Conjunto de viñetas sobre los miembros originales de la familia Weasley. Consta de veintiún capítulos -tres por personaje -y un epílogo. Las rondas estarán ubicadas antes, durante y después de los libros. Las actualizaciones serán semanales. ¡Espero que os guste y que dejéis vuestras opiniones pulsando en ese botón tan simpático en el que pone review!

Disclaimer: Todos estos adorables pelirrojos pertenecen a J.K. Rowling. Yo únicamente les doy unas líneas más de vida.


Los Weasley.


Londres, 1983.

A Arthur nunca le ha importado lo que los demás opinen de él. Desde muy niño, su pasión por los muggles le había llevado a ser objeto de burlas por muchos de sus compañeros en Hogwarts e incluso había provocado que algunos de sus profesores lo mirasen como a un bicho raro; sin embargo, nada de lo que le pudieron decir, provocó que Arthur cambiase de opinión. El mago recordaba con un cariño que rozaba el idealismo sus clases de Estudios Muggles. El asombro que aquellos ingeniosos seres no mágicos, despertaban en él, era ilimitado. La complejidad del mundo muggle era habitualmente infravalorada por los magos, pero él escuchaba con atención las explicaciones que daba el viejo profesor Cardew, maravillado ante la capacidad que demostraban esas criaturas tan similares a ellos, para vivir sin magia.

Realmente, los muggles y su mundo le resultaban fascinantes, aunque si era sincero consigo mismo, Arthur tenía que reconocer que su emoción superaba con creces sus conocimientos técnicos. No obstante, el mago no pensaba rendirse y dispuesto a poner en práctica todo lo que sabía, decidió aventurarse en el Londres muggle. Se había preparado a conciencia para esta misión, lo único que tenía que hacer era dar un paseo, observar los comportamientos sociales, adentrarse en las tiendas que mostrasen los objetos más extravagantes y volver a casa. Todo esto sin llamar la atención de los transeúntes y por supuesto, sin el conocimiento de Molly. Esta última parte era vital para que el proyecto fuese todo un éxito.

La suerte parecía estar de su lado; el Caldero Chorreante estaba prácticamente vacío y no reconoció a ninguno de los magos que descansaban en él. Por el momento, el anonimato estaba a salvo. Se dirigió hacia la puerta que conectaba ambos mundos, con una sonrisa pícara en los labios, dispuesto a disfrutar de su pequeña travesura. La emoción anticipada que sentía ante las sensaciones que estaba a punto de experimentar iba aumentando con cada paso que daba, el corazón le latía con fiereza y la sangre se agolpaba en sus oídos. Ni siquiera fue consciente de que había dejado de respirar hasta que no cruzó al otro lado.

El ruido lo desconcertó durante unos instantes. El tráfico de una ciudad como Londres, no es algo a lo que un mago esté acostumbrado. Sus sentidos no habían terminado de recuperarse, cuando se vio arrastrado, calle abajo, por una multitud de personas que le impedían moverse. Desde luego, pensó, el mundo muggle era más estresante de lo que había previsto. Intentó alejarse del lugar como pudo, con tan mala suerte que acabó metido en la carretera y antes de que se diese cuenta, un coche se lanzaba a toda velocidad sobre él.

– ¡Eh! –Alguien lo agarró del brazo – ¿Está usted loco? Casi lo atropellan –el hombre que lo había salvado le zarandeó con fuerza. –Tenga cuidado y no haga más tonterías. Y por el amor de Dios ¡mire por dónde va!

Arthur no entendía nada de lo que estaba pasando, pero estaba seguro que gracias a aquella persona, había salvado la vida. El hombre siguió gritándole un rato más y después, se puso en camino hacia quién sabe dónde. El mago aún tardó un par de segundos más en reaccionar, pero cuando el susto dio paso a la tranquilidad y su cerebro fue capaz de volver a razonar, se lanzó a toda prisa a agradecerle a aquella alma caritativa su ayuda.

– Oiga, espere. ¡No se vaya! –lo llamó Arthur. –Disculpe mis maneras, pero todavía estaba asimilando que casi me… –El mago se interrumpió con brusquedad– ¡¿Qué es eso que lleva ahí?

– ¿Disculpe? –Interrogó su interlocutor– ¿Está usted tonto? –El hombre suspiró con tedio. –Está visto que el coche tuvo que darle un golpe en la cabeza –masculló más para sí que para Arthur.

El señor Weasley decidió pasar por alto los malos modales de aquel muggle, si con ello conseguía su objetivo. Ese hombre llevaba entre sus manos los objetos más maravillosos que él hubiese visto nunca y tenía que saber dónde los había conseguido; de modo que fingió no haber escuchado nada y volvió a formular su pregunta, esta vez con más tranquilidad.

– Querría saber dónde ha conseguido esos objetos, si es usted tan amable. –Eso estaba mejor, se dijo. –Me gustaría comprar algunos.

– Mire, amigo… Espere, ¿dijo comprar? –La expresión del hombre se iluminó. –Yo soy un vendedor, si las quiere deberá pagarme.

Arthur que no entendía por qué aquel muggle lo trataba como si fuese imbécil, asintió con una seca cabezada. No le convenía discutir con él, así que se limitó a preguntar por el precio del producto.

– Cinco libras cada una. –respondió. –¿Tienes usted hijas? –Al ver que volvía a asentir, el vendedor continuó –Sé que puede parecerle un poco caro, pero le aseguro que a sus chicas les encantará. Además, es plástico del bueno.

– De acuerdo, deme un par de ellas. –respondió Arthur, deseoso de terminar con esa extraña situación.

Una vez realizada la transacción, el muggle se alejó de allí murmurando algo que al mago le sonó como a "felicidad por encontrarse con cabezas de chorlito". Sabía que debería sentirse ofendido, pero estaba tan ilusionado con el regalo que le había comprado a su pequeña Ginny que en lo único en lo que podía pensar era en llegar a casa y ponerle en su pelirroja cabecita, una de aquellas diademas que emitían luces brillantes de todos los colores. Seguro que estaría preciosa.


N/A: El personaje de Arthur es uno de los más entrañables de toda la saga y aunque en este capítulo le hayan timado, está más que feliz por comprarle a su Ginny unas diademas cutres de verbena. Lástima que no se llevase también las pilas.