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Capítulo XVIII

El secreto del Rey

Gringotts

Hermione apresuró el paso para no separarse de Draco cuando el duende le pidió que le acompañara.

—No creí que llegaría el día en que esa bóveda sería útil— dijo, aunque a la bruja no le quedó claro si hablaba con ella o con consigo mismo, aunque mientras avanzaban por los rieles se dio cuenta de que sí estaba intentando una conversación con ella, solo que no la estaba mirando.

—Con la muerte de la tía Bellatrix, me convertí en el único heredero de la familia Black, al menos de la parte que no quedó en manos de Potter. Y una de las tareas a las que he dedicado bastante tiempo, es organizar el contenido de las bóvedas que me heredaron. No creerías la cantidad de objetos que se han guardado ahí por siglos.

Draco mantenía un tono de voz bajo y calmado, recargando el mentón en el dorso de la mano mientras el codo estaba en uno de los bordes. Su expresión era indescifrable, se había esfumado de él todo atisbo de rabia, era como si de pronto se hubiese resignado a que sucediera lo que tenía que suceder.

—El oro es irrelevante comparado con otros objetos. Hay cosas horribles. Incluso las cosas que dejó el señor tenebroso, pese a su maldad inherente, eran inofensivos.

Hermione no fue capaz de decir nada, se sujetaba con fuerza para mantenerse quieta en cada giro o en una pronunciada pendiente, no tenía ganas de quedar encima de Draco.

Se encogió esperando que la perdición del ladrón cayera sobre ella, había escuchado sonido del agua, pero a diferencia de la última vez, en lugar de pasar por debajo, el carro dio un giro para rodearla y continuó. Recordó lo que había dicho Griphook sobre esa catarata y comprendió lo engorroso e indigno que sería para un Lestrange quedar empapado cada que visitaba su propia bóveda.

—Hace un tiempo encontré ese escudo. Forma parte de la armadura de Armand Malfoy, hay algo en el que causa escalofríos si lo tocas. Sé que le llamaban el caballero negro, y que prestó servicios para Guillermo I, todos de Artes Oscuras. No es de sorprender que la magia residual o encantamientos intencionales hayan quedado en esas cosas.

El duende anunció que habían llegado.

—Creí que habría un dragón— dijo Hermione, solo para no quedarse callada pero tampoco quería ahondar en las declaraciones hechas por el mago.

—No los usan desde hace veinte años.

La bruja suspiró aliviada. Siempre le había parecido una barbarie la forma en la que mantenían a aquellas criaturas prisioneras en la oscuridad, en soledad, con cadenas y entrenados para sentir dolor.

No obstante, el nuevo método de seguridad no era menos atemorizante que un dragón. El duende señaló una nube negra que obstruía el paso.

—Por favor— dijo, entonces Draco sacó la varita del bastón y sin pronunciar palabra, penetró con la punta aquella nube que se disipó con un chirrido molesto.

Una vez que se aclaró el paso, la enorme puerta yacía frente a ellos como un coloso de engranes y barrotes que el duende empezó a manipular con su propia magia y la llave que le había sido entregada.

Con un silencio sepulcral la puerta se abrió revelando una habitación oscura. Draco apuntó con la varita hacia arriba disparando dos chispas que encendieron los candiles del techo, varios metros sobre sus cabezas. La bruja se quedó pasmada en cuanto le fue posible mirar el lugar.

No había montañas de oro como en la bóveda de Bellatrix. Tampoco parecía haber, a primera vista, tesoros de oro y joyas. Se asemejaba a un viejo sótano lleno de cosas en desuso. Sintió un escalofrío, podía sentir la magia como estática dispersa en el ambiente, acariciando su piel y erizando cada vello.

De lo alto de los muros colgaban varias jaulas con púas, algunas con forma humana, negras y oxidadas emanaban una presencia tan diabólica que tuvo que desviar la vista.

En la parte baja las estanterías de madera oscura y puertas de cristal con encantamientos tenían en el interior una cantidad absurda de objetos que podrían pasar por inofensivos si no fuera porque sabía que esos encantamientos dibujados en el cristal, eran de protección.

No pudo evitar el acercarse más a Draco que seguía su camino al fondo de la bóveda. Chocó con él cuando se detuvo, pero ninguno de los dos hicieron comentarios al respecto, solo miraron un pedestal en el que se encontraba una armadura incompleta, completamente negra, salvo por algunos motivos de oro. Faltaba el peto y la gorguera, la visera del casco, el guantelete derecho y las dos grebas, pero aún así se mantenía la figura de un hombre erguido sin necesidad de un soporte. No obstante, lo que Draco señaló fue el escudo que descansaba recargado.

Él no se inclinó siquiera, con la varita apuntó en su dirección y lo levantó mostrándoselo a la bruja.

Ella lo examinó, aunque no necesitó un estudio minucioso para reconocer en el centro del escudo un símbolo que le resulto familiar: un triángulo curvado hacia adentro en la base, con un decorado espiral justo en el centro.

—Es igual — dijo mirando a Draco, este no dijo nada.

Mientras revisaban el archivo familiar, un grabado llamó la tención de la bruja. No por la escena de batalla que representaba, sino por la armadura del caballero ahí retratado. Sostenía una espada en una mano y en la otra un escudo en cuyo centro estaba un símbolo igual al que colgaba como medallón del cuello de Jareth y que ella había visto durante su baile en la mascarada, descubriendo después que, en realidad, nunca se lo quitaba.

Draco giró la muñeca y el escudo dio la vuelta.

Hermione frunció el ceño mientras veía las cuatro líneas de texto contorneando la forma del escudo, concéntricas, doradas y perfectamente claras pese a la antigüedad. No entendía lo que decía porque no estaban en latín, lo usual en encantamientos.

—Está en francés medieval— dijo Draco—. La línea externa es un encantamiento de resistencia física, usual en armaduras funcionales. La segunda es un hechizo de protección contra maleficios, no tan frecuente porque los magos normalmente no llevaban armadura pero tampoco desconocida. La tercera solo es solo una frase que usaba Armand: el bien que hace mal. La cuarta es la que no comprendo aunque puedo traducirla.

— ¿Qué dice?

—Creador de caminos.

Hermione se llevó la mano al mentón cerrando los ojos. No sabía cómo explicarle a Malfoy que ella sí sabía, o creía saber, a qué se refería el hacedor de caminos. Se sintió molesta debido a lo poco que comprendía la profecía de Hugo, o realmente lo poco que se había esmerado en comprenderla, dejándola de lado mientras se concentraba en otras cosas.

—Hay que buscar a los chicos, y necesitamos hablar con la profesora McGonagall.

— ¿Debería llevar esto? — preguntó Draco, ella asintió ofreciendo su propia bolsa, aunque no estaba segura de siquiera querer tocar esa cosa, pero si llegaban a necesitarlo, tampoco quería regresar a ese lugar para buscarlo. Si al final no lo ocupaban, se podía quedar en la sala de la mansión Malfoy.

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Hogsmeade

El viento de otoño barría las hojas y hacía silbar las viejas techumbres. El movimiento era poco fluido, solo algunas brujas caminaban aprisa por las calles, haciendo algún último encargo antes de la hora de la cena, a partir de la cual era difícil de ver alguien fuera de su casa.

Hermione se adelantó un par de pasos a Draco cuando este pareció dudar sobre la dirección que deberían de tomar.

El camino no había sido largo, pero desde que dejaran Gringotts no se habían dirigido la palabra. Una vez en la calle, solo se detuvieron para mandar un par de lechuzas y después se habían aparecido a las afueras de Hogsmeade.

Draco miró más allá del lago negro, no podía verse el castillo desde donde estaban, pero bastaba con imaginarlo.

Ella solamente le miró, su perfil pálido y sus ojos grises fijos en esa figura imaginada al otro lado. Él no volvió al colegio para terminar los estudios, aunque no era como si lo necesitara, muy a su pesar, Hermione tenía que reconocer que había sido mejor estudiante que muchos de sus grandes amigos y no necesitaba calificar para algún empleo para rehacer su vida.

Después de la batalla de Hogwarts solo le vio dos veces, cuando frente a lo que quedaba del Wizengamot expusieron su marca del brazo y se le acusaba de ser mortífago. No comprendió del todo porqué Harry se empecinó en salvar a los Malfoy, quizás en Draco y Narcisa habría una razón compasiva, hasta cierto punto imaginaba a ambos como víctimas de sus circunstancias, pero Lucius era la criatura más rastrera y vil que había conocido en su vida. Aún así, Harry también habló en su favor, y su palabra se convirtió en toda la prueba que se necesitaba para dejarles marchar. Luego de eso, solo cuando su hijo coincidió en curso con Albus y Rose, solo un instante, una mirada y un asentimiento antes de marcharse.

Retirados de la vida pública, los Malfoy eran un nombre que se decía en susurros pero se mantenía presente porque se convirtieron en la piedra angular de la economía después de la guerra.

Incluso Rita Skeeter, que se refería a sí misma como alguien "cuya despiadada pluma se ha ocupado de pinchar las reputaciones demasiado infladas"*, les había dedicado una benévola columna en El Profeta, y jamás se había atrevido siquiera a sugerir la posibilidad de realizar alguna biografía sobre cualquiera de sus miembros.

Hasta ese momento no sabía, y nunca le había importado, exactamente porqué los Malfoy eran ricos o porqué parecía que podían decidir sobre cualquier asunto de la vida mágica sin que Lucius perteneciera a alguna dependencia del Ministerio de Magia, que, a juzgar por su actitud, consideraba indignante ser empleado.

Y la respuesta la había horrorizado: los Malfoy habían sido, desde que pusieron pie en Inglaterra, terratenientes.

Sus territorios eran bastos y no distinguían la organización geográfica y política vigente de ningún rey muggle o documento civil, y en esos territorios fértiles y bien protegidos, la agricultura y ganadería se había desarrollado prolíficamente, tanto que de ahí surgía más de una tercera parte de las materias primas que cualquier mago del país necesitaba para su vida diaria.

Existía la teoría de que encantamientos antiguos puestos por los fundadores y reforzados por los descendientes de la familia Malfoy eran los responsables de esa abundancia, por lo mismo, a los habitantes magos y brujas, les resultaba imposible la idea de traicionarles, puesto que aseguraban que esos mismos encantamientos se quedarían impregnados en ellos como maldiciones ante cualquier indicio de ponerse en su contra.

Habiendo sido usada la propiedad Malfoy como recinto para Voldemort, nadie había siquiera considerado la posibilidad de saquear o vandalizar las tierras, por lo que terminada la guerra se encontraba perfectamente funcionales y en condiciones de seguir produciendo, cosa que hicieron inmediatamente con una eficiencia que pudo solventar las necesidades primordiales, permitiendo una recuperación a ritmo estable.

—Aquí es— dijo Hermione alejando de sus pensamientos cualquier otra cosa que no fuera el motivo por el que estaba a su lado, en primer lugar.

Quedaron frente a una pequeña casa, estrecha y alta, de tres pisos de altura y a diferencia de muchas casas de magos que había visitado Hermione, se veía perfectamente estable, sin ángulos imposibles o inclinaciones precarias aunque era claramente asimétrica. Las escaleras conducían a un porche decorado con rejas de hierro forjado y a la puerta, que tenía una ventana de cristales de colores con motivos de aves, estas se agitaron cuando la bruja usó la aldaba para llamar y en lugar de golpes, escuchó algo así como un trino estridente.

Al poco rato la puerta se abrió y el semblante cansado y afligido de la profesora McGonagall los recibió.

—Pasen.

Ambos obedecieron sin decir palabra, sin un saludo cordial o la intención de explicar porqué estaban ahí, era claro que ella lo sabía, por eso tampoco dio rodeos ofreciéndoles asiento o una taza de té.

—Jareth jamás lastimaría a los chicos — les dijo.

Esperaba que ambos la contrariaran, que la culparan por enviarlo a Hogwarts pero solo se quedaron en silencio, esperando que continuara. La anciana bruja se sostuvo con el bastón, sin animarse a sentarse o levantar la mirada.

— ¿Cuándo lo conoció, profesora? — preguntó Hermione.

—Cuando era niña.

Hermione frunció el ceño tanto que parecía imposible que su rostro pudiere adoptar semejante expresión enfadada, y sin que la anciana tuviera que verla, supo cuáles eran los sentimientos que la embargaban.

—Jareth es mucho más viejo que cualquier mago que conozcan, esa es su maldición.

—Pero ¿cómo?

—Él es— la profesora McGonagall suspiró, parte cansancio y parte otro sentimiento que su antigua estudiante no reconoció —… "El mundo mágico" es una expresión que usamos para referirse a personas, lugares y cosas, pero estamos dispersos, armonizamos con lo no mágico, pero no es realmente un mundo, solo somos una pequeña parte él.

—Sé lo de Underground, pero no entiendo por completo lo que es.

Draco la miro y ella solo extendió su mano dándole una palmada en el brazo para darle a entender que le explicaría después.

Underground es, señorita Granger, el encantamiento de extensión indetectable más grande y más poderoso que ha existido jamás.

Hermione no se molestó en corregir su nombre, se quedó completamente petrificada ante la idea de hacer un lugar lo suficientemente grande para la existencia de varias familias. Su bolso era complicado, la tienda de campaña había resultado ser un reto, pero ¿qué tan grande podía hacerse un espacio?

Underground tiene una geografía análoga a toda Gran Bretaña— continuó la anciana adivinando sus dudas —. Posee recursos propios, suficientes para no necesitar nada de fuera, y se divide en diferentes zonas, cada una controlada por un poderoso mago o bruja que se llaman a sí mismos coronas, Jareth es el rey de todos ellos y es responsable de mantener el equilibrio del encantamiento.

—No… no lo entiendo— dijo quedamente la bruja —. Una vez que se completa el encantamiento, no requiere atención activa, incluso perdura a la muerte del mago que lo realizó.

—Normalmente sí — respondió —. Pero este encantamiento es tan grande, y requiere tantas atenciones para mantener la tierra, el aire y sol, que es imposible que se mantenga estable por sí mismo. Por eso las coronas eligieron a uno de ellos que se hiciera cargo de eso, le entregaron una fuente de magia alimentada por todos, capaz de dar esta estabilidad, pero el elegido invariablemente une su existencia a esta fuente, se alimenta de ella y así extiende su propia vida. Jareth fue elegido Rey a la muerte de su predecesor, y su obligación como Rey, es asegurar la subsistencia de todo el reino, aún a costa de su vida.

Finalmente la profesora cedió a su cansancio y buscó sentarse en el sillón más cercano a la chimenea.

—Conocí a Jareth cuando era tan solo una niña, ni siquiera había empezado mis estudios de magia. Yo… tuve dos hermanos pequeños, y pase mi infancia preocupándome porque ninguno de ellos cometiera imprudencias que comprometieran la situación de mis padres. Era demasiado duro, era tan joven que… desee con todo mi corazón que desaparecieran, que el Rey de los goblins se lo llevara ¿Conoce esa historia?

Hermione asintió, Draco seguía imperturbable.

—Jareth se llevó a Robert esa misma noche, estaba sola con Malcom, mis padres tenían un compromiso y me habían dejado a cargo. Me ofreció un trato, el mismo que hace a todos con los que se encuentra: si resolvía el laberinto en trece horas, me devolvería a Robert, si no, se quedaría con él para siempre.

— ¿Trece horas? — preguntó Hermione.

—El número trece tiene un valor importante en la alquimia — respondió Draco. Escuchar su voz era extraño, porque no había dicho absolutamente nada desde que habían llegado —, forma parte del proceso que conduce a la muerte y el renacimiento. Si requieren de magia para estabilizar el proceso que para nosotros es natural, lo más lógico es que trece sea la base de cualquiera de sus sistemas de medición.

La profesora asintió.

—La puerta a Undergroundsolo puede estar abierta por trece horas, se mantiene cerrada por otras trece antes de poder abrirla de nuevo. Yo pude resolver el laberinto en nueve horas y tal como lo prometió, me devolvió a Robert, nos llevó de vuelta a la sala de estar de la casa de mis padres apenas a tiempo antes de que llegaran.

—Pero profesora — insistió la bruja — ¿Para qué quiere él a los niños?

Ella sacudió la cabeza.

—No lo sé, nunca me lo ha dicho.

— ¿Cómo sabe entonces que no les hace daño? — preguntó Draco poniéndose tenso — ¿Cómo sabe que no los usa para lo mismo que el señor tenebroso?

Fue incapaz de usar las palabras específicas pero ambas sabían que se refería a los horrocruxes.

—Jareth es un excelente hechicero, pero sería incapaz de controlar las deformaciones que causan las creaciones de esos objetos.

Hermione le dio la razón, pero seguía sin estar conforme, sin tener nada claro.

— ¿Qué es un hacedor de caminos? — preguntó Draco, recordando el motivo por el que estaban ahí e hizo un ademán a Hermione para que le diera el escudo, ella entendió enseguida y al igual que él, uso su varita para manipularlo sin tener que tocarlo.

—Es la habilidad mágica natural que se requiere para ser el Rey— respondió la anciana sin siquiera mirar la inscripción, aunque le pidió que lo girara para que se mostrara el frente, en donde estaba el triángulo curvado —. La única habilidad que importa para ser Rey, es ser un hacedor de caminos, ser capaz de romper las limitaciones de conjuración, poder crear, modificar y desaparecer la materia con la voluntad.

—Si es posible que exista un mago con tal poder causaría un desequilibrio en todo lo que conocemos — dijo Draco —. Sería antinatural.

—Hugo dijo— interrumpió Hermione —, en su profecía, que un hacedor de caminos llegaría con él.

—Toda la profecía de Hugo se refiere a Jareth, lo supe desde que la escribiste en esa carta, por eso le llame esa tarde en Las tres escobas.

— ¿Sabe porqué se llevó a los chicos? — preguntó Draco, empezando a perder la paciencia por una charla que no estaba entendiendo del todo.

—Tengo solo una sospecha— respondió la profesora —. Filius me escribió sobre el incidente con los muchachos, en qué había estado ocupando su tiempo en lugar de dejarlos en sus clases regulares. Les enseñó magia elemental, no solo es difícil, es arcaica, cayó en desuso por su abrumador poder tan difícil de controlar para la mayoría, pero él consiguió que lo dominaran lo suficiente como para decidir que se marcharían del castillo esa noche. Jareth ha pasado mucho tiempo aquí, más de lo que jamás ha estado, y mientras más tiempo pasa lejos de Underground, más difícil es mantener su estabilidad. Sospecho que quiere utilizarlos para que cubran algunas de sus funciones como Rey, mientras él pelea una guerra contra el Ministerio.

Draco se puso de pie súbitamente con los puños apretados fuertemente y la mandíbula tensa.

— ¿Qué guerra? — preguntó intentando no gritar.

La profesora McGonagall le miró con una expresión triste.

—Jareth está convencido de que el Ministro de Magia quiere el corazón de Underground, la fuente de la magia que hace posible su existencia, para restaurar el poder del Ministerio.


Comentarios y aclaraciones:

*Cita de la wiki.

Muchas gracias a todos los que me dejaron comentarios, normalmente los respondo uno por uno, pero tiene casi un año que me los dejaron, solo les puedo ofrecer una disculpa y agradecerles la paciencia. Prometo volverme aplicada y regresar a las buenas costumbres, al menos las de mantener contacto personal, no prometo actualizar cada ocho días.

¡Gracias por leer!