No volví a saber de él desde aquél día en que lo vi por primera vez. Lo que más me molestaba era que los sueños se habían terminado, ya jamás lo soñaba, por más que deseaba verlo en mis sueños, recordar su mirada, ya no lo soñaba. Ahora me conformaba con imaginármelo en su traje gris y sus ojos clavos en los míos. Comenzó a volverse una obsesión, aunque al principio no me di cuenta de que no daba un paso sin recordarlo o pronunciar su nombre. Incluso mis libros y cuadernos ya estaban rayoneados con sus iniciales y hasta me dio coraje comportarme como una adolescente tonta. Ni siquiera cuando tenía edad me había puesto así de loca por alguien como lo hice por él. Si ya de por sí era una persona ermitaña y solitaria, me encerré más en mi papel de enamorada. ¿Enamorada? No sé qué me pasaba o si estaba enamorada, lo único que sabía era que se había adueñado de mis pensamientos y que por más que quería no lograba dejar de pensar en él. Estaba cansada de la angustia de saber quién era, de saber qué hacía en la universidad y por supuesto de saber cómo había sido posible que yo soñara con él aun antes de haberlo visto. Porque a mí nadie me quitaba de la cabeza que era él y nadie más que él, lo soñé tantas veces y por tanto tiempo que era imposible olvidarlo.

Vi a Alex sentado en el fondo del salón con su típica sonrisa de galán. Me saludaba con la mano y me senté a su lado, no me quedaba otra opción. Comenzó a hablarme sobre no sé qué cosas porque no le presté atención. Me limité a asentir con la cabeza y mirarlo de vez en cuando para que creyera que lo escuchaba. Pero hubo algo en su vana conversación que llamó mi atención.

-¿Qué dijiste?-pregunté insistente.

-¿Sobre qué? He dicho muchas cosas.

-Ya sé, Alex, qué dijiste sobre lo de la maestra Akane.

-Ah, ya, que está muy enferma y por eso no va a poder venir ya. Es por eso que ha faltado estas semanas.

-¿Y entonces quién va a darnos la clase? Ya es mitad de semestre y no pueden quitarla.

-Lo sé, es lo que todos queremos saber.

-¿Y qué hacemos aquí entonces si no va a venir?-dije enojada.

-No te enfurezcas, conejo, vas a tener tu amada clase. Dijo el director que nos reuniéramos hoy aquí para hablar al respecto.

En ese momento vi entrar por el rabillo del ojo al director, tan gordo y mandón como siempre, pero cuando noté una figura alta y delicada fue entonces cuando decidí girar completamente mi rostro para ver mejor. Ahí estaba él, de pie y con un semblante serio. Escuchaba al director atentamente mientras asentía de vez en cuando. El corazón estaba por salirse de mi pecho en cualquier momento e inconscientemente llevé una mano a mi pecho para sentirlo. Lo miré embobada hasta que el director dejó de hablar y él dirigió su vista hacia nosotros. Cuando sus ojos se encontraron con los míos, sentí que en cualquier momento desaparecería. Noté de inmediato que su mirada se endurecía y fruncía los labios, apenas logré parpadear. Desvió su mirada y sentí que el suelo se movía. ¿Acababa de evitarme? ¿Habría recordado nuestro peculiar encuentro? Las dudas se amontonaban en mi cabeza sin explicación.

-Jóvenes, qué bueno que están aquí. Como algunos ya sabrán, la maestra Akane estará incapacitada por tiempo indefinido, no sabemos cuándo va a recuperarse ni cuándo podrá volver a trabajar. Por ser ya medio semestre no podemos dar de baja esta clase, así que hemos contratado al profesor Helios Elysion, quien cubrirá a la maestra el tiempo necesario en todas las clases que le pertenezcan.

Sentí como si alguien me hubiera dado la mejor noticia del mundo. Ver a Helios todos los días hasta acabar la universidad me parecía un regalo grandioso. Podría tenerlo cerca, podría hablarle, podría conocerlo, podría estar cerca de él. Sin darme cuenta una sonrisa se dibujó en mi rostro de oreja a oreja. Y yo nunca solía sonreír así. Mi pulso trataba de regularse y me estremecí de solo pensar que podría escuchar su tranquila voz cada día.

-Me retiro para que él les hable y lo conozcan mejor.-se dio la vuelta y antes de salir volvió a dirigirse a Helios.-Mucha suerte, profesor Elysion.

Helios asintió con la cabeza y al asegurarse de que el director Fujimoto había salido del salón, se dirigió a nosotros con una sonrisa apacible.

-Buenos días a todos. Como ya dijo el señor Fujimoto, soy Helios Elysion, su nuevo profesor de literatura hispanoamericana. Yo soy de una pequeña isla al norte de Grecia llamada Isla de Syros. Es un lugar hermoso que espero algún día puedan visitar. Viví ahí por casi veinte años y luego tuve que mudarme a Atenas a estudiar en la Universidad de Atenas una licenciatura en Historia Clásica y Contemporánea. Mis padres siguen viviendo en la Isla de Syros. Heredé de mi padre el gusto por la historia, ya que él también es historiador, al igual que su padre lo fue. Mi padre adora sus raíces griegas al igual que lo hizo su padre, a tal grado de que lo llamaron Homero, como nuestro héroe en las famosas poesías épicas griegas, y eso ocasionó que decidiera llamarme Helios, como el dios del sol. Él dice que es su dios favorito. Cuando cumplí los 23 me mudé a España para especializarme en Literatura Hispanoamericana, siempre me gustó demasiado la literatura y como aprendí español desde muy pequeño me encantó la idea de leer literatura hispanoamericana. Ahí viví tres años y cuando terminé de estudiar me ofrecieron un trabajo en la Universidad de Oxford en Inglaterra para dar la misma clase que ustedes van a tomar conmigo. Ahí viví por siete años hasta hace unas semanas que me mudé aquí a Japón, y deben preguntarse por qué. Me asignaron un proyecto de investigación muy importante en la universidad que se desarrolla aquí en Japón. Es acerca de las geishas, cosa que me ha interesado muchísimo desde hace mucho tiempo. El señor Fujimoto se enteró de mi visita al país y como de cualquier manera el proyecto apenas comienza y esta clase de trabajos, que próximamente ustedes mismos podrán llevar a cabo, siempre tardan mucho tiempo, meses, años, no sabemos cuánto nos tomará realizarlo. Esa fue la razón por la que acepté el trabajo.

Nadie habló ni interrumpió a Helios mientras hablaba. Era de esas personas que te hipnotizan con la voz, y no por ser aburrido sino por ser muy interesante. Grabé todos los datos que nos daba en mi memoria. Jamás olvidaría ningún detalle y en vez de satisfacerme quise saber más, mucho más de él. Para mí todo era muy importante, todo lo hacía una persona única e irrepetible. Solo éramos ocho personas las que tomábamos esa clase, y yo era la única mujer.

-Por ahora no tiene mucho caso seguir. Sé que el último libro que leyeron fue el de Crónica de una muerte anunciada, así que háganme el favor de traerlo la siguiente clase para que lo discutamos y además les encargo un reporte. Ya deben saber lo que un reporte analítico debe llevar, así que nos vemos pasado mañana. Regresando al tema de mi investigación.-dijo tomando sus cosas del escritorio.-El que esté interesado puede apuntarse conmigo para hacer su servicio social de ayudante. No tengo límite de ayudantes ya que hay muchas áreas en donde pueden trabajar, así que si nadie tiene algún comentario o pregunta, me retiro.

Nadie dijo una sola palabra hasta que se puso de pie. Olimar, un chico aún más taciturno que yo, lo alcanzó a la salida del salón. Escuché decirle que estaba interesado y que deseaba ser asistente. El corazón me latía con más intensidad que antes. Era la oportunidad perfecta de acercarme a él, de tener cualquier pretexto para verlo, para escucharlo y me levanté con tal rapidez que ni siquiera me despedí de Alex. Helios anotaba algo en una libreta y cuando terminó le dijo a Olimar que lo esperaba por la tarde en su oficina. Cuando me vio noté de nuevo la tensión en su rostro y se irguió antes de cruzarse de brazos. Olimar ya nos había dejado solos y para mi sorpresa ni siquiera supe por dónde empezar. Me quedé mirándolo como boba hasta que fue él quien rompió el silencio.

-¿Y bien, Conejo?

Sentí que la sangre me hervía. Odiaba ese apodo y ahora él me llamaba así.

-Yo… yo también quiero ser asistente.-logré responder.

-Muy bien.

-¿Y?

-¿Y qué?

-¿No va a anotarme en su libreta?

-No. Recordaré que vendrás en la tarde.

-Quiero que anote mi nombre.-exigí.-No soy Conejo.

Por primera vez lo vi reír discretamente. Abrió su libreta nuevamente y me miró esperando a que le dijera mi nombre.

-Rini.-dije asustada.-Rini Tsukino.

Él escribió rápidamente y sin pausas. Su caligrafía era elegante y perfecta, como las de antes.

-De acuerdo, señorita Tsukino, la espero a las seis en punto en mi oficina para indicarle lo que tiene que hacer.

Ni siquiera se despidió, ni hizo nada más. Solo se dio la vuelta y comenzó a caminar lentamente por el pasillo con su maletín colgando de su hombro y yo me quedé petrificada viéndolo caminar.

Regresé a casa pensando en mil cosas. Tenía que resolver qué iba a ponerme, aunque solo fuera una junta. Pero la idea de gustarle me volvía loca. ¿Qué tal si pensaba que yo no era una mujer? Yo ya tenía 23 años y debía demostrarle que era madura y segura de mí misma. Él ya tenía 33 años. Diez años mayor que yo y no lo parecía. Su porte era perfecto, casi como el de un rey. Parecía salido de una historia de monarcas en donde el rey tirano juzgaba a todos desde su trono. Llegué a mi casa pensando, como cada día desde su llegada, en él. Me tumbé sobre la cama ignorando los gritos de Michiru que me pedían bajar a comer. Cerré los ojos unos instantes y lo imaginé mirándome y tocándome lentamente. Me volví loca de solo pensarlo y sentí un cosquilleo en todo el cuerpo. Yo jamás había sido tocada por ningún hombre pero el hecho de pensar que él podía hacerlo me hizo sentir demasiadas cosas. De pronto ya no podía pensar en nada más que en su cuerpo sobre el mío y en la soledad de mi habitación comencé a tocarme. Acaricié mi entrepierna al tiempo en que dejaba volar mi imaginación. Recordando sus ojos, sus labios, los imaginé sobre mi boca y mis senos. Fui aumentando el ritmo del movimiento de mi mano y poco a poco me fui poniendo tensa y rígida. Ya no podía dejar de pensar en eso y el placer aumentaba con cada movimiento. Con mi mano libre comencé a tocarme los senos y ya estaba tan mojada que cada vez resultaba más fácil acariciarme el clítoris. Terminé por temblar de pies a cabeza mientras me retorcía y disfrutaba el éxito de mi trabajo. Solo conocía el sexo de esta manera, porque una vez lo aprendí del internet y como dije, jamás había sido tocada por ningún hombre. Me gustaba imaginar situaciones que me hacían excitarme pero era la primera vez que lo hacía pensando en un hombre real. Después de eso solo pude pensar en que necesitaba que él me tocara en la vida real. Deseaba sus manos delgadas y finas sobre mi cuerpo y sentí que la calentura se me subía a la cabeza.

Después de cambiarme de ropa por un vestido oscuro de color verde olivo que se ceñía a mi cuerpo decidí bajar a comer. No hablé en todo el rato que duré sentada a pesar de las insistentes preguntas de Michiru y Seiya. Al terminar de comer subí a lavarme los dientes y a recogerme el cabello en una coleta. Salí de la casa sin decir nada. Tenía quince minutos para llegar a la escuela y me fui caminando tranquilamente mientras con una sonrisa en el rostro recordaba mi momento pasional privado.

Cuando llegué a la escuela vi a Olimar saliendo de la oficina. ¿No había dicho Helios que a las seis? Olimar me saludó y me abrió la puerta para que pasara. Ya dentro vi a Helios acomodando unos libros en los estantes medio vacíos y por varios minutos ignoró mi presencia hasta que se dignó a mirarme. Esperaba que me mirara bien, que me viera de pies a cabeza pero se limitó en sentarse en su escritorio y jamás bajó la cabeza. Me senté frente a él y crucé las piernas como toda una señorita decente esperando a que él hablara.

-Muy bien, señorita Tsukino, gracias por venir. La cité porque quiero saber cuáles son los motivos que la han llevado a aceptar el trabajo de asistente. Debe saber que es un trabajo difícil y que va a tomarle gran parte de su tiempo libre.

-Estoy consiente.-respondí apretando los labios.-Me interesa primero porque es experiencia, segundo porque sé bastante de las geishas y me puedo familiarizar rápidamente con el proyecto, y tercero porque es una oportunidad para hacer mi servicio social.

-De acuerdo. Entonces no tiene ningún inconveniente en perder su tiempo libre.

-Por supuesto que no, profesor.-respondí irónicamente, aunque deduje que Helios no lo había notado. Odiaba llamarlo profesor, eso dibujaba una barrera entre él y yo que quería derribar cuanto antes.

-Excelente.-sonrió.-Lo primero que quiero que haga es investigarme todos los nombres de las geishas actuales que encuentre, no importa qué tantos o que tan pocos sean.

-¿Puedo saber qué le toca hacer a Olimar?

-No se preocupe, él tiene otra tarea. Si tiene alguna duda puede encontrarme aquí por las tardes o en la mañana cuando me vea.

Se puso de pie y esperó a que yo también me levantara. Lo hice con cierta reticencia y me le quedé mirando a los ojos deliberadamente. Él no apartó la mirada solo para demostrarme seguramente que yo no era ningún riesgo para él.

-Y… ¿eso es todo?-dije como una tonta.

-Por lo pronto, sí, señorita Conejo.

-Tsukino.-corregí con tono de molestia al tiempo que apretaba los puños.

-No quisiera correrla, señorita, pero tengo bastante qué hacer. La veo en clase.

Caminó hasta la puerta y la abrió de par en par para indicarme que ya era hora de irme. Me enojé mucho. Cerré los ojos por unos instantes y luego caminé hasta la puerta. De lo enojada ni cuenta me di que en el suelo había un lápiz tirado. Lo pisé por el apuro y terminé tropezándome al punto de azotar contra el suelo si no fuera porque Helios me tenía ya agarrada de la cintura fuertemente, evitando mi caída. Nuestros rostros estaban muy cerca, como la primera vez que nos habíamos visto, y esta vez fui yo la de la respiración agitada. Sus ojos marrones me hipnotizaron y por unos instantes fui incapaz de moverme. Su brazo rodeaba fuertemente mi cintura y quise saltar sobre él ahí mismo y llenarlo de besos. Me hubiera gustado desnudarme y esperar a que me hiciera cuanto deseara. Me conformé con sentir su delicada mano sosteniéndome y su aliento golpear mi rostro.

-Es usted algo distraída, señorita Tsukino, será mejor que se fije por donde pisa.

Me soltó con cuidado y volvió a abrir la puerta para mí. Lo miré largamente a los ojos antes de salir sin decir ni una palabra y aventurarme a la oscuridad del atardecer. Regresé a mi casa deteniéndome en cada esquina para mirar hacia atrás y ver si no me perseguían. No esperaba que un ladrón o un maleante lo hicieran, pero sí él. Su cercanía me ponía los pelos de punta y un cosquilleo recorría mi espalda. Sus brazos eran fuertes y me imaginé a mí misma tocándolos con las yemas de los dedos. De pronto me invadió un miedo terrible de que eso no sucediera jamás y volví a mirar para ver si lo veía siguiéndome.