Durante aproximadamente dos semanas no descansé ni un solo día, puesto que la junta mensual con todos los presidentes de cada ciudad que conformaba Japón estaba por tener lugar. Cada mes el rey Diamante se reunía con ellos y discutían temas de importancia, por lo que estuve organizando todo para que quedara perfecto, además de recibirlos, atenderlos u organizar sus viajes hasta Tokio. El jueves ya todos estaban en el palacio a excepción de dos que estaban enfermos y les resultaba imposible asistir, pero mandaron a sus representantes. Por lo que me dijo el rey, esas juntas siempre duraban más de seis horas, y yo no tenía permitido entrar ya que era exclusivamente para los presidentes y nadie podía oír. Se encerraban en el salón de juntas principal y no salían hasta muy entrada la tarde. Por lo que aproveché el tiempo que tendría libre para montar. Me puse mi ropa de montar y me dirigí al jardín en donde encontré a mi yegua ya ensillada y lista. Cabalgué por los alrededores del palacio durante casi dos horas hasta que mis piernas se cansaron y me bajé para caminar sosteniendo al animal por las sogas al tiempo que me dediqué a admirar cada recoveco de los jardines. Aunque pasara ahí la mayor parte de mi tiempo libre, aun no me dejaba de sorprender tanta belleza en ellos, era como una pintura recién plasmada en el lienzo. Solamente regresó al palacio a la hora de comida en donde tuvo que ayudar a llevar la comida a la junta, al parecer iba a extenderse más, por lo que cuando todos hubieron comido, volvieron a encerrarse. Yo también comí con Hirochi y Lily en la cocina en donde por dos horas seguimos con las clases de inglés. Cuando Hiro tuvo que retirarse volví a salir al jardín, pero después de quitarme las ropas de montar, ya que no eran muy cómodas. Me vestí con un sencillo vestido holgado adornado con flores y un cinto que pasaba por la cintura, como separando el busto del torso. Recordé que no había visitado la parte trasera del lago, en donde había muchos árboles que parecían ocultar algo, por lo que decidí ir hasta allá y mi sorpresa fue grandiosa al encontrarme con un pequeño palacete, era más bien una casa, pero ya que tenía mayor tamaño que una casa normal de la ciudad, para mí era un palacete. Dentro parecía no haber nadie, no había luces ni rastro de vida, todas las ventanas y puertas estaban cerradas pero sin duda capturó mi atención y curiosidad, ¿por qué estaba ahí?, ¿quién la usaba?, era muy hermoso el edificio, de la misma estructura que el palacio pero tenía un toque un poco diferente y más especial… duré aproximadamente unos quince minutos merodeando alrededor del palacete tratando de encontrar una entrada o algo que pudiera revelarme lo que había dentro hasta que mi corazón se paralizó al escuchar el crujido de unas ramas. De inmediato mi cuerpo se tensó y busqué con la mirada por todos lados el lugar de dónde provenía el sonido hasta que apareció Zafiro por entre los árboles, aparentemente sorprendido por igual al encontrarme allí. Cuando aclaró sus pensamientos y vio que era yo, esbozó una sonrisa de oreja a oreja y se acercó a mí mientras yo me relajaba.

-Serena.-dijo jadeando.- ¿Qué haces por aquí? Luces pálida, ¿te asusté?

-Un poco…-dije avergonzada.-La verdad es que está tan solo por aquí que no me percaté de nada más.

-Veo que has encontrado la antigua guarida de la difunta.-dijo con cierto respeto.

-¿Guarida?

-Bueno, aquí solía pasar sus ratos libres, la primera esposa de mi padre. Siempre me gusta venir aquí en donde no se escuchan ruidos y nadie me molesta a leer o hacer cualquier cosa.

-La verdad es que yo no tenía idea de que existiera, tan solo vi demasiados árboles por este lado que…

-Lo sé. Los árboles crecieron mucho después de su muerte y pues tanto que taparon el lugar. Mi padre lo mandó clausurar justo después de su muerte y estaba prohibido venir aquí, luego se casó con mi madre y… bueno, seguro ya sabes la historia.-dijo agachando la mirada.- Nadie sabe dónde está la llave de este lugar y mi hermano no quiere encontrarla de igual manera. Dice que debemos respetar las decisiones de nuestro padre y que no debemos profanar este lugar.

-¿Por qué lo clausuraron? Es decir… era solo un lugar.

-Bueno, sí, pero aquí encontraron su cuerpo.

Miré el palacete después de la confesión. Sentí un escalofrío que me recorrió el cuerpo ante el hecho de pensar que justo allí había muerto misteriosamente la reina. Pensé que debido a su lejanía con el palacio, hubiera sido muy sencillo hacer algún ataque…

-Es muy hermoso.-dije de pronto sin darme cuenta.

-Lo mes. Según tengo entendido, fue la misma reina quien lo diseñó, basándose en el palacio principal.

Zafiro y yo regresamos al jardín charlando sobre el asunto de Hirochi. Al parecer se había enterado que yo le había ayudado con la carta e insistió que también él quería aprender inglés. Nos sentamos frente al lago mientras observábamos cómo el sol se ocultaba tras las enormes montañas que rodeaban el lugar. Ni siquiera nos dimos cuánto tiempo pasó cuando de pronto el cielo ya estaba repleto de estrellas brillantes. Escuchamos unos pasos tras de nosotros y vimos al rey Diamante acercarse con paso apesumbrado y un semblante cansado.

-¿Estas bien, hermano?-preguntó Zafiro mientras el rey se sentaba junto a él, arrugando la capa que traía puesta.

-Estoy cansado, es todo.

-Bueno… creo que yo me voy, me levanté muy temprano hoy y tengo mucho sueño.-me miró sonriendo.-Hasta mañana, Serena.

Zafiro se puso de pie y atravesó el jardín hasta el palacio. Yo me senté en mi lugar tratando de no mirar al rey. Pero al ver que los minutos pasaban rápidamente y que no decía nada, decidí mirarlo y vi que tenía su vista fija en algún punto del lago, no parpadeaba y de no haber prestado atención, hubiera parecido que tampoco respiraba.

-Su majestad… ¿le sucede algo?

Entonces me miró con la misma expresión.

-Muchas cosas me suceden siempre, señorita Tsukino.

-¿Hay algo en lo que pueda ayudarle?

Regresó su vista al lago.

-Hay muchos problemas, señorita Tsukino, a menos que me de dinero para Japón, no sé cómo podría ayudarme.

-¿Ha salido mal la junta?

-Los presidentes están muy enojados conmigo, me han expresado sus preocupaciones, en los sectores más decadentes sobre todo. No sé qué voy a hacer para contrarrestar la pobreza, jamás me había pasado.

Me quedé pensando en sus palabras durante varios minutos. Entonces se me ocurrió una idea.

-Señor.-dije mientras me acercaba a él.-Creo que tengo una idea.

Me miró haciendo una sonrisa burlona.

-Eso esperaba.

-Bueno… tiene usted el fondo de cultura y educación… casi no se hace nada con ese dinero, pero podríamos comenzar a movilizarlo.

-No la comprendo.

-Bueno, podríamos dar becas a los estudiantes con buenas calificaciones… quizá no ayudaremos directamente a sus padres, pero eso sin duda ayudará a que los estudiantes tengan su propio fondo y le quitaremos una carga a los padres.

-Me gusta su idea, señorita Tsukino, pero tendremos que hablar con Setsuna. ¿Podría hacer un informe formal?

-Por supuesto.

Hubo otro silencio.

-No quiero entrometerme en sus asuntos.-dije mordiéndome el labio.-Pero creo que se me ocurre hacer otra cosa, que sin duda ayudará al país entero.

-Usted dirá.

-Bueno… señor… ha mejorado mucho en sus clases de inglés. Bien podría tener una conversación.

-¿Y eso?

-Bueno, lo que sucede es que es muy raro que algún país asiático haga negocios con Europa. Pero si usted logra dominar el idioma, podríamos hacer negocios con Inglaterra.

-¿Inglaterra?-preguntó sorprendido.

-Inglaterra es un país muy rico, señor, y para ellos es mejor entre más países tengan a donde exportar-importar. ¿No lo cree conveniente? Traería trabajo a Japón. Tendríamos que invertir de comienzo, pero la recompensa será mucho mejor.

Sonrió ampliamente y me miró sorprendido al tiempo que me tomaba la mano.

-Señorita Tsukino.-dijo sin dejar de sonreír.-Podría ir pensando usted en quitarme el puesto. Es una idea excelente, pero no podré hacerlo solo. Tendrá que ayudarme a mejorar el idioma y además estar presente conmigo durante las negociaciones. Ahora son dos reportes los que tendrá que hacer para Setsuna.

-Usted despreocúpese que yo los haré. Mañana mismo estarán listos, ya verá que todo esto traerá beneficios, no podríamos fallar.

Los siguientes días también fueron muy pesados. Me dediqué a escribir los reportes y presentárselos a Setsuna que al comienzo parecía no muy segura de mis ideas, pero conforme el rey y yo se los expusimos, fue aceptando las ideas. Ella y yo nos dedicamos a hacer los preparativos para las becas. Convocatorias, requisitos, personal, etc. Así como también contactar al gobierno de Inglaterra. Después de un largo mes de tratos, llamadas, cartas, mensajería, visitas, logramos acomodar todo. Las becas comenzarían a darse en el siguiente mes y tendríamos de visita a la Reina Elizabeth II en Japón dentro de una semana. Cuando no había nada más que arreglar, tomé mi día libre el domingo para ir a visitar a mi familia. Era la primera vez desde hacía casi tres meses que salía del palacio. Unos de los choferes se ofreció a llevarme, pero rechacé la idea, ya que tenía muchas ganas de ir en transporte hasta mi casa y ver Tokio de nuevo. Tardé casi una hora en llegar a mi casa, pero aproveché el camino para ver Tokio a través de las ventanas del autobús. Vi a las personas, los lugares que ya conocía y de pronto me invadió una sensación de vacío y lejanía. Al llegar a casa, Sammy saltó sobre mí cuando me vio, pues nadie esperaba mi visita. Mamá preparó mi desayuno favorito y los cuatro charlamos en la cocina mientras estaba listo. Después de decenas de panqueques, me llené lo suficiente como para no comer en todo el resto del día. Por la tarde salimos a dar un paseo al centro en donde me separé de ellos para ir a ver a mis amigos que seguramente estarían en el Crown, pues siempre se juntaban ahí los domingos a esa hora. Al verme entrar, Mina saltó sobre mí como una loca besando mis mejillas cientos de veces hasta que tuve que apartarla de mí. Saludé a los demás y me entretuve con ellos hasta muy entrada la noche, ya que teníamos que platicar demasiadas cosas. Me sentí muy feliz de estar con ellas, extrañaba demasiado esa familiaridad y esa libertad al estar allá fuera. Haruka y Michiru se ofrecieron a llevarme de vuelta al palacio, ya que eran las únicas con auto. Me despedí de todas y les prometí que algún día las llevaría a conocer el palacio. Llegué al palacio a eso de las 12:30 de la noche y me despedí de Haruka y Michiru con un par de lágrimas en los ojos. Los guardias me abrieron mirando curiosamente a mis amigas y preguntándose por qué lloraba. Me recosté en mi cama ya entrada la noche. Definitivamente me había venido bien salir del palacio y ver a mi familia y amigos, ya los extrañaba demasiado y no era lo mismo leer sus cartas.

Recibimos a la Reina Elizabeth dando una exquisita cena que planeamos con anticipación dejándonos llevar por los gustos y tradiciones del lugar de origen de ella. Buscamos los platillos principales que se comen en Inglaterra así como bebidas y rituales que se llevaban a cabo en la realeza británica. Me quedé impresionada al verla en persona, nunca creí que algún día llegara a conocer a la misma soberana de Inglaterra, y como yo tuve que hacer de intérprete porque al rey todavía se le dificultaban algunas cosas, platiqué mucho con ella. Incluso le conté sobre mi beca en Londres por dos años y las numerosas veces que la vi estando entre la multitud. Esta vez sí tuve que estar presente en todas y cada una de las conversaciones que tuvieron el rey Diamante y la reina Elizabeth, ya que como dije, aun se le dificultaban algunas cosas. Las negociaciones duraron aproximadamente cuatro días. Firmaron un acuerdo en el que Inglaterra se comprometía a fundar una empresa muy importante de telefonía celular y Japón exportaría algodón a Inglaterra. Eso beneficiaria a ambos países y era lo que el rey Diamante tanto necesitaba para Japón, sería el mejor comienzo de todos para ir erradicando la mayor parte de la pobreza. La Reina Elizabeth pareció muy contenta de cómo se desarrollaron las cosas y de cómo la atendimos, por lo que expresó sus pensamientos hacia mí y el rey, pidiéndonos que por favor contactáramos con ella más seguido y que además nos invitaba a su tierra cuando quisiéramos. Ya que la reina quedó tan complacida con las negociaciones, le pidió al rey Diamante que formara parte de la Unión Europea, era algo nuevo e insólito, ya que precisamente ningún país asiático pertenecía a la Unión, pero la reina estaba tan convencida y feliz que estaba segura de que los demás países lo aceptarían, por lo que se acordó que Japón sería la sede del próximo encuentro de Naciones, que consistía en recibir a más de 50 monarcas, presidentes, gobernantes que tuvieran a su cargo un país por una semana, en donde se discutían temas de interés, negociaciones, reglas, ayudas, o lo que fuera de interés para todos. El rey aceptó con gusto y se acordó que sería dentro de un mes, y la reina Elizabeth sería la encargada de avisar a los demás países.

Así fue como las siguientes semanas trabajamos como nunca de nuevo. Invitaciones, reuniones, remodelaciones, papeles, habitaciones, negociaciones, en fin… tantas cosas por hacer y tan poco tiempo. Tanto Setsuna, Zafiro, Hirochi, el rey y yo, trabajamos en conjunto para que no fuera tanto, pero aun así teníamos demasiadas cosas que hacer, aunque estábamos conscientes de que eso traería mucho bienestar para Japón. Durante días apenas pude dormir y por supuesto ni siquiera pude salir de palacio para visitar a mi familia, por lo que me conformé con escucharlos por teléfono un par de horas. Comenzamos a recibir a las visitas tres días antes de lo acordado. Francia, España, Portugal, Italia y Grecia fueron los primeros en llegar, yo me sentía sumamente emocionada de conocer a todas esas personas que eran muy importantes alrededor del mundo. No tuvimos problemas en colocarlos a los más de 50 invitados que recibimos en el palacio, ya que contábamos con más de 300 habitaciones contando las de los empleados. Nunca en los cuatro meses que tenía viviendo en el palacio, vi al rey Diamante tan alegre y parlanchín, definitivamente lo suyo eran las relaciones públicas y los negocios, ya que parecía un pececito en el agua. Me pareció fascinante todo lo que esa reunión conllevó. Ver cómo los presidentes, monarcas, gobernantes interactuaban entre ellos y ellas evitando discusiones para no hacer su encuentro amargo. El día de la junta principal, todos parecieron recibir muy bien al rey Diamante, nadie se puso en contra de su añadimiento a la Unión Europea, nombrándolo el primer y único rey/soberano asiático en formar parte de ese sindicato, acordándose que si alguna vez llegaban a aceptar a algún otro soberano asiático, la Unión dejaría de llamarse Europea para llamarse Unión Euro-asiática. Hubieron otras tres reuniones los días siguientes, y para concluir aquella exitosa reunión de Naciones, el rey Diamante me encargó organizar un gran baile de gala para todos. No dormí en toda la noche con tal de tenerlo todo listo para la primera hora de la mañana. Me presenté en la oficina llena de ojeras y con una coleta en el cabello por andar apurada. Al verme, el rey me miró extrañado aceptando las carpetas que le entregaba en la mano.

-Señorita Tsukino, no luce nada bien, ¿no durmió?

Negué con la cabeza. Él se dedicó los siguientes minutos a checar lo que le di y sonrió ampliamente.

-Esto es magnífico, perfecto, señorita Tsukino, ¿por qué no se toma el día de descanso para dormir? La noche nos espera.

-¿Disculpe?

-Lo que oyó, señorita, quiero que se vaya a dormir el resto del día y la veo por la noche.

Asentí. Supuse desde el principio que me querría ahí para atender a los invitados. Cuando me giré para salir de la oficina escuché su tenue voz nuevamente.

-Señorita, casi olvidaba decirle que he mandado depositarle una comisión extra por todo el gran trabajo extra que ha hecho últimamente, quiero que use eso para comprarse un buen vestido para la fiesta.

Ya en la puerta, me giré sobre los talones y lo miré con preguntas en los ojos.

-¿Vestido? ¿Insinúa usted que me lo pondré por la noche?

-No creerá usted que irá como empleada, ¿o sí?-sonrió.-Es una invitada más, señorita Tsukino, yo pasaré estos detalles a los sirvientes para que se encarguen de todo, es mi invitada.

Regresé a mi habitación casi corriendo y me desvestí al instante solo para meterme debajo de las cobijas. Al despertar lo primero que hice fue mirar el reloj, temerosa de que hubiera dormido más de lo que tenía planeado. Me tranquilicé al ver que apenas eran las seis de la tarde y que el estómago me rugía como nunca. Diez horas de sueño me sentaron muy bien, las ojeras desaparecieron y me veía más relajada. Solo tenía un par de horas para ir a Tokio y encontrar algún vestido que me quedara bien. Me puse de acuerdo con Mina para que me ayudara a elegir un vestido, ella era la indicada para ser mi compañera de compras y mi consejera de moda. Nos metimos a todas las tiendas de ropa que encontramos en tres centros comerciales hasta que ya no soporté más la situación. Por suerte encontramos un hermoso vestido a mi talla en una tienda de alta costura. Era color verde azulado, largo hasta los talones, strapless y tenía un cierto brillo gracias a los toques de la tela brillante, además de todo eso tenía un listón en la cintura que se amarraba con un moño en la espalda. Me pareció que era demasiado ostentoso y llamativo, pero Mina insistió en que debía gastar hasta el último centavo de mi compensación, que por cierto había sido demasiado, era casi dos meses de mi sueldo. Me compré también unos tacones de 12 cm de alto grisáceos que quedaban a la perfección con el color del vestido. Estuve en el palacio a eso de las 8:30 p.m y noté que había mucho movimiento en el palacio y que seguramente ya todo estaba listo. Me duché rápidamente y dediqué tiempo para alaciar mi cabello, ya que normalmente lo llevaba tal y como se quedaba al secarse. Al terminar, se veía aún más largo de lo que era gracias al alaciado y lo adorné con un broche en forma de luna colocándolo por encima de mi oreja derecha sosteniendo el cabello. Después de maquillarme, ponerme el vestido y los tacones, decidí bajar.

Ya eran las 10 cuando entré al salón principal. Había muchos invitados, los más de 50 representantes de cada país, sus asistentes, acompañantes, los mismos empleados importantes pertenecientes a la élite del rey Diamante, la mayoría de los gobernantes de las ciudades de Japón, el grupo de trabajo de Zafiro y ella. Vi a Hirochi entre la multitud y decidí acercarme a él, pues me parecía más correcto. Con cada paso que daba, sentía cómo las miradas de los presentes se posaban en mí cuidadosamente. Me sentía extraña pero segura de mí misma, esa vestimenta me hacía sentir hermosa y no me importaba que me miraran. Cuando Hirochi me vio, me sonrió ampliamente al tiempo que me halagaba el vestido y la apariencia en general. Charlamos durante un rato, bebimos champagne y reímos. Había una orquestao que yo misma había elegido para la ocasión, tocaban espectacular y hermoso. Me dediqué a observar a mí alrededor, asombrándome de lo elegante que todos lucían. De pronto me sentí como una cucaracha entre tanta gente perteneciente a la nobleza. Mi mirada se cruzó con la del príncipe Zafiro, quien al verme recorrió mi cuerpo con la mirada al tiempo que sonreía y me ruboricé al instante. Cuando estuvo frente a mí, deslizó un brazo por mi cintura mientras que con su otra mano me tomaba mi barbilla obligándome a mirarlo.

-Serena Tsukino, luces espléndidamente hermosa esta noche.

Hirochi raspó su garganta y dio un largo trago a su copa.

-Muchas gracias, Zafiro, me alegra verte.

-¿Quisieras bailar?-preguntó de súbito.

No pude negarme, no sentía muchas ganas de bailar, pero no podía decirle que no a Zafiro, por lo que nos introdujimos a la pista. No supe cuántas piezas bailamos, pero cada vez que una canción terminaba, nos bebíamos una copa de vino o champagne y continuábamos hasta que Zafiro necesitó ir al sanitario y yo regresé al lado de Hirochi, quien se encontraba con los demás chicos del grupo de Zafiro.

-Por Dios, estoy realmente cansada, ¿qué horas son?

-Apenas las doce, Serena, lucías realmente bien bailando.-dijo golpeándome ligeramente con el codo.

-¿Qué significa eso, Hirochi?-sentencié mientras reía.

De pronto me di cuenta de que en toda la noche no había visto al rey Diamante, por lo que lo busqué desesperadamente en aquella gigantesca habitación hasta que lo vi platicando con el presidente de Portugal. Cuando estuve a punto de apartar mi mirada de él, noté cómo sus ojos se posaban en los míos y sonreía ligeramente mientras me hacía una reverencia con la copa que llevaba en la mano. Noté que sus mejillas estaban rosadas, por lo que supuse que había estado bebiendo constantemente. Me giré cuando él apartó su vista y me encontré con la Reina Elizabeth, con quien entablé una amable conversación acerca de las negociaciones que estábamos teniendo. Hablé con ella alrededor de media hora hasta que alguien la llamó y de nuevo me encontré entre los brazos de Zafiro en la pista. No supe qué podrían pensar los demás al ver que solo bailaba con el príncipe Zafiro, pero igualmente nadie más me había pedido bailar. Un rato después, la Reina Elizabeth me mandó llamar y me presentó ante el presidente de Francia y el Primer Ministro de Inglaterra, a quienes saludé tímidamente. Tuvimos una conversación acerca de las negociaciones nuevamente hasta que el señor Francois Hollande se me acercó y me susurró al oído que deseaba bailar conmigo. Accedí por mera cortesía, ya que había algo en ese hombre que no me agradaba. Bailamos un par de canciones y rogué porque algo o alguien me salvara de aquel hombre que parecía cada vez más bebido y más hambriento de mí que antes. Miré a mí alrededor en busca de ayuda, pero nadie parecía prestar atención. El colmo fue cuando sentí que una de las manos del señor Hollande descendía por mi espalda hasta casi tocar mi trasero. Afortunadamente, sentí que alguien me tomaba por los hombros separándome de ese hombre. Me giré, creyendo que era Zafiro, pero me quedé sorprendida de ver al mismo rey Diamante alejándome de ahí.

-Señorita Tsukino.-dijo mirándome.-Siento que haya tenido que estar en esa situación, pero me atreví a salvarla. Por cierto, se ve usted muy bien.-dijo arrastrando las palabras. Al parecer, el presidente Hollande no era el único tomado esa noche.-¿Por qué no se ha acercado a mí en toda la noche?

-Discúlpeme, señor, creí que debía atender a sus invitados, a mí me ve todos los días.

Sentí su brazo rodearme la cintura, atrayéndome hacia su cuerpo. Me tensé de inmediato por aquella cercanía involuntaria.

-Pues hoy, especialmente, se ve muy bien, me da gusto ver que haya elegido bien con la compensación que le di.

-Muchas gracias, señor, pero sé que no luzco como todas estas mujeres elegantes, que pertenecen a la realeza, incluso la señorita Setsuna luce espléndidamente.

-Sin duda, sin duda.-dijo mientras dábamos vueltas.-Pero puedo asegurarle que no tanto como usted. Yo soy el rey y puedo decir quién luce bien y quien no, señorita, y usted, usted luce hermosa.

Bailamos dos canciones más hasta que solicitaron la presencia del rey en otra parte del salón, pero decidí que debía cuidar sus copas y revisarlo. Estuve cerca de él en todo momento e incluso rechacé las invitaciones de baila de algunos hombres que se acercaron. El rey bebió demasiado, cada vez que le echaba un vistazo, tenía una copa nueva llena de líquido burbujeante espumoso o líquido rojizo. Cada vez lucía más fuera de sí, como esperando a explotar. El colmo fue cuando lo vi trastabillar, temí por su reputación, por su posición, así que decidí ir a por él y llevármelo discretamente a sus aposentos.

Batallé un poco para llegar hasta el tercer piso con él, pero lo logré. Era la primera vez que entraba a sus habitaciones o que subía al tercer piso siquiera. Me sorprendí a mí misma observando todo con cuidado a pesar del interminable monólogo que el rey estaba dando. Decía cosas sin sentido, cosas sobre el presidente de Francia y Portugal, que eran hombres pedantes y abusadores. También mencionó a Zafiro, pregonando que él no lo quería y que hacía todo lo posible por alejarse de sus brazos. También mencionó algo acerca de sus padres, estaba aturdido porque su madre había sido una criminal, una mujer impura… Me quedé atónita cuando comenzó a hablar de sus padres, pero no quise ahondar en el tema para que no se sintiera peor, yo no quería verlo así, lamentándose por el pasado de sus padres. Dijo que extrañaba a su padre, que había sido el mejor hombre sobre la tierra y que temía no poder llegar a ser como él para su pueblo, temía que Japón lo rechazara como lo hizo con su madre. Lo recosté sobre su enorme y elegante cama, en la que bien podrían caber más de tres personas y al tener ese pensamiento un ligero y repentino sentimiento de celos me invadió. Mientras él hablaba le quité las botas con cuidado, después le fui desabrochando la camisa. Mis manos temblaban como nunca, yo no tendría que haber estado haciendo eso, pero no tenía más opciones y el rey necesitaba descansar. Miré por encime del hombro el reloj que marcaban las cuatro de la mañana y me mordí el labio, ya era muy tarde. Continué quitándole la cantidad de ropa que llevaba puesta y me sorprendí al darme cuenta de todo lo que un rey tenía que llevar puesto. Me ruboricé al encontrarme estudiando su fino torso, lleno de marcas por los músculos que formaban perfectamente en el abdomen, vi sus formadas piernas y luché contra mí misma para no ver el lugar en donde estaba su ropa interior que no me había atrevido a quitar. Me tranquilicé al darme cuenta de que ya casi no hablaba y que cerraba los ojos constantemente, así que dejé toda su ropa sobre un sillón de piel que estaba cerca de la cama y comencé a caminar hasta salida cuando de pronto escuché que me llamaba, pero no fue eso lo que me sorprendió, sino cómo lo hizo.

-Serena.-dijo el rey mirándome fijamente.

¿Había escuchado bien? ¿Serena? ¿Fue así como me llamó? Me giré lentamente hasta verlo de nuevo. Su cabellera platinada le caía sobre el rostro y decidí acercarme. Cuando estuve de nuevo junto a él me senté en el borde de la cama y sin siquiera ponerme a pensar en lo que hacía le aparté los mechones de cabello del rostro. De pronto sentí su mano rodear mi muñeca fuertemente y me alarmé.

-Serena…

-Su majestad… no se siente bien, será mejor que duerma…

-Solamente quería agradecerte… no tengo ni las palabras suficientes ni la compensación suficiente para agradecerte todo lo que haces por mí, Serena…

No podía creer lo hermoso que mi nombre se escuchaba saliendo de sus labios.

-Pero señor… no tiene que agradecerme ese es mi trabajo.

-Lo sé, lo sé, pero usted no lo hace solo porque sea su trabajo, usted lo hace porque… de alguna manera quiere ayudarme a mejorar.

Temblaba demasiado y nuestras manos se entrelazaron provocando un cosquilleo en mi espina dorsal, mi estómago se removía y mi corazón estaba a punto de colapsar. De pronto jaló mi mano hasta colocarla en su pecho, en donde debería estar el corazón, obligándome a inclinarme un poco hacia delante. Sentí sus ojos sobre los míos, su azul penetrante perturbaba mi visibilidad, su respiración entrecortada con olor etílico embriagaba mi ser… solo quería salir corriendo de allí.

-Señor yo…

-Soy Diamante.

-Pero… usted es mi rey, es mi señor, yo soy su asistente, si lo ayudo es porque lo admiro mucho y deseo de todo corazón que sea una mejor persona, quiero que Japón lo ame… creo que es hora de irme, es algo tarde…

-Tienes razón.-dijo soltándome. De pronto me sentí vacía sin su mano sobre la mía.

Me puse de pie y lo miré una vez más, caminé hasta la puerta y escuché de nuevo que decía "Gracias, Serena." Salí de aquel lugar y bajé en silencio hasta mi habitación. Ni siquiera logré dormir ni un solo segundo porque no dejaba de pensar en el rey, ni en sus manos, ni en su cuerpo… me aturdía demasiado. No pude pensar en alguna manera de olvidar de aquella loca e imposible idea, yo nunca podría sentir más allá de lo que sentía ahora. Me había llamado solo Serena… no me llamó señorita, ni me hablo de usted, me llamó por mi nombre, solo dijo "Serena", pero estaba borracho… Sus ojos me persiguieron el resto de la noche como si fuera una ladrona, una ladrona que los quería para ella sola.