Disclaimer: Los personajes de la saga Crepúsculo son de autoría de la fabulosa Stephenie Meyer quien nos regaló un excelente mundo de fantasía. Yo solo me acredito esta historia. Se prohíbe la reproducción parcial o total de la misma.


Prólogo

New York, Marzo 8 de 2006

– ¡Maldito Edward Cullen! – grité frustrada esa mañana después de haber escuchado de la voz de mi asistente al teléfono la mala noticia. Comencé a golpear el volante con rabia intentando desquitarme con aquella inocente parte de mi coche –. ¡Irina, yo sabía que él saldría con algo como esto! ¡Es un imbécil! – mis golpes se volvieron cada vez más fuertes debido a mi ataque de histeria. Uno de ellos alcanzó el salpicadero del auto, provocando así que mi recientemente adquirido café con leche de Starbucks se regara por completo sobre mí y me estropeara toda la blusa. Grité por la sensación de ardor provocada por la caliente bebida y molesta aparté el vaso – ¡Argh, Cullen…! ¡Te odio, maldita sea!

Marcus me pidió que te dijera que te espera en su despacho para hablar – dijo Irina, yo bufé en respuesta. ¡Genial, no tendría cita con Edward, mi ropa estaba arruinada y mi jefe me esperaba "para hablar"! ¡Marcus nunca habla! ¡Ese hombre lo único que sabe es gritar!

– Estaré en una hora en la oficina, tengo que pasar por mi apartamento y…– la voz temblorosa de Irina me interrumpió.

Dijo que te quiere ver ahora, Bella – rodeé mis ojos ante las palabras de Irina. ¿Por qué le tenía miedo a Marcus? ¡Era su sobrina!

– Voy a tratar de llegar lo más rápido que pueda, pero recuerda que hoy es día de St. Patrick y esta ciudad colapsa en caos.

Lo sé, todos están en las calles para los desfiles. Todos menos nosotros – susurró ella con un tono de tristeza en su voz. Yo asentí despacio y traté de animarla dándole una pequeña esperanza.

– Mira, hagamos algo. Intenta calmar a la fiera y yo a cambio te cubriré las espaldas. Podrás salir con tu novio y tener el resto del día libre – un extraño chillido se escuchó del otro lado de la línea.

Bella, si yo fuese lesbiana te hubiese propuesto matrimonio hace mucho. ¡Te amo! – gritó emocionada Irina, yo sólo sonreí y pocos segundos después encendí nuevamente la marcha de mi auto.

– No pierdas el tiempo declarando tu amor por mí, sé cuánto me amas, lo puedo ver en tus ojos – le dije en tono de burla, ella soltó una carcajada en respuesta –. Ve y trata de calmar a tu tío. Te veré en un rato más – fue lo último que dije antes de cerrar la llamada y empezar a conducir por la caótica ciudad que nunca duerme.

Treinta minutos después, una multa por exceso de velocidad, y el coqueteo descarado del guardia del edificio al ver que mi blusa blanca parecía haber salido de un concurso de camisetas mojadas, allí estaba yo, subiendo al quinto piso del edificio donde funcionaba el despacho de abogados en el cual venía trabajando desde hace tres años. A la primera persona que vi, fue lógicamente a Irina, quien con una sonrisa de disculpa me entregó unos cuantos documentos que ni siquiera me digné a revisar ya que sabía de antemano cuál sería su contenido por lo que se los devolví de inmediato.

– Tú te fuiste ya que estabas enferma, tenías malestar estomacal por haber comido sushi en mal estado, ¿estamos de acuerdo? – le susurré mientras caminaba con rapidez al despacho de Marcus. Ella asintió de manera autómata y sonrió – Disfruta el día, cerca de la quinta avenida hay un festival que parece estar medianamente divertido. Si te vas a ir a beber, hazlo por el Alto Manhattan, está algo lejos de acá y es difícil que alguien pueda pillarte y decirle a tu tío que no estabas enferma.

– Gracias, Bella – susurró ella agradecida por mi gentil gesto. Le sonreí en respuesta mientras nos deteníamos frente a la oficina de su tío –. ¿Qué le pasó a tu…? – se interrumpió.

– No querrás saberlo, Irina – respondí un poco molesta al recordar el incidente que casi me provoca quemaduras de segundo grado.

– Suerte con él. Te veré mañana – dijo antes de alejarse hasta su escritorio, tomar su cartera e irse.

– ¿Suerte? Eso jamás me ha acompañado, Irina – susurré para mí antes de tomar una bocanada de aire para llenarme de valor. Abrí la puerta con la mayor rapidez que pude y rogué internarme porque mis ovarios me dieran la fuerza necesaria para enfrentar a la bestia. ¡Hey, no me mal interpreten! Marcus no era una mala persona, o eso es lo que todos nos obligamos a pensar en este despacho.

– Isabella – masculló irritado en cuanto me vio. Su ceño se frunció de inmediato al ver mi estropeada blusa pero no hizo comentario alguno sobre aquello. Su mirada retornó a mi rostro –. Es la cuarta vez en este mes que Edward Cullen cancela la cita con nosotros. ¿A qué crees que se debe esto? – hice una mueca y de inmediato me encogí de hombros –. Siempre hay una excusa distinta, Isabella. Primero fue porque se murió su mascota que era más longeva que Matusalén, segundo porque dijo haber contraído la gripe AH1N1, tercero porque su prima Elizabeth estaba en el hospital dando a luz. ¿Y ahora? ¿Cuál fue su excusa esta vez? – preguntó un tanto histérico.

– Está celebrando el día de St. Patrick – respondí casi en un susurro.

– ¡Isabella, eso no es una excusa válida! ¡Esa no es ni siquiera una fiesta patria, unos malditos escoceses la trajeron y ahora todo el puto país parece comida de burros vistiendo de verde! – gritó mientras golpeaba el escritorio con fuerza –. Nuestros clientes no estarán muy contentos al saber que Edward no ha logrado reunirse contigo. Ellos necesitan respuestas y nosotros todavía no se las podemos dar. ¡Tú aún no se las puedes dar! – volvió a gritar, esta vez poniéndose de pie.

– Lo sé, Marcus, estoy haciendo todo lo posible pero él no colabora conmigo. Tienes que entender que es un imbécil presumido que hace siempre lo que se le da la gana. Hago lo que está en mis manos para tener esa reunión con él pero Edward Cullen parece simplemente importarle una mierda – respondí con un leve tono de irritación en mi voz.

– El tiempo corre en contra nuestra Isabella. Necesito esa reunión con Cullen en menos de una semana. Tienes hasta mañana para conseguirme una nueva cita con ese tipo o de lo contrario estás fuera del caso.

– ¡NO! – grité mientras me ponía de pie y retrocedía un par de pasos –. No puedes sacarme de esto, Marcus.

– Tienes hasta mañana para lograr una cita, Isabella. Ya no podemos alargar esto por más tiempo. Si no la conseguiste tú, estoy seguro que Garrett lo hará – al escuchar aquel nombre de inmediato mis puños se crisparon y mis nervios se alteraron por completo.

– La vas a tener para mañana, eso lo puedes firmar con sangre – mascullé mientras lo miraba fijamente. Él simplemente asintió y regresó a su silla, donde se dedicó a revisar unos documentos que estaban sobre su escritorio.

Salí de su despacho con los nervios de punta, el coraje elevado, y mi cerebro a punto de estallar. Entré a mi oficina y con un fuerte portazo me aseguré que nadie fuese a molestarme ese día. Encendí mi computador y en cuanto la pantalla se aclaró, la alerta de un nuevo correo electrónico apareció.

De: Edward A. Cullen.

Para: Isabella Swan.

Asunto: ¿Cuál es tu color favorito?

Isabella, mi querida y acosadora abogada. Tengo una pregunta para ti. ¿Cuál es tu color favorito? Abre el archivo adjunto y sabrás cual es el mío.

Feliz día de St. Patrick.

Edward Cullen

Abrí enseguida el archivo adjunto a su mail, y jadeé asustada en cuanto una foto se desplegó en mi pantalla. La foto era de él posando con dos esculturales rubias, una a cada lado suyo. Aunque la imagen se veía algo oscura, por haber sido tomada a lo mejor en un antro, la imagen de Edward resaltó de inmediato para mí. Se lo veía hermoso, estaba vestido con una camisa verde y corbata de rayas negras y verdes y en su cabeza llevaba un estúpido gorro verde con el diseño de un trébol en él.

Por un largo rato me detuve a analizar la foto. Si bien el color verde de su atuendo y el de las mujeres que lo acompañaban era predominante en la fotografía, el color de su mirada era lo que más resaltaba de la imagen. Ese color verde, alegre y espontáneo, era exactamente el mismo que mi mente había dejado grabada y que iluminó mi vida desde la primera vez que nos vimos, hace ya… doscientos treinta y un años.

– Si tan solo pudieras recordarme, Edward. Si tan solo pudieras – susurré con un aire de tristeza mientras alejaba mi mirada del computador y veía a través de la ventana los carros alegóricos, los globos y la algarabía de la gente en las calles.

¿Cómo era posible que él no me recordara? Ya lo había hecho antes, nosotros ya habíamos pasado por esto. ¿Cómo podía entonces no saber quién era yo?

Dos siglos y medio habían pasado ya desde ese día de marzo en que nuestras vidas se enlazaron de una manera algo singular. Tantos años han pasado ya desde que la muerte, los engaños, y una extraña maldición se empeñaban una y otra vez en hacernos infelices. Pero yo la había roto, estaba segura de que hice que la maldición se rompiese la última vez. ¿Por qué entonces ahora no podíamos ser simplemente felices?

A lo mejor nuestra historia, y nuestra felicidad… estaban más allá del destino.


Chan chan… ¡chan!

¡Nueva historia mis pequeñas lectoras! Aquí estoy en mi tercera aventura… ¿Doscientos años? ¿Una maldición? ¿Qué se esconde detrás de este prologo? Lo sabremos pronto, cuando esta pequeña servidora de letras regrese de vacaciones y suba el capítulo uno de esta historia. Gracias infinitas a todas las que se embarcan conmigo en esta historia. Nos leeremos pronto.

Hasta eso… Nos leemos en los reviews…