Polla-Ward Contest 2

Disclaimer: La mayor parte de los personajes no me pertenecen, solo Matt y Anna, el resto son de la creación de Stephenie Meyer. La trama es Mía.

Nombre del fic: Destino de una Call Girl.

Nombre del autor: Heather Doll.

Número de palabras: 5.601

Advertencias: Este fic contiene lemmon explicito, sino te gustan estos temas, pido por favor que no sigas adelante. No deseo dañar la sensibilidad de nadie.

Tipo de Edward: Domward.

Nota de autor: Aquí estoy, participando en mi primer contest y siendo la primera vez que escribo algo así.

Para mis queridas lectoras, no tardaré demasiado en volver con mis otros fics, no os preocupéis ;).

Espero que esto os guste. :D

Canciones recomendadas para leer esto: Fallin de Alicia Keys y I'm love rock and roll de Joan Jett.

Beteado por Mentxu Masen del grupo de betas de Fanfiction Adiction de Facebook.

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Hace tiempo que había entrado a este mundo, a este círculo vicioso del cual no encontraba una salida.

Ser expulsada de tu casa con diecisiete y con un bebé al que cuidar te hacía hacer cosas que nunca habías imaginado. Dar a luz en la calle, rodeada de mendigos y drogadictos una fría noche de invierno por no poder pagar las facturas del hospital, fue una de las peores cosas de mi vida. Después de mendigar durante meses y de ver a mi pequeño llorar por la falta de comida, por el hambre que tenía o tiritar de frío y enfermar, no me quedó más remedio que hacerlo.

Las primeras veces fueron horribles. Sentir como esos tipos te manoseaban a placer, como hacían con tu cuerpo lo que les diera la gana, me provocaba náuseas. Pero no me iba, seguía allí, aguantando ese tormento por mi pequeño, por ver sus pequeñas sonrisas cuando podía comer, cuando le regalaba algún juguete o tenía ropa de abrigo. Eso merecía que me sacrificara de tal manera.

Pronto, con el dinero que iba ahorrando, pude alquilar un pequeño piso de unos pocos metros cuadrados, pero que para Matt y para mí era suficientemente grande.

Un día vi un anuncio en un periódico de camino a casa, después de llevar a Matt a la guardería. Saqué unos pocos centavos de mi monedero y me lo llevé. El anuncio decía que se necesitaba a mujeres de entre veinte y veinticinco años, altas, delgadas, con pelo largo y al menos dos años de experiencia. ¿Para qué? No lo dejaba realmente claro, pero me dio igual. Me paré en una cabina de teléfonos y marqué el número que allí había. A los tres toques contestaron.

—Anna Clayton. ¿Qué desea? —la voz era la de una mujer de mediana edad pero suave y elegante. Suspiré, cerré los ojos y contesté.

—Vi un anuncio en el periódico de esta mañana.

—Vaya, si que tardó poco en llamarnos. Es nuestra primera llamada del día. Dígame, ¿cómo se llama?

—Isabella Swan, aunque puede llamarme Bella.

—Me gusta su nombre. ¿Sabe a que trabajo hace referencia el anuncio?

—No muy bien.

— ¿En que a trabajado anteriormente?

—En nada que pueda ser mencionado —río.

—Cariño, creo que nos llevaremos bien. ¿Puede venir está tarde a la Sexta con Maine? A eso de las cinco, si le parece bien.

—Allí estaré.

—Es una casa con un cartel azul y letras blancas de "Se vende". Estaré esperándola —cortó la llamada.

Seguí mi día como si fuera otro cualquiera. Recogí la casa, hice la comida y preparé mi ropa para momentos especiales encima de la cama, no era nada del otro mundo, pero supuse que serviría. Recogí a Matt de la guardería, le di su comida y le dejé con mi cariñosa vecina que hacía las veces de canguro cuando yo tenía algo "importante" que hacer. Ricé mi pelo con el rizador, me maquillé suavemente y me puse mi traje negro de raya real que constaba en una falda por encima de las rodillas y una camisa con encaje. Un sencillo colgante colgaba de mi cuello, pequeños pendientes de imitación adornaban mis orejas y un reloj de mercadillo se encontraba en mi muñeca izquierda. Me puse la chaqueta y coloqué el bolso en su sitio. Suspiré por última vez mirándome al espejo y me encaminé a la Sexta con Maine.

La casa a la que me dirigía era más una mansión que una casa. Se arquitectura románica y renacentista, tenía un toque elegante y romántico. Tenía arcos y columnas de color blanco, el tejado de pizarra y pequeños e intrincados dibujos hechos en la piedra, adornando todas las esquinas. La verja que la rodeaba era negra, de finos palos de hierro, con una punta de flecha en la cima de cada uno. Toqué al timbre y la puerta de la verja se abrió invitándome a pasar. El jardín que rodeaba la casa era tan impresionante como esa mansión. La puerta de entraba estaba abierta de par en par, así que entré y me quedé sin aire en los pulmones. La decoración era perfecta e impresionante. Giré en mi sitio observando y apreciando todo lo que me rodeaba.

— ¿Precioso verdad? —dejé de dar vueltas y me centré en la mujer que estaba enfrente de mi.

De largo pelo rubio, ojos aguamarina, labios llenos y de un suave color rosa. Un pequeño lunar adornaba el lado izquierdo de su labio. Llevaba puesto un vestido corto color crema, con un pequeño escote que provocaba, pero que solo dejaba ver lo necesario. Un abrigo de pelo marrón la cubría del frío del invierno y unos tacones marrones con plataforma adornaban sus pies.

—Anna Clayton, querida. Tú eres Bella —afirmó en vez de preguntar.

—Sí. Esta casa es maravillosa —me sonrió e indicó un pasillo con su mano.

—Sígueme cielo.

La seguí por unos cuantos pasillos, aquella casa era como un laberinto. Pronto llegamos a un enorme salón, con sillones tapizados en cuero. Los muebles blancos y negros, con algún que otro detalle en otros colores de tonalidad suave. Un gran ventanal dejaba ver el patio trasero, que tenía una gran piscina. Un televisor de plasma colgado de la pared mostraba imágenes de varias casas diferentes. De los altavoces colocados en el techo salía música suave. A parte de todo eso, la decoración de ese lugar era bastante impersonal. Nos sentamos en los sofás y una mujer nos trajo un par de tazas de té con unas pastas para acompañar.

— ¿Qué años tienes?

—Veintiuno.

—Puedo percibir que ya tienes experiencia en este trabajo —me hice la tonta, como si no supiera de qué me hablaba, aunque la había entendido a la perfección.

— ¿Qué trabajo?

—Oh, nena. Debes aprender a mentir mejor cariño, en este trabajo es importante saber actuar —me sonrió y tomó un trago de su té—. Háblame de ti. No me interesa por qué te metiste en esto, pero si quiero saber si te apetecería un cambio para mejor.

— ¿A qué se refiere con un cambio para mejor? —dejé mi taza encima de la mesa de café y la miré seriamente cruzada de brazos. Suspiró.

—Veo que no te andas con rodeos. Me refiero a mucho dinero, cariño. Mucho dinero —recalcó.

La palabra mucho dinero sonó dentro de mí de manera especial. Mucho dinero significaba una mejor calidad de vida para mi hijo.

—Tengo un hijo —avisé, prefería decirlo, para que estuviera enterada.

—Y muchas de nosotras, por eso no hay problema. ¿Qué años tiene?

—Casi cuatro años —me sonrió y me cogió una mano dejándola atrapada entre las suyas.

—Entonces estoy segura de que mi oferta te encantará —echó su preciosa melena para atrás y cogió el mando de la televisión, dio al play y las imágenes de la casa desaparecieron dejando paso a otras muy diferentes.

—Esto es algo más grande que lo que tu estas acostumbrada a hacer. No somos cualquiera, somos de las grandes, especiales. Tendrás una lista de mínimo diez clientes, todo ellos personas socialmente muy conocidas, por lo que deberás mantener silencio y no hablar de ellos. Pagan bien, muy bien. Nuestro servicio es exclusivo —comenzó a enseñarme fotos de hombres que conocía de haber visto en la televisión. Políticos, actores, futbolistas. Eran gente importante—. Te moldearemos durante dos meses. Te enseñaremos modales, protocolo. Te daremos un guardarropa nuevo. Aprenderás idiomas, como mentir a la perfección. Todo lo necesario y luego proporcionaremos tu ficha a nuestros clientes. Te daremos una casa y un coche. Todo lo que necesites para ti y para tu hijo.

Aquella oferta me dejó asombrada. Dudé, no estaba segura de todo aquello, aunque todo lo que me daban, hacía que mi boca se aguara.

— ¿Ya he dicho que pagan bien? Mínimo seis mil dólares por una noche y eso sin servicios especiales —arqueó una ceja—. Si decides aceptar, serás una Call Girl, o como la gente común nos conoces, prostituta de lujo. No es tan malo.

No necesité más, la oferta de tanto dinero me convenció.

— ¿Dónde tengo que firmar?

De aquello ya había pasado un año, y no me arrepentía. Mi hijo era feliz, podía correr por la casa sin temor a romper algo o a darse contra una pared, podía comer cuanto quisiera y tener todos lo juguetes que deseará. Lo difícil era tener que ausentarme de noche. Normalmente prefería trabajar por las mañanas, pero la mayoría de las veces era imposible. Era mucho más fácil que pillaran a un alto cargo del gobierno o a un empresario conmigo por el día que por la noche. Ya tenía una lista bastante grande de clientes y, aunque algunos no eran de mi agrado, aprendí a mentir para que aquello no se notase. En cierta parte, estaba a gusto con mi acomodada vida, aunque siguiera siendo desagradable tener que ir a la cama que hombres que no me gustaban.

Estaba sacando la colada de la secadora, en un adorable pijama de verano azul celeste, cuando mi teléfono sonó. Tenía dos móviles, uno de uso exclusivo para mis clientes, el otro para todo lo demás. Sonó el primero, indicándome que esta noche estaría ocupada. Lo cogí y contesté con voz sensual.

—Bella Swan.

—Hola Bella. Soy… —se aclaró la garganta y continuó hablando, su voz era dura, algo ronca y muy varonil, parecía la de un hombre joven—. No importa quien sea. Me gustaría encontrarme contigo esta noche.

—Así que está noche —dudé durante un segundo. Apoyé mi cintura en el borde de la lavadora y coloqué un mechón de pelo detrás de mi oreja, como si estuviera delante de mí e intentará seducirle—. A qué hora y dónde.

—Hotel Royal Hight. A las once. Habitación trescientos cinco. Te estaré esperando. Me dijeron que eras una de las mejores, espero que no me defraudes —después de esa frase colgó dejándome con las palabras en la boca.

Suspiré, dejé mi teléfono encima de la encimera y terminé de sacar la colada. Debía de prepararme para esta noche y encontrar a alguien disponible para cuidar a Matt.

A las once en punto estaba en el vestíbulo del hotel, entré y pasé de ir a recepción, nadie debía de saber a que habitación iba, así que debía de apañármelas yo sola. Llevaba puesto un sexy vestido azul eléctrico, ajustado en la parte superior, con un escote que dejaba ver el nacimiento de mis senos, pero nada más y la falda con vuelo se enredaba sensualmente entre mis piernas. No llevaba medias, pero sí unos tacones de infarto a juego con el vestido que dejaban ver la punta de mis dedos. Mi pelo rizado, pestañas postizas que enmarcaban mis ojos a la perfección y mis labios de un sensual rojo claro. Mi sujetador del mismo tono del vestido cubría lo esencialmente necesario, y mi tanga a conjunto dejaba percibir lo que ese hombre tan ansiosamente deseaba.

Me pregunté quien podría ser para no decirme su nombre por teléfono. Aquello me intrigaba y hacía que esa cita fuera mucho más sensual que el resto de las que había tenido. Por alguna extraña razón, mi corazón palpitaba furiosamente en mi pecho y mi respiración se entrecortaba. Intenté respirar para mantener la calma, pocas veces había estado así ante la expectativa de encontrarme con un nuevo cliente, solo las primeras veces. Y ya tenía experiencia, no sabía porque estaba tan nerviosa.

En mi bolso llevaba todo lo necesario, un corsé, medias de liga, un picardías por si quería que lo utilizara, mis pastillas anticonceptivas, condones y todo lo que podría necesitar. No sabía cuales serían sus gustos, así que había metido un poco de todo.

Caminé pasillo tras pasillo, piso tras piso, hasta encontrar la habitación deseada. Di tres toques a la puerta, para avisar al inquilino de mi presencia. Enseguida la puerta se abrió, y la visión de aquel hombre tan masculino me dejó boquiabierta, deslumbrada. Era, quizás, mi cliente más sensual.

Su porte masculino, sus hombros echados para atrás, su pelo color cobrizo y rebelde, de seguro tanto como su espíritu y esos ojos verdes que me traspasaban como si fueran cientos de agujas afiladas. Sus labios simplemente perfectos, llenos, comestibles. Su nuez que subía y bajaba con cada respiración o cada vez que tragaba saliva. Su pecho, que aunque cubierto por la camisa roja y la chaqueta del traje, se notaba musculoso. Su estómago metido para adentro, dejando entrever unos perfectos abdominales. Esas caderas tan sexys. Y su pantalón negro, que cubría esa parte de su anatomía, seguro que tan perfecta como el resto.

Se apartó de la entrada dejándome pasar. Coloqué mi bolso encima del sofá de la suite en la que se encontraba. Si no me equivocaba, era la suite presidencial, una de las más grandes del hotel y también de las más caras, guardadas solo para personas exclusivas. No le conocía, pero debía de ser alguien muy importante, con mucho dinero. Sus movimientos lo indicaban. Tan precisos y cuidadosos. Abrió una botella de champan y llenó dos copas, luego me tendió una de ellas.

Me miraba tan intensamente, de arriba abajo, que casi me atraganto con mi propia saliva. No estaba acostumbrada a un escrutinio tan intenso.

—Me alegra que hayas venido —chocó nuestras copas y dio un pequeño trago.

— ¿Por qué yo? —quise saber. Él podría haber escogido a otra, alguna que llevara en la compañía más tiempo que yo.

—Me hablaron muy bien de ti, y cuando lo escuché, supe que serías la mujer perfecta para lo que quiero.

—Pero tengo compañeras con mucha más experiencia.

—Pero te quería a ti. Ya sé que podía haber tenido a cualquiera. Las mujeres suspiran por mí, sus piernas tiemblan cuando me ven pasar. Se desmayan cuando las miro. Millones de mujeres desearían estar aquí conmigo. Pero yo te quiero a ti —dejó su copa en la mesa de café que se encontraba a su derecha, se acercó y me cogió por la cintura—. Y estoy muy seguro de que nos lo pasaremos bien —me susurró en el oído y después me mordió el lóbulo de la oreja. Aquello me hizo pegar un brinco, derramando parte del contenido de mi copa sobre su camisa. Pero no le importó—. Tengo unas cuantas reglas que me gustaría que cumplieras.

Me soltó y se sentó en el sofá, palmeando su lado izquierdo para que yo también me sentara y así lo hice. Me sonrió seductoramente, complacido.

—Y, ¿qué es lo que quiere? —le pregunté.

—Punto número uno, serás mía, nada de más clientes mientras yo esté cerca. Quiero tenerte cada noche en mi cama —comenzó a enumerar muy seguro de sí mismo—. Punto número dos, serás complaciente y aceptarás todas y cada una de mis órdenes sin decir ni una sola palabra. Punto número tres, todo lo que yo desee, tú también has de desearlo. Punto número cuatro, si te doy algo de ropa quiero que la utilices cuando estés conmigo.

Un nudo se formó en mi garganta. Eran normas muy estrictas, pero su forma de decirlas me calentó. Mis manos temblaron, dejé la copa encima de la mesa y junte las palmas de mis manos, para evitar que viera mi temblor.

— ¿Puedo preguntarle su nombre?

—Puedes llamarme Edward, aunque me abstendré de decirte mi apellido por ahora —se levantó y sacó una bolsa de papel del armario que teníamos enfrente. Me la puso sobre las piernas—. Quiero que te pongas esto —fue hacía una puerta situada en una esquina y la abrió.

Me levanté y con paso lento, mi cabeza levantada y mis hombros echados para atrás, entré dentro. Era un cuarto de baño, de azulejos blancos, lavabos negros y grifos color oro. Impresionante. Miré dentro de la bolsa y el contenido de esta me sorprendió. Lo saqué y me lo puse por encima del cuerpo mientras me miraba al espejo, para ver que tal me quedaba.

Era un corsé rojo de cuero, palabra de honor, que cubría solo lo necesario de mis pechos y me llegaba hasta las caderas. Un tanga de seda del mismo color, un liguero de la misma tela que el corsé y medias de liga. Dentro de la bolsa había también unos tacones rojos. Aquel hombre era un completo pervertido, pero de alguna forma me atraía que fuera así. Quizás, esta sería la primera vez que disfrutara con mi trabajo. Me coloqué aquella ropa y salí. Él me esperaba de pie, al lado de la puerta.

Cuando me vio salir se incorporó y me sonrió pícaramente. Después, me miró a los ojos y comenzó a acercarse.

—Sabía que te quedaría perfecto.

Agarró mi trasero y me estampó contra su pecho fuertemente, tan fuerte que me cortó la respiración por un segundo. Su cabeza bajo rápidamente hasta la mía y unió nuestros labios. Al principio, me dejó estupefacta y no pude moverme, dejé mis ojos abiertos. Sentí como sus labios se movían sobre los míos, como succionaba mi labio inferior. Gemí y cerré los ojos, apretando fuertemente sus hombros con mis manos. Nos unimos en una danza sensual con nuestras bocas. Él mordía mis labios y yo los suyos. Abrí mi boca para darle acceso directo a mi lengua. Su lengua contra la mía chocaba frenéticamente, se enrollaban, encajaban a la perfección. Recorrió cada esquina de mi boca, hasta las partes que yo creía inaccesibles.

Comenzó a andar llevándome hacía atrás y haciendo que mi espalda chocará contra la pared. Su gran erección se apretaba contra mi bajo vientre. Pasaba sus manos por mis costados. Subió sus manos hasta mis axilas y levantó mis brazos por encima de mi cabeza, sujetando mis muñecas con una de sus manos. Su rodilla derecha se metió entre mis piernas, bloqueando cualquiera de mis movimientos. Estaba atrapada. Y aquello me gustaba.

Dejó de lado mis labios y pasó a mi cuello, lamiendo justo encima de mi yugular, uno de los puntos más sensibles de mi cuerpo. Bajó hasta el espacio entre mis clavículas y fue bajando todavía más, lamiendo y besando mi esternón y llegando al nacimiento de mis senos. Fue desabrochando uno a uno los enganches que mantenían unido a mi cuerpo el corsé, hasta que mis pechos se liberaron y quedaron enfrente de su cara. Con sus dientes agarró uno de mis duros pezones y tiró de él, provocándome un placer doloroso. Me mordió la carne de mi pecho y su lengua lamió la marca de sus dientes. Gemí fuertemente y luché porque soltará mis manos y poder agarrar y tirar de su pelo.

Hizo lo mismo con mi otro pecho y siguió su camino, bajando hasta mi ombligo y metiendo su lengua dentro. Siguió bajando hasta el borde del tanga, lo bordeó con la lengua y tiró de él con sus dientes. Me miró a los ojos, agarró mis nalgas con sus manos, se incorporó y me cogió en brazos. Me llevó por un largo pasillo hasta la habitación de su suite, me tiró en la cama con dosel y se colocó encima de mí.

—Hoy iremos al grano. No más esperas.

Se desabrochó la camisa, dejándome ver su esculpido torso, desabrochó el botón y la cremallera de su pantalón, los bajó un poco y su enorme polla saltó divertida. Ansiosa por entrar de mí. De uno de los bolsillos sacó un condón, rasgó el plástico metálico y se lo puso. Volvió a sujetar mis manos encima de mi cabeza y con la mano que le quedaba libre apartó hacia un lado la tela del tanga que cubría mi coño. Llevó su polla erecta hasta mi entrada y de un solo golpe con sus caderas me penetró, llenándome entera. Mis músculos vaginales se contrajeron por su invasión y grité de placer. Eché mi cabeza hacía atrás, arqueando mi cuerpo y cerré los ojos. Le sentía moverse frenéticamente en mi interior. Sus jadeos me ponían aún más caliente. Salía y entraba a un ritmo constante y rápido. Yo también movía mis caderas creando más placer para los dos. Sentía perfectamente como entraba y salía de mi interior. Una y otra vez. Yo gemía y gemía alto sin poder evitarlo. Sintiéndome completamente llena.

Un cosquilleo empezó a recorrerme, empezando por la punta de mis dedos de los pies, subiendo por mis piernas, mis rodillas, mis muslos, bordeando mi sexo, por mis caderas, mi cintura, mi estómago, mi pecho, mi cuello. Tan despacio que era una tortura.

—Vente conmigo nena —me dijo jadeante.

Sus embestidas aumentaron de velocidad. Y no pude retenerlo más. Aquel cosquilleo llegó hasta mi boca, mi nariz, mis ojos. Abrí la boca y grité, convulsionando debajo de su cuerpo. Mis manos todavía atrapadas entre las suyas, se cerraron formando un puño. Luché porque las soltara, pero no lo hizo, lo que me provocó aún más placer. Él gruñó, soltó un gran gemido, cerró sus ojos y dejó caer todo el peso de su cuerpo encima del mío, aplastándome.

Nuestra respiración era errática. Al cabo de unos pocos minutos, se levantó y se tumbó bocarriba a mi lado, mirando el techo sin parpadear. Me puse de lado, como en posición fetal, mirándole.

—Deberías ducharte, estás sudada.

—Sí, tienes razón —me levanté y me dirigí al baño, sabía pillar una indirecta, y él quería que me marchara en cuanto antes.

—Mandaré a mi chófer que te lleve a casa.

—Traigo coche —le contesté mirándole.

—Da lo mismo. Es tarde y mi chófer se encargará de llevarte y esperar a que entres en tu casa, para que nada te suceda.

—No importa, tengo…

—He dicho que te llevará. No discutas mis decisiones.

Suspiré y asentí. Me metí en la ducha, una ducha reconfortante de agua muy caliente que deshizo los nudos creados en mis músculos por la tensión sexual del ambiente. Me vestí y salí del baño recogiendo mis cosas. Edward me esperaba en la puerta con la bolsa de papel en la mano, me la tendió para que la cogiera.

—Llévatelo, es tuyo. Y acuérdate —dijo abriendo la puerta—, eres mía. Solamente mía, y nadie te tocará mientras yo lo hago. Mañana a la misma hora aquí —salí y le miré para despedirme.

Me cogió por la nuca y me besó, un beso tan ardiente como el anterior. Sus labios devoraban los míos, pero duró menos de lo que yo quería. Enseguida me soltó y cerró la puerta, dejándome con las ganas de pasar más tiempo a su lado.

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Los días comenzaron a pasar un tras otro, hasta convertirse en semanas. Edward pronto llegó a ser el único miembro de mi lista. Y no necesitaba más, con él me conformaba y me sentía a gusto. Cada noche nos encontrábamos en la misma habitación del hotel de aquella primera vez. Cada noche era más sorprendente que la anterior, mucho más placentera. Llegó un momento en que cumplía todo lo que él deseaba sin pensarlo. Me tenía completamente atada a él y aquello me asustaba. Él era solo un cliente, pero lo que mi corazón sentía desde hacía un tiempo era algo mucho más que una relación simplemente sexual entre una prostituta y un hombre que requiere de sus servicios. Y no podía sentir aquello, no podía permitírmelo. Acabaría todo demasiado mal. Él se marcharía algún día y yo me quedaría sola, de nuevo con mi lista de clientes y mi pequeño Matt. Me destrozaría, pero era incapaz de hacer que mi corazón detuviera los sentimientos que estaba creando. Mis piernas temblaban cuando lo veía, mi corazón se aceleraba, un nudo se formaba en mi garganta y mariposas revoloteaban en mi estómago.

No me había sentido así desde el idiota del padre de Matt. Yo estaba enamorada de él, pero solo me utilizó por una apuesta, salió corriendo cuando le dije que estaba embarazada y no volví a saber nada de él.

Estaba en la habitación del hotel donde se alojaba Edward. Había puesto música de fondo.

Me miraba intensamente. Aflojó el nudo de la corbata y movió el cuello, como intentando quitarse de encima la tensión del ambiente.

—Empieza —me ordenó con voz dura.

Me di la vuelta y me agarré a los barrotes de la cama, abrí mis piernas y comencé a menear mi cintura, delicadamente. Muy despacio. Primero a un lado y luego al otro. Movía mi culo arriba y abajo mientras bajaba hasta el suelo, tan despacio que hasta a mi aquello me quemaba. Mi coño ardía de anticipación, quería sentir su polla dentro en ese instante. Sin embargo, todavía quedaba un largo rato para que eso sucediera. No podía dejárselo saber. Él mandaba y si se daba cuenta de que lo deseaba justo ahora, me haría esperar mucho más. Me agaché del todo sin dejar de mover el culo, mi coño tocando literalmente el suelo, solo cubierto por un diminuto tanga rojo de encaje. Subí mis manos por mi estómago mientras le miraba con la boca abierta enseñándole mi lengua. Mis ojos abiertos le mostraban lo mucho que le deseaba. Llevaba puesto un pequeño corsé de cuero, regalo de él, que cubría vagamente mis pechos, medias de rejilla hasta la mitad de mis muslos y unos tacones de quince centímetros que hacían ver mis piernas más largas y estilosas. Toqué mis pechos y los masajeé mojándome el labio inferior con mi lengua. Y comencé a subir de nuevo, tan lentamente como bajé. Podía verle lamerse los labios, restregar sus manos, aflojar cada vez más el nudo de su corbata. El calor en el ambiente cada vez era mayor. Llevó su mano hasta el bulto de su pantalón y comenzó a tocarse por encima. Me giré y me acerqué lentamente hacía él, mientras desabrochaba los cordones del corsé. Uno a uno. Muy poco a poco. Me senté encima de sus rodillas y quité el último botón. Mis pechos saltaron en su cara. Moví mis caderas, rozando su polla con mi coño y restregué mis pechos contra su torso cubierto por una camisa verde claro.

Me agarró fuertemente del culo y guió mis movimientos. Nuestros ojos estaban unidos, ardiendo de pasión. Puse mis manos en su pecho y me retiré, me di la vuelta y baile alrededor de la silla en donde estaba sentado, siempre tocando alguna parte de su pecho. Me paré delante de él, de espaldas, con mi trasero casi en su rostro y fui bajando el diminuto tanga, hasta que solo quedé con las medias y los tacones.

Sentí como se levantaba, me cogió del pelo y me estampó contra la pared de enfrente de la cama. Enrolló mi larga melena en su muñeca y echó mí cabeza para atrás. Mientras empujaba, me dejaba atrapada entre su cuerpo y la pared. En esa postura y con mi cabeza mirando hacía un lado, podía ver su cara a la perfección, aunque solo su cara. Con su otra mano me pegó un golpe en las nalgas, que escoció.

—Has sido una nena mala —me susurró al oído—. Tendré que castigarte.

Oh, sí, castígame todo lo que quieras —grité mentalmente, desesperada por él.

—Abre las piernas —hice lo que me ordenó—. Así me gusta.

Metió una de sus manos entre mis piernas y me tocó por encima del tanga, suevamente. Quería hacerme sufrir. Me bajó el tanga lentamente. Y sin más, metió dos dedos en mi interior, rápidamente. Durante minutos sentía como su mano me penetraba, llevándome a la cúspide de mi placer, pero justo un segundo antes de que la tensión de mi estómago se rompiera, frenó sus movimientos.

—Todavía no tienes permitido venirte. Todavía no. Lo harás cuando te ordene.

Soltó mi pelo y empezó a quitarse la ropa hasta quedar completamente desnudo. Con la punta de su erecto miembro tocaba mis nalgas. Sentí como rompía el envoltorio del preservativo y se lo colocaba. Me penetró muy despacio, haciéndome sentir cada parte de su polla entrando en mí. Cuando estuvo completamente dentro, comenzó a moverse primero despacio, luego mucho más rápido. Cuando volvía a estar a punto de venirme, paró y me arrastró hasta la cama, me tumbó con mi cara mirando hacía el colchón y me penetró otra vez, ahora sí a un ritmo frenético, hasta que los dos nos corrimos a la vez, gritando nuestros nombre.

—Algún día vas a decirme quién eres, tu apellido, dónde trabajas —le pregunté mirándole a los ojos.

Estábamos tumbados en la cama, de lado. Edward acariciaba mi cara y mi pelo.

—Mejor que decírtelo puedo enseñártelo.

— ¿Cómo? —me incorporé en la cama y le miré extrañada.

—Tengo que viajar a Roma por un par de semanas, quiero que vengas conmigo, y después te enseñaré mi casa, mi pueblo, donde me crié.

Tragué saliva. No podía creérmelo. Me levanté de la cama y comencé a vestirme, pero Edward me agarró una muñeca y me obligó a mirarle.

— ¿Qué te pasa? ¿No quieres venir conmigo?

—Sí quiero, pero…

— ¿Pero qué? ¿No estarás casada?

—No, no estoy casada —suspiré y miré hacía el suelo.

— ¿Entonces?

—Edward —le miré a los ojos intensamente—. Tengo un hijo.

Edward se quedó callado, sin parpadear. Procesando la información.

— ¿Tienes un hijo? ¿Cuántos años tienes y qué años tiene él? —por extraño que parezca estaba tranquilo, me miraba a los ojos y en ningún momento soltó su agarre de mi muñeca.

—Tiene cinco años, yo veintidós.

—Lo tuviste con diecisiete —afirmó—. ¿Por eso te metiste a esto?

—Mis padres me echaron de casa, mi hijo se moría de hambre. No tuve más remedio.

Asintió, su rostro serio. Se sentó en el borde de la cama y me puso sobre sus rodillas.

—Entonces veniros los dos conmigo a Roma.

—Lo siento, pero no puedo aceptar tu oferta. No puedo, no puedo —comencé a decir negando con la cabeza.

—Puedes y lo harás. Es una orden. Tu hijo y tú vendréis conmigo a Roma. Te contrataré como mi asistente personal por el momento. ¿Cómo se llama?

— ¿Mi hijo? —pregunté, él asintió—. Matt. Y no puedes contratarme como tu asistente personal.

—Puedo y lo haré —miró el reloj de la mesita de noche—. Será mejor que te vayas marchando. Son las dos y tu hijo, sino me equivocó, estará por salir del colegio —asentí, retiró su agarre de mi cintura y me dejó levantarme para terminar de vestirme—. Os quiero mañana a las seis de la mañana en el aeropuerto con todas vuestras cosas. Si no estás, yo expresamente iré a buscarte donde quiera que estés —se tumbó en la cama y se tapó de cintura para abajo con la sabana—. En tu puerta encontrarás un paquete con un vestido azul celeste, quiero que mañana lo lleves puesto. ¿Qué es lo que más le gusta a Matt?

—Los coches, los Ferrari son sus preferidos. ¿Por qué?

—Lo averiguarás más tarde, ahora has de marcharte. Te veo mañana —se dio la vuelta en la cama para dejar de mirarme y dejar de hablarme.

Terminé de vestirme y me marché. El hombre del que estaba enamorada me había pedido o mejor dicho me estaba obligando a que fuera con él a Roma. Le había contado sobre Matt y no había salido corriendo. Pero no estaba segura de poder aceptar su oferta. Sabía que era un hombre peligroso y él solo quería que fuera con él para estar en su cama. De alguna manera tener a Matt cerca no le importaba siempre y cuando pudiera acostarse conmigo.

Quería marcharme con él, ir con él a Roma o a cualquier otro sitio, pero estaba Matt. Debía de pensar en él y en lo que fuera lo mejor para su vida. Y no estaba segura de que Edward entrara en su vida, por muy enamorada que estuviera de él.

Sabía que si no me presentaba mañana en el aeropuerto me buscaría, movería cielo y tierra para encontrarme y llevarme con él por la fuerza si fuera necesario.

Suspiré. A fin de cuentas, sabía que iría a Roma. Sentía curiosidad por él, por su vida que hasta ahora había mantenido oculta. Ahora quería demostrarme quién era y todo lo referente a él.

Aquella tarde hablé con Matt y le pregunté si quería viajar a Roma. Se tiró en mis brazos, abrazándome por el cuello y diciéndome que sí, que le encantaría ir. También le hablé de Edward y me preguntó si era mi novio. No supe que contestarle, así que evité el tema.

Preparé las maletas y nos marchamos a dormir. Matt durmió conmigo en mi cama, emocionado por su primer viaje en avión.

A las seis, los dos estábamos en el aeropuerto. Yo con el precioso vestido que Edward me había regalado. Se ataba al cuello, dejando mi espalda completamente al descubierto, con un escote redondo que apenas mostraba algo de mi pecho. Me llegaba hasta las rodillas, la falda tenía algo de vuelo. En los pies llevaba unos zapatos bajos para estar cómoda.

Lo vi a lo lejos. Me detuve y cerré mis ojos. Suspiré. Abrí los ojos y reanudé mi camino.

No sabía cual sería mi destino a partir de ahora. Todo eran preguntas sin respuesta. Lo único que sabía es que estaba por coger un avión que me llevaría a la capital de Italia, con mi pequeño niño emocionado y con un hombre que era peligroso.

Yo era una Call Girl, mi vida estaba clara. Tenía citas con hombres importantes, me pagaban grandes cantidades por acostarme con ellos. Día sí y día también. Pero ahora no sabía lo que era. No sabía si después de todo seguiría teniendo que vender mi cuerpo o si aquella llamada de Edward de hace meses había cambiado mi destino.