Bajos instintos.

Una familia modelo. Un trabajo que no hacía más que crecer incontrolablemente. Una buena posición; forjada por los principios bien instruidos de su padre y madre, Inmigrantes franceses que no le enseñaron nada más que trabajar duro y ganarse todo con el sudor de su frente y bajo una moralidad intachable.

Era cierto. Para Carlisle Cullen no existía nada que no quisiera y no tuviera ya. Una esposa amorosa, servicial y encantadora, tres hijos ya adolescentes que para ojos de todo el mundo eran hijos modelos, tenían sus rebeldías, pero nada que una buena conversación y unos buenos concejos no solucionaran.

Por eso. Aquel día Carlisle no sospechó de nada. Ni de la lluvia que contra todo pronostico ambiental, azotaba a Seattle, no sospechó, que por primera vez en la historia Alice hubiera dejado su proyecto de ciencias en casa cuando llevaba trabajando en el desde comienzos del semestre.

Tampoco pensó que su vida cambiaría cuando Esme le pidió que por favor le acercara el proyecto a la escuela.

Aceptó sin problema, sin pensar que su vida podía cambiar, sin saber, que los instintos más bajos, deplorables y sin sentido de un hombre, se despertarían en su interior.

Aparcó algo retirado del edificio principal de la escuela, la lluvia inesperada había hecho que muchos alumnos llegaran tarde a clases, por lo que los puestos mas cercanos estaban ocupados por la presencia de padres explicándole a los de administración de la escuela el motivo de su tardanza, también habían algunos que iban a la exposición de ciencias, por lo que gran parte del estacionamiento estaba ocupada.

Carlisle subió el cuello de su sobre todo negro para cubrirse la parte posterior del cuello mientras bajaba de su Mercedes. Con extremo cuidado sacó del asiento trasero su paraguas igual de oscuro y una pequeña caja llena de ramitas y paja, que acunaba un huevo de considerado tamaño que Alice llevaba incubando al calor de una lámpara infrarroja algún tiempo. Según le había informado su hija, el huevo era de lagarto y una vez naciera, se lo daría a una veterinaria que haría todo lo necesario para colocar al nuevo lagarto en un ambiente más idóneo para él.

Abriendo el gran paraguas y con una elegancia innata, Carlisle Cullen inició el recorrido al edificio principal de la escuela, haría que llamaran a Alice desde allí para así poderle entregar el proyecto, su teléfono celular repicó sutilmente en el bolsillo de su chaqueta, pero no podía contestar por tener las manos ataviadas.

Mientras caminaba con pasos seguros escuchó una discusión cercana, no pudo evitar prestar atención, un hombre y una mujer discutían a pulmón batiente, supuso era una discusión de adolescentes por el timbre de las voces y pensó por un momento acercarse a investigar un poco, sin embargo, cuando se debatía entre acercarse o no, sus pasos lo guiaron a la fuente del ruido.

No era retirado de la escuela, pero se podía decir que era muy poco transitado y no se les podía acusar a la población del colegio de aquello, ya que los botes de basura le daban un estilo, sucio, mal oliente y desagradable al lugar, Carlisle pensó que ese era el cometido de aquel par de jóvenes. Que nadie los interrumpiese o escuchase, sin embargo, se hizo camino al oloroso lugar y logró divisar a los dueños de la discusión, su frente se frunció un poco en desaprobación al ver la escena.

Observó a una chica, mucho mas delgada de lo normal, cabello negro y cortado de una manera asimétrica en su cabeza, vestía de negro en su totalidad, sus brazos los cubrían unas mallas también negras ocultándole la piel, supo que era muy blanca por la palidez de sus manos, con las que gesticulaba alocadamente frente al chico con el que discutía.

En otro momento Carlisle hubiera mandado a callar a la que parecía una pareja de novios en plena discusión marital, le hubiera indicado que mantuvieran la calma, que no se gritaran y conversaran. Preferiblemente en un lugar más adecuado.

Pero sus palabras no salieron.

Como si de un hechizo… No. Fue como si una maldición gitana se cerniera sobre su cabeza.

En lo único que podía pensar era un arrancarle la cabeza a aquel muchacho de unos veinte años que osaba gritarle a aquel disfraz de mujer.

Parpadeó asombrado por sus pensamientos, casi dejó caer la pequeña caja que sostenía en la mano izquierda. Nunca jamás había experimentado algo igual, era un hombre que pasaba los 40 por muy poco, empresario, esposo, padre, amigo, compañero, profesional de principios.

Pero todo se fue a la mierda. En ese momento, solo pensaba en querer separar a aquel chico (Del que ni siquiera se había preocupado en ver su apariencia) de la chica.

Su respiración se entrecortó de la impresión de sus pensamientos, dio un paso atrás pisando una ramita en su intento de separarse. El pequeño ruido llamó la atención de la chica, que con cara de furia se giró ofuscada a insultar el producto de su distracción.

La chica alzó ambas cejas al ver la expresión en el rostro de aquel "viejo" que la observaba con tanto ímpetu, lo vio por entre sus pestañas y le dedicó una sonrisa contrastante a la pelea que sobrellevaba con el otro chico, Carlisle parpadeó e inclinó la cabeza, o por lo menos pensó que hizo, ya que su cuello se sentía realmente rígido, con algo de asombro se fijó en el piercing que se alojaba en su labio inferior, justo en el medio de su boca.

Imaginó incontables sensaciones que ese aro provocaría en su piel y se asustó de inmediato, dio la vuelta alejándose lo mas posible de aquel lugar, cerró el paraguas y no le importó mojar su sobre todo con el ahora rocío de lluvia.

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Alice recibió a su papá entre saltos y nervios, tomó a Coco (como había llamado al huevo) de sus manos y hablándole chiquito le dijo que sentía mucho haberlo olvidado.

Carlisle quitó los guantes de piel chocolate de sus manos y las frotó con ahínco, su mente seguía en aquel botadero de basura y en la imagen desconcertante de la chica del piercing.

—Papá, gracias, gracias— dijo Alice una vez se encontraba de vuelta del gimnasio, donde había dejado a Coco, —ésta mañana fue un desorden con la lluvia y me olvide por completo de él— Alice abrazó por el pecho a su padre, Carlisle parpadeó al sentir el contacto y de manera incómoda lo devolvió.

El tener a su hija pequeña en brazos lo hizo poder respirar profundo, el aroma infantil y fresco de su hija le hizo recordar la inocencia, la virtud de las jovencitas de su edad, Alice tenía catorce recién cumplidos y era una niña aun, en demasiados sentidos.

Poco a poco y manteniendo la imagen angelical de su hija en su mente, se fue relajando, el abrazo se tornó mas afectivo y finalmente se entregó al amor que sentía por su pequeña, olvidándose de las sensaciones que había sentido antes.

Besó la coronilla de su hija y le sonrió.

—No me importa ayudarte Alice— dijo viéndola a los ojos —pero tienes que tener mas cuidado y ser mas responsable, ¿Qué hubieras hecho si no puedo traerte a Coco? — su voz sonó dulce pero con el toque de autoridad y reprimenda necesaria, Alice murmuró algunas excusas mas y Carlisle la hizo callar con tan solo una mirada, la chica resopló y sintiéndose derrotada murmuró.

—Siento ser una irresponsable, no volverá a ocurrir— ya el buen humor de Alice se había esfumado, ella pensaba que no era para tanto, no tenía que humillarse y llamarse abiertamente irresponsable, cuando simplemente había ocurrido un olvido.

Carlisle asintió complacido de las palabras de su hija, iba a elogiar su obediencia pero volvió a verse severamente distraído, la irrespetuosa, desdeñosa y descarada chica se abrió paso en la sala común del edificio principal, sin ver a nadie, sin dar los buenos días, siguió su camino directo a la oficina del director, tirando la puerta tras ella.

Carlisle se sorprendió de que nadie le reprochara el comportamiento y se sorprendió de lo distraído que se encontraba viéndola.

—¿Papá? — La voz de su hija lo hizo parpadear en su dirección, intentó hablar y su garganta se mostró seca, tragó con dificultad humedeciendo su tráquea con esfuerzo, —¿Sí? — fue lo único que logró articular.

—¿Vas a quedarte a la exposición? — Carlisle parpadeó aun viendo la puerta cerrada y ya ajena a las vibraciones que había provocado el golpe al cerrarla.

—Ehh, no, lo siento, pero no puedo… tengo… tengo una reunión, tu… tus hermanos irán, tu… tu mamá también.

Cerró los ojos y recordó a Esme, el sentimiento de culpa, asco y vergüenza se calaron en su mente, se separó por completo de su hija y despidiéndose entre dientes salió de la escuela, subiéndose a su auto y arrancando sin ningún tipo de elegancia.

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Habían pasado ya algunos días de aquel nefasto evento, Alice había quedado de segunda en la feria de ciencias y todos estaban felices por ella, Carlisle la felicitó, pero solo porque Esme le recordó hacerlo, no había ido a la exposición de ciencias y la verdad era que se había obligado a no acercarse de nuevo allí.

Se mintió a si mismo diciéndose que eso no había pasado, ese desliz que sintió al ver a aquella chica fue una confusión, que su interés se debía a lo asqueado que lo habían dejado sus vestimentas, no por que la deseara o por que pensara con mas frecuencia de la necesaria, en aquel aro plateado que adornaba sus labios.

Se había enterrado en el trabajo de manera literal y enfermiza, volviéndose realmente invisible para el resto de la familia, Esme lo buscaba, intentaba hacerlo hablar, pero simplemente encontraba barreras y a su secretaria en vez de a él.

Hubo días malos y otros peores, uno de los peores suscitó en el cumpleaños numero diecinueve de su hijo mayor, Emmett Cullen tendría la mayor de las fiestas en la casa de su mejor amigo, cenaría en casa de sus padres y luego él y el flaco se irían de fiesta con los amigos en común, todo estaba planeado y todo prometía ser el gran acontecimiento del año.

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—Carlisle. —llamó Esme cuando finalmente abrió la puerta de su hogar.

—Si ya sé que es tarde Esme, pero me duele horrores la cabeza, ¿podemos discutir esto mientras me ceno algo? —ni siquiera la vio a la cara, ni siquiera se dio cuenta de que sus ojos estaban enrojecidos, él simplemente dejó su maletín sobre la silla mas cercana y se aflojó la corbata con cansancio.

—Sí, es tarde. —dijo ella y su voz se quebró. —hace mas de dos horas que le cantamos cumpleaños a tu hijo mayor. —Carlisle frunció el ceño y luego cerró los ojos, lo había olvidado por completo, Esme se lo había recordado mil y una vez, pidiéndole que llegara temprano, que los chicos habían hechos planes, pero que querían pasar la hora de la cena con sus padres, Carlisle prometió estar, pero como se había hecho últimamente costumbre, lo había olvidado.

— ¿Dónde están? —preguntó viendo hacia arriba de las escaleras, — ¡Emmett! ¡Edward! —gritó sin esperar respuesta de Esme, que cerró los ojos y contestó. —hace más de dos horas que los chicos se cansaron de esperarte y les dije que se fueran a la fiesta que sus amigos les organizaron dejé que Alice los acompañara al cumpleaños del que sus amigos sí se acordaron.

Carlisle sacudió la cabeza y rodó los ojos—Emmett es bastante grandecito para entender que estaba ocupado trabajando, estoy seguro que ni siquiera quería pasar este día con nosotros.

—No digas tonterías Carlisle, los chicos querían que cenáramos juntos, —él volvió a rodar los ojos, — ¿Por qué no me llamaron entonces?

— ¡Me cansé de hacerlo! Pero tu teléfono estaba apagado, ¿Cómo fuiste capaz de hacerles esto?

—No seas exagerada Esme, si hubieran querido verme se habrían quedado. —Esme no podía creer sus palabras, no podía entender lo poco preocupado que se escuchaba hablando de lo que debería ser lo mas importante de sus vidas. Sus hijos.

— ¡Se cansaron de esperarte! —gritó indignada. — ¿Qué se supone que debía hacer? ¿Privarlos de su fiesta a ver si tú aparecías?

Carlisle se tomó el cabello con ambas manos, pasándoselas repetidas veces por el cráneo, —Ya. Suficiente, estoy realmente cansado y no voy a seguir hablando de esto por hoy.

Aun seguía con una sed terrible, por lo que se dirigió a la cocina a servirse un poco de agua.

—No sé qué te sucede últimamente. —Esme interrumpió su avance, —no quieres hablarlo conmigo y no puedo obligarte hacerlo. —ella se sentía sumamente preocupada por el estado de ánimo de su esposo y sentía que estaba llegando a un punto de no retorno, por lo que soltó las palabras en un intento traerlo de vuelta. —yo estoy aquí y mientras te ame, lo estaré, pero… estás perdiendo a tus hijos Carlisle, con mayor frecuencia veo tus ausencias en su vida y me da tristeza ver como te pierdes de momentos especiales.

Carlisle no le contestó, se sirvió en cambio el vaso de agua y vació el contenido casi por completo.

—Alice quiere entrar en el concurso de talentos del año que viene, quiere tomar clases de danza, ¿acaso tenías idea?

—Alice cambia de parecer cada dos segundos. —Se defendió colocando el vaso en la mesada —¿Cómo quieres que le siga el ritmo?

Carlisle tenía la espalda hacia ella, Esme respiró profundo y aun con lágrimas en los ojos sonrió cuando mencionó sus siguientes palabras. — ¿Sabías que Edward está enamorado?

Carlisle alzó sus cejas y se giró viéndola esta vez asombrado. —Sí, —dijo Esme aun sonriendo. —no sé como se llama, pero me dijo que creía estar enamorado, está asustado y lleno de preguntas, necesita a su papá Carlisle, Emmett está en su propio mundo, él y Rose van mas serio de lo que jamás pensé que llegarían, Alice es aun muy chica para conversar con sus hermanos y es mujer, Edward está solo, necesita un concejo de un hombre, necesita a su padre.

—No te pido mas nada Carlisle, tan solo sé su padre. —Se sintió furioso, vulnerado en su enorme ego, bien decía su viejo padre que de tener éxito en la familia, no lo tendrías en el trabajo y de tenerlo en el trabajo, no lo tendrías en el amor, pero ser completamente feliz en las tres cosas mas importante de la vida, era más que imposible.

Odiaba tener que admitir que su viejo padre tenía razón.

La empresa no estaba en su mejor momento, había accedido a liquidar a dos de sus mejores clientes, cosa que hizo a pesar de que sus socios le indicaron montones de veces que no era rentable, hizo por pura arbitrariedad y que ahora estaban sufriendo las consecuencias de dichas transacciones, Seattle se estaba volviendo incontrolable en las manos de Cullen&Co, habían perdido capital importante y los poco que les quedaba era el prestigio que aun el buen apellido aguantaba.

Aunque se estaban yendo a la quiebra entre los socios habían concluido por no decir absolutamente nada, necesitaban de los pocos clientes que tenían para mantener la nomina de los empleados y poder pagar las enormes oficinas que los albergaban.

No le había dicho nada a Esme ni planeaba contarlo, antes muerto que admitir que había cometido errores al mando de la compañía.

Sus hijos, en lo único que pensaban era en gastar, Emmett le había indicado que no seguiría en la universidad, que se suponía sería su gran sucesor, con Alice no contaba gracias a la juventud y a lo volátil que la chica era con sus gustos y Edward, jamás había dado indicios de siquiera saber que hacer con su vida cuando se graduara el año entrante.

Entonces él solo cargaba con el peso completo de la prácticamente quiebra de la compañía sobre sus hombros, por lo que… siguiendo las palabras de su viejo padres, lo dejaban totalmente descuidado con los temas referentes al amor y la familia.

—Esme, no es buen momento, por favor. —Su voz era baja, Esme preocupada se acercó a él, tomándolo de las manos, —Siempre es buen momento para ser padre, los chicos adoraran verte, porque no te acercas a casa de Jimmy, ahí es donde hicieron la fiesta.

El hecho era que había observado la casa de ese tal Jimmy camino a la propia rodando los ojos pensando en lo fastidiosos que eran los adolescentes escandalosos.

Se soltó de las manos de Esme y retrocedió, —Solo quería comerme algo y dormir, no la maldita inquisición. —no era para nada normal que Carlisle maldijera, Esme ahogó un quejido al oírlo, Carlisle la rodeó, tomó sus llaves de nuevo y salió del apartamento.

Esme se apoyó de una de las paredes y con una mano cubrió su boca tapando su llanto, no podía creer las palabras de su esposo, entonces agradeció enormemente que sus hijos no estuvieran en casa.

Carlisle arrancó su auto y se encaminó a la calle, no sabía a donde ir, no tenía planeado ir a ningún lugar, pensaba en regresar a casa cuando la noche terminara de caer, los chicos no llegarían hasta el amanecer y él tan solo tendría que esperar a que Esme finalmente se quedara dormida.

Unas calles a la redonda, escuchó el estruendo de la fiesta donde seguramente estarían sus hijos, detuvo el auto unas seis casas de distancia y observó con detenimiento el movimiento.

Había algunos chicos afuera, fumando y bebiendo en los vasos plásticos rojos típicos de las fiestas de universitarios. Frunció el ceño, ninguno de sus hijos era "universitario"

Unas pocas parejas se besaban en los alrededores de la casa, otras parecían discutir, por las ventanas podía verse a los chicos bailando y disfrutando, estaba muy lejos como para poder distinguir a algunos de sus hijos.

Entonces una pareja llegó tomada de manos cerca de su auto, la muchacha se sacudía de su agarre pero no podía conseguirlo, el chico la recostó violentamente en el costado de la camioneta que estaba estacionada frente al mercedes, Carlisle por curiosidad morbosa observó con detenimiento, no parecían haber salido de la fiesta, parecía mas bien que iban camino a casa de Jimmy.

No se escuchaban los reclamos de la mujer, el chico seguía manoteando al aire, ella intentó escapar y esta vez el chico fue realmente violento pegándola contra las ventanas de la camioneta, Carlisle pudo ver como la chica abría la boca de dolor.

Respiró profundo pensando en lo bajo que caían ahora los jóvenes, pero a pesar de no saber quienes eran, no podía simplemente ser testigo de semejante brutalidad. Encendió las luces del auto para hacer que la pelea se terminara.

Las luces cegaron a la pareja, voltearon a la fuente de la luz, pero gracias a la incandescencia no pudieron ver al conductor, sin embargo Carlisle si los vio, abriendo sus ojos con asombro.

Era ella, la misma chica que había visto en la escuela de sus hijos, la misma por la que estaba tan de mal humor, la misma por la que últimamente no podía dormir.

La chica del piercing. Sin tener idea de quien estaba en el auto, se zafó de su agresor e intentó huir. Pero el chico la detuvo, propinándole una cachetada y gritándole algo que Carlisle creyó entender como "perra"

Pero tan solo llegó a entender porque en el momento que vio el rostro de la chica voltearse a causa del golpe, se sintió encolerizado, tenía cerca de veinte años desde que había golpeado a alguien alguna vez, desde su tiempo en la escuela secundaria, donde tenía demasiadas citaciones a la oficina del director, cuando no dudaba ni un segundo para responder a los golpes.

Había pasado por terapias "curativas" con el viejo de su padre, donde aprendió, que si él era violento, su padre podía llegar a ser extremadamente violento.

Pero olvidándose de las amenazas de su padre para que no se metiera en pleitos de quinta categoría, se bajó del auto.

No se fijó a los lados, ni siquiera recordó que en la casa no muy lejana se encontraban sus tres hijos y que si había mucho alboroto afuera simplemente saldrían para averiguar que pasaba.

Fue directo a la pareja, la chica se tomaba con una mano la mejilla adolorida, el chico estaba encima de ella, sosteniéndola brutalmente de su cabello, entre la furia de su cabeza, Carlisle escuchó mas insultos "Perra" "Zorra" "Puta" estaban a la orden del día.

Tomó entonces al chico por el cabello igualmente, cuando este intentó voltearse a ver quien lo sujetaba, Carlisle tomó su brazo libre logrando inmovilizarlo para poder separarlo de la chica, luego lo golpeó. No un solo golpe, sino varios, lo golpeó y volvió a golpear, el chico cayó a la acera en cuatro patas, escupiendo sangre, no sabía quien lo atacaba, nunca tuvo chance de siquiera levantar la mirada.

Carlisle propinó una patada en las costillas del chico provocándole un quejido mayor, el chico cayó sobre su estómago y se dio la vuelta tosiendo porque se ahogaba con la sangre de su nariz.

—Para la próxima piénsalo antes de golpear una dama. —dijo las palabras con voz extraña, seca, entre dientes apretados.

—Ella… no… es… una… dama. —esas fueron las ultimas palabras antes de que recibiera otra patada pero esta vez en el rostro, dejándolo inconsciente.

Carlisle sacó el pañuelo de su bolsillo trasero limpiando la sangre de sus nudillos con asco, abrió y cerró la mano repetidas veces sintiendo un ligero crac cada vez que lo hacía.

Respiró profundo intentando calmarse.

— ¿Estás bien? —Preguntó acercándose a la chica que estaba sentada en la acera con la espalda recostada a la camioneta, la chica veía incrédula el cuerpo inerte de su agresor, — ¡Hey! —parpadeó por el grito y asintió en respuesta. —Me… me duele la cara, pero… pero estoy bien.

Hubo alboroto en la casa de la fiesta, Carlisle pensó que había sido silencioso pero no fue así, ya que era evidente que la música bajó considerablemente de volumen y empezaron a salir más chicos de la casa.

—Tenemos que ponernos en marcha. —dijo la chica rápidamente. —si llaman a los polizontes nos vamos a meter en problemas.

El pánico que Carlisle pensó que la chica sentía se desvaneció de inmediato, observó como la chica caminó a gatas hasta el cuerpo inerte de su agresor, palmeando sus bolsillos sacó la billetera y un paquete del bolsillo de su chaqueta. —No vas a necesitar esto imbécil. —le dijo mientras se ponía de pie. —Vamos. —le dijo a Carlisle. —tenemos que irnos.

Carlisle se puso en marcha, caminó hasta el mercedes que aun tenía la puerta abierta y se sentó tras el volante, la chica del piercing se sentó a su lado cerrando la puerta con mas fuerza de la necesaria, Carlisle no apagó las luces para que la incandescencia los mantuviera en las sombras, colocó reversa y salió de la calle a toda prisa, cuando giró al final de la calle, logró ver como la fiesta se había interrumpido mientras algunos corrían hacia el chico inconsciente.

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—¿A dónde vamos? —preguntó la chica, Carlisle cambió la velocidad. —No tengo idea, solo necesito conducir.

La chica asintió. —¿Te molesta si fumo?

—¡Claro que me molesta!

La chica soltó una carcajada. —Está bien viejo, no te alteres. —Carlisle sacudió la cabeza. —No sé qué demonios me pasa, definitivamente no estoy en mis cabales.

—¿En tus qué?

Bufó sacudiendo la cabeza, observó de reojo lo que la chica tenía entre sus manos y observó una cajetilla, suspiró y encontró un apartado en la autopista, direccionó el mercedes allí y lo apagó recostando su cabeza del volante.

Sintió como la puerta a su lado se abría y volvía a cerrar con demasiada fuerza, apretó los labios. —¿¡Podrías no tirar la puerta!?

La chica no contestó pero soltó una enorme carcajada, Carlisle sacó las llaves del contacto y se bajó del auto.

—¿Qué estás haciendo?

—Fumando un poco de hierba, ¿quieres? —le extendió el cigarrillo artesanal, Carlisle negó de inmediato, la chica se encogió de hombros. —te ayudara con el dolor de tus manos. —señaló sus nudillos, estaban empezando a hincharse.

Carlisle se recostó del auto y pasó las manos por su rostro, pensando por primera vez en lo que acababa de hacer.

Su respiración se volvió rápida y ruidosa.

—Hey, ¿estás teniendo un ataque de pánico? —lo movieron violentamente por su hombro.

—¡Dios! —Dijo Carlisle descubriéndose el rostro, —esto no me está pasando.

La chica volvió a reír y le dio otra calada a la hierba. —Hombre cálmate, no es como que nos hayan visto.

Carlisle comenzó a caminar en círculos. —golpeé a aquel muchacho, ¡casi lo maté! La fiesta seguramente se acabó, deben haber llamado a las autoridades, para este momento ese joven debe estar declarando, debe haberle dado datos a la policía, te deben estar buscando, no faltará nada para que den conmigo.

La chica sacudió la cabeza. —Deja la paranoia viejo.

—Necesito una coartada, ¿Cómo voy a explicarle mis manos a Esme?

—¿Quién es Esme?

Carlisle se volteó a verla de inmediato. —Nadie, ella no es nadie, no la nombres, olvida que la mencioné.

La chica levantó sus manos sosteniendo aun en una de ellas el cigarrillo. —cálmate viejo.

—¡Mí nombre es Carlisle!

—¿Car… qué?

—¡Carlisle!

La chica rió por todo lo alto, la marihuana ya le estaba haciendo efecto. —¿Qué tienes? ¿Cien años? Ese nombre es antigüisimo.

Carlisle rodó los ojos. —Antiquísimo, se dice, antiquísimo.

—Como sea. —dijo rodando sus ojos, dio otra calada y le volvió a ofrecer el cigarrillo. —¿seguro no quieres? puede venirte bien.

Carlisle resopló obstinado pero no contestó.

Se quedaron en silencio otro momento, la chica había bajado la frecuencia de sus caladas, pero seguía fumando.

—Brad no va a decir nada. —dijo al rato. —puedes estar tranquilo. —Carlisle entendió que hablaba del chico que había golpeado.

—¿Cómo puedes estar segura de eso?

—Porque es traficante y lo menos que le interesa es que los polizontes averigüen por que se metió en una pelea callejera, créeme, de haber salido golpeada yo, el resultado hubiera sido el mismo.

Carlisle respiró profundo. —saliste golpeada. —afirmó, la chica rió de nuevo. —¿esta tontería? —señaló su mejilla. —Nah. —Dijo con desprecio, —no es nada.

Carlisle se plantó sobre sus pies. —Déjame ver. —La chica aunque adormecida por la droga arrugó el rostro cuando Carlisle la tocó, —te dejó marcada ¿duele mucho? —La chica tomó la mano de Carlisle separándola de su piel, —un poco.

—Tenemos que ponerte hielo. —intentó ponerse en marcha y ella lo detuvo tomándolo de la mano. —¿podemos quedarnos aquí un momento? necesito el aire.

Carlisle asintió, —a mi también me viene bien un poco de aire.

Volvieron a quedarse en silencio, pero fue tan solo por unos segundos.

—¿Cuál es tu nombre?

—Luce… Lucinda.

—¿Lucinda qué?

—Sólo Lucinda. —contestó con una sonrisa, Carlisle se vieron a los ojos y Carlisle le devolvió la sonrisa, Lucinda le volvió a extender el cigarrillo, esta vez lo tomó, apretó en el extremo apagado los dedos índice y pulgar imitando a un filtro y aspiro.

Tenía cerca de veinticinco años que no fumaba marihuana y sin embargo al sentir el sabor en su lengua fue como si el tiempo no hubiera transcurrido, cerró los ojos respirando y manteniendo todo lo que pudo el humo dentro.

—Es de la buena. —dijo la chica, Carlisle le extendió el cigarrillo de vuelta. —no tengo dudas. —dijo mientras expulsaba lentamente el humo fuera de su sistema.

—Así que Carlisle. —empezó mientras tomaba lo que quedaba del cigarro. —¿Qué eres? ¿El guardián de chicas en apuros?

Carlisle soltó una risa y sacudió la cabeza. —no soy nada de eso.

—¿Entonces qué eres?

—Un tonto que defendió a una dama que no conocía de un delincuente que le hacía daño.

Luce volvió a reír. —Diablos, si hablas enredado viejo.

—No me llames viejo.

—No me llames dama, no lo soy.

—Por supuesto que lo eres.

—Y tú eres viejo.

Ninguno ganó el argumento, esto normalmente sacaría de quicio a un hombre como Carlisle, pero en ese momento fue todo lo contrario, en vez de argumentar de nuevo o molestarse, se rió. Pudo haber sido a causa de la adrenalina consumida durante los golpes, de la incertidumbre de por fin tener a esa chica a su lado o todo podía ser a causa de la marihuana, pero no pudo hacer otra cosa más que reírse a carcajadas.

Luce lo siguió con las risas, siendo ella mas victima de la hierba que él.

Rieron por mucho más tiempo, haciendo pausas y luego riéndose más fuerte aun, rieron tanto que sus costillas dolieron y se sentían agotados.

—Era cierto lo del hielo. —dijo Carlisle enseriándose de repente al ver el reflejo de la chica bajo la luz de un farol nocturno, ella asintió. —tus manos también lo necesitan.

Se subieron al auto y a Carlisle se le cayeron las llaves, cuando intentó tomarlas, le costaba cerrar las manos, sus nudillos estaban realmente hinchados, Lucinda las tomó y se dio cuenta de que él no podía conducir.

—Yo conduciré. —Carlisle negó de inmediato. —No, no conducirás mi mercedes.

—No puedes cerrar tus manos, no vas a poder tomar el volante.

—Y tú estás drogada.

—Tú también fumaste.

—Una estúpida calada no me afecta.

—Pues tus estúpidas manos no cierran.

Respiró profundo.

—No puedo volver a casa así. —dijo viéndose las manos, ella alzó sus cejas. —Yo menos.

Lucinda dio una vuelta alrededor y observó letras rojas parpadeantes.

—No sé tú que harás, pero yo voy a registrarme en ese motel, seguramente hay hielo y whisky barato en las habitaciones.

Y así sin más se fue lejos de Carlisle, caminando por plena vía y perdiéndose en dirección del motel.

Carlisle la vio incrédulo y sacudió la cabeza, caminó hasta el auto e intentó de nuevo encenderlo, sus manos realmente dolían, no iba a poder conducir por mucho tiempo y estaba bastante retirado de casa.

Suspiró agotado y manteniendo equilibrio con la palma abierta de su mano, manejó hasta el dichoso motel.

Le llamó la atención no ver a Lucinda por ningún lado, debía haber sido realmente rápida para registrarse, cuando a él lo estaban atendiendo a paso de tortuga.

Dejó los billetes en efectivo sobre el mostrador mientras el anciano le entregaba su llave, no iba a pasar su tarjeta de crédito en aquel lugar, nunca podía existir evidencia alguna de que había estado ahí.

Intentó preguntarle al anciano por la habitación de Lucinda, pero no tenía idea de cuál era su apellido y el hombre era realmente sordo y no escuchó nada de lo que le dijo.

Entró a la habitación arrastrando los pies y llevando hielo de la hielera del piso, tomó una toalla del baño y vació media cubeta, luego colocó sus nudillos contra los cubos de hielo, lanzando una maldición en voz alta de lo mucho que le ardía la piel.

—¡Maldita sea! ¡Demonios esto arde!

De repente se sentía agotado, le hubiera gustado darle otra calada a la hierba de la chica y se frunció el ceño a sí mismo de tan solo pensar en eso.

Dejó los hielos solos y se sacó la chaqueta, sacando su celular del bolsillo interno, marcó a casa.

No sabía que le diría a Esme y se sintió realmente aliviado cuando su propia voz resonó a su oído indicándole que no había nadie en casa y que podía dejar su mensaje después del tono.

—Esme, voy a pasar la noche afuera, hubo un problema con un cliente y tuve que manejar hasta Olimpia y la verdad estoy realmente agotado como para manejar de vuelta, dile a los chicos que vuelvo mañana, adiós.

Cerró la llamada y se sorprendió al ver que eran las diez y treinta de la noche, él juraría que era plena madrugada.

Aflojó la corbata y se fue desprendiendo de la ropa para tomar una ducha antes de acostarse en la mullida cama.

La ducha era pequeña y fría, su cabeza pegó en varias oportunidades contra el grifo por ser mas alto que la ducha, y ya se estaba molestando realmente, además que fue un real suplicio enjabonarse el cuerpo con las heridas de sus nudillos, cuando decidió cerrar finalmente el chorro, salió de la bañera con cuidado, uno de sus pies resbaló y se tuvo que sostener de una de las paredes, sus nudillos ardieron de nuevo.

—¡Joder!

Salió despotricando del baño, la toalla de la cara la había usado en los hielos, por lo que se secó el cuerpo y salió desnudo mientras con la misma toalla secaba su cabello y espalda.

—¡Pero qué demonios! —gritó al ver a Lucinda frente a él.

—¿Sí tienes whisky? —Carlisle se cubrió con la toalla de inmediato. —¿Cómo demonios entraste?

—Oye no es tan difícil, el seguro de las ventanas es una porquería—Luce se encontraba realmente indolente frente a la desnudez de Carlisle, caminó hasta la pequeña nevera y la abrió.

—¿Por qué no estás en tu habitación? —la chica rió por lo alto. —¿Estás loco? No tengo dinero para una habitación, estaba esperando que te fueras a duchar para entrar.

Carlisle cerró los ojos y se sentó en la esquina de la cama.

—Voy a volverme loco. —dijo entre sus palmas abiertas.

—Hey. —dijo Luce colocándose frente a él, —no tengo donde dormir, prometo no molestar, hay dos camas ¿vez? Mañana temprano me marcho.

No había como sacársela de encima, no había escapatoria, asintió y sintió como la chica regresaba sus pasos a la nevera.

—Hay cerveza y whisky, ¿Qué prefieres?

—Whisky, prefiero whisky.

Y así pasó el tiempo, Carlisle se volvió a vestir con algunas de sus mismas prendas y ella uso su misma toalla para darse una rápida ducha, Carlisle educadamente volteó al otro lado mientras ella se metía bajo sus sábanas, luego se acostó boca arriba intentando conciliar el sueño.

—Viejo.

—Ujum.

—Gracias por salvarme de Brad, el tipo es un imbécil y se merecía los golpes.

—A tus órdenes.

—Sólo lamento lo de tus manos.

Carlisle se encogió de hombros a pesar de que ella no lo viera. —No es como si te estuviera cobrando.

Se quedaron en silencio más tiempo que lo normal, Carlisle asumió que se había quedado dormida, por lo que se terminó de relajar en la mullida cama.

No mucho después, aun en los límites del sueño, sintió como su cobija se alzaba, dándole paso a un enorme bulto que se abría paso desde sus pies. Apartó con rapidez las mantas y la encontró de rodillas sobre él.

—¿Qué haces? —susurró a la penumbra.

—Pagándote el favor. —sus manos fueron rápidas bajando sus calzoncillos, pero lo que más le impresionó al subconsciente de Carlisle fue que no hizo ningún movimiento para detenerla, no tuvo el menor animo de detenerla.

Y el colmo fue cuando tomó entre sus manos el cabello de la chica, ignorando la protesta de sus nudillos mientras la apresuraba en el ritmo de la mamada, cuando su cabeza colgó hacia atrás se volvió otro hombre, la haló por el cabello y la llevó a su rostro.

—Besos no. —dijo ella, Carlisle quería protestar pero no lo hizo, en cambio se fijó de su desnudez bajando hambriento a los tiernos pechos que la chica le ofrecía.

Ese día fue la perdición de ambos

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Al día siguiente Luce fumaba un porro nuevo en la esquina de la que se suponía era su cama, estaba acuclillada como un gato viéndose realmente menuda, vestía tan solo ropa interior negra y estaba observando la espalda desnuda del viejo, pensando, pensando y pensando.

Eventualmente Carlisle se despertó, se restregó en las sábanas y se colocó boca arriba, parpadeó varias veces mientras recordaba donde demonios se encontraba, entonces giró su rostro buscándola, Luce movió los dedos de sus manos, la que no sostenía el porro.

—¿No te has ido?

La chica negó, —¿Qué esperas entonces? —la voz de hombre sonaba ronca, la chica simplemente se encogió de hombros como respuesta.

Gruñendo y sintiendo los músculos agarrotados, Carlisle se levantó a regañadientes de la cama, se dio cuenta demasiado tarde que estaba sin ropa, cuando volteó a la habitación buscándola, la encontró sonriendo, por lo que sacudió la cabeza y se fue así al baño.

Luce aun no se había terminado el porro cuando él estuvo de vuelta con la misma toalla del día anterior alrededor de su cintura.

—Tengo que irme. —dijo a la chica, ella asintió expulsando el humo. —tienes como ocho llamadas perdidas en ese aparato. —Carlisle abrió los ojos de más. —¡¿Tomaste mi celular?!

La chica volvió a reír, —cálmate, esa cosa no dejaba de repicar, lo que hice fue silenciarlo.

Él pasó las manos por su cabello. —¿Qué voy a decirle? —dijo leyendo las llamadas perdidas de Esme. —Estoy loco.

Observó a Luce y la chica aun en la misma posición levantó ambas palmas, —no me culpes a mi o a la hierba.

—No lo estoy haciendo. —dijo buscando su ropa para poder colocársela, la chica asintió complacida.

Cuando tenía el pantalón puesto y la camisa a medio abotonar miró interrogante a la chica.

—¿Te debo algo? —preguntó tanteando el terreno, nunca había contratado los servicios de una mujer, pero el hecho de que la chica no se hubiera marchado de la habitación lo tenía intrigado.

—Me vendría bien el dinero. —contestó sin siquiera ofenderse.

Carlisle suspiró.

—Vístete, te llevaré a comer algo y luego te daré tu plata.

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La chica observó mejor el mercedes esta vez, mientras Carlisle lo manejaba mejor que la noche anterior, le había comprado algo de comer en una cafetería y llevaba su desayuno en una pequeña bolsa de papel marrón, también llevaba doscientos dólares en su sujetador, sintiéndose realmente millonaria, Carlisle le había dado también una cajita de ibuprofeno, para aliviar el dolor de su mejilla, ella intentó negarse diciendo que la hierba era el mejor analgésico, pero igual la terminó aceptando.

—¿Dónde vives? —las palabras la sacaron de sus pensamientos, sacudió un poco la cabeza. —puedes dejarme en cualquier parte.

Carlisle asintió, continuó manejando hasta que se detuvo en las inmediaciones del Green Lake, colocó el freno manual y se giró un poco hacia ella, su rostro era apenado, la chica soltó una carcajada.

—Relájate Carlisle, pareces atravesado por una barra de hierro.

Carlisle sacudió la cabeza. —Fue bueno conocerte Lucinda, —dijo extendiendo la mano, la chica volvió a reír pero de la estrechó, —Adiós Carlisle.

Abrió la puerta y él se aclaró la garganta. —ya no me llamas viejo.

La chica medio giró el rostro, —anoche no te comportaste como uno.

Y sin más se bajó del auto.

La boca de Carlisle aun caía abierta cuando su teléfono volvió a repicar, sin pensarlo y aun con la vista fija en el perfil lejano de la chica que ahora encendía un cigarrillo (de los normales) tomó el teléfono colocándolo sobre su oreja.

—¡Por Dios Carlisle! ¿Dónde estás?

La voz de su esposa lo hizo salir de inmediato del letargo, maldijo internamente porque no había pensado en una coartada aun.

—Esme. —dijo chocando su palma abierta contra su frente.

—Me dejaste preocupada ayer. —dijo Esme. —¿sigues en Olimpia?

Carlisle hizo memoria, recordó que le había dejado un mensaje de voz indicándole eso.

—Ehh—dudó un segundo. —si, aun estoy aquí.

—Oh Dios, si supieras que pasó.

—No tengo idea Esme, ¿Qué pasa? —su voz volvía a ser obstinada.

Esme le contó del incidente en la fiesta de los muchachos ayer, cuando le mencionó al herido, abrió sus ojos de más, prestando atención ahora.

—¿Atraparon al responsable? —preguntó intentando no parecer tan intrigado como realmente se sentía.

—Eso es lo que les pregunté a los chicos, pero el joven a quien golpearon se fue sin esperar a la policía, los chicos me dijeron que ellos estaban bien lejos de la trifulca cuando se armó, pero me asusté cuando me enteré.

Ya no prestaba atención, se sentía realmente aliviado de que Lucinda hubiera tenido razón.

—¿Entonces vienes a casa?

Parpadeó de nuevo. —¿Ah?

—Carlisle, —la voz de Esme era condescendiente. —necesitamos hablar, tienes que ver a los chicos, y aun tu y yo tenemos una conversación pendiente.

Carlisle suspiró. No tenía ánimos y de su cabeza no se diluía la imagen de la chica entre sus muslos.

—No, no puedo.

—Carlisle.

—No puedo Esme. —interrumpió. —no es que no quiera, pero los problemas son mayor de lo que imaginaba aquí en Olimpia, necesito quedarme unas noches más, regresaré cuando pueda a casa.

—Carlisle, no puedes poner siempre la empresa primero, tenemos que hablar.

—Lo sé Esme y lo haremos eventualmente, pero debo proteger el patrimonio de esta familia, Emmett abandonó la universidad, Alice terminará siendo una artista mantenida y Edward no tiene idea de que va a hacer en su futuro, mientras mis hijos sientan cabeza debo encargarme de la empresa ya que de seguir como van, alguno tiene que tener el dinero para mantenerlos.

—No tienes que ser tan cruel con ellos, apenas son unos muchachos, es normal que no sepan que van a hacer en el futuro.

—Yo con la edad de Emmett ya sabía que iba a hacer.

—Porque jamás desafiarías a tu padre Carlisle.

El rubio rodó los ojos. —Eso sí que no Esme, no vamos a tener conversaciones acerca de mi padre tan temprano, debo marcharme, aun no he desayunado y tengo una reunión con un cliente.

—Como ordenes Carlisle. —podía escuchar el tono acusatorio y la tristeza en la voz de Esme, pero cerró los ojos tratando de ignorarlos.

Cerraron la llamada y sin pensarlo se bajó del auto, metió las llaves en el bolsillo de su pantalón y caminó hacia el parque.

Se dijo a si mismo que si no le encontraba en cinco minutos se marcharía a casa y trataría de solucionar las cosas con su familia.

Pero aun no había terminado de formular ese pensamiento cuando la vio.

Estaba sentada en el suelo, con su cigarrillo en los labios, caminó hacia ella, la chica lo vio hacia arriba y rió sacudiendo la cabeza.

—¿Necesitas repetición?

—Varias.

—¿Por cuánto tiempo? —preguntó regresando su vista al frente.

—No sé, ¿hasta que me canse te sirve?

La chica frunció los labios asintiendo. —cien diarios. —Dijo directamente, Carlisle alzó una ceja, él acababa de darle doscientos por tan solo una noche, ella se encogió de hombros, —nunca me preguntaste.

El hombre suspiró. —Trato hecho, vamos.

La chica apagó el cigarrillo en el suelo y se levantó. —Tengo algunas reglas.

—Cero besos, ya lo sé.

—Hay otras, —dijo mientras se subía al auto. —siempre con condones y si quieres ser creativo, necesitas decirme lo que quieres hacer antes de hacérmelo y no soy exclusiva, esto es un negocio ¿ok?

—Puedo vivir con eso, yo también tengo algunas reglas. —la chica asintió poniéndose el cinturón de seguridad. —cero preguntar sobre mi vida personal, cuando me canse de ti terminamos sin drama y te pagaré diario para así no tener que deberte nada si terminamos antes de tiempo.

—Me parece justo, ¿a dónde vamos ahora?

—A una farmacia, necesito comprar condones, quiero follarte.

Luce rió con malicia y soltándose el cinturón dijo. —tu solo maneja por un rato, yo me encargo de aflojar tu presión.

Se colocó de rodillas en su asiento y se adelantó hasta su entrepierna, Carlisle ahogó un gemido y apretó el volante sintiendo que los nudillos se volverían a abrir cuando ella bajó su cremallera apenas lo necesario y lo absorbió con sus labios.

—Diablos, vas a ser mi perdición. —dijo entre dientes mientras sentía como sus ojos querían irse hacia atrás del placer que estaba recibiendo.

Llevó una de sus manos sobre la espalda de la chica, acarició su piel hasta el borde de sus pantalones, metió la mano entre la tela y acarició las mejillas de su trasero apretándola mientas ella lo devoraba una y otra vez, —Mas fuerte, así, así. —regresó su mano por la espalda de la chica para ahora tomarla del cabello y establecer el ritmo que quería.

Desaceleró un poco el auto para poder controlar ambas cosas, pero todo aquello era demasiado excitante.

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Y así comenzó la primera relación extra matrimonial de Carlisle, trayéndole el equilibrio que no sabía que necesitaba a su vida.

Se sentía nuevamente de veinte años, vigoroso, fuerte y lleno de vitalidad.

Sin embargo eso no significaba que se hubiera convertido en buen esposo ni en buen padre, más bien se había convertido en un buen ausente.

Aceptaba las indicaciones de "conversaciones" que Esme le decía debía tener con los chicos, asentía cuando lo sentía necesario y negaba o regañaba cuando Esme le decía que debía hacerlo, en realidad hacía todo para por la tarde, después del trabajo y en algunas ocasiones al medio día, marcharse al motel de mala muerte en el que habían pasado su primera noche juntos y literalmente secar a aquella chica insaciable.

A veces Esme lo buscaba íntimamente, agradecía que no fuera muy seguido porque en ese momento no lo soportaba, sin embargo no se negaba, cumplía con sus deberes matrimoniales y de esposo a cabalidad, no le importaba llegar, de hecho, la mayoría de esas pocas veces no llegaba al orgasmo, simplemente se movía hasta que Esme quedaba satisfecha, solo entonces fingía que terminaba al igual que ella y la dejaba descansar, para al día siguiente probar una nueva posición con Luce. De espalda, de frente, de lado, de pie, a cuatro patas, con los ojos vendados, con la boca amordazada, cualquier invento, cualquier locura era buena, siempre y cuando fuera con aquella flaca, desgarbada, loca chica, de la que no parecía cansarse nunca, sobre todo de su boca y de su piercing.

Siempre que terminaban ella fumaba marihuana, era tan común que a él ya no le importaba verla, hasta que un día le preguntó.

—¿Qué pasa con ella? —contraatacó ella con otra pregunta.

—¿Por qué siempre que terminamos sacas un tiempo para fumarla, no te es suficiente los cigarrillos normales?

La chica se encogió de hombros mientras daba otra calada. —¿Por qué no fumarla?

—Es droga, está prohibida. —la chica dio una carcajada. —También está prohibido ponerle los cuernos a tu esposa, —Carlisle la señaló con el dedo. —recuerda las reglas. —la chica sacudió la cabeza sonriendo. —las recuerdo, las recuerdo. —asintió mientras botaba las pocas cenizas en el suelo.

Se quedaron un segundo en silencio y finalmente ella contestó. —dejaré de fumar cuando sea suficiente.

Carlisle alzó sus cejas. —¿Cómo sabrás cuando es suficiente? —ella sonrió y simplemente se encogió de hombros, su maquillaje era realmente oscuro y estaba corrido sobre sus ojos, mezclándose con sus permanentes ojeras, las vertebras de su columna se marcaban sobre la piel de su espalda encorvada. —Cuando sea suficiente. —dijo en respuesta.

Carlisle se quitó la sábana del cuerpo y se arrimó hasta ella, tomó el porro de sus dedos y le dio una profunda calada, intentando mantener el humo dentro y hablar dijo. —pues justo ahora, es suficiente. —se inclinó para besarla pero ella movió el rostro para otro lado esquivándolo. —sin besos. —susurró sobre la piel de su hombro, Carlisle asintió a regañadientes y se inclinó a la mesa de noche para dejar el porro, luego la tomó de la cintura y la lanzó en la cama poniéndose sobre ella.

No podía besarle los labios pero si el cuerpo, Luce haló su cabello con fuerza cuando el mordió uno de sus pezones, —¿sabes algo? —preguntó él contra su piel.

—Ujum.

—Creo que finalmente voy a trasladar la compañía a Nueva York.

Ella ahogó un gemido. —¿ah sí?

—Si. —él continuaba con su recorrido. —quiero que vengas conmigo. —Luce rió por lo alto. —estás loco, no soy tan buen polvo.

—No eres cualquier polvo. —mordió su cadera.

—¡Hey! —se quejó ella. —con calma, la otra vez me dejaste toda marcada con mordidas.

—No me importa. —volvió a morderla. —con el dinero que te doy puedes comprarte cremas que las cubran, además, se te ven bien.

—Eres un jodido pervertido.

—Y me encanta serlo.

Metió dentro de ella dos dedos, deleitándose con el quejido alto de la chica. —¿Qué me dices?

—¿De qué? —Arremetió más fuerte, —Nueva York. —los metió con más fuerza.

—¡Aggg! —Se quejó la chica, —no, no puedo…¡AGG! —otro grito casi de dolor. —respuesta equivocada.

La chica respiraba aceleradamente, —Carlisle, no, no puedo simplemente irme. —mordió sus labios con fuerza. —¿Por qué no? Aquí no tienes a nadie.

—Eso… eso… ¡Oh diablos más suave! —suplicó.

—No, hasta que accedas.

—Carlisle…. No… no… puedo.

—Si puedes. —sus dientes estaban apretados, sus dedos se habían formado en garras. —no, puedo, no puedo dejarlo.

Carlisle detuvo sus movimientos un poco, aunque frustrada por lo haber alcanzado el orgasmo, se sintió aliviada de que aquel inclemente ataque cediera.

—¿No puedes dejarlo? —La voz de Carlisle era acusadora, —¿a quién no puedes dejar? — Luce frunció el ceño.

—No puedo dejar la ciudad solo por qué tú lo quieres así, no soy tuya Carlisle.

Adentró un poco más sus dedos. Esta vez sí le provocó un quejido de dolor. —pues te pago bien para que lo seas. —después de ese comentario no se detuvo, Luce se sintió aliviada de que la hierba que había fumado la ayudara en perder la conciencia rápido, solo lamentó que su cuerpo se sintiera tan adolorido el día siguiente, cuando se despertó sola en la habitación del motel junto a una nota que decía.

Recuerda que cuando pagas por algo, te pertenece.

Dentro de la nota estaban los cien dólares que pagaban sus servicios del día anterior.

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Pasaron algunas semanas sin que pudieran encontrarse, los clientes en Nueva York estaban pidiendo la presencia de Carlisle por lo que se vio obligado a hacer algunos viajes relámpagos a la ciudad, estaba tratando de convencer a Esme de que se quedara en Seattle con los muchachos, alegando que no quería que cambiar a Edward y Alice de estado y colegio, que se quedaran allí hasta que se graduaran, siendo él el que viajara de estado a estado.

Y estuvo a punto de convencerla.

Ya tenía todo preparado, un apartamento en la ciudad, moderno y cómodo, de esos donde a nadie le importa quién viva, cosa que les venía muy bien a un hombre adulto y una chica como Luce.

Ya estaba amoblado, listo para ser usado, solo tenía que decirle a Luce que hiciera su equipaje, solo tenía que subirla a un avión y entonces serían libres.

Esme le suplicó que fuera a la escuela por los chicos en lo que entró a la casa, como su humor estaba considerablemente mejor y sabía que pronto se marcharía de la ciudad con Luce, accedió a ir.

Aparcó esta vez frente al edificio principal, no iba a bajarse del auto por lo que podía esperar a sus dos hijos menores ahí.

Entonces lo vio.

El segundo de sus hijos venía caminando por el patio de entrada del colegió, venía riendo, conversando con alguien, Carlisle tenía años que no detallaba a su muchacho, la aventura con Luce llevaba ya meses y desde que había comenzado había perdido todo avance en la vida de sus hijos.

Sonrió ante la imagen, Edward estaba más alto y eso lo hacía encorvarse solo un poco, su cabello estaba más largo que lo normal y no dejaba de pasar sus manos por él, solo que cuando bajó una de sus manos se fijó que se volteó un poco hacía atrás llamando a alguien a que lo siguiera, la sonrisa en sus labios era demasiado melosa.

Carlisle sonrió recordando aquella vez (demasiado lejana para ubicarla bien) que Esme le había dicho que su chico estaba enamorado.

Suspiró y pensó en Luce, luego sacudió la cabeza, él no amaba a Luce, ni siquiera cerca de eso, la diferencia era que él amaba acostarse con Luce.

Sin embargo se sintió bien al saber que su muchacho estaba enamorado, se prometió a si mismo que hablaría con él.

Pero todo cambió cuando unos dedos se entrelazaron con los de su hijo, la mano era huesuda y flaca, las ropas sin embargo eran el estándar de siempre, pantalones de cargo negros, botas negras, franela blanca pegada a las costillas dejando ver debajo el sujetador igualmente negro.

Él sabía que Luce no era exclusiva, sabía que así como él, podía tener otro o varios inclusive.

Pero sabía que su hijo no podía pagarla, por lo que si ella estaba con él era porque le gustaba, porque quería, no porque le pagara.

Su cerebro se recalentó y sus palmas ardieron, cuando apretó demasiado el volante, al ver cómo, su amante de hacía unos meses, la que le había permitido hacer de todo con su cuerpo, menos besarla; se estaba dando un enorme y húmedo beso lleno de lenguas con su hijo, justo a unos veinte metros de su auto.

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Había hico un logro incalculable, había esperado a que Edward se despidiera de su novia, había esperado que Alice terminara no sabe que estupidez para llegar al auto.

Había soportado un almuerzo en familia, había tenido que contestar todas las preguntas y peor aún, había tenido que escuchar las respuestas de su hijo cuando Esme le preguntó por Luce, SU Lucinda.

El tiempo se le hizo interminable, tanto que peleó con Esme antes de por fin poder salir de la casa. Manejó tan rápido al motel que pensó que la policía lo detendría en cualquier momento. Cuando por fin llegó la encontró como siempre, fumando encorvada en la esquina de la cama.

Ella le sonrió diciéndole algo acerca de la prisa que llevaba, pero no llegó a escucharlo, ya que la bofetada que él le dio retumbó en las paredes.

—¿Qué demonios? —gritó ella tomándose la mejilla con la mano del porro. —¿has perdido la puta cabeza?

—¡¿Desde cuándo?! —gritó empujándola contra la pared, la chica cerró los ojos con dolor al chocar. —¡¿Desde cuándo?! ¡Maldita sea!

—¡¿Desde cuándo qué?! ¿Estás jodidamente loco? ¿Qué mierda te pasa?

Carlisle la tomó del cuello y la llevó hasta la cama tirándola contra el colchón, pisó el cigarrillo contra la alfombra de la habitación haciendo un pequeño boquete en el material.

Ella intentó escaparse arrastrándose a cuatro patas sobre el colchón, Carlisle la tomó de un tobillo volviendo a colocarla bajo su cuerpo.

—Dime. —dijo entre dientes.

—¡¿Qué quieres que te diga, demonios?!

—¡Desde cuando te tiras a mi hijo!

Ella abrió sus ojos sorprendida, Carlisle la conocía bastante bien para saber que estaba genuinamente sorprendida, que en verdad ella no sabía.

—¿Tu… tu hijo? —dijo y por primera vez vio lagrimas en sus ojos. —¿Edward es tu hijo?

—¿Desde cuándo?

La chica negó queriéndose salir de debajo de él, Carlisle la tomó de las muñecas inmovilizándolas sobre su cabeza con una sola mano, sus piernas aprisionaban sus muslos y con la otra mano la tomó de la quijada.

—¿Por qué lo besas a él? —preguntó viéndola a los ojos, ella negó sacudiéndose en vano. —¿Cómo te paga? —preguntó. —¿con amor? —dijo con desprecio. —las mujeres como tú no merecen amor, son simple mercancía, se venden al mejor postor.

Luce ahora no paraba de llorar y retorcerse. —Lo vas a dejar ¿me oíste? —apretó su agarre. —nunca más vas a verlo, tocarlo o besarlo. —pegó su frente a la de la chica y antes de que ella supiera la estaba besando en la boca, ella se quejó y se retorció con más fuerza, pero él la invadió con su lengua. —nunca más. —dijo sobre sus labios. —si lo haces joderé aun mas tu maldita vida. —rasgó entonces su franela y prosiguió a hacer valer los cien dólares del día.

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Dos días más tarde la familia Cullen viajó a Nueva York por una semana.

Seis días más tarde Luce se suicidó en la habitación de motel que ocupaba diariamente, junto a su nota de suicidio habían cerca de mil dólares, todos en billetes de cien.

Carlisle se enteró primero, de hecho leyó la nota primero.

Se sintió culpable, eran apenas dos líneas, pero se sintió culpable por los billetes que había dejado la chica, ella estaba ahorrando, estaba guardando ese dinero para algo mejor y supo que ese algo era su hijo.

¿Por qué Edward iba a merecer esa felicidad?

¿Por qué él no pudo?

Miles de preguntas pasaron por su cabeza, miles de rencores y planes fallidos lo atormentaba día y noche.

Pensó siempre que él usaba a Luce, pero era ella quien lo usaba, de no haber sido él padre de Edward ellos dos hubieran escapado, ella no se habría suicidado para ahorrarle la vergüenza al chico de que se acostaba con un viejo por su dinero, fue un golpe muy fuerte, para su ego y para su hombría.

Pensó en perdonarlo, después de todo, la muerte de Lucinda había sido un alivio.

No iba a tener que explicar su existencia y ya la chica no se tomaría atribuciones que no le correspondía.

La extrañaba, demonios que si la extrañaba, pero muy en el fondo sabía que había tenido un final ideal, dejándolo a él con su familia y estatus y con la reputación intacta.

Por lo que no dudó un segundo en liquidar los activos de Seattle y marcharse a Nueva York.

Seguía internamente culpándolo por la muerte de la chica, lo atormentaba psicológicamente cada vez que tenían que ir al juzgado para acto de presencia, con ir tan solo un día era mas que suficiente, pero lo hacía quedarse una semana, lo hacía atormentarse con el recuerdo y la responsabilidad de aquella muerte.

A veces la conciencia lo atacaba, le decía que no podía tratar así a su propio hijo, pero entonces él embarazó a una menor de edad, alegando que la amaba con locura.

Eso lo llenó de rabia e ira, él según decía, amaba a Lucinda y en menos de seis meses de su pérdida había embarazado a una menor.

Se regodeó cuando el padre de la chica lo hizo encarcelar. Luego maldijo cuando lo sacaron antes de las cuarenta y ocho horas.

Obligó a que se casaran porque el padre de la chica contaba con fortuna y eso era siempre buenas noticias.

Tan solo por venganza intentó quitarles a la niña cuando nació, pero la chica resultó ser mas valiente de lo que pensaba.

Entonces se volvió a ver tentado a tirar la toalla, había humillado a Edward de las peores maneras que creía posibles, lo había hecho trabajar en una empresa que le pertenecía, de mensajero y caletero, pagándole un sueldo de miseria con horarios de inmigrantes y el chico nunca se quejó.

Eventualmente lo hizo trabajar en presidencia por la eterna petición de Esme, pero siempre estuvo en las sombras, no le permitía hablar ni pensar.

Entonces llegó la crisis.

Por su eterno afán de molestar al único hijo que estaba intentando seguir sus pasos, no se dio cuenta del desfalco de la compañía, para cuando lo hizo, apenas y quedaba dinero y quien salvó la situación fue nada mas y nada menos que el bueno para nada de su hijo.

Fusión…

En realidad no había sido como que Charlie fusionó su compañía con Cullen&Co, la verdad fue que Charlie vendió su compañía e inyectó el capital en Cullen&Co con la estúpida condición de que Edward fuera el presidente.

Un expediente semanal le llegaba con la vida detallada de ambos, siempre odió el hecho de que en verdad ellos intentaban ser una familia con todas las de la ley, se mantenían unidos por el bienestar de su única nieta.

Así que ella era la clave, ella era el eslabón que así como los mantenía unidos, podía también separarlos.

Odiaba admitirlo pero el chico, tenía talento innato para los negocios, y como sabía que pasaría, la oficina lo envenenó poco a poco contra su esposa y todo surtió el efecto ideal unos meses después de la muerte de Charlie.

Sabía que la venganza era un plato que se comía frío, así que cedió y hasta se marchó a Londres para su supuesto retiro, pero en verdad nunca se alejó de ellos, jamás los dejó por su cuenta. Llevaba un control minucioso de ambas vidas.

Se hizo aliado a distancia de su hijo, lo aupó a que se quedara hasta tarde y perdiera tiempo en cualquier contrato, como bien sabía, ninguna esposa aguanta eso por mucho tiempo.

Lo convenció del internado en Francia, llegó a tener dudas de que siquiera lo considerara, pero al parecer Edward soñaba con la reconciliación con su padre, dándole un poder incontrolable sobre él.

Luego de que lo más difícil sucediera, que era su nieta de ocho años viviendo en otro continente, le cayó como anillo al dedo, cuando en el expediente semanal de ella vio al personal con quien trabajaba, él era todo lo contrario a Edward, y era pobre, por lo tanto, era perfecto para el trabajo.

Y si no le había importado pagarle a aquel moreno para que sedujera a su nuera, se había sentido en la gloria cuando por fin pudo escupirle a Edward el por qué de su odio, nunca creyó lo de su amnesia, sabía que no podían simplemente inventarla, pero se negaba a creerla.

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Pero a pesar de que la venganza era tardía y satisfactoria, descubrió muchos años después que todo eso era mentira.

Cuando su nieta le pidió que se fuera de la clínica, se sintió terrible, estaba acostumbrado al odio de sus hijos, al de Bella, pero que la niña de diez años lo echara de su familia, había sido la gota que derramó el vaso.

No esperó a saber si Edward había salido bien o no de la operación y leyó por días el periódico para ver si leía su nombre en los obituarios.

Cuando supo que su hijo en efecto no había muerto, viajó hasta Seattle y visitó la tumba de Lucinda. Estaba descuidada y sucia pero igualmente se sentó frente a ella, tan solo recordándola.

Le había hecho mucho daño y nunca le pidió disculpas, ella se había enamorado de su hijo y él destruyó esa relación por puro odio, buscó muy dentro de sí a ver si amaba a Luce y no encontró tal sentimiento.

Suspiró ruidosamente frente a la tumba y entonces dijo en voz alta.

—¿Cómo saber cuando es suficiente?

Y recordó las palabras de la chica, semidesnuda con un cigarrillo en los labios.

Sabrás que es suficiente, cuando sea suficiente.

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A pesar de haber desistido de la venganza absurda contra su hijo habían pasado cerca de seis años desde que los vio por ultima vez, para atreverse siquiera a acercarse a ellos.

Sabía que Bella había tenido dos hijos mas con Edward, sabía que Emmett y Rose también habían tenido un niño, Alice sin embargo no había salido aun embarazada.

Había alquilado un auto normal, había pasado gran parte del día manejando, el anuncio en la prensa decía la dirección del lugar, pero por tener tanto tiempo sin ir a Nueva York se demoró y perdió para llegar.

Aparcó en la acera del frente, desde su ventana podía ver las enormes escaleras, era sábado y era de mañana.

Todos vestían elegantes.

Pudo distinguir a Alice, su vestido corto color Champaña la hacía ver hermosa.

Rose vestía de rojo, llevaba un pequeño sombrero del mismo color, del que se desprendía una pequeña malla que le cubría parcialmente el rostro, llevaba de la mano a un chiquillo vestido de frac, el pequeño era rubio y extremadamente fuerte, según los cálculos de Carlisle, debería tener cerca de los cinco años, pero se veía realmente fuerte.

Abrió los ojos desaforadamente cuando distinguió a Esme, seguía tan hermosa y elegante como la recordaba, quizás un poco mas juvenil, gracias a la hermosa sonrisa que adornaba su rostro, sonreía a una joven alta, estilizada y casi pelirroja, que llevaba un vestido vaporoso color salmón y un pequeño ramillete en sus manos.

Justo detrás de ellas apareció otra que no podía ser más que Bella.

Llevaba ondas en su cabello suelto y un vestido largo mas suelto que el de su hija de color azul brillante, en ambas manos llevaba a dos pequeños vestidos como el hijo de Rose, se llevaban entre ellos unos tres años.

Todos conversaban amenamente con un chico, vestido de frac que no tenía idea de quien era, prestó atención a todas las caras risueñas hasta que poco a poco todos se fueron adentrando, dejando a la vista únicamente a Bella y Renessme.

Un auto se detuvo frente la iglesia, era un auto viejo, creyó haber distinguido el símbolo del Mustang, pero él no era muy aficionado de los autos.

Entonces se bajó su hijo del puesto del piloto, iba vestido elegantemente, su traje como el de los pequeños era negro y elegante, aunque Carlisle no lo vio, Edward le dedicó una enorme sonrisa a su esposa e hija mayor mientras abría la puerta del copiloto.

Una chica morena se bajó tomando la mano extendida de Edward, la chica se veía nerviosa y feliz a la vez, el vestido era sencillo, largo hasta el suelo y bastante recto, lo bonito y delicado era el escote bandeja que llevaba mucha pedrería, el resto de la tela era sencilla.

El cabello estaba peinado en rizos y colgaba libre en la espalda de la chica.

Los vio subir las escaleras de la iglesia, todos felices mientras Renessme arreglaba detalles en pequeña cola del vestido.

Cuando se sintió seguro de que ya todos habían entrado se bajó del auto, se quedó unos segundo allí, recostado de la puerta debatiéndose entre acercarse o no, no iba a hablarles, tan solo quería verlos de cerca.

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—Todo está listo Rebe, solo faltas tu. —dijo Renessme acomodando su vestido, la morena sacudió sus manos nerviosa.

—No sé como demonios me dejé convencer para esto. —Bella rió y Edward contestó.

—Pusiste límite de tiempo mi loca, ya te graduaste en la universidad y le dijiste a Petter que se casarían cuando te graduaras.

—Ya sé, ya sé. —dijo la chica mordiéndose el labio, —pero no puedo evitar sentirme así de nerviosa. —Renessme entonces se fijó en sus manos, Rebecca aterrada volteó a verlas, su anillo de compromiso reposaba en su dedo, no sabía por qué el terror de Nessie.

—Blanquita, ¿Qué pasa? ¿Por qué esa cara?

—Rebe…—dijo la chica de ya diecisiete años. —¿Dónde está tu bouquet?

Rebecca vio con terror sus manos vacías, la música en la catedral arrancó, eso significaba que Petter estaba avanzando por el corredor con su madre del brazo, se giró aterrada a Edward.

—Hombre blanco, ¡deje el bouquet en mi bebé!

Edward no pudo evitar la risa, Rebecca se ahogó con el insulto que quería propinarle, Edward levantó sus manos. —calma mi loca, calma, aun hay tiempo, ya voy por él.

—¡Apúrate! —gritó Rebecca mientras Edward corría vestido de gala hacia el Mustang.

Las tres mujeres se quedaron solas un segundo.

—Rebe. —la llamó Bella. —respira quieres, si no lo haces tu serás tú azul. —Rebecca sonrió incómoda y aspiró profundamente.

—Esa es mi chica. —Renessme taconeó hacia ellas y dijo en voz que trató que sonara calmada. —Están entrando los chicos ahora, Tony, Timmy y Charles. —Bella asintió, Renessme se mordió el labio. —ahora voy yo. —ella era la madrina de la boda.

—Ve. —le dijo Bella, —recuerda el ensayo y por favor, mientras papá y yo entramos échale un ojo a tus hermanos ¿vale? —la chica asintió. —entendido, nos vemos adentro.

Taconeó ligeramente y se retiró.

—¿Dónde estás hombre blanco? —siseó Rebecca, —si me hace entrar tarde a mi propia boda, ¡voy a matarlo!

Bella también pensaba que se estaba demorando mucho para buscar el bouquet, por lo que extendió una mano a Rebecca y caminó hasta afuera, arremangándose un poco el vestido.

Cuando salió Edward tenía el ramo en las manos, sonrió aliviada.

—Amor, apúrate, ya va a entrar Rebe.

Se detuvo de inmediato al ver a quien veía su marido, justo al frente de ellos, separados únicamente por las escaleras estaba el hombre que tenía mas de seis años que no veían.

—Carlisle. —susurró Bella, él la vio y alzó sus palmas. —no vine a pelear, no vine a hacer daño, solo quería saber si están bien.

Sabía que podían rechazarlo, de hecho lo esperaba, pero no podía dejar de presentarse ante ellos.

—¿Qué quieres? —preguntó Bella, Edward parecía en shock. —solo quiero saber que están bien. —sonrió al ver que Bella le hablaba.

—Lo estamos, todos estamos bien. —Carlisle asintió. —gracias Bella, sé que no debí venir, pero. —se encogió de hombros al no saber como continuar.

Hubo un pequeño silencio. —Supe que tuvieron dos hijos más.

Bella asintió. —dos varones. —dijo, —Anthony y Charles. —Carlisle asintió respirando profundo. —buenos nombres. —dijo metiendo las manos en sus bolsillos. —¿podré conocerlos?

Bella simplemente negó, Carlisle asintió con un nudo en la garganta, —lo entiendo, lo entiendo.

Bella caminó un poco y tomó la mano de Edward, —vamos amor, Rebe nos espera. —dirigió una mirada a Carlisle. —será mejor que te vayas, —el aludido asintió.

—Me alegra verlos tan bien, por favor, no, no le digan a nadie mas que me vieron, de hecho no esperaba encontrarlos así de frente, lamento la interrupción hijo. —esta vez miró detenidamente a Edward. —lo siento.

Edward no supo a que se refería con ese lo siento, pero logró asentir en respuesta, la mano de Bella lo halaba constantemente por lo que finalmente cedió, caminando con ella.

—Espera. —logró decir, Bella interrumpió su camino y Carlisle se giró al escucharlo.

—Aquel hombre. —dijo Edward, —al que le pagaste, Jacob. —Bella lo haló de nuevo. —deja eso Edward, por favor. —él le negó sin verla. —¿tuviste que ver con su muerte… en… en la cárcel?

Carlisle se sintió dolido de que pensara eso de él, pero al mismo tiempo sipo que se lo había ganado, respiró profundo y dijo.

—No, no tuve que ver con su muerte. —se había enterado un poco después de la muerte de Jacob Black en la cárcel, no podía negarlo, pero se sintió aliviado al enterarse.

Edward asintió. —Eso era todo, puedes marcharte ya. —a pesar de las palabras, Carlisle sonrió, porque sintió una mínima, minúscula esperanza en su tono de alivio, aquella mínima esperanza le dio ganas de vivir nuevamente, así fuera alejado de su familia.

—Adiós hijo. —susurró y les dio la espalda.

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—¡Ya era hora hombre blanco! —Rebecca giró los ojos indignada cuando los vio aparecer, luego cambió de inmediato la expresión. —mierda, parece que viste un fantasma ¿estás bien? —Edward respiró profundo y asintió. —Estoy bien, vamos.

Caminaron hasta el lugar de entrada y Rebecca, con su bouquet en mano aclaró. —la blanquita se las arregló para alargarlo un poco, Matt la ayudó ya van por la mitad del pasillo, — Edward asintió, cuando Rebecca dio dos pasos hacia adelante, Edward sintió como era halado por un brazo.

—Oye, ¿estás bien, amor?

Edward volvió a asentir, —solo aliviado. —Bella le sonrió. —vamos, nuestra chica se casa hoy y debemos entrarla al altar. —Edward sonrió enormemente y se inclinó un poco para besarla en los labios.

De ambos brazos Rebecca entró al altar, Petter la esperaba sonriente y feliz, dijeron sus votos en voz alta y por su puesto los románticos fueron los del novio.

Renessme sonreía y lloraba a la vez, mientras Matt le pasaba gentilmente algunos Klennex para que se secara, asegurándose de que sus padres no la vieran, Nessie le agradeció con un minúsculo pico en los labios.

Cuando ambos novios dijeron en voz alta sus si acepto, la iglesia en pleno estalló en aplausos, Edward besó a Bella olvidando por completo la visita de Carlisle.

—Amo las bodas. —dijo sonriéndole a su esposa, —¿quieres casarte de nuevo conmigo?

Bella rió por lo alto. —¿no cambias no? —rió, Edward la abrazó por la cintura alzándola un poco, Bella pasó las manos por su cuello. —dicen que con la tercera va la vencida.

Bella sonrió y besó sus labios de nuevo, —claro que me caso contigo, me caso de nuevo y mil veces más.

Se besaron ignorando a todos los demás.

¡FIN!

Nota:

Siempre guardaré esta historia en mi corazón, muchísimas gracias por leerme.

Marjo