Disclaimer: Los personajes de la saga Crepúsculo son de autoría de la fabulosa Stephenie Meyer quien nos regaló un excelente mundo de fantasía. Yo solo me acredito esta historia. Se prohíbe la reproducción parcial o total de la misma.


Capítulo 5: Revolución

"Seré una revolución, la voz entre las mentiras. Para eso he sido liberado, para vivir otra vez"

De la canción Revolution de Trading Yesterday

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San Francisco, Febrero 20, 1846. 3:50 p.m.

– ¡No puedo creer lo que estoy viendo! – la voz de mi madre me sobresaltó en cuanto la escuché. El señor Valdemar, personaje principal del libro que estaba leyendo en ese momento, estaba por caer en un profundo trance a causa del mesmerismo y el repentino grito de mi madre provocó que mi burbuja de misterio se reventara súbitamente.

– ¿Qué es lo que no puedes creer, madre? – le pregunté mientras cerraba mi libro y alzaba mi cabeza para mirar a mi madre. Ella, tan impecablemente vestida como siempre, estaba parada cerca de la puerta de mi habitación mientras con su pie golpeteaba el suelo.

– Isabella, Royce llegará en diez minutos para la hora del té y tú sigues sentada en tu cama leyendo ese dichoso libro – mi madre señaló con desdén el libro sobre mi regazo "La verdad sobre el caso del señor Valdemar" – Tu padre cometió un enorme error al…– rodé los ojos ante el inicio de su comentario y alcé la mano para detenerla.

– Ni siquiera empieces con eso, madre. Mi padre y yo compartíamos un amor muy especial por los libros, pero creo que eso es algo tú jamás lograrás entender y mucho menos ahora que él no está. Así que, deberías dejar de quejarte todo el tiempo sobre lo mismo – le dije en tono ácido mientras la miraba fijamente.

Es que desde la muerte de mi padre, lo único que hacía mi madre todo el día, todos los días, era quejarse. Unas veces se desquitaba con Leah, la criada; otras veces con el resto de la servidumbre de la casa, y otras tantas veces era conmigo. Como si todas nosotras hubiésemos tenido algo que ver con lo que ocurrió dos meses atrás.

– ¡Isabella! ¡Esa no es forma de hablarle a tu madre! – bufó realmente molesta en respuesta a mi altanero comentario que sin duda no le agradó en absoluto. Así que, para inflamar su ira, volví a mi libro de Edgar Allan Poe, el último que me regalara mi padre antes de partir a Texas.

– No voy a recibir a Royce, madre. No quiero hacerlo, porque no fui yo quien lo invitó al té – hablé sin alzar la mirada. Sentí sus pasos acercarse a mí y en un súbito movimiento la vi arrancarme de las manos el libro.

– Aquí no se trata lo que tú quieres, Isabella. Aquí se trata de lo que ambas necesitamos – me dijo con un tono de furia bastante marcado en su voz mientras ponía mi libro sobre la mesita de noche – Y lo que ambas necesitamos ahora es que tú te cases para que podamos recuperar el control del banco que ahora está en manos de Billy Black. Así que, como se trata de que ambas salgamos ganando en esto, tú vas a cambiarte de ropa ahora mismo y vas a recibir a Royce, así quieras o no.

Rodé los ojos nuevamente ante su conocido discurso de varios días atrás y enseguida extendí el brazo para tomar de nuevo mi libro, pero su mano me detuvo.

– Y ni siquiera te atrevas a tomarlo de nuevo, Isabella, o tu libro terminará en la chimenea hecho cenizas – ante su amenaza me puse de pie y la miré fijamente por unos segundos.

– Dices que esto nos beneficiará a ambas pero hay algo que no me queda claro, madre. ¿En qué parte salgo beneficiada yo? ¿En qué momento se supone que será bueno para "mí" si eres "tú" quien me estás obligando a casarme con un desconocido? – ella sonrió como si mi cuestionamiento le pareciese gracioso. Enseguida negó con la cabeza y tomó mi mano.

– Isabella, todo lo que has conocido durante tu vida se llama riqueza y lujo. Apenas tenías diez años cuando tu padre adquirió el banco y desde ese entonces toda tu vida ha sido esto – me dijo señalando a su alrededor – Si tú no te casas pronto, esa riqueza que tú conoces no existirá más. Billy Black está aprovechándose de la ausencia de tu padre para dejarnos sin nada.

– Eso es algo que pudo evitarse cuando mi padre falleció, madre – le recordé ante su aparente falta de memoria – Como su heredera yo debí haber asumido el puesto de mi padre, pero tú no lo permitiste, tú…– ella soltó mi mano molesta y retrocedió un par de pasos.

– Tú no sabes nada, Isabella. Es cierto que sabes leer y escribir, pero eso no significa que puedas ejercer el papel de tu padre en el banco. ¡Eres una mujer, Isabella! ¡Las mujeres no saben de cuentas ni números!

– No lo sabrás tú, madre. Pero mi padre me enseñó muy bien como llevar cuentas – respondí molesta al tiempo que me alejaba de su presencia con dirección a la puerta de la habitación. Ella alcanzó a tomarme del brazo con fuerza y me obligó a mirarla.

– No te atrevas a salir de esta habitación, a no ser para recibir a Royce. Tienes un compromiso con él y no pretendo quedar en ridículo por tu repentina rebeldía. Estoy segura que tu mano estará prometida en pocos días y tu matrimonio con él será un hecho, Isabella. Así que, Leah va a venir a ayudarte a ajustar tu corsé y a ponerte un nuevo vestido, porque te guste o no, tu futuro marido estará aquí en pocos minutos y tú lo recibirás con una sonrisa. ¿Me entendiste? – negué con una sonrisa irónica mientras me soltaba del agarre de mi madre y la veía con detenimiento.

– Royce es mi segundo futuro marido en las últimas cinco semanas, madre. Si existiese un tercer pretendiente estoy segura que pensaría en mí como una prostituta – de inmediato sentí un fuerte impacto en mi mejilla. Mi madre me había dado una violenta cacheteada como respuesta a mi comentario soez.

– Eso te enseñará a dejar de ser tan insolente con tu madre – masculló con furia mientras un par de lágrimas rodaron por mi mejilla. Ella se acercó a la puerta sin importarle absolutamente nada de lo que había hecho y comenzó a gritar en dirección al pasillo – ¡Leah! ¡Leah! – los pasos de mi nana y ama de llaves a la vez se escucharon raudos y enseguida respondió al llamado de mi madre.

– Señora Marie, señorita Isabella – saludó con su tradicional reverencia.

– Leah, necesito que ayudes a Isabella con su vestimenta. Yo saldré a atender su visita y espero que ella esté lista y sonriente en el recibidor en diez minutos – sin decir más mi madre salió de la habitación dejándome con Leah en el interior.

Con mi mano sobre la mejilla, y mis ojos llenos de lágrimas, caí vencida sobre la cama. Entre sollozos tomé el último daguerrotipo de mi padre, que celosa guardaba debajo de mi almohada y lo abracé con todas las fuerzas que pude.

– ¿Por qué tuviste que irte, padre? ¿Por qué me dejaste sola? Yo te necesito – susurré entre hipidos. Leah, quien me miraba de lejos, soltó un pequeño sollozo. Ella llevaba trabajando en casa casi veinte años y la repentina partida de mi padre le afectó al igual que a mí.

– Señorita Isabella, sea usted fuerte. Su padre no le hubiese gustado verla vencida, él siempre decía que su mejor característica era su valentía, eso y su sonrisa – me dijo con tristeza desde su posición.

– ¿Y cómo puedo volver a sonreír, Leah? ¿Cómo puedo seguir teniendo valentía si me están obligando a hacer algo que no quiero? – respondí mientras trataba de limpiar mis lágrimas. Leah se acercó a mí y con ternura acarició mi cabello.

– El casamiento podrá ser la opción más obvia, señorita Isabella, pero estoy segura que no es la única – me dijo Leah casi en un susurro – Usted es una joven muy tenaz, sé que encontrará otra solución y estoy convencida que cuando lo haga, persuadirá a la señora Marie de que casarse con el joven King no es el único camino – miré fijamente a sus profundos ojos negros y ella me sonrió despacio – Ahora, solo le toca afrontar la batalla que tiene frente a usted, pero la guerra, esa guerra la tendrá a usted de ganadora.

Sus manos despacio limpiaron mis mejillas y sus labios me regalaron otra sonrisa. Asentí ante sus palabras y en silencio me volteé para que ella pudiese hacer su trabajo. Mientras me despojaba de mis vestidos, empecé a recordar cómo había llegado a ese punto en primer lugar, y sin duda lo primero que vino a mi mente fue él.

Mi padre había nacido en San Francisco, allí creció junto a mis abuelos quienes le dieron una modesta educación. No es que viviesen en abundancia pero sus haciendas y viñedos del norte de California les permitían tener una vida holgada. Se casó con mamá apenas tres meses después de conocerla y un año después de eso llegué yo, el 13 de septiembre de 1826. Pero no fue hasta el año 1830 que toda su vida realmente cambió. Ese año mi padre fue nombrado tesorero principal de Second Bank of America, el único banco de la ciudad de San Francisco.

Apenas seis años después de eso, el presidente Andrew Jackson decretó que la carta de Second Bank ya no tendría validez legal por lo que el banco dejaría de estar en poder del gobierno y pasaría a manos privadas. Mi padre y uno de sus compañeros, con un pequeño capital y el apoyo del mismo presidente Jackson, logró comprar una parte de las acciones del banco y junto a Billy Black quedaron como los únicos dueños.

Con el paso de los años, mi padre fue incrementando sus acciones así como su fortuna, restándole de a poco poder e importancia a su socio en el negocio. Logró adquirir propiedades dentro del estado así como en Texas y otros estados cercanos. Según mi madre, nosotros seríamos los nuevos ricos y aspiraba a ser, en unos cuantos años, más poderosos que los Rothschild. Bueno, eso hasta que llegase el 3 de enero de este año.

Mi padre fue alertado de nuevos desmanes cerca de su propiedad en Texas. El estado había sido recientemente anexado a la Unión y el conflicto con el país vecino parecía no tener fin. El presidente Folk había intentado comprar más territorio mexicano y el presidente Paredes rechazó la oferta como se esperaba. La tregua se veía cada vez más lejos así que, con el propósito de calmar los ánimos mi padre se trasladó hasta Texas, viaje del cual no volvió.

Nos dijeron que en una revuelta su caballo había resbalado por una ladera y aquello lo había matado al instante. Supimos de su muerte cuatro días después, cuando su cuerpo fue regresado a casa.

Desde ese día, nada volvió a ser igual en casa. Después de volver del sepelio de mi padre, al entrar a la sala, todo parecía demasiado frío, demasiado vacío. Me eché a llorar como no lo había hecho desde que supimos lo ocurrido. Mi nana se acercó a consolarme y yo en sollozos le pedí que me llevara a la biblioteca de mi padre, de donde no salí en cinco días. Mi madre llevaba su dolor a su manera, a veces entraba a la biblioteca y lloraba a mi lado, otras cuantas se deprimía y deambulaba por los pasillos de la casa, y otras tantas solo se sentaba en el porche, como esperando a aquel que no volvería jamás.

La situación en el banco tampoco volvió a ser la misma. Billy Black, ante la ausencia de mi padre, tomó posesión del banco aunque por ley aquella tarea me correspondía a mí. Tanto él como mi madre alegaban que era imposible que una mujer pudiese llevar cuentas, pero apenas tres semanas después descubrimos que un hombre tampoco es capaz de hacerlo. A casa empezaron a llegar quejas de los clientes que molestos protestaban por el mal servicio del banco y a pesar de que el personal hacía su mejor trabajo, la pésima dirección de Billy estaba trayendo problemas.

Es allí donde mi futuro casamiento y una "brillante" idea entran en juego. Mi madre estaba convencida que casándome con un hombre de sociedad y medianamente inteligente, nuestra vida se arreglaría. Mi marido podría tomar control de mis asuntos y el banco regresaría a nuestras manos. Para ella, aquella era la única solución, para mí… era todo el problema.

– Está vestida la joven, hermosa y lista para su batalla – me dijo Leah terminando de acomodar mi vestido. Me miré al espejo y efectivamente me vi completamente vestida, negué despacio cuando me di cuenta que me perdí en mis recuerdos por varios minutos – Su madre debe estar esperándola, escuché la voz de un joven hace unos minutos.

– Sí, supongo que Royce ya llegó. ¿Puedes decirle a mi madre que saldré en un momento? – ella asintió y haciendo su reverencia salió de mi habitación.

Permanecí de pie frente al espejo por varios minutos, tan solo mirando mi reflejo de fantasía mientras que en el interior una cruel realidad me atormentaba sin cesar. ¿Eso era todo lo que quedaba para mí? ¿Casarme sin amor a los 20 años para tratar de salvar una fortuna? ¿Por qué no podía yo vivir aquellas historias de amor que leía una y otra vez en mis libros?

Cerré los ojos por un momento, pero en cuanto lo hice, la imagen de un par de intensos ojos verdes apareció en mi cabeza. Abrí los ojos rápidamente, asustada por lo que acababa de ver. Mi corazón comenzó a latir con fuerza y temblorosa llevé mis manos a mi boca. ¿Qué había sido eso?

– Señorita, su madre envía a decir que aún está esperando en el recibidor – escuché decir a Leah desde la puerta de mi habitación. Yo asentí varias veces, aún nerviosa por el extraño suceso y caminé en dirección al pasillo.

Con una sonrisa fingida, un elegante abanico en la mano y aquel porte aristócrata que mi madre me había enseñado de niña, salí al recibidor al encuentro de Royce King, el segundo futuro marido del mes. La mesa del té estaba puesta y siguiendo el debido protocolo empezamos la velada. Mi madre intentó entablar una amena conversación entre los tres, pero mi poco interés en la misma hacía de su tarea algo imposible.

– Como le decía, estimado Royce. Isabella es una joven muy culta, he inculcado en ella el amor a la lectura y el arte – rodé los ojos ante su irónico y falso comentario. Ella solo me miró y sonrió.

– Eso es interesante, aunque no muy importante señora Swan – respondió Royce antes de dar un sorbo a su té – La mujer debe aprender cosas más útiles tanto como para ella, como para su marido. Cocinar, lavar, cocer, darle descendencia a su esposo y cuidar de ellos. Eso es lo que vale la pena en una mujer – vi a mi madre asentir con agrado ante las palabras de Royce por lo que, usando lo que Leah denominó eran mis dos mejores armas, la valentía y la sonrisa; dejé la servilleta sobre la mesita y con semblante alegre me puse de pie.

– Entonces usted ha llegado al lugar correcto, señor King – mi madre sonrió emocionada al escucharme y Royce la imitó – A su lado tiene a una mujer con todas esas cualidades, y aunque sabe todo aquello que usted acaba de decir, en la tarea de cuidar a sus hijos no le va tan bien. Pero aun así, creo que mi madre y usted harán una buena pareja. Ella está deseosa de celebrar un matrimonio pronto, así que no molesto más y los dejo solos. Que tenga usted una buena tarde.

La sonrisa desapareció del rostro de Royce mientras el rostro de mi madre se transformaba rápidamente de uno sonriente a uno de auténtica ira. Me alejé de la mesa con paso firme y rápido hasta llegar al pasillo donde eché a correr a mi habitación. Alcancé a ver a Leah sonreírme desde la sala y yo también le sonreí en respuesta. Eché el cerrojo en cuanto entré a la habitación y me eché en la cama con una enorme sonrisa.

– No pretendo darme por vencida tan rápido, padre – le dije dándole un beso a su imagen y tomando mi libro nuevamente. Estaba a punto de perderme nuevamente en la interesante hipnosis del señor Valdemar, cuando los gritos de mi madre se escucharon desde el pasillo.

– ¡Eres una insolente, Isabella Swan! ¡Abre esta puerta o te vas a arrepentir! – me gritaba desesperada mientras golpeaba con sus puños la puerta.

– ¿Y qué piensas hacer? ¿Obligarme a casar? ¡Oh no, lo olvide! ¡Eso ya lo estás haciendo! – respondí ante su amenaza con una sonrisa. Mi padre siempre decía que yo era un alma libre, pero desde su muerte descubrí que no solo era libre, sino ahora también rebelde. Rebelde sobre todo a una realidad que no quería aceptar.

– ¡Isabella! ¡Abre la puerta en este mismo instante! ¡Royce acaba de irse a causa de tu descaro! ¡Ábreme, Isabella! – sus gritos eran cada vez más fuertes y la rabia en ellos era evidente.

– No voy a abrir, madre. No pretendo seguir tu juego de conseguir un marido para mí únicamente con el ánimo de salvar una fortuna. Una fortuna que no se hubiese puesto en riesgo en primer lugar si no fuese por ti – le respondí casi sin inmutarme mientras trataba de concentrarme en mi libro.

– ¡Estás completamente loca si crees que eres capaz de llevar cuentas y manejar dinero! Las mujeres no nacieron para eso, Isabella. ¡Entiéndelo de una vez! – rodé los ojos ante su respuesta.

– ¿Y para qué nacieron las mujeres, madre? ¿Para tomar el té, mover un abanico e ir a misa? ¿Para eso naciste tú? – escuché nuevos gritos del otro lado de la puerta por lo que decidí terminar la discusión – No voy a abrir la puerta y sobre todo no me voy a casar con Royce. Espero que con lo sucedido esta tarde aquello haya quedado claro.

– Lo que quedó claro esta tarde, Isabella Swan, es que yo no pretendo quedarme en la calle por tu insolencia. Puedes rebelarte todo lo que quieras, pero tu desfachatez tendrá un límite. Tú no sabes lo que soy capaz de hacer – su voz era una mezcla de gritos, rabia y sollozos. De a poco se fue apagando, desvaneciéndose en el pasillo hasta que ya no se escuchó más.

Dejé a un lado mi libro, incapaz de volver a concentrarme y miré fijamente la ventana por un largo rato. Me fijé en cada pequeño detalle del rosal que afuera se encontraba. Cerré por un momento los ojos para disfrutar del aroma con el que solían perfumar mi habitación cuando el crepúsculo estaba cerca, y sonreí cuando en mi mente el potente color de las flores apareció. Eran rojas, como las manchas de sangre que surgieron súbitamente de la camisa de un hombre que a mi lado rápidamente moría.

– ¿Qué es eso? – pregunté asustada ante la imagen que rápidamente se desvaneció de mi cabeza. Volví a cerrar los ojos para intentar visualizar la imagen del hombre nuevamente pero fue inútil.

Una vez caída la noche, Leah pidió autorización para entrar a mi habitación y llevarme algo de comer. Yo accedí a su petición, disfruté de una deliciosa sopa y una exquisita galleta de postre. En cuanto la cena se terminó, Leah me preparó un baño y me ayudó a vestir para dormir. Después de desearme un buen descanso como todas las noches, apagó las velas del candelabro que iluminaba el lugar y se fue.

Por varios minutos permanecí con la mirada fija en el techo, imposibilitada de dormir por el temor a aquellas extrañas imágenes que había visto durante el día. ¿Qué eran? ¿Por qué las veía? Entre preguntas sin respuestas, empecé a entrar en un leve sopor cayendo finalmente en un tranquilo sueño. De a poco, imágenes borrosas aparecieron en él y a lo lejos una silueta se dibujó.

Sentí unos suaves labios besar mi mano en ese momento. Busqué desesperada su rostro entre la penumbra del sueño pero fue imposible ver más que unos expresivos ojos verdes. Quise hablar para preguntarle su nombre, la silueta lentamente se empezó a diluir entre las sombras.

Me desperté asustada enseguida. Me senté y miré mi mano fijamente. Por un momento sentí como si ese beso hubiese sido real alguna vez. Sacudí mi cabeza y volví a acostarme, esta vez esperando que las imágenes fuesen más claras y que la silueta revelase su identidad.

Esa fue la primera noche que soñé con él… La primera, más no la última. Cada noche, por los siguientes catorce días, mi vida se resumió a eso. Querer dormir todo el tiempo para soñar con la misteriosa silueta y aquellos ojos. Un sueño que parecía venir de otra época, de otra vida.

Pero como los sueños son solo eso, sueños, la mañana del 7 de marzo me levanté sobresaltada cuando la realidad me cayó como agua fría. Mi madre había estado sorpresivamente tranquila todos esos días. Desde lo sucedido con Royce y la consiguiente discusión, su reacción fue completamente contraria a la esperada. La veía dar órdenes a Leah y al resto de criadas entre susurros mientras conmigo eran sonrisas y gestos amables cada vez que estaba cerca de mí. Sabía que algo estaba ocurriendo, pero su extraña actitud no me permitía averiguarlo. Bueno, al menos hasta esa mañana.

Junto a mí, sobre la cama, había un enorme y hermoso vestido de color azul, y sobre él un antifaz muy similar al vestido, con unos adornos en tonos jade y negro. A lo lejos, y mientras salía de mi sopor, vi a mi madre de pie junto a mi cama.

– Te dije que por tu rebeldía no pensaba perder todo lo que tu padre nos dejó – me dijo en cuanto me senté en la cama y pedí con mi mirada una explicación – Mañana por la noche ofreceremos un baile, baile al que están invitados gente de sociedad de San Francisco, incluyendo jóvenes solteros. Baile al cual tú vas a asistir usando ese vestido y ese antifaz.

Tardé un segundo en comprender sus palabras. ¿Ella había organizado un baile? ¿Para qué? ¿Para buscar al tercer futuro marido? Mi madre era muy tenaz a la hora de conseguir lo que quería, pero esto ya se estaba saliendo de control.

Suspiré despacio y salí de la cama no sin antes tomar el antifaz en la mano. Caminé hasta ella y extendiendo mi brazo para dárselo, le hablé.

– No iré a ninguna fiesta, madre. Tú podrás…– de inmediato sentí el fuerte agarre de mi madre en mi brazo. El antifaz cayó a mis pies a causa de la violencia de su acción.

– Escúchame, Isabella. Y escúchame bien, tú no estás en posición de elegir lo que quieres o no. El dinero empieza a escasear en casa, la situación del banco es un desastre completo y si no quieres que tu madre tenga que coser para vivir, vas a hacer algo pronto. El bienestar está ahora sobre la felicidad, Isabella.

– ¿Tu bienestar o tu felicidad, madre? Porque esto se trata de ti, únicamente de ti. Aquí lo que yo quiera o necesite te importa poco – la mano que me sostenía con fuerza de un momento a otro se estrelló en mi mejilla. La miré con mis ojos inyectados de rabia y negué mientras recogía el antifaz del piso sin perder el contacto visual – No sé como mi padre te aguantó tantos años. A lo mejor, lejos de ti, está mejor – la vi levantar su mano nuevamente pero esta vez la detuve – No te atrevas a pegarme, madre. Golpéame cuando te diga una mentira, no cuando te diga la verdad.

– ¡Eres una atrevida, Isabella! ¡Insolente y desvergonzada! – me gritó mientras me agarraba con fuerza el brazo por segunda vez – ¿En qué te has convertido? ¡Ni siquiera te reconozco, ya no sé quién eres!

– Puedo decir lo mismo de ti, madre – mascullé entre sollozos cortos. Lágrimas empezaron a mojar mis mejillas, reconfortando a aquella enrojecida por la cachetada – No sé en lo que tú te has convertido.

Permanecimos en silencio por unos pocos segundos, escrutándonos mutuamente. Mi cuestionamiento era cierto. ¿Quién era la mujer frente a mí? ¿Era mi madre realmente o era una mujer desesperada por no perderlo todo? Ella también se cuestionaba mi accionar ¿Quién era yo para ella? ¿Su hija o solo un medio para conseguir lo que quería?

– Llamaré a Leah para que guarde tu vestido y antifaz hasta mañana. La fiesta empezará a las 8 p.m. Hasta entonces tienes prohibido salir de tu habitación – me dijo al tiempo que me quitaba el antifaz de la mano. Lo dejó sobre la cama y a paso rápido salió de la habitación. Yo corrí de regreso a la cama y con rabia lancé el vestido y el antifaz al suelo.

Me acurruqué al pie de mi cama junto al vestido y hecha una pequeña bolita me eché a llorar por horas eternas. Leah entró varias veces para tratar de consolarme pero nada servía, nada jamás serviría. Mi vida estaba sentenciada y yo apenas era una simple espectadora, una más de las invitadas al gran desastre.

Esa noche entre sollozos volví a soñar con él. Esta vez, entre súplicas me extendía su mano y me pedía que lo siguiera. Tomé su mano y la oscuridad de pronto empezó a disiparse. Vi su rostro por un segundo antes que un fuerte sonido llamase nuestra atención. La silueta al fin había desaparecido dejando en su lugar a un hombre hermoso, de encantadora mirada. Escuché por primera vez su voz.

"Necesito liberarte, y liberarte ahora."

Ante sus palabras me desperté de un sobresalto, me percaté que mis mejillas estaban mojadas. En el sueño había empezado a llorar. Él necesitaba liberarme, de algo que no sabía que era pero que extrañamente se sentía tan familiar ahora. A lo lejos escuché el cantar del gallo de esa mañana, el día del baile había llegado. Volví la mirada al antifaz que ahora estaba sobre mi mesita de noche y entre sollozos volví a acostarme.

– Yo también necesito que me liberes, y que me liberes ahora – susurré mientras limpiaba mis mejillas y me cubría con una manta. Permanecí en cama hasta muy entrada la tarde, cuando Leah entró a mi habitación y con voz triste me dijo que era hora de empezar a vestirme. Asentí despacio y salí de la cama. Las lágrimas eran escasas a esas alturas pero aún existían, las derramé desde el baño hasta cuando Leah colocó mi antifaz. En silencio dejó una caricia en mi cabello y se alejó de la habitación, la hora había llegado.

De la sala provenía el sonido de un suave y triste violín. La fiesta había ya empezado unos minutos atrás. No tardé en reconocer la canción que se escuchaba a lo lejos, era la favorita de mi padre. Negué cuando otra lágrima quiso escapar de mis ojos.

– Espero que donde estés me des fuerza esta noche. Te amo, padre – susurré antes de empezar a caminar y salir de la habitación.

Vi la mirada de mi madre brillar en cuanto me vio. Una enorme sonrisa se dibujó en su rostro y apresurada caminó hasta mí.

– Te ves hermosa, Isabella – me dijo emocionada mientras me tomaba de la mano. Yo simplemente asentí a sus palabras y caminé con más rapidez. Ella me detuvo y sonriente masculló rápidamente.

– Necesito que sonrías, que sonrías y pretendas por un solo momento que estás feliz de estar aquí. Si todo sale bien, esta noche será el fin del infierno.

– Lo será para ti, madre. No para mí – le dije mientras la miraba llena de rabia. Ella no respondió y simplemente sonrió y empezó a caminar tomada de mi mano.

El salón de la casa se veía transformado. Un hombre con un violín llenaba de música el ambiente mientras cerca de la chimenea una dama mantenía una conversación con dos hombres que usaban al igual que ella un antifaz. Con mi entrada al salón mi madre dio por empezada la velada. Los invitados empezaron de a poco a acercarse para saludarme, yo respondía con una sonrisa discreta y mi madre agradecía su presencia mientras alababa mi belleza frente a los extraños. El peor temor de mi madre es que Royce hubiese podido divulgar lo ocurrido en casa, por lo que cada vez que podía recordaba a sus invitados lo sumisa y educada que era su hija.

– Necesito sentarme, madre – le dije varios minutos después mientras veía unas cuantas parejas bailar con la alegre tonada del violín.

– Ni te atrevas, Isabella. Aun falta mucha gente por saludar – respondió entre dientes. Intenté volver a quejarme pero ella notó mis intenciones – Estás sonriendo poco, el antifaz no luce bien si no sonríes.

– Dame motivos para sonreír, y te juro que lo haré – le dije en tono algo desafiante. Abrió su boca para hablar pero algo la detuvo.

– ¿Me permite este baile la joven dama? – escuché la voz de un hombre a mis espaldas. La sentí extrañamente familiar por un segundo. Mi madre sonrió ante la petición del hombre y tomó de mi mano para que voltease a mirarlo.

En cuanto lo hice, el intenso color verde de su mirada oculta tras una máscara y su sonrisa dulce me tomó por sorpresa. Imágenes extrañas vinieron a mi mente, como aquellas que solo aparecían cuando dormía. Esos mismos ojos y esa misma sonrisa se reflejaban en la piel de una manzana de color rojo.

Sacudí mi cabeza con fuerza e intenté sonreír, pero el joven no se movió. Por el contrario abrió su boca y susurró las palabras que jamás esperé escuchar.

– ¿Isabella? ¿Eres tú?...– yo abrí mis ojos asustada ante su inesperado comentario – Eres tú, la Isabella de mis sueños. ¿Cómo? ¿Cómo es posible? – en ese momento llevé mis manos a mi boca al reconocer su voz.

– ¿Cómo…? – balbuceé asustada al darme cuenta que al parecer yo no era la única con sueños extraños.

– No creí que fueses real – volvió a susurrar, esta vez con una sonrisa en sus labios – Pero lo eres, siempre lo fuiste – en ese momento se inclinó levemente y besó mi mano cubierta por un delicado guante de seda, yo en respuesta sonreí. Una rápida imagen vino a mi mente: Era él y era yo. Era la misma situación. Él besaba mi mano, yo sonreía. La silueta de mis sueños de pronto se convirtió en hombre, y éste tuvo un nombre que en ese instante mi memoria susurró.

– Edward…– susurré. Él de inmediato alzó su mirada, asombrado al escucharme llamarlo. Yo volví a abrir la boca asustada al ver que estaba en lo cierto. Su nombre era Edward

– Edward Cullen, y tú eres Isabella. Mi Isabella – me dijo antes de apretar mi mano y llevarme al centro del salón para danzar. Un vals empezó a sonar en ese momento y él, haciendo una reverencia marcó el paso. Los primeros minutos permanecimos en silencio, mirándonos fijamente a través del antifaz, hasta que al final mi curiosidad me hizo hablar.

– ¿Cómo? – volví a preguntar con la única palabra que parecía ahora salir de mis labios. ¿Cómo era posible lo que estaba sucediendo? ¿Cómo él terminó en mis sueños al igual que yo en los suyos?

– Apareciste en mis sueños hace dos meses. Al principio solo veía tus ojos, pero ayer vi tu rostro y me hablaste. Me llamaste por mi nombre y dijiste también el tuyo.

– ¿Quién eres? ¿Por qué yo…? – balbuceé mientras me movía en suave ritmo, ahora ante una nueva tonada de vals. Él abrió su boca para responder pero la voz de mi madre lo interrumpió.

– Isabella, los Hamilton han llegado y necesito presentarte a su hijo – me dijo mientras tomaba mi mano y groseramente se interponía entre Edward y yo.

– Madre, estoy…– ella me interrumpió negando rápidamente y tomándome de la mano para alejarme del salón.

– ¿Quién era él, Isabella? ¿Quiénes son sus padres? ¿Es algún hijo de nuevos ricos llegados a San Francisco? – me inquirió en cuanto llegamos al pasillo y soltó mi mano.

– Su nombre es Edward, Edward Cullen y tú, muy groseramente acabas de interrumpir mi baile con él – me quejé molesta.

– ¿Cullen? ¡Ni siquiera tiene apellido de clase, Isabella! No puedes perder el tiempo bailando con cualquiera. Tienes prohibido volver a bailar con él por lo que resta de noche – en ese momento apreté mis puños con rabia y me acerqué a susurrarle algo al oído.

– Y tú tienes prohibido seguir controlando mi vida, madre – le dije antes de alejarme del pasillo y escabullirme con rapidez hasta la cocina. La servidumbre que estaba en ese momento atareada con sus tareas, se quedaron paralizados en cuanto me vieron. Me quité el antifaz y alzándome un poco el vestido, me eché a correr hasta llegar al patio trasero.

Me senté en una de las sillas del jardín de mi madre y solté un profundo suspiro. Cerré los ojos y recordé lo ocurrido hace unos minutos. Me parecía simplemente increíble lo que había pasado. Era él, el hombre de los sueños. Se llamaba Edward, y era real. Entonces, por un momento me percaté de un detalle que había pasado por alto. Si él era real, ¿mis sueños eran solo sueños o eran realmente recuerdos? ¿Había conocido yo a Edward Cullen antes y todo lo que soñaba eran mis recuerdos de él?

– Isabella Swan, ¿qué estás haciendo aquí? – la voz de mi madre me hizo abrir los ojos nuevamente en esa noche del 8 de marzo de 1846. En el 2006, fue una voz completamente diferente.

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New York, Marzo 8, 2006. 9:20 p.m.

– Isabella Swan, ¿qué estás haciendo aquí? – la voz de Edward Cullen me tomó por sorpresa cuando le daba la última calada al segundo cigarrillo de la noche. Los recuerdos de nuestra segunda vida me hicieron perderme por varios minutos pero su voz me trajo de regreso. Volteé para mirarlo, se veía hermoso. Usaba un traje formal que acompañaba con una corbata de color rojo. No usaba antifaz, aunque llevaba uno de color negro en su mano derecha.

– Pregunté que estabas haciendo aquí. ¿Entre sus obligaciones de abogada acosadora ahora también incluye colarse en fiestas privadas? – me dijo con una sonrisa de autosuficiencia estampada en el rostro. Me acerqué un poco a él y ladeando mi cabeza le sonreí.

– Para su información, señor Cullen, yo estoy aquí legalmente invitada por su hermano Emmett Cullen. No soy del tipo de las que entran sin previa invitación a las fiestas.

– Pero si es de las que entran sin previa autorización en edificios privados y viola seguridades a diestra y siniestra – me replicó mordazmente antes de sonreír. Yo chasqueé la lengua y le resté importancia a su comentario mientras abría mi bolsa para sacar otro cigarrillo.

– Eso debería darle una muestra de lo tenaz que puedo ser cuando hago mi trabajo – encendí el cigarrillo pero de inmediato lo vi extender su brazo y quitarme el cigarrillo de la boca. Lo lanzó al suelo y de un pisotón lo apagó.

– Detesto que la gente fume cuando están frente a mí. Huelen a cenicero – dijo asqueado mientras miraba el cigarrillo terminar de apagarse. Yo lo miré con rabia porque nadie, nunca, me había apagado un cigarrillo.

– Y yo detesto que la gente se crea superior a uno, solo porque tiene dinero – respondí furiosa. Hice un ademán de abrir mi bolsa nuevamente pero él negó despacio.

– No solo es dinero, también es poder y belleza – replicó – Por cierto, ni te atrevas. No vas a volver a fumar mientras estés aquí – yo apreté los puños completamente histérica y bufé mientras daba un par de pasos en su dirección.

– No te pareces en nada a ellos, a ninguno de los dos – le dije refiriéndome a los dos Edward, al de 1775 y al de 1846.

– ¿No me parezco a quién? – preguntó desconcertado. Yo volví a negar al ver que él no recordaba absolutamente nada de sus vidas pasadas.

– ¿Por qué no lo recuerdas? – me pregunté con algo de tristeza en mi voz. Era imposible que él no recordara nuestro pasado, era simplemente imposible.

– Isabella, tus preguntas me estresan al igual que tus nueve mil mails diarios – respondió. Yo rodé los ojos ante su exageración.

– Si tan solo respondieras mis mails y tuvieses la audiencia conmigo todo esto hubiese terminado ya. Si no me mandaras fotos de tus fiestas a mi correo electrónico y me enviaras tu descargo para mi cliente, ya no te acosaría – respondí con una gran sonrisa.

– No tengo nada que descargar, Isabella. Voy a tener que decírtelo con dibujitos para ver si entiendes – bufé molesta por su irritante actitud. ¿Con quién creía él que estaba hablando?

– Entiendo tu punto, Edward. Lo que no hago es aceptarlo – respondí mirándolo fijamente a los ojos mientras mordisqueaba mi labio inferior. Intenté no perderme en el profundo verde de su mirada, ya que sabía que si lo hacía por tan solo un momento todo se iría al carajo. La fiesta, mi trabajo y mi vida entera.

– Si lo aceptas o no, realmente no me importa. Solo deja de llenar mi correo electrónico de tanta basura.

– Mi condición es que respondas tu descargo. Únicamente allí dejaré de hacerlo – respondí con una sonrisa. Esta vez fue su turno de rodar los ojos.

– Entonces mi respuesta será siempre la misma. O sea, ninguna – me dijo alzando una ceja en tono sugestivo.

– Te equivocas, Edward. El mail de la foto constituye para mí una respuesta. ¿Por qué lo enviaste de todas formas? – mi pregunta lo descolocó ya que su semblante cambió de un momento a otro. Dejó de tener el control de la conversación con tan solo una simple y miserable pregunta. Yo sonreí y arqueé una ceja, a la espera de su respuesta. ¿Qué es lo que escondes, Edward?

– ¿Por qué me sigues y me preguntas cosas que no entiendo? – respondió con otra pregunta. Esta vez la que se quedó sin respuesta fui yo. ¿Qué debía decirle de todas formas? Algo como "Verás, Edward. Tú y yo nos conocemos desde 1775. Tú no me recuerdas pero yo sí. ¿Quieres cumplir tu promesa de estar a mi lado de una maldita vez?"

– ¿Por qué no recuerdas quien soy yo? – susurré más bien para mí. Dejé escapar un largo suspiro mientras abría mi bolsa. Antes de poder hacer algo para detenerlo, Edward la tomó de mis manos y de ella sacó los cigarrillos.

– Parece que mi advertencia no te quedó clara – dijo mientras lanzaba la caja por el balcón. Abrí mis ojos, impávida por ver a mis cigarrillos volar desde la terraza del hotel.

– ¡Eres un…! – tuve que morderme la lengua para no dejar escapar el insulto que pugnaba por salir de mis labios. ¿Qué se creía Edward Cullen? ¡Imbécil presumido y maldito idiota! ¿Por qué en esta vida él había regresado tan insoportable? ¡Vaya castigo el mío!

– Soy un ser adorable, ya lo sé, pero gracias de todas formas – respondió con una sonrisa mientras abría mi bolsa y verificaba que no habían más cigarrillos. Yo bufé ante su evidente invasión a mi privacidad.

– ¡Devuelve mi bolsa, Edward! ¡No tienes mi autorización para registrarla! – le dije mientras intentaba recuperarla. Él la alzó y evitó que yo la alcanzase.

– ¡Tú tampoco tienes autorización para muchas cosas y las haces! – bufé histérica e intenté saltar para recuperar mi bolsa, pero mi pésima coordinación terminó enviándome de bruces frente a él. Edward soltó una carcajada y enseguida me extendió la mano. Yo la aparté furiosa mientras me ponía de pie. – Las mujeres por lo general caen a mis pies, pero no pensé que tú lo harías tan rápido, Isabella Swan.

– Idiota – susurré para mí aunque él sí me escuchó. Quise aprovechar su descuido para recuperar mi bolsa pero él fue más rápido nuevamente – ¡Devuélveme la condenada bolsa, Edward!

– Deja de acosarme y te la devuelvo – fue su propuesta. Yo negué de inmediato.

– Entonces quédatela porque eso simplemente no va a suceder – respondí mientras caminaba de regreso al salón. Edward se apresuró y me detuvo, tomándome de la mano.

– ¿Quién eres en realidad, Isabella? – me preguntó en voz muy baja. Sus ojos se fijaron en los míos y lo que había estado evitando simplemente ocurrió. Caí inexorablemente en mi perdición, en mi condenada perdición. Sus hermosos ojos verdes. Sabía que efectivamente en ese momento todo se había ido al demonio. Incluyendo mi cordura.

– A lo mejor esto te haga recordar – le dije acercándome a él y estampando mis labios contra los suyos.


¡Hola mis corazones! ¡Yo aquí desde el bunker ya estoy de regreso!

Como les prometí volví más rápido que la vez anterior. Segunda vida de Isabella y Edward mezclada con su última vida. La mamá de Isabella se ha ganado el odio gratuito, ¿a poco no? Este capítulo nos trae mucha historia, en la que tuve que aprender desde la historia del espejo hasta la guerra de México y USA del año 1846.

Muchas gracias por todas las alertas y favoritos que llegan cada semana, me gustaría leer sus opiniones, comentarios y teorías sobre lo que está sucediendo, así que anímense a dejar su huellita. Dejo mi gran cariño a quienes dejaron su comentario esta vez: Jhiradln, MiaCarLu, nathalia . valencia . 351, ValenchuCullen, isabella-vulturi123, Nyrine, Diana, Yolabertay, Karen Pattz, patymdn, Tata XOXO, PotterZoe, ludgardita, ev76, Laura Katherine, alma alv, V, Caresme, esmec17, Agustineti, Chayley Costa, Zujeyane, Gretchen CullenMasen, Isis Janet, Carmen Cullen- . i love fic, Ruby . Mabel, Vale . Potter, injoa, Ana Rojas, nayi kure, MFernandaRK, Pattz Love, Chivi1487, DarkSkyLilly91, EvaGzalo, BABYBOO27, Sky LeVan, Sony Bells, maryroxy, a las lectoras silenciosas, a las que me comentan en twitter y facebook.

A mi betita fabulosa, Ale de mi corazón, que pena que hayas trasnochado por este capítulo. Millón gracias por tu trabajo, ya sabes que tus comentarios y mejoras son invaluables en esta historia. Gracias por tanta sabiduría ilustrada jejeje y ese final fue con dedicatoria Bitch Cliffhanger

Tenemos un final de suspenso esta semana. ¿Qué nos espera la siguiente? Nos empezamos a adentrar en las dos historias a la vez así que espero me cuenten con cual se identifican más. Les mando un beso grande y nuevamente las invito a comentar. Nos veremos pronto… pero hasta eso.

Nos leeremos en los reviews…