Nota: Esta historia es la continuación de nuestro fanfic "Donde Todo Empieza". Si bien no es del todo imprescindible leer la primera parte, si es harto recomendable para comprender ciertas partes de la historia y situaciones. Si no deseáis hacerlo, adelante. Tened siempre en cuenta que el hilo argumental gira entorno a los Santos Dorados: nada más, nada menos. El fic transcurre tiempo después de la batalla contra Hades, y este primer capítulo esta dividido en dos partes debido a su extensión. ¡Disfrutadlo!

Sociedad de Malvadas.

DONDE TODO EMPIEZA: RENACER

Capítulo 1: El primer aliento. Parte 1

Sus ojos se abrieron de par en par y, movidos por una voluntad desconocida, sus pulmones suplicaron por aire. Abrió los labios, y ahogó un quejido cuando el preciado oxigeno inflamó su pecho con dedos de hielo. Tardó unos largos segundos en acostumbrarse al acelerado vaivén de su pecho: sentía su corazón latiendo tan fuerte, que dolía, y sus ojos… cerrados durante mucho tiempo, se negaban a otorgarle la nitidez que buscaba.

Estaba asustado, pero por sobre todas las cosas, se sentía agotado. No importaba cuan nervioso le pusiera aquella creciente sensación de pánico que recorría con brío sus venas: no se sentía con fuerza para moverse.

Cerró sus ojos esmeralda una vez más, y respiró hondo. Esta vez no fue doloroso, ni apresurado… se permitió que la multitud de olores que invadían el lugar llenaran sus fosas nasales, y entonces… comenzó a recordar. Reconocía aquella fragancia a limpio que entremezclaba el fuerte aroma del alcohol puro con el perfume de las flores que siempre, sin excepción, habían adornado cada una de las habitaciones del peculiar templo.

Pestañeó, y casi con miedo a confirmar sus sospechas, sus ojos se pasearon por la estancia. Había estado allí antes. O al menos, en una habitación exactamente igual a aquella. No era grande, pero si espaciosa: solamente una cama, una mesilla y un viejo sofá la ocupaban. El mármol blanco resplandecía en las paredes, como si hubiera sido recién pulido… olvidándose de los siglos que llevaba allí colocado; sin embargo, el tiempo no había sido tan benévolo con el desgastado granito gris del suelo.

"La Fuente de Athena." Pensó.

Arrugó el ceño casi sin querer, y con cuidado, se incorporó hasta quedar sentado. Apartó la suave sábana que cubría su piel, y echó las piernas a un lado. Únicamente un pantalón de lino se ceñía a ellas. Se miró las manos, ensimismado, descubriendo el origen de aquel molesto pitido que le confirmaba que, de alguna manera que no alcanzaba a comprender… estaba vivo. Estaba de vuelta.

Otra vez.

Se arrancó el pulsímetro del dedo índice sin demasiados miramientos, y tal y como siempre había hecho cuando se sentía ligeramente nervioso… se sopló el flequillo. Se animó a ponerse en pie, sorprendiéndose de la debilidad que parecían mostrar sus piernas, y viéndose obligado a buscar el apoyo de la cama y la pared. Caminó a tientas, con pasos torpes, hasta el diminuto aseo, y una vez dentro… buscó su reflejo.

Era él. En verdad lo era. Se perdió en el brillo de sus propios ojos, percatándose de la palidez fantasmal de su piel y de las sombras oscuras que los enmarcaban. Se pasó los dedos sobre su enmarañada melena, colocando uno de sus larguísimos mechones tras la oreja, y se humedeció los labios resecos. No había rastro alguno del escarlata en sus iris, y su pelo lucía tan azul como lo hacía en los lejanos recuerdos de su infancia. Casi respiró aliviado.

Observó su torso con especial atención, encontrando cicatrices que no recordaba haber tenido la última vez. Pero…

¿Cuándo había sido la última vez?

Pasó sus dedos con cuidado sobre aquella fina línea blanquecina que cruzaba su abdomen, y se estremeció. ¿Había sido entonces? Frunció el ceño, intentando rememorar todo lo que había sucedido. Sin embargo, el aluvión de recuerdos inundó su mente sin ninguna consideración. Se sintió aturdido, mareado… y, con miedo a caer, se aferró con fuerza a la débil seguridad que le prodigaba el lavabo.

¿Cuándo se había visto por última vez? ¿El día en que decidió ponerle punto y final a su miserable vida? ¿El día en que empuñó Nikè con la única y desesperada intención de espantar a su pesadilla? Tragó saliva. Probablemente si, estaba casi seguro de que aquella había sido la última ocasión en que se contempló con vida frente a un espejo; a pesar de que tiempo después volviera a levantarse de entre los muertos.

Se estremeció, y sus ojos ardieron bajo las lágrimas que los humedecieron sin previo aviso.

Cada segundo vivido en aquellas doce horas, parecía marcado a fuego en su piel: como si no hubiera pasado un solo minuto desde entonces. Casi podía sentir el calor abrasador del aire durante la Exclamación de Athena. Aún sentía el frío del sapuri sobre su piel helada. Recordaba aquella guerra infinitamente mejor de lo que recordaba veintiocho años de su vida.

No es que hubiera nada que mereciera la pena recordar, de todos modos.

Respiró hondo un par de veces, y pestañeó tan rápido como pudo, con tal de eliminar aquellas lágrimas que no tenía la menor idea de donde venían. Había muerto en su día… se había ido siendo un traidor y había retornado de igual modo. Lo había aceptado aún antes de que sucediera. Aquellas manos que contemplaba carecían de las marcas que su piel lucía aquí y allá… y pese a ello, podía sentir la sangre que las bañaba. No le gustaban las cicatrices, nunca lo habían hecho… pero ahora que las contemplaba, encontraba en ellas un recordatorio permanente de quién era y lo que había hecho. ¡Cómo si alguna vez fuera capaz de olvidarlo!

Abrió el grifo y colocó sus manos bajo el agua helada hasta que sus dedos se entumecieron. Le dio un largo trago y se mojó la cara un par de veces, en un inútil intento por despertar de aquella trágica pesadilla en que se veía inmerso otra vez.

Sin embargo, algo dentro de él, sabía que esta vez era verdad: que estaba vivo, y estaba en casa. No era una pesadilla, aunque fuera mucho más doloroso, no era ninguna tortura del Inframundo… Era la realidad.

Apoyó la espalda desnuda en la pared y se dejó resbalar hasta el suelo. Había vuelto, para bien o para mal, y no tardaría en saber por qué. Pero Saga no estaba seguro de querer hacerlo.

-X-

Había pasado tanto tiempo sentado en el suelo, que sin darse cuenta se había adormecido. Se sobó los ojos con fuerza, y suspiró, comprobando que efectivamente, aquello era tan real que daba miedo. Se puso en pie con lentitud, y ojeó el cuarto de baño hasta encontrar lo que buscaba. Eudora siempre se había encargado de dejar la ropa limpia junto al lavabo, en un cesto de mimbre con un par de ramas de lavanda. Quiso sonreír.

Se puso la camiseta y se calzó las sandalias. Pasó nuevamente los dedos sobre su melena, y se miró por última vez al espejo. Fuera lo que fuera que había sucedido, quedándose allí acurrucado nunca lo sabría.

Salió de la habitación haciendo tan poco ruido como le fue posible, aunque debía admitir que sus reflejos no estaban tan afinados como le hubiera gustado. Ni siquiera había logrado despertar su cosmos más que un par de segundos.

Miró de un lado a otro asegurándose de no ser descubierto antes de tiempo, sintiéndose como un fugitivo en lo que suponía debía sentir como su casa. Se alejó de la puerta un par de pasos, y perdió su mirada en el jardín que se extendía frente a él. Se veía asombrosamente bonito: lleno de color y de vida, algo que sus ojos parecían no haber contemplado desde hacía décadas.

La Fuente era un templo enorme, de estructura circular. La parte más externa estaba ocupada por las habitaciones más amplias: aquellas que los santos menores y los guardias se veían obligados a compartir. En el lado opuesto, se encontraban las estancias preparadas exclusivamente para las amazonas. Sin embargo, el anillo interior de habitaciones, miraba a un patio de columnas. Efigies de los dioses adornaban sus rincones, y en el centro… el frondoso jardín crecía bebiendo de las aguas del manantial que daba nombre al templo. Las aguas cristalinas resbalaban de la estatua de la diosa, como si su peplo no fuera nada más que una cascada que moría a sus pies, donde el estanque concentraba toda su esencia curativa, para después filtrarse y bañar todo el Santuario con sus aguas termales, dándole vida.

Se sintió ensimismado, contemplando aquella imagen, escuchando el incesante trino de un par de golondrinas. Después cayó en la cuenta de que aquellas habitaciones que lo rodeaban, siempre habían estado reservadas a ellos: a la Orden Dorada. Observó las puertas una a una, preguntándose qué encontraría tras ellas si las abría, y echó a caminar hacia su derecha.

A medida que avanzaba, la inquietud se iba haciendo más grande, pero Saga siempre había tenido un buen instinto. Quizá su cosmos estaba aturdido, como él, agotado… mas existían ciertos vínculos que eran imposibles de ignorar. Posó la mano con suavidad en el pomo de una de las puertas, y abrió sin apenas pestañear. Asomó la cabeza, y cuando sus ojos contemplaron la imponente silueta dormida de Aldebarán, esbozó una sonrisa. Cerró de nuevo, no queriendo despertarlo, y reemprendió su camino.

Ojeó cada una de las puertas, a sabiendas de que probablemente cada uno de sus compañeros de Orden se encontraría tras ellas. En cierto modo, no pudo más que sentir un alivio indescriptible, aunque una parte de si le gritara que lo mejor que podía hacer era huir, y cuanto antes, mejor. Se sopló el flequillo una vez más, y sus ojos se quedaron atrapados observando una puerta en concreto.

Sintió su corazón acelerarse, mientras una parte de él anhelaba con todas sus fuerzas abrirla y ver quien estaba tras ella, y otra… le suplicaba que hiciera exactamente lo contrario. Tragó saliva, y con pasos silenciosos se acercó hasta ella. Sujetó la manilla con firmeza, sin embargo, su nerviosismo era tal, que se vio obligado a detenerse. A respirar hondo, mientras su frente reposaba sobre la puerta con suavidad.

Finalmente, apretó los dientes y alzó el rostro. Contuvo la respiración, giró el pomo y empujó la puerta, hasta que pudo ver a su ocupante. Se estremeció, y de nuevo las lágrimas amenazaron con hacer su nunca bienvenida aparición. Cerró rápidamente tras de si, y avanzó hasta quedar junto a la cama.

No se había equivocado, por supuesto que no. Kanon dormía, con un gesto tan tranquilo e inocente en el rostro, que nadie lo hubiera tomado por lo que en realidad era. Se veía inofensivo, cansado… como aquel que duerme tras una larguísima noche de descontrol.

Se sintió incapaz de alejar sus ojos de él. Contempló su melena, más clara que la suya y probablemente algo más corta y desordenada. Delineó el contorno de su rostro, absolutamente igual al suyo, salvo por la cicatriz que adornaba su ceja izquierda, y el tabique nasal sutilmente torcido de Kanon: detalles que nadie notaría de un simple vistazo.

El suave movimiento de su pecho, se le antojo hipnotizante, y nunca supo cuanto tiempo permaneció mirando su silueta dormida. Se atrevió a estirar la mano, y con cuidado, colocó en su sitio la sabana. Hubiera querido tocarlo, comprobar que era tan real como él mismo. Pero el nudo que se apretaba cada vez más en su garganta le impedía siquiera respirar. ¡Y sus ojos! Se secó las lágrimas de un manotazo, y dio un paso atrás.

¡Ni siquiera sabía que hacía allí después de todo lo que les había pasado! Trece años de sangre, odio y sed de venganza. Más de trece años… mucho más. Eran hermanos, hermanos gemelos… pero no había nada, a parte de su aspecto, que les uniera. Todo aquello había desaparecido muchísimo tiempo atrás, cuando él ni siquiera respondía al título de Géminis.

-Kanon… -susurró sin darse cuenta.

Su garganta se quejó. No había pronunciado sonido alguno en años, y ahora, la primera palabra que atinaba a decir, era precisamente aquella. Se alejó un paso más, temiendo que despertara de un momento a otro, mientras un montón de recuerdos difusos amenazaban con volverlo loco.

Recordaba a la gran estatua de Aquiles, allá, perdida en su memoria. Recordaba el sonido de las risas cómplices y de las lágrimas que alguna vez compartieron; el calor del volcán… y después las miradas desdeñosas y las palabras venenosas. El odio reflejado en sus ojos verdes, y la locura desfigurando su rostro.

Recordaba haberlo odiado con toda su alma cuando llegó a Géminis envestido en un sapuri, cuando supo que él había tomado su lugar. ¡Cuánto lo odió en solo un instante! Y también recordaba el modo en que Kanon había apartado la mirada cuando lo tuvo frente a frente y pronunció su nombre.

Saga giró sobre sus talones. No había nada, absolutamente nada, que les mantuviera como hermanos. Nada salvo la sangre que compartían, pero aquello no tenía ninguna importancia. Alcanzó la puerta y dio una última mirada atrás.

Quizá alguna vez se habían querido, y se habían necesitado, pero ya no. Había quedado más que claro. Descubrió lo muchísimo que aún dolía, a pesar del tiempo que había pasado. Y abandonó la habitación.

No tenía nada que hacer allí.

-X-

Cuando abandonó la habitación de Kanon, se encontró en el extraño dilema acerca de qué debía hacer. ¿Quedarse ahí? ¿Volver a su habitación y dejarse llevar por aquel acuciante sueño que se empeñaba en cerrar sus parpados aún en contra de su propios deseos? ¿Esperar a que alguien fuera a buscarlo? Se sopló el flequillo. ¿Quién demonios iba a ir por él de todos modos? ¿Por qué iban siquiera a reparar en su presencia? Estando todos allí, estaba seguro de que él era la última persona a la que deseaban ver.

Así que, con todo eso en mente, decidió que lo mejor era dejar pasar el tiempo. Antes o después Eudora y sus doncellas aparecerían, apremiándolo a volver a la cama. Paseó sus ojos por el jardín una vez más y, finalmente, se sentó con pesadez en uno de los bancos más alejados. Se apoyó en la pared, y dejó caer la cabeza hacia atrás, llevando las rodillas al pecho y rodeándolas con los brazos. Cerró los ojos y se permitió disfrutar de la tibieza del sol del atardecer, que tímidamente llegaba hasta él.

Al igual que le había sucedido innumerables veces aquel día con un montón de detalles, no sabía cuando había sido la última vez que había disfrutado de un momento así: de esa paz abrumadora que parecía haber detenido el mismo curso del tiempo. Se sentía como si jamás hubiera sucedido y, probablemente, tuviera que remontarse muchísimos años atrás, a aquellas noches en las que se escabullía de la cama y, a escondidas, llegaba hasta el templo papal con la esperanza de que Shion le prestase un poco de atención.

Sin embargo, cuando más inmerso se sentía en sus lejanos recuerdos, un par de voces llamaron su atención.

Abrió los ojos despacio, y apenas alzó el rostro unos milímetros, temeroso de que cualquier movimiento brusco pudiera delatar su posición. Buscó la fuente del ruido con la mirada y no tardó en encontrarla.

Aioria hablaba con una de las doncellas. La jovencita, que a duras penas alcanzaría la edad del chico, se afanaba por convencerle de algo que él, desde donde estaba, no alcanzaba a escuchar. Saga ladeó el rostro y buscó el del león. Sus rizos dorados se veían enmarañados, pero de alguna manera, a pesar del cansancio que marcaba sus rasgos, su expresión seguía siendo la misma de siempre: el ceño fruncido, rebosante de determinación y fiereza, con aquella mueca que dejaba en claro que haría únicamente lo que a él le viniera en gana o creyera justo, nada más.

El geminiano sonrió cuando la chica dejó caer los hombros demostrando su derrota. La doncella suspiró y terminó por asentir, señalándole una puerta con un gesto fugaz, dedicándole un último gesto de advertencia. Los labios de Aioria se ensancharon y, Saga supuso, se despidió con un gracias antes de girar sobre sus talones y encaminarse a grandes zancadas hasta el lugar que ella había indicado.

Silencioso, el peliazul contempló cada uno de sus movimientos, maravillándose con todo lo que Aioria, a diferencia de él, podía transmitir en un solo segundo: emoción, alegría, pánico, recelo… Pero, ¿cómo podía culparle por aquel revoltijo de emociones? Él no se sentía muy diferente.

Tras unos segundos de dilación, el león abrió la puerta, avanzó un par de pasos y se quedó completamente quieto: como si hubiera visto a un fantasma.

Sin darse cuenta, Saga se puso en pie, sin querer perderse uno solo de los gestos del menor. No había podido evitar preguntarse a quién había ido a ver con tanta urgencia, pero cuando contempló cada uno de sus gestos, la posibilidad comenzó a tomar forma poco a poco frente a él. La garganta se le secó cuando Aioria avanzó un paso más, pero cuando leyó aquel nombre con tanta nitidez en sus labios, todo se disolvió: todas sus dudas, sus recuerdos incompletos, los vacíos y remordimientos… No quedaba nada en que pudiera pensar salvo en él: Aioros había vuelto.

-X-

Aioria había despertado con dos emociones completamente opuestas apretándole en el pecho. La primera de ellas era asfixiante, sobrecogedora hasta el punto de tornarse dolorosa. Era la sensación de aquel último segundo de vida frente al Muro de Lamentos. Era aquel último suspiro antes de que la fuerza de sus propios cosmos les consumiera. Una bocanada de aire hirviendo que quemó todo a su paso en su interior.

La segunda emoción, en cambio, le traía una abrumadora paz que no había experimentado en años. No recordaba la última vez que se había sentido así: lleno, pletórico…enloquecido de alegría. Cada músculo de su cuerpo se quejaba al moverse, sus ojos aún estaban somnolientos y apenas comprendía nada de lo que estaba pasando. Sin embargo, la anticipación y deseo desesperado de ver su rostro lo impulsaban a moverse de un lado a otro, sin detenerse, hasta encontrarlo.

Desconocía cuanto tiempo había pasado muerto. Tampoco le importaba. Lo que si recordaba a la perfección eran los ojos de su hermano, aquella mirada llena de orgullo que le había obsequiado al encontrarse a los pies del Muro de los Lamentos. Recordaba el sonido de su voz, su tono profundo y el cariño que destilaba. Había estrechado su mano con fuerza, dejándole saber que estaba ahí, con él, hasta el final; y así había sido siempre a pesar de su ausencia. En un instante lo había tenido todo, y también lo había devuelto. Solo le había quedado ese recuerdo, el último de su vida y el que más había necesitado por tanto tiempo.

Era irónico, porque siempre había sido consciente de que su final llegaría en pie de guerra, incluso desde que no era más que un niño. Desde el principio había visto a su hermano ahí, a su lado. Después, la vida se lo había quitado, dejando nada más que tristeza y dolor tras su partida. Pero, en el momento indicado, cuando más falta le hacía, se lo había devuelto.

Sin embargo ya no era la muerte lo que le preocupaba, sino la vida. El por qué estaban vivos, el cómo habían muerto, cuánto tiempo pasaron dormidos; nada importaba ya, porque, en ese mismo día, todos habían renacido. Y, si el león dorado alguna vez se hubiera atrevido a imaginar que merecía un destino diferente al que les había tocado, probablemente hubiese iniciado justo como el despertar de ese día…

Para él, había empezado con la voz de Marin, con ese susurro que había llamado su nombre en medio de la oscuridad y le había traído de regreso al mundo de los vivos.

"Aioria." Y había sonado precioso.

Después, había continuado con su rostro de plata, con su cuerpo entre sus brazos y el aroma de aquella melena rojiza impregnándose en sus sentidos al abrazarla. Aioria sabía que le había balbuceado toda clase de cosas al oído: lo mucho que la quería, la locura que había sido dejarla atrás. Había hablado de más, probablemente, pero no se arrepentía de ni una sola palabra. Tenía una oportunidad más, una segunda vida que no iba a desperdiciar en arrepentimientos.

Entonces, ella le había dado el regalo más grande de ese día: "Está vivo. Aioros volvió junto con vosotros."

Todo se había borrado de su cabeza a partir de ese instante. Se había levantado a toda prisa, sin que Marin se atreviera siquiera a intentar detenerle. Su Águila había hecho bien, pues cualquier intento hubiera sido en vano. No existía absolutamente nada que le hubiera hecho renunciar a la búsqueda de su hermano. Así que, tras usar su encanto particular para sonsacar la información que necesitaba de una de las doncellas de Eudora, había ido a su encuentro lo más rápido que le fue posible.

Cuando encontró la habitación correcta, abrió la puerta sin molestarse en avisar su llegada, sin pensar siquiera en la posibilidad de esperar un solo segundo más.

Eudora lo recibió, con esos ojos que siempre parecían darle órdenes… órdenes que siempre, también, solía saltarse. Caminó a zancadas hasta la cama. La mujer y el par de doncellas que la acompañaban se apartaron, permitiéndole ver aquel rostro que tanto había añorado.

Y ahí estaba.

-Aioros. –musitó su nombre, en una escena tan mágica como real; y cuando sus ojos se encontraron con lo suyos, sonrió.

Su mirada, de un añil intenso, era inconfundible, a pesar de que su rostro había cambiado. No era más el crío de años atrás, sino que al igual que ellos, había crecido. Aún así, reconocerlo no había sido un problema. Su sangre lo llamaba y su inevitable parecido lo confirmaba. Aioros estaba de vuelta, como si nunca se hubiera ido. No con los gestos del chico al que Aioria había perdido, pero si con aquel aire de inocencia y juventud que siempre había imaginado que tendría al ser adulto.

Cierto era, también, que a Aioria no le importaba como se viera, solo le importaba tenerlo ahí, consigo de nuevo.

No se dio cuenta en que momento corrió hacia él y lo estrechó entre sus brazos. Al sentirlo corresponder el abrazo, al escuchar su corazón que latía, supo que, si su mundo terminaba ahí otra vez, no le importaría, porque se iría feliz. En los pocos minutos de su nueva vida había sido más feliz que en los veinte años que le precedieron.

-Aioria. –le oyó decir su nombre y no pudo contener más las lágrimas.

-Estás aquí. –masculló, sintiéndose como un niño pequeño, como aquel chiquillo que había esperado por él esa trágica noche.- Te extrañé mucho. Mucho.

-Y yo a ti.

Las mano de su hermano le acarició los cabellos y pudo escuchar el sollozo que le ahogaba también. Por los dioses, que no mentía. No había pasado un solo día de su vida sin pensar en él y anhelando su presencia. Y se lo había devuelto. La vida le había sonreído por una vez.

Rompió el abrazo para mirar su rostro una vez más, hallando sus ojos tan perdidos en lágrimas como los suyos. Se limpió las lágrimas con tosquedad y volvió a abrazarlo, como si solamente al tenerlo entre sus manos pudiera tener la certeza de que no se desvanecería, como un sueño. No estaba acostumbrado a ese tipo de milagros, ni tampoco a esa clase de sensaciones. Usualmente la felicidad era escasa y fugaz, susceptible de desaparecer como un suspiro.

-Por los dioses, mírate. –le dijo el mayor al separarse de nuevo.- Has crecido tanto.

-Te traeré un espejo. Verás que no soy el único que ha cambiado en todo este tiempo. –Aioria rió entre lágrimas.

El santo de Sagitario no contestó, solo esbozó una diminuta sonrisa que poco expresaba de sus sentimientos. No entendía una sola cosa de las muchas que sucedían a su alrededor. Solo sabía que habían transcurrido catorce años. Catorce años de los que no sabía absolutamente nada. Era como si hubiese pasado un largo tiempo dormido, como si todos esos recuerdos que revoloteaban en su cabeza fueran nada más que sueños, sueños doloroso que le herían a pesar del tiempo. Sin embargo, las cicatrices que adornaban su cuerpo le indicaban lo contrario.

Su más grande batalla había llegado y terminado antes de tiempo. El resto era solo oscuridad sin significado. Un gran vacío que solo el tiempo podía llenar.

La vida se le pintaba como un rompecabezas cuyas piezas tendría que recolectar de nuevo y embonarlas, una a una, con paciencia, hasta que todo tomara sentido. Mientras tanto, estaba condenado a la confusión, a vivir consumido por la dudas.

El dolor de sus memorias era intenso e innegable. Se sentía herido por el miedo, la traición y la desesperanza con la que había tenido que dejar atrás todo lo que alguna vez tuviese. En un abrir y cerrar de ojos, le habían arrebatado todo… ¿o sería que él no había sabido defenderlo? Como fuera, no podía negar que, en el fondo, se sentía completamente defraudado por los demás y también por si mismo.

Mirando a Aioria se sentía capaz de olvidar, al menos por un momento. Su pequeño león no era más un cachorro. Era un hombre, forjado por su propio esfuerzo. Un santo como el que Aioros siempre había deseado que fuera.

Se quedó mirándolo por un instante, perdido en sus pensamientos. Mientras más lo veía, más preguntas crecían en su mente. Primero pensaba en lo poco que realmente conocía del león. Obviamente no era el niño travieso y rebelde que recordaba. Después, pensó en lo mucho que tuvo que haber pasado, en todo lo que había sufrido por culpa suya. Aioros se había marchado como un traidor… y la sangre de los traidores no subsistía mucho en un mundo como el de ellos. En su desesperación por salvar a la niña, había sacrificado todo, incluso lo que no era suyo, como la vida de su pequeño hermano.

Sintió deseos de llorar de nuevo y lo abrazó. Había hecho infinidad de cosas mal. Todo había salido mal.

-Lo siento. –le susurró entre sollozos incontenibles y, de inmediato, Aioria se separó de él para confrontarlo. Posó las manos sobre sus hombros y rebuscó por su mirada triste, escondida entre los rizos de cabello castaño.

-No. –le dijo cuando la encontró.- No sientas nada. No te disculpes por nada. No es necesario.

-Nunca quise dejarte así. Nunca imaginé que esto sucedería. –el mayor se mordió los labios mientras las lágrimas rebeldes seguían acariciando su rostro.

-Aioros. –el arquero levantó la vista ante el tono inusualmente serio en la voz de Aioria.- Todo lo que hiciste, fue por Athena… y fue por nosotros, aún si no nos diéramos cuenta de ello. Gracias a ti, Athena vive. Gracias a ella, estamos aquí. ¿No lo ves? La salvaste a ella y nos salvaste a todos. No tengo nada que perdonarte. Absolutamente, nada.

-Pero…

-Oh, basta ya. –el león le sonrió y en esa risa, Aioros descubrió al niño al que tanto había querido. No lo había perdido, seguía ahí, siempre lo estaría.- ¡Estás vivo! ¡Estás aquí! ¡Estás…! –la voz se le quebró.- Estás conmigo.

Y así era. La misma vida que los había separado, los llevaba a reencontrarse de la manera menos esperada. Ambos sabían que no le permitirían alejarlos; no de nuevo.

-¿Todos volvieron?

-No lo sé, creo que si. –respondió el santo de Leo.

-Todos. –pronunció la palabra despacio. Como si temiera que el espejismo se rompiera con el sonido de su voz. Pero de todos, un par de nombres eran especialmente importantes para él: Saga y Shura. Había alguien más, pero…- ¿Aioria?

-¿Si?

-"¿Dónde está Deltha?" –hubiese querido preguntar, pero la respuesta le aterraba. Si no estaba ahí era por una razón. Si no estaba ahí, era porque seguramente la había perdido.

-¿Aioros? ¿Qué ibas a preguntar? –el aludido se respingó y alcanzó a encogerse de hombros.

-Todo y nada, a la vez. Hay mucho de que hablar. –le dijo al más joven. Aioria asintió.

-Y tenemos una vida entera para hacerlo.

-X-

Se escabulló hasta quedar a pocos pasos de la puerta, pero no tuvo el valor suficiente como para asomarse. Quizá no solamente era cuestión de valor… sino que sabía de primera mano lo muchísimo que había sufrido Aioria, lo difíciles que habían sido todos aquellos años. Más de trece, Aioros llevaba más de trece años muerto. ¿Con qué derecho podía, precisamente él, interrumpir un momento como ese?

Se apoyó en la pared, y a riesgo de sentirse como un chismoso, fue incapaz de alejarse y perderse aquella conversación. El nerviosismo en su estómago poco a poco fue creciendo hasta tornarse casi insostenible, y de pronto, en medio del barullo de Aioria, escuchó su voz.

Aioros se oía sutilmente diferente a como lo recordaba, no eran más que un par de adolescentes entonces. Ni siquiera podía imaginar cómo se veía. Sin embargo, en medio de su confusión, cada palabra que abandonaba sus labios traía multitud de imágenes a la mente de Saga. El peliazul cerró los ojos, dejándose llevar por las inesperadas sensaciones que el par de hermanos le estaba provocando. Sonrió, sin ser consciente de ello, al reparar en la exultante felicidad de los otros dos, pero era una sonrisa amarga.

Él les había arrebato todo, de una manera un otra. No había hecho nada por evitarlo. Nada había servido. Y esa nada, había llevado a uno a una muerte espantosa y a otro…

Se paso los dedos por la melena y se humedeció los labios. No importaba. Nada de eso importaba en aquel momento. Aquella realidad con la que se había topado de golpe, había cambiado radicalmente con la presencia del arquero. Estaba preparado para lidiar con muchas cosas sin siquiera pestañear. Sabía de sobra que todo aquello dolería, pero se había acostumbrado. Sin embargo, no estaba tan seguro de qué sucedería cuando los ojos azules de Aioros se posaran sobre él otra vez.

Suspiró y se sobó los ojos, sintiéndose sumamente apesadumbrado pero sorprendentemente despierto. La voz del arquero lo había sacudido más de lo imaginable. Los mismos años había separado a Aioria y a Aioros, que a él y Kanon. Pero estaba más que seguro, que su gemelo y él jamás mantendrían una conversación como aquella. Jamás. Nunca lograrían demostrarse amor, admiración, ni mucho menos devoción. No estaba siquiera seguro de que pudieran mirarse a la cara… y los temores que antes le sacaran de la habitación de Kanon, volvieron haciéndose aún más pesados y dolorosos. Quizá Kanon era su sangre, su otra mitad; pero Aioros, aún no compartiendo nada de eso, había sido mucho más hermano para él.

Sin embargo, ahora que podía escuchar su voz, cosa que nunca había pensado que pudiera volver a hacer… empezaba a sentir el insoportable peso de su conciencia sobre él. No tenía la menor idea de cómo aligerar mínimamente el peso de su pasado, ni de cómo enfrentarlo.

Estaba absolutamente perdido.

-X-

Cuando Milo despertó, sintió la irrefrenable necesidad de salir corriendo de la habitación: salir y contemplar el mundo en su plenitud, contemplar la paz que tenían que haber alcanzado de un modo tan arriesgado. Ni siquiera se molestó en calzarse o ponerse encima la camisa que esperaba por él en el aseo. Apuró el paso, hasta que el sol del atardecer lo deslumbró por un instante, y cuando los mil colores del jardín llegaron a sus ojos, sonrió. Una sonrisa de verdad, amplia, sincera; cargada de alivio y de cierta felicidad.

A lo largo de su vida había pensado innumerables veces en como sería su muerte: sin duda heroica y fabulosa, digna de un héroe de cuento. Quizá no había sido tal y como lo había imaginado, pero desde luego que lo que nunca se había planteado siquiera, era volver. Pero ahí estaba. Vivo, y cada latido de su resucitado corazón era como una inyección de adrenalina difícil de soportar.

-¡Aldebarán! –exclamó, sin importarle lo más mínimo que su voz sonara más alta y chillona de lo que correspondía a un lugar de reposo como aquel. Se acercó a toda prisa hasta el gran toro dorado, que había volteado inmediatamente a verlo con una sonrisa enorme plasmada en el rostro y casi saltó a sus brazos.

-¡Milo! –Aldebarán lo estrechó en un abrazo. Era imposible de describir lo que sentían, la felicidad que de alguna manera les invadía, a pesar de que en algún rincón de sus mentes supieran la dificultad de los momentos que les quedaban por atravesar.

-Me alegro verte.

-Yo también, yo también. –palmeó su espalda con alegría. ¿Qué importaba lo complicado que se viera el futuro? Sus vidas habían sido de todo menos sencillas.

-¡Maestro! ¡Debes tener cuidado! –inmediatamente, ambos voltearon en la dirección de aquella voz tan conocida.

-Tranquilo, Kiki, ¡estoy bien! –El pequeño lemuriano se veía inusualmente preocupado, con aquel mohín serio, a la par que emocionado, mientras contemplaba el lento caminar de Mu. El ariano revolvió su cabellera rojiza con un cariño inconmesurable, y se acercó con tranquilidad hasta Milo y Aldebaran.

-Os veis bien. –dijo con suavidad.

-¡Has crecido, Kiki! –tal y como Mu hiciese antes, Aldebaran se afanó en revolver su pelo.

Había extrañado, allá donde quisiera que pasasen aquel tiempo, las cosas sencillas de la vida. Las sonrisas como aquella, la felicidad por saberse de vuelta, la certeza de que todo había salido bien, a pesar de que nadie se lo hubiera confirmado… Sin embargo, cuando reparó en la multitud de puertas que aún se mantenían cerradas, sus ojos viajaron involuntariamente a los de sus acompañantes, que parecían haberse fijado exactamente en lo mismo.

-Hemos vuelto. –murmuró Milo, sin rastro alguno de la euforia que solamente unos minutos antes se adueñase de él. Aldebarán y Mu asintieron.

-Eudora dijo que todos habían despertado ya. –Inevitablemente, los tres voltearon al joven aprendiz.

-¿Todos? –preguntó el peliazul. Kiki asintió, guardando silencio ante el inesperado e indescriptible gesto que surcó el rostro del peliazul. A pesar de la emoción inicial, la situación resultaba de lo más extraña e irreal.

-Todas vuestras preguntas serán respondidas, solamente tened un poco de paciencia. –Inmediatamente, todas las miradas se centraron en él.

Shion sonrió suavemente, aunque se encontró observándoles con especial interés. Salvo a Mu, sus ojos no habían tenido la fortuna de contemplar a ninguno de los otros dos en más de una década. Ni siquiera conocía al pequeño pelirrojo. Pero aquello era lo de menos… ¡Estaban tan cambiados! Eran pequeños niños que se marcharon entre lágrimas la última vez que les vio. Niños inocentes, llenos de sueños y fantasías… Ahora tenía frente a sí a parte de su ejercito de élite, aquel al que había llegado a conocer con cuentagotas.

-Maestro… -murmuró Milo estupefacto.

-Hola, Milo. –Shion sonrió enternecido. Ahí estaba, el benjamín: el pequeño terremoto que había puesto patas arriba todo el Santuario de la mano de Aioria.- Has crecido.

-X-

Shion frotó sus manos en un gesto de nerviosismo puro. Levantó la mirada para observar aquella puerta una vez más y no pudo evitar pensar en el gran momento que se avecinaba. Detrás del portón de madera adornada con plata y oro, sus niños esperaban por él. La espera había sido larga, casi eterna. Desde que abriese los ojos en la Fuente, había ansiado por verlos juntos y, por fin, el momento había llegado. Sin embargo, al mismo tiempo, una poderosa sensación de incertidumbre se había apoderado de él y, con toda seguridad, del resto de ellos. Nadie sabía lo que deparaba la vida de ahí adelante. Nadie, tampoco, sabía lo difícil que sería todo en el futuro, ni lo complicado que su mundo se tornaría a partir de entonces. Solo sabían que, de alguna manera, estaban vivos y, junto con ellos, había revivido muchas cuestiones inconclusas que tardarían un tiempo en dejar de hacer daño.

Suspiró lentamente, buscando hasta la última gota de fortaleza en su ser e hizo una seña a los guardias que resguardaban la entrada, para que le dejasen pasar. No podía dejarlos esperando más.

Conforme la puerta fue abriéndose, Shion pudo distinguir cada uno de sus rostros alrededor de la gran mesa redonda y una emoción infinita hizo eco dentro de su pecho. Estaban ahí, reunidos de nuevo.

Mu, Shaka, Camus, Aldebarán, Shura, Milo, Afrodita, Máscara Mortal… Kanon y Saga.

Se mantuvo de pie, escuchando el chirrido de la madera cerrándose detrás de si, y por primera vez en mucho tiempo los tuvo frente a frente. Le fue imposible apartar la mirada de ellos, aunque los ojos de más de uno, rehuyeron a los suyos. Descubrió entonces lo mucho que habían cambiado y lo poco que había visto de ellos durante la invasión al Santuario en aquella noche de pesadilla.

Lo primero que notó fue una confusión terrible en sus miradas. Después, encontró una mezcla de emociones que le resultó devastadora. Se preguntó si sus propios ojos eran tan cristalinos como los de ellos. Había elegido no usar la máscara a partir de ese momento, pero comenzaba a dudar de la decisión que había tomado. Y era que, al igual que el resto de sus santos, dentro de él había un océano incontrolable de sentimientos encontrados.

Hizo el esfuerzo más grande de ese día al esbozar una sonrisa diminuta mientras lidiaba con el nudo en su garganta que amenazaba con disolverse en lágrimas. Tenía tantas cosas que decirles, había mucho de que hablar, y el momento de las verdades estaba vez más cercano que nunca.

Notó también las ausencias, a pesar de mantenerse centrado en los presentes. Encontró las miradas huidizas de Máscara Mortal y de Afrodita. También los ojos interrogantes de Milo, Aldebarán y Mu. Del mismo modo, encontró el recelo y prudencia de Camus y Shaka, y la tristeza matizada con temor de Shura. Incluso le sorprendió la mirada de Kanon, probablemente la que menos había cambiado de todas: repleta de rebeldía, de osadía, aunque ligeramente adornada con curiosidad. Pero, por sobre todo, reparó en los ojos afilados de Saga, en esa mirada esmeralda, dura, dolida, pero a la vez, inescrutable.

Era precisamente el santo de Géminis quien lucía más entero de todos. Su rostro denotaba rasgos de cansancio, como los del resto, más su mente parecía más despierta y aguda que la de los demás.

-Maestro. –Mu susurró y la simple palabra trajo una bocanada de alivio para el Patriarca.

Le saludó con un gesto de cabeza mientras tomaba asiento en su silla, la misma que había usando por más de doscientos años; y, aunque no lo dijo de inmediato, se sintió terriblemente emocionado de tenerlos, por primera vez, a su alrededor: a ellos, a sus chicos.

-No os imagináis la alegría que me da teneros de regreso a todos. –dijo, tras tomarse unos segundos para contemplarlos en plenitud.

-No, no a todos. –Kanon le confrontó. Sus ojos viajaron hacia los tres asientos vacíos, con especial ahínco en el de Sagitario.- Él regresó también, ¿no es así? Aioria estaría aquí de otro modo. ¿Dónde está?

-Estará aquí en un minuto. –le respondió el Patriarca.

-¿Aioros también? Por los dioses, esto es una locura… -susurró el escorpión. Cierto era que demasiadas cosas sucedían, demasiado rápido.

Pero sus palabras no encontraron eco en la sala, a pesar de ser compartidas por todos los que estaban ahí. Habían vuelto en medio de un misticismo incomprensible, incluso para ellos. Su despertar había sido violento y lleno de confusión. Hasta sus cosmos se sentían incontrolables, resultando inestables desde el principio. Pero, lo más aterrador había sido la incertidumbre, sus dudas y cuestionamientos que habían sido relegadas hasta ese punto, en que muchas de las respuestas que buscaban serían encontradas.

Y aquello que tanto necesitaban se acercaba a pasos agigantados…

Escucharon el golpeteo de las lanzas de plata que los guardias de afuera sostenían y, con sonido ronco, la puerta volvió a abrirse lentamente. Todas las miradas giraron hacía ahí, una a una, con una curiosidad insaciable.

Dohko fue el primero en aparecer. Su rostro y cuerpo eran jóvenes de nuevo, como sucediese con el mismísimo Shion. Las señales del largo e inconsistente sueño nublaban su semblante. Sin embargo, no era el chino quien acaparaba la atención de todos, ni Arles, quien fue él último en entrar antes de cerrar la puerta tras de sí. Tampoco lo era Aioria, que caminaba unos pasos detrás de Dohko. No, no era ninguno de ellos. El dueño de las miradas venía al lado del león, con el cuerpo tenso y la mirada insegura oculta entre un montón de mechas castañas desordenadas.

-Aioros… -el nombre surgió de la garganta de Shura como un doloroso gemido que retumbó en la habitación.

Hubo rostros que no se molestaron en disimular la sorpresa y hubo otros que se esforzaron en controlarla. Hubo también miradas recelosas, doloridas e indescifrables. Saga poseía una de las últimas. Se mantuvo en su asiento, con la espalda recargada en el respaldo y los brazos cruzados sobre el pecho; tan quieto como una estatua. Solamente sus ojos verdes seguían cada paso del recién llegado con detenimiento, pero sin emoción alguna en ellos. Poco podían saber de lo revuelto de sus pensamientos y de su corazón. Sentía sus latidos haciéndole eco en la cabeza y la piel se le erizó al observar al santo de Sagitario tomando su lugar en la enorme mesa de mármol.

Entonces, los ojos azules de Aioros chocaron con los suyos y una avalancha de pensamientos le sobrevino. Sus emociones se convirtieron es una montaña rusa, yendo y viniendo al ritmo de sus recuerdos, desde los años tranquilos de su niñez hasta la última mirada cargada de terror que compartieron junto a la cuna de la pequeña Athena.

Consiguió sostenerle la mirada al arquero hasta que éste la apartó. A diferencia de si mismo, los irises cerúleos de Aioros revelaron cada sentimiento con una transparencia absoluta. La mirada que el castaño le dirigió era dura, con una pizca de tristeza y una enorme cantidad de desconcierto. Sin embargo, el encuentro fue fugaz, pues rápidamente, Aioros apartó la mirada para sembrarla en el rosa del mármol frente a él.

A pesar de todos los años transcurridos, Saga sentía que aún le conocía mejor que nadie, por lo que notar su temor, su inseguridad, no le fue difícil. Con todo lo estoico que el arquero se quisiera mostrar hacia el resto, el geminiano sabía que algo dentro de él estaba roto… y repararlo sería terriblemente complicado.

No se lo diría ni siquiera a si mismo, pero aquella efímera mirada le había dolido también. Todas esas emociones del que fuera su amigo más querido le hacían víctima y victimario a la vez. Hacerle daño no había sido su decisión, más tampoco había hecho nada por defenderle del cruel destino que Ares había escogido para ellos. Por catorce años, Aioros había estado muerto y él había deseado estarlo con locura.

-Hijo, es una gran bendición tenerte de regreso. –Shion habló y sacó a Saga de sus divagaciones.

Su mirada volvió a centrarse en Aioros, quien solo asintió torpemente a las palabras del viejo lemuriano. Saga le vio esbozar una sonrisa que, aunque guardaba cierta sinceridad, también dejaba el amargo saber de la falsedad en los labios.

-Yo… yo también me alegro estar aquí. –dijo el arquero.

Incluso su voz había cambiado. Se había tornado ligeramente más grave, aunque la suavidad con la que pronunciaba las palabras no se había perdido en lo más mínimo. Fue en ese momento que Saga cayó en cuenta de que, muy a pesar de su apariencia, Aioros seguía siendo el mismo crío que conociese años atrás. Lucía como un hombre joven, que le igualaba en años, pero también denotaba las facciones del adolescente que nunca fue. Sus ojos seguían siendo de un azul profundo y sus mejillas, a pesar del agotamiento físico que les aquejaba, denotaban aquel tono rosáceo que contrastaba delicadamente con el tono apiñonado. Había crecido sin perder las facciones, hasta cierto punto aniñadas, que siempre le caracterizaron.

Saga también contempló por un segundo a Shion. Su apariencia joven era, sin lugar a dudas, inquietante y, por momentos, desconcertante también. El anciano que le criase cuando era solo un niño, había dejado de existir. Algo tenía que reconocer, sin embargo: las expresiones jóvenes y más suaves del Patriarca resultaban mucho más sencillas de leer ahora… ¿o sería que él había aprendido a esculcar las mentes ajenas a través de los ojos? Quizás era lo último, pues supo de inmediato que a pesar de la alegría que Shion sentía por tenerles ahí, su dicha distaba mucho de ser completa. El camino hacia la cima era empinado y difícil de seguir. Estaban vivos, pero eso no significaba que sus pesares hubieran terminado.

De todos, quizás Aioria era el único que podía sentirse pletórico de haber recobrado a la persona más importante de su vida. Saga lo notaba en el brillo que irradiaban sus ojos verdes a pesar del cansancio, así como en la adoración que despedía en cada mirada que dedicaba a su hermano. Había sido testigo indiscreto de ello en la Fuente de Athena y, mientras más lo pensaba, más envidiaba la capacidad del león de sentirse así.

En algún punto, cuando Milo buscó la mirada de Aioria para regalarle una sonrisa cómplice, incluso envidió la capacidad de compartir ese momento. Por mucho que le reconfortarse la idea de tener a Aioros de regreso, las nubes negras en el horizonte desataban un temor que sobrepasaba cualquier otro sentimiento. No tenía miedo a ser refutado, ni tampoco temía a los reproches, pues era consciente de que bien los merecía en algunos casos. Sabía que sus explicaciones no eran suficientes y, aunque suplicaba por no tener que dar ninguna, estaba dispuesto a decir solamente lo que fuera necesario y nada más. No le atemorizaban las miradas de odio, por mucho que dolieran, ni el desprecio que, sentía, se había ganado a pulso. Su temor era otro, más profundo y menos obvio, pero igual de insorteable. Su miedo radicaba en la inmensa soledad que esperaba por él y de la que no podría escapar.

-Ahora que estamos todos, es buen momento para comenzar, ¿no te parece, Shion? –Kanon, a su lado, habló. Pero lo único que el santo de Géminis hizo fue observarle de soslayo.- ¿Cómo hemos llegado a este mundo de nuevo? Los dioses nos juzgaron. Tú estabas ahí, todos lo estaban. Nuestros destino era permanecer sellados por la eternidad. ¿Qué ha sucedido?

La primera pregunta, cuya respuesta era la más esperada y la menos comprendida por todos, había sido formulada.

-Para responderos, debo comenzar por el principio. –Shion suspiró. Miró a Arles y después a Dohko en busca de su respaldo. Al recibirlo, se animó a continuar.- Sabéis que, tras vuestro sacrificio en el Muro de los Lamentos, los santos de la esperanza encontraron el camino hacia los Elíseos, donde enfrentaron al poder de Hades y le vencieron en nombre de nuestra princesa. Al caer su señor, los límites del Inframundo perdieron fuerza. Sin jueces, ni espectros, para mantener el orden, las almas que ahí se encontraban fueron liberadas de las ataduras que las obligan a permanecer en el Infierno. Athena usó su cosmos para mostrarles el camino de regreso y escaparon. Todos los santos y amazonas de esta generación que se encontraban muertos fueron revividos, gracias a la protección de nuestra diosa e impulsados por el coraje de sus propios espíritus.

-¿Todos?

-Así es, Aioros. Todos. –pero solamente un nombre importaba al arquero.

-Eso no explica como llegamos aquí. –una vez más, Kanon se hizo de la palabra.

-No, pero fue el precedente para la gran decisión de Athena. –asintió el lemuriano.

-A partir de ese momento, Kanon, la princesa no dejó pasar un solo minuto sin cuestionarse cada posibilidad, por mínima que fuera, para traeros de regreso. –Arles terció. Él había estado ahí, a cada paso de la joven Athena.

-Pero el poder de un solo dios no bastaba para liberar aquello que el Olimpo entero había confinado al olvido. –las miradas regresaron a Shion, quien retomó la palabra.- Sin importar cuanto lo intentara, el poder de Athena no era suficiente para romper un sello de semejante potencia.

-No entiendo, Maestro…

-Athena recurrió a sus aliados, Mu. Fue por aquellos en quienes podía confiar y que le necesitaban tanto como ella a ellos: Hilda de Polaris y Poseidón. –hizo una pausa en la que la respiración de cada santo ahí presente se detuvo.

-¿Asgard y… Atlantis? –Shion asintió a la pregunta de Aldebarán.- ¡Ambos trataron de destruirnos en el pasado!

-Y, al igual que Athena, ambos sufrieron pérdidas dolorosas e invaluables en el proceso.

-Eso… ¿cómo nos deja? –preguntó Milo. Del otro lado de la mesa, el Patriarca notó el rostro inusualmente tenso de Kanon.

-Nos deja tan en deuda con ellos, como a ellos con nosotros. Nos deja en paz.

-La señora Hilda, el joven Poseidón y la princesa se reunieron en este mismo Santuario. –Arles volvió a tomar la palabra.- Discutieron por horas y horas, cada detalle, cada posible consecuencia y cada sacrificio.

-¿Sacrificio? ¿De qué estás hablando? –y, aunque las palabras surgieron de la boca de Aioria, las miradas afiladas nacieron de cada santo alrededor de la mesa.

-Veintiocho vidas, veintiocho almas, Aioria… cada una tiene un precio.

-El precio ha sido alto, pero la princesa, Hilda y Poseidón decidieron pagarlo con gusto.

-Explícate, Shion. –demandó Kanon. Ni a él, ni a nadie, le estaba gustando el giro de esa conversación.

-Los dioses han demandado una sola cosa de nuestros jóvenes señores y han agregado una condición más al pacto de liberación. La demanda, tal como imagináis, es aquello que trae vida: sangre, sangre divina. Athena, Hilda y Poseidón han entregado parte de su vida mortal a cambio de la nuestra.

-¡No! –Milo se puso intempestivamente de pie. Sus manos golpearon el mármol con fuerza.- ¡Es nuestro deber protegerla a ella, y no del otro modo! Cada sacrificio que hemos hecho es por ella, por Athena. Nada tiene sentido si la perdemos. ¡Nada!

-Milo, tranquilízate.

-Pero está en lo cierto, Maestro. –Camus dijo con suavidad. Sus modos eran menos impulsivos que los del escorpión, más sus ideas eran las mismas.

-Athena quiso hacer esto por vosotros. Su único deseo, lo único que la haría feliz, era teneros de regreso y daros la oportunidad de disfrutar la vida que os había sido arrebatada. –el santo de Altair les dijo, y el tono en su voz denotaba una seguridad abrumadora.- Athena tampoco está muerta, ni la hemos perdido.

-¡Quiero verla!

-Podréis hacerlo, si así lo deseáis, al terminar esta reunión. –intervino el lemuriano.- Ella se encuentra descansando en sus aposentos. El esfuerzo ha sido desmedido para su cuerpo mortal. Su recuperación será lenta, pero no hay ninguna duda de que la tendremos de regreso con nosotros. Athena jamás se atrevería a hacer de menos vuestro sacrificio, hijos. Ella honra y siempre honrará la memoria de vuestros esfuerzos.

Milo pareció calmarse, al igual que las miradas aprehensivas que se había dibujado en los rostros de sus hermanos de Orden. Athena, por sobre todo en ese mundo, era su razón de vida… y también de muerte. Tal como el santo de Escorpio había espetado, su sacrificio había sido por ella y jamás se arrepentirían de ello, ni se perdonarían ocasionarle algún daño.

-Al igual que Athena, Hilda y Poseidón se encuentran en un estado delicado. Tanto Asgard como Atlantis, se encuentran blindados. Por órdenes de nuestra señora, el Santuario también se ha convertido en una fortaleza de la que nadie puede salir, ni entrar. Con nuestros dioses regentes ausentes y con las fuerzas de élite en franca recuperación, no podemos darnos el lujo de cometer ningún error. Habréis notado que vuestros cosmos, así como el mío, todavía son inestables y difíciles de controlar. –Shion continuó.

-¿Temes que este momento de debilidad sea aprovechado por algún otro enemigo? –en esa ocasión, Shion meneó la cabeza como respuesta a Shaka.

-El mundo se encuentra en paz. Como os dije antes, Asgard, Atlantis y el Santuario se han convertido en aliados. A pesar de eso, ni la princesa, ni yo mismo, queremos correr riesgos.

-Hablaste de una condición más, Shion. –la sorpresiva intervención de Saga atrapó la atención de todos. Seguía con los brazos cruzados y la espalda apoyada en la silla, tal como había permanecido desde el inicio de la conversación.- ¿De qué se trata?

-Así es, Saga, y aunque no está directamente relacionada con nosotros, la condición ha sido… difícil para nuestra princesa. –suspiró.- Zeus, como padre de los dioses y hablando en su nombre, ha ordenado a Athena la liberación de sus santos divinos. Seiya, Shun, Shiryu, Ikki y Hyoga han de regresar al mundo, sin memorias de las guerras peleadas, ni cosmos que les permitan levantar los puños en contra de los dioses de nuevo. Athena ha accedido.

Las expresiones en sus rostro mutaron rápidamente. Esos niños, a los que los dioses tanto temían, eran lo más cercano que la joven princesa tuviera. Habían sido su apoyo, su fuerza, su pilar… incluso más. Perderlos, a cambio de sus vidas, era quizás el sacrificio más grande que la diosa había podido hacer.

-Seiya y los demás son… -Aioria musitó.- …Son sumamente importantes y queridos por Athena. Renunciar a ellos significa…

-Athena es consciente de lo que significa, Aioria. –Arles le interrumpió.- No ha sido fácil tomar esta decisión, pero ella sabe que, de este modo, no solo ha conseguido traeros de regreso y sellar la paz con Odín y Poseidón, sino también es una forma de retribuir los esfuerzos y sacrificios de sus santos. Los echará de menos y sufrirá su ausencia cada día, eso no lo dudes. Sin embargo, les entrega también la oportunidad de hacerse una vida propia, lejos de la sangre y dolor que los ha marcado desde el principio de sus vidas. La princesa me dijo que el hombre que la crió, Mitsumasa Kido, arrebató la inocencia de los chicos. Pues bien, ella está dispuesta a devolverles lo que les fue quitado y, si para ello, debe renunciar a ellos, es un sacrificio que gustosamente hará. Es una decisión que ha sido tomada. No hay marcha atrás.

-Era lo mejor para ellos… lo justo. –el santo de Libra dijo. Su corazón era un mezcla de sentimientos encontrados: entre el dolor de perder a Shiryu y la tranquilidad de saber que cada esfuerzo del dragón había sido recompensado por su diosa.

-Vuestras vidas tienen un valor incalculable para nuestra princesa. Espero lo comprendáis. –sentenció el santo de Altair.

El resto de los santos dorados no se atrevieron a pronunciar ninguna palabra más. No había nada que pudieran decir, todo estaba dicho y decidido. Solamente Aioros, en su lugar, cerró los ojos y sacudió la cabeza sutilmente. Escuchaba las explicaciones con atención, pero comprendía poco de lo que sucedía. Mientras más pensaba al respecto, más notaba el gran agujero oscuro y sin sentido que era su mente.

Sentía un deseo enloquecedor por preguntar. Tenía miles de dudas en la cabeza… tenía catorce años de preguntas sin responder.

Se mordió los labios, sintiendo un frustración enorme y una rabia casi tan grande. En algún punto, también sintió deseos de llorar, pero se contuvo de alguna forma milagrosa. Estaba completamente fuera de lugar, rodeado de rostros, voces y vidas que ya no conocía. Por donde mirara, solo veía confusión y, sin importar las explicaciones, sus cuestionamientos, lejos de resolverse, aumentaban. Se sentía al borde de la locura; cansado e, inesperadamente, vencido.

Sus recuerdos eran poquitos y muy brumosos. Recordaba momentos que ahora parecían sin importancia y situaciones que ni siquiera alcanzaba a comprender. Se sentía sumamente herido, pero a la vez, terriblemente culpable. Por un breve segundo, efímero como un respiro, se sintió incapaz de sobrellevar la dantesca tarea de recuperar su vida y deseó no haber regresado al mundo de los vivos… no de ese modo.

-Aioros, ¿estás bien? –oyó el susurró de la voz de su hermano y asintió.

-Estoy un poco confundido, es todo.

Aioria abrió ligeramente los labios, más ni un solo sonido los abandonó. Volteó en busca de la mirada de Shion y, al encontrarla, sus ojos suplicaron por respuestas para su hermano. Exhaló, con más fuerza de la que le hubiera gustado, y tragó saliva a sabiendas de que, quisiera o no, esas respuestas alzarían ampollas y harían daño. Dolerían.

-Hay mucho que tienes que saber. –le dijo, por fin.- Así que presta atención.

La caja de Pandora estaba a punto de ser abierta.

-X-

Había abandonado la Fuente tan pronto como sus ojos se hubieron acostumbrado a la vida recién recuperada. Nikos no había atinado siquiera a pensar acerca de qué hacía allí o cómo había sucedido. Simplemente, en el preciso instante en que su mirada violeta se fijó en el impoluto techo sobre él, supo que había vuelto. Oteó la estancia, y con cierto disgusto, comprobó como la cortina que separada cada cama estaba echada. Frunció el ceño suavemente, se calzó las sandalias y echó a andar, olvidándose de la curiosidad inicial que despertaban sus desconocidos acompañantes.

El sol, aún brillaba tenuemente en el horizonte, iluminando con sutileza la fachada trasera del fabuloso templo de Piscis. Volteó sobre su hombro, comprobando que, tal y como sus recuerdos dictaban, el templo papal se erigía a sus espaldas, y sin más miramientos, comenzó el tedioso descenso de la escalinata zodiacal.

No había nadie. Allá dónde mirase, todo estaba inusualmente tranquilo y silencioso. Podía escuchar, o creía hacerlo, las olas rompiendo en la lejanía, y el graznido de las gaviotas; pero no había rastro alguno de la algarabía que había caracterizado al Santuario donde él creció.

Contempló asombrado las cicatrices que surcaban paredes, columnas y suelos de aquellos palacios a los que siempre había observado con recelo. ¿Qué había sucedido? ¿Dónde estaban todos? ¿Cuánto tiempo había pasado? ¿Dónde estaba Naia?

Sus ojos se humedecieron sin previo aviso, y el esfuerzo del descenso se cobró su precio cuando logró llegar a los pies de Aries. Se dejó caer en uno de los escalones, con la respiración tan agitada que su pecho dolía y sus ojos no atinaban a enfocar correctamente.

Intentó encender su cosmos, pero fue incapaz. Podía sentir aquel viejo hormigueo en las yemas de sus dedos, pero nada más. Ni una pequeña chispa de luz iluminó sus manos. Se revolvió el pelo azabache con hastío, y dio una gran bocanada de aire con la única intención de calmar su creciente nerviosismo. Mantuvo los ojos cerrados durante unos minutos, hasta que todo a su alrededor pareció calmarse, y con ayuda de sus manos, se puso en pie.

Dio un último vistazo a las Doce Casas, aunque desde donde estaba, Aries acaparaba toda su atención. Lucía prácticamente como nuevo y por lo que veía, alguien se había molestado en despejar la entrada. Los pedazos de roca y mármol se amontonaban a los lados, ordenados dentro de su propio desorden. El santo de Orión frunció el ceño cuando se fijó con más detenimiento en el suelo que pisaba. La milenaria piedra gris estaba ennegrecida, calcinada en su mayor parte; destacando en ellas únicamente las finas y perfectas grietas que parecían haber sido cortadas a cuchilla. Habían intentado limpiarlo, era obvio, pero no habían tenido demasiado éxito en la empresa: lo que fuera que había quemado aquel suelo, era tan ardiente como el mismo sol.

Tragó saliva, y sin darse cuenta, retrocedió poco a poco, igual que si el primer Templo fuera el origen de un inminente desastre. Cuando quiso darse cuenta, había echado a correr y, empapado en sudor, solamente se detuvo cuando las gradas del viejo coliseo se aparecieron en la lejanía.

Naia. Solamente podía pensar en ella, en su pequeña hermana revoltosa. ¡No podía sentirla! ¡¿Dónde estaba?

-Continúa en la parte 2…-