tazas de café diarias.

Lo saludó con un ademán y empezó a buscar algo en su escritorio.

—¿Hay algo que hacer? —inquirió escuetamente el peli-naranja.

Esa pregunta era decisiva cada mañana. Así podría saber si debía quedarse o si podría marcharse a casa.

—No, pero quizás seas de ayuda —Ichigo emitió un suspiro de cansancio, tendría que estar todo el domingo encerrado— ¿Ya desayunaste?

—Sí.

Recordó su gran plato de cereal en forma de mierda de conejo.

—Qué lástima —comentó, después de tomar un pequeño sorbo de café— Hace rato pasé por un restaurante de comida mexicana y compré unos burritos (2) —señaló y movió felizmente una bolsa de papel con un logo en forma de bigote. El movimiento fue tan busco, que tiró el contenido de su taza encima de sus pantalones— ¡Mierda!

—Buscaré algo para limpiar —se limitó a decir, prácticamente huyendo del lugar y dejando al pobre hombre retorciéndose.

Aún seguía sin comprender porque tenía que ir los domingos. Únicamente las chicas pasaban un rato al gimnasio de la agencia y luego se marchaban antes de la hora de comida. Él debía permanecer justo antes de la cena y no hacía prácticamente nada. Era desgastante solo estar viendo televisión y escuchar a Dondochakka quejarse de Pesche o al revés.

—Ichigo —le llamó lentamente Nell, apareciendo de pronto en su camino— ¿Podrías ayudarme a cargar unas cajas?

Él no respondió, pero la acompañó.

Esa era la primera vez que se veían desde que… bueno, ustedes ya saben… habían compartido la cama y no precisamente para dormir… En realidad, eso fue lo último que hicieron. Pensó que ella podría malinterpretarlo de otra manera (él tenía el concepto de que cuando alguien pasa por un contacto tan íntimo con otra persona, era porque la quería y eran pareja), pero aparentemente todo seguía igual entre ellos.

Cruzaron el largo pasillo que recorría todo el inmueble, hasta llegar al pequeño cuarto donde se guardaban las cosas de intendencia. Era un espacio muy reducido.

—Ven, aquí están —le ordenó la mujer de cabellos verdes, mientras encendía la luz. Ichigo obedeció y en el acto, Nelliel cerró la puerta. El peli-naranja no tardó mucho para comprender que esas cajas eran únicamente una excusa para estar a solas. Con un movimiento, digno de maestría, la montó encima de él.

Nell sonrió.

Ichigo aprendía con bastante rapidez.


Desde que Renji y Rukia se entendían, él pasaba mucho tiempo en su departamento (incluso, en ocasiones llegaba muy temprano para desayunar con ellos y luego cada quien se marchaba a su respectivo empleo). Sí, una verdadera patada en los cojones. Es decir, una cosa era hacerse el buen samaritano y ayudarlos, pero otra muy distinta era tener que soportarlos en su escaso tiempo libre, viendo como flirteaban en sus narices. Cuando no lo soportaba, mejor se marchaba a hacer ejercicio y dejarles solos. Tan dramática era la presencia del pelirrojo, que hasta tuvo tentado en pedirle parte del alquiler o intercambiar departamentos. De todas maneras, siempre estaba ahí.

Octubre pasó en suspiro.

El verano por fin había quedado completamente atrás.

El paisaje en la ciudad se tornó más maduro. Las alegres hojas de los árboles, poco a poco comenzaron a cambiar de color y la estridente calidez dio paso a la característica sobriedad del clima de otoño. Para las personas románticas, octubre era el mes de la luna.

El mes donde ella lucía todavía más hermosa.

Nuestra luna empezó a cimentar una gran amistad con Renji. Él era muy especial. Ciertamente, cada vez que estaban juntos se sentía muy feliz y tranquila. Todo lo contrario con el idiota de Ichigo. Su relación sufría altos y bajos (casi siempre bajos). Y como podrán adivinar, él continuó saliendo hasta muy noche, sabrá Dios a que parte y ella no podía más que intentar ignorarlo.

Aunque sabía perfectamente que no podía.

Nuestro sol siguió fiel a su maestra, Nelliel. No intentó ligar con otras chicas, sin importar que ya sintiera confianza en sí y pudiera conseguir más conquistas. Sin embargo, debía que confesar que en ocasiones le abrumaba su manera de ser. Aunque por lo general respetaba el hecho de que él no quisiera nada con ella y eso era lo más importante. Los dos estaban bien así. Sus encuentros eran pocos, pero constantes. Habían semanas en las que apenas se veían de esa forma y en otras en las cuales hasta usaban el trabajo como motel.

Superficialmente, sus sentimientos hacia Rukia estaban controlados.

Superficialmente.

Una lluviosa tarde de sábado, a principio de noviembre, se encontraban en el departamento, comiendo pizza. Renji y Rukia se localizaban en un mismo sofá, con sus eternas conversaciones sin sentido y riéndose como retrasados mentales. El ojimiel les observaba con irritación, echado en el sillón paralelo y devorando una rebanada. Acababa de salir de la agencia y tenía mucha hambre.

—Creo que ya estoy satisfecha —comentó Rukia, a la segunda rebanada.

Ichigo esbozó una sonrisa torcida.

—No te creo —musitó burlonamente— Anda, come bien. Hazlo de la misma manera que cuanto estás conmigo —ella se puso roja y le lanzó una mirada inquisitiva— Renji, te están engañando. Normalmente, ella sola se termina dos pizzas.

No era mentira.

Rukia, a pesar de tener un cuerpo muy pequeño, comía el equivalente a dos o a tres personas.

—¡Cabrón! —Exclamó la morena abochornada y pateándolo— E-eso no… no es cierto, Renji —explicó Rukia tartamudeando, causando la risa del pelirrojo.

—Siempre había tenido la sensación de que te reprimías —comentó Renji con una sonrisa— Verdad o no, no tienes porque quedarte siempre con hambre. Ichigo y yo somos unos cerdos, así que siéntete en confianza.

La ojiazul le dedicó una sonrisa de agradecimiento.

—Habla por ti mismo… ¡Yo no soy un cerdo! —gruñó Ichigo, lanzándole un cojín.

Renji y Rukia soltaron una carcajada.


Cuando se acabó la última rebanada de pizza, Ichigo comprendió que ya no tenía nada que hacer ahí. Tomó una sudadera azul que tenía en su habitación, se colocó el gorro para no mojarse con la lluvia y salió sin despedirse.

Un rato en la casa de Nell no le vendría nada mal.

—¿Salimos? —inquirió Nell, amoldándose a su amplio pecho, una vez que terminó todo el jaleo.

—Está lloviendo.

—Anda, vamos —insistió la mujer de ojos pardos, incorporándose.

—¿A dónde quieres ir? —murmuró cansinamente. Luego de un largo día de trabajo, las estupideces de Renji y Rukia y agregando una intensa jornada de jugueteos, salir al exterior no le causaba mucha gracia. Además, la lluvia no le simpatizaba.

—Una cafetería o un bar, decide.

Ichigo meditó las opciones por un minuto ¿Ir a un bar? Ventajas: Cerveza, mucha cerveza. Desventajas: odiaba el olor a tabaco, Nell podría obligarlo a bailar y al no estar libre el domingo, tendría que ir con resaca al trabajo.

Negó con la cabeza.

—Cafetería —gruñó como respuesta.

—¡Perfecto! Conozco una muy buena.

Nell le ayudó a vestirse y salieron de su departamento, a las ocho y media de la noche. Como no podía usar su auto, eligió una agradable cafetería que se localizaba a cinco manzanas de su edificio. Tomó una sombrilla, pues todavía persistía una fina capa de lluvia. Ichigo parecía malhumorado, así que no intentó acercarse a él.

Cuando por fin llegaron, encontraron un local casi vacío.

Ichigo se sintió fuera de lugar.

No había punto de comparación con el pequeño local que frecuentaba en su barrio y esa cafetería. Una vitrina le atravesaba por lo largo, mostrando toda clase de deliciosos pastelillos (la perdición para cualquier mujer a dieta).

—¿Qué vas a pedir tú? —musitó Nell, con mirada fija en el menú, mientras el mesero esperaba.

—Un expreso —respondió rápidamente.

—Un expreso y un mocachino, por favor.

El chico se marchó y de nuevo se quedaron solos.

Era extraño cuando no tenían un orgasmo de por medio. Aparentemente, no poseían más cosas en común que trabajar juntos y ser amantes ocasionales. Ella trató sacar algún tema de conversación, pero él estaba enfrascado en la nada. No se sintió herida, al contrario, se permitió verle con detalle. Como siempre, llevaba ropa muy sencilla: una sudadera azul, que le otorgaba cierta visibilidad a una playera blanca y unos vaqueros desteñidos. Su imagen podría ser desgarbada, pero era esa sencillez lo que le cautivaba.

De pronto, se preguntó cómo sería tener una relación en serio con él.

El mismo mesero regresó con su pedido y ella le agradeció con una pequeña sonrisa, que bastó para embobarlo. Sus alcances en los hombres eran grandes y lo sabía… Aunque, en ese momento, no deseaba conquistar a otro hombre que no fuera Ichigo Kurosaki.

—¿Tengo algo en el rostro? —inquirió el peli-naranja, tocando su nariz.

Ella esbozó una gran sonrisa.

—No, nada.

Permanecieron en silencio, tomando sus respectivas bebidas. La lluvia sirvió como fondo. Todo transcurría con tranquilidad, hasta que la última persona en el mundo que hubiera deseado que lo hiciera, entró a la cafetería. Ahora parecía más guapo, pero de igual manera, más arrogante. No le veía desde que terminaron, el año pasado. Iba vestido con una chamarra de cuero azul, un suéter naranja, unos vaqueros ceñidos, botas a la militar y una bufanda ligera. También llevaba gafas, aunque sabía perfectamente que no las necesitaba. No reparó en ella, afortunadamente, pero lo haría tarde o temprano. Rápidamente, se acercó a Ichigo y empezó a besarlo sin parar. Ese idiota debía saber que estaba bien sin él y que ya había encontrado a otro chico, que la amaba mucho…

—¿Q-qué haces? —inquirió Ichigo, entrecortado por sus besos.

—Calla y finge que me quieres mucho —musitó suplicante, contra sus labios.

Esas palabras calaron en su mente. Entonces, se dio cuenta que ella no despegaba su mirada del hombre que apenas había entrado. Era un tío de complexión atlética y cabello color azul que llevaba corto y erizado.

—¿Es por él —señaló al hombre con la cabeza— cierto?

—¡No voltees! —cuchicheó alterada.

—¿Quién es?

—Mi ex-novio, ¿feliz?

Él asintió.

—¿Acaso no es… —dejó la frase al aire, pero continuó tras unos segundos— Grimmjow, el actor?

Lo recordaba de varias películas.

—Lo conocí antes de que se hiciera famoso… —explicó, encogiéndose de brazos.

—Viene para acá.

Mierda.

—Hola Nell —saludó a la chica, ignorando completamente a su compañero.

—Hola —respondió secamente.

—¿Por eso me cambiaste, cariño? —Inquirió con una sonrisa burlona— Anda, no me hagas reír. Todavía tengo el mismo número, marcarme cuando quieras estar con un verdadero hombre.

Ichigo se levantó rápidamente con toda la intención de golpearlo, pero Nell le detuvo.

—Él es mucho mejor que tú, en todos los aspectos —aseguró divertida.

Su rostro enrojeció.

—Qué bien que lo disfrutes, porque conmigo jamás tendrás nada. Estás engordando demasiado —Nell quiso patearlo, pero Ichigo fue la que la detuvo esta vez— Hey tú —llamó la atención del ojimiel— Cuidado cuando esta puta te la chupe, a veces se le va la mano y muerde muy fuerte.

Ichigo no soportó más y le asestó un puñetazo en la mandíbula. Riñeron buen rato, hasta que los meseros les separaron y les pidieran que abandonaran el lugar. Grimmjow, así se llamaba ese hijo de puta que no sabía respetar a las mujeres. Le ganaba por cinco centímetros (3), pero eso no impidió dejarle un ojo morado. Por su parte, él le reventó el labio.

—¿Te duele mucho? —le preguntó Nell preocupada, ya en su casa. Ella limpiaba su herida con un pequeño pañuelo y tenía listo el hielo para evitar que se inflamara más.

Ichigo soltó un quejido por el contacto.

—No tanto como a él —respondió orgulloso.

Técnicamente, él había ganado por tener menos daños.

—Gracias, Ichigo —le musitó Nell al oído. Él le dedicó una pequeña sonrisa. Entonces sucedió algo curioso: ella depositó un suave beso en la comisura de sus labios. Luego de casi dos meses de flirteo, ese era el primer beso sin calentura de por medio.

Él se volteó sonrojado.

Era demasiado sencillo, enamorarse de Ichigo Kurosaki.


Notas:

(1) Por su pequeño tamaño y su carácter tranquilo, es una raza ideal para vivir en departamentos o casas pequeñas. No suele ser muy inquieto, y puede pasar mucho tiempo en reposo, acostado o durmiendo. Aunque también es un amante de la naturaleza, y disfruta de salir a pasear o de jugar al aire libre.

(2) Consiste en una tortilla de harina de trigo enrollada en una forma cilíndrica en la que se rodea completamente un relleno.

(3) Grimmjow mide 1.86 metros, si no me falla la memoria.