Capítulo 6: Miedo a ser madre

La Isla del Tiempo, una mañana tras una noche tormentosa. El mar había traído a la playa los restos de un barco naufragado la noche anterior durante la tormenta y varios cadáveres se acumulaban sobre la arena.

Yo observaba a mis soldados inspeccionar los restos del barco en busca de algún superviviente. Pero todos a los que encontraban habían muerto ahogados durante el naufragio.

A mis espaldas, un niño de uno años salió de un bote salvavidas que aún no se había revisado. En sus brazos llevaba un bebé, su hermano, de apenas unos meses de vida. Eran los únicos supervivientes.

Inconsciente de a lo que se enfrentaba, el pequeño se acercó a mí y tiró suavemente de mi vestido para llamar mi atención.

D-Disculpad … - Me giré y el pequeño retrocedió tímidamente. – T-Tengo frío, mis padres han muerto y tengo mucho miedo …

¿Qué llevas en tus brazos, niño?

M-Mi hermano … Por favor, ayudadnos …

¿Ayudaros? – Sonreí, pero no aquella no era una sonrisa de cordialidad, sino de maldad. - ¡Por supuesto!

Al instante, el chico se vio rodeado de soldados y dos de mis hombres le inmovilizaron. No comprendía nada. Asustado, se retorcía para proteger a su hermano.

¡No! ¡¿Qué hacéis?! ¡Dejadme! – Sin mostrar compasión, le arrebaté el pequeño bebé de sus manos. - ¡No!

¿Qué pasa, pequeño? ¿Tienes miedo? – Sonreí.

¡Por favor no le hagáis nada!

Oh, tranquilo. No seré yo quien le haga daño … - En aquel momento, unas de mis bestias explosivas aparecieron a mis espaldas. El pequeño me miró horrorizado. – Mis mascotas necesitan comer, ¿sabes?

No … ¡No! ¡Por favor!

Dile adiós a tu hermanito, asqueroso humano. – Y sin dudarlo un instante, lancé al bebe a los pies de mis fieras bestias, que no tardaron en abalanzarse sobre la pobre criatura y devorar hasta sus huesos. El pequeño cayó de rodillas, llorando y traumatizado por lo que había visto. – Oh … ¿Estás triste?

Le habéis matado … - El pequeño no se atrevía a mirarme, llorando.

Lo siento. – Mentí, sonriendo. – Quizás quieras … ¿Unirte a él?

¡¿Qué?!

Y entre gritos, mis soldados lo empujaron hacia las bestias, que hicieron con él lo mismo que con el bebé. Observé impasible mientras el niño trataba de forcejear en vano con mis mascotas, gritando desesperadamente al tiempo que lo devoraban, su sangre fluyendo lentamente hasta llegar al mar.

Estas son mis leyes. Ningún humano que pise esta Isla deberá continuar con vida. Todo aquel que venga aquí será cruelmente torturado y ejecutado. – Miré a mis soldados. - ¿He hablado claro?

Sí, Emperatriz.

Bien.

Emperatriz, ¿qué hacemos con los cuerpos?

Dejádselos a los cuervos. Ellos se encargarán.

Y mientras mis soldados se libraban de los cadáveres, regresé a mi Castillo. Tenía una extraña y nueva sensación recorriéndome el cuerpo. Aquella era la primera vez que asesinaba a un niño. Mis manos se acababan de manchar de una sangre que jamás podría eliminar.

Abrí los ojos y desperté de aquella horrible pesadilla. Estaba sudando, acelerada. Mi corazón parecía estallar. Respiré profundamente tratando de calmarme.

Por todos los Dioses … Menuda pesadilla …

Miré a Cyrus, que estaba profundamente dormido y parecía estar soñando con su padre, murmurando cosas dormido. Quise tragar saliva, pero tenía la boca seca. Así que me levanté a por un vaso de agua. Me acerqué hasta una mesita donde teníamos una jarra de agua y varios vasos. Me serví uno y bebí. Regresé a la cama, pero no podía quitarme ese sueño de la cabeza. Por más que quise, no logré pegar ojo.

A la mañana siguiente, cuando desperté, Cyrus ya se había ido. Me sorprendió puesto que normalmente me tenía que levantar antes que él para acudir al Templo. Tenía un dolor de cabeza colosal. Había estado pensando en esa pesadilla toda la noche y apenas había conseguido dormir. Me negaba a salir de la cama. Estaba tan agotada que volví a dormirme.

Unos minutos más tarde, Asha y Leyla entraron para limpiar la habitación, como todas las mañanas. La joven recién llegada estaba aprendiendo sus deberes tan rápido como podía, siempre que su estado de salud se lo permitiese. Sin embargo, no esperaban verme aún en la cama, profundamente dormida, enredada en las sábanas, descolocadas tras otra noche de pasión y lujuria, y abrazada a las almohadas.

Uh … Asha. – La llamó Leyla en voz baja, señalándome. – Aún está dormida.

¿Tan tarde? Pero si tenía que acudir al Templo. – Asha se aproximó a la cama y me sacudió levemente. - ¿Kaileena? Despertad …

¿Qué? – Abrí los ojos, bostezando. – Asha, es muy temprano. Dejadme dormir y limpiad más tarde.

¿Temprano? Pero si ya es medio día …

¡¿Qué?! – Me incorporé de golpe. - ¡¿Es una broma?!

No. – Asha abrió las cortinas y vi que tenía razón. El Sol estaba ya en lo alto del horizonte.

¡Por todos los Dioses! ¡Me he quedado dormida!

Salté de la cama y corrí a vestirme. No tenía tiempo que perder. Salí corriendo de mis aposentos y me apresuré a llegar al Templo. Los Sacerdotes estaban en la sala de descanso tomando té. Cuando entré, todos me miraron.

¡Vaya! Mirad quién decide aparecer. – Dijo uno de los Sacerdotes, sonriendo.

Ya pensábamos que no ibais a venir, Kaileena. – Me dijo Hassan mientras me sentaba junto a ellos. - ¿Qué ha pasado?

Me he quedado dormida.

Ah … ya … - Dijeron todos a la vez.

¿Qué? – No comprendía a qué venía semejante expresión. – Apenas dormí anoche.

Lo sabemos. – Me dijo Hassan, conteniendo la risa, al igual que los demás.

¿A qué vienen esas risas?

Oh, vamos Kaileena. No os hagáis la inocente.

¿Inocente? ¿De qué estáis hablando?

Todos sabemos que anoche estuvisteis muy "ocupada". – Hassan se rió.

¿Ocup …? – Inconscientemente, me sonrojé. - ¿C…Cómo sabéis …?

Bueno, quizás deberíais bajar un poco el volumen … - Dijo otro Sacerdote, sonriendo. – Pero no pasa nada. Sabemos por qué lo hacéis.

¿Eh? ¿Cómo? ¿Qué …? – No comprendía nada de nada.

¿Cuándo sucederá el milagro? – Me preguntó Hassan. – Estamos todos ansiosos.

¿Milagro? ¿Qué milagro? – Ya comenzaban a asustarme, de verdad …

Bueno, ya sabéis … Lo que hacéis con el Príncipe tendrá que dar algún fruto tarde o temprano … - Incliné la cabeza, aún sin comprender qué querían decir. Hassan suspiró. - ¿Para cuándo el bebé?

¡¿BEBÉ?! Oooh no, no, no, no … - Me reí, muy nerviosa. – No va a haber ningún bebé.

¿Qué? – Los Sacerdotes parecían confusos. – Kaileena … Pero el Príncipe y vos …

¡Lo hacemos por puro placer! No hay ningún bebé en camino … - Cada vez estaba más nerviosa.

Pero debéis concebir un hijo, por lo menos. Necesitáis heredero que prolongue la estirpe de la Familia Real.

No hay ningún bebé en camino. – Repetí muy seria. – Y no lo habrá. No quiero tener hijos.

Pero el Príncipe …

¡Me da igual lo que Cyrus quiera! Esto es algo a lo que no estoy dispuesta a ceder. ¡No voy a tener ningún hijo! – Me levanté, indignada y caminé hacia la puerta. - ¡Adiós!

Se hizo el silencio en la sala. Los sacerdotes miraban hacia la puerta muy callados, pero se mostraban indiferentes a mi enfado.

Dadle tiempo. Las señales son claras. La Diosa Anahita ha enviado una señal, y cada vez que la Diosa de la Fertilidad manda una señal, alguna mujer de la Familia Real se queda embarazada. Es sólo cuestión de tiempo …

Decidí hacer algunas de mis tareas antes de marcharme. No estaba de humor. La insistencia de los Sacerdotes me había sacado de mis casillas. ¿Quiénes se creían ellos que eran para decirme aquello? Estaba totalmente irritada.

Justo cuando me iba, me fijé en que las velas de la Diosa Anahita estaban apagadas.

Qué extraño … Juraría que hace un momento estaban todas encendidas.

Me acerqué a otro altar y cogí una vela para encenderlas. Mientras lo hacía, miré a la estatua y un escalofrío me recorrió la espalda, pues parecía tener sus ojos posados en mí.

Voy a perder la cabeza …

Me giré para dejar la vela donde estaba cuando, a mis espaldas, el espíritu de la Diosa brotó de la estatua, sonriendo. Sin que yo me diera cuenta, se aproximó a mí y me rozó el hombro con la mano. Cuando me di la vuelta al sentir que alguien me rozaba, se desvaneció y no vi a nadie. Miré a mi alrededor, confusa.

Definitivamente … Todo este asunto me va a volver loca.

Me marché de vuelta a Palacio. En aquel momento sólo quería tumbarme en la cama y olvidarme de todo el asunto de ser madre.

Sin embargo, en el Mundo de los Dioses, sus planes eran otro. Básicamente, consistían en hacer justo lo contrario a lo que yo deseaba. Técnicamente, al ser yo un ser divino, concebir un bebé con un mortal era algo imposible. Pero claro, a los Dioses que pueden modificar las cosas les encanta trastear en los asuntos donde no les llaman, y habían acordado entre todos darle un empujoncito a mi relación con Cyrus sin que yo les pidiera nada.

Todos los Dioses esperaban el regreso de Anahita en la Sala de Reuniones. Cuando volvió, tenía una sonrisa triunfante dibujada en el rostro.

¿Y bien? – Preguntó Ormazd. - ¿Lo has conseguido?

Sí. Un simple roce y Kaileena ha recibido mi bendición. La próxima vez que Cyrus y ella yazcan, quedará embarazada.

¡Bien! – Aplaudieron los demás.

Buen trabajo, Anahita. – Le dijo Ormazd. – Kaileena pronto sabrá lo que es ser madre.

Encantador, ¿verdad? Ser madre era lo último que deseaba, y mandan a Anahita a que me bendijera con fertilidad. Y no es una bendición cualquiera. Cuando Anahija bendice a una mujer para tener un hijo, es cien por cien seguro que lo concebirá en el siguiente intento. Estaba condenada …

Cuando llegué a mis aposentos, Cyrus ya había regresado de su sesión de entrenamiento y se acababa de bañar. Sería cosa del destino, o manipulación de los Dioses. Pero al pobre Cyrus se le ocurrió que aquel momento sería adecuado para tener aquella charla que Malik le aconsejó que tuviera conmigo.

Hola Kaileena. – Me besó en la frente. - ¿Cómo estás hoy? Has vuelto muy pronto del Templo.

Los Sacerdotes me han estado lavando el cerebro … - Le dije, bastante irritada. – Están empeñados en que tenemos que tener un hijo pronto, sí o sí.

De eso precisamente quería hablarte … - Me dijo, mostrándose inseguro.

Oh, ¿tú también? – Me acerqué a un escritorio a dejar unos papeles, dándole la espalda.- No sé por qué estáis todos tan empeñados. Ambos sabemos que no vamos a tener un hijo.

Pero … Yo sí quiero tener uno …

¿Qué? – Le miré. – Cyrus … No te ofendas, pero los dos sabemos que tú no puedes tener hijos.

Espera … Eso es un golpe muy bajo. ¡Y aún no sabemos si podré tenerlos o no!

¿Tú me has visto vomitando y actuando de un modo extraño? No. Seamos realistas. No puedes concebir un hijo, yo no quiero hijos y podemos disfrutar de nuestro matrimonio sin temores. – Sonreí.

Disfrutaría más si tuviésemos un hijo juntos … - Cyrus me habló en un tono muy serio. Estaba claro que lo que había dicho le había molestado.

Cyrus, no vamos a tener ningún hijo. – Respondí en el mismo tono que él había empleado.

Te quedarás embarazada tarde o temprano. Lo hacemos todas las noches …

Pues ya no lo haremos.

¡¿Qué?!

Lo que oyes.

¡Ja! – Cyrus se lo tomaba a broma. - ¿Me estás diciendo que renuncias al sexo de por vida?

Puedo vivir sin él.

Estás de broma …

Hablo muy en serio. A partir de este momento, no volveremos a hacerlo jamás.

Sin decir nada más, me marché dando un portazo. Je, seguro que en el Mundo de los Dioses, mis compañeros se dieron cabezazos contra las paredes. Había echado a perder todos sus planes.

Cyrus se quedó de piedra. Jamás pensó que le daría aquella contestación. Aquello iba a ser una tortura para él. No es por ser presumida, pero no todas las mujeres tienen un cuerpo como el mío. Para algo soy una Diosa.

Pasó una semana y Cyrus no logró tocarme. Seguía en mis trece y no estaba dispuesta a ceder. Comenzaba a desesperarse viendo que iba en serio y decidió acudir a Farah, quien, en el momento en que él decidió ir a visitarla, estaba charlando en sus aposentos con Arsalan.

La relación que guardaban era mucho mejor que antes. Arsalan conocía los motivos por los que Farah estaba tan irritada, y el ofrecerse a escucharla y darle entretenimiento les había ayudado a llevarse mucho mejor, hasta el punto de que Arsalan pasó a ser íntimo amigo de Farah, llegando ésta a contarle cosas que ni siquiera le había contado a Malik … Cosas realmente íntimas.

¿En serio? – Arsalan se reía. – Me estás tomando el pelo.

Te lo digo muy en serio, de verdad. – Farah también se reía.

Tú no pareces la típica mujer a la que le guste eso.

Me llama la atención, aunque no sé si sería capaz de hacerlo.

Podrías pedírselo a Malik …

Se hizo el silencio entre ambos, seguido de una oleada de carcajadas. Entonces, Cyrus llamó a la puerta. Farah se levantó y le abrió.

¡Hola Cyrus! Pasa.

¡Vaya! – Cyrus se sorprendió al verles juntos de tan buen humor. – Estáis juntos y no os estáis dando tortas. ¿A qué se debe?

Oh, Arsalan me ha demostrado que sabe ser todo un caballero y muy buen amigo. – Le explicó ella, sentándose junto a Arsalan en el borde de la cama. – Es muy simpático.

Sí, cuando quiero puedo ser el hombre perfecto.

Para ser el hombre perfecto tendrías que peinarte.

¡Bah! Admite que así estoy de muerte.

Te lo tienes muy creído …

Cualquiera que os escuche y no sepa que sois cuñados pensaría que estáis enamorados el uno del otro … - Les dijo Cyrus.

¡No seas ridículo! Yo jamás tocaría a la esposa de ninguno de mis hermanos.

¿Ah no? – Cyrus levantó una ceja. - ¿Y cuando casi me arrebataste a Kaileena?

Hombre, aquello iba de broma … Tratábamos de ponerte celoso.

Bueno, ya basta. – Farah miró a Cyrus. - ¿Qué te trae por aquí?

Pues … - Cyrus cogió una silla y se sentó. – Lo cierto es que necesito consejo …

¿Qué ha pasado? – Se preocupó Farah.

¿Has discutido con Kaileena?

Sí … Y no … - Cyrus suspiró. – Veréis, tuve una charla con Malik sobre … En fin … Ya sabéis …

No, no sabemos. – Arsalan le miraba muy confuso, al igual que Farah.

Vosotros ya sabéis lo que ocurrió cuando él y yo nos enfrentamos a Saman …

¡Ah! Sí, eso … Vale. – Farah no tardó en captar el mensaje. - ¿Y qué ocurre?

Bueno, Kaileena y yo ya llevamos un par de meses casados … Y …

¡No digas más! ¡Hay un mini Cyrus en camino! – Arsalan se levantó, sonriendo. – O una mini Kaileena, ya se verá.

Lo cierto es que es justo lo contrario …

¿Aún no se ha quedado Kaileena embarazada? – Le preguntó Farah, inclinando la cabeza.

No …

Oh, bueno Cyrus, esas cosas llevan tiempo. – Le dijo ella.

Sí, además, mientras ocurre o no ocurre el milagro … ¡Podéis disfrutar el uno del otro!

Es que Kaileena ya no quiere hacerlo más …

¡¿Qué!? – Exclamaron ambos.

Malik me sugirió que hablase con ella, pero al parecer en el Templo los Sacerdotes le han estado hablando sobre tener un hijo y … ¡Dice que no quiere tener ningún hijo conmigo!

Oh … - Farah descendió la mirada, recordando sus largas charlas conmigo sobre ese tema.

¿Kaileena ha renunciado al sexo? ¡¿En serio?!

Muy en serio. Está irritadísima. Ya lleva una semana que no me deja ni tocarla. ¡No sé qué hacer!

Cyrus, Kaileena está asustada. –Explicó Farah. - No se siente preparada para dar ese paso.

Sí, dale tiempo. No podrá resistirse para siempre.

¿Vosotros creéis …?

Arsalan tiene razón. Es una mujer y las mujeres también tenemos nuestras necesidades. Tarde o temprano acabará cediendo. Dale unos días para que ponga en orden sus ideas.

Sí, ya verás como una noche, sin previo aviso, se te lanza encima pidiendo que la hagas tuya.

Arsalan, has estado con demasiadas cortesanas. – Le dijo Farah. – Ten paciencia, Cyrus.

Está bien … Gracias.

Cyrus no estaba seguro de que aquello fuera a funcionar, pero no tenía más opciones. Esperó, pero los días pasaron y yo seguía sin dejar que se me acercase. Tal era su desesperación, que decidió recurrir a los había visto a Cyrus rezar, y mucho menos ir a un Templo a pedir consejo a los Dioses.

Así pues, una mañana en la que la estación veraniega nos acosaba con una de esas olas de calor que nadie es capaz de soportar, decidió ir al Templo. Lo cierto es que allí la temperatura era algo más agradable. Era un edificio grande y con poca gente. Pero, aún así, hacía calor. Mucho calor.

La sala principal estaba vacía. Los Sacerdotes habían ido a refrescarse un poco y yo me encontraba en la biblioteca del Templo, traduciendo unos textos antiguos. Cyrus entró y se acercó a la estatua de Ormazd. La observó con tristeza, sin saber qué hacer realmente, pues nunca había pedido ayuda a los Dioses.

Ormazd … - Cyrus miró al suelo y suspiró. – Sé que seguramente esto sea una pérdida de tiempo, pero no sé a quién más acudir. Deseo tener un hijo con Kaileena, pero ella se niega. ¿Qué debo hacer? Lo he probado todo … - Le temblaba la voz, estaba realmente desesperado. - ¿Acaso debo seguir intentándolo o debería tirar la toalla? Necesito una señal …

Y en aquel preciso instante …

Vaya … Hola, Cyrus.

Cuando Cyrus se giró, me vio acercarme hasta donde estaba él. Debo admitir que estaba un poco pálido. Me arrodillé a los pies de la estatua para encender unas cuantas velas. Mientras tanto, él no me quitaba los ojos de encima.

Señal recibida … - Murmuró y, acto seguido, se arrodilló a mi lado. - ¿Qué haces?

Encender unas velas. El Templo está muy oscuro.

¿No estás cansada? – Cyrus colocó sus manos sobre mis hombros y comenzó a masajearlos lentamente.

Cyrus, ¿qué haces …?

Deberías parar un rato y descansar … - Descendió una de sus manos por mi espalda y la introdujo bajo mi vestido.

¡Cyrus! Saca la mano de ahí ahora mismo. – Pero él no me hizo ni caso. No sé si sería el calor, el hecho de que llevaba casi un mes sin hacer el amor o el que nos pudieran descubrir, pero lo cierto es que me estaba encendiendo … - Para …

Pero si esto te gusta … - Para aumentar mi tortura, comenzó a besarme el cuello, arrancando leves suspiros de mi garganta. – No lo niegues.

Cyrus, ya te he dicho que yo no … - Cyrus movió su mano bajo mi vestido, encendiéndome aún más. – Aaah … - Fui incapaz de resistirme. – Cyrus …

Ven aquí. – De un movimiento, me dejó sobre el suelo y comenzó a besarme, abriéndose paso entre las telas de mi vestido.

Cyrus, no … Aquí nos pueden ver.

Pues vayamos a otro sitio. – Continuó besándome el cuello.

Apartándole de mí, me levanté y le conduje a la sala de descanso del Templo. Allí no había nadie. Entramos, cerré la puerta con llave y Cyrus me tomó en sus brazos. Me senté en el borde de una mesa y le rodeé con las piernas, atrayéndole más a mí. Él besaba mi cuerpo, acariciando con sus manos mis muslos, llevándome a mi perdición. Pero, de pronto, alguien llamó a la puerta.

Espera, espera. – Le susurré, apartándole de mí. Entonces, pude oír unas voces al otro lado de la puerta. - ¡Los Sacerdotes!

Pues hagamos como que no estamos. – Cyrus trató de continuar besándome, pero no se lo permití.

¡¿Estás loco?! Si nos encuentran haciendo el amor aquí nos meteremos en un buen lío.

¿Kaileena? – Uno de los Sacerdotes me llamó. - ¿Estáis ahí?

Uhm … ¡Sí! ¡Un momento! – Miré a Cyrus. - ¡Tienes que irte!

¡¿Y cómo quieres que salga?!

¡La ventana, corre! – Le dije, empujándole.

Vale, vale. – Cyrus saltó y se colgó del saliente. – Reúnete conmigo en nuestros aposentos.

Está bien, ahora vete.

Cyrus saltó y se marchó de allí. Tan rápido como pude, me recoloqué el vestido un poco, respiré profundo y abrí la puerta, tratando de ocultar mi más que evidente excitación.

¡Hola! – Dije, muy nerviosa. Mis mejillas estaban sonrojadas y estaba sudando. – Hace calor hoy, ¿eh?

Sí … - Respondió Hassan, confuso. - ¿Qué hacíais ahí dentro?

Oh, nada. Sólo descansar. Es una sala de descanso al fin y al cabo. – Me reí muy nerviosa. – Bueno … Creo que voy a marcharme … - Dije, alejándome poco a poco. - ¡Adiós!

Los Sacerdotes se quedaron mirándome, atónitos. Sabían que había algo raro en mí. Pero no sabían exactamente el qué.

Me apresuré a llegar a mis aposentos. Mi cuerpo ardía y necesitaba encontrarme con Cyrus de una vez por todas. Abrí la puerta y, nada más entrar, Cyrus la cerró de golpe y me empujó contra la cama. Nos despojamos de nuestras ropas lanzándolas al aire e hicimos el amor como nunca. Todo el Palacio nos escuchó, y es que cuando Cyrus se pone manos a la obra no hay manera de hacerme callar.

Caímos exhaustos sobre la cama, jadeando después de la dura sesión de "ejercicio" que habíamos tenido. Estaba embriagada de placer, totalmente incapaz de sentirme enfadada o irritada.

Vaya, Cyrus … Eso ha sido … ¡Sublime!

Sí. – Respondió él, tratando de recuperar el aliento. – La verdad es que ha sido increíble.

De las mejores veces …

Abracé a Cyrus y le besé en la mejilla, sonriendo. Comenzamos a besarnos, ya más relajados y nos pasamos el resto del día allí escondidos, con las cortinas evitando que la luz penetrase en nuestros aposentos. Poco sabía yo que aquel dulce momento de felicidad había sido un tremendo error que comenzaría a pagar muy pronto …