"Hola amigos. Pues sí, creo que mis vacaciones no me dieron tiempo en lo mínimo para escribir... y nuevamente perdón por eso. Realmente voy a tratar de publicar con la mayor frecuencia posible, pero no puedo darles (aun) un día exacto de publicación.

Como siempre, no hay palabras para agradecer todos sus lindos comentaros por FB, por aquí, en mi blog, en mi deviant, etc. Los quiero muchísimo y gracias.

AzulaRaven, Ares-sama, Hatake Nabiki, Azrasel, gracias por sus comentarios. Enserio. son unos soles.

Y ya sin mas, no les quito su tiempo. Espero que les guste."


El Enemigo Imperfecto
Por: Chris McRaven

Capítulo 12: De la ira de Azula y otras eventualidades

-¡Te voy a hacer mil pedazos Zuko y contigo todo este miserable pueblucho atestado de injuriosos apóstatas!-

En este preciso instante podría relatar lo que está sucediendo, de manera tal que apaciguaría la curiosidad que ahora le carcome, afable lector. Pude, también, contar las cosas en un orden secuencial y evitar las ideas que la anterior declaración de venganza de Azula trae a su cabeza, pero como el señor del Karma precisamente hoy no está de su lado, entonces, al igual que lo he venido haciendo últimamente, relataré los eventos dándole largas al asunto.

Con una gran sonrisa entró Kana a la habitación de Azula, detrás de ella venía su nieto, Sokka, el de los ojos azul zafiro, quien llevaba algunos platos extra para la muchacha. Aunque ya estaba completamente recuperada, Gran-Gran recomendó que, durante los siguientes dos días, las cosas siguieran como habitualmente se habían dado desde el recibimiento de Azula en la casa de la noble mujer, lo cual se acató sin chistar. La única faltante en el panorama eran los médicos maestros-agua, ya no eran necesarios, así que sus visitas cesaron por completo (un gran alivio para la invitada, cabe destacar).

Si bien Azula condenó como un acto de alta traición el ocultar el buque de su hermano, debía alabar la gran idea de la anciana de mandar a traer hiervas y otros comestibles desde la Nación del Fuego. Durante el día anterior, y lo que llevaba de la mañana, los deliciosos sabores de su patria fueron degustados por su paladar, disfrutados por su nariz y admirados por sus ojos. Le encantaba ver el color rojo de esos platillos, le traían a la mente buenos recuerdos de un feliz pasado lejano.

Después del ceremonial "Hola" de la anciana, Azula no hizo más que responderle a su acto amable de la misma manera. Se acomodó la princesa de forma indicada para que la bandeja pudiese ajustarse a su cuerpo sin que los alimentos fueran al piso. Llegaban justo a tiempo, Azula moría de hambre, a pesar del abundante desayuno que tuvo. Ya había terminado de leer el libro que le prestó Kana, por ello sus actividades recreativas se limitaban a hacer ejercicio a escondidas y ver por la ventana el, para ella, pueblo-prisión.

Cuando todo estuvo en su sitio, la princesa de la Nación del Fuego inició con la ingesta, con la ceremonial elegancia que solo años de estricto entrenamiento en protocolo y etiqueta pueden forjar. Sokka, mientras tanto, apenas hubo dejado los menudos platitos de salsas y aderezos varios en la mesita de noche, se fue directo al marco de la puerta para, desde ahí, vigilar cualquier movimiento de la arpía. Era mejor estar alertas.

El joven soldado contemplaba a la indiferente Azula, la víbora. Presentía que pronto algo de su "maravillosa personalidad" afloraría… sería un problema entonces. No obstante, a grandes rasgos se había comportado, aún continuaba todo como de costumbre, era algo ¿no?. Sumado, al ser ella "la novedad", las penas que pasaba constantemente con la bruja se volvían el tema de conversación en reuniones de amigos. Al menos para algo de provecho sacaba de la tonta.

Notó entonces que la antigua apariencia de la princesa había vuelto, su cara estaba rellena, su cabello brillante y su piel liza, parecía una persona totalmente diferente en comparación de la mujer que llego en aquella cámara de bajas temperaturas, pero sus ojos chispeantes repletos de maldad seguían como el primer día que la conoció. Su teatrito no lo aceptaría tan fácilmente, ella era mala y así se iba a morir.

Más o menos así fueron bailando los pensamientos de Sokka, entre el cómo resaltaban los ojos de azula en medio de los colores fríos de su tierra de hielo y el ser vil que ella era por nacimiento (y jamás sería de otra manera); pero para Kana, las ideas se concentraban en otros temas más importantes.

Con la alegría del mundo, la anciana madre le comentó a la princesa olvidada de la Nación del Fuego el deseo de su hermano por verla. Ya había sido todo preparado, solo las horas separaban el encuentro de la familia real. La noticia obligó a la muchacha a para el comer de aquellos deliciosos alimentos; por fin el día por el que tanto había sufrido había llegado. Pronto las mentiras del campesino se caerían a pedazos.

Pregunto entonces la muchacha el momento exacto de la reunión, -dentro de una hora u hora y media a lo mucho-, contesto la señora de cabello blanco, recomendando de paso que apresurara con los alimentos, puesto que era menester arreglarla como era debido para ver a su hermano, el Señor del Fuego Zuko. Mas a ella le valía media col partida a la mitad verse bien o mal para el "Señor del Fuego Zuko"; era un maldito miserable sin honor ni honra, la vergüenza de la familia, un bueno para nada; si lo había mandado a llamar era por necesidad, no por otra cosa. Él no merecía ni el tiempo ni la dedicación de ella, él no merecía que se arreglara para él… más la anciana se veía tan emocionada que ni siquiera supo por dónde negarse.

-Muy bien- comento plana e inexpresiva, volviendo luego a su comida.

-:o:-

Sokka salió de la habitación cargando la bandeja repleta de platos sucios. Kana, por otro lado, prefirió quedarse un poco más con la princesa; "… cosa de chicas", pensó el guerrero mientras bajaba a la cocina.

Encontró a Pakku, el gran maestro-agua, preparándose un poco de té. Se respiraba un aire tenso en el ambiente, no era para menos, dentro de unos cuantos minutos Zuko hablaría con Azula y de ahí, solo la Luna sabría que iba a pasar. Todos estaban preparados para contener a la chica… al 'Monstruo de la Nación del Fuego'.

-¿Ya evacuaron a todos?-, interrogó sereno el joven, al mismo tiempo que colocaba los platos en el lavabo y se preparaba para dejarlos como nuevos.

-Sí, todo está listo muchacho… ahora solo nos resta esperar…-

-:o:-

En un carruaje digno de cualquier dios iba el Señor del Fuego Zuko. Jugueteaba con sus manos y se cuestionaba si realmente su decisión había sido la correcta... esa de "no decirle a su hermana lo de su padre", puesto que la de "llevarla a la Tribu Agua" había sido un total error. Por su culpa muchas personas inocentes corrían un gran peligro. Era completamente comprensible los miedos de Zuko, el que alguna vez proscrito, respecto al tema. A pesar de que la princesa llevaba años sin practicar su fuego control, Azula era un prodigio, ella nació con estrella… no sería nada raro que aun poseyera esas habilidades macabras que tanta fama le habían hecho en la roja nación. ¿En que estaría pensando en ese momento?

Tanto el General Iroh como Hakoda, quienes iban con él, intentaban tranquilizarlo con palabras nobles y consejos sabios, pero eso no diluía la cara de preocupación del joven Señor del Fuego. En su mente, repetía desesperadamente su mantra de buena fortuna para situaciones como estas: "No lo vayas a arruinar como siempre lo haces Zuko".

-:o:-

Azula estaba ansiosa, bastante ansiosa para ser honestos, tan ansiosa que ya se estaba empezando a enojar. Incluso llegó pensar que todo era un teatro de la anciana para mantenerla a raya por más tiempo… bueno… por su bien que no fuera así, puesto que si eso era otra de sus mentiras, ahora sí quemaba a todos dentro de la casucha que la vieja llamaba hogar.

Sentada en la cama, con la espalda contra la cabecera de la misma y las piernas cubiertas con cobijas, no hacía más que tomar su cabella, amarrada en una cola alta, e inspeccionarla (una forma para matar el rato). Y aunque estaba en la cama tenía los zapatos puestos, ya que debía estar preparada para cualquier eventualidad (porque bien todo podía ser una trampa). Era bastante probable que, en el momento menos esperado, arrojaran una bomba o algo similar a su habitación, o entraran un grupo de asesinos entrenados, tantas cosas. Sí, para ella resultaba de vida o muerte estar prevenida (otra vieja costumbre suya). Recordemos que por su pasado, la princesa era un tanto... digamos … paranoica…

Movía la punta del pie inquieta y su semblante se marcaba más y más por el enfado. Suspiraba frustrada mientras la espera se alargaba. "Pronto Azula, no te alarmes… pronto estará aquí", pensaba a manera de mantra para tranquilizarse. Se peinaba con los dedos su larga coleta amarrada con una cinta azul; Angi había estado con ella toda su vida, Agni haría que su hermano viniera para confirmarle que las palabras del campesino eran basura, al igual que esa maldita tribu de profanos.

Entonces, los ojos de la princesa chispearon como las piedras que usan los del Reino Tierra para encender hogueras y fogatas, pero su semblante muerto se mantuvo. Al ver la puerta de su habitación abrirse, dejando notar a la persona que por tanto tiempo ella había esperado, tuvo muy en cuenta que ese día se jugaría el todo por el todo.

-Tanto tiempo Zuzu… ¿Cómo has estado?-. Preparémonos para lo peor... pues se acerca reptante el destino.

Zuko verdaderamente estaba impresionado por lo que veía. Su hermana, la princesa loca de la Nación del Fuego, parecía una persona totalmente distinta a aquella desquiciada que transportaron en la cámara de bajas temperaturas. Su apariencia era la de sus mejores días, solamente que su cabello era notablemente más largo, sin olvidar que sus ropas rojas se desvanecieron para que los presumidos azules fanfarronearan hermosos por su cuerpo.

Al mismo tiempo que cerraba la puerta para conversar en privado, hacía mente de como lograron convencerla para vestir con esos tonos. No era un secreto en lo mínimo que ella los detestaba, el único tono que aceptaba y amaba era el rojo de su nación. Para la maestro-fuego, lucir otro color era un acto de impíos… así que tremenda misión se dieron Sokka y su familia para meterla ahí.

Se veía tranquila, eso lo asustaba. Azula característicamente se comportaba de tal forma cuando algo no le gustaba o tenía algún plan entre manos. Suplicó el príncipe a Agni que lo cuidara como siempre lo había hecho, puesto que desde su destierro la deidad nunca lo había abandonado, estaba seguro de ello. Sus pruebas del hecho eran contundentes, primero Agni le permitió viajar con su tío todo el tiempo, luego le permitió conocer a sus amigos; finalmente, le permitió salvar a Katara y a su nación. Había sido tan afortunado que a veces pensaba que toda la suerte le tocaba por derecho su hermana se la había quedado para él mismo.

Pobre Azula, realmente él había sido el que nació con suerte.

La princesa, por otro lado, no hacía más que mirar rabiosa a su hermano, más su cara seguía como si nada. Le daba tanta ira ver a su hermano pavonearse con el traje de "Señor del Fuego".… ¡Por los espíritus!, la que debía estar luciendo esas telas, esos colores, ese tocado era ella. Ella, la hija del ex Señor del Fuego Ozai, el prodigio de la Nación del Fuego, no un bueno para nada que lo único que había hecho en su vida era cometer error tras error tras error. Ahora, se posaba frente a su cama, a una distancia prudente el muy cobarde, y la miraba con esos ojos de idiota que parecían suplicar por aceptación, por amistad. Tonto. El Señor del Fuego no suplica, ni con la mirada ni con el pensamiento, toma todo puesto que es suyo, porque Agni es su dios, el más grande, el mejor, el más sabio entre los dioses. Zuko, bajo los conceptos de su hermana, era una vida desperdiciada. ¡Qué vergüenza!… pero no importaba, dentro de poco ella sería el Señor del Fuego, como debió ser siempre, y los errores que había cometido su hermano serían enmendados por ella. Azula, la princesa de la Nación del Fuego.

-Bien… por suerte… - contesto al fin el muchacho, -y siempre rezando por tu bienestar-

-¡Bah!, no seas ridículo Zuzu. A mí no me vengas con teatritos vulgares como los de esos actores de la isla Ámbar. ¿Ahora te preocupas por mi bienestar?… al parecer las mentiras son una herencia inevitable en nuestra familia-

-No es así Azula… hablo con la verdad cuando digo que me preocupo por ti y te deseo lo mejor-

-Calla Zuko, calla. No seas hipócrita que los dioses escuchan y no perdonan. Si tanto te preocuparas por mí nunca me habrías traído a este nido de subnormales idolatras. No tienes idea de las atrocidades que he tenido que tolerar: desde ponerme estas ropas con colores sacrílegos hasta permitir que esos ignaros maestros-agua realicen sus rituales salvajes en mí. ¡EN MÍ!. ¡Yo toda una princesa sometida a actos de personas primitivas!. Y luego está ese campesino come focas bueno para nada amiguito tuyo; un engreído, un pedante, ¡un idiota!. No hay manera que le entre en la cabeza verbo alguno. ¿De qué clase de amistades te has hecho Zuzu?-

-De las mejores en las cuatro naciones-

-… El optimismo y la idiotez se te han contagiado de ese campesino al parecer. Pero bueno, ¿qué se puede esperar de ti?. Tu que nunca supiste distinguir entre tu deber y las palabras vacías de cualquier profano que pudiese hablar-. El veneno en la muchacha no se había secado, seguía con ese simpático carácter que hace que esté en boca de todos los recurrentes de tabernas repugnantes y escondidas entre los pueblos; no obstante, su verdadera preocupación se enfocaba en otro sitio, no en su hermano. Allá él con su destino y las malas decisiones que había tomado. Era un bobo, siempre sería un bobo. -… ¿Cómo está la Nación del Fuego?- pregunto sincera, como rara vez se le ha visto.

-Prospera, poco a poco su belleza es restaurada gracias al esfuerzo de todos. Los colonos regresan a sus hogares, las familias se reúnen, los soldados vuelven a casa, las naciones fomentan tratos amables entre ellas. Las cosas van de maravilla-

-¡¿Maravilla?!. ¿Todo el avance que habíamos hecho con las colonias para qué?. ¡Para nada!- se sujetaba la frente frustrada -Perdemos tierras Zuzu,- aseveró extendiendo la mano, como señalando hacia alguna parte, -tierras que son nuestras por derecho-, aseguró, dejando caer con fuerza los puños al lado de su cuerpo.

-¿Derecho?, eran del Reino Tierra desde un inicio. ¿Cómo vamos a tener más derecho nosotros que los nativos en su propio hogar?-

-Tenemos el derecho inalienable de superioridad que Agni nos ha dado. Somos el más grande pueblo de las cuatro naciones y tú, "Señor del Fuego", te rebajas igualándote con todos esos rurales inmundos. Ellos no saben vivir sus vidas, nuestro deber, y designio de Agni, es guiarlos por el buen camino. Somos sus hermanos mayores, nos deben respeto, obediencia y nosotros a cambio les debemos guía, protección. Ellos no entienden eso, son salvajes aun. Debemos civilizarlos. Lo dicen los escritos sagrados-

-¡Entonces los escritos están mal!-, gritó Zuko, horrorizando con su blasfemia a su única hermana.

-¡Zuko!, ¡¿cómo te atreves?!-

-Agni es misericordioso. Agni quiere a todos sus hijos, incluso a los que no lo siguen. Si Agni fuese tan despiadado como tú predicas entonces no sería un dios, sería un demonio-

-¡Cállate Zuko, por lo que más quieras no digas esas cosas o sufrirás la ira de nuestro señor!-, y Azula temió, no por ella sino por su hermano. Para la princesa el peligro de insultar a su dios era tal real como el aire que respiraba. No vaya a ser que las palabras del joven imprudente llegaran a oídos del misericordioso y fuese castigado. Eso no se lo desearía ni a Zuko, su peor enemigo.

Los ojos tambaleantes, temerosos de Azula confirmaban su fe sin medida ni dimensiones. Sería infructuoso, de mi parte, tratar si quiera explicar lo que su corazón sintió al abrigar esas oraciones en sus tímpanos. Ella no temía a nada, ni a la muerte misma, puesto que Agni la cuidaba, más temblaba como una oveja-coala asustada ante su dios... el cual castigaba como un buen padre, con mano dura.

- Agni-, continuó, -no permite una traición o …-

-¡Nuestro dios es sabio y justo!-, interrumpió cortante el Señor del Fuego, -¡ Sabe que lo que digo, que lo que hago, es justo, es noble, puesto que es mi manera de ofrendarle!... Azula, no seas tonta, la forma en la que nos enseñaron las leyes de Agni estaban equivocadas. Él no desea el mal para nadie, Agni, la madre tierra, la luna y los vientos del destino, todos, guían a las cuatro naciones, sin importa la procedencia de sus hijos, todos somos uno, todos somos un complemento.-

-¡Pues quiero que los nómadas aire, los nativos del agua y los oriundos de la tierra complementen mi espada con su sangre!. ¡¿Qué estupideces hablas hermano?!, el mensaje de Agni es claro. Él no perdona una traición, el no olvida una promesa, el castiga sin consideración por una falta. Le hemos prometido la tierra entera, él a cambión nos ha dado prosperidad. No cumplir la promesa que nuestros antepasados le han hecho a nuestro dios condenaría a nuestro pueblo a la miseria. Marcaría la caída de nuestro imperio-

-¡No es así!-. La seguridad en la voz de Zuko, su rostro firme y ese aire de convencimiento que emanaba, obligó, por vez única, a Azula a escuchar con atención. El pobre joven estaba cansado de las ideas duras de su hermana, desde pequeña fue así, eso él lo comprendía, sin embargo era suficiente de su necedad, de su pensar que consistía en que solo ella tenía la razón. Pues no, esta vez no, esta vez el hablaría. No se quedaría callado como cuando era un niño... ya no. -Agni nos ha dado una nueva oportunidad de hermanarnos con los antes enemigos, no debemos desaprovechar la buena fortuna que nuestro dios nos está dando-

-…Ya veo…- contesto serena, tranquila, tanto que si la hubiesen visto ustedes estarían asustadizos como el propio Zuko lo estaba en secreto. Y después de un silencio, continuó, -tu eres el inicio de nuestra caída… tu marcaras el principio de la desgracia de la Nación del Fuego. Tú, un tonto que nunca ha tenido las agallas suficientes para tomar decisiones y elegir el camino correcto. Un traidor en el trono, eso es lo que eres, rodeado de traidores iguales que tú, de enemigos de nuestra nación como lo son el avatar y sus amiguitos… Eres una deshonra para nuestra familia-. Mas Azula no cedía con tanta facilidad, menos ante el discurso cursi de su hermano.

-Azula, te amo con todo el corazón, como solo a la familia se puede amar, pero no te permito que me insultes ni que cuestiones mis decisiones. Soy el Señor del Fuego ahora, debes respetarme-

-¡No eres nada más que un monigote, una pantalla!. Seguramente el que está detrás del trono es el tío Iroh y no tú. No tienes ni la fuerza ni la decisión que presumes para guiar una nación. Hasta tu sabes que yo era la adecuada para ser el Señor del Fuego, era mi destino, pero una broma cruel me hizo nacer de segunda. ¿Mi deber es arrebatarte lo que era mío por derecho, por mérito?. De acuerdo. Me da igual. Lo haré, bien sabes que será así. Mas, ¿qué son esas ridiculeces que dices?, ¿Amarme con el corazón como solo se puede amar a la familia?. ¿Qué clase de amor profesas cuando me tienes prisionera en este páramo de nieve y a nuestro padre pudriéndose en la cárcel?. Eres un gusano Zuko, un maldito gusano-

-¡Las cosas que hago las hago por tu bien!. ¡Entiende!-

-¡No!. No me importa entenderte y tampoco me interesa lo que hagas por mí.-, arrastraba las palabras,-No quiero escuchar tus sandeces y ni tus habladurías. No me importa, puesto que yo solo me preocupo por mi familia y tú no eres más parte de ella. Aun así, el destino me arrincona a requerirte Zuzu, entonces no hagamos esta reunión más larga de lo que debe ser. De todos modos, tarde o temprano, volveré a mi tierra y pagarás con creses todo el daño que nos hiciste.

-Azula…-

-Solo necesito saber de ti una cosa… Papá está vivo… ¿Verdad?. Papá vive encerrado en las celdas de la Nación del Fuego, encarcelado injustamente bajo el único crimen de hacer crecer a su patria, ¿No es así?... Por favor, dime que él vive y que las palabras del campesino amigo tuyo eran calumnias... Dime la verdad Zuzu-

Pero el silencio fue la única respuesta que obtuvo. Era exactamente lo que ella no quería oír; no obstante, se aferraba a la idea de que su padre estuviese con vida. ¡Oh sí!, como lo amaba la princesa, lo amaba tanto... Muchos decían que fue su padre la única cosa que realmente quiso en la vida, pero el señor del Karma castiga porque es un enviado fortuito de los dioses.

Zuko no deseaba romperle el corazón a su hermana y lo que tanto alardeaba no tenía mínimo de falsedad. Él la amaba con locura... tanto que deseaba tapar el sol con un dedo, (dícese del hecho que tanto escondió: la muerte de su padre) pero no podía. ¡Que no hubiese dado por volver ese lúgubre capítulo de su vida familiar un loco sueño!.

Estaba triste por su padre, pero aún más por Azula, sintiéndose inútil, dicho sea, puesto que cayó en cuenta que él mismo no era capaz de sofocar el dolor que de ella emanaba... ni el que vendría con la noticia.

-¡HABLA DE UNA BUENA VEZ!-

-…Yo… admiro muchas cosas de ti. Tu fuerza, tu astucia, tu elocuencia, tu decisión, tu firmeza. Admito que si hubiese tenido un poco, solo un poco, de esas características hubiese sido lo que todos querían que fuera… tal vez… hubiese podido evitarte tanto dolor… tal vez hubiese tenido el valor y la agallas de decirte la verdad… y todo esto no estaría pasando…pero temí perderte a ti también. Perdóname Azula, no podía darme ese lujo. Te amo más de lo que te imaginas, eres lo único que tengo en el mundo entero-

-…¿Qué estás diciendo?-

-Nuestro padre… no está entre nosotros. Él… él decidió quitarse la vida por mano propia…-

-… no….-

- Nuestro padre se suicidó... Lo lamento Azula... Perdóname-

Solo un cuerpo se vio salir desde la casa del jefe de la tribu Hakoda, siendo galardonado con trozos hielo y otros escombros procedentes de la pared del hogar donde ella era huésped. Era una manera muy original de ampliar una ventana, dicho sea de paso.

Como se imaginarán, luego de la noticia, la princesa enloqueció (cosa recurrente ya en ella) y no veía a Zuko, el Señor del Fuego, como familia (porque, a pesar de las palabras de la princesa, siempre serían hermanos. Existiendo, de una forma bastante dura de comprender para nosotros, un amor real de la princesa hacia el ahora Señor del Fuego Zuko), sino como enemigo. Se abalanzo sobre él, con un golpe contundente (y muy bien plantado) hizo que por física elemental el ex-príncipe atravesara la pared, cayendo de espalda, siendo recibido únicamente por los caminos hechos de hielo.

El joven de las tierras carmesí no supo ni que lo golpeó, pero sabía que no era prudente perder el conocimiento. A como pudo, se apoyó con uno de sus codos para elevar un tanto su cuerpo, con su mano libre se quitaba trozos de hielo y se frotaba la frente para recuperar rápido la compostura. Pero, solo como recomendación, ¡que se recupere rápido!, puesto que Azula, la princesa cautiva, iba detrás de él.

Por el hoyo que el cuerpo de "Zuzu" había hecho, la chicha con ojos de dragón salió de la casa de Gran-Gran. Escuchándose sus pies azotar contra el piso, moviendo su cuerpo de una manera particular para amortiguar la caída. De repente, clavo sus ojos de serpiente en el mal trecho Señor del Fuego, gritándole a todo pulmón, con una cara de loca que haría temblar al Hombre Combustión en un "pispas".

-¡Te voy a hacer mil pedazos Zuko y contigo todo este miserable pueblucho atestado de injuriosos apóstatas!-

-:o:-

-Y entonces Toph me dijo: Bato…-, más las sombrías aventuras de Bato y la Bandida Ciega tuvieron que esperar, al ser interrumpidas por aquel ruido estrepitoso del Señor del Fuego chocando contra las calles de la Tribu Agua del Sur... y los gritos de la víbora de la Nación del Fuego, claro está.

A pocas cuadras de ahí se vivía el preludio de una batalla final entre hermanos, la predicción que todos aguardaban desde un inicio, pero todo estaba preparado para la contención de la hecatombe. Con un movimiento de la mano libre de Bato, los soldados que lo acompañaban se dirigieron hacia el punto de colapso familiar, guiados por uno de los guerreros más honorables del pueblo de hielo.

-:o:-

-¡¿Qué fue eso?!-

-¡Por los dioses!-

Exclamaban sorprendidos los hombres del loto blanco, interrumpiendo su partida de pai-sho. Fue un estruendo tal que hasta la osamenta de la casa bramó. Era evidente… Azula ya sabía lo de su padre.

Hakoda se dejó mostrar, al igual que su hijo, de algún otro lado del primer piso, también alterados por aquel ruido ensordecedor. No obstante, ¿para qué tapar el sol con un dedo?, era obvio que la fiera era la responsable de todo.

El nombre "Sokka" salió de los labios del jefe de la tribu, y cual hombre entrenado para la guerra, sabía que significaba eso. Entonces, tomando su espada y boomerang, siguió a su padre a la habitación de Azula sin chistar ni pedir explicación. No había tiempo que perder.

-Kana, quédate aquí por favor- Alegó Pakku antes de salir por la puerta principal junto con Iroh. No quería que la persona más importante de su vida resultara lastimada. Luego le pediría disculpas por darle una orden.

-:o:-

De un golpe abrieron la puerta, recibiendo la terrible noticia de que los hermanos no estaban ahí. Ahora coronaba el espacio un agujero en la pared y escombros por todas partes. Mala señal.

Hakoda corrió hacia la pared herida seguido por su hijo, temiendo lo peor con cada paso; la muerte del Señor del Fuego. Apoyando una mano en el agujero aquel que daba la vista a toda la hermosa ciudad blanca, asomo la cabeza, pudo reconocer a la joven princesa totalmente enloquecida y al Señor del Fuego en completa desventaja. Con un segundo de diferencia apareció su hijo Sokka por la "ventana", percatándose del mismo escenario que encerraban las pupilas de su padre.

Vio a la serpiente vociferar palabras barrocas y enérgicas… ¿En qué lio te has metido joven guerrero del sur?.

-:o:-

Estaba herida en el alma, eso era lo peor. Estaba fúrica a mas no poder, eso era preocupante. Estaba sola como nunca antes, eso era triste. Ya no había nada que perder, nada, pero si podía quitarle la vida al traidor de Zuko con sus manos, habría valido la pena todos esos años de angustia encerrada en el olvido de su nación.

Que Agni la perdone, puesto que sus promesas no podrán ser cumplidas, mas, probablemente, su suerte era el precio que le estaba cobrando su dios por no haber materializado sus juramentos.

¡Que más daba todo!, no dejaría cimiento en pie, así fuera lo último que hiciera. Estaba dispuesta a matar sin piedad alguna a aquel que se le cruzara en frente. Si querían que se fuera de este mundo, ella no tenía nade que objetar por ello, pero se llevaría a cada individuo de la Tribu Agua del Sur al infierno.

Desconocía por completo al hombre caído frente a ella a causa de la cólera que la controlaba. Los recuerdos de su infancia con Zuko fueron bloqueados, mas sus ropas rojas le hacían recordar su hogar, aquel terruño al cual nunca volvería. Era una pena, ¡oh sí que lo era!, … ¿Cómo pudo terminar así una mujer tan linda?. Solo los espíritus saben. Por ello, al ver a su hermano en el piso, no solo vio al traidor que le había dado la espalda, también entendió que ese día era el final… y era momento de dar el todo por el todo.

Y grito, gritó como gritan los guerreros antes de ir en busca de la muerte durante la batalla, para darse fuerza y ánimos a sí misma, para no flaquear. Su voz se escuchó en toda la Tribu Agua del Sur y maldijo por lo bajo a aquellos que hicieron su vida de ensueño miserable .

-¡Te voy a hacer mil pedazos Zuko y contigo todo este miserable pueblucho atestado de injuriosos apóstatas!-

Entonces se abalanzó en contra de su hermano, el cual, por suerte y su arduo entrenamiento, apenas pudo escapar de las garras de Azula, la princesa de la Nación del Fuego.

Una danza macabra era aquello, una combinación entre fuego y rayos. Evidentemente Zuko no podría mantener la lucha contra Azula por largo tiempo; ella, por otra parte, parecía posesa por un ente paranormal. No obstante, sus años de encierro habían hecho estragos en ella. Aunque seguía hábil en el arte de la guerra, no había avanzado a su ritmo habitual. Ciertamente existía una mejora en sus habilidades, pero no era la que todos esperaríamos. Esa fue la verdadera causa por la cual Zuko podía defenderse (con esfuerzo sobre humano) del Dragón de Ozai, por su falta de entrenamiento. de no ser por ese pequeño detalle él, el Señor del Fuego, estaría muerto y yo contaría otra historia.

A la chica de ojos ámbar le importaba lo mínimo la ciudad o quien estuviese por ahí, con solo un movimiento de su cuerpo arrojaba rayos azules y destruía todo a su paso. Puentes, casas, todo. El Señor del Fuego se vio obligado a huir a todo lo que le daban las piernas, solo para darse tiempo a sí mismo y pensar en un plan.

-¿A dónde vas Zuzu? ¡Regresa a mí y demuéstrame el amor que me profesas tanto maldito infame!-

Sí, Azula la desbocada le estaba dando tremenda casería a su hermano, y si hubiese tenido un hogar, hubiese colgado la cabeza del Señor del fuego en la sala como trofeo.

Mientras tanto, Hakoda y Sokka intentaban detener a Azula, (seguidos muy de cerca por Pakku y Iroh). El joven lobo guerrero lanzó su boomerang para detener o retrasasa la loca delante de ellos, lo que fuese primero. Por ello, al mismo tiempo que corrían por las calles blancas de la ciudad, tomó entre sus dedos el arma esa que él mismo había tallado con esmero -No me falles ahora- dijo, antes de soltar con todas sus fuerzas el objeto. Mas no dio resultado, Azula, la que todo lo puede menos derrotar al Avatar, se percató del instrumento al escucharlo cortar el aire a la distancia, solo le basto con dar un pequeño brinco para esquivar el elemento.

-¡No te metas en esto campesino que ya habrá tiempo para saldar cuentas!- Grito cuando corría detrás de su hermano, pero, nada tonta la muchacha, dejo ir uno de sus mortales ataques sobre los guerreros de la Tribu Agua, los cuales buscaron refugio entre las estructuras. Las calles quedaron hechas añicos.

-Esto no va a resultar papá-, advirtió el muchacho aun oculto en un callejón junto con su padre.

-¿Alguna idea?-

-Sí, tu persigue a Azula, yo regresaré pronto-

-¡Sokka!- Y antes de terminar su llamado, su amado hijo fue devorado por las sombras de la ciudad. Mas no podía perder tiempo, el Señor del Fuego estaba en peligro, uno muy real, y era su deber protegerlo, aunque fuese lo último que hiciese.

Salió de su guarida temporal para seguir corriendo detrás de Azula, era fácil seguirla, solo era cuestión de guiarse por los rastros de destrucción distribuidos de forma azarosa por la ciudad… no tenía un plan, pero ya se le ocurriría alguno.

Hakoda en su travesía se encontró con Bato y sus hombres, quienes se unieron a la persecución. Sin esperar a la orden, Bato reportó la situación actual, informando que los maestros-agua intersectarían a Azula en la plazoleta de ese sector, a unas cuantas cuadras de ahí.

-Espero que Zuko esté en buena condición física-

-Pues más le vale porque aún le queda camino por recorrer-

-Toda una dulzura resultó ser la princesita, ¿o no Hakoda?-

-… como un jugo de piedras-

-:o:-

Ya le dolían las piernas, pero no podía parar de correr, literalmente su vida dependía de eso. Bendito el Tío Iroh y su necedad con el entrenamiento. No era el momento oportuno para atacar, con todos esos edificios alrededor seguramente Azula haría de las suyas para usarlos a su favor, lo más sensato era atacarla en un espacio abierto, por lo menos tendría oportunidad de esquivar sus rayos.

De vez en vez lanzaba bolas le fuego a sus espaldas; intentaba herir a su hermana o por lo menos aletargar su paso… pero la sed de venganza la poseída aun peor que una deidad maligna. ¿Tantos años sin entrenar y seguía tan ágil como la recordaba?... Ella era admirable.

-¡Lástima que estés loca!- le gritó a todo pulmón a la amenaza de la Nación del Fuego, como si Azula fuese capaz de intuir el contexto generador de aquel comentario. Más la chica no dejó esperar otra ráfaga de su famoso fuego azul a manera de contestación. Pero que importaba. Pies en polvorosa y fe en la cabeza. Pronto llegaría a la plazoleta…

-:o:-

Azula tuvo que detenerse en seco ante tal cantidad de maestros-agua frente suyo, hombres que formaron una barrera humana para distanciar a Zuko de ella. Dio un rápido vistazo a sus espaldas, obligando a su cabello a agitarse violentamente; pudo percatarse entonces que estaba rodeada. ¡Pero que idiotas!, como si sus habilidades de cuarta fueran a detener a la mejor guerrera de las cuatro naciones.

Zuko seguía, como buen cobarde, detrás de los maestrosagua. ¡Patético!, ¿Cuándo aprendería a defenderse por sí mismo?. No importaba eso, ya solo era faltaba quitar a las alimañas del camino para que el "Señor del Fuego" fuese a visitar a su padre. Que Angi cuide del alma de Ozai.

Y si bien el rostro de la doncella de fuego mostraba un semblante contraído por el odio hacia su hermano, la verdad es que estaba herida y sumamente deprimida por la soledad de su mundo. Ya no quedaba nadie, ya no quedaba nada… todo por culpa de un traidor, de su hermano. Por lo cual, si Zuko estaba en ese recóndito lugar, para Azula, era una señal. Claro, la señal de su dios para que le quitara la vida a Zuzu, para que no sufriera, puesto que si ella salía con vida de esta, su reinado seria despiadado, como nunca se había visto en cien años… y Zuzu sufriría mucho al ver a esas malas influencias que llamaba "amigos" morir lentamente. Era su deber protegerlo, era lo mejor quitarle la vida, que se dejara de mover. Ella era compasiva a su modo.

-Zuko,-, dijo, viendo de un lado a otro para memorizar la posición de cada uno de sus enemigos, -aun tienes la oportunidad de morir con honor. Has justicia por mano propia, quítate la vida como un hombre. Soy misericordiosa a pesar del daño que me has hecho. Te doy la oportunidad de finalizar tu infortunada existencia, pero si no quieres, seré yo la que ponga término a tu mundo… no te resistas, no sentirás dolor-

Era inaceptable e increíble lo que el joven Señor del Fuego estaba escuchando. Ella era un monstruo. ¿Cómo podía pedirle semejante cosa?. Estaba loca. Que los dioses lo perdonen, pero en momentos como esos pensaba que lo mejor hubiese sido dejarla en el manicomio de donde la saco. La amaba, pero ella estaba más enferma de lo que pensaba.

No obstante, ante la negativa del Señor del Fuego de quitarse la vida, Azula decidió que muchas oportunidades le había dado a su hermano. Era hora de acabar con lo que comenzó hacía tantos años. Abalanzándose como el mal mismo en contra de los maestros-agua, de un solo movimiento logró deshacerse de los que estaban frente suyo, de los que estaban a la derecha, a la izquierda y atrás; solo una luz azul se podía ver en la lejanía... lo peor estaba pasando.

Y uno sobre otro cayeron los cuerpos inconscientes de los guerreros, y uno tras otro los soldados tuvieron que retroceder por las quemaduras en su cuerpo; todas agónicas y horrendas. Pero a ella no le importó, no tenía ni corazón ni alma. Eso era un desperdicio. Lo único que cruzaba su cabeza era ver la de su hermano rodar; lloraría su muerte, eran parientes después de todo, mas sería por el bien de su nación.

Pero a pesar de las locas justificaciones de Azula en cuanto a la partida temprana de su hermano, dirigente de un pueblo entero, a Zuko no le apetecía participar para nada en el plan de su hermanita. Y en esa ocasión pudo demostrar de que estaba hecho, ¡Que los dioses me castiguen si miento!, pero Azula seguía siendo poderosa, como la pasión que sentía por su patria, por ello (con ayuda o sin ella) el joven mandatario perdería irremediablemente. Que los dioses me castiguen si miento.

El fuego y los dragones lloraban por la batalla aquella en la Tribu Agua del sur, era ofensivo el solo hecho de que los hermanos pelearan, hermanos cuya vida fue concebida para amarse y amar a su gente; más así son el Señor del Karma y la diosa del destino: No perdonan.

Apenas Zuko era capaz de resistir los ataques inmisericordes de Azula, la mujer herida de la Nación del Fuego. Gruesas gotas de sudor caían por su frente, mientras su pecho subía y bajaba por el frenesí de sus movimientos defensivos, necesarios para salvaguardar la vida. Varias veces notó el fuego azul pasar cerca de su oreja, más de una vez el tiempo fue el justo para sujetar el puño de Azula en el aire. Arrepintiéndose y lamentándose por los amigos de nieve que intentaban protegerlo.

Azula estaba hecha una fiera y no se rendiría por nada ni por nadie. ¡Ay de aquel que intentara detenerla!, a varios metros quedaba, con el cuerpo quemado, retorciéndose del dolor.

Pero... ¿y el agua ?. Con el enojo que tenía esa niña no había agua que valiera en ese momento. Con solo una llamarada de la 'amenaza de la Nación del Fuego' de aquel líquido vapor quedaba... Como les dije, la niña estaba empeñada en su labor.

Pero cuando todo parecía estar perdido, aparecieron Hakoda, Bato y algunos hombres de la Tribu Agua, cada uno entrenados para defender su hogar.

-¡Basura!-, vociferaba la princesa, -¡Inútiles buenos para nada!. ¡Regresen sobre sus pasos si en algo aprecian su cuerpo y bienestar!-, aseguraba la muchacha. Realmente ese día andaba misericordiosa.

-Detén tus berrinches de niña mimada si no quieres terminar nadando con los peces, perra-. Ese era Bato, diciendo palabras inapropiadas y otras más que no diré, puesto que si lo hago no podría contar la historia del Enemigo Imperfecto; y quiero contarla.

-Campesino mugroso. Tus amenazas solo sirven para humillarte a ti mismo. Serás el próximo en ser ajusticiado por mí, tu señora. Que honor recibirá un cualquiera procedente de una tribu maldita-, las frases sinceras de Bato obligaron a la princesa a voltear, dejando a su hermano en segundo plano. Mientras tanto, en la mente de Hakoda pasaban ideas en contra de Bato... como si había pensado realmente lo que implicaba enojar aún más la loca, pero bien que mal sus frases infantiles habían obligado a la jovencita, dulce como un jugo de piedras, a dejar a Zuko. Bato sonreía de esa forma que solo los condenados a muerte pueden. Era hora de manifestarse sanamente en contra de la muchacha, y, maestro-agua o no, le enseñaría a esa maldita a respetar su cultura.

-¿Quieres un pedazo de mi campesino?. ¡Ven por el entonces!-, pero cuando la cosa no se podía poner más complicada... bueno, se puso más complicada (ustedes ya más o menos conocen el ritmo esta historia). Pocos minutos pasaron desde la aparición del elocuente Bato cuando se presentaron Paku y Iroh muy oportunos, puesto que de no ser por el maestro de Katara, los guerreros habrían quedado hechos cenizas debido al fuego azul de la princesa. Levantando una muralla de hielo, que pronto se derritió a causa del endiablado calor, Pakku salvo la vida de sus compañeros; siendo así como ellos también se colocaron entre el escuadrón de resistencia de la Tribu Agua.

"Maldita la suerte", pensó Azula. Esos viejos vejestorios sí podrían causarle problemas, mas no debía mostrarse preocupada, ella era una princesa, la mejor guerrera, "el arma del día del juicio"... estaba prohibido flaquear.

-¡Azula, detén esta locura!. ¡No vale la pena! ¿A caso no lo ves?-

-¡Silencio!. ¿Has traicionado a tu hermano y vienes a servir de juez?. Sin vergüenza. ¿Cómo pudiste darle la espalda a tu sangre?.¿A caso no eres mi tío también?¿No era entonces tu deber cuidarme de la misma forma que cuidaste de Zuko?-

-Niña tonta, y lo sigo haciendo. Esta no es la solución a tus penares. La muerte de Ozai no fue culpa de nadie-

-¡Fue culpa tuya!. ¡Fue culpa de todos!. Porque cuando más se les necesito ustedes abandonaron. Mi padre murió solo estando yo con vida, ni siquiera me dejaron darle el último adiós. ¡Era mi derecho!. ¡Malditos todos!. Sufrirán lo que yo sufrí multiplicado por mil. Verán de que es capaz la verdadera hija de Ozai, el único Señor del Fuego-

No dio tiempo, no dio tiempo para nada, ni para responderle. El "espera" de Iroh se lo llevó el viento junto con las palabras rencorosas que Azula había dicho. Sus ojos de dragón se volcaron en dirección a su hermano, el cual seguía estático por las declaraciones de Azula. Fue impactante para oír de boca de su hermana tales frases. Ella no estaba loca, eso él lo sabía, nunca lo estuvo; ella estaba resentida y desilusionada, avergonzada y frustrada. Ella había fallado.

Y aunque el rayo azul venía a toda velocidad directo hacia él, el muchacho ni se inmutó; no porque no quería esquivarlo, simplemente no lo vio nunca. Estaba tan impactado por el discurso de Azula que su mente no podía hacer otra cosa que darle ideas a sus palabras. Y a pesar de los gritos distantes por parte de los hombres de la Tribu Agua y del noble general de fuego... él se quedó ahí inerte.

Para Azula, Zuko había caído en cuenta de su error, aceptando que era tiempo de ir al "otro lado". Por fin un poco de honor en sus acciones; mas todos sabemos que ella, con frecuencia, ve lo que quiere ver y oye lo que quiere oír.

Lo admito, hubiese sido el reinado más corto jamás visto en la Nación del Fuego... de no haber sido por Sokka de la Tribu Agua del Sur. De la nada, como si fuese un espíritu de nieve, salió el noble moreno. Sacando su espada de la funda, tomándola fuertemente entre sus manos, se colocó frente a su amigo, el extranjero de las tierras carmesí, y a modo de pararrayos, clavo su espada en el piso, haciendo que el rayo azul se dirigiera al suelo y su energía se disipara por las calles de la blanca ciudad volviéndose inofensivo.

Sinceramente, yo no sé si eso será posible, más me limito a contar lo que me han contado, lo que se cuenta y como lo cuentan; y eso es lo que cuentan. Algunos dice que ese día el Señor del Karma estaba de buenas, otros que la diosa de la luna intervino para hacer el milagro, otros que es todo una mentira, una forma de maquillar la historia para hacerla llevadera. Bueno, yo no sé, ni quiero saber, la cosa es que, de alguna manera, el rayo se desvió, salvando la vida del Señor del Fuego y la de Sokka de paso. Y benditas las naciones por los regalos recibidos, porque si ese rayo hubiese seguido su curso, yo no tendría nada que contar en este momento.


"Gracias por leer. Espero verlos pronto."