Disclaimer: El fandom de Inuyasha, su historia y sus personajes no me pertenecen, son propiedad de Rumiko Takahashi, sólo los tomo prestados sin fines de lucro.

The Butterfly and the Hurricane
Por: Hoshi no Negai

EPÍLOGO

Sesshomaru tomó una profunda inhalación para serenarse. No que se notara en su rostro que estaba molesto, pero en el interior de su mente era diferente. Últimamente recordaba porqué había dejado por tanto tiempo la vida en la fortaleza y prefería permanecer lejos de sus obligaciones tantos años atrás: los generales eran increíblemente insistentes. Y pesados, sobre todo pesados, le había dicho Rin en una oportunidad. Mucho tiempo después de aquello finalmente le otorgaba la razón.

Había culminado un enfrentamiento hacía relativamente poco y sus hombres, como siempre, lo retenían para discutir con él las medidas a tomar a continuación. No había sido nada especialmente importante, o al menos nada fuera de lo común. Un grupo de demonios de las tierras del Este se habían intentado infiltrar entre los suyos tal vez para derrocarlo, llevándose por delante a quienes se pusieran entre ellos y su objetivo. La situación con aquel territorio nunca se había manejado en los mejores términos, pero no pensó que llegaran tan lejos. En todo caso sólo mandó una advertencia al dirigente atacante ―los cadáveres mutilados de sus hombres―. Ante el siguiente asalto, por más mínimo o accidental que pareciera, no habría clemencia.

Pero para ser completamente sincero, la amenaza de un enfrentamiento con su territorio hermano no le llamaba tanto la atención como antes. Por supuesto que le enfadaba que algún estúpido se creyera lo suficientemente astuto como para derrotarlo, pero simplemente no quería salir de nuevo. No, ahora el Gran Sesshomaru prefería ―secretamente, por supuesto― permanecer en la fortaleza. Al menos por el momento.

Escuchó sin mucho interés las estrategias elaboradas que describían sus hombres en caso de que la guerra fuera declarada. Quizás las cosas no se agravaran tan catastróficamente como lo proponían, pero nunca estaba de más considerar todas las opciones.

Cuando uno de los generales exponía sus ideas, la puerta se abrió súbitamente. Unos pasos cortos y apresurados resonaron por la estancia, sin que nadie pudiera ver al intruso a tiempo. Posó la atención hacia su hombro al sentir un ligero peso, sólo para ver a una niña pequeña sobre él y entre la estola, mirándolo con los ojos muy abiertos y la sonrisa bastante ancha. Se rió al verse descubierta y dejó un rápido beso en su mejilla antes de adentrarse en la espesa piel y volver al suelo.

―¿Qué estás haciendo aquí? ―le preguntó Sesshomaru seriamente.

―¡Es que quería verte! ¡Pasas mucho tiempo aquí y no es justo! ―contestó ella con su aguda voz, dejándose ver arrodillada a su lado. Sus dos coletas de cabello blanco estaban casi deshechas y tenía rastros de tierra por todo su cuerpo, además del kimono amarillo mal acomodado. Uno o dos generales hicieron muecas incómodas, como si no se creyeran la soltura de la niña como para interrumpir una reunión tan importante, mientras que los demás intercambiaban miradas y alguna que otra sonrisa furtiva, más que acostumbrados―. ¡Oh, hola, señor Conejo! ―saludó al general Tanabe, con quién se llevaba bastante bien. El demonio ya se había resignado a que aquel fuera su vergonzoso sobrenombre. Tal vez se arrepentía un poco de haberla dejado acariciar a una de sus preciadas mascotas, desde entonces nunca perdía la oportunidad de preguntarle cuándo le dejaría hacerlo de nuevo.

―¿Dónde está tu madre? ―volvió a cuestionarla el demonio. La pequeña dirigió sus ojos dorados hacia él como si se diera cuenta de algo y volvió a agrandar su sonrisa.

―¡Con tía Nagi! Mamá dijo que ya va a nacer su polluelo y quería ir. No me dejó acompañarla ―se lamentó, estrujando la estola en sus manos.

―¿Te dejó sola?

―No, el abuelo Jaken me está siguiendo. ¡No le digas que estoy aquí! ―se sobresaltó, echándose la piel encima para esconderse. En menos de un segundo, sacó la cabeza y dijo risueña―. ¡Papá! ¿Pensaste lo que te dije la otra vez? ¿Cuándo voy a tener un hermanito? ¡Quiero uno! El primo Daisuke tiene hermanos y puede jugar con ellos, ¡yo también quiero jugar con mi hermanito! ¡Quiero tener muchos, muchos hermanitos, pero ahora estoy bien con uno! ¡Por favor, papá, di que sí! ¡Te prometo que lo cuidaré y le daré de comer cosas ricas y jugaremos mucho y le enseñaré a escapar del abuelo Jaken…! ―continuó enumerando cosas entre risitas, y los presentes intercambiaron otra mirada. Sesshomaru no dijo absolutamente nada ni se molestó en acallar su rápido parloteo. Había heredado el mismo gusto de Rin por hablar incansablemente, lo que le recordaba a cómo había sido convivir con ella cuando era pequeña y viajaban juntos. Era una sensación familiar que no le resultaba desagradable.

―¡Aquí estás, niña desobediente! ―saltó una voz mucho más áspera desde la puerta.

―¡Oh, no, el sapo feo me encontró! ¡Te dije que no le dijeras dónde estaba! ―miró acusadoramente al mononoke como si él tuviera la culpa, y volvió a cubrirse con la estola.

―¡Amo Sesshomaru, cuánto lo siento! No puedo darme la vuelta sin que desaparezca, ¡no tengo idea de cómo lo hace! ―se excuso nerviosamente, con varias gotas de sudor bajando a la carrera por su calva cabeza―. ¡Hinata, sal de ahí! ¡Estás molestando a tu padre y a los generales! ¿No ves que están haciendo cosas importantes?

―¡No, no quiero! ¡Eres aburrido, hueles raro y quiero quedarme aquí! ―sacó y volvió a ocultar la cabeza, riéndose por expresión que ponía Jaken.

―¡Niñita insolente! ¡Ven y dímelo en la cara!

―¡En tus sueños, cosa verde!

―Hinata ―llamó Sesshomaru. Ella se levantó al tiro, parándose muy rígida en alguna especie de pose militar. Alguno de los presentes rió entre dientes―. Ve con Jaken.

―¡Pero es muy aburrido! Nunca me deja hacer nada, ¡y se molesta porque salgo a jugar al patio! Prefiero quedarme contigo, tú eres mejor y no hueles así de raro.

―Ahora estoy ocupado ―hizo un leve gesto para señalar con la cabeza a los generales, que miraban la escena con muecas extrañadas. Si alguien les habría dicho que estarían contemplando al temible Lord del Oeste mostrando una paciencia infinita hacia su cachorra, le habrían tomado por demente. Hinata los observó ceñuda, culpándolos simplemente por estar ahí, ocupando el tiempo de su padre en lugar de dejarlo estar con ella.

―¡Ay, lo olvidaba! ―pegó un pequeño salto antes de alejarse. Metió la mano en su obi y sacó su puño para extendérselo al Daiyoukai―. ¡Lo vi esta mañana y me pareció bonito! Te lo regalo ―dejó en su palma abierta un escarabajo verde brillante. El animal no logró sobrevivir al entusiasmo de su hija y había muerto aplastado, cosa que ella no pareció notar cuando volvió a sonreírle radiante―. ¡Adiós, papá! ¡Piensa en mis hermanitos! ¡Adiós, señor Conejo!

―Vamos, niña, que tienes que bañarte ―le recordó Jaken, mirándola huraño.

―¡Eso será si me atrapas! ―dijo antes de iniciar una nueva carrera al llegar a su lado. Los gritos infantiles se perdieron a lo largo del pasillo, mientras Jaken la seguía con la vista, horrorizado.

―¡Otra vez no! ―exclamó llevándose las manos en la cabeza con desesperación―. Disculpe la interrupción, amo, le aseguro que no volverá a suceder ―le prometió muy solemnemente con una reverencia, antes de cerrar la puerta y salir corriendo. Promesa que hacía al menos una vez cada semana, cuando la astuta chiquilla lograba escapársele y desobedecer sus órdenes al meterse donde no debía. No era más que la misma rutina desde aproximadamente unos cuatro años, cuando fue nombrado como nuevo guardián (que se traducía mejor dicho en niñero) de Hinata, de entonces unos escasos dos años. Y tal como Rin había predicho antes de su nacimiento, corretear con Jaken era una actividad que la niña disfrutaba como ninguna.

Se hizo el silencio en la sala, en donde los hombres simplemente no sabían qué decir. Antes, tal intervención habría sido una falta grave de respeto ante demonios tan importantes, pero ahora las cosas en el Castillo del Oeste no podían ser más diferentes. Y todo gracias a una cachorra. El personal estaba ya tan acostumbrado a su escandalosa presencia y jugarretas que ni se molestaba en reprenderla. Si su padre tenía reputación por poseer una aterradora mirada que acobardaba hasta al más valiente, a ella le sucedía más bien lo opuesto. Con sus grandes ojos ambarinos era capaz de librarse de casi cualquier situación, pues formaba una expresión tan tierna que nadie conseguía el valor de llamarle la atención.

Jaken era un caso aparte. Sí que podía reñirla todo el día, tal como había hecho con Rin en su momento; aunque con Hinata era peor porque tenía mucha más energía que su madre en su niñez. Pero por más que Jaken protestara en el fondo estaba bastante feliz. Le guardaba un inmenso cariño a la pequeña y le enorgullecía en cierto modo estar a cargo de ella, a pesar de lo mucho que tuviera que correr y perseguirla por todos lados a cada momento.

Sesshomaru se quedó mirando un momento más la puerta por la cual ella y Jaken habían desaparecido, para luego fijarse en el escarabajo muerto que aún tenía en la mano. La coraza verde desprendía destellos nacarados, otorgándole varios colores que seguramente habían llamado la atención de la cachorra. Dejó el insecto sobre su mesa, a un lado de los pergaminos que había ojeado recientemente, e hizo un leve gesto con la cabeza hacia el último general que había hablado.

―Continúa.

Ya era casi de noche cuando Rin regresó del ala de la enfermería. Cansada pero satisfecha, estiró un poco los brazos y la espalda, dejando salir exclamaciones de alivio. Cómo moría por ir a cenar. Se había tenido que saltar el almuerzo para atender a Nagi, y luego de tal exaltación y ajetreo, su estómago pareció recordar que su último bocado fue en la mañana.

―¡Mami! ―un borrón blanco y amarillo apareció de la nada y se aferró a sus rodillas, casi haciéndola caer― ¡Mami, estuviste mucho tiempo fuera! ¿Cómo está la tía Nagi? ¿Y cómo es mi nuevo primito? ¿Es un niño o una niña? ¡Dime que es una niña, por favor! Así podríamos jugar y disfrazarnos y agarrar flores y maquillar al abuelo Jaken… ―siguió enumerando la cantidad de cosas que quisiera hacer con otra niña pequeña como su cómplice, pero Rin la detuvo. Hinata podía hablar demasiado rápido sin darse cuenta y difícilmente alguien lograba entender lo que decía.

―Más despacio, cariño, mis oídos no van tan rápido como tú ―se rió al agacharse para tomarla en brazos. Cuando se levantó, la cara de ambas estaba a la misma altura―. Tía Nagi está bien, no te preocupes. Un poco cansada pero muy contenta. Podrás visitarla en la mañana y ver al bebé, que es muy lindo y bastante sano aunque sea tan pequeño. Lo siento, cielo, pero es un niño ―le aclaró al ver el ceño arrugado de su hija―. Igual podrás jugar con él cuando sea un poco más grande, como lo haces con Shippo, Daisuke, Keitaro y Haruhi. Además, serás la mayor y le enseñarás un montón de cosas que nadie más podrá enseñarle ―le dijo con una expresión enigmática.

―¿Como escapar del abuelo Jaken? ―Hinata imitó su tono. Rin sonrió y le dijo que sí.

―Pero que él no se entere que te lo he contado ―pegó su frente a la de la menor, frotándola suavemente.

―¡Cuenta conmigo, mami! ¿Y cómo se llama mi nuevo primo? ―Hinata sabía que ni Nagi ni Takanari eran de su familia, pero haber crecido con ellos y verlos todos los días hacían que obviara ese pequeño detalle. Para ella, Takanari y Nagi eran sus tíos al igual que Kagome e Inuyasha.

―Takato. Así se llamaba el papá del tío Takanari.

―¿Takato? ―la niña torció la cabeza, evaluando si le gustaba aquel nombre. Sonrió y asintió como muestra de su aprobación―. Me gusta, sí. Lo llamaré Taka. Pero… así llamamos al tío, tío Taka se va a confundir.

―No creo que sea él el que se confunda ―admitió divertida. Oh, la pobre Nagi… ya podía ver las bromas que su hijo y marido le jugarían en el futuro. Seguro el niño sacaría el mismo sentido del humor de su padre―. ¿Te divertiste hoy? Perdona que te haya dejado sola tanto tiempo.

―No importa, mami, ¡me divertí mucho con el abuelo Jaken! ―afirmó ella con una sonrisita traviesa. Eso significaba que había hecho correr al pobre hombrecillo incansablemente―. Me hizo tomar tres baños, ¿sabes? Porque me manchaba un poquito con tierra y a él no le gustaba. ¡Tres baños! De todas formas no se las puse muy fácil. No me gusta bañarme. Y me escondí en ese sitio donde hay tantos papeles. El señor que vive ahí ni siquiera me miró, ¡qué grosero!

Rin rió bajamente al negar con la cabeza.

Ay, el pobre bibliotecario. Hacía años que había abandonado su manía de reunir información sobre los rituales de los inuyoukai y espiarla a ella y a Sesshomaru de cualquier manera posible. Todo se detuvo súbitamente poco después de aquella noche en la que Sesshomaru lo dejó noqueado afuera de la habitación, y no logró sacarle qué fue lo que había hecho para detener su comportamiento. Más tarde se enteró que destruyó todas sus investigaciones con respecto a su especie y amenazó con hacer lo mismo con todos los demás archivos de la sala. El pobre anciano se había deprimido tanto que no se atrevió a escribir absolutamente nada durante algunos años, y ponía todo su empeño por no mirarla ni a ella, ni a Sesshomaru o a su hija, seguramente para evitar tentaciones.

―Quizás no te vio entrar ―sugirió.

―¡Claro que me vio! Cuando iba a agarrar lo que tenía en la mesa me dijo que no tocara nada. ¡Por su culpa me encontró el abuelo Jaken! Se molestó mucho conmigo y empezó a perseguirme por todos lados. Me le acabo de escapar. Casi no podía seguirme porque estaba muy cansado ―se acordó entre risitas.

― ¡Ay, cariño! Puedes corretear con Jaken, pero tampoco lo hagas sufrir tanto. Todo con moderación, ¿sí? ―cuando la niña iba a protestar, Rin se le adelantó. Quizás no tuvo que contarle que eso era precisamente lo que ella hacía cuando era pequeña―. Ya sabes que no tienes que ser tan extrema. Pobrecito, sabes lo mucho que se altera y tú corres tan rápido… Ve un poco más despacio la próxima vez, ¿de acuerdo?

―¡Así no es divertido!

―Pero evitarás que le dé un ataque de nervios y te regañe mucho más cuando te encuentre ―Hinata hizo un puchero―. ¿Lo prometes?

―Sí, mami. Lo prometo ―soltó al fin, con las mejillas infladas y el ceño cómicamente fruncido. Rin la besó en la sien mientras la apretujaba en un abrazo, y el pequeño enfado se le fue desvaneciendo.

―¿Dónde está tu padre? ¿Terminó su reunión?

―No ―se desinfló desanimada―. Sigue en la cámara con esos señores feos. Todos son feos menos el señor Conejo ―rectificó para sí misma―. No es justo. Regresó ayer y casi no lo he visto.

―Está muy ocupado, no es su culpa ―trató de confortarla―. Tiene muchos asuntos que atender porque es una persona importante. Pero eso no significa que te quiera menos. Ya verás que apenas logre salir de todo lo que tiene que hacer pasará mucho tiempo contigo.

―Extraño jugar con él ―comentó Hinata con un sonrojo acoplándose en los blancos mofletes.

Yo también, estuvo a punto de admitir Rin, pero logró contenerse a tiempo.

―Estoy segura de que mañana lo hará. Te tiene que enseñar a dar esos saltos que hace que tanto te gustan, ¿verdad? ―la niña asintió enérgicamente, entusiasmada―. De seguro encontrará algo de tiempo para eso. Y cuando terminemos tus lecciones de lectura, podemos dar una vuelta en Ah-Un. Haremos que vuele más rápido, ¿te parece? Más rápido y más alto de lo que ha ido hasta ahora.

―¡Oh, ya quiero hacerlo! ¿Podrás hacer que de volteretas en el aire y suba muy, muy arriba para caer en picada? ¡Sería estupendo!

―Ya veremos qué dice tu padre con respecto a eso ―dijo, bajando el tono por debajo del nuevo rápido parloteo de Hinata. Sabía que Sesshomaru se negaría, por lo que prefería no hacérselo saber todavía.

―¡Ah, con que aquí estabas! ―se alzó una voz rasposa desde el otro extremo del pasillo. Madre e hija se fijaron en Jaken, que las miraba ceñudo y apuntaba con su báculo de dos cabezas acusadoramente―. ¡No puedo ni parpadear porque desapareces sin dejar ni un rastro! ¿Tienes idea de cuánto tiempo estuve buscándote? ―la niña murmuró que quizás fueron unos veinte minutos, pero sólo Rin la escuchó―. ¡Al menos pudiste mantenerte más o menos decente! ¡Rin! ¡Esta niña es un desastre! No escucha ni obedece, sólo se llena de tierra y bichos, ¡y encima se lo toma como si fuera un juego!

―Jaken, sólo tiene seis años, claro que lo toma como un juego ―le recordó ella tratando de no reírse. Hacía años que había dejado de llamarlo Señor Jaken. No sabía por qué, pero le daba la impresión de que aquel distintivo no demostraba la familiaridad y cariño que le tenía―. Es perfectamente normal.

―¡Sí, es perfectamente normal! ―Hinata le sacó la lengua, aferrándose a su madre como si estando ahí arriba le diera más autoridad sobre él.

―Vamos, Hinata, sé amable ―pidió Rin suavemente cuando la depositaba de nuevo en el suelo. Jaken alzó la barbilla con suficiencia―. No sé cómo lo harán, pero necesitan una tregua por ahora que vamos a cenar. Muero de hambre y ya saben que no se permiten los gritos ni peleas a la hora de la comida. ¿Sesshomaru sigue en la cámara de guerra? ―le preguntó al youkai verde. Él refunfuñó y asintió―. Tendremos que cenar sin él. ¡Y cuidado! ―les advirtió entrecerrando los ojos cuando comenzaba a caminar con ambos siguiéndola―. Los estoy vigilando.

Hinata aprovechó el que su madre se diera la vuelta de nuevo y le sacó la lengua a Jaken otra vez. Él la imitó tratando de no protestar en voz alta. Y sin que nadie pudiera verlo, formó una débil pero obvia sonrisa. No cambiaría su nuevo trabajo de niñero por nada del mundo.

Después de la cena Hinata se mostró reacia a acostarse, pero de igual manera lo hizo luego de escuchar una de las historias que tanto adoraba de su madre. Tenía ya al menos un año y medio instalada en su recámara ―la misma que había ocupado Rin al establecerse de nuevo en el castillo―, pero aún así se le hacía algo raro no tenerla durmiendo a su lado. Sólo tenía seis años y Rin deseaba que esa edad la pasara extremadamente lento. Quería que se quedara como su pequeña y traviesa hija por algunas cuántas décadas más antes de aceptar que tenía que crecer.

Suspiró aliviada al entrar en su habitación, peinando su cabello aún húmedo con los dedos luego de aquel baño tan necesario. ¡Qué día más largo! Intentar educar a su hiperactiva hija era agotador, pero atender el parto prematuro de Nagi había sido demasiado para sus nervios. Y eso que era curandera y estaba acostumbrada al ajetreo constante en la zona de enfermería.

Ver a una Nagi tan alterada y difícil de tranquilizar, más el entusiasta e igualmente nervioso de Takanari yendo de un lado para otro sin saber cómo ayudar, y un Deshi exaltado por ver a su nieta en semejante estado había sido realmente una locura. Y más cuando se suponía que le quedaba más de un mes para dar a luz.

Afortunadamente, luego de arduas horas de gritos ahogados y tensiones por parte de Deshi ―quien pese siempre se mantenía sereno en ese tipo de situaciones, aquella vez se encontraba inusualmente sobresaltado―, un saludable niño fue recibido en medio de los vítores de su orgulloso padre y bisabuelo. Todo el estrés que el trabajo de parto había supuesto en la pequeña tienda del ala de enfermería que habían ocupado se esfumó de repente cuando el bebé ―libre de plumas y cascarón, para alivio de Nagi―, llegó a los brazos de su agotada y sonriente madre, quien lo acunó como si se olvidara que hacía poco había gritado exhibiendo un vocabulario que habría puesto los pelos de punta a más de una señora conservadora.

Conmovida, Rin sólo guardó silencio y mantuvo sus distancias, observando a la nueva familia compartir la dicha de estar juntos por primera vez. No pudo evitar recordar cómo había sido su propia experiencia al nacer Hinata.

Ella, que a diferencia de su amiga sí había cumplido con los meses justos de gestación, pensó que estaba completamente preparada para enfrentar el proceso que le venía por delante. Pero cuando despertó en la madrugada a causa de las dolorosas contracciones, su seguridad se le resbaló de la piel en cuestión de segundos. Sesshomaru, quien tuvo que haberlo sabido antes por medio de su olor y mantenía asombrosamente bien su porte serio, fue a buscar a Deshi luego de cerciorarse de que pasara el dolor de la primera contracción. Rin hubiera preferido que se quedara con ella un momento, pero él no parecía querer arriesgarse a que pasara otro minuto más sin la presencia del anciano curandero.

Al llegar Deshi y Nagi, ambos aún vestidos en sus ropas de dormir y con caras exaltadas pese al sueño, el Daiyoukai casi se vio obligado a abandonar la recámara ante las demandas de Deshi, puesto que creía que entre él y Nagi podían manejar la situación y no había necesidad de que estuviera ahí. De haber prestado un poco más de atención a algo que no fueran sus crecientes nervios y dolores, habría notado el intenso odio en los ojos de su compañero. Rin, que no sabía que quería quedarse durante el proceso, se alegró mucho cuando permaneció a su lado, inusualmente tenso y vigilante sin apenas abrir la boca.

Ahora que lo pensaba, se dijo volviendo momentáneamente al presente, visto desde lejos habría sido algo muy raro. No era común que los hombres se involucraran durante el alumbramiento de sus mujeres, más bien solían permanecer afuera y muchos hasta le restaban importancia. Y que Sesshomaru, uno de los sujetos menos expresivos del mundo, se rehusara a marcharse y la dejara estrujar su mano ante cada dolor, era… vaya, no quería decirlo, pero era tierno. Tenerlo a su lado brindándole apoyo mudo había sido algo con lo que había soñado desde que se enteró que sería madre, pero sinceramente no se lo había esperado de verdad.

Poco tiempo después, cuando el sol ya estaba saliendo del horizonte para reclamar su lugar en el cielo matinal, nació Hinata; roja y cubierta de sangre y de otras sustancias nada agradables. Pero para Rin eso era lo menos importante. Todo el dolor y angustia del parto quedó atrás para cuando Deshi se la mostró sonriente, antes de limpiarla y envolverla con una pequeña manta. Jamás olvidaría cómo se sintió tenerla en brazos por primera vez y oír su llanto a todo pulmón. Según Deshi, era completamente sana y no encontró problema alguno con su salud al echarle un rápido vistazo. Rin había tratado de escuchar todo lo que le decía, pero se le hacía muy difícil al estar tan concentrada en el rostro de su hija, asegurándose de grabar cada minúsculo detalle en su memoria para siempre. Sus orejas puntiagudas, sus mejillas rojas y redondas, las leves marcas apenas más oscuras sobre éstas, sus ojos furiosamente cerrados mientras movía los puños en el aire…

Recordó repentinamente que su compañero estaba con ella cuando comenzó a llorar silenciosamente, maravillada y más feliz de lo que pensaba posible.

Para cuando lo miró, dándose cuenta también que habían quedado repentinamente solos, distinguió algo muy inusual en él mientras contemplaba a la niña que dejaba de gimotear para quedarse dormida. Estaba estupefacto, quizás hasta más que ella misma, o al menos de una forma diferente. Rin supo inmediatamente que su compañero se había enamorado de Hinata desde aquel momento que la vio.

Y las cosas no habían cambiado en lo absoluto, pensó enternecida al sentarse en el borde de la cama. Hinata era algo así como su mayor tesoro, como algo de lo que siempre estaría orgulloso sin importar los líos en los que se metiera o el escándalo que hiciera con sus jugarretas. Tenía casi la misma expresión de infinito orgullo de Inuyasha cuando contemplaba a sus hijos. La única diferencia era que Sesshomaru no sonreía, pero eso no significaba que no sintiera lo mismo. Siempre la trataba con una increíble paciencia y gentileza, pese a que sus palabras no lo fueran demasiado en oídos ajenos. Y eso a la niña no le podía importar menos, tanto ella como Rin eran muy capaces de encontrar los significados ocultos de cada gesto del demonio, y estaba más que feliz de saberse con los afectos y atenciones de su padre.

¿Y es que quién podría no guardarle afecto a Hinata? Cierto que era demasiado hiperactiva y parlanchina, y jamás dejaba de hacer correr al pobre Jaken tras ella, pero... ¿qué más daba? Era una niña normal, risueña y dulce, y eso hacía muchas veces que las personas tuvieran problemas en creer que era hija del frío y estoico Sesshomaru.

Inuyasha, Kagome y Shippo ―quien negó rotundamente quedarse atrás al saber que Rin finalmente se había convertido en madre―, fueron a visitarla pocas semanas después de nacer Hinata. Los hijos de la pareja se habían tenido que quedar con Sango en aquella ocasión, por lo que tuvieron que conocer a su primita en la siguiente visita unos meses más tarde.

Shippo se quedó boquiabierto al ver a la recién nacida por primera vez, pues según sus palabras, Sesshomaru no podía tener ninguna relación con semejante bebé tan bonita ―afirmación que hoy en día mantenía con firmeza―, y pese a haber estado anteriormente reacio ante la decisión de Rin, se mostró genuinamente feliz por conocer a su hija, comprometiéndose a cuidarla siempre que fuera necesario.

A lo largo de los años previos del nacimiento de Hinata, Rin había visitado la Mansión Kitsune unas pocas veces, aprovechando que quedaba en la misma dirección que la aldea de Inuyasha. Su situación con Shippo había ido mejorando poco a poco, hasta que al pequeño zorrito no le quedó de otra sino aceptar las cosas como eran, para el alivio de la mujer, quien había recuperado a su querido amigo de una vez por todas.

Shippo solía visitar a menudo a Hinata y no dejaba de rogarle a Rin para que la llevara a la Mansión, donde Mikiko, Kiyo y los demás ocupantes estaban ansiosos por conocerla. Rin aceptó encantada, pero sabiendo de antemano el carácter de su compañero, supo que debía esperar a que creciera un poco más para que le permitiera hacer un viaje con ellos.

Kagome e Inuyasha, por su parte, eran tíos estupendos y la llenaban de mimos cada vez que tenían la oportunidad de verla. Hinata y sus primos, dos niños y una niña un poco mayor que ella, se llevaban muy bien y no ponían reparos en unírsele en sus travesuras para atormentar a Jaken.

Poco después del nacimiento de su sobrina, Inuyasha dejó de observar acusadoramente a su hermano mayor y parecía que ambos habían llegado a una especie de tregua silenciosa, que consistía en mantenerse en el mismo espacio por varios minutos sin amenazas de lucha o insultos de por medio, lo cual en comparación a cómo se trataban inicialmente era un logro monumental. Aunque el híbrido no despreciaba ninguna oportunidad para burlarse no muy disimuladamente de Sesshomaru, alegando que era algo parecido a un perro domesticado. El demonio sólo le lanzaba advertencias mudas y alguna que otra respuesta ácida, pero no solía pasar a mayores. No últimamente, al menos.

Con Deshi la situación variaba un poco. Era amable y atento, pero Hinata se mostraba retraída cerca de él. Como si no quisiera molestarlo hablando mucho o simplemente estando ahí. Una vez le había confesado a Rin que le tenía algo de miedo, pero el anciano jamás hizo nada para hacerla pensar de esa manera. Quizás… era tonto imaginarlo, pero a veces le daba la impresión de que Hinata sabía lo mal que ese demonio se llevaba con su padre, y tal vez su manera de actuar con él era para que no le pasara lo mismo. Seguramente todo mejoraría con el tiempo y Hinata vería que Deshi no era alguien a quien temerle. Después de todo, él siempre estaba silenciosamente pendiente de ella y su salud y le guardaba muchísimo cariño aunque no lo demostrara tan abiertamente.

Era tan extraño, se dijo Rin analizándolo; cómo las cosas podían cambiar con el pasar del tiempo. Había iniciado todo de una manera tan dolorosa y aterradora que le costaba a veces creer lo pacífico que era todo en ese instante. Lo feliz que era, mejor dicho. La vida era muy curiosa, sin duda. Retorcidamente curiosa.

Un ruido repentino la sacó de sus cavilaciones. Con una pequeña sonrisa miró a su compañero, quién cerraba la puerta tras de él. Se veía molesto, como si se guardara de alguna manera sus ansias de matar a alguien y tuviera que conformarse con una mueca de desagrado pronunciada. Si no lo conociera mejor que lo que lo hacía, diría que estaba cansado. Pero no, sólo estaba de malhumor. Como siempre que tenía que reunirse por más tiempo del estimado con sus generales.

―¡Vaya! ¿Terminó ya? Pensé que no te vería hasta mañana.

Avanzó por la habitación sin responderle, depositando las espadas en sus soportes y deshaciéndose de la pesada armadura, dejándola caer sin mucho interés en el suelo de su lado del futón.

―¿Está todo bien? ¿Tenemos que preocuparnos por alguna batalla con el Lord del Este? ―preguntó más seria, buscando su atención. Sesshomaru resopló mudamente, desatando la parte inferior de su armadura mientras se asomaba por el gran ventanal.

―La seguridad en los terrenos externos será reforzada, y escuadrones estarán vigilando los bordes a partir de esta noche ―le dijo sin dejar de mirar al exterior―. Si ese sujeto tiene una pizca de inteligencia, sabrá abandonar sus intenciones.

―¿No deberías estar tú también? ¿Y si intentan entrar de nuevo? ―Rin se puso en pie, preocupada, y se acercó a él. Tres meses atrás algunos demonios casi lograron infiltrarse en la fortaleza pese a la seguridad. Pero gracias al cielo no lo habían conseguido al ser interceptados por un grupo de soldados bien entrenados, entre los que figuraban Takanari y el mismo Sesshomaru, que había percibido un rastro sospechoso en el ambiente. Pasó muchísimo miedo pues temía que Hinata fuera el verdadero objetivo. Sabía que el Lord del Este no querría desaprovechar la oportunidad que le otorgaban ella y Rin: era el único punto débil de su rival.

―No voy a marcharme ―posó los ojos en los de ella con firmeza, como si lo ofendiera―. Si intentan entrar de nuevo se llevarán una desagradable sorpresa ―los huesos de sus dedos tronaron al tensar la garra. Seguramente imaginaba el momento de torcerle el pescuezo a quien osara invadir su hogar.

Rin puso la mano sobre la del demonio que aún desataba su armadura inferior para detenerlo.

―Si estás aquí me siento mucho mejor ―admitió, terminando de aflojar los cordones para dejar las piezas en el suelo. Buscó su atención y sonrió para calmarle―. Hinata se alegrará mucho cuando sepa que te quedarás. Se ha estado quejando de que últimamente no pasas mucho tiempo con ella.

―Entró a la cámara de guerra durante la reunión ―comunicó, relajando un poco el semblante.

―¿Lo hizo? ―Rin formó una mueca casi de espanto―. Lo siento, estaba atendiendo el parto de Nagi y tuve que dejarla con Jaken por unas horas. ¿Interrumpió algo importante?

―No ―ella no quedó convencida. Para él, nada tenía demasiada importancia si Hinata podía irrumpirlo. Y por la manera en la que lo dijo, supo que le dio cierto gusto que entrara a verlo.

―¿Qué te entregó esta vez?

―Un escarabajo. Muerto ―agregó como si fuera un detalle interesante.

―A mí me dio una flor ―suspiró―. Pero estaba cubierta de hormigas. Tuve que sostenerla mientras me veía y me picaron en todos los dedos ―sacudió la mano derecha que tenía algunos minúsculos y casi imperceptibles puntitos rojos―. No puedo creer que sacara tu mismo gusto por hacer obsequios.

―Nunca te desagradó que lo hiciera ―observó él, entrecerrando los ojos.

―No, claro que no ―se defendió tratando de contener sus ganas de reír―. Sólo me parece curioso. Aunque me preocupa que algún día nos regale cosas más grandes. Como algún ciempiés gigante muerto o algo así.

―Cuando tenga la edad para cazar, lo hará ―aseguró Sesshomaru.

Rin rió suavemente, imaginándoselo. Al cabo de unos cuantos segundos, acarició levemente el rostro de su compañero, viéndolo directamente a los ojos. No pudo contenerse más y rodeó su cuello con los brazos, apretándose contra él dejando escapar una exhalación de alivio.

―Te extrañé tanto… ―le susurró. Sesshomaru dejó que una mano cayera una o dos veces por su largo cabello negro. Esa era su manera de decirle que también la había echado de menos―. Odio cuando tienes que irte por tanto tiempo. No vuelvas a hacerlo nunca más. Ni aunque el resto del mundo se esté volviendo cenizas.

El demonio se separó un poco, y antes de que la besara, le dio la impresión de ver el amago de una sonrisa curvando las comisuras de su boca. Rin sabía que él también detestaba tener que irse dejándola ahí. A ella y a su hija.

Poco a poco, la caricia fue subiendo de nivel hasta el punto en el que no pudo soportarlo más y dejó escapar un pequeño quejido. De pronto se vio apresada entre la pared y el Daiyoukai, dejándole poco espacio para moverse. Una mano masculina subía lentamente por su muslo, abriendo la yukata de dormir para exponer su piel, mientras que la otra se ocupaba de deshacer el nudo del obi en su cintura. Rin separó las telas del haori, acariciando su pecho para subir la yema de los dedos una vez más a su rostro.

Los besos fueron bajando hasta su cuello, para ajustar los colmillos a la marca que Rin poseía orgullosamente.

―Mía… ―murmuró con la voz ronca antes de morderla.

Dioses, cuánta falta le había hecho. Estaba tan acostumbrada a él que aquellos dos meses durmiendo en esa enorme y vacía cama se le hicieron casi insoportables. Y por cómo la acariciaba y besaba con tal apuro, parecía sentir algo similar.

Ya cuando su obi había caído al suelo y estaba abrazándolo con una pierna para mantener la cercanía, la puerta de la recámara se abrió de un tirón.

Rin tuvo que taparse la boca con una mano para no gritar, y se apresuró a cerrar su yukata que no dejaba mucho a la imaginación. Sesshomaru, vaciando su rostro de cualquier indicio de emoción, se giró para ver al intruso.

―¡Papá, ya terminaste! ―saludó feliz Hinata. Quiso entrar, pero él llegó hasta donde estaba para impedírselo. Su sonrisa se ensanchó aún más, creyendo que iba a recibirla―. ¡Qué bueno que salieras ya de ahí! ―exclamó, abrazando sus piernas―. No es justo que esos señores te molesten a cada rato, deberías pasar tu tiempo conmigo que yo sí te quiero y nos divertimos más.

―Hinata, ¿no deberías estar durmiendo? ―preguntó nerviosamente Rin.

―No podía y quería ver si papá estaba aquí ―Hinata lo estrechó con más fuerza―. ¿Qué están haciendo? ―se asomó curiosamente para ver a su madre sujetarse con más fuerza la yukata, manteniéndola tensamente cerrada. Miró a su padre, que le devolvía el gesto altivo. Él también tenía la ropa a medio sacar―. ¿Van a darse un baño y por eso se quitaban la ropa? ―sus ojos brillaron de emoción―. ¿Puedo acompañarlos? ¡No me importa bañarme otra vez! ¡Podemos jugar con el agua y hacer burbujas y ver quién aguanta más la respiración!

―No, cariño, no nos íbamos a bañar ―contestó incómoda su madre, mirando fijamente la nuca de su compañero para que interviniera en su favor.

―¿Entonces estaban jugando? ¡Uh, ya sé! ¡Hagamos una guerra de almohadas, será divertido! ―hizo un nuevo ademán para entrar, pero Sesshomaru se movió para bloquearla. Ella lo miró curiosa.

―No puedes acompañarnos, Hinata. Debes dormir ―le dijo.

―¡Pero yo quiero jugar! ¡Hace tanto tiempo que no te veo, papá! ¿Acaso no quieren jugar conmigo también a lo que estaban haciendo?

La cara de Rin se puso tan roja que tuvo que girarla hacia otro lado para que no la viera. ¡Bendita inocencia! Cuando sea mayor y sepa lo que nos pidió la pasará muy, muy mal. De nuevo recuperó su bien acostumbrada urgencia de poder ser engullida por la tierra.

No era la primera vez que Hinata los interrumpía, a decir verdad, y estaba segura de que tampoco sería la última. Lo curioso era que siempre aparecía antes de pillarlos en algo más comprometedor, como si fuera capaz de adivinar el momento justo.

―Es que no entiendo ―se quejó la pequeña tristemente―. ¿Por qué no dejan que me quede? Sólo quiero estar con ustedes. Prometo que estaré muy quieta para no molestarlos.

Rin no supo si sentirse conmovida por aquel tierno tono herido, o tirarse de cabeza por la ventana por la vergüenza. Ante una nueva negativa de su padre, la niña le arrugó el ceño ofendida:

―¿Qué están haciendo que no me dejan quedarme? ¡De seguro es una tontería!

―Dijiste que querías un hermano ―dijo repentinamente Sesshomaru. Hinata le dio toda su atención―. Lo tendrás si vas a dormir ahora.

―¿Pero qué…? ―comenzó Rin.

―¿De verdad? ―los ojos de la infante se abrieron como platos y su sonrisa se hizo más grande que nunca― ¡Oh, sí, sí, sí! ¡Está bien, si me van a dar un hermanito mañana entonces me voy ya mismo a la cama! Pero prefiero que sea una niña. ¡Qué emoción, voy a ser hermana mayor!

Rin se les acercó, comprimiendo una mueca perpleja. Quería reclamarle al demonio, pero simplemente no encontraba las palabras.

―¡Gracias, papá! ―volvió a abrazarlo con toda la fuerza que tenía y le hizo una seña para que se agachara. Cuando lo tuvo casi a su altura, dejó un sonoro beso en su mejilla. Luego se pegó a las piernas de su madre y las estrechó de igual manera sin poder contener su emoción―. ¡Gracias, mami! ¡Los quiero mucho, mucho, mucho!

―Ven, cielo, te acompañaré a tu habitación ―le ofreció Rin al recibir su beso de buenas noches.

―No, no importa, puedo irme sola ―contestó muy orgullosa. Observó a su padre con los ojos entrecerrados y torciendo la cabeza, para después hacer lo mismo con ella―. Creo que con quien papá quiere jugar es contigo ―le aclaró algo decepcionada―. No importa, ya jugaré con él mañana. ¡Y con la abuela también! De seguro ella nos querrá acompañar.

―¿La… la abuela?

―Sí, mami, ¿no te acuerdas que viene mañana? ¡Qué bien, estará a tiempo para ver a mi nueva hermanita! ¡Estará muy contenta!

Rin interrogó mudamente a Sesshomaru. Aparentemente, él también había olvidado por completo que su madre llegaría por la mañana, y la idea no le entusiasmaba tanto como a su hiperactiva hija.

Irasue iba al castillo al menos una vez por temporada para estar al tanto de su única nieta. Hinata le había tenido algo de miedo al principio, pero poco tiempo después se fue soltando y se llevaba muy bien con ella. ¿Y qué decir de Irasue? Rin se daba cuenta que se derretía por Hinata, y era ligeramente más expresiva que Sesshomaru para demostrarlo. Él, por su parte, la trataba con la misma fría indiferencia por unos pocos minutos para después retirarse a hacer alguna otra cosa. Sus tratos seguían tensos, pero parecían querer evitar cualquier conflicto o discusión. Eso era un gran avance.

Rin, al igual que siempre, seguía sintiéndose algo intimidada por la estoica mujer. Mantenía muy viva en su memoria la incómoda charla que habían mantenido varios años atrás, y no podía evitar pensar que la juzgaba silenciosamente con aquellos fríos ojos dorados.

―¡Tendré una hermanita, tendré una hermanita! ―continuó celebrando Hinata cuando se fue muy animada, dando saltitos y riendo agudamente mientras se perdía por las escaleras. Al quedar el pasillo en silencio luego de varios segundos, Rin cerró la puerta, aún apretujándose la yukata para que no se abriera.

Pensó que ya era momento de colocarle alguna clase de seguro a la puerta para que no se abriera desde afuera. No quería ni imaginar qué pasaría si Hinata descubriera por sí misma la razón por la cual se quitaban la ropa.

―No recordaba que la señora Irasue venía ―suspiró nerviosa tratando de cambiar el tema en su mente―. Bueno… la seguridad será mucho más implacable si está aquí, eso es algo ―se volvió al youkai―. Por cierto, ¿por qué le prometiste un hermano a Hinata?

Él, ignorante de su mirada alterada, se dirigió al futón mientras se terminaba de desprender del haori.

―Estuvo diciendo esta tarde que quería uno.

―Pero es imposible que le demos uno mañana ―refutó acalorada, siguiéndole con los brazos en jarras.

―Tal vez ―Sesshomaru la vio por el rabillo del ojo cuando su ropa cayó al suelo. Sus orbes dorados resplandecían de una manera que se le hacía muy conocida―. Pero podemos empezar.

―¿Y si Hinata regresa? ―un escalofrío le subió por la espalda.

―No lo hará. Llegó a su habitación ―dio un paso hacia ella, mirándola casi con hambre.

―¡T-tu madre viene mañana! ―Rin se hizo hacia atrás, sin saber si sonreír o abochornarse.

―Quedan ocho horas hasta que llegue ―le contestó muy serio, acercándosele como si la acechara antes de atajarla por la nuca, pegando su cuerpo al de ella. Rin se sentía abrumada, pero no era algo de lo que se quejaría.

―Eres un pervertido ―murmuró fingiendo enfado.

―No te molesta ―aquello no era una pregunta.

―Para nada.

Rin atinó a sonreír justo antes de que la besara. ¿Por qué habría de quejarme? Fue el último pensamiento racional que tuvo.

Sus manos recorrieron un camino que se sabían de memoria, reptando por su pecho musculoso al retroceder ciegamente hacia el futón. Cualquier cosa que hubiera ocupado la mente de Rin se había esfumado en un parpadeo. Ese era el efecto que tenía el demonio sobre ella. Y mientras se entregaban el uno al otro, dejando salir toda la ansiedad y deseo acumulado durante aquel tiempo separados, Rin no pudo evitar pensar en lo feliz que era. Ahí, entre los brazos y caricias del hombre que amaba con todo su ser; ahí, compartiendo una vida más maravillosa de lo que jamás habría imaginado, en especial luego de considerar la manera tan espantosa en la que todo había comenzado.

Cierto, habían tenido demasiados tropiezos y malos momentos. Cierto, él jamás le diría que la amaba o la extrañaba. Y sí, aquella relación no era para nada natural ―¿Un señor demoníaco tan frío como él con una humana tan normal como ella? ¡Habrase visto!―, pero ¿qué rayos importaba? Era feliz y eso no lo cambiaría por nada del mundo.

Cuando se desplomaron cansados sobre la suave superficie de la cama, donde la estola los rodeaba brindándoles de su abrazador calor, dejó descansar la cabeza sobre el hombro masculino, ocupando su lugar favorito entre su torso y brazo.

―¿Te ocurre algo? ―preguntó varios minutos después, al ver que Rin se quedaba con la mirada perdida. Ella volvió en sí parpadeando repetidamente y sonrió distraída.

―Hinata se sentirá muy decepcionada mañana. ¿Crees que pueda…? ―se mordió el labio para no continuar. Era la primera vez que intentaban en específico conseguir un segundo embarazo, y no sabía si funcionaría o no. Aunque guardaba sus esperanzas para que fuera así.

Sesshomaru también guardó silencio por unos momentos, dirigiendo la garra hasta el cabello negro de Rin para acariciarlo. No había ninguna expresión en su rostro, como si fuera incapaz de sentir la pequeña angustia de su compañera. Pero claro que lo hacía.

―Siete horas ―dijo.

―¿Qué?

―Quedan siete horas para aumentar la posibilidad ―sus ojos dorados se fijaron en los suyos con un rastro casi juguetón.

―Pareces muy seguro de que funcionará ―comentó formando una pequeña sonrisa. Sesshomaru hizo un movimiento rápido para aprisionarla bajo su cuerpo, con ambos brazos a los lados de Rin para no aplastarla. Ella alargó una mano para colocar algunos mechones de cabello blanco tras su oreja, acercándolo más a su rostro.

―Lo hará ―murmuró al besarla.

Estaba completamente seguro de que la mañana siguiente su olor la delataría, esta vez no tenía por qué preocuparse o pensar lo peor.

Y quizás algún día, después de más de diez años como compañeros, le diría lo mucho que significaba para él. Tal vez le diría que después de todo, había logrado comprender aquel sentimiento que había repudiado con tanto ímpetu, y que al fin era capaz de contenerlo muy dentro de él, cuando ni sabía que podía hacerlo. Pero aún tenía tiempo para eso, ¿no? Porque las palabras jamás habían sido lo suyo.

Presionó sus labios con más insistencia, dejando salir un pequeño gruñido de satisfacción.

Sí, tenía todo el tiempo del mundo.

FIN

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Antes que nada quisiera decir una cosa:

¡FELIZ CUMPLEAÑOS, GINNY!

Lo tenía listo desde hace como una semana, pero me hacía mucha ilusión entregártelo justo hoy, para que se quede grabada la fecha xD El postre de hoy lo doy de una vez: Un pastel de chocolate de cinco pisos, con relleno de chocolate y crema por encima, además de una mesa repleta de donas, galletas, gominolas, cupcakes, una estación de algodón de azúcar y una máquina de esas que da helado como las que tienen en mcdonald's. ¡A atragantarse todo el mundo!

*Ahora de vuelta al tema*

He tratado de cubrir todos los puntos que quedaron en espera y los que podrían formularse, aunque también intenté que no se me fuera la lengua explicando cada pequeño detalle de lo que sucedió en esos seis años y pico desde el último capítulo, porque también hay que dejar cosas a la imaginación. De cualquier manera espero haber llenado las expectativas de todos, y si no es así… lo siento. Hice mi mayor esfuerzo para complacerlos a todos.

Muchísimas gracias a las bellas Brenda, Anónimo número 1, Kat88-Pbl, Black Urora, KeyTen, Saori-san, Bárbara, Neko-chan, Hanabi-ness, Sexy Style, Serena tsukino chiba, Miztu Akari, Anónimo número 2, Nagisa-chan, Faby-sama, Ginny *Y QUE CUMPLAS MUCHOS MÁS*, Ro Itako 27, Emihiomi, Helena, Alirinses, Anmar, Hi no Tamashi, QuinzMoon, Yoko-zuki10, Ako Nomura, Ephemera, Serenityfullmoon, Alexa Reynoza, Niña Feliz, Mindy, H y Ukkas por sus reviews y apoyo. Y también a todos los que han puesto esto en alertas y favoritos, a los que leen y se van cuales ninjas (xD). Gracias por darle una oportunidad a esta historia. Y aplausos para Ginny también, que me ha sabido aguantar con temple de acero.

No sé cuándo podré traer alguna otra historia, aunque ideas las tengo por patadas. Por el momento estoy siempre muy ocupada y no me puedo sentar a escribir como me gusta.

¡Besos, abrazos y chocolates a todo el mundo y muchas gracias de nuevo!