BEING HUMAN

CAPÍTULO 25

El Fuego y la Marea

Ino… Ino-chan…

La voz resonaba de la bruma y de ningún lado. Más fuerte. Más…

Quedate conmigo… quédate conmigo, Ino-chan…

¿Sai?

No… era una voz más profunda. Ella le conocía, pero no era Sai. Había hilos del pasado, ecos, voces. Y estos volvían.

Bip. Bip. Biiip.

El sonido era como un latido, corto, repetitivo. Mecánico.

Hizo un esfuerzo por abrir los ojos. Los párpados pesaban, como si en lugar de piel tuviese una capa de concreto endurecido. El dolor, inhumano e insoportable aún estaba allí. Quemándole casi en carne viva.

Entreabrió dificultosamente un ojo, luego el otro. La visión borrosa, enfocándose poco a poco, como el lente de una cámara empañada, quedó clavada en un cielo raso. Blanco y encandilado.

Bip. Biip. Biiiip.

"¿De dónde rayos venía ese sonido?", su mente aun seguía confusa. "¿Acaso de nuevo Sakura olvidó apagar el despertador? No… no, ese sonido es… ¿Anko? ¿Qué pasó con Anko? Hinata… Hinata debería haberse ido y…¡Rayos! La casa… ¿Qué será de la casa si…?"

Parpadeó, y volvió a entornar la mirada. La realidad le envolvió, también el horrible dolor en el pecho. No estaba en la casa. Se hallaba tumbada en uno de los camastros del hospital, reconoció las pálidas sábanas y el odioso empapelado marfileño de las paredes. Algo pesaba en sus fosas nasales. Entreabrió la boca, sintiendo su aliento pegajoso y reseco, como si alguien hubiese vertido el contenido de un cenicero sobre su lengua.

El respirador seguía su marcha.

—¿Q…que…? –un jadeo áspero, como un chirrido brotó de sus cuerdas bocales. Su mirada encontró un bulto, tumbado contra su lado derecho. Vio la melena desmañada y rosácea.—¿Sa…Sakura?

—Hey… —la voz de la joven fue un susurro aletargado. Levantó el rostro, emulando un patético intento de sonrisa—…Ino-cerda…

—…¿Qué… pasó…? –Los tubitos del respirador le escocían la nariz. Alzó sus brazos, sintiendo un acalambramiento frío en éstos. No había nada en estos. El aparato seguía midiendo el pulso con un pitido constante—…¿cómo es que…?

Sakura, sin moverse, alzó su brazo derecho, oculto estratégicamente entre las sábanas. La sonda del respirador pendía de éste.

—De otra forma, te hubieran declarado muerta desde anoche. –musitó.—Me lo había quitado hasta que la enfermera volvió a revisar, hace media hora.

Ino exhaló, en un intento por emular una risa. Los pulmones le calaban como si cada bocanada de aire fuese gas inflamable. El demacrado rostro al menos parecía menos "cadavérico" a comparación de las horas críticas. Las transfusiones parecían ayudar, pero no con la totalidad y eficacia que Sakura esperaba.

—No debieron… traerme aquí… —Ino exhaló despacio.—…esto… esto llamaría demasiado la atención, Aoba no está y no hay nadie más de nosotros que pueda…

Una silueta emergió a su izquierda, irguiéndose del sillón para visitas.

—Aun te quedan algunas amistades humanas, Ino-chan. –enunció una voz profunda.

Ino entornó la mirada, y aquel semblante afable le hizo contener el aliento.

Parpadeó, como si de nuevo se hubiese sumido en una bruma ¿estaría alucinando?

—Ge…¿Genma-kun? –logró susurrar mientras su mirada fija le escrutaba a detalle.

El aludido, un sujeto que pasaba de los cuarenta y pico, asintió con una sonrisa amplia. Un gesto idéntico al que aun evocaba su imagen en los recuerdos de Ino, a pesar del actual renuente marco de las arrugas de la edad. Inclusive seguía llevando un palillo asomando entre las comisuras de sus labios. El cabello castaño empezaba a despuntar algunas canas.

Sakura rompió el incómodo y expectante silencio.

—Cuando Itachi y yo te trajimos no había más que dos camilleros, ni Izumo ni Kotetsu estaban de guardia y de repente él dijo que te conocía y…

—Salíamos. –respondió casi en un susurro. Trató de sonreír llanamente pero el aplomo de la mirada fija y expectante de Genma Shiranui no hizo más que bajar aun más los decibeles de su extenuada voz—…en el '86.

El hombre asintió. La mirada de este denotaba un tenue brillo nostálgico.

— Verano del '86.

Hubo una pausa corta y expectante. La joven de pelo rosa miró a su amiga, quien aun a pesar de su enfermiza palidez denotaba un sutil y casi invisible rubor, sorprendiéndose internamente por semejante reacción; demasiado inusual en alguien como Ino, tomando en cuenta su peculiar historial sentimental. Bajó la mirada nerviosamente hacia la puerta y se levantó, pasándose una mano por la nuca y ocultando una risa incómoda.

—Iré a la cafetería por algo, no he almorzado nada desde anoche y no quiero que mi estómago se coma así mismo –enunció en un tono desenfadado y emulando una salida discreta.

Ino agradeció ese gesto, aun a sabiendas del posible interrogatorio a futuro. Volvió su atención a Genma, quien se había sentado en el borde de la camilla, junto a ella.

—Tanto tiempo… ¿Y tenías que volver precisamente a Ame?

—Estaba ocupado en mi "gira de despedida" si es que podría decirle así. Coincidencias del destino, supongo. –respondió él.

—Las coincidencias no existen. –alargó una mano, aun sintiéndola fría y acalambrada, y la posó en la mejilla de Genma. Contempló fugazmente la pulcra bata blanca—Por lo que veo, te saliste con la tuya y no abandonaste la carrera.

—Algo tenía que hacer para ocuparme en estos últimos veintiséis años. –resopló—Claro que eso no es nada a comparación de todo lo que tú has de haber hecho. Es obvio que dejaste la florería.

Ino había bajado la mirada, hacia algún punto muerto en el linóleo.

—Sabes que nosotros no podemos quedarnos mucho tiempo en un mismo empleo –dijo, volviendo a alzar la mirada—Además la rutina me aburre y quería hacer algo completamente diferente. Cardiología era una buena opción.

—Hasta que terminaste en éste lío. –Genma hizo una pausa, percatándose de la sutil exaltación de Ino—Tu amiga me contó todo. Lo de Anko y todo el caos con los recién convertidos… no esperaba que te volvieses contra ella, a como recuerdo, creí que terminarías siendo su mano derecha o algo así.

La expresión de Ino era ahora sombría. Sombría y triste. Pareció que iba a decir algo, pero se limitó a suspirar.

—Cambié de idea –musitó, para luego fingir una fugaz sonrisa—Como te dije, la rutina me aburre.

Se movió hacia un lado, intentando erguirse. Un dolor infernal le acometió de nuevo en el pecho y entrevió una mancha carmesí entre los vendajes, por debajo de la bata.

—¿No debería haber cicatrizado ya? –inquirió preocupado.

Ella jadeó pausadamente.

—Mi cuerpo no genera sangre nueva.—repuso extendiendo la mano, quitándose el respirador con cuidado—…y esto no ayuda mucho. Lo que necesito es…

Y su voz se cortó. Su semblante se cubrió de una apagada sombra.

—No importa. –Ino sonrió levemente y, luego, se pasó la mano por la cara.

Esta vez fue la mano de Genma la que le sostuvo.

—Sé que hay otra alternativa. –dijo.

El rostro de Ino se endureció.

—No, Genma-kun. No la hay.

Éste permaneció en silencio, mirando al encapotado cielo de noviembre que se veía por la ventana y reflexionando en lo que estaba por decir.

—Ino…—murmuró con voz parsimoniosa. Mediando las palabras, eligiendo el término menos burdo y acomodando el contexto de una manera menos dura. Menos seca y áspera—…en mi estado, bueno, digamos que no merece la pena que se me ocurra empezar a leer ningún libro.

"Mi gira de despedida". La frase resonó en la mente de ella y en la difusa bruma de ideas de todo lo acontecido, aquello pareció caerle como un torrente de agua gélida en la nuca.

—Todo este tiempo… ¿y resulta que te estas muriendo?—apretó aun más la nudosa mano de Genma. Sus pupilas, enarcadas con un destello acuoso encontraron las de él. Esa mirada condescendiente era auténtica y sincera.—¿Sólo por eso volviste?

Asintió, tratando de forzar una mueca afable.

—No me gusta dejar ciclos sin cerrar. –soslayó con un impostado aire optimista. Aquello no hizo más que estremecer a la joven—Podríamos tomarlo como alguna "donación de órganos"…o algo asi.

—No. –irrumpió Ino. Su voz temblaba y el vaivén de recuerdos turbios y entrecortados abatía su mente. Voces. Gritos. Sisieos de vidas escapándose de entre unos labios pálidos. La conciencia del pasado brotaba a flote—Cada vez que hago eso, el vacío entre la humanidad y yo se hace más profundo.

—Ino-chan, me salvaste una vez… deja que ahora te salve yo. Por favor.

Durante unos largos momentos, ninguno de los dos pudo decir nada. Genma suspiró, mientras pasaba su mano por la helada mejilla de Ino.

—La muerte no siempre es el invitado inoportuno que crees. –replicó él en voz baja—Además, llega un momento en el que notas que la fiesta se apaga a tu alrededor. Es parte de la frágil existencia humana. –Encorvó los hombros hacia adelante—¿Qué sería de ti entonces?

—Viviría.

—Eternamente.

Exhaló, rodeándola cuidadosamente con un brazo. Sintió sus fríos y suaves dedos estrujar sus nudillos. Espetó una risa breve.

—La primera vez que te vi…—la mirada de Genma estaba perdida en el recuerdo, cuando aun era un jovenzuelo de veintitrés años, aquella tarde de agosto de 1986—…Dios mio, estaba sudando como si estuviese en un desierto.

—Estabas sentado fumando, intentando parecer sofisticado.

—Me la pasé casi diez minutos encendiéndolo por el otro extremo, de lo nervioso que estaba.

Suspiró y la rubia pareció reír entrecortadamente.

Pero era una risa triste, si es que existe tal cosa. Había un hálito de mortalidad en la comprensión de que aquellos años podían pasar con tan suave y discreta facilidad.

La sinuosa fragilidad de la existencia humana. ¿Y que podía hacer ella al respecto? No sería ni la primer vida que ve apartarse de su lado y morir… ni la primera ni la última.

Escuchaba el acompasado latido de él, su respiración y el calor que ella jamás podría emanar por algún otro ser humano.

¿Acaso me queda alguna otra alternativa?

Pero en el fondo de su mente subsistía una especulación, como un leve destello que no acababa de apagarse.

0—

—¡¿Qué haces aquí?!

Sakura se quedó inmóvil en el pasillo. Hinata, con la expresión lívida y consternada no pudo sino encogerse de hombros y bajar la mirada.

—No iba a dejarla sola –consiguió decir con un hálito difuso y casi inaudible. Apretaba los nudillos contra su pecho en un gesto ofuscado de preocupación.—¿E…esta bien?

—Está estable ahora, sólo que las transfusiones no están regenerándole como debería…— Ahogando un gemido, Sakura meneó la cabeza.—¿Estuviste aquí toda la mañana? Tú deberías haberte ido. Hinata perderás tu oportunidad.

Hinata resolló con voz temblorosa.

—Se supone que las amigas se quedan juntas…se ayudan entre sí. Ustedes son las primeras amigas que he tenido…y nunca me dejaron sola cuando les necesité…

Sakura no replegó nada más. Bajó la mirada, sintiendo en aquellas palabras un peso lacerante totalmente cierto. Ino habría hecho lo mismo por Hinata y… ¿y acaso había olvidado lo que hizo por ella hace casi un año?

"Y ni siquiera te conocía", resolló su mente con un agrio tono evidente. Suspiró lánguidamente y alzó el rostro, presta a responderle a la Hyuuga.

Esta había desaparecido.

—¿Hinata?

El pasillo quedó vacío. Miró en derredor esperando inútilmente que la intangible chica volviese. Tras diez minutos, sumida en un incómodo silencio meditabundo, decidió regresar a la cafetería.

Eran alrededor de las siete de la noche y el ala este del hospital estaba peculiarmente sumida en un sigilo preocupantemente sobrecogedor. Hacía casi una hora de que había visto a dos camilleros y una enfermera pasar hacia el área de urgencias, después de eso, ni siquiera un intendente de limpieza había hecho su ronda por la zona. Las seis mesas simétricamente acomodadas estaban vacías. Pasó entre éstas, a punto de llegar al mostrador, cuando unos gélidos dedos le tomaron por un hombro.

—Hola…Haruno-san –siseó Anko.

Sakura se giró repentinamente, librándose del agarre de ésta. El rostro expectante de la mujer estaba oculto por la sombra de la capucha de una pulcra sudadera deportiva. La bajó, dejando ver por completo las cetrinas y pálidas facciones. Las cicatrices del ataque de la noche anterior se habían casi desvanecido.

Sintiendo la respiración alterada y una helada brisa en la nuca, Sakura apremió al impulso de salir corriendo inmediatamente e ir por Itachi o por Shisui o inclusive por Naruto, pero el cuerpo –y quizás el instinto resentido del lobo en su interior- le traicionaron, permitiéndole retroceder sólo un par de pasos.

Los labios macilentos de Anko Mitarashi se curvearon en una sonrisa mordaz.

—Descuida –replicó con una voz pastosa. Carraspeó aclarándose la garganta—no pienso armar una escena aquí en el hospital. Sería demasiado riesgoso, ¿no crees?

No esperó respuesta ante aquella retórica. Sakura sólo se limitó a contemplarle, atónita y aterrada.

—Ya arreglaré cuentas con Ino, pero no hoy; ya habrá tiempo después. He venido a buscarte a ti, precisamente. –sus ojos centellearon venenosamente—ahora, ¿cómo crees que debería terminar todo esto? …Éste proceso que hemos iniciado ¿sabes qué es?

Sakura tragó hondo, sintiendo un gemido ahogado dentro, muy, muy adentro de su mente. Enunció sin apartar el contacto visual

—Sé algo de tus planes –señaló. Algo en su miedo empezaba a desvanecerse.

Anko rió entre dientes.

—"Tus planes" –repitió Anko lacónicamente. Ladeó la cabeza en gesto perentorio— Cómo si esto no fuera más que ambición personal. Esto es la naturaleza, evolución, Sakura…Y nada puede pararlo; ni Ino, ni tu amiguita fantasma... Y tú muchísimo menos, por supuesto. —hablaba en el tono triunfal de quien acababa de hacer un gran negocio. Miraba a Sakura como un mezquino fiscal de distrito mira a un reo convicto y confeso— Te perseguiría hasta el fin del mundo…y yo misma arrancaría la carne de tus huesos.

Se inclinó hacia adelante, tan cerca que Sakura pudo percibir la presencia de sangre fresca en su aliento. Algo empezó a despertar en ella, en medio de algún sueño brumoso, como un fuego que comenzaba a avivarse.

—No debiste intervenir, pulgosa… —repuso, pasando por un lado de la joven de cabellera rosada—…eso atrajo mi atención.

Un gruñido atávico escapó de los labios de Sakura. Sus manos estaban tiesas en un puño. Un escozor acometió sus nudillos, mientras seguía inmóvil.

—Estoy demasiado cansada como para dejarme intimidar ahora –murmuró, girándose hacia Anko a sus espaldas—Tienes mucha confianza en ti misma, como para ser alguien que permitió que una loba y una fantasma se largaran con su mejor amiga.

El rostro de Anko se endureció. Sus ojos habían adquirido la frialdad de un hielo delgado, crujiendo inquietantemente bajo sus pies. Y debajo, aguas frías y negras.

—Tienes razón. Fue algo impresionante, ¿a que sí? Creo que es arriesgado ponerse contra alguien como tú…–el filo de los colmillos vampíricos estaba evidente bajo las comisuras. Dio una zancada, volviendo a quedar justo delante de Sakura—Por ejemplo ¿sería una locura para mi hacer algo cómo esto? –Las manos le tomaron por los hombros y empujaron.

La joven osciló retrocediendo.

—¡¿Y si vuelvo a hacerlo?! ¿Acaso podrás defenderte? –Anko volvió a sujetarle. Empujó una segunda vez–¿Eh? ¡¿Eeeh?! ¡Vamos, haz algo!—y una tercera—¡ ¿Dónde está el terrible lobo feroz ahora?!

Sakura sintió como si algo le hubiese electrificado. Un vendaval despertó y vio que los brazos se le disparaban hacia el cuello descubierto de Anko Mitarashi. Los dedos, curveados en una forma inhumana, revestidos de un hirsuto pelo rosáceo oscuro terminados en garras oscuras, se enterraron en la carne no muerta. Sintió una viva repulsión, como si hubiera apretado una babosa con la mano.

Anko se tambaleó hacia atrás y cayó sobre una de las mesas, sin que la joven dejase de sujetarle. Ésta gritó, su voz subió de tono hasta hacerse un rugido furioso.

—¡Anda! ¡Mátame!–Anko sonreía con la boca ensangrentada.—¡¿Qué rayos estás esperando?!

Entonces tan pronto como había iniciado, el fuego se apagó, como si cayese un diluvio. La visión se había vuelto nítida nuevamente y el impulso, latente todavía, había quedado a un temblor en sus manos, humanas de nuevo. Se desplomó sobre sus rodillas, jadeando como si hubiese corrido una maratón bajo un intenso sol de verano. Anko, desconcertada y aun sádicamente burlona, logró erguirse.

Había espetado una cascada carcajada, para luego inclinarse hacia la temblorosa Haruno. Le sujetó del cuello del suéter, alzándola casi diez centímetros del suelo.

—¿Sabes cuál es tu problema? –susurró con una sonrisa torva—…que aun eres demasiado humana, Sakura. Demasiado frágil, temerosa y estúpida.

Le soltó, sin importar que la joven cayese contra una silla. Anko se enjugó la sangre de los labios con el dorso de la mano, dirigiéndole una última y casi lastimera mirada a Sakura, y se fue de allí.

Temblando y gimiendo como un animal herido, Sakura tomó el aplomo de levantarse.

Una idea comenzaba a agitarse en su mente.

0—

Por la noche llegó una nueva remesa de nubes, empujada por un fuerte viento del oeste.

Sasuke Uchiha había dejado atrás el letrero que decía "SALIDA 8 AMEGAKURE CARRETERA ESTATAL", puso el intermitente y condujo el Civic alquilado hacia la rampa de salida. Miró distraídamente la pantalla del teléfono. Había cinco llamadas perdidas, tres de ellas provenían del despacho de Kakashi Hatake y dos del teléfono personal de éste. Volvió a apagar el teléfono.

Naruto sabía lo que ocurriría y le había prometido solucionarlo; pero gracias a aquella intempestiva llamada, toda intención de confianza se había ido al demonio. Odiaba que Uzumaki nunca se explicase como Dios manda, y bien podría haber tomado esa "llamada de emergencia" como uno de tantos arrebatos del rubio y haberle ignorado… si no hubiera mencionado a Sakura.

Sentía que los párpados se le cerraban; esta noche no dormiría, a pesar de la recomendación de Naruto, estaba decidido a seguir el viaje. Parpadeó de golpe y, durante una fracción de segundo, le pareció que docenas de ojos plateados y crueles le miraban parpadeando con avidez.

Luego, los ojos se convirtieron en las señales reflectantes de los pilares de la barrera. El Civic se había desviado al arcén.

Sasuke hizo girar el volante hacia la izquierda y, entre el chirrido de los neumáticos, le pareció oír un ligero roce metálico, producido tal vez por el parachoques delantero al rozar uno de los pilares. El corazón le dio un vuelco y empezó a latirle con tal fuerza que ante sus ojos aparecieron unas briznas que se dilataban y contraían al compás de su percusión.

Esta vez el chirrido de los neumáticos fue más estridente y el roce, más fuerte. El auto arremetía contra los cables de la valla, se oía el siseo de la pintura al saltar, dejando al descubierto el metal de la carrocería que rechinaba. Durante un momento, el volante no respondió, y Sasuke pisó el freno a fondo. Se oyó un chasquido seco de la batería, y nada más.

Frustrado, propinó un golpe al volante con los puños. Algo quería detenerlo. No era normal que un coche, nuevo como aquél, con menos de ocho mil kilómetros, se quedara sin batería. Pero así era y allí estaba él, atascado en plena autopista, a más de ochenta kilómetros de Amegakure.

Se quedó en silencio, mirando hacia el lóbrego horizonte con hipnotizado interés, mientras su mente resollaba ideas y recuerdos inconexos.

¿Qué rayos esperas encontrar en Ame? Dos años no pasaron en balde y ella ni siquiera se dignó a la medida cobarde de una llamada telefónica. Claro, él tampoco había hecho algo para remendar aquello, aunque no era propiamente su culpa. Él no escapó del compromiso, él no dejó plantado a nadie en el altar, con todos los invitados y la costosa recepción en uno de los salones más prestigiosos de Konoha. Él no había dejado la argolla de compromiso sobre la cama de su pareja sin siquiera explayar una razón que no fuese más allá del "perdóname, pero no puedo hacerlo."

…y ahora sólo por una estúpida llamada sin precedentes había cedido ante un impulso que no era propio de él…Igual que había accedido a proponerle matrimonio, hace más de dos años.

Bueno, ahora no podría ir a ningún lado estando atorado a mitad de la nada. Sacó nuevamente el celular, encendiéndolo. No tenía llamadas nuevas y tampoco señal. Lo arrojó hacia el asiento del copiloto, hundiendo el rostro en el brazo apoyado contra el volante. Escuchó un bramido entrecortado y difuso; un motor quizá o algún transeúnte a toda velocidad por la autopista. No alzó la cara hasta que una luz le dio de lleno en los ojos.

Se irguió por completo en el asiento, mirando de reojo y alcanzó a distinguir una desvaída camioneta-camper Fleetwood del '90 aparcada justamente detrás del Civic. Las intermitentes traseras encendidas y la parrilla de la defensa sumida por el impacto, entonces Sasuke se percató de que aquello contra lo que había embestido en reversa no fue contra los pilares de contención.

Maldijo internamente, levantando una mano para atenuar el destello cegador de la linterna que le apuntaba incriminadoramente.

La silueta que la sostenía la apartó a su vez. La mirada fatigada y molesta de Sasuke se dirigió al semblante taciturno y disgustado de una mujer. No pasaba de los treinta, quizás fuese de la edad de Sakura, de figura delgada enfundada en una chamarra café de casi dos veces su talla, cabello rojizo, largo, salvajemente despeinado y suelto como una marea carmín, llamativamente distinguible aun en la penumbra de la madrugada. La expectante mirada le contemplaba detrás del vidrio de unas gafas de armazón ovalado.

Los labios se curvearon en un gesto mesurado pero no hostil. Un intento de sonrisa torva muy equitativa a las expresiones fastidiadas del mismo Sasuke.

—Por lo visto, ambos nos quedaremos varados en esta carretera por algún rato.

0—

Había vuelto a aparecer en la sala de su casa.

No sabía por qué había ocurrido el cambio de escena tan drástico. Recordó la técnica que sugirió Rock Lee para transportarse de un lado a otro, pero en este momento no había tenido ni la más mínima intención de apartarse del hospital.

Hinata se quedó mirando en derredor con precaución. La luz diáfana de la mañana entraba a raudales por el ventanal roto. Cantó un pájaro, pero enmudeció enseguida. En las contadas ocasiones en que, desde la adolescencia, había estado levantada a aquella hora del amanecer sin motivo justificado, siempre experimentó una sensación de soledad y exaltación a la vez: un sentimiento paradójico de continuidad y renovación.

Pero, esta mañana, no sentía nada tan limpio y puro. Sólo aquella vaga inquietud que no podía atribuir por completo a las últimas y terribles veinticuatro horas y a su reciente desgracia.

Caminó hacia el pasillo, oscilando el cuerpo sobre sus pies, indecisa. Lo peor era que todo aquello parecía..., parecía preparado, como si alguien quisiera que ella estuviera allí.

La puerta ya no estaba.

Ella bajó el rostro de manera que el fleco le cubrió la mirada abatida, mientras se pasaba una mano por la sien. Exhaló.

—Creo que perdí mi vuelo –hablando a la nada, intentó esbozar una sonrisa pero aquello no fue más que una línea apenas curveada en sus pálidos y traslúcidos labios.

El vacío de la casa fue su respuesta.

¿Y ahora?

La pregunta bailó en su mente por una fracción de segundo hasta que escuchó un quejido, a sus espaldas. Se giró, encontrándose con la forma traslúcida de un muchacho. Le había visto antes, por el vecindario; entregando los diarios por la mañana. Sus ropas estaban llenas de barro y había algo carmesí en su cuello.

Sangre.

El pelo revuelto parecía una mata inerte y sus ojos tenían un brillo grisáceo, como los de un pez muerto.

—¿Qué… qué hago aquí? –jadeó, mirando aterrado en derredor.

Hinata vio que levantaba ambas manos; estas parecían desaparecer como si tuvieran la textura de un holograma. Igual que ella.

—Tú… ¿tú estás…? –la voz del joven temblaba. Se pasaba las manos entre sus brazos sin conseguir asir nada sólido. Miró aterrado hacia la Hyuuga—Ésa… esa mujer… no sé qué pasó… yo… —el jadeo se convirtió en un sollozo—¿Por qué no siento mi corazón… porqué…?

Hinata hizo acopio de fuerzas y se acercó. Había algo nuevo, algo más firme en sus pasos, casi podría sentir parte de la duela de la sala bajo sus pies.

Lo miró fijamente.

—Es porque estás muerto...igual que yo. –dijo con una voz baja pero firme.

Él pareció no entender.

—Una mujer… ella… ella se me había acercado y…

—¿Qué mujer?

Los ojos desorbitados del muchacho miraban hacia la calle.

—La del cabello oscuro. Iba a volver… dijo que volvería… que el infierno mismo caería en esta casa…

La voz se perdió en un suspiro y la silueta se desvaneció, como el humo de una vela al apagarse. El silenció cayó como una piedra en un pozo profundo.

Hinata se quedó inmóvil, con las manos en la boca como si tratara de ahogar un grito.

0—

La enfermera se había detenido en el alféizar de la puerta. Nadie al otro lado respondió y decidió entrar.

—Shiranui-sama…

La puerta se abrió con un chasquido corto. No estaba puesto el seguro en el cerrojo, de hecho, parecía como si alguien hubiese dejado la puerta entreabierta, con el pestillo apenas haciendo la presión necesaria en el hueco de la hendidura como para que la puerta pareciese cerrada.

La oficina, exclusiva para médicos no residentes –o consultorios de emergencia, según sea el caso- estaba en perfecto orden. Y allí estaba él, sentado en la silla, encorvado sobre el escritorio con el rostro oculto entre ambos brazos.

Hacía dos días se había comentado el arribo de egresados de intercambio, practicantes y algunos médicos y especialistas foráneos, debido a la temporada y la baja repentina en el personal tanto administrativo como de algunos elementos de residencia. Genma Shiranui era uno de los galenos provenientes de la capital del Fuego y según los rumores en la central de enfermeras, había tenido la intención de cooperar en el turno de guardia nocturna, a pesar de su drástico estado de salud. Por eso no le pareció raro a aquella enfermera encontrarle tomando una siesta en el improvisado consultorio.

Se acercó hacia éste, posando con cautela una mano en el hombro.

—Shiranui-sama. —llamó nuevamente. La mano sobre el hombro de Genma hizo el aplomo suficiente como para darle un pequeño empujón.

El cuerpo de éste se desplomó hacia el lado derecho, como si se hallase en un sueño profundo. El rostro quedó en una vista superflua de perfil, los ojos, firmemente cerrados y una expresión plácida. Tranquila.

Sin embargo, sus ojos no parecían moverse bajo los párpados, no hubo un hálito de respiración sobresaltada, tampoco un estertor en los pulmones. La mujer alargó una mano hacia el brazo de Genma Shiranui, sintiéndolo agarrotado, con la piel helada como el mármol.

No había pulso.

—Oh, Dios mío…

La enfermera se llevó una mano a la boca. Retrocedió sobre sus pasos y salió presurosa, sin cerrar la puerta. No deparó en una sombra, oculta tras la puertecilla del lavabo al lado del consultorio.

Ino Yamanaka se encerró en el minúsculo lavabo, quedándose con la espalda apoyada contra la puerta.

Los latidos del corazón le retumbaban en la cabeza monstruosamente. El dolor apretaba y cedía, apretaba y cedía. Ahogó una arcada ácida con sabor metálico y se le revolvió el estómago.

La fuerte resaca le impedía pensar con claridad. Arrodillada, con los ojos cerrados, mientras la lluvia resbalaba perezosamente por los cristales de la ventana, Ino sintió que la pena le acometía de frente. Le embistió y se apoderó de ella, le redujo, le despojó de las defensas que aún le quedaban, y ella escondió la cara entre las manos y lloró balanceando el cuerpo y pensando que ya no importaba hacer cualquier cosa con tal de sobrevivir.

Cualquier cosa.


CONTINUARÁ


N/A:

Y bien, me complace desearles un feliz inicio de año! y empezamos con la primera actualización xDD (mas vale tarde que nunca) Si, se que dije en el capitulo anterior que seria el final de temporada pero éste esta tan extenso que lo he dividido a la mitad, asi que el siguiente capítulo... ahora si, el final de temporada!

Ya saben que cualquier comentario pueden mandarlo a modo de reviews, no hay mejor combustible para esta escritora que sus sinceras opiniones (y asi actualizo más pronto xDD) ;)

Higurashi´s out