Capítulo 8: Huyendo del pasado

Sus ojos se abrieron de manera automática, pero su cuerpo se rehusó a moverse tan solo un poco. Hundió la cara en su almohada y se envolvió en la sábana, con la esperanza de robar al día solo unos minutos más de sueño. Sin embargo, en el instante en que oyó el chirrido de la puerta y, poco después, los pasos mal disimulados, supo que era momento de abandonar la cama.

-¿Naia? –habló a su amiga mientras se incorporaba de la cama e intentaba domar aquella melena suya, tan corta como inquietante.

La vio brincar ligeramente y supo que la había pillado por sorpresa. Sobó sus ojos, tratando de aclarar su mirada, y ahogó un bostezo, en espera de que la amazona de Caelum reaccionara.

Aquel comportamiento extraño suyo, se había extendido desde un par de días hasta la fecha. Naia desaparecía por la noche y se asomaba cada mañana, en medio de un sigilo ciertamente inútil. No era necesario ser un genio para atar cabos y adivinar lo que estaba sucediendo. Había visto perfectamente bien el juego retorcido entre Kanon y ella durante las Panateneas. También los había visto marchar juntos, solo para desaparecer poco después con la actitud más sospechosa que los dos podían tener.

-No pensé que estuvieras despierta.

-¿De dónde vienes? –Y la pregunta de la pelipúrpura era puramente retórica. Ella sabía perfectamente bien la respuesta.

Por primera vez en mucho tiempo, vio a Naia dudar. Llegó a pensar de que intentaría mentirle en la cara cuando la vio desviar la mirada. Pero un fracción de segundo después, la morena reaccionó, suspirando y sentándose en su propia cama, mientras se hacía la idea de que no podría rehuir el tema por mucho más tiempo.

-Estuve en Géminis anoche. –Naiara respondió.

-Y también todas las anteriores. –No era una pregunta, sin embargo la morena asintió.

-Kanon y yo tenemos… algo.

-¿Algo?

-Si. Algo, Deltha.

-Bien. Define ese algo. –la amazona de Apus se puso en pie lentamente. Caminó en dirección a su amiga y se sentó a su lado.

Una vez más, Naia le retiró la mirada. Al verla tan evasiva, Deltha no pudo sino pensar en lo grande que era el error que su amiga estaba cometiendo y en lo dantescas que podían llegar a ser las consecuencias. Cierto era que, como buena nacida bajo el signo del escorpión, la amazona de Apus tendía a exagerar y a dramatizar más de la cuenta, pero tampoco podía pasar por alto la corazonada que le gritaba la equivocación que se cometía bajo sus ojos. Se conocían demasiado bien… tanto que aquel mundo de secretos que creían construir, no eran más que un montón de obviedades mal disimuladas.

-Es difícil de definir. –Naiara estaba segura de una sola cosa: Deltha estaba lo suficientemente enojada con los gemelos como para ver con ojos de desaprobación todo lo que viniera de ellos.

-Oh, ¿tu crees? –El sarcasmo era obvio y no bien recibido.- Prometo esforzarme por entender.

-Bien. –Si Deltha quería sinceridad, iba a obtenerla. La verdad saldría de sus labios, tal como había llegado a su cabeza.- Kanon y yo somos… follamigos.

Un silencio de lo más inquietante se apoderó de la cabaña nomás pronunciar las palabras… aunque en realidad, lo único en lo que Naia pensaba era en la exclamación de Deltha, que surgiría más pronto de lo que ninguna esperaba.

-¡Por todos los dioses, Naiara! –Deltha hundió el rostro en las manos.- No estoy segura de que esa palabra se aplique en el Santuario… ¡¿Te estás dando cuenta de lo que haces?! ¡Es Kanon con quien te estás acostando! ¡Kanon!

-Ya lo sé, Deltha. Soy yo quien se está acostando con él, ¿recuerdas? –La morena se cruzó de brazos. La razón por la que no había comentado nada con su amiga era precisamente esa: no tenía deseos de tragarse una reprimenda por un asunto que le correspondía solo a ella misma.

-Pues ya que eres tan despabilada, déjame recordarte algo más. –Deltha se levantó con un brinco y comenzó a caminar por toda la habitación. Naia odiaba cuando hacía eso. Le recordaba a una madre paranoica y desesperante.- Kanon es el hermano de Saga; su gemelo para ser exactas.

-Vaya, que gran descubriendo. Si no me lo dijeras, nunca hubiera reparado en ello. –La ironía tampoco fue bien recibida por la otra parte.

-No estás entendiendo nada, ¿verdad?

La forma en que Deltha se detuvo súbitamente y posó las manos en la cabeza, mientras su pie golpeaba insistentemente el piso, hizo que la otra amazona bufara. Lo que fuese que Apus espetara a esas alturas, sobre todo ahora que el tema de Saga saltaba a la conversación, no iba a gustarle.

-Parece que no entiendo nada de mi propia vida. ¿Por qué no me explicas lo que tu intrincada mente esa pensando? Escúpelo de una vez, porque no me siento a gusto discutiendo esto contigo. –Estaba segura de que no podía fruncir el ceño más de lo que ya lo hacía.

-¿Catorce años y no te has dado cuenta? –Deltha soltó una risa amarga. A ella tampoco le gustaba lo que estaba a punto de decir, pero tenía que ser justa con lo que se refería a decir la verdad.- Toda esta locura es por Saga, al igual que lo fue hace tantos años. Saga es en realidad a quien quieres. Él es la razón que te trajo de regreso aquí: es a él a quien buscabas; ¡no a Kanon! ¿Es tan difícil de ver? Es Saga… siempre ha sido él.

El rostro de Naia se desencajó con cada palabra. Sus labios se abrieron y cerraron, una y otra vez, sin que un solo sonido escapara de su garganta. ¿Qué debía responder? ¿Qué tenía que negar? Lo cierto era que, aunque su cerebro gritaba y se esforzaba por encontrar las palabras adecuadas para refutar, algo dentro de si le impedía hacerlo.

-¿Tú… defendiendo los intereses de Saga? –Eso fue todo lo que se le ocurrió contestar.

-De todo lo que dije, ¿solo eso te ha interesado?

-¡¿Qué quieres que te diga?!

-¡No lo sé, Naia! ¡Algo que me haga pensar que estás entendiendo las repercusiones de lo que haces! –De improviso, volvió a sentarse a su lado y tomó el rostro entre sus manos, para obligarla a mirarla directamente a los ojos.- Es su hermano, y te estás acostando con él. Esto puede arruinar cualquier esperanza de que exista algo entre vosotros dos más adelante. ¿Lo has pensando?

-¿Si? ¿Y que sería ese algo, Deltha? –Sonó más amarga de lo que le hubiese gustado.- Saga no quiere verme. Soy un mosquito molesto revoloteando alrededor de él.

-Por Athena…

-Sabes que es cierto. –La morena se apresuró a interrumpirla, antes de que dijera algo más que no quería escuchar.- En cambio, con Kanon todo es distinto. Con él no tengo que fingir nada, no tengo porque sentirme una molestia y me la paso muy bien. Kanon quiere estar conmigo, y yo quiero estar con él; nos divertimos juntos, nos complementamos… y nos olvidamos por un ratito de lo difíciles que pueden llegar a ser las cosas en la vida. No hacemos daño a nadie.

-Excepto a ti misma. –Naia negó con un sutil movimiento de cabeza. En momentos como aquel, sentía que Deltha y ella hablaban idiomas diferentes.

-¡Oh, por los dioses! ¿Estás intentando hacerme sentir mal?

-¡Estoy intentando que entiendas!

-¡Estás exagerando! Saga sabe que estoy ahí, me vio en bragas en su cocina y ni siquiera se inmutó. No le importa, Deltha. No le interesa.

-Naia… -Deltha enterró los dedos en su cabellera despeinada, sin dar crédito a lo que escuchaba.- Tal vez a ti debería interesarte más, ¿no lo crees?

Naia guardó su respuesta para si. Resopló, para después apartar los flequillos que le caían en la cara y bajó la cabeza, mordiendo sus labios con el deseo de sellarlos. Solo quería saltarse el mal momento, tomar un baño y huir hacia sus entrenamientos. Algo en la discusión le hacía sentir terriblemente miserable… y no sabía si era el hecho de que discutía con Deltha, o todo el montón de cosas que ésta le había dicho.

¿Verdad o mentira? En ese instante no se sentía con ánimos de reflexionar al respecto. Solo sabía que aquel panorama pintado por la amazona de Apus era simplemente utópico en esas instancias y no estaba dispuesta a atormentarse por las probabilidades de un futuro que quizás nunca llegaría.

Estaba a punto de levantarse de ahí para desaparecer, hasta que su mirada se cruzó con el rostro de Deltha. Descubrió que, al igual que ella misma, la pelipúrpura lucía ausente, atrapada en sus propios pensamientos. Entonces, supo que no podía marcharse así nada más, no cuando sentía a Deltha tan enojada consigo.

-Venga, Del. No te tomes esto como algo personal, por favor. –Susurró.

-No lo hago.

-¿Entonces?

-Estoy cansada de discutir contigo, Naia. –De pronto, era como si las fuerzas hubieran abandonado a la pelipúrpura. Naira permaneció quieta, contemplándola. La contempló mientras se cubría los ojos y soltaba un suspiro, profundo y casi doloroso.- No podemos seguir así. No quiero que vivamos peleando todos los días, no quiero que nos pasemos la vida esculcando en todos los errores de la otra.- Entonces, levantó la mirada para fijarla en sus ojos violetas.- Esto tiene que parar.

-Del…

-No, escúchame. –La amazona de Caelum se sobresaltó cuando la pelipúrpura le tomó de la mano.- Esto tiene que terminar. Te he dicho lo que tenía que decir, te he advertido acerca de lo que estás haciendo; y tú has hecho lo mismo con respecto a mis acciones. Ahora quiero dejar esto en el olvido. Eres mi hermana y vales mucho más para mi que todo lo que puedas imaginarte. No quiero perderte por una estupidez y todo esto, sinceramente, lo es.

Naia asintió una y otra vez, sintiéndose ahogada por el nudo en su garganta. Apretó también la mano de su amiga entre las suyas.

-Hagámoslo. –respondió, a pesar de que no estaba segura de que pudieran lograrlo.- No dejemos que nuestras propias tonterías nos aparten, ¿vale?

Deltha la abrazó y ella atinó a devolver el abrazo con tanta fuerza como pudo. Podrían haber hecho un pacto de no juzgarse más, ni de entrometerse en la vida de la otra, pero ambas estarían siempre ahí, atentas. Se cuidarían las espaldas, aún si la otra no quisiera. Si ninguna estaba dispuesta a escuchar palabras, eso era todo lo que podían hacer.

-X-

Con el único y enervante sonido metálico de sus propias pisadas, siguió a Arles en completo silencio. Lo cierto era que se había sorprendido de la llamada, pero ahora que el viejo santo de Altair había decidido no pronunciar palabra alguna que le aclarase por qué se le requería allí… comenzaba a ponerse nervioso. Pero guardó silencio, y caminó tras él un rato más, hasta que los guardias, no sin cierto recelo mal disimulado, abrieron la puerta del gran salón. Su mirada escaneó al detalle la estancia de sobra conocida, y cuando halló el trono vacío, se detuvo.

-Vamos. –Siguió a Arles con la mirada unos segundos, imaginando que por el camino que llevaban sus pasos, su destino solamente podía ser la terraza.

Saga se sopló el flequillo, y se apartó un mechón de la melena. Recortó la distancia que lo separaba de los cortinajes, y finalmente respiró hondo cuando apenas le restaba un paso para salir al balcón.

-Habéis llegado. –Inmediatamente, Shion apareció en su campo visual. Saga asintió, apenas perceptiblemente, ante la obviedad.

Pocos metros más allá, acomodada en una confortable butaca, Saori lo observaba con interés.

-Sentaos. –Arles hizo tal y como el viejo lemuriano sugirió, pero aquella agobiante sensación de que se hallaba en medio de una encerrona, impidió que Saga hiciera lo propio.

-No, gracias. –respondió con suavidad. Se acercó hasta la balaustrada, y tras dar un rápido vistazo al panorama que tan bien recordaba, apoyó la espalda contra ella.

Una doncella entró, silenciosa y a toda prisa, con una bandeja de plata entre las manos. No la prestó demasiada atención mientras servía el humeante té. Sin embargo, cuando la mujer se dispuso a irse, sus ojos se cruzaron. Una mirada dorada, brillante y cálida; en un rostro de porcelana enmarcado por una melena rosada.

Saga se humedeció los labios con nerviosismo. La conocía. Por supuesto que lo hacía, y bastante bien, de hecho. No tenía la menor idea de cuantas personas del servicio del templo habían sobrevivido a su mandato, y aunque era una buena noticia, no dejaba de inquietarle cada vez que se topaba con uno de esos rostros temerosos y desconfiados. Igual que el que ella lucía.

-¿Deseáis algo más?

-No, gracias. –se apresuró a responder Saori.- Puedes irte, Svetlana.

La chica asintió, y se dio la vuelta por donde había venido, no sin antes echar una fugaz mirada atrás.

A Shion no le había pasado desapercibido el minúsculo detalle, y sus lunares se habían alzado casi sin querer. Esperó pacientemente a que la doncella se hubiera alejado lo suficiente, y solo entonces miró a su santo.

Aunque se veía imponente con su deslumbrante armadura, había algo en Saga que le hacía verse, en aquel preciso instante, como un animalillo camino del matadero. No podía culparle, dado el panorama que tenía frente a él y el camino que tomaría la conversación.

-¿Cómo estás? –preguntó la princesa.

-Bien. –murmuró él, más por inercia que otra cosa. Odiaba aquella sensación. Esa que le oprimía el pecho y le advertía de que nada de lo que fuera a escuchar iba a ser de su gusto.

-Me alegro. –La diosa sonrió con sinceridad, aunque la veracidad de la respuesta del geminiano fuera cuestionable. Al menos estaba allí.

-¿Y bien? –dijo él, finalmente, con cierta impaciencia. No la buscó a ella, ni a Arles. Sus ojos verdes se clavaron con fiereza en la mirada de Shion, y una vez más, el lemuriano se rindió ante la evidencia que su niño ya no estaba allí. Saga siempre lo había mirado con una genuina admiración, con devoción incluso, desde antes de aprender a hablar siquiera. Ahora lo contemplaba como a un igual. Se aclaró la garganta.

-Hay algo importante de lo que tenemos que hablar. –Saga guardó silencio, expectante.- Pero es un asunto delicado. ¿Quieres té? –El peliazul negó. Shion estaba haciendo un pésimo trabajo tranquilizándolo.

-Sólo dilo, Maestro. –intervino Arles. El lemuriano asintió con lentitud.

-Debemos hablar acerca de Ares. –dijo finalmente.

Después, no hubo más que silencio. Saga apartó la vista apenas un par de segundos, pero fue suficiente para que su molestia fuera más que obvia. Su mandíbula se tensó suavemente, igual que cada uno de sus músculos. Era el centro de todas las miradas, y ¡vaya miradas eran esas!

-¿Qué quieres saber? –dijo. Su voz sonó seca, como si cada palabra desgarrase su garganta en un intentó vano para no salir de ella.

-Hay muchas cosas que sabemos, y otras que sabremos a su debido tiempo. –De alguna manera, aquella última parte de la frase le resultaba alarmante. No tenía intención alguna de hablar, más de lo estrictamente necesario, con nadie de aquel pasado que tanto le pesaba.- Nadie mejor que tú puede contar lo que ocurrió, pero… -Se encogió de hombros.- No es eso. No por ahora. –Shion había sabido desde el principio que esa conversación iba a ser dolorosa. Por eso era incapaz de hacer a un lado el nudo de su garganta: era consciente de que cada palabra mencionada al respecto de aquel asunto, era una cuchillada para Saga. Solo había que ver el modo en que su impecable apariencia se tambaleaba.

-¿Qué es? –sonó angustiado, y se dio cuenta nada más despegó los labios.

-Esto no se trata de lo pasado durante todos esos años. –Saori intervino, algo que el patriarca agradeció infinitamente.- Sino del futuro.

Oh. El futuro. Aquella difusa interrogante que el geminiano no tenía la menor idea de cómo afrontar, menos aún superar.

-Con tu muerte… -Saga la observó mientras hablaba. Después de todo lo que habían vivido en tan poco tiempo, aún sentía cierto reproche en su voz cuando Saori hablaba de aquella noche.- Nos libraste de un enemigo muy peligroso. Después se sucedieron los acontecimientos demasiado rápido y, ni yo, ni nadie pensamos en la magnitud de la situación. Todo se convirtió en una contrarreloj y obviamos algo importante.

-Ares no está sellado. –Solo cuando vio como los tres lo miraban con aquella mezcla de sorpresa, lastima y recelo, se dio cuenta de que había hablado en voz alta y que había acertado de pleno.

-No, no lo está. –Saori agachó el rostro. Aún no se explicaba como no había reparado en ello aquella noche. Había dejado que su sacrificio fuera en vano.- No eres demasiado diferente a Julian o a mí, Saga. –El geminiano ladeó el rostro sutilmente. Él notaba muchas y enormes diferencias.- Pero, usualmente, el alma del dios y su portador se complementan en armonía o terminan por hacerlo con el paso del tiempo. Ese no ha sido tu caso. –Esa era una aclaración innecesaria. Saga se había dado cuenta de ello desde el primer día, allá, cuando solamente era un adolescente presuntuoso.- Sin embargo, Ares y tú siempre estaréis unidos por un vínculo irrompible. Puede debilitarse al extremo, pero a pesar de lo diferentes que sois, en el fondo, sois uno.

Dolió. Escucharlo dolió tanto, que una oleada de lágrimas atacó sus ojos en el preciso instante en que se dio la vuelta. Apoyó las manos en la balaustrada, y apretó tanto, que se rasguñó la yema de los dedos. Se mordió los labios, y cerró los ojos por un instante. Tragó saliva y respiró hondo. Lo sabía, siempre lo había sabido; pero ingenuamente había esperado que alguien le asegurase lo contrario.

-¿Qué es lo que tratáis de decir? –murmuró sin voltear.

-Ares puede volver. –Fue Shion quien tomó la palabra, poniéndose en pie y acercándose hasta él con precaución. Se detuvo apenas a un par de pasos: hubiera jurado que lo vio estremecerse.- Pero eso es algo que tú ya habías pensado. –No era una pregunta, pero tomó el silencio como un si, y continuó.- La situación es diferente ahora. Ares esta ahí, en alguna parte. Y si su deseo es volver, aprovechará cada grieta o debilidad para intentarlo.

Saga no dijo nada. Mantuvo la vista perdida en algún punto del bullicioso coliseo, como había hecho cada día de aquellos trece años, desde aquel mismo balcón. Su mente desconectó por completo de la conversación: solamente podía escuchar el acelerado latido de su corazón en las sienes, y sus propios pensamientos… Aquellos que le decían que nada de lo que habían mencionado la diosa o el patriarca era un secreto desconocido para él. Desde que había abierto los ojos, había comprendido que aquella era su realidad. Escucharla de sus labios, sin embargo… era algo totalmente diferente.

-¿Y ahora…? –preguntó.

-No tiene por qué volver. –La voz de Arles lo sorprendió.

Había estado allí, como un testigo mudo de aquella conversación: él, el primer cadáver de una lista interminable. Saga respiró hondo. Una vez hubo despejado sus ojos y recuperado su máscara de impenetrabilidad, se dio la vuelta, hasta encarar al viejo santo. ¿Qué pensaría de su presencia allí? ¿Qué sentiría al verlo? ¿Miedo? ¿Desdén? ¿Rabia? ¿Odio? No lo sabía, y su mirada color miel no lo delataba tampoco. Al menos no en aquel momento.

-Que tomara el control una vez, no implica que vuelva a hacerlo una segunda. Son tiempos de paz, el Inframundo está sumido en el caos, y Poseidón sellado en casi su totalidad. Si se atreviera a intentarlo, lo sellaríamos y punto.

Hablaba con una seguridad que Saga no había notado antes, o quizá no le había prestado la atención suficiente. Arles siempre había sido un viejo gruñón, estricto y duro… pero muy observador. No en vano, había sido el único en percatarse de lo que sucedía con él años atrás. Era algo que nunca olvidaría. Ni su mejor amigo, ni su padre… fue Arles.

-Solo has de ser cuidadoso. Nada más. –le dio un sorbo a su té, y prosiguió.- Ya no eres un niño: has crecido y tienes experiencia más que de sobra para afrontarlo. Me gustaría pensar que todos hemos aprendido de lo que sucedió.

-Eventualmente, los demás necesitarán saber acerca de esto. –vio fugazmente a Shion, y asintió apenas perceptiblemente.

No le agradaba la idea: le hacía sentirse en el ojo del huracán, bajo permanente escrutinio, era como caminar en la cuerda floja y le ponía encima una presión que en ese momento no necesitaba. Sin embargo, estaban en lo cierto. Los demás debían saberlo… era necesario si querían evitar una catástrofe como aquella, por poco que le gustase.

-Cuando estés listo.

Saga no sabía si lo estaría nunca. Aquello era lo que Shion sacaba en claro del reflejo de sus ojos. Desconfiaba de si mismo, y desconfiaba de todos ellos. Tenía motivos, al fin y al cabo, porque todos habían fallado estrepitosamente. No podía culparle si su fe se tambaleaba. Pero le necesitaba entero, y le necesitaba ya. Necesitaba al Saga que podía dejar el mundo del revés si aquello era lo que se requería. Igual que en Hades. Necesitaba su fortaleza de vuelta, porque ella le mantendría a él, y a todos, a salvo.

-A partir de ahora no hay más opción que la de levantarse y seguir adelante. Lo sabes. –El peliazul asintió, con la mandíbula tensa y el corazón desbocado. No había margen de error, eso era lo que Shion decía de modo disimulado. No podía equivocarse una sola vez, porque el riesgo era grande.- Es todo. –Y viéndolo, esforzándose tanto por no lucir turbado, el patriarca no encontró más palabras que suavizaran la situación.- Ve a entrenar, tu equipo estará esperando.

Saga asintió de nuevo, transmitiendo la misma docilidad que cuando era un chiquillo. Inclinó el rostro, y se encaminó a la salida. Sus ojos volvieron a nublarse a medida que se alejaba, pero llorar no solucionaría nada. En realidad, solamente necesitaba estar solo. Al menos un momento, hasta lograr serenarse. Solamente tenía que pensar en Deltha, en todo lo que ella le había dicho… en los errores que no quería repetir y en la resolución que había tomado tras aquella aciaga discusión.

De todos modos, hacía mucho que Saga había olvidado como llorar.

-X-

Después de que Saga se fuera, un silencio sepulcral cayó sobre ellos. Saori lo comprendía, aquella conversación había sido como un puñetazo en el estómago. Y en parte, agradecía enormemente el hecho de que el geminiano fuera tan bueno disimulando. Si no hubiera sido capaz de mantener a raya sus reacciones, no estaba segura de haber tenido la fuerza para continuar con aquel asunto. Se hubiera derrumbado con él.

-¿Estará bien? –preguntó en un hilo de voz.

-Lo estará. –Shion sonaba seguro de si mismo, pero aún así, ella era de sobra consciente de que la duda y la preocupación estarían siempre ahí. Era precisamente eso lo que adoraba de Shion: aquel amor genuino e imperecedero que sentía por sus chicos, sin importar qué.

-Estuve pensando. –El peliverde alzó un lunar con curiosidad.- Pronto deberemos ponernos en contacto con Julián.

-¿Estas segura, princesa? –quiso saber él.- Quizá es pronto aún. –Saori negó lentamente.

-Es el momento idóneo. Los chicos necesitan recuperar la normalidad poco a poco, y estos días estarán muy ocupados con sus propios equipos. Eventualmente, deberán tomar misiones y salir del Santuario.

-¿Has pensado en algo concreto?

-Primero iré a ver a Julián. –dijo mientras asentía.- Me gustaría pensar que hemos quedado en buenos términos desde que nos prestara esa ayuda vital durante el Hades. Mi presencia en Atlantis será mi voto de confianza para empezar de nuevo. Lo necesitamos. Una cosa es la paz de palabra, y otra distinta demostrar mi fe en él.

-Entiendo. –Y lo hacía, pero eso no significaba que le gustase.- Supongo que sabrás, que no permitiremos que vayas sola.

-Lo sé, y cuento con ello. –Shion ladeó el rostro, completamente curioso por la seguridad y misterio que transmitían sus palabras, por su diminuta sonrisa.- ¿Cómo está Aioros?

-¿Aioros? –la pregunta le pilló desprevenido, pero que su nombre hubiera surgido en aquel punto de la conversación, decía mucho de las intenciones de la princesa.- Bien, creo. Dentro de lo que cabe… -Se lo llevaría a él, estaba seguro. Y no tenía muy claro si Aioros estaba preparado para retomar tal responsabilidad.- Esto le tomará un tiempo aún.

-Aioria está rebosante de felicidad. –Ella misma lo había comprobado en todas las ocasiones en que le había visto y escuchado. Su viejo amigo el león, se veía diferente… mucho más relajado con el mundo y eso la complacía enormemente. Se lo merecía.

-¡Ya lo creo!

-Bien. –sonrió. Tenía muy claro quién iba a acompañarla a Atlantis: había tomado la decisión hacía días, y era inamovible.- Me llevaré a Aioros conmigo.

-No puedo decir que me sorprenda, princesa. –Sus dedos repiquetearon sobre la mesa, ligeramente inquietos.- No estoy seguro de que sea una buena decisión.

-Y a Saga.

Entonces, Shion solamente la observó, guardando silencio. Sus ojos grises transmitían seguridad, una fe absoluta en lo que decía y tenía intención de hacer. Y aunque en otra época hubiera considerado que aquella era una magnífica elección, no tenía tan claro que lo fuera en aquel instante. Temía que Saori se dejara llevar por el cariño que sentía hacia ellos.

-Princesa…

-Sé lo que vas a decir. –Posó su mano, pequeña y pálida sobre la de él, en un gesto terriblemente tranquilizador.- Dirás que no están listos y que su situación es difícil, que su relación está rota. Incluso, que forzarlos a compartir la carga de una misión así, la primera después de tanto tiempo, es tentar demasiado a la suerte.

-¿Y no lo es? –preguntó Arles. Ella lo miró, con una diminuta sonrisa plasmada en los labios.

-Seguramente sí, soy consciente de ello… Pero también sé que a veces es necesario un empujón, independientemente de lo fuerte que uno sea. –Vio de uno a otro.- Sé que os oponéis, lo comprendo; pero mi decisión está tomada. Los dos vendrán conmigo, no podría tener escolta mejor. Confío en que al volver de Atlantis, hayan dado un paso adelante.

-Forzarás una situación que ya es lo suficientemente tirante de por sí.

-Así es, pero funcionará.

Sus ojos grises les traspasaron a ambos.

-Pensaré en ello, princesa. –dijo finalmente el lemuriano.

-Como quieras. –Podía pensarlo todo lo que quisiera, exponerle los mil y un riesgos que entrañaba una maniobra como esa… pero seguiría convencida.

No llevaba mucho tiempo en el Santuario. Sus ratos con los chicos habían sido menos de los que hubiera deseado, pues de alguna manera, sentía que no había horas suficientes para observarles, escucharles, conocerles… Había escuchado sus historias, aquellas que estaban exentas del drama que se había apoderado de sus vidas. Arles había resultado un excelente conversador respecto a esos temas. Le había hablado de su niñez, con una nostalgia en la voz y en la mirada que no le había pasado inadvertida. Y ella, había descubierto, no sin cierto dolor, que sus santos dorados no habían sido diferentes a Seiya los demás. Se habían querido, habían sido hermanos y amigos, aunque les hubieran enseñado que su prioridad era otra muy distinta.

No podía dejar de pensar en sus santos de bronce, en lo muchísimo que les extrañaba… Ella jamás les hubiera dejado separarse, nunca les hubiera permitido ahogarse en la soledad. Ellos jamás la hubieran dejado a ella. Precisamente por eso, ponía tanto empeño en reparar los lazos que habían unido alguna vez a sus santos dorados, en devolverles una vida. Tenía la impresión de que, de alguna manera, Seiya, Hyoga, Shun, Shiryu e Ikki estarían de acuerdo con aquella arriesgada decisión. Merecía la pena.

Entonces, suspiró.

-Me gustaría escribirle una carta a Hilda. –Rápidamente cambió de tema.- Querría compensarla por todo lo sucedido… Había pensado que, quizá, sería una buena idea reparar la armadura de Odín y la espada Balmunga para ella.

-Esa es una excelente idea. –Y lo cierto era, que los peligros que entrañaba Asgard le preocupaban mucho menos que los vinieran del mar.

-X-

Nikos no era, bajo ningún contexto, corto de estatura. Por el contrario, el moreno era un tanto más alto que la mayoría de los santos adolescentes que le rodeaban y, si tenía que decirlo, casi tan alto como cualquiera de los santos dorados. Pero, ahí, de pie junto Aldebarán, se sentía simplemente enano. Por mucho que el rostro del toro dorado le infundiera confianza, su impresionante estatura y complexión terminaban por imponerse. Aún así, el santo de plata se sentía agradecido de haber terminado como subordinado de alguien como Aldebarán. Si bien era varios años más joven que él, la química había sido inmediata.

Probablemente Naia lo acusara de ser de mente cerrada, pero para el santo de Orión, todos los santos dorados tenían una característica en particular: eran insufribles. Sin embargo, después de haber conocido al brasileño, tenía que admitir que debía replantearse su teoría.

Si bien Aldebarán era estricto, perfeccionista y estaba bien afianzado a su papel de líder de equipo, también era el tipo más simpático que había conocido en muchos años. Era extremadamente paciente con Geki y con Ban; y también se esforzaba en reforzarle a él, su papel como segundo santo más fuerte del grupo. En pocas palabras, Nikos jamás se hubiera imaginado que los entrenamientos terminaran por ser tan agradables, ni tampoco que terminarían por ser la parte más entretenida de su día.

Así que, cuando se dejó caer sobre la arena caliente del Coliseo para quitarse su equipo de entrenamiento, no pudo sino pensar que haría ahora que tenía tiempo libre. Por mucho que le gustara pasar el tiempo con sus compañeros, a veces no podía evitar sentirse… solo.

-¡Oye, Nikos! –Giró el rostro hacia donde sabía que Aldebarán lo llamaba.- Ha sido un día de entrenamiento productivo. ¡Bien hecho!

El moreno dejó escapar una risita accidentada. Su camisa, empapada de sudor, era la prueba de que realmente se había esforzado ese día… o de que Aldebarán de verdad se había empeñado en hacerlos trabajar. Como fuera, se sentía bien que sus esfuerzos fueran reconocidos.

-Estirar un poco los músculos ha estado bien. –Le respondió mientras se despojaba de la prenda empapada. Se secó la cara y también el cabello con ella, haciendo que un montón de gotitas de sudor resbalaran por sus hombros hacia su pecho y espalda desnudos.- Tengo que decírtelo: no esperaba esto de un entrenamiento.

-¿A qué te refieres?

-Es que… -Se encogió de hombros.- … ha sido agradable. Divertido, incluso.

-Espero que sigas pensando lo mismo conforme los días pasen. –El santo dorado dejó escapar una enorme carcajada que terminó por contagiar al griego, robándole una sonrisa.- Los entrenamientos no tienen porque ser una tortura, Nikos. Pero espero lo mejor de vosotros y no aceptaré menos de eso. –Le palmeó el hombro.

De pronto, la imagen de Goran se le dibujó en la cabeza. Hacía mucho que no pensaba tan detenidamente en lo mucho que le extrañaba.

Tuvo que haber sonreído, porque aquel gesto capturó de inmediato la atención del santo dorado. Su mirada se posó con tanta insistencia sobre él que, en un momento dado, Nikos sintió la necesidad de voltear para enfrentarlo. Al verlo levantar las cejas, tuvo la urgencia de responder. Lo hizo con sinceridad, sin poder explicarse el por qué Aldebarán le resultaba un tipo de tanta confianza.

-Pensaba en mi maestro. -Le dijo.

-Se les extraña, ¿no es verdad?

-Supongo que en algunos casos, si. Creo que soy lo suficientemente afortunado como para hacer tal cosa. –Y no mentía. Goran había sido un hombre bueno con él y solo lamentaba no haber podido darle más satisfacciones.- De todas formas, por el simple hecho de haber muerto en nuestras manos, merecen ser recordados.

-Uno nunca debe olvidar los rostros de aquellos cuyas vidas toma.

-Lo sé. –El santo de Orión aceptó la mano que Aldebarán le tendió para ayudarle a ponerse en pie.

Caminó un rato al lado del brasileño, al menos hasta que llegaron a la desviación a las Doce Casas, desde donde tendrían que tomar caminos diferentes. A partir de ahí, Nikos tendría que caminar solo a casa. La idea no le convencía del todo, pero tenía más remedio.

-Creo que iré a casa, tomaré un baño y descansaré un rato. –Dijo mientras se estiraba y experimentaba una deliciosa sensación de alivio cuando las vértebras de su espalda se alinearon.

-Bien merecido. –Aldebarán le respondió.- Espero verte mañana a tiempo. Me gustaría contar con tu ayuda para mejorar el nivel de Geki y de Ban. Aún tienen mucho que aprender y me creo que podrías aportarles mucho.

-Aldebarán… -Nikos se rascó la cabeza con nerviosismo. Las mechas más cortas de cabello oscuro se revolvieron un poco más.- Yo… no soy exactamente la persona más experimentada cuando se trata de batallas, ni siquiera si hablamos de experiencia como santo. Estuve muerto muchos años y no morí precisamente en una guerra. En cambio, ellos… -resopló. Era difícil admitirlo, pero los chicos, con todas sus carencias en técnica de batalla y en cosmos, habían visto y vivido mucho más que él.- Ellos saben lo que pasa en una guerra. Saben lo que es pelear por Athena, sangrar por ella.

El rostro de Aldebarán, para su sorpresa, se había tornado pensativo, casi curioso al respecto de sus palabras. Le vio asentir y rascarse la barbilla, y entonces la curiosidad se volvió recíproca.

-Tienen el corazón de guerreros, Nikos, eso es innegable y probablemente sea lo más importante. Pero si una nueva guerra estallara ahora mismo, también estarían muertos. –respondió el brasileño.- Aún tienen mucho que aprender sobre su propia fuerza, su cosmos y sobre si mismos. Ahí es donde podemos hacer una diferencia.

De pronto, el moreno se encontró sin palabras. Desde su regreso se había estado preguntando cuál sería su papel en aquel desconocido Santuario. Sin embargo, ahora una opción parecía haber asomado para él. En todo el tiempo que llevaba ahí, era la primera vez que se sentía útil.

-¿De verdad crees que podría ayudar?

-Si no lo creyera, no te lo diría. Creo que tú y yo haremos un gran equipo. –Rió, mientras pasaba el brazo por encima de su hombro.- ¿Cuento contigo, Orión?

-Cuenta conmigo, Tauro.

-¡Excelente! Ahora ve a descansar. Tendremos mucho trabajo en los siguientes días. –Aldebarán, sin duda, tenía un optimismo contagioso.- ¡Seremos el mejor equipo en cuestión de unos pocos meses!

Aldebarán, entonces, tomó el camino de vuelta a Tauro, mientras Nikos lo miraba marcharse en silencio.

Cuando le hubo perdido, el moreno decidió que era momento de regresar también a casa. Estaba cansado, pero a pesar de eso, se sentía bien. De verdad estaba comenzando a pensar que una armadura de oro no hacía a todos idiotas… solo a algunos.

Pero antes de que pudiera seguir con sus cavilaciones, distinguió una figura conocida a la distancia. Tragó saliva mientras que, de manera involuntaria, el ritmo de sus pasos se desaceleró. No estaba seguro de querer llegar al punto en que sus caminos coincidirían de manera inevitable. Eventualmente sucedió. Fue hasta cuando no pudo evitarlo más, que se vio obligado a saludar con una timidez que desconocía en él.

-Hola… -el pelirrojo miró en su dirección y sonrió ante el saludo.- Keitaro.

-X-

Aioros se secó el sudor de la frente con el dorso de la mano, y después de apartar los rizos empapados, se colocó la cinta roja en su lugar. Se sentó en una de las gradas, dispuesto a observar la pelea entre Tatiana y Asterión, con Spartan a su lado, porque aunque había dado por finalizado aquel primer entrenamiento… ellos decidieron continuar. Y no podía decir que estuviera descontento con su equipo.

No conocía a los chicos, eso estaba claro. Y sus habilidades eran considerablemente distintas a las propias… pero se habían esforzado, y habían estado tranquilos todo el tiempo: dóciles. Eso le había facilitado terriblemente las cosas. Hacía tanto tiempo que el arquero no se veía obligado a lidiar con un grupo de subordinados, que aplacar la ansiedad que lo había dominado desde el día anterior, había sido casi imposible.

Echó un vistazo por el coliseo, en busca de la tranquilizadora presencia de Deltha en algún lado, pero no la encontró. Seguramente Camus había encontrado un lugar mejor para entrenar que aquel abarrotado coliseo. Era una opción que el mismo tendría que barajar pronto. Las miradas continuaban poniéndolo ligeramente nervioso.

Después, volvió su atención al inofensivo combate. Tatiana se movía bien. Era la única, de los tres, que le resultaba vagamente familiar… y no era que hubieran intercambiado más que un saludo en un par de ocasiones muchos años atrás. Sin embargo, la rusa pertenecía a su tiempo, y dentro de lo malo, la idea le hacía sentir cómodo. Claro que, esa sensación no duraba mucho. Luego la observaba: alta, esbelta, con una bonita figura y con una elegancia felina, con un pelo tan rubio que era casi blanquecino. Y cuando se paraba a pensar en como era ella en realidad, solamente una idea se aparecía en su mente.

Ella y Saga. Debía admitir que la curiosidad lo carcomía. Y aunque no ponía en duda el viejo chisme que Deltha le había contado acerca de ellos dos, le resultaba difícil de imaginar… cosa que tampoco deseaba hacer, claro. Pero había pasado muchísimo tiempo de aquello, toda una vida… para algunos incluso más. Les había visto hablar la noche de las Panateneas a lo lejos y, al igual que antaño, la rusa había logrado robar una sonrisa de los labios del geminiano.

¿Qué tenía ella? No tenía la menor idea. Saga jamás le había hablado de nada relacionado con chicas en aquella época. Se había limitado a decir que era una buena amazona, cosa que resultaba bastante obvia; una buena chica. Pero nunca había mencionado nada más allá de eso. Aioros debía admitir que en cierto modo le disgustaba aquel minúsculo detalle. Saga era como una tumba, había quedado más que claro. Sin embargo, Tatiana no había sido algo malo… hasta donde él creía. No había sido algo tan doloroso como Ares. Había sido una aventura… divertida, se atrevía a decir. Y él no había hecho un solo comentario al respecto. A su mejor amigo.

De todos modos, tampoco podía culparlo. Él se había callado ciertos detalles bastante parecidos. Suspiró, y justo en el preciso instante en que se reclinó en su asiento, apoyando los codos en la piedra, escuchó una voz que lo hizo estremecer.

-¿Cansado o aburrido?

Tomó una bocanada de aire antes de voltear en la dirección de Kanon. No estaba nada seguro de querer entablar una conversación con él, o de escucharlo siquiera. Claro que era de sobra consciente, que eso a Kanon no le importaba. Si tenía algo que decir, simplemente lo diría, sin importar nada más.

-Ninguna de las dos. –murmuró, volviendo la vista al frente.

-Vaya, vaya… -La mirada del arquero voló, fugazmente y de soslayo, hasta el gemelo menor. No le había resultado difícil distinguir la burla en su voz.

-¿Querías algo?

-¡Oye! Solo entablo conversación… Estas resultando hostil.

Y sin más vacilación, se dejó caer despreocupadamente a su lado. Spartan murmuró algo que Aioros apenas llegó a escuchar, y antes de que tuviera tiempo de responder, se levantó y se despidió, alejándose a toda prisa.

-Bonito equipo. –El arquero no necesito verle para saber que era lo que Kanon estaba mirando concretamente, o a quién mejor dicho, así que se limitó a guardar silencio.- No estas muy hablador, ¿qué ocurre, arquero? En tus buenos tiempos era imposible que cerraras la boca por mucho tiempo…

-¿De que crees que podríamos hablar tú y yo, Kanon? –No le importaba en absoluto sonar frío. La compañía de Kanon le provocaba escalofríos. El peliazul chasqueó la lengua.

-Cualquiera diría que estas amargado… ¡Tú! Deberías estar contento, la vida te trata bien. –Por primera vez, Aioros volteó y lo miró fijamente a los ojos. No podía creerse que hubiera dicho semejante cosa. Pero ahí estaba, luciendo aquella sonrisa provocadora que siempre le había resultado insoportable.

-Cualquiera diría que el amargado eres tú. –replicó, con una calma que lo sorprendió.- Aquí conmigo, parloteando, aparentando… y distrayendo la atención de lo que haces o no haces, mejor dicho. Me hablaron de tu equipo, supongo que te va genial con ellos.

-¿Por qué tan a la defensiva? –preguntó mientras dejaba escapar una pequeña carcajada. Sin embargo, su gesto cargaba cierta molestia también. Su equipo era algo de lo que no quería, bajo ningún concepto, hablar.

-No estoy a la defensiva.

-¡Oh! Claro que si.

Aioros resopló con hastío. Se sacudió el polvo de las manos, y se levantó. Miró al presumido gemelo menor y ladeó suavemente el rostro.

-¿Somos amigos, acaso? –preguntó. Kanon no respondió.- Eso pensaba. Los amigos no se crean por arte de magia, ni tampoco crecen debajo de los árboles.

Y no podía decir que aquella afirmación no doliera, porque lo hacía. Recordaba demasiado bien cada minuto vivido con los hermanos de Géminis. Tenía muchísimos más recuerdos de Saga, obviamente, pero Kanon tenía un pequeño rincón en su memoria. Habían sido niños, se habían querido, le gustaría decir; aunque la gente cambiaba. Era obvio.

Se dio la vuelta, y dio un par de pasos en la dirección opuesta. Tenía demasiadas cosas en que pensar como para dedicarle tiempo a él precisamente. No después de todo el dolor que había causado nada más resucitar, metiendo el dedo en la llaga y agrandando las heridas. ¿Para qué? Era tan retorcido, que jamás lo entendería.

Fue entonces que reparó en la silueta femenina que lo saludaba en lo alto de las escaleras, imaginaba que con una sonrisa en el rostro. Devolvió el gesto, Naia tenía algo que la hacía ver igual que hacía catorce años. Sin embargo, cuando la morena comenzó el descenso a toda prisa, su intento por huir se vio frustrado.

-¿Sabes, arquero? Te diré algo. –La voz de Kanon comenzaba a resultarle peligrosamente irritante.

-No es necesario.

-Lo haré de todos modos. –"Por supuesto que lo harás", pensó.

-Deberías ir haciéndote a la idea de que las cosas ya no son como antes aquí.

-No sabía que necesitara de tu perspicacia para descubrirlo.

-¡Hoy amaneciste de buen humor! –Aioros rodó los ojos y ahogó un bufido.- Mira bien a tu alrededor. Aún hay reverencias hacia ti, desde luego, pero no como en aquel entonces. Nada de lo que conocías pervive. Todos partimos del mismo nivel ahora.

Aioros guardó silencio. Todas las emociones que le provocaba Kanon, eran de todo menos sanas. Y estaba seguro que el gemelo lo sabía: porque así era él. Disfrutaba manejando las piezas del juego a su antojo, tuviera motivos o no. Sin embargo, su poca experiencia le había dejado bien claras un par de cosas: habían pasado por alto demasiadas estupideces de Kanon solamente por Saga, porque era su hermano, le adoraba y le dolía todo lo que tuviera que ver con él; y la manera en que el menor se lo había pagado había sido escupiéndoles en la cara a todos. Aioros no era un tipo especialmente rencoroso, pero no tenía intención alguna de olvidar aquello, ni tampoco de olvidar el modo en que Kanon había querido "solucionar" las cosas tanto tiempo después.

Decir que todos empezaban desde el mismo nivel le resultaba, cuanto menos, ofensivo. Kanon era, y había sido, lo que había querido ser. Se había convertido en un monstruo porque le había complacido. Punto. Podía haberse arrepentido, y cambiado de bando… aquello era admirable, desde luego. Pero creer que la nueva oportunidad le colocaba en el mismo escalón que a la mayoría de ellos, era extremadamente presuntuoso de su parte, incluso para él.

-No hace falta ser un genio para ver que estás asquerosamente solo. –El peliazul continuó.- Aioria ha crecido, tiene un pajarito maravilloso revoloteando tras él, Shura ya no besa el suelo que pisas, y mi hermano… bueno, Saga solamente esta siendo Saga. Tendrás que conformarte con Apus.

-¿Eso es todo lo que vas a decir? –Kanon alzó una ceja, ligeramente sorprendido por aquella reacción. Aioros nunca había sido de los que le respondieran, y si lo había hecho, había sido extremadamente cauteloso.

-¿Qué ocurre? –La voz de Naia interrumpió, y cuando voltearon en su dirección, apenas se hallaba a un par de pasos.

-Charlábamos. –replicó Kanon con una deslumbrante y coqueta sonrisa.

-En realidad no. –espetó el castaño.- No tenemos nada de que hablar.

-No seas así, Aioros.

-No. ¡No seas así, Kanon! –exclamó furioso.- Nunca te he entendido, jamás. –Naia miró atónita de uno a otro.- El por qué haces lo que haces ha sido una incógnita para mi desde que te conozco. Y ha pasado mucho tiempo de eso. Confieso que pensé que habrías cambiado… que habrías crecido. –se encogió de hombros.- ¿Cuál es tu intención? ¿Venir y hacerme sentir solo, miserable, para tener algo de lo que reírte después y así no ver tu propia mierda? ¿O quizá para aprovecharte de la debilidad ajena?

-Aio… -suplicó la amazona, tomada por sorpresa, con aquella voz, y aquel diminutivo que el arquero hacía décadas no escuchaba. Posó su manó con suavidad en el antebrazo del de Sagitario, en un intento fallido por relajarlo.

-¿Te has aburrido de pisotear a Saga ya? ¿O simplemente no te ha prestado la atención suficiente? –Kanon frunció el ceño.- Ya no, Kanon. O empiezas a comportarte como una persona de verdad, u olvídate de que te traten como tal y encajar en el Santuario. Es bien simple. Yo podré estar todo lo solo que quieras, todo lo que te guste creer… Puedes escupirme en la cara que mis amigos no están, y que ya no son nada parecido a lo que conocí; incluso que no tengo un lugar aquí y que mi tiempo pasó. Pero sé de sobra que las cosas volverán a su lugar. Tengo fe en ello, y tu idiotez no va a cambiarlo. Deja de pretender que haces las cosas bien, como aquel día en el templo papal, cuando volvimos. Deja de actuar. Nunca has hecho nada que no te produzca beneficio, y esa ocasión no fue menos. Siempre manipulas todo a tu antojo y tu sonrisa estúpida es capaz de embaucar a todo el mundo. En lo que a mi respecta, si quieres hacerte un hueco, tendrás que empezar por bajarte de esa nube tuya donde te crees que todo lo que haces, y tus modos, están justificados. No lo están. No tienes derecho alguno a pasar por encima de nadie, para nada. Si quieres un lugar, gánatelo y deja de ser un completo imbécil.

-Admito que el Señor Virtuoso ha vuelto con más carácter del que esperaba. –respondió, tras unos segundos de silencio. Desafío, aquello era lo único que Aioros veía en su mirada. Controlarse, y no romperle la cara, fue todo un reto para él.

-Kanon, basta. –La voz de Naiara sonó más autoritaria que de costumbre.

-Solo jugamos, preciosa. –Ella no dijo nada, pero apenas perceptiblemente, sus músculos se tensaron. No estaba segura de que aquellas muestras de… cercanía, fuera apropiadas en aquel momento.

-Oh, no. juegas. –Añadió Aioros.- Yo no. Todo lo que he dicho, lo he dicho muy en serio. Te consentimos todos demasiadas estupideces una vez, te aseguro que no sucederá una segunda.

-¿Y qué vas a hacer?

-Pregúntate mejor que vas a hacer tú.

-¿Eres consciente de que Saga ya no va a interceder entre nosotros?

-¡Vaya! Creí que, tú, que todo lo has hecho desinteresadamente para ayudar a tu hermano, serías mucho más realista.

-Le das igual. Aunque lástima, le provocas mucha. Eso te lo aseguro, pero nada más.

-Kanon, cállate. –Espetó la morena.- Estás siendo un completo imbécil en este momento.

-¡Oye!

-¡¿Qué?!

-Déjale, Naia. Esto es lo que Kanon sabe hacer. Para él, Saga siempre ha sido su propiedad, siempre le ha ofendido que la exclusividad no fuera recíproca. Y francamente, suenas como un mocoso celoso. –Suspiró.- Las cosas irán a mejor, y cuando eso suceda, espero encuentres un hobby mejor que malmeter en cualquier asunto.

Se dio la vuelta, y esta vez no se detuvo. Quizá no debió haber entrado a su juego, pero la discusión le había servido de algo: quería a sus amigos de vuelta, y los quería ya.

-¿Vienes, Naia? –La aludida vio de uno a otro. Sin dar crédito a lo que había escuchado.

-Si, si. –dijo. Kanon ladeó el rostro y frunció el ceño al escucharla.- Solo dame un segundo.

Esperó a que Aioros se alejara lo suficiente, y solo entonces volteó hacia Kanon.

-No sé que estas haciendo, ni que ha sido eso; pero detente. Deja a Aioros en paz, y no te metas en problemas. ¡Es bien fácil! No les compliques más las cosas sin ninguna necesidad, Kanon.

-¿Vas a ir con él? ¿En serio?

-Es mi amigo.

-X-

-¿Cómo va todo? –Aunque el tono de su voz se esforzaba por sonar despreocupado y normal, Nikos sabía que Keitaro estaba tan nervioso como él mismo.

-Bien… bien. Todos en mi equipo son bastante agradables.

-Que suerte. –El pelirrojo sopló sus flequillos.- Mi equipo es bastante… peculiar.

-Afrodita, ¿cierto?

-¡Y Misty! Madre mía…

-No sé si debería decirte que lo siento. –Nikos ahogó una sonrisa. Cada vez se sentía más y más afortunado de haber terminado en el equipo de Aldebarán.

Escuchó al que fuera su amigo resoplando una vez más y ya no supo que más decir. Ya era lo suficientemente raro haber pasado juntos los últimos diez minutos, como para seguir intentado encontrar un tema de conversación entre ambos.

-Al menos a ti te va bien. –Bufó el santo de Cruz del Sur.

-Pudo irnos peor a ambos. –Nikos tenía en mente un trío de opciones que hubiera hecho todo más horrible.

-Supongo que si. –El pelirrojo levantó las cejas. No dijo nada, pero estaba seguro de que pensaban en lo mismo.- Eso es un progreso para cualquiera de los dos.

-Si.

Y la risa nerviosa del santo de Orión dejó la conversación en al aire.

"¿Y Naia?" Se sintió tentado a preguntar, pero aquel tema seguía siendo tabú. Lo que Keitaro no podía negar, era que había pensando esa pregunta demasiado en los últimas días. Ni siquiera entendía como podía seguir sintiéndose así, pero lo cierto era que no podía negarlo. Por muy poco que le gustara la idea, no podía sacársela de la cabeza.

Sin embargo, notó también el repentino y pesado silencio que se apoderó de la conversación una vez más. Igual que todas las veces que se habían mirado desde la distancia, se sintió incómodo. Ni siquiera podía imaginarse como debería sentarse Nikos, ahí de pie, junto a su asesino, pero de alguna manera no podía sentirse peor que él, que tenía que mirar a los ojos al amigo al que una vez había matado.

-Y… ¿qué tal te han parecido nuestros nuevos compañeros?

-Buenos chicos. –Nikos respondió. A pesar de todo, no sabía porque se sentía ligeramente solo a su lado.- Son bastante agradables.

-Eso me ha parecido también. Aunque no he tratado demasiado con ellos.

-Deberías.

Ésta vez, Keitaro guardo silencio. Pensó en lo bien que solía pasárselo con la compañía de Nikos y en lo mucho que extrañaba esos momentos. Pero él lo había echado todo a perder por una estupidez. Ahora, nunca tendría de regreso a su amigo. Lo había perdido, porque no tenía la menor idea de cómo enmendar el daño hecho… y tampoco tenía el valor suficiente.

-Nikos, estaba pensando… -Pero si en realidad estuviera pensando detenidamente en sus acciones, no se hubiera siquiera atrevido a abrir la boca.

-¿Si?

-Quizás algún día podamos… entrenar juntos… un poco, al menos….

Cuando el santo de Orión no respondió de inmediato, Keitaro se sintió miserable. No pudo evitar pensar en que nunca debió haber preguntado. No había forma en que Nikos tuviera la mínima intención de pasar tiempo con su asesino, así que la pregunta había sobrado.

-Yo… no… -Suspiró, admitiendo que se había equivocado.- Ésta bien si dices que no.

-No, no. No es eso. –El moreno negó una y otra vez. También echaba de menos la complicidad que alguna vez tuviese, pero el recelo que había crecido entre ambos era algo que todavía no sabía como manejar.

-Sé que han pasado muchas cosas…

-Es más que eso, Keitaro: hay detalles que todavía no sé como tomar. –Admitió.- Sé que debería ya haber superado muchas cosas, pero…

-Comprendo. –El pelirrojo agachó la cabeza.

-Sin embargo… tal vez podríamos entrenar un par de horas otro día. –Dijo y el rostro del santo de Cruz del Sur, mutó. Al igual que Nikos, esbozó una sonrisa.- Ahora mismo no, ¡porque estoy agotado!

-Hecho. –Se apresuró a sellar el pacto.

Al final seguramente no serían más que unos pocos minutos de golpes y patadas sin sentido, pero para ambos eran realmente importantes. Aquello ya era un adelanto.

-X-

-¿Estás bien?

-Aja.

-¿Seguro?

-Si, seguro.

-No tienes por qué mentirme…

-No te miento.

-Entendería que esa conversación… -Aioros se detuvo tan repentinamente, que Naia solo se percató cuando chocó contra su pecho.- ¡Oye!

-¡Estoy bien! –la sujetó de los hombro, y la zarandeó suavemente. Luego, ladeó el rostro con una media sonrisa cuando se vio reflejado en la máscara de plata.- De verdad, Naia, no te miento.

-Kanon puede ser un autentico cretino, lo se.

-Eso no es nuevo.

-Aún así, no me gusta que te vea como el rival más débil y por eso te ataque.

Aioros frunció sutilmente el ceño. ¿Así era como le veía? ¿Cómo un rival fácil de ganar con un par de juegos? Ahogó un bufido.

-No tienes que cuidarme, Naia. Puedo hacerlo solo, y si por algún casual no fuera así, se de sobra que tendré más de una persona, y de dos, que me cuiden las espaldas. –Esta vez fue ella quien ladeó el rostro, queriendo ver más a través de sus ojos cristalinos.

-Estas…

-Optimista. –se apresuró a terminar. Adoptó una mirada pensativa, que la sacó una sincera carcajada, y continuó.- Ganarle la partida a Kanon se siente bien, realmente bien.

-No es algo que suceda muy a menudo.

-No, por eso pienso disfrutar sus efectos.

-Afortunado.

-¿Verdad, preciosa? –Al escuchar aquella palabra, con aquel extraño tono que se asemejaba a la burla, la amazona entrecerró los ojos, aunque él no pudiera verlo.

-¿Hay algo que quieras preguntar, arquerito?

-No, al menos no estoy totalmente seguro de querer hacerlo. –Negó con sinceridad, suficiente tenía con sus propios problemas. Pero había descubierto que, a pesar de todos los enormes cambios que habían sufrido la mayoría, había ciertos detalles que nunca cambiaban. Naia y Kanon eran un ejemplo.

-Vale. –Y la morena comenzó a andar, dejándolo atrás, sin más opción que seguirla o quedarse con la curiosidad.

-¡Oye! –rápidamente la alcanzó.- Estaremos de acuerdo en que ese "preciosa" salido de los labios de Kanon es, francamente, sospechoso.

-¿Tú crees?

-Si. –replicó con contundencia.- No sabía que hubierais recuperado tanto tiempo perdido.

-Aunque no lo creas, Kanon es alguien con el que es increíblemente fácil lidiar. Al menos a algunos privilegiados nos sucede eso. –Lo que Aioros no sabía era cuanto tiempo habían recuperado exactamente, ni de que manera. Ni cuantos privilegios disfrutaban.

-Creo que eres la única.

-Si, creo que si. –Dejó escapar una suave risa.- ¿Qué hay de ti y Del? Preguntas mucho, y esperas que lo pase por alto, pero obviamente, pienso interrogarte cada día hasta tener una respuesta que me satisfaga.

-Es complejo. –sonrió ante la broma, pero decidió continuar. Si esperaba encontrar un aliado en aquel asunto, Naia era la única persona que podría serlo.- A veces parece que casi volvimos al punto donde lo dejamos… casi. Otras… -se encogió de hombros.- No se de donde sacó ese genio de mil demonios.

-Y aún no has visto nada. –bromeó.- Solo sigue intentándolo, ¿si? Se paciente, verás que las cosas suceden a su debido tiempo. –Aioros asintió.

-Deberías aplicarte tu propio consejo. –Y no iba a ser él quien se metiera en asuntos que no le incumbían, especialmente esos asuntos. Pero la amazona le importaba.

Desde que había vuelto, había procurado sacar un ratito cada día para él, para bromear y revolucionar su entorno igual que hacía años atrás. Aquel torbellino de energía que era Naia, no se había desvanecido aunque estuviera cambiada.

Naiara gruñó.

-De acuerdo, arquerito, de acuerdo. –farfulló a disgusto. Tendría que hacer algo con la desvergüenza de Kanon, o terminarían metidos en un montón de problemas. A Shion no le gustaría oír ninguna historia de sus santos dorados mezclados con amazonas, lo sabía. Todos debían andarse con cuidado.- ¿A dónde vas? –preguntó cuando se detuvieron en un polvoriento cruce de caminos.

-A Capricornio. –Ella alzó las cejas totalmente sorprendida.- Hay cosas que necesitan arreglo, y ya va siendo hora de intentarlo, Caelum.

-Suerte. Buena suerte. –Aioros sonrió, rodeó sus hombros con su brazo, y la atrajo hacía si con cariño.

-Verás que estaremos bien.

-Entonces vete, Milo me anda esperando.

-Suerte a ti con eso, pequeña.

-X-

Esbozó una sonrisa cuando el cosmos de Argol se deshizo como arena al chocar con el suyo. No le pasó desapercibido el modo en que el ceño del mocoso se frunció de disgusto, atacando después con renovado ímpetu. Máscara Mortal se sentía maravillosamente bien habiendo recuperado, prácticamente, la totalidad de sus habilidades.

Poco después de que enterrase sin piedad la rodilla en el estómago de Argol, el chico cayó al suelo, tan exhausto como dolorido. Aunque Ángelo se atrevería a decir que había resultado más herido su orgullo. El joven Perseo siempre había sido un chiquillo con un ego bien alto, lo sabía de sobra. No era la primera vez que entrenaba con él, ya lo había hecho en el pasado, porque, no en vano… Argol había sido un santo al que Ares tenía estima. No eran demasiado diferentes después de todo... Habían defendido el mismo bando y los mismos métodos.

Se revolvió el pelo con los dedos, y suspiró, apaciguando el ligeramente alterado ritmo de su respiración, y se acercó un par de pasos hacia él.

-¿Vas a llorar? –preguntó burlonamente, mientras observaba al rubio desde arriba, con los brazos en jarras. Argol rodó sus ojos azules con fastidio.

-¿Dónde se supone que esta Saga? –farfulló, molesto. Máscara Mortal ni siquiera era su responsable.

-No lo se.

Y era cierto. En ningún momento había sido su intención terminar entrenando con ellos, tenía suficiente con Giste y Nachi. Sin embargo, cuando habían coincidido en aquel rincón algo apartado, Shaina y Giste habían comenzado su propio entrenamiento. A Ángelo le había parecido una idea excelente, porque a decir verdad, no se encontraba de humor para lidiar con una gata completamente loca, menos aún si tenía compañía.

Estaba cansado, tenía sueño, y hacia un calor espantoso aún para aquellas fechas. Por eso no le pareció mal, tampoco, el hecho de que Jabu y Nachi hicieran lo propio. Lo más probable era que, con el mal humor que se gastaba aquel día, y la reconocida inutilidad del santo del Lobo… intentar entrenar con él hubiera sido una catástrofe. No estaba acostumbrado a lidiar con rangos menores, al menos no, si el objetivo era preservar sus vidas y que aprendieran algo útil de él. Así que solamente quedaron Argol y él. Ni por lo más remoto le pondría un dedo encima al pequeño unicornio. Lidiar con él, era asunto y responsabilidad exclusiva de Saga.

Volteó sobre su hombro, con cierta inquietud. Saga no era alguien que llegara tarde a ningún lado. O al menos, el viejo Saga que recordaba de tantos años atrás, no lo hacía. Ahora tenía la certeza de que la brillantez del geminiano no se había extinguido, más bien al contrario… sin embargo, el influjo que Ares había tenido en él, se mantenía como un enigma.

No lo vio por ningún lado, y volteó su vista hacia Argol una vez más. No quería, de ningún modo, que Saga pensara que se estaba metiendo donde no le importaba. Aunque lo cierto era que el retraso lo preocupaba.

-¿Estás ansioso porque él termine de barrer contigo lo que queda del suelo? –Dijo, siguiendo la conversación. El chico gruñó, y Máscara Mortal no pudo sino reír. – No te preocupes, vendrá. Si llega tarde, tendrá un buen motivo para ello. No te tenía como un tipo ansioso. Menos aún por el retraso de tu superi…

-Ahí está.

Su voz sonó inesperadamente suave, y Ángelo solo lo escuchó porque le estaba prestando atención. Los demás no parecieron darse cuenta, pero cuando Máscara Mortal volteó, la silueta dorada de Saga se encontraba ya a unos pocos metros. Argol se puso inmediatamente en pie, se sacudió el polvo y recuperó una postura medianamente digna.

Ángelo tragó saliva, y apretó sutilmente los dientes: se sentía inusualmente nervioso, y lo que menos deseaba era que Saga se diera cuenta. No había vuelto a haber ninguna "confrontación", si es que el incidente de las rosas podía llamarse así. Incluso en las Panateneas habían estado considerablemente cerca, compartiendo conversación por unos instantes. Sin embargo, nada de eso significaba que las cosas hubieran mejorado todo lo que deseaba. Lo sabía de sobra.

Lo observó caminar con una parsimonia muy típica de él, como si cada paso que daba estuviera perfectamente medido: una mezcla perfecta de aplomo y elegancia.

-Perdón por el retraso. –dijo con inesperada calma, cuando llegó a su lado.

-No es nada. –replicó Máscara Mortal. Sus ojos viajaron fugazmente del gemiano al chico de plata.- Perseo, aquí presente, estaba ansioso porque llegaras. –palmeó con fuerza el hombro del chico, y casi rió ante su respingo. Había sido un mocoso demasiado envalentonado en otra época... le resultaba divertido el modo en que le apocaban.

Entonces, Saga se apartó los mechones más largos de su flequillo, y alzó la mirada, descubriendo sus brillantes ojos esmeralda, y clavándolos en Perseo por un segundo. El italiano contuvo la respiración por un instante, y estaba seguro de que Argol había hecho lo mismo. Aquellos ojos tenían un poder intimidante difícil de igualar, y por primera vez, Máscara Mortal se preguntó qué era lo que veía Saga cuando les miraba: a ellos, los viejos soldados de Ares.

Lo que fuera, lo disimuló bien. Buscó a Shaina con la mirada, y apenas un segundo después, a Jabu. Guardó silencio, como si no encontrara el modo de interrumpir algo que aparentemente iba bien y funcionaba.

Máscara Mortal carraspeó, y lo alcanzó con un par de zancadas.

-No me pareció mal que se mezclaran. –se apresuró a aclarar.- Solo es el primer día, y como tú no estabas pensé que…

-Está bien. –respondió.- Hay que estar de muy buen humor para lidiar con esas dos.

Las cejas de Ángelo se alzaron inmediatamente, y una diminuta sonrisa apareció en sus labios. Dentro de la seriedad que despedía el mayor, le había encontrado cierta gracia a sus palabras.

-¿Sigue estando igual de…?

-¿Loca? –Saga lo miró fugazmente, en un gesto que el italiano tomó como afirmativo.- De atar. –Ángelo se encogió de hombros.- Aunque a nivel práctico, me preocupa más el lobito. –El gemelo se sopló el flequillo.- Puedo lidiar con una pobre mujer trastornada, pero no estoy seguro de poder hacer lo mismo con el otro sin que haya un… accidente.

-¿Argol? –llamó Saga. Apenas unos segundos después, el rubio estaba a su lado.- A partir de hoy, tienes una misión prioritaria e ineludible.

-¿Cuál? –preguntó. El geminiano seguía observando con interés el par de combates que transcurrían frente a él.

-Encárgate de que Shaina no le ponga un dedo encima a Jabu. –Sus dos acompañantes lo miraron con cierta sorpresa mal disimulada.- A la princesa no le gustara que nadie lo use de afilador para las uñas. El chico es alguien muy preciado para ella.

-Muy perspicaz. –intercedió el cangrejo, mientras Argol asentía.

-¿Y el resto del tiempo? –El rubio vio de uno a otro.- No se que veis vosotros al mirarlo, pero yo no veo a un superviviente, precisamente.

-Échale un ojo de vez en cuando, y no dejes que se meta en problemas. Si lo hace, avísame.

-Bien, vale. –A decir verdad, había hablado solo en un par de ocasiones con el unicornio, pero tampoco le había parecido un mal tipo. Podía con aquello, ¿no? No podía ser tanta responsabilidad, aunque la voz de Saga dijese lo contrario.- ¿Algo más? –Casi temió preguntar.

-No, hoy no. Es tarde ya. Puedes retirarte si quieres. Empezaremos mañana.

-Les avisaré. –Y antes de irse, inclinó el rostro respetuosamente.

Permanecieron unos segundos en silencio, mientras se alejaba. Sin embargo, a Máscara Mortal no le había pasado desapercibo el respeto que la presencia de Saga infundía al chico. Una palabra suya, y no había quedado rastro alguno de su ego. Volteó a ver al peliazul, encontrando extremadamente rara aquella actitud: tan pausada y pensativa como demandante.

-Volveré a Cáncer. ¿Vienes?

-Si.

Ángelo ocultó la sorpresa lo mejor que pudo. Aquella no era una pregunta que esperase respuesta, al menos no una afirmativa. Así que se limitó a guardar silencio y emprender el camino con Saga a su lado.

Lo veía de cuando en cuando, intentando buscar respuestas al enigma en que el peliazul se había convertido; pero nunca las encontraba.

-Hay algo que necesito saber. –dijo Saga, cuando Géminis se alzó en el horizonte.

-¿El qué? –Máscara Mortal lo vio con interés, pero temeroso de lo que fuera a preguntar.

-¿Cómo te diste cuenta de cuando era Ares, y no yo, quién manejaba el Santuario?

Se quedó quieto donde estaba, silencioso. Ladeó el rostro, intentando discernir algo en aquel rostro que le dijera si estaba bromeando o no; pero no encontró nada. Saga se detuvo a su lado, viéndolo con aquellos ojos tan suyos y tan poco de Ares, mortalmente serio.

-Me viste, pero… -aclaró el mayor cuando el silencio de Ángelo se hizo demasiado largo.

-Tus ojos. –se apresuró a decir, precisamente, con un nudo en la garganta.- Fueron tus ojos. –Saga continuó mirándolo, tranquilo, casi sin pestañear.- El color era obvio, pero aún cuando no dejaba que el escarlata se mostrara, su mirada y la tuya eran diferentes.

-¿Eso es todo? –Máscara Mortal asintió.

-En serio. –Se encogió de hombros, sin saber demasiado bien qué hacer o qué decir, y pillado totalmente por sorpresa. Lo que menos hubiera imaginado era una conversación como esa, en aquel momento.- eres diferente.

-Ya… -Se sopló el flequillo, y se internó en su templo. Máscara miró su espalda fijamente, y tras unos segundos, corrió tras él a toda prisa.

-¡Saga!

-¿Hm? –se detuvo, apenas mirándolo fugazmente.

-¿Estás bien?

-Si. -¡Por los dioses! ¡Cuánto odiaba el geminiano aquella estúpida pregunta! Nunca atinaba a responder otra cosa que no fuera si. ¡Comenzaba a hacerle sentir estúpido!

-¿Seguro? –Asintió.- Es decir, llegaste tarde antes, estuviste en el templo y…

-No pasa nada. Solo era curiosidad.

-Ya. –El geminiano asintió en medio del incómodo silencio y luego continuó su camino, internándose en la escalera que lo conducía a sus aposentos.

Máscara Mortal continuó viéndolo como aquel que ve, temeroso, un cristal a punto de romperse. Suspiró, y a mil por hora, pensó en todos los motivos por los que debería permanecer callado como una tumba en un momento como aquel. Sin embargo, la única razón que lo empujaba a hablar, fue más poderosa.

Lo siguió, sintiéndose igual que un chiquillo revolteando alrededor de un valiosísimo tesoro, y cuando lo atisbo en la escalera, despegó los labios.

-Lo siento, Saga. –El griego se detuvo en el momento, pero Ángelo no esperó a que se diera la vuelta.- Se que todo lo que he hecho en mi vida ha sido buscar mi beneficio propio, sin importarme lo más mínimo lo que sucedía contigo, y con el resto del mundo. No me lo merezco, y todos estáis un escalón muy por encima mío, pero aún así… me gustaría que me perdonaras algún día. Tú, sobre todo, .

Saga lo escuchó atentamente, y agradeció no poder verlo en aquel momento. Se mordisqueó el labio inferior con nerviosismo, y suspiró. Creía haberlo visto todo en el templo papal el día que volvieron, pero se había equivocado. Eso, esa disculpa tan personal, había sido francamente inesperada… y sonaba sincera, dolorosamente sincera. Finalmente, se dio la vuelta, y buscó su mirada azul, pesarosa y avergonzada.

-Gracias. –dijo. Agachó el rostro, y continuó.- Muchas gracias.

Y no tenía la menor idea de por qué, pero en aquel momento, se sentía bien. Aquel día en que su mundo había temblado con más fuerza de la que esperaba, saber que quizá alguien notaría su cambio si las cosas volvían torcerse… lo consolaba. Le hacía sentir un poquito más seguro.

Máscara Mortal ni siquiera había pedido nada, mucho menos exigido… y si Kanon disfrutaba de una segunda oportunidad forzosa, quizá debía ceder también con él. Por muy difícil que resultara. Solo era un paso, un paso cada vez.

-X-

-¡Creo que voy a morir! –Chilló Jamian.

Al escucharlo, Tremy y Deltha no supieron si reírse, o echarse a llorar junto con él. Camus, en cambio, únicamente volteó a verlo, con aquellos ojos turquesas fulminantes que no delataban emoción alguna. Innegablemente, tenían que concederle la razón: el santo de Acuario se había esmerado en tratar de recuperar las horas de entrenamiento perdidas de años, en tan solo una mañana.

-Es solo un entrenamiento, Cuervo. Te aseguro que has vivido situaciones peores. –Le respondió el santo dorado.

-¡No siento mis piernas! –Siguió lloriqueando y, por un segundos, sus otros dos compañeros de grupo estuvieron casi seguros de que Camus se encargaría de congelarlas y amputarlas si escuchaba un quejido más. Al final, no lo hizo, pero la solución alternativa no fue menos rigurosa.

-Entonces, mañana entrenarás el doble de lo que hoy. Si esas piernas tuyas no pueden sostenerte después de un poco de ejercicio, es porque necesitan fortalecerse.

-¡No!

Pero Camus, una vez más, no prestó atención a sus quejas. Se dio la vuelta, se despidió y emprendió el camino hacia su templo. Al día siguiente tendría tiempo suficiente para convertir a Jamian en alguien de provecho.

-¡La has liado, pedazo de idiota! –Tremy soltó una carcajada amarga. Estaba seguro de que la estupidez del cuervo los pringaría a todos.- ¡Acuario va a matarnos mañana!

-Oh, no. Hablad por vosotros. Yo pienso convertirme en una amazona linda, obediente e invisible, si con eso consigo librarme de terminar molida después de los entrenamientos de cada mañana.

-¡Venga, Apus! ¿Tu amiguito de Sagitario no podría intervenir por un poco de piedad a nuestro nombre? –Suplicó el santo del Cuervo, pero su rostro de facciones lastimeras y cínicas, solo consiguió que la amazona arrugara el ceño, oculto tras su máscara.

-Ni hablar. –Se puso de pie y les dio la espalda.

-Diviértelo un poquito para que nos ayude. –Insistió, ante la mirada curiosa de Tremy.

-Si lo divierto, es por gusto propio, Cuervo; mi gusto, no el de nadie más… -Deltha miró a los chicos a sus espaldas, por encima del hombro.- Aunque por una módica cantidad de euros, quizás me lo piense. –Añadió con marcada travesura.

-¿En serio?

-No.

-¡Apus!

Sonrió.

A pesar del cansancio extenuante, de pronto se sintió bien. Después de todo, el entrenamiento había servido para algo más que para molerle los músculos. Se había olvidado por unas horas de todas sus preocupaciones, lo cual agradecía.

Debía intentarlo más seguido: tenía que relajarse más y disfrutar de todo lo que tenía.

-X-

Respiró profundamente una vez. Respiró profundamente dos veces. Respiró profundamente tres veces… y aún así, seguía sintiéndose lo suficientemente nervioso como para que las piernas le temblaran. Al detenerse frente a Capricornio, de pronto, todo lo que había pensando de camino hasta ahí, se le esfumó de la mente. Lo único que tenía seguro era que deseaba hacer las cosas bien y, si era posible, quizás zanjar sus asuntos con Shura de una vez por todas.

El encuentro con el idiota de Kanon le había servido para una cosa: decir en voz alta lo que realmente quería.

Llevaba días pensando, una y otra vez, en lo mismo. Echaba de menos muchísimos aspectos de su vida anterior y a todas las personas a las que había querido y seguía queriendo. El problema era que, hasta entonces, no se había decidido a dar el gran paso para encontrar todo lo que había perdido. Pero, en medio de la rabia que el gemelo había despertado en él, Aioros había sido capaz de darse cuenta de que, más allá de sus miedos, tenía una fe ciega en recuperar todo lo que realmente había sido valioso en su vida anterior… y Shura, en definitiva, lo era.

Mientras pensaba, sus pies seguían avanzando, por instinto puro. Ni siquiera se dio cuenta del momento en que atravesó el salón de batallas y buscó el camino que guiaba hacia las escaleras de las habitaciones personales. Se detuvo solo cuando su pie se posó en el primer escalón. Entonces, no supo si simplemente seguir adelante, como en los viejos tiempos, o apelar al protocolo para darse una idea de lo que enfrentaría.

Al final, decidió que las formalidades estaban bien para la ocasión e hizo arder su cosmos para anunciarse… solo esperaba que Shura no saliera huyendo de Capricornio, tan pronto notara su presencia. Después, únicamente pudo preocuparse de la eternidad que le resultó el tiempo antes de que una respuesta llegara.

Poco más tarde, los pasos sobre el mármol lo pusieron alerta, hasta que tras un rato, el santo de Capricornio se plantó frente a él.

Por un segundo, la voz se le ahogó en la garganta. Sus ojos, seguramente, estaban más abiertos de lo que deberían estar y su rostro probablemente delatara la impresión que sentía al estar ahí. La cuestión era que, con toda seguridad, lucía como un verdadero idiota parado en medio de las escaleras de Shura. Sin embargo, no estaba muy seguro de que el español siquiera notara sus nervios. Shura tenía sus propias emociones con las que lidiar.

-Aioros…

-Hola. –Aioros se revolvió los rizos y se apresuró a hablar tan rápido como le fuera posible. Ni siquiera esperó por un saludo… mientras más hablara él, menos posibilidad Shura tendría de sacarlo.- Disculpa la intromisión. ¿Estás ocupado? –Y, aunque Shura no tenía la menor idea de cómo actuar delante de él, la súplica implícita en esas mirada color zafiro, terminó por convencerle.

-Pasa… -titubeó.- Podemos hablar adentro, si te parece mejor.

El castaño asintió y, haciendo acopio de todo el coraje que tenía dentro de sí, se dispuso a seguirle.

El sendero de escaleras que llevaba hasta los aposentos de Capricornio, no era diferente al de los demás templos: una sucesión larga de escalinatas de mármol azul, enmarcadas por un túnel de la misma piedra, pero de un color blanco y reluciente. Varios pendones de terciopelo rojo cubrían las paredes, con medallones de madera bañada en oro, incrustados en la parte superior, que narraban historias relativas a las leyendas detrás de cada signo zodiacal. Al final, una enorme puerta de madera oscura, con el símbolo de Capricornio en herrería de oro incrustado en ella, les dio la bienvenida.

Los pasadizos de mármol siempre habían tenido la particularidad de ser frescos y refrescantes, incluso demasiados fríos, cuando el invierno llegaba. Pero en esa ocasión, durante todo el trayecto, los nervios hacían que Aioros sintiera que se congelaba. Así que, para cuando Shura abrió la puerta y lo invitó a pasar, los dedos de sus manos estaban entumecidos debido a la tensión.

-¿Qué pasa? –Shura le cuestionó tan pronto estuvieron en su salón. Se dejó caer en el sillón, pero la postura tensa que adoptó, delató su sentir.

-Es que… quería hablarte. –El español guardó silencio y, de no haber sido por un ligero fruncimiento de su frente, que dejó a la vista su curiosidad, Aioros no hubiera sabido si continuar. Así que el arquero hizo acopio de fuerzas, apretó la cinta de su frente, en un gesto que Shura reconoció de inmediato; suspiró y decidió que lo único que podía hacer era decir lo que sentía. Nada más, nada menos.- He estado pensando mucho en todo lo que pasó.

-¿Todo?

-En todo.

-Oh…

-Solo escúchame, ¿vale? –El arquero tomó asiento, casi al borde del sillón. Jugó nerviosamente con sus dedos, con la esperanza de que aquello mitigara su ansiedad y le permitiera explicar sus pensamiento claramente.- Sé que hemos pasado por mucho: desde mi muerte hasta el extraño reencuentro que tuvimos; y sé también que hay muchos asuntos que dejamos inconclusos y que hacen mucho daño. La cuestión es que no quiero seguir por este camino. –Agachó la mirada por un segundos.- No quiero seguir viéndote como un extraño, y tampoco deseo que veas en mi a un desconocido. Han pasado muchos años, las cosas han cambiado, pero me gustaría volver a conocerte… volver a ser amigos.

Los ojos oscuros de Shura le miraron con una incredulidad tal que Aioros se retorció incómodo en el asiento. Podía tener una fe enorme en que algún día su vida retomaría el rumbo, pero de ninguna manera era lo suficientemente ingenuo como para pensar que saldría de Capricornio con la misma amistad que mantuvieron años atrás. Si quería todo de vuelta, tendría que esforzarse en conseguirlo.

-¿Estás… seguro? –Terminó por balbucear el español. Muchas cosas había esperado para ese día, pero nunca en encontrarse al santo de Sagitario para tener aquella conversación.

-Jamás hablé más en serio.

-¿Por qué el cambio de actitud tan repentino? –Aioros se encogió de hombros.

-Hay pocas cosas en la vida que valen más que un amigo, Shura. No quisiera perderte definitivamente por un error.

-¿Estarías dispuesto a ser el amigo del hombre que te asesinó? –Porque, aunque sus motivos hubieran estado fundamentados, el santo de Capricornio no iba a negar que eso era justamente lo que había sucedido.

-Hiciste lo que tenías que hacer; no puedo culparte por eso. Si yo también hubiera asumido mis responsabilidades en ese momento, si no te hubiera obligado a dudar, las cosas hubieran sido distintas. –El arquero se sopló los flecos.- No es culpa de nadie, Shura, y creo que ya hemos pagado suficiente por todas esas equivocaciones.

La sonrisa triste que asomó en los labios del moreno le hizo esbozar una idéntica. Uno había perdido la mitad de su vida, y el otro se había ahogado en sus penurias durante todo ese tiempo. Era momento de dejar todo ese dolor atrás, para poder mirar al futuro.

-Es solo que… de verdad lo siento. –Habló el español.- Te lo dije entonces: era mi trabajo detenerte, pero también debí tener el juicio para hacer lo que yo creía correcto. Siento mucho que tú pagarás las consecuencias.

-Está bien. –Aioros se puso de pie y caminó hasta él, para palmear sus hombros con suavidad. El santo de Capricornio le correspondió con una sonrisa.- No más rencores, ni más arrepentimientos, ¿vale?

-Vale. –El menor asintió tras una pausa que se sintió demasiado larga.- Pero tomémoslo con calma, ¿si? Necesitamos tiempo para asimilar todo lo que esto representa.

-Tiempo, si; está bien. Todo el que sea necesario.

El santo de Sagitario se sentó a su lado, en silencio… un silencio agradable. Sintió la mirada de Shura sobre él, de soslayo. Entonces, volteó a verlo y le sonrió.

-Es bueno tenerte de regreso.

-Es bueno estar de regreso.- Le revolvió los cabellos, justo como solía hacer cuando eran niños.

-¿Cómo va la vida?

-Tengo muchas cosas en las que debo ponerme al corriente, y Aioria es pésimo para los chismes. –La expresión en su rostro consiguió robarle una carcajada al español.- Espero que tú puedas hacer un mejor trabajo al respecto.

-Cuenta con que me esforzaré.

-Oh, no esperaba menos.

Probablemente terminarían hablando de chismes al final de todo, pero lo que realmente importaba era el hecho de que estarían haciendo precisamente eso: hablando… como amigos.

El pasado siempre estaría ahí, como un cicatriz imborrable en el alma. Sin embargo, al menos les recordaba que las heridas se habían cerrado.

-Continuará…-

NdA:

Milo: ¿Alguien dígame que me echaron de menos? u_u

Todos: ...

Milo: Estuve ausente porque... leer de Kanon y el culito de Caelum casi me mata de la impresión u_u'

Aioros: Envidia, no impresión.

Milo: Es lo mismo u_u

Saga: Te conseguiré una foto de sus bragas u_u

Milo: O_O Lo harás?!

Saga: Mejor aún. Te daré las que dejó olvidadas en MI sofá u_u'

Milo: O_O O_O O_O O_O

Kanon: ¡Oye! ¡Esas bragas son propiedad mía!

Saga: ¿Cuánto me das por ellas, bicho?

Milo: ¡Todo el alcohol adulterado, el tabaco y objetos de perversión que quieras, de por vida! O_O

Saga. ¡Adjudicado!

Kanon: O_O ¡Eso es injusto!

Saga: ¿Qué ofreces tú por ellas?

Kanon: ¡Nada! ¡Son MIAS!

Aioros: ¿Podríamos dejar de hablar de ese aspecto de Naia? u_u'

Saga: Eran de ositos…

Aioros: ¬¬' ¡Como sea! ¡Aquí despedimos el capítulo y agradecemos por todos los reviews! ¡No se olviden de leer la entrevista a Ángelo en el profile del grupo en DA! ¡Adiós!

Milo: ¡De ositos! O_O

Aioros: ¡ADIOS!