Esta historia no me pertenece, los personajes son de S. Meyer y la autora es Lissa Bryan, yo sólo traduzco.

Beta: Isa.


~*~Los Mejores Ángeles de Nuestra Naturaleza~*~

Por: Lissa Bryan

—¿Amun? —Bella se acercó lentamente al hombre que seguía arrodillado en el piso con la cabeza gacha y los brazos envueltos con fuerza alrededor de sí mismo. Cuando todos se metieron él ni siquiera respondió a sus llamados.

Habían debatido si debían mover la casa rodante a otra locación, lo cual parecía ser lo mejor considerando que el Proyecto Theta ya sabía exactamente donde estaban, pero como Jenks señaló, si fueran a atacarlos, lo hubieran hecho cuando tenían el elemento sorpresa de su parte. Además, nadie podía hacer que Amun se moviera o hablara y nadie era lo suficientemente valiente para intentar cargarlo y meterlo a la casa rodante. No podían dejarlo atrás. Nadie consideraría esa idea, no cuando obviamente estaba pasando por tan abrumadora agonía.

Así que habían decidido quedarse ahí esa noche, aunque eso no les quitaba los nervios. Collin se ofreció a hacer guardia durante la noche, ya que, como él mismo dijo, de todas formas no dormiría. Los círculos oscuros que tenía bajo los ojos sugerían que llevaba días sin dormir.

Bella llevó una manta consigo cuando salió. No sabía si Amun sentía el frío como un humano, pero esa noche estaba helada. Mientras la dejaba suavemente sobre sus hombros, él giró la cabeza para mirarla; era el primer movimiento que ella había visto de él en horas. Sus ojos negros tenían un brillo extraño e inquietante.

—Ben ha estado buscando en la base de datos toda la noche y cree que ya encontró otro centro de investigación. —Bella se sentó junto a él en el piso y se apretó con más fuerza la chaqueta. Metió las manos en las mangas.

Amun no contestó, sólo se le quedo viendo. Ella tuvo que apartar la vista, le perturbaba ese extraño brillo en su mirada.

—Cree que es el último centro que queda. Me dijo que a cada uno le asignaron un código y sólo queda uno, o algo así. En realidad no entendí su cháchara sobre computadoras. Probablemente están ahí, porque es el lugar más seguro para ellos y probablemente tienen a todos los guardias del Proyecta Theta que queda cuidándolos.

Él se giró de nuevo para mirar hacia la distancia.

—Voy a destruir a esa perra —murmuró Bella.

—No —dijo Amun, y ella saltó un poco ante el sonido de su voz. Era el sonido del viento frío, un viento helado y vacío, soplando sobre las estepas siberianas—. Ella es mía.

Con un encogimiento de hombros se quitó la manta que Bella le había dado y se puso de pie.

—¿Dónde está ese centro?

—Ben todavía no lo sabe, sigue trabajando en eso.

—La información está oculta dentro del código —dijo Amun. Él se acercó a ella y de repente Bella se sintió asustada por él, le tenía miedo de una forma en que nunca le había tenido. Había algo mal con él, y aunque su mente no podía identificarlo, su instinto —su reacción visceral a él—, era huir. Las rodillas de Bella temblaron. Ni siquiera podía alzar un escudo.

Pero todo lo que él hizo fue pasar de largo a su lado hacia la casa rodante. Ella lo siguió a unos pasos de distancia después de agarrar la manta e intentó calmar su acelerado corazón con profundas respiraciones. Le hizo un pequeño gesto de saludo a Collin cuando pasó al otro lado de la casa rodante. Él estaba sentado en el techo con un rifle sobre su regazo, manteniendo la guardia como había prometido.

Estaba oscuro y en silencio dentro de la casa rodante; casi todos estaban dormidos. La mayoría de los muebles de la casa rodante se convertían en camas. Esme, Jane y Quil compartían el sofá-cama, existiendo una pared de almohadas entre él y las damas como si fuera una barra separadora. La mesa, cuando se volteaba y se desmontaban las bancas, se convertía en una cama de tamaño queen, en la que Forks y Phoenix roncaban. Lauren y Jenks estaban en la habitación de atrás (fue un acuerdo para que las parejas usaran por turnos la habitación.) Edward estaba dormido en uno de los sillones reclinables. Odiaba dormir sobre su espalda porque se arrugaban sus alas, pero incluso extendido a su mayor capacidad, la forma del sillón no le permitía dormir sobre su estómago. Aun así los chicos habían dormido en los sillones la noche pasada y Edward pensaba que era justo que esa noche usaran la cama. Dave estaba echado sobre su pecho, una bolita de pelo negro. Sus patitas se removían mientras soñaba.

Alice y Jasper compartían el otro sillón. Alice era tan pequeña que podía caber en el espacio que quedaba junto a Jasper bien acomodada. La cabeza de ella estaba recargada en el hombro de él, y Jasper tenía su brazo envuelto en su espalda; incluso mientras dormía la abrazaba.

Ben estaba sentado en el piso de la cocina picoteando las teclas de su laptop. El brillo blanco de la pantalla iluminaba sus facciones. Casi la tira cuando vio a Amun.

—H-hola —tartamudeó Ben.

Amun estiró la mano sin decir palabra. Ben le dio la laptop. Amun la puso en el mostrador frente a él y frunció el ceño a la pantalla. Con la suave luz de la computadora, sus ojos se veían aun más oscuros, como agujeros sin fondo de fría oscuridad. La respiración de Bella se atoró y se acercó para sentarse en los brazos del sillón donde dormía Edward. Ella puso una mano en el hombro de él e inmediatamente se sintió mejor, como si una cálida luz la hubiera llenado, espantando las sombras.

Debería acostarse con él y dormir, pensó, pero necesitaba saber qué había encontrado Amun.

—¿Estás seguro que siguen ahí? —preguntó Ben—. Me refiero a que deben saber que tenemos estos datos y que vamos a saber exactamente donde están.

—Como un juego de ajedrez —murmuró Amun—, están esperando a que nosotros hagamos el primer movimiento. Hasta ahora lo hemos hecho bien con pequeños encuentros, así que van a enfrentarnos con un ejército. Intentarán superarnos en número con todo lo que tienen.

Una confrontación. Una batalla final entre el bien y el mal.

—El final —dijo Bella con suavidad—. De una forma u otra.

Los ojos negros de Amun se encontraron con los suyos y ella sintió un escalofrío por toda su espalda.

—Sí. De una forma u otra. —Regresó la vista a la pantalla de la computadora—. Duérmete, Bella. Necesitarás ese descanso.

Él tenía razón, pero no había forma en que ella pudiera quedarse dormida de forma natural, así que agarró la caja de herramientas de Collin y subió la escalera hasta llegar arriba.

Él se veía casi Zen sentado ahí. Tenía las piernas dobladas frente a él, el rifle cruzado sobre su regazo y miraba hacia el horizonte con una mirada pensativa en su rostro.

—¿Qué pasa, Bella? —preguntó. No la miró.

Bella no quería volver a subir una escalera con una sola mano, nunca jamás, una mano que tenía un agarre muy inseguro en los peldaños. Dejó la caja de herramientas junto a él.

—Necesito algo que me haga dormir.

Él buscó dentro de la caja hasta que encontró un frasco de cápsulas y vacío dos en su mano.

—Ten.

Bella se las tomó sin agua.

—¿Cuánto tardan en hacer efecto?

Se encogió de hombros.

—Quizá media hora, más o menos.

—¿Estás bien, Collin?

—No, Bella, no estoy bien —dijo—. Estoy haciendo lo que me pediste; estoy esforzándome por ver bien dentro de mí mismo y en realidad no me gusta lo que veo.

—¿Hay alguna parte que te guste?

Él la miró escéptico.

—¿Estás jugando?

—¿Qué te parece el hecho de que estás siendo introspectivo en esa revisión? Eso es algo bueno, ¿cierto?

—Sí, Bella, amo hacerme sentir miserable. —Su voz sonaba amarga y ella quería abrazarlo, pero estaba bastante segura de que la rechazaría—. Creo que me agradaba más cuando era un cabrón sin sentimientos. Ahora, si no te importa, tengo que pasar por más odio a mí mismo antes de que se acabe la noche y sólo quedan como seis horas hasta el amanecer.

Ella hizo una mueca y se puso de pie para irse.

—Espera, Bella, lo siento. Mierda… no quise. —Se frotó la cara con una mano—. Lo siento —dijo con voz más suave—, sé que sólo intentas ayudarme.

—Bien —Bella asintió—, disculpa aceptada. Lamento que esto sea tan difícil para ti, Collin, pero te juro que al final valdrá la pena.

—Si sobrevivimos.

Bella bajó la vista.

—Sí. Eso. —Se giró y bajó por la escalera.

Adentro Amun seguía concentrado en la laptop. Ben se había quedado dormido en el piso apoyado en el gabinete. Bella lo cubrió con la manta que le había dado a Amun.

Se subió al sillón con Edward y se acurrucó en su costado. Murmuró algo ininteligible y la rodeó con su brazo al mismo tiempo que enterraba la cara en su cabello. Ella se sorprendió por lo cómoda que se sentía. Cuando volvió a abrir los ojos, ya era de mañana, y no recordaba los sueños que la habían precedido. Esa cosa que me dio debió haber sido muy fuerte, pensó Bella.

Giró la cabeza para mirar a Edward y lo encontró ya despierto; estaba jugando con un mechón de su cabello. Ya era de nuevo de su color original (o tan cercano al original como podía conseguir con un tinte), y había crecido hasta rozar sus hombros.

Él le sonrió cuando la vio mirándolo.

—¿Cuánto llevas despierto? —preguntó Bella.

—Una hora o más, quizá.

—¿Por qué no te levantaste?

—No quería molestarte —dijo él—. Te ves tan bonita cuando duermes, murmurando en silencio. Sólo repetías "Compra más huevos".

Ella sacudió la cabeza.

—No recuerdo nada.

—Estabas muy dormida —estuvo de acuerdo él—, pero lo necesitabas. Ponte de pie.

Ella se removió para bajarse del sillón y él se sentó. Se puso de pie y extendió sus alas para sacudirlas, pero las casas rodantes no están diseñadas con la envergadura de las alas en mente. Tiró la bebida de Ben y casi mojó la computadora, y golpeó a Alice en la cara con la punta de su ala.

—Lo siento, lo siento —dijo, y se dirigió a la cocina para agarrar toallitas.

—Yo lo tengo —le aseguró Lauren. Ben alzó su laptop mientras ésta limpiaba la mesa y miró indignado a Edward. Alice escupió un montón de pelusa blanca y la mirada de Jasper era de una indignación similar.

—Lo siento —repitió—. Iré afuera.

Bella lo siguió y lo llevó hasta una mesa para picnic. Él extendió sus alas al máximo y les dio una sacudida con un suspiro de alivio.

—Siéntate —le ordenó. Ella se sentó sobre la mesa detrás de él.

—¿Qué estás haciendo? —le preguntó.

—Necesitas una buena limpiada —respondió ella.

—Deberías guardar tu poder. No sabes cuándo encontrará Amun la información o si el Proyecto Theta nos atacará aquí.

—Si eso pasa, irás a la batalla con las alas perfectamente limpias —dijo Bella con terquedad. Se concentró en sus dedos y alisó cuidadosamente cada pluma. Él suspiró con placer, y comenzó a limpiar las plumas que podía alcanzar. Sus alas brillaban de blancura bajo el sol de la mañana.

—No te has tomado tu café matutino —señaló él.

—Cuando terminemos —dijo ella. Tampoco se había lavado los dientes, algo que siempre hacía inmediatamente al despertarse, consciente sobre el mal aliento en las mañanas. Edward nunca tenía mal aliento. No, su aliento de ángel siempre olía delicioso como el resto de él.

Para cuando terminaron el sol ya se había alzado alto en el cielo. Bella se despidió de Collin cuando entraron. Ella pudo ver, por la expresión de su rostro, que estaba molesto o triste por algo e hizo una nota mental de hablar con él más tarde.

—¡Huelo panqueques! —dijo Edward con felicidad. Bella lo dejó con su placer culinario y fue a lavarse los dientes (con un cepillo de dientes que Edward había alterado para que tuviera un mango grueso que ella pudiera agarrar y una tira para deslizar sobre su muñeca) y para espabilarse un poco, aunque notó algo extraño: había unos cuantos lugares en su rostro que se sentían entumecidos. No podía sentir el roce de la tela en esas áreas. Qué extraño.

Regresó para sentarse junto a Edward en la mesa. Al parecer ya todos los demás habían terminado de desayunar y Bella se sintió culpable por hacer que Lauren los esperara, pero al parecer a Lauren no le molestaba; tarareaba mientras preparaba más mezcla para panqueques y la echaba en la sartén. Bella captó un vistazo de plata en su dedo y vio que Lauren llevaba el anillo de calavera de Jenks en su dedo anular izquierdo, la parte de atrás estaba envuelta con hilo, como una chica usando el anillo de graduación de su novio.

Jane llegó atrás de Bella y pasó sus brazos por los hombros de Bella.

—Buenos días, mamá —dijo y besó la mejilla de Bella.

—Buenos días, cariño.

Edward se giró en su asiento para abrazar a Jane. Olió el aire y le frunció el ceño.

—Has estado bebiendo café.

—Uh…, sólo una tacita —dijo Jane tímidamente.

—Ve a tomarte un vaso de jugo —le ordenó Edward, como si ése fuera el antídoto para el café.

Jane se sirvió un gran vaso de jugo de naranja y se sentó frente a la televisión. Cambió los canales hasta que encontró The McLaughlin Group y se acomodó para verlo.

—Nuestra hija es una nerd —le dijo Bella a Edward, complacida.

Lauren le sonrió a Edward cuando dejó un plato a rebosar de comida frente a él. Los panqueques estaban cubiertos con una capa de mantequilla que bajaba derretida en forma de riachuelos.

—Y una botella de jarabe, sólo para ti. —Lauren la dejó frente a él.

—Oye, esa mierda es de la buena —se quejó Forks—. A nosotros nos diste una jodida marca desconocida, ¿y él obtiene toda una botella de Mrs. Buttersworth?

—Lo estaba guardando para... —comenzó Lauren y después se detuvo. Un halo de tristeza cruzó por sus ojos y se giró para regresar a la estufa.

Ella pensaba que esos eran los últimos panqueques de Edward. Esa idea llegó a Bella como un golpe en el plexo solar, y se le hubiera caído el tenedor si no hubiera estado amarrado a su muñeca. Edward pasó el brazo por sus hombros.

—No son mis últimos panqueques —declaró con firmeza—, no lo son.

—Lo encontré —dijo Amun.

Todos se congelaron, incluso Dave, que mordía felizmente un hueso de goma que Lauren le había traído al comprar la despensa. Edward tenía un tenedor lleno de panqueques a mitad de camino hacia su boca. De él caía jarabe y todos lo escuchaban caer sobre su plato.

—¿Dónde? —preguntó Bella.

—Cerca de Green Mountain. Al parecer la pesca no era la única razón por la que Aro frecuentaba esta área.

Bella se acercó para ver el mapa que Ben había dibujado y se sorprendió. Había puesto un alfiler en su locación, y otro en el lugar donde estaba el centro.

—¿Así de cerca?

—Está más lejos de lo que parece, y al parecer no hay ningún camino hacia allí.

—Tiene que haber un camino —dijo Amun—. Estoy seguro de que lo tienen escondido, pero deben tener un camino de acceso para llevar suministros.

—Necesitamos una van —musitó Jenks.

Forks y Phoenix chocaron las manos.

—¡Cuenta con nosotros!

Amun se giró hacia Bella.

—¿Esta noche? —preguntó con amabilidad.

Ella asintió.

—Esta noche.

—Vamos a necesitar un chingo de pistolas —dijo Jenks—. ¿A quién conocemos de aquí?

Phoenix se golpeteó los labios con un dedo.

—Está Renata.

Jenks se estremeció.

—Ugh. Odio lidiar con esa perra. ¿Quién más?

Forks se rascó la cabeza.

—Pues, ¿qué opinas del Reverendo?

—¿Webber?

—El mismo.

Jenks lo consideró y luego asintió.

—Llámalo, y no te limites con el precio. Sólo consigue esas mierdas y regresa aquí.

—Entendido, Jefe.

—Y si tiene chalecos antibalas, consigue unos también.

Forks y Phoenix salieron corriendo de la casa rodante como niños escapando del salón de clases hacia el recreo.

—¿Jenks? ¿Puedo hablar contigo por un minuto? —preguntó Bella.

—Claro.

Bella se puso de pie y lo llevó afuera. Caminaron hacia el lado opuesto del terreno de campamento y se sentaron en la mesa para picnic. Era una hermosa mañana de verano. El viento suspiraba a través de los pinos que los rodeaban y las aves cantaban con felicidad. Bella cerró los ojos y respiró profundamente, saboreando los aromas de la tierra cálida, las agujas de los pinos y el aire fresco del campo.

—¿Qué pasa, Bella?

—Es Jane —dijo Bella—, y también Dave. Existe la probabilidad... Bueno, seamos honestos, hay una gran posibilidad de que yo no regrese de esto. Es ese elefante que está en medio de la habitación que todos pretenden no ver, pero hay algunas cosas que necesito decir. Si Edward y yo no salimos con vida de esto, quiero que tú y Lauren cuiden de Jane y Dave. ¿Lo harías?

Jenks asintió.

—Pero no entiendo por qué no elegiste primero a tu hermano.

—Porque necesito saber que ella está con alguien que pueda protegerla si no logramos destruir el Proyecto Theta. Amo a Jasper y sé que sería un gran padre para Jane, pero no es un luchador ni tampoco Alice.

—Pues esta noche tendrán que serlo —dijo Jenks—. También Laurie. Todos van a venir.

Bella frunció el ceño.

—¿Por qué?

—Necesitamos todas las armas que podamos reunir.

—Esme…

—Ella también viene. Hablé con todos esta mañana cuando Edward y tú estaban afuera. Nadie quiere quedarse afuera. Y sé que no quieres, y no pienso decirte cómo debes cuidar a tu jodida niña, pero creo que también deberías dejar que Jane viniera. Déjala pelear por sus seres queridos.

Se quedaron en silencio por un largo momento mientras Bella digería esto.

—Vi tu anillo en la mano de Lauren —dijo.

—Sí. Le prometí que cuando esto terminara le compraría un anillo de compromiso de verdad, pero dijo que sólo quería mi anillo ajustado a su medida. Es difícil creer que quiera usar esa jodida cosa fea. —Agarró la pintura que se descascaraba de la mesa—. Desearía que fuera cierto poder casarme con ella después de esto. Desearía que existiera el "después de esto".

—Nunca se sabe —dijo Bella—. Quizá consigamos otro milagro.

—Sí. Por alguna razón no creo que Dios vaya a molestarse para salvar a un cabrón como yo, pero gracias por pensarlo. Pero sí espero que tú termines en tu isla tropical donde Edward no tenga que acordarse de usar pantalones.

—Y yo quiero que tú y Lauren se casen y tengan muchos hijos —respondió Bella.

Él se estremeció.

—¿Yo? ¿Con hijos? Podría manejar a Jane porque prácticamente ya está grande, ¿pero un impresionable bebito? Joder, que Dios nos libre.

—Creo que serías mejor de lo que piensas, aunque tendrías que dejar de maldecir jodidamente tanto.

—¿Ves? Es un obstáculo insuperable. —Jenks se puso de pie y se limpió la parte trasera de su pantalón—. No tienes que preocuparte por Jane o Dave, Bella. Todos tenemos un acuerdo respecto a eso. Somos Lauren y yo, luego Alice y Jasper, luego Esme… toda la fila hasta Phoenix y Forks, aunque probablemente ellos serían los únicos que podrían ser peores padres que yo. Jane terminaría criándolos a ellos.

Bella se bajó de la mesa y lo abrazó.

—Gracias Jenks.

—Toma una siesta —le ordenó—. Necesitas recargar tus baterías luego de gastar todo tu jugo en limpiar las alas de Edward.

Lo besó en la mejilla y caminó de regreso a la casa rodante, pero no entró. Subió las escaleras hacia el techo donde Collin seguía sentado.

—No almorzaste —comentó ella.

Él sacudió la cabeza.

—No tengo hambre.

Ella no iba a presionarlo. Él sabía que debía comer para recuperar las fuerzas para la batalla que se venía a ellos y no necesitaba que ella se lo recordara. Quizá comería más tarde. Ella se sentó junto a él y esperó.

No tardó mucho rato en hablar.

—Te vi esta mañana estirando sus alas.

—Limpiando —lo corrigió Bella.

Collin encendió un cigarrillo y sopló una larga bocanada de humo.

—Te vi, y fue lo más hermoso que he visto en mi vida. Fue… dulce. Tierno, sabes. Casi me sentí mal por mirar, como si los estuviera espiando en un momento muy privado. La forma en la que lo cuidas, y la forma en que él te cuida a ti… Quiero eso.

—Y algún día podrás tenerlo, si abres tu corazón. La intimidad no es sólo para uno, Collin. Ambos tienen que estar dispuestos a abrirse para que haya una verdadera comunión de almas.

—Eso es fácil para ti —dijo Collin, pero no había resentimiento en sus palabras—. Edward es tu ángel, sabe todo sobre ti, y tú nunca tendrás que preocuparte de que él te vaya a engañar, o a dejar, o a lastimarte.

—Aun así no fue fácil —insistió Bella. —Yo me cerraba a las personas, Collin. Pasé toda mi vida intentando esconderme de la demás personas; intentando esconder mi talento, intentando esconder mi sensibilidad, intentando esconder lo sola que me sentía estando en una habitación llena de gente. Dudé del amor que Edward me tenía. Me pregunté si sus sentimientos serían sinceros, o si eran algo que él tenía que sentir por lo que es. Y, para ser honestos, no me creía merecedora de su amor, o del amor de nadie, más bien.

Collin ladeó la cabeza y la miró con curiosidad.

—¿Por qué te sentirías así?

—Porque tenía baja autoestima. Porque me sentía culpable de cosas que había hecho.

Él bufó.

—¿Qué pudiste haber hecho que fuera tan horrible? ¿Explotaste un par de carros después de baile de primavera?

—Maté a alguien cuando estaba en la preparatoria —dijo Bella.

Collin parpadeó.

—Carajo… no esperaba que dijeras eso. ¿En serio?

—Sí, en serio. Él intentaba… bueno, intentaba lastimarme así que lo maté.

—Autodefensa. No deberías sentirte mal por eso.

—Pues los chicos de mi preparatoria pensaban otra cosa —dijo Bella de manera seca—. Escucha, disfruté mucho de este viaje al Mundo de los Recuerdos pero...

—Sí. —Collin miró hacia la distancia de nuevo con expresión pensativa—. Adelante. Tienes mierdas que hacer.

Considerando que hoy podía ser su último día con vida, eso era más que cierto.

Bajó por la escalera pero sus manos se resbalaron y cayó por los últimos peldaños, pero un par de fuertes brazos la atraparon. Edward. Siempre estaba ahí para atraparla si caía.

—Vayamos a tomar una siesta —sugirió él y la cargó dentro de la casa rodante hacia la habitación del fondo. Se acostaron en la cama y Edward tomó su mano para entrelazar sus dedos. Él se recargó en un codo.

—Estaremos juntos, ¿verdad?

—Sin importar nada —prometió él.

Ella sintió las lágrimas picar en sus ojos.

—No quiero que este sea el final.

Él la besó.

—Lo sé.

—Hazme el amor —susurró ella—. Una última vez.

Fue lento, dulce y gentil, saborearon cada toque, cada beso, cada sensación. Cayeron lágrimas de los ojos de Bella, y Edward también lloró; las lágrimas de él caían mezclándose con las de ella. Cuando él llegó al clímax, se arqueó sobre ella, extendiendo las alas al máximo posible en el pequeño espacio de la habitación, oscureciendo la luz que entraba por la ventanita.

—¿Será diferente? —le preguntó ella.

Él se sentó recargando la espalda contra la pared. Bella se recostó en su pecho y él la envolvió con sus alas, escondiéndola en ese suave y cálido mundo blanco que ella tanto amaba, un mundo donde sólo ellos existían, un lugar eterno donde nada podía tocarla.

—Sí —dijo él—, será diferente.

—Sé que no quieres hablar de eso.

—Sigo sin querer —admitió—, pero quiero que sepas que no tienes por qué temer. No habrá nada más que alegría, y estaremos juntos, para siempre.

Ella se quedó dormida en la misma posición, envuelta y segura en sus brazos bajo el abrigo de sus alas, y soñó con un lugar demasiado hermoso para ser real; un lugar que contenía todos sus sueños, esperanzas y cada deseo que alguna vez había tenido. Y Edward estaba a su lado, como había prometido. En realidad, eso era todo lo que ella necesitaba para que fuera perfecto.


Debo admitir que, de todo el fic, la última parte de este capítulo es mi favorita, espero haberlo hecho bien.

Sólo nos quedan cuatro capítulos y nos despedimos del ángel... :(

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