Ahí estaba yo de pie frente al altar. Tomando la mano de la mujer más maravillosa que he conocido hasta hoy. Nos mirábamos a los ojos, escuchando las palabras del sacerdote. Si son curiosos, debo decirles que no todas las historias de amor tienen final feliz, especialmente la mía. Si estoy ahora aquí no es por casualidad. Si estoy aquí, casándome con una hermosa mujer que me ama por sobre todas las cosas, es porque en mi destino estaba escrito ya. Jamás había estado tan seguro de hacer algo en toda mi vida como lo estoy en este momento. Pero ella entró a la iglesia con su rostro lleno de furia, de dolor y de lágrimas. Estoy seguro de que quieren que les explique de qué hablo. Quieren saber cómo comenzó todo, ¿no es así?, quieren que les cuente cómo es que estoy a punto de unir mi vida para siempre a otra persona. Yo les diré.

Quizá no sea importante que se los diga, pero deben saber que nací el 30 de Julio de 1983. Hace muchos años ya, veintinueve, para ser exactos. Nací en un pueblo muy pequeño cerca de Osaka, jamás conocí a nadie que se amara tanto como se amaban mis padres. Fui el segundo en llegar a la familia después de mi hermano mayor, Taiki. Pasaron dos años para que un tercero se nos uniera, Yaten. Vivimos mucho tiempo en aquel lugar que conocíamos mejor que a nosotros mismos, cuando cumplí catorce nos mudamos a Tokio a causa del trabajo de mi padre. Fue algo difícil porque ya teníamos a nuestros amigos, conocíamos cada recoveco de nuestro pequeño pueblo y éramos muy felices allí.

Yaten, que ya iba en su último año de primaria, tuvo que hacer nuevos amigos cuando ya todos tenían seis años de conocerse, al igual que Taiki, quien ya estaba terminando la secundaria en la misma escuela en la que yo estaba, solo que yo iba en segundo. Nuestra nueva casa era un poco más grande que la que habíamos tenido que vender en el pueblo, había una habitación más, por lo que nuestros padres decidieron darle una habitación independiente a Taiki, por ser el mayor. Mis hermanos y yo siempre fuimos muy diferentes, pero muy unidos. Taiki siempre fue serio, inteligente y maduro, mientras que Yaten era rebelde, travieso y parlanchín. Yo siempre estuve en un punto neutro entre los dos, me adaptaba fácilmente a ambos. Yo era calmado, pero enérgico, pensativo, pero movido, hablaba, sí, pero siempre lo necesario, nunca de más, nunca de menos.

Como ya dije, siempre fuimos muy unidos a pesar de nuestras diferentes personalidades. Y ese cariño se intensificó aún más cuando nuestra madre murió. Ella tenía tan solo 35 años cuando murió. Muy joven, muy bella. Tenía una enfermedad extraña que nunca supimos que la tenía, porque mi padre se encargó de no enterarnos. Ahora sé que tenía tuberculosis y que no se le pudo ayudar de ninguna manera. Después de eso, mi padre entró en una depresión muy seria que lo llevó paulatinamente a morir también cinco años después. Ellos se amaban tanto que mi padre desarrolló muchos problemas en su salud, no deseaba comer, no deseaba sonreír ni estar con sus hijos. Fumaba. Fumaba mucho y a veces lo encontraba en su habitación bebiendo un vaso de whiskey y llorando en silencio. Durante los cinco años posteriores fumó lo que en sus cuarenta años jamás había fumado, lo que le causó un severo cáncer de pulmón que lo llevó a la muerte inmediata.

Taiki dice que no se murió por culpa de los cigarrillos, él dice que se murió de tristeza. Éramos muy jóvenes. Demasiado para sobrevivir en un mundo aún desconocido por nuestra cuenta. Con veinte años, Taiki tuvo que hacerse cargo de nosotros como si fuera nuestro propio padre. Tenía dos años en la escuela de medicina, y tuvo que encontrar un trabajo de medio tiempo en las tardes, cuando no iba a la escuela. Yo acababa de hacer mi examen y el día anterior a la muerte de mi padre había recibido la carta de aceptación. No pude decirle a mi padre que había logrado entrar a la escuela de leyes. Yaten fue el que menos comprendió todo, con 17 nada es sencillo, nada es fácil de entender y en cambio, todo es complicado. Apenas cursaba la preparatoria y su mundo ya se había destruido.

Por el trabajo de mi padre, recibimos una pensión muy alta mensualmente debido al seguro de vida y a los años de trabajo que tenía en esa empresa. Nos ayudaba bastante, pero aun así tanto Yaten como yo decidimos que debíamos trabajar también. Un año después de su muerte, decidí mudarme a su cuarto y entonces cada quien tuvo su privacidad. Taiki duraba prácticamente todo el día fuera de casa, debido a su trabajo, la escuela y prácticas. Yaten y yo pasábamos más tiempo en ella y nos veíamos más. Ese día, Yaten abrió la puerta y la dejó entrar. Traía un pastel en las manos, el pastel que nos llevaba siempre que nos veía tristes o cansados y lo colocó en la mesa.

Ahora, déjenme regresar unos cuantos años atrás. Cuando llegamos a Tokio, nuestros padres rápidamente hicieron amistad con la familia que vivía junto a nosotros. Los Tsukino. Dos señores muy amables y sinceros, con dos hijos, un pequeño niño y una jovensita odiosa y traviesa. Ella tenía diez años cuando la conocí, pero pueden confiar en que no me importaba en lo absoluto. Un día después de que llegamos al barrio, ella y su familia se presentaron en nuestra puerta para darnos la bienvenida. Ella pronto miró todo lo que había a su alrededor, pero si quieren saber cómo es que recuerdo esto, pues es porque ella me miró también a mí, y desde ese día jamás dejó de hacerlo. Apenas había llegado a nuestra casa hacía una hora y no se me quitaba de encima. Ni siquiera dejaba que Yaten y yo jugáramos porque se entrometía en nuestros juegos y hacía demasiadas preguntas. Yaten parecía divertirse con la actitud odiosa de ella pero yo me enojaba cada vez más.

Mientras cenábamos un trozo del pay que nos habían llevado los Tsukino, me miró profundamente a los ojos. Lo recuerdo perfectamente porque sigue teniendo esa mirada. Yaten tuvo la ocurrente idea de preguntarle por qué me miraba tanto y ¿saben qué fue lo que respondió? "Estoy pensando en que quiero casarme pronto, siempre he soñado con casarme con un chico como Seiya." Por supuesto que Yaten rió hasta cansarse. Yo solo la miré asustado y le pregunté que si no era demasiado joven para pensar en casarse. Fue tan extraño que hasta Taiki tuvo la delicadeza de mirarnos y reír por lo ocurrido. A partir de ese entonces, cada vez que salíamos a la calle, Serena Tsukino nos perseguía. Nos perseguía tanto que terminamos por aceptarla en nuestro grupo, especialmente Yaten, ya que parecían ser demasiado iguales.

Si les soy muy sincero, a mí me importaba un comino su presencia, pero es que era tan pegajosa como un chicle, que era prácticamente imposible alejarla de nosotros. Lo peor de todo era que no me dejaba en paz, como ya les he dicho antes, siempre me insinuaba cosas y conforme pasaban los años ese pequeño detalle se hacía cada vez más evidente. Recuerdo una vez, cuando ya tenía yo 17, que se atrevió a tomarme de la mano cuando caminábamos hacia la escuela. La solté inmediatamente y ella lo único que hizo fue golpearme y gritarme "!Cuándo me vas a querer, Seiya Kou!" Por respuesta, lo único que hice fue empujarla y continuar caminando a la prepa, dejándola en su camino a la secundaria.

Estas peleas eran muy comunes entre nosotros, ella decía que yo era su novio y que debía quererla, yo me reía y le decía que jamás sería el novio de una niñita tonta que solo pensaba en casarse. Debo aceptar que siempre fue muy buena amiga, nos acompañaba, nos hacía comida incluso, y el día que nuestro padre murió, pasó todo el tiempo a nuestro lado. Algunos meses después, cuando ya tenía quince años y estaba a punto de entrar a la preparatoria, sus padres decidieron que la enviarían a estudiar a Francia. Serena tenía quince años, estaba en la etapa en donde todo le molestaba, todo le dolía y nada le gustaba. Sus hormonas estaban más presentes que nunca y se la pasaba detrás de mí más que nunca. Todas sus amigas sabían de mí porque ella se encargaba de decirles que yo era su novio pero que no lo quería aceptar, yo, por supuesto, la ignoraba todo lo que podía, y es que simplemente a mí no me interesaba, yo tenía 19 y las mujeres que yo deseaba eran maduras, más grandes que ella y sus cosas de niña adolescente.

Recuerdo perfectamente el día anterior a su ida. Yo me encontraba fuera de mi casa con Kakyuu, una chica de mi preparatoria. Fue mi primer novia. Siempre nos habíamos gustado y yo al fin me había atrevido a declararle mi amor. Nos estábamos besando cuando de pronto sentí que una piedrita golpeaba mi cabeza. Cuando busqué con la mirada la procedencia del golpe, encontré a una Serena enojada, enojadísima y herida que nos observaba con los brazos cruzados mientras lloraba lágrimas de cocodrilo. "¿Quién es ella" me preguntó mientras la recortaba de pies a cabeza. "Es mi novia." Dije sin siquiera detenerme a pensar si eso le dolía o no, yo ya estaba cansado de los jueguitos de Serena, pues no comprendía cómo era que en su mente aun creía que yo le haría caso, como ya dije, yo necesitaba a mujeres de mi edad.

Se dio la vuelta y entró a su casa, no sin antes golpear la puerta tan fuerte que las ventanas casi se rompieron. Kakyuu se rió de lo sucedido y me preguntó si ella era la niñita que siempre estaba tras de mí. Al día siguiente salí temprano al trabajo. Era sábado y encontré a los Tsukino subiendo las cosas de Serena al auto. Yaten hablaba con ellos y salió Serena. Se despidió de Yaten y ni siquiera miró hacia donde yo me encontraba, pero estoy seguro de que sabía que yo estaba del otro lado del jardín. No me importo, la verdad, sus berrinches eran para mí algo absolutamente normal. Pasaron los años. Pasaron muchos años y dejamos de ver a Serena durante todo ese tiempo. Estudiaba, trabajaba, salía, me divertía, en fin… hacía todo lo que un joven adulto hacía.

Por un lapso de cinco años, recibí cartas desde Francia. Me enviaba una cada dos o tres meses, contándome lo que hacía, lo que aprendía o a quién conocía. Recuerdo que la primera carta que recibí decía: "No creas que ya te perdoné por tener novia, ¡te odio!, ¡te odio maldito!, pero no puedo evitar escribirte, ni podré olvidarte, yo hubiera deseado ser tu primer novia, ¡quería darte tu primer beso! Eres un demonio, Seiya Kou. Algún día me vengaré por esto. Pero bueno… no puedo odiarte por siempre, así que te platicaré cómo están las cosas por aquí." Y le respondí. No siempre le respondía, por supuesto, porque siempre me hartaba, y ella nunca dejará de provocarme eso. Le respondía algunas, a veces duraba meses sin responderle a pesar de que ella continuaba enviándome cartas. En todas me reclamaba lo mismo y yo por supuesto, lo ignoraba. Pasados esos cinco años, cuando cumplí mis 24, recibí una carta de felicitación. Como ese día estaba de humor, decidí contestarle. Hacía unos meses había empezado a salir con una chica muy hermosa, dos años menor que yo, amiga de Yaten de la universidad. Michiru Kaiou era realmente hermosa, tenía un cuerpo espléndido, su cabello verde-azulado me hacía erizar, y era además muy inteligente y tranquila. Amaba la música como yo, tocaba el piano y era muy dulce. Había al fin aceptado ser mi novia, y yo estaba feliz.

Debo confesarles que conforme fui creciendo, adopté cierta personalidad algo difícil… siempre supe que era muy guapo y que las mujeres se morían por mí, y yo siempre saqué provecho de eso… a pesar de que Michiru sabía mi reputación de mujeriego, me aceptó. Desarrollé una debilidad terrible por las mujeres. De la cual nunca he estado orgulloso. Días después recibí otra carta de Serena, diciéndome que me odiaba otra vez y que yo no podía tener novias, que ya no soportaba saber mi vida. Después de eso, dejé de saber de ella los siguientes tres años.

Para ese entonces, tanto mis hermanos y yo ya éramos profesionales, con un título en la mano. Taiki era uno de los doctores más famosos y excelentes en todo Japón. Se había casado con Amy Mizuno, una antigua amiga de Serena, la recuerdo porque se la pasaban pegadas a mí, ella también era médico y a pesar de las diferencias de edades, se amaban. Yaten era un playboy que no se decidía por ninguna, pero que siempre terminaba con Minako Aino, a pesar de que nunca se declaraban novios, todos sabíamos que tarde o temprano se casarían también. Mina era otra de las tontas chicas que se la pasaban pegadas a Serena, mientras que yo… yo y Michiru continuábamos con nuestra relación. Ya teníamos tres años juntos.

Vendimos la casa de nuestros padres ya que Taiki y Amy vivían en una más grande y moderna, mientras que Yaten vivía en un departamento de soltero, al igual que yo. Taiki decía que era tiempo de casarme, pero yo aún no estaba dispuesto a dejar mi soltería y mi diversión, porque a pesar de que estaba con Michiru, yo seguía yendo a divertirme y a conocer mujeres. Estoy seguro de que ella sabía perfectamente lo que hacía a sus espaldas, pero nunca dijo nada, nunca me dejó. Yo siempre la quise mucho, me gustaba demasiado, eso sí, pero nunca llegué a llenar ese agujero que había en mí aun con su presencia en mi vida. Siempre estuve seguro de querer estar con ella, pero me hacía falta pasión, me hacía falta más amor. Amor del que te dan ganas de llorar, del que te hace temblar de miedo, de coraje.

No quiero presumir pero siempre fui uno de los mejores abogados en Japón. Mi sueño era tener mi propio despacho y para eso aun necesitaba mucho dinero. Ganaba mucho, eso sí, pero lo que yo necesitaba era comprar un hermoso edificio colonial, muy viejo que se encontraba en el centro de Tokio. Muy, muy caro, pero yo lo quería porque tenía historia y porque había sido el favorito de mi madre. Si lograba tenerlo, yo sembraría el siguiente gran emporio de abogados jamás antes visto. Para poder juntar el dinero más rápido, pedí trabajo en una de las empresas más importantes de Tokio, la abastecedora de alimentos Craft, que al parecer estaba en un conflicto legal. Si lograba ganar el caso, me pagarían millones, millones que podría usar para realizar mis sueños.

Ese día me arreglé bien, me coloqué mi mejor traje y me puse mi mejor loción. Me tenían en una sala de juntas esperando a que llegara el nuevo presidente de la compañía. Las puertas se abrieron por dos hombres que las custodiaban. Entró primero un hombre, después otros dos y finalmente…

Me puse de pie para recibirlo pero realmente no pude hacer nada en ese momento. Mi cuerpo se paralizó, creo que hasta dejé de respirar, no lo recuerdo bien. Pero lo que sí recuerdo es la mirada que me regaló al verme ahí de pie después de no habernos visto por ocho años. Serena Tsukino abrió los ojos como platos mientras me miraba de pies a cabeza, tratando de asimilar lo que veía. Pero ella era una excelente actriz, una arpía y una mentirosa. No dije nada, no me moví. El señor a su derecha nos presentó.

-Él es el señor Seiya Kou, señorita Tsukino, uno de los candidatos para llevar nuestro caso.

Serena sonrió de esa manera que yo siempre odié, esa sonrisa que hacía cuando se burlaba de mí y cuando obtenía lo que quería. No dijo nada, solo tomó mi mano y la estrechó en silencio hasta que decidió responder.

-Mucho gusto, señor Kou.

-Los dejaremos para que hablen mejor.-dijo Lucius, la mano derecha de Serena.

Todos salieron de la sala de juntas y nos dejaron solos. Ninguno de los dos hablamos por largos minutos que me parecieron eternos. Observé a Serena, la miré de pies a cabeza y me di cuenta de que en todos esos años había cambiado. Ella había cambiado, su espíritu cambió, su forma de ser, su actitud, su cuerpo… siempre admití que era bonita, pero al verla en ese momento, con ese vestido ajustado a su curvilíneo cuerpo, no pude pensar en alguna mujer que fuera más hermosa que ella, ni siquiera recordaba un rostro tan fino y exquisito, con facciones tan perfectas. Ni tampoco recordaba ojos tan grandes y cristalinos como aquellas perlas azules. Después de tantos años, por primera vez en trece años de conocerla, Serena Tsukino me había dejado sin aliento.

-Vaya suerte la mía.-dijo Serena abriendo las cortinas de la enorme ventana.-Mira que encontrarte a ti en mi sala de juntas.

Serena se cruzó de brazos y esperó mi respuesta.

-Más que suerte, yo lo consideraría sorpresa, Serena, jamás creí encontrar que tú fueras la nueva presidenta de Craft. ¿No eres muy joven para eso?

Serena se servía un vaso de whiskey mientras reía.

-Seiya, Seiya, mi querido Seiya, ¿cuándo vas a dejar de pensar que soy una pequeña niña?-dio un trago.-Ya tengo 22 años, grábate en la cabeza que ya soy mayor de edad, que ya soy una mujer independiente que ha estudiado mucho, que ha pasado ocho años en Francia dedicándose solo a este propósito. Mi tío me dejó esta empresa, sí, porque no tuvo hijos y porque ya estaba cansado, ya no puede más.

Se acercó a mí lentamente, sin quitarme la vista de encima.

-Quisiera decirte que no has cambiado nada, Seiya, pero has cambiado mucho… mucho.-de pronto rodeó mi cuello con sus delgados brazos y la tenía ahí, frente a mí.

Siempre fue más baja que yo, pero vestía tacones y eso la hacía un poco más grande, aunque yo seguía sobrepasando su altura. Me miró directo a los ojos y sonrió maliciosamente.

-Eres mucho más guapo que antes. Te ves mucho más… maduro. Mucho más hombre. Hueles mejor que antes, tus ojos brillan. Tus músculos son más grandes y poderosos.

Mientras hablaba podía sentir su aliento golpearme el rostro. Se calló un momento tan solo para plantarme tremendo beso en la boca. La quité tan pronto como pude y me alejé de ella.

Serena rió divertida y se cruzó de brazos.

-No sabes todo el tiempo que esperé para hacer eso, Seiya. Pero sigues rechazándome, sigues pensando que soy una niña y que no merezco tu cariño. Pero yo te voy a demostrar que sí, que soy mejor que cualquiera de tus novias. La verdad me sorprendió mucho verte aquí, Seiya, mi querido Seiya. Dejé de verte hace ocho años, y hace tres dejamos de hablar… me harté de tu estúpida actitud. Cuando te vi ahí de pie hace algunos minutos, quise lanzarme sobre ti porque tenía ocho años sin sentirme tan feliz como ahora. Pero no puedo ser débil frente a mis empleados, Seiya, y menos ante ti. Te voy a demostrar que soy mejor, que puedo, que soy igual de capaz que tú.

-No entiendo una palabra de la que dices, Serena.

-¡Hay! Tengo que pensar si te voy a dar trabajo, Seiya, porque no sé si podré perdonarte que me hayas rechazado toda la vida, y que lo sigas haciendo. Mi única debilidad eres tú, solo tú y ahora que te tengo frente a mí otra vez, sé que tengo el poder.

-Serena, no porque seas la presidenta de una empresa te da el poder, tienes que ganártelo, sacrificarte por esto. Vine a que me hables del tema, a que me digas cuál es el problema.

-¿No te emociona verme?

-Por supuesto que me emociona verte, Serena, tengo ocho años sin verte, seguro que Yaten estará muy feliz, pero no entiendo qué quieres que haga. Lo que me asusta es tu comportamiento, jamás te habías comportado así, en verdad. Si tienes problemas puedes decirme.

-¡No! Mira, la verdad es que en estos momentos estoy en shock, Seiya, no esperaba verte aquí, esto fue una casualidad, será mejor que te vayas, no podremos hablar porque no me da la gana, necesito pensar, necesito pensar si te daré el trabajo.

-¿Hablas enserio?

-Te tengo en mis manos, Seiya.

-Serena, estás loca.

Serena se me acercó de nuevo y se pegó a mi cuerpo como una gatita indefensa mientras me acariciaba el cabello. Esta vez no sé qué me pasó, pero instintivamente tomé su cintura con mis manos y esperé a que actuara ella.

-¿Todavía tienes novia, Seiya?

-Sí.-respondí sin miedo.

Me dio una tremenda cachetada y se alejó de mí.

-Vete ahora. Yo me comunico contigo después.

-Pero…

-No me hagas lanzarme a tus brazos otra vez, Seiya Kou, sal de aquí.

Llegué a mi departamento sumamente enojado. No podía creer el embrollo que tenía en frente. De entre todas las personas, Serena Tsukino tenía que ser la presidenta del lugar que me daría un buen trabajo para juntar dinero. Había cambiado mucho, aunque seguía siendo la misma niñita de siempre, pero ahora tenía el cuerpo de una mujer… de una muy hermosa mujer. Pero seguía teniendo el poder de hacerme enojar mucho, y no podía creer que ahora estaba en sus manos y que ella planeaba jugar conmigo. Si pensaba que vengarse por nuestros problemas de adolescentes era la solución, yo no caería en sus juegos. Antes prefería rechazar el trabajo que estar a su merced. Michiru me llamó al celular varias veces esa tarde, pero yo no me sentía con ganas de responderle. No tenía ganas porque durante el resto del día, no logré apartar a esa boba y tonta niña de mi cabeza. ¿Por qué seguía pensando que era una niña? Ciertamente eso ya no era así, por un lado sentía que la detestaba por tener tanto poder y por querer usarlo en mi contra, por otro… por otro lado no dejaba de pensar en que era demasiado hermosa, en que se había convertido en toda una hembra a la que no podría ignorar tan fácilmente debido a mi maldita debilidad por las mujeres. Tendría que esperar y ser paciente, por esta vez ella me tenía en sus manos, pero no por mucho, eso esperaba yo…