La había visto crecer durante 17 años, cada uno de los cambios en su cuerpo, las situaciones en las que se veía involucrada en la escuela, las actividades que llevaba acabo con sus amigas; era mi hija, conocerla de ese modo era algo completamente natural de mi condición de padre, pero existía un detalle que me atormentaba cada día, que en ocasiones no me dejaba dormir, y me mantenía en un estado de constante alarma: esa pequeña niña de rizos color chocolate, y ojos cautivadores, con piel blanca como el alabastro, y piernas tan largas como sus pestañas, era la causante de mis inquietudes y miedos; sí, temía de lo que pudiera ocurrirle cuando salía a las calles con sus amigas, o cuando se dirigía a la escuela, mas le temía, por encima de cualquier cosa, a una cuestión en concreto: deseaba a mi hija, la deseaba como un hombre desea a una mujer. Más ocasiones de las que me gustaría admitir, me había masturbado pensando en ella, había hecho el amor con su madre, pensando que era su pequeño y débil cuerpo el que se retorcía debajo de mis manos; cuando la veía salir con coquetos y lindos atuendos, mi pene despertaba por instinto. La veía en todas partes: sus hermosos ojos, sus delicados brazos, sus torneadas caderas, su hermoso y respingón culo que miles de veces he soñado con coger, abriendo sus hermosas nalgas y enterrándome profundamente en su ano, con su cabello balanceándose mientras la cojo duramente, mientras gime mi nombre con sus deliciosos labios. Sus firmes tetas también me tenía loco, a veces a ella le gustaba usar camisetas sin nada debajo y sus pezones duros se marcaban sobre la ropa, llamándome, pidiéndome que los mamara con toda mi fuerza, que los mordiera y chupara hasta que ella gritara de placer; yo quería hacerla gritar de placer, escucharla decir papá mientras la follaba, nada me prendía más que imaginar eso, su voz diciendo –dame más, papi, más fuerte, más duro- de sólo pensarlo mi pene se para y pone duro, mi glande libera un poco de semen del deseo que contiene mi cuerpo. Y su coño, su caliente vagina, cubierta por bellos del mismo color que su cabello, nada me entusiasmaba más que hundir mi dura verga en su rico coño, seguro estaba apretada, caliente y rosada; sabía que mi nena era virgen, le contaba todo a su madre, y su madre –Chantal- me decía todo a mí. Mi nombre es Edward Cullen, tengo una hermosa hija adolescente, Bella Cullen, personaje de todas mis fantasías. Y las cuales, sin imaginármelo, habría de cumplir.