Esta historia no me pertenece, los personajes son de S. Meyer y la autora es Lissa Bryan, yo sólo traduzco.

Beta: Isa


~*~Los Mejores Ángeles de Nuestra Naturaleza~*~

Por: Lissa Bryan

Ella estaba sentada en la orilla de la cama cuando Edward despertó. Él había estado teniendo un sueño encantador sobre Bella, panqueques y jarabe, pero al mirarla se le fue desvaneciendo de la mente. Ella se veía mal…, muy mal. Su piel tenía una tonalidad gris enfermiza y tenía oscuras ojeras bajo los ojos. Apostaría que ella había perdido unos cuatro kilos mientras él no estaba. Lo notó anoche cuando pudo ver sus costillas bajo la piel y cuando el hueso de su cadera chocó con él. Su dolor de cabeza era terrible, incluso con Edward quitándole la mitad del dolor. Él no quería admitir, ni siquiera para sí mismo, que algo estaba terriblemente mal con su Bella, pero estaba empezando a aceptar que quizá no iba a poder tener la larga vida humana que él deseaba para ella. Ya lloraba por esa pérdida.

Ella debió escucharlo porque habló sin darse la vuelta.

—¿Sabías que Amun es un querubín?

Edward se sentó.

—¿Es el Guardián? —Esa posibilidad nunca se le había ocurrido, pero en retrospectiva tenía sentido: la habilidad de bloquear los poderes de aquellos que lo rodean, sanaba rápido, la forma en que nunca encajaba completamente en ninguna de las categorías en las que Edward lo asignaba…

—Sí, dijo que era el "Guardián del Portal" o algo así.

Edward se pasó una mano por el cabello.

—No tenía ni idea. —Le mandó una plegaria silenciosa al Altísimo para equipar a los futuros ángeles con la habilidad de detectar e identificar criaturas sobrenaturales.

—Pero sí sabes lo que es un querubín, ¿cierto? —preguntó Bella. Parpadeó varias veces. Su visión estaba ligeramente borrosa e intentaba forzar sus ojos a concentrarse. Él esperaba que sólo fuera el cansancio extremo que estaba sintiendo.

—Sabía que existía uno creado para custodiar el velo entre los mundos, pero nunca escuché qué le pasó después de que el Portal fue cerrado.

—Dijo que a veces Dios necesita que pasen cosas malas para que el destino se desarrolle como debe ser. ¿Eso significa que es malo?

—No fue creado para serlo —dijo Edward—. Supongo que la mejor manera de describirlo es que es un ser neutral. Si ahora es malo, es porque él eligió ir en esa dirección.

Bella tembló.

—La idea de que él haya elegido ser malo me da más miedo que haya sido creado para serlo. —Sus pensamientos fluyeron a través de la mente de él, su miedo porque ella estuviera haciendo la misma elección, que ella se estuviera deslizando por una carretera ascendente hasta hacerse mala y su culpa por la fea promesa que lo obligó a hacerle.

—Si es una decisión, puede retractarse. —Esperaba que ella aceptara esto en su corazón y que incluso si ella se extraviaba del camino, siempre podría regresar.

—Pero, ¿ser malo no le causa algo permanente a tu alma? ¿Como dañarla de alguna manera?

—Sí, pero si es el querubín, no tiene alma.

—Dave piensa que es malo. Lo llamó el "hombre negro". Entonces, ¿qué deberíamos hacer? ¿Usar el Pup-O-Matic Detector de maldad para ver si sigue siendo "negro", o si ya es sólo de color gris oscuro?

Edward lo meditó. Tomó en sus manos la orilla de una de sus alas y comenzó a limpiarlas. Su espalda estaba adolorida y le picaba el lugar donde sus alas habían sido unidas de nuevo, pero estaban sanando de forma debida.

—Le va a tomar tiempo salir de eso —dijo—. Y la maldad puede ser adictiva.

Eso mandó a Bella de regreso a pensar en lo que había hecho esa gente para lastimarlo y él se apresuró a hablar para alejar su mente de eso.

—Él podría cambiar con el incentivo adecuado.

—¿Incentivo? ¿Como dijiste sobre Alice llevando a Collin de regreso a la luz? ¿Que él podría cambiar por ella? No creo que Amun me ame de verdad, Edward, creo que me desea y me admira, y llama a eso amor.

—El querubín fue creado sin emociones humanas, o al menos eso me dijeron. Fue intencional, para evitar que sintiera lástima por aquellos con historias tristes que querían deslizarse por el Portal y para evitar que se distrajera o debilitara. Si Amun de verdad es el querubín y dice la verdad sobre sus sentimientos hacia ti… No sé qué pensar.

Bella se sobó las sienes. Él estaba cargando todo lo que podía de su dolor, pero seguía siendo muy severo. Edward estaba agradecido por no tener planes para hoy. Bella necesitaba descansar. Estaba bastante seguro que ella no había dormido en absoluto anoche.

—Ahora vuelvo —le dijo, y dejó un beso en su frente.

—¡Pantalones! —gritó ella. Edward se rió entre dientes y se puso una pantalonera que sacó de la cómoda. Tenía el presentimiento de que podría pasar el resto de la vida de Bella en la tierra y aun así necesitar que le recordaran usar ropa.

Salió al pasillo y tocó en la puerta de Collin. Escuchó un crujido y después suaves risitas. Pisadas. Collin abrió la puerta y asomó la cabeza.

—¿Qué?

—Necesito algo para el dolor de mi Bella, algo que la haga dormir.

Collin suspiró.

—No está bien, ¿huh? —Abrió más la puerta y Edward entró. Collin se acercó a la caja de metal roja que usaba como maletín y comenzó a revolver las cosas que habían dentro. La puerta de la habitación no había sido cerrada por completo y Edward captó un vistazo de una mujer que pasaba por el espacio abierto, una figura que identificó al instante por la pequeña talla y el oscuro cabello puntiagudo. Alice. Estaba vistiendo una camisa de hombre y bajo ésta sus piernas estaban desnudas.

Collin alzó un pequeño botecito de cristal y le metió una jeringa. Succionó el fluido y, cuando tuvo suficiente, lo sacó del botecito y le dio golpecitos con el dedo medio. Presionó el émbolo hasta que apareció una gota de líquido en la punta y luego le puso una tapa de plástico.

—Esto se encargará de ella. Es la mierda que mató a Elvis.

Edward se alarmó.

—No quiero…

Collin lo interrumpió con una carcajada.

—Lo siento, hombre. Es un dicho. Sólo una expresión, sabes. Significa "esta es mierda de la buena". La hará dormir por unas seis horas y aparte de eso el analgésico dura un par de horas más. El efecto se irá a las… —Miró su reloj—. Como a las cuatro, para que estés pendiente de ella y le des otra dosis si la necesita.

Agarró una voluta de algodón remojada en alcohol de la parte de arriba de su caja y le ofreció ambos artículos a Edward. Él los aceptó.

—¿Qué tengo que hacer?

Collin se encogió de hombros.

—Es intramuscular. Inyéctaselo en el brazo o en el trasero, con tanto así de profundidad. —Señaló un lugar en la aguja—. Y luego presiona lentamente el émbolo. ¿Bien? Ahora, me encantaría que te quedaras a platicar, ya que eres mi ángel favorito y todo eso, pero en realidad estoy muy ocupado. —Collin empujó a Edward hacia la puerta.

—¿Y qué hay con los efectos secundarios? —preguntó Edward. Había visto suficientes comerciales de medicamentos en televisión para saber que a veces la medicina causaba extrañas y horribles reacciones.

Collin lo empujó inexorablemente por la puerta. Edward miró dudosamente la jeringa en su mano.

—Estará bien, lo prometo. Le di esta mierda cuando estábamos en el barco y estuvo bien. Vete ya. Adiós.

Collin cerró la puerta con firmeza y un momento después Edward escuchó un grito femenino. Se preguntó si debería contarle a Bella sobre Alice y Collin. Alice no era el tipo de mujer que se acostaba con un hombre sin sentir nada por él. Sabía que Bella estaría decepcionada. Ella quería a Alice para su hermano, pero Jasper se había retirado cuando vio el interés que tenía Alice por Collin. Edward lo había animado a ser más positivo para que le demostrara sus sentimientos a Alice, pero Jasper pensó que la batalla estaba perdida incluso antes de comenzarla. Ahora sólo era un espectador desde la banca, listo para entrar en acción si ella necesitaba algo, pero aparte de eso era una sombra solitaria en la periferia de la vida de Alice.

Edward regresó por el pasillo hacia su suite. Jane salió de la habitación que compartía con Esme, y traía a Dave en brazos. Llevaba una bolsa de plástico en una de las manos. Llevaba puesto un conjunto de sudadera y pantalonera rosa, y una diadema que la hacía verse como la niña que era.

—Hola —les dijo él a ambos.

—No te preocupes —dijo Jane—. Vamos a salir a la parte de enfrente del hotel, justo frente al donde está el botones. —Al mismo tiempo Dave le estaba contando que la cachorrita de Edward lo iba a sacar y luego a recoger sus desechos con la cosita arrugada para luego lanzarlo a uno de los varios recipientes que tenían muchos olores interesantes. Él creía que Edward debería sentir orgulloso de que ella estuviera protegiéndolos al marcar las fronteras de su territorio con la esencia de Dave. Edward le dio a Dave una afectuosa palmada.

—Ten cuidado —le advirtió a Jane—. Quizá deberías esperar hasta que uno de los chicos…

—Edward, no estoy indefensa —le recordó Jane y bajó la vista a su mano—. ¿Qué es eso?

—Una inyección para Bella, para ayudarla a dormir.

Jane asintió.

—Sí, lo necesita. La verdad no creo que haya dormido desde que fuiste secuestrado, pero eso no puede ser posible porque una vez leí que la gente se vuelve loca luego de unos días sin dormir.

Edward abrazó a Jane.

—Gracias por cuidar tan bien a Bella cuando yo no estaba.

Jane se sonrojó un poco.

—No fue nada. Sólo asegúrate de que no vuelva a pasar, ¿de acuerdo?

—De acuerdo —repitió él y besó su cabeza antes de que Jane se fuera por el pasillo hacia los elevadores.

Edward se fue en dirección contraria, de regreso a su habitación. Sacó la tarjeta de la bolsa de su pantalonera y la insertó en la ranura. Sin importar cuántas veces lo hiciera, seguía disfrutándolo. Sacó la tarjeta y la luz se puso verde. Edward sonrió y consideró hacerlo de nuevo, pero decidió no hacerlo porque necesitaba darle la medicina a su Bella.

La encontró sentada en la sala viendo la televisión. El terremoto de Nebraska seguía siendo la noticia principal.

—Déjame ver tu brazo —dijo Edward.

Bella no protestó cuando él subió la manga de su camisa. Él frotó su piel con el pequeño algodón con alcohol, le quitó la tapa a la jeringa y la metió en el brazo de Bella. Ella hizo una mueca de dolor y él sintió que su corazón dolía al saber que era él el causante de su dolor, sin importar qué tan pequeño fuera.

—¿Qué es esto? —preguntó ella. Edward retiró la jeringa vacía y limpió la gotita de sangre que había salido al ser retirada con el algodón en alcohol.

—No sé cómo se llama, pero se supone que te ayuda a dormir.

—Qué bueno —dijo Bella regresando su atención a la televisión.

—Bella, ven a acostarte conmigo —la animó Edward—. Quiero acurrucarme.

Se puso de pie y se dirigió a la habitación arrastrando los pies como zombi, dejándose caer en la cama. Edward la tapó con las sábanas y el cobertor antes de acostarse en su lado. (Él siempre dormía en el lado más cercano a la puerta para protegerla. Cualquiera de sus enemigos tendría que pasar antes sobre él para llegar a ella.) Ella moldeó su cuerpo con el de él como si uniera dos piezas de un rompecabezas, y ambos suspiraron de placer.

—Creo que me pintaré el cabello para regresarlo a mi color original —dijo de la nada.

Él asintió.

—He extrañado tu cabello. Siempre te ves bonita para mí, pero prefiero la Bella real.

Ella sonrió, sus ojos se veían suaves y soñadores. Era la mirada que él extrañaba. Desde que ella empezó a usar su poder como un arma, se había endurecido, intentando aislar su suave corazón. Él esperaba que cuando todo esto terminara pudieran quitar todas esas capas que ella construyó para que pudiera ser ella misma de nuevo.

—Tienes que ser el hombre más dulce del mundo. ¿Lo sabes, verdad?

—Te amo y yo pienso que tú eres la mujer más hermosa del mundo —dijo él con completa honestidad. Bella no tenía ni idea de lo hermosa que era. En lo profundo de su mente, todavía recordaba las crueles burlas y humillaciones de sus compañeros en la escuela. Él se preguntó si sería una peculiaridad de la mente de Bella el estar lista para creer lo peor que había en ella y el que tuviera problemas para darle crédito a cualquier cumplido, o si todos los humanos eran así.

Ella se quedó en silencio por un momento mirándolo. Su mente era todo un revoltijo de pensamientos que él se esforzaba en seguir.

—Edward, ¿estás bien?

—Claro —dijo él.

—No, de verdad, ¿estás bien? —preguntó ella con insistencia—. Pasaste por una situación muy traumática. Te lastimaron.

—La peor parte fue estar lejos de ti.

—El doctor Michaels me contó lo que te hicieron. —Las palabras de Bella sonaban un poco confusas y parecía batallar para formar correctamente las palabras. La medicina debía estar surtiendo efecto.

—Desearía que no supieras —dijo él—. No quiero que pienses en eso.

Los ojos de ella se llenaron de lágrimas.

—No puedo creer que exista alguien que pueda lastimarte así. Me enoja tanto que… —Dejó de hablar y cerró los ojos.

—Lo sé —dijo él con suavidad—. Puedo sentir tu ira.

—Todo Nebraska lo sintió —murmuró Bella.

Él besó su frente.

—Duerme ahora, Bella.

Ella no discutió. En la mente de él apareció una sensación de caída: la mente de ella había sucumbido al sueño. Él esperó hasta que ella estuvo profundamente dormida antes de salirse de la cama. Mantuvo un oído mental atento en ella. No estaba soñando; puede que estuviera demasiado dormida para eso, pero él quería asegurarse de que sólo tuviera sueños placenteros.

Salió de su suite en dirección a la de Amun. Amun abrió la puerta antes siquiera de que Edward pudiera tocar.

—Me preguntaba cuánto tardarías en venir para acá. Entra. Pedí el almuerzo.

Edward entró y vio que la mesa de Amun ya había sido puesta con dos platillos plateados que estaban tapados esperándolos. Edward se sentó donde Amun le indicó y levantó la tapa. ¡Panqueques! Los untó de mantequilla y vació el contenido de la pequeña jarra de porcelana con jarabe en ellos antes de recordar sus modales y decir:

—Gracias.

Amun se veía ligeramente divertido.

—De nada.

Edward comió tres grandes bocados antes de decir:

—¿Eres el querubín?

Amun asintió. Él había ordenado un filete raro y huevos como desayuno, pero en lugar de comerlos sólo los picoteaba con indiferencia usando su tenedor.

—Lo que no entiendo es que dices sentir algo por Bella, sentimientos que se supone no eres capaz de tener.

Amun se recostó en su silla.

—Créeme cuando digo que estoy tan sorprendido como tú. Una eternidad de existencia despreocupado por los sentimientos, hasta ahora. No puedo decir que estoy disfrutando del cambio.

—¿Por qué ahora? —preguntó Edward.

—No sé. Desearía saberlo.

Edward lo miró fijamente y los ojos negros como el carbón de Amun no titubearon. Edward no podía leerlo, no podía determinar si estaba diciendo la verdad o no. Había dicho tantas mentiras sobre lo que era que ahora era difícil aceptar lo que decía. Edward regresó a sus panqueques.

—Sé que ella te ama —dijo Amun—, y sé que no puedo cambiar eso, por mucho que lo desee. Te tengo envidia, la cual también es una experiencia nueva para mí. Ansío lo que tú tienes. Y te odio por eso.

Edward asintió. Tomó el último bocado y lo embadurnó en el jarabe que quedaba antes de metérselo a la boca.

—Iré sólo a encargarme de Aro —dijo Amun.

—Pero dijiste…

Amun agitó la mano.

—Encontraré un equipo nuevo. Quizá me lleve a Quil.

—¿Por qué?

—Porque no creo que Bella sobreviva a más de esto. —Amun aventó su servilleta a la mesa y dejó el tenedor sobre su comida que no había sido tocada. Le puso la tapa de nuevo a su platillo y lo empujó a un lado—. Cuerpo o espíritu.

—Ella piensa que esta misión se la encomendó Dios —dijo Edward.

Amun bufó.

—Los humanos tienen la costumbre de poner palabras en boca de Dios y muchas veces descubren que, convenientemente, el Altísimo quiere lo mismo que ellos. Bella quiere destruir el Proyecto Theta, no porque Dios le dijo que lo hiciera, sino por sus propios sentimientos respecto a eso.

—¿Cómo lo sabes? —lo retó Edward—. Quizá Dios la está guiando por el camino que él sabe que funcionara.

Los ojos negros de Amun brillaron.

—Va a morir, Edward. Y no será por una bala o una cuchilla, sino por su jodido cerebro derritiéndose en su cráneo.

—Por lo que he visto en sus recuerdos, tú la alentaste a hacerlo.

Amun se puso de pie.

—Esta conversación terminó. Me voy en la mañana. Dile a Bella…, bueno, dile lo que quieras.

Luego, ambos escucharon el sonido de alguien rascando la puerta.


La cachorrita del hombre con alas puso a Dave sobre el pasto y él comenzó a olfatear, buscando el lugar perfecto. Era una decisión difícil. Había tantos aromas aquí afuera que debería cubrir con su propio aroma, el aroma de otros perros, el aroma de los pies de las personas, incluso el aroma de un gato. Apenas había terminado con su trabajo cuando una de esas bestias rugientes de metal con el sol en los ojos llegó junto a ellos. Un costado se abrió y salieron varios humanos, humanos con cosas brillantes. ¡Perros malos! Lo supo en el instante en que los vio.

La cachorrita gritó cuando dos de ellos la agarraron, y Dave gruñó. Los perros malos la soltaron en cuanto la tocaron, se agarraron la cabeza con las patas y aullaron. Cayeron al piso y uno cayó sobre la pila que Dave había dejado atrás.

Uno de los humanos que estaba de pie detrás de la caja grande junto a la entrada corrió hacia los perros malos, vocalizando en voz alta. Uno de los perros malos alzó su cosa brillante y el sonido fue tan alto que lastimó los oídos de Dave. El humano se agarró el abdomen, de donde salía sangre, con una pata y cayó al piso con la terrible inmovilidad de las cosas muertas.

El perro malo señaló con la cosa brillante a la cachorrita, así que Dave se lanzó en acción. Atacó al hombre, ladrando lo más fuerte que podía y abalanzándose a su pierna. Enterró los dientes con fuerza y el perro malo gritó. Sacudió su pierna para intentar soltarse de Dave. La cachorrita corrió hacia la entrada, el hombre apuntó la cosa brillante hacia ella y el sonido fue ensordecedor. La cachorrita cayó, había sangre mojando su piel.

El perro malo pateó con tanta fuerza que Dave salió volando y golpeó una cosa alta y olorosa, era donde la cachorrita dejaba el desecho de Dave. Dave cayó al piso gimiendo. Dolía. Se obligó a pararse pero se cayó de nuevo cuando apoyó el peso en su pata delantera. Parecía que ya no funcionaba. Vio a la cachorrita ponerse de pie y mirar mal en dirección al perro malo. Dave cojeó hacia enfrente, gruñó su gruñido más temible. ¡Y funcionó! El perro malo se aferró la cabeza con sus patas y gritó. Los tres perros malos estaban en el piso, rondando mientras se aferraban a sus cabezas. Dave estaba sorprendido pero orgulloso. Fue un gruñido muy feroz, después de todo.

Dave llegó a la puerta y la cachorrita lo cargó. Dave gimoteó ante el dolor en sus costillas provocado por su mano, pero luchó contra el instinto de morder. La cachorrita no pretendía lastimarlo. Los humanos la rodeaban, vocalizaban alarmados. Intentaron detenerla y Dave gruñó, preparado para morder más tobillos. Ella los empujó a un lado y corrió por la entrada, cojeando y dejando un rastro de puntos rojos tras de ella. Él esperaba que los perros malos no fueran buenos cazadores.

La cachorrita los llevó a la caja mágica, presionando con su pata los puntos brillantes. La caja mágica intrigaba a Dave porque cuando las puertas se abrían, siempre estaban en un lugar diferente, incluso aunque permanecieran de pie en un lugar. Las puertas se cerraron y la cachorrita se dejó caer en una esquina, su pecho temblaba. Hizo un raro sonido de estarse ahogando y cayó agua por su rostro. Dave se estiró para lamer su cara. Sabía igual al Agua Grande donde había esperado al hombre con alas.

Las puertas se abrieron y se encontraron en un lugar diferente, pero aquí él podía oler a su camada, sus madrigueras estaban en una hilera. La cachorrita llegó a su propia madriguera y abrió la tapa que mantenía alejados a los perros malos. Puso a Dave en el piso y abrió la madriguera más pequeña, el lugar donde los humanos guardaban sus pieles. Ella se metió y cerró la tapa. Dave pensó que quizá ella lo había olvidado, porque se quedó afuera. Él lloró y tocó la tapa con su pata buena, pero ella no respondió. Podía escuchar los ahogados jadeos de la cachorrita. Parecía que tenía problemas para respirar.

Así que Dave hizo lo único que podía hacer. La tapa que daba hacia la hilera de madrigueras todavía no se había cerrado. Se apresuró a salir por la abertura y siguió el rastro más fresco que pudo encontrar del hombre con alas, se sorprendió al ver que lo llevaba a la madriguera del hombre con el aura negra.

Dave se sentó frente a la tapa y la rascó con su pata buena.


Edward abrió la puerta de golpe y encontró a Dave sentado frente a esta. Tenía una pata alzada. Cuando vio a Edward se puso de pie en señal de respeto, pero seguía alzando la pata.

—¿Estás herido? ¿Qué pasó?

Los perros malos intentaron tomar a nuestra cachorra, le dijo Dave. Pero les gruñí y cayeron. Le mostró a Edward una imagen mental de los eventos y cuando Dave llegó a la parte en que le dispararon a Jane, Edward cargó a Dave y corrió hacia la habitación de Jane.

—Eres un chico muy bueno —le dijo a Dave—. Buen chico por venir a buscarme, y por proteger a la cachorra de nuestra camada.

Dave agitó la cola débilmente.

Edward tocó en la puerta de la habitación que compartían Jane y Esme.

—¡Jane! ¡Jane! Soy Edward. Déjame entrar.

No hubo respuesta y el corazón de Edward se encogió con miedo. Dejó a Dave en el piso, retrocedió y golpeó la puerta, rompiendo la cerradura y una de las bisagras en el proceso. La empujó hacia un lado y entró.

Jane seguía escondiéndose en el armario. Edward abrió un poco la puerta.

—Jane, cariño, soy Edward. Necesito que salgas para ver qué tan lastimadas estás.

—¡No! —lloró Jane. Era doloroso escuchar sus aterrorizados sollozos.

—¿Entonces puedo entrar yo? —preguntó él.

Jane hipó y hubo una larga pausa antes de que respondiera.

—Bien.

Él abrió la puerta y se metió. Jane tenía la mano presionada contra su estómago y su traje rosa estaba empapado de rojo.

—¿Dónde está Esme? —preguntó él. Su voz sonaba tranquila, pero por dentro era todo un desastre.

—E-ella fue a l-la far-farmacia. —Hipo—. Re-regresará pro-pronto.

—¡Edward! ¿Qué pasa?

En ese momento, la voz de Esme era uno de los sonidos más dulces que pudo haber escuchado. Salió del armario.

—Jane está herida. Un disparo —habló con voz baja y rápida, y la expresión desconcertada de Esme se convirtió en una de rápida eficacia, la expresión que uno vería en la cara de una enfermera con experiencia lidiando con un repentino aumento de pacientes.

—Tengo que decirle a los otros; tenemos que salir de aquí —dijo Edward.

Esme asintió.

—Ve.

Edward salió por el pasillo hacia la habitación de Amun. Él seguía de pie en la puerta, mirando con curiosidad.

—Evacuación de emergencia —dijo Edward—. Saben que estamos aquí. Le dispararon a Jane.

Amun sacó su celular.

—Agarra a Bella —dijo—. Sube al techo en diez minutos. —Se escuchó el ruido de las sirenas y Amun se precipitó hacia la ventana. Se asomó y presionó las teclas de su celular.

—Mejor que sean cinco.


Los volvieron a encontrar, ya veremos si logran huir de nuevo…

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