Lo que no está muerto

No es que se pudiera percibir el menor de los cambios en las vibraciones de su alma cuando, ni bien apreció el estado de Sid, sugirió augustamente, con la determinación de un reina guerrera, que se le practicara el mismo tratamiento. No esperaba, desde luego, que en el caso de su viejo compañero, siquiera al levantarse de su propia tumba tan rígido y de voz gutural, se le opusieran enérgicamente. Como antes. Tampoco que le plugiera, por supuesto, pero fue algo digno de mirar con la ceja alzada. En el fondo le preocupaba que la resonancia de almas ya no pudiera practicarse al mismo nivel debido al estado del cuerpo de su usuario. Zanjó el asunto diciéndose que era inútil cambiar de compañero a esas alturas. El profesor Stein se encogió de hombros prendiendo otro cigarrillo y le dijo que se tendiera en la mesa de operaciones si iba en serio y que terminarían aún antes ahora que no se trataba de un simple experimento.

-Quizás tengamos suerte y pueda hacer un mejor trabajo preservando tu masa cerebral intacta.-comentó más a sí mismo, mordiendo el filtro, mirando de reojo a Sid, que no tardó en amenazarlo con su potente grito y el dedo índice alzado. Acto seguido, el profesor difunto tomó de la muñeca a su momia viva y casi la arrastró, confundida, hacia fuera del laboratorio.

-Yo en vida siempre cuidé de ti y no te arriesgué sin necesidad alguna.

Su única explicación, sin ir más lejos ni voltearse. Nygus se preguntó si la apretaba tanto con la mano fría igual que antes porque también lo asaltaban los nervios.

-Oh.

Lo único que atinó a decir y agradeció el color de su piel, al cual el fuerte sol del desierto no afectaba a niveles prácticos y que no permitía delatar a simple vista un sonrojo.