Disclaimer: los personajes usados en este fic son propiedad de S. Meyer, aclarando que solo tomo como referencia un libro para realizar esta adaptación, esto lo hago sin fines de lucro solo el saber que les gusta con sus reviews es suficiente pago para mi, gracias…

Acá estoy chicas con este nuevo fic el cual espero les guste tanto como me gusto a mi debo confesarles que me reí un mundo escribiéndolo, ojala le den el mismo apoyo a mi anterior historia… decidí subir esta ya que varias chicas me pidieron que hiciera esta, aunque creo que luego subiré la otra también, ya veremos cómo se van dando las cosas bueno este es el primer capítulo espero que lo disfruten mucho….

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Pecados Inconfesables.

Resumen:

Lord Edward Cullen el mujeriego más elegante y apuesto de todo Londres, es un seductor aristócrata con una innumerable lista de admiradoras de la alta sociedad, con su ingenio irresistible, su suerte en las mesas de juego y un carisma encantador puede tener a la mujer que desee, pero cuando la única mujer por la que alguna vez se planteó abandonar su soltería se casa con otro, Edward se da cuenta que no quiere a cualquier mujer… QUIERE ENCONTRAR AL AMOR DE SU VIDA. La bella y valiente señorita Isabella Swan hará que la vida de Edward de un giro de ciento ochenta grados cuando la rescata de una peligrosa situación, muy pronto se percata del terrible aprieto en el que se encuentra Isabella, ya que está huyendo de su primo, el Príncipe James, por un oscuro y terrible secreto que ha descubierto acerca de él. En medio del peligro Isabella y Edward empiezan a sentirse profundamente atraídos el uno por el otro. Después de pasar una noche abandonados al más apasionado de los pecados, Edward se proclama el caballero de la brillante armadura de Isabella y jura protegerla con su honor, pero pronto la protegerá no solo con eso ¿Habrá encontrado el mayor libertino de todo Londres aquello que estaba buscando… EL VERDADERO AMOR?

Capitulo 1.

El placer es un pecado, y a veces el pecado es un placer.

LORD BYRON

Londres, 1817

Los relámpagos se cruzaban en el cielo oscuro como espadas encendidas. Las grandes nubes onduladas descargaban una tenue lluvia premonitoria. Un trueno rugió a lo lejos. Sin embargo, el único sonido audible en la lóbrega y desierta calle era el frenético repiqueteo de las pisadas de la chica al correr. Avanzaba dando sacudidas a cada paso con sus botas de piel de cabritilla. Su falda sucia se arremolinaba alrededor de sus piernas, amenazando con hacerla tropezar. La muchacha corría por una sombría calle lateral, huyendo de la luz de las farolas de la ancha avenida, con su largo cabello enmarañado y revuelto. Su pálido rostro juvenil mostraba una expresión lúgubre de terror mientras lanzaba miradas por encima del hombro y seguía corriendo pesadamente con los puños apretados, respirando con dificultad.

Dobló la esquina precipitadamente lanzando un pequeño grito ahogado, apenas un sollozo; se metió en un callejón oscuro como boca de lobo y de inmediato desapareció en el hueco de un portal apretándose hacia atrás. Se quedó inmóvil, a excepción de su pecho palpitante. «No te muevas. Ni siquiera respires.» Iban a escasos segundos detrás de ella.

Los jinetes se acercaban perseguidos de cerca por la tormenta; implacables e inevitables como la tempestad que se avecinaba. Otro trueno ronco hizo vibrar los cristales del oscuro edificio en el que ella se escondía. La chica se agachó contra los ladrillos, tratando de volverse más pequeña, pues cuando el ruido se desvaneció, siguió oyéndose otro sonido más tenue pero mucho más terrible. Clip, clop, clip, clop, clip, clop. La cadencia implacable de los cascos de los caballos se hacía más audible. Isabella Swan cerró los ojos haciendo una mueca de terror, mientras una gota de sudor caía por su mejilla. El sonido del avance de los jinetes resonaba por el estrecho callejón; el chirrido del cuero bien engrasado, el tintineo y el susurro de las letales espadas, pistolas y picas; armas que ni siquiera tenían nombre en su lengua.

Los jinetes no habían sido enviados con el objetivo de matarla. «Oh, no», pensó amargamente la joven. El príncipe quería que se la devolvieran viva. Si ella contaba con una ventaja, era esa. Se recogió el dobladillo embarrado de su vestido una fracción de segundo antes de que los caballos pasaran por la boca del estrecho callejón. Se quedó temblando en medio del calor húmedo de la noche estival, conteniendo la respiración, angustiada por la espera al ver que se detenían a escasos metros de su escondite.

Ya casi la tenían y, siendo como eran expertos rastreadores, los soldados lo sabían. El príncipe James Gigandet había enviado a cuatro de sus mejores guerreros a por ella, aunque disponía de muchos más si estos fracasaban. Desde el lugar donde ella se encontraba, podía ver las siluetas cada vez más próximas de la segunda pareja. Unos hombres enormes y amenazantes con barbas pobladas y bigotes retocados, eran individuos endurecidos por la guerra. Iban ataviados con abrigos de color gris oscuro sobre unos pantalones holgados, que llevaban remetidos en sus botas negras de montar. Bajo el borde de sus gorros de extraño aspecto, se veían sus rostros inescrutables, morenos y curtidos por la vida a lomos del caballo, y sus ojos ligeramente sesgados de mirada fría y eficiente. Se decía que descendían de los hunos.

Uno de ellos olió el aire tratando de detectar su presencia, mientras los demás miraban a su alrededor y murmuraban preguntas y respuestas entre sí en una lengua grave y rápida que ella fue incapaz de descifrar. La joven tragó saliva cuando los cosacos se separaron para seguir buscándola por parejas. Los dos primeros continuaron hacia delante, mientras que los otros hicieron dar la vuelta a sus veloces y robustos caballos y regresaron en dirección a la amplia vía pública iluminada por las farolas, fuera cual fuese su nombre. ¿Oxford Street…? ¿Picadilly? Isabella no estaba segura. Una vez que los hombres desaparecieron, estuvo a punto de desplomarse de alivio y agotamiento, apoyando todo su peso contra la puerta cerrada situada detrás de ella.

Por un breve instante, se permitió cerrar los ojos. «He vuelto a escapar por un pelo.» Después de cuatro días de fuga, perseguida de ciudad en ciudad mientras avanzaba hacia el sur en dirección a Londres, no creía que resistiera mucho más. No había probado bocado en todo el día y se encontraba en un estado de gran fatiga y aturdimiento. El miedo parecía lo único que la mantenía despierta. Pero cerrar los ojos no le proporcionó el menor alivio, pues acto seguido recordó con horror la nítida imagen del crimen cometido por su primo; la tenía grabada en la mente. ¿Cómo había sido capaz James de matarlo a sangre fría? Y lo peor de todo era que se sentía en parte responsable. «Si no hubiera tratado de intervenir, tal vez…»

Abrió los ojos de golpe con un escalofrío; instintivamente, se llevó la mano a la pequeña concha que colgaba de una cinta alrededor de su cuello. Gracias al último recuerdo que le había dejado su padre, logró armarse otra vez de valor. «Tienes que seguir adelante.» Debía llegar hasta el duque de Westland antes de que los soldados la encontraran. Como representante de la Corona en Yorkshire, el deber de su excelencia era ocuparse de James, pues el asesinato había tenido lugar dentro de su jurisdicción. Isabella no se había molestado en acudir a ningún oficial de justicia de categoría inferior debido al elevado rango de su primo; solo un hombre muy poderoso osaría enfrentarse al príncipe medio ruso, quien además había heredado recientemente el título de conde de su abuelo inglés. Su excelencia el duque de Westland era conocido por su valor y su integridad; ella se aferraba a la esperanza de que llevara a James a los tribunales… siempre que obtuviera audiencia con él y pudiera informarle del crimen.

Sabía lo superficiales que podían ser los aristócratas. Después de cuatro días de fuga, con un aspecto más propio de una mendiga que de la señora de una mansión, tenía dudas respecto a sí tan siquiera sería recibida. La idea de que la rechazaran en la puerta era demasiado horrible para considerarla. El duque había conocido a su abuelo, se decía a sí misma. Habían sido rivales políticos en lugar de aliados, pero seguro que el nombre de su abuelo bastaría para que el gran duque del partido Whig la escuchara.

Por desgracia, ella nunca había estado en Londres y no tenía ni idea de dónde se hallaba St. Patrickʹs Square, que era donde había oído que el duque tenía su residencia. El escuadrón de soldados que la perseguía tampoco resultaba de ayuda, ya que James no pensaba dejar que Isabella revelara su brutal crimen. No, tenía unos planes totalmente distintos para ella.

Acostumbrado a sus sumisas siervas, el príncipe se había obsesionado con la idea de controlarla. Le había dejado bien claro el castigo que le esperaba si lo desafiaba, agarrándola del cuello con la mano y hablándole al oído con su voz ardiente y cruel. «Te enseñaré a obedecer, lubimaya» Tras morir su abuelo, se había convertido en su tutor legal, pero James se equivocaba de plano si creía que era su dueño, como si ella fuera una especie de propiedad. Isabella prefería morir a verse sometida al trato brutal que él le había prometido. La sola idea la empujó a seguir adelante con absoluta determinación.

Salió sigilosamente del hueco del portal, se dirigió con cautela al extremo del callejón y se asomó. Los soldados habían desaparecido. Tras mirar a un lado y a otro, dobló la esquina y prosiguió su camino. Confiaba en que ese lugar no estuviera muy lejos, pues le dolían los pies y estaba muerta de hambre. Se preguntaba cuántos jardines lujosos podía haber en una ciudad, pero al menos el elegante entorno del West End parecía mucho más seguro que las sórdidas zonas residenciales que había atravesado al atardecer. Sin embargo, en aquel momento, pasada la medianoche, estaba demasiado oscuro para distinguir los letreros de las calles situados en lo alto de los lados de los edificios. Ella los miraba entrecerrando los ojos, consciente de que a causa del hambre y el agotamiento era más fácil que se sintiera desorientada en medio del laberinto de aquella ciudad enorme, sucia y desconcertante.

Ah, cómo echaba de menos el ancho cielo de Yorkshire y sus silenciosos páramos azotados por el viento… Aunque lo que más echaba de menos era su cama. Un súbito relámpago surcó el cielo. Isabella se sobresaltó y se encogió dentro de su capa de color aceituna. Las agitadas nubes se disponían a lanzar su ataque. Sabía que tenía que encontrar refugio. Era inútil continuar, por el momento. Lo más inteligente era buscar un lugar discreto para esconderse de los soldados durante el resto de la noche y escapar de la furia de la tormenta que se avecinaba. Por la mañana, cuando volviera la luz, podría leer de nuevo los letreros de las calles. Incluso podría pedir las señas del lugar cuando apareciera gente, aunque tampoco había tenido mucha suerte en ese sentido. Se miró la ropa arrugada y manchada de barro lanzando un profundo suspiro.

Debido a su estado de desaliño, las personas de aspecto respetable a las que se había acercado para preguntar por la dirección no le habían hecho caso y se habían apartado rápidamente, tomándola por una mendiga… o algo peor. Por lo visto, las apariencias importaban mucho más en la ciudad que en su pueblo. Incluso un hombre bien vestido y lo bastante mayor para ser su padre le había hecho una proposición de lo más desagradable al verla pasar. Sorprendida, ella huyó de aquella lasciva oferta. No fue hasta más tarde cuando reparó en que, a diferencia del pueblo, donde podía gozar de considerable libertad, en la ciudad una chica que caminaba sola (sobre todo después del anochecer) era confundida por todo el mundo con una prostituta. Por esa razón nadie había estado dispuesto a ayudarla.

Incluso el desalmado joyero a cuya tienda se había aventurado a ir al llegar a Londres obtuvo a esa misma conclusión. Cuando ella le ofreció el gran diamante que llevaba escondido debajo de la ropa y le preguntó cuánto valía, el joyero la examinó como si sospechara que lo había robado. El hombre solicitó ver los documentos de autentificación. Isabella no había oído hablar de tal cosa en su vida; además, se había visto obligada a huir de casa de improviso. Ni siquiera le había dado tiempo a coger algo de dinero o de comida o una muda, y menos aún la documentación adecuada.

Entonces se percató de que aquel hombre estaba intentando estafarla. Sin apenas echar un vistazo al diamante, el joyero le informó en tono arrogante de que era una imitación. Isabella se puso hecha una furia. Puede que él pensara que era una pueblerina, pero su madre no había criado a ninguna tonta.

La Estrella de Indra pertenecía a su familia desde hacía doscientos años. Era la única herencia que podía exigir de sus insensibles parientes nobles y su única esperanza de salvar su hogar y su pueblo de las garras de James. ¡Sí, claro, una imitación! Salió del establecimiento como un huracán, llena de indignación, y luego decidió acudir directamente al duque de Westland. El gran lord la ayudaría a obtener un precio justo por su preciosa joya, además de ayudarla a procesar a James por el crimen. Isabella solo esperaba que el duque no le lanzara una mirada despectiva como el resto de las personas de esa pomposa ciudad ni le diera la espalda, porque, si eso ocurría, no tenía a nadie más a quien acudir.

Se negaba a abandonarse a la desesperación. Sobreviviría de algún modo. La gente de Yorkshire era tan independiente como recelosa de los forasteros, se dijo. Se las arreglaría perfectamente sola, como le había enseñado su madre. Pero, a decir verdad, en lo más profundo de su corazón, estaba empezando a tener la terrible sensación de que la suya era una causa perdida. James era demasiado poderoso, estaba demasiado bien relacionado y era demasiado rico. Durante los últimos días, su ejército personal de guerreros curtidos en el campo de batalla había estado a punto de atraparla. Sabía que, cuando su fatiga aumentara, cometería forzosamente algún error; un error que le costaría la libertad y su hogar… por no hablar de su virtud. «Odio esta ciudad. Moriré aquí.»

Reprimiendo una oleada de desesperación, se pasó la mano por el pelo enmarañado y se obligó a centrarse de nuevo en buscar cobijo para pasar la noche antes de que estallara la tormenta. Sabía que tenía que darse prisa. Las copas de los árboles situados tras los altos muros rematados con pinchos de los jardines privados de los ricos se mecían y susurraban. El aire parecía cargado de lluvia contenida.

Se cruzó de brazos y siguió obligándose a poner un pie delante del otro, recorriendo con la mirada borrosa las pulcras calles de adoquines del barrio durmiente, con sus caminos bordeados de árboles y sus farolas aisladas que despedían globos neblinosos de luz naranja. No había a donde ir.

Las residencias urbanas, con sus fachadas lisas, no ofrecían ninguna protección tras sus puntiagudas vallas de hierro forjado. No le hubiera importado dormir en un pajar, pero los pasadizos que conducían a los establos de la parte trasera estaban cerrados con llave. Sin duda aquello no era propio de la nieta de un conde, pensó agotada y triste. Recorrió una calle tras otra. Intentó escalar con poca convicción la verja de un jardín que había detrás de una casa majestuosa y oscura. Había visto un pequeño y elegante cenador en el jardín que le habría servido perfectamente, pero no cabía entre los altos barrotes de hierro forjado, y menos aún podía pasar por encima de sus afiladas puntas.

Continuó avanzando, dobló una esquina y, para gran sorpresa suya, llegó a otra plaza ajardinada. Recuperó la esperanza. Se acercó al parque vallado, leyó la placa de cobre grabada y frunció el ceño. «Maldita sea.» No era St. Patrickʹs. El letrero indicaba que era Hanover Square. Miró a su alrededor, abatida, sin saber adónde dirigirse desde allí.

La descarga de un trueno a lo lejos despertó antiguos recuerdos de su infancia en el barco de su padre. Echó un vistazo al cielo encapotado. En circunstancias normales, había pocas cosas en la vida que la asustaran, pero el estruendo demoledor del fuego de cañón y la destrucción sangrienta y estridente que había visto provocar con aquellas andanadas durante su tierna infancia la habían dejado marcada para toda la vida con un miedo a los ruidos fuertes.

Isabella volvió la cara en dirección al viento, se apartó los mechones de los ojos e intuyó que aquella iba a ser una mala noche. En aquel momento la tormenta estalló de veras, desencadenando truenos, relámpagos y una lluvia torrencial. Ella lanzó un grito de sorpresa y se puso en movimiento impulsada por el frío y repentino chaparrón. Cruzó la calle a toda prisa y se cobijó en el primer lugar que encontró, estuviera prohibido o no.

En la esquina había una imponente residencia con las dimensiones de una mansión que poseía un majestuoso pórtico enmarcado por gruesas columnas blancas. Todas las ventanas de la casa se encontraban a oscuras a esas horas de la noche, e Isabella pensó que, aunque los dueños estuvieran dormidos, no serían tan insensibles como para molestarse si ella se metía debajo del pórtico para guarecerse de la terrible tormenta. Un momento más tarde estaba secándose el agua de la cara y mirando el elegante patio del porche delantero de la casa. «Sería perfecto para pasar la noche», pensó. El porche tenía unos muros bajos a los lados que le permitirían esconderse si los soldados pasaban por allí. Un par de arbustos con forma de espiral metidos en grandes recipientes flanqueaban la puerta principal. Se apoyó contra el muro lanzando un suspiro de alivio y a continuación deslizó la espalda lentamente, exhausta, y se sentó en el suelo de losas. Encogió los hombros para taparse mejor con la capa, apretó las rodillas contra el pecho y las rodeó con los brazos, mientras contemplaba la lluvia y escuchaba su sonido.

Qué sola se sentía. «No es nada nuevo.» Frunció el ceño para evitar compadecerse de sí misma, se metió la mano en el bolsillo y sacó de mala gana el último bocado que le quedaba: un caramelo de menta que casualmente llevaba encima la noche que había huido. Le quitó una pelusa que tenía, se metió el caramelo redondo y duro en la boca y lo chupó despacio, procurando que le durara lo máximo posible. Su estómago protestó ante tan pobre ofrecimiento.

Echó un vistazo a la puerta de la mansión, cerrada con llave y cerrojos, cuya magnífica aldaba de latón representaba la cabeza de un león, y se preguntó cuánta comida habría dentro, lo grandes y mullidas que serían las camas… Al pensar en ello se sintió todavía más abatida. Apoyó la cabeza contra el muro de ladrillo, con la intención de cerrar los ojos unos instantes. No pretendía quedarse profundamente dormida.

Lo peor de la tormenta había pasado hacía ya una hora, pero entonces caía una lluvia vigorosa y torrencial. Las esferas acuosas de la luz de gas procedente de las farolas de hierro forjado que había situadas a lo largo de Oxford Street iluminaban las cortinas de lluvia azotadas por el viento. Las calles del West End parecían desiertas, a excepción de un carruaje negro que avanzaba en medio de la ventolera, tirado por unos caballos de color azabache con anteojeras.

Dentro del carruaje se respiraba un ambiente de alegría socarrona. Sus pasajeros eran cuatro de los indiscutibles reyes de la alta sociedad y amantes de la buena vida: hombres altos, atléticos y atractivos, en la flor de la vida, con fama de buscadores de emociones y hedonistas. Vestidos impecablemente, los pasajeros se hallaban repantigados en los asientos tapizados de seda mientras mantenían una animada conversación.

‐ ¿Quieres dejar de agitar eso?-

‐ ¡No! Tengo que calentarlo para poder recuperar lo que he perdido en el juego de cartas. Esta noche voy a desplumarte, amigo mío. Y a ti también-

‐ ¿No estás contento con haberme robado a mi amante? Por cierto, ¿qué te parece?-

‐ Bien, pero la has malcriado demasiado. La condenada me sale muy cara. Si quieres recuperarla solo tienes que decírmelo-

‐ No, gracias-

Las carcajadas sardónicas llenaron el carruaje; los cuatro bribones no hacían caso de la lluvia. Aquellos libertinos de alta cuna estaban relacionados con las mejores familias de Inglaterra. Se divertían donde les venía en gana y estaban acostumbrados a la vida regalada de la aristocracia, pues desde el día de su nacimiento habían contado con multitud de criados que habían satisfecho cada uno de sus caprichos. Se habían conocido en Eton de niños y desde entonces se habían hecho amigos íntimos. A pesar del peligro que representaban, ya que habían librado más de cincuenta duelos entre los cuatro (el número total de mujeres a las que habían seducido alcanzaba varios miles) la alta sociedad les hacía la corte.

Su presencia en una fiesta le confería estilo; su rechazo resultaba funesto. Esa noche habían honrado a lady Stanley con su llegada tardía al salón de baile de su casa. El baile de los Stanley era uno de los últimos de la temporada, antes de que los miembros de la alta sociedad se trasladaran a Brighton para pasar el resto del verano en su constante búsqueda del placer. Después de presentarse en el baile lo bastante tarde para provocar los comentarios de los asistentes, y de asustar y encandilar a partes iguales a algunas debutantes de mirada inocente hasta casi provocarles un desmayo con sus atenciones ligeramente insolentes, habían apurado sus bebidas y se habían despedido haciendo reverencias con su estudiado aire de superioridad y tedio; una actitud, naturalmente, pensada en gran medida para impresionar.

De nuevo reunidos, y tras dejar de lado sus ínfulas, habían emprendido el trayecto hacia la mansión de Lord Jasper Whitlock en Hanover Square para disfrutar de una velada de cartas y juego. Otro carruaje con conocidos suyos los seguiría, pero el conde quería llegar antes que ellos a su casa para asegurarse de que sus criados estaban levantados y preparados para entretener a sus amigos con su habitual y generosa hospitalidad. Sin duda, más tarde mandarían a buscar a las fulanas.

Lord Edward Cullen conocía la rutina porque siempre era la misma. Mientras miraba por la ventanilla del carruaje las calles mojadas por la lluvia, todas oscuras y desiertas, el cabecilla del grupo apenas escuchaba la ruidosa conversación de sus amigos. Edward no sabía qué le pasaba esa noche. Se habría marchado a casa si hubiera creído que allí se sentiría mejor, pero sabía que el malestar no haría más que acompañarlo.

‐ ¿Vas a jugar con nosotros esta noche o vas a seguir absteniéndote?‐ Una pausa ‐¿Hola? ¿Cullen?‐ Edward recibió un codazo en las costillas que lo sacó de sus cavilaciones. Se volvió hacia McCarty con aire distraído.

‐ ¿Qué?-

‐ ¿Qué te pasa esta noche? ‐exclamó Jasper ante su actitud ausente -¡Hace días que estás raro!-

‐ Sí‐ asintió Jacob, el moreno heredero de un marquesado -Hoy, cuando practicabas con la espada, creía que ibas a matar a Newton-

‐ Si no aprende a protegerse, la próxima vez lo atravesaré‐ dijo Edward con frialdad.

‐ ¿Y a Tyler? También has estado a punto de matarlo a él- dijo Jasper.

‐ Tiene un juego de piernas atroz ‐dijo Edward en tono de mofa.

‐ Tienes que reconocerle el mérito por intentarlo, al menos. Eres demasiado rápido para él-

‐ Entonces no tiene derecho a practicar conmigo‐ Edward se encogió de hombros y apartó la vista.

‐ ¡Cielo santo! ‐dijo Jacob riéndose -Solo se trata de entrenar, Cullen-

‐ Déjalo en paz, Jacob. Está otra vez de mal humor‐dijo Emmett.

‐ No, no lo estoy-

‐ Últimamente siempre está de mal humor-

‐ ¡Maldita sea, no estoy de mal humor!-

‐ Entonces, ¿qué te pasa? ¿Te duelen las muelas?-

‐ Yo qué sé‐ murmuró Edward. «Es esta rutina», pensó.

‐ Si queréis saber mi opinión ‐dijo Emmett McCarty a los demás, dando una palmadita a Edward en la espalda -lo único que necesita el muchacho es una dama dispuesta… no, perdón… una moza lasciva y desenfrenada con la que darse un revolcón durante un par de horas. Alguien que le ayude a olvidarse de cierta señorita llamada Tanya. ¡Lo digo en serio!‐ Edward protestó al ver que los demás se reían y asentían con cordialidad.

‐ ¡Buen consejo! Dentro de nada te encontrarás perfectamente… Salud. Por un buen meneo‐ declaró Jasper -La única cura para todos los males del hombre-

‐ ¿Creéis que no lo he probado? ‐contestó Edward.

‐ ¿Cuándo?‐ preguntó Jacob. Edward lanzó un suspiro y apartó la vista.

‐ ¡Reconócelo, hombre! Te has portado como un monje desde que se casó, y eso no es propio de ti, por no decir algo peor- dijo Jasper mientras se inclinaba hacia delante ‐Cuéntanos qué te pasa, compañero. Somos tus amigos. ¿Estás triste?-

‐ En absoluto. Ella es feliz. Y yo me alegro por ella. Fin de la historia-

‐ Entonces, ¿tienes problemas con el aparato? ¿Has pillado gonorrea?- dijo Jacob.

‐ ¡Dios santo, no! ¡Cielos! No es nada de eso- Edward frunció el ceño y se removió en su asiento.

‐ Ya no tiene dieciocho años‐ dijo el siempre leal Emmett, saliendo en su defensa, con sus ojos color avellana centelleantes -Todos sabemos que no hay que ir a la guerra sin armadura–

‐ Supongo‐ murmuró Edward.

‐ Entonces, ¿qué?‐ Los ojos azul claro de Jasper escudriñaron su cara con preocupación.

Edward lo miró y a continuación sacudió la cabeza con gesto de disgusto. Siempre había sido el cabecilla del grupo en todas sus travesuras, de modo que ¿cómo podía decirles que ahora su constante búsqueda de placer había empezado a parecerle insoportablemente… absurda? No sabía por qué, pero todos seguían actuando por inercia y a diferencia de sus amigos, él había cometido errores (graves errores), impulsado por un anhelo indescriptible que no podía satisfacer, por mucho que intentaba perseguir cualquier estímulo. Sin embargo, a pesar de lo perdido que pudiera estar, quejarse parecía absolutamente despreciable. Todo el mundo les envidiaba a él y a sus amigos su lujosa vida en la alta sociedad. Las mujeres los deseaban, y los hombres querían ser como ellos. Sin duda, aquel doloroso anhelo de algo más era malo. Incluso después de su pésima racha en las mesas de juego, Edward sabía que seguía poseyendo más de lo que cualquier ser humano podía pedir a la vida. Pero, por otra parte, ¿cuándo había sido él un hombre razonable? Sus camaradas esperaban alguna explicación, pero él se encogió de hombros y no hizo caso, reacio a hablar de su desencanto. Si no lo expresaba en voz alta, tal vez desaparecería.

‐ Sin duda, tenéis razón‐ dijo al cabo de un largo rato, con una media sonrisa cínica en los labios -seguramente lo único que necesito es agarrar a una buena moza.

‐ ¡Buen chico! Así me gusta- dijo Jacob ‐La mujer de Aro ha estado tirándote miraditas toda la noche…-

‐ No, no, esto exige una profesional‐ respondió Edward.

Jacob se metió la mano en el bolsillo con una sonrisa y le lanzó la última edición de un infame librillo titulado Guía de Londres para el Mujeriego –Este es el menú de la noche, milord-

‐ Toma, bebe un trago- Jasper, que era el dueño de la carroza, abrió el compartimiento de los licores situado junto a él, escogió una botella a la luz de las pequeñas lámparas del interior del carruaje y le pasó a Edward una licorera de cristal con un excelente coñac francés.

Edward la aceptó haciendo un gesto con la cabeza y bebió un trago con determinación; a continuación pasó la botella a Jacob. Mientras tanto, Emmett cogió el librillo y lo acercó a la pequeña lámpara parpadeante, mirando con los ojos entrecerrados páginas y más páginas de nombres y direcciones.

‐ Ah, si y ahora pensemos en el menú de esta noche- dijo alegremente -Para los entremeses, creo que empezaremos con las gemelas Summerson…-

‐ Excelente elección‐ terció Jasper.

‐ Y de primer plato… esta señorita española llamada Bianca parece interesante; es nueva, pero he oído hablar bien de ella. Y para acompañar, Kate Gossett siempre está muy apetitosa…-

‐ Dios, me encanta ‐afirmó Jacob -menudos melones guarda dentro del corpiño-

‐ Magníficos pechos, sí señor. De segundo plato, las cuatro hermanas Wilson…- continúo diciendo Emmett.

‐ No, no, estoy cansado de ellas‐ protestó Jacob – Quiero algo distinto, algo nuevo-

‐ Sí‐ repitió Edward en voz baja. «Algo nuevo.»

Cuando sus amigos retomaron su incesante parloteo, se puso a meditaracerca del consejo que le habían dado. Tal vez ellos tenían razón. Tal vez lo único que necesitaba era una noche de lujuria; a Edward le gustaba el sexo todavía más que el juego. Gozaba del sexo, vivía para el sexo. Era el amor lo que evitaba como si fuera la peste.

Mientras tamborileaba, pensativo, con los dedos sobre sus labios, buscó mentalmente en su larga lista de damas refinadas y esposas necesitadas de amor de la alta sociedad; para ellas, una noche salvaje y sudorosa con él les parecía el momento álgido del año. «Tal vez» Pero incluso le aburría el agradable deporte de acostarse con las mujeres de sus rivales en las apuestas, lo cual era muy grave. La idea de otro revolcón insustancial con una fulana de mirada dura amenazaba con ponerlo otra vez de mal humor.

Jamás lo habría reconocido en voz alta, pero las prostitutas en general le hacían sentirse incómodo desde el lucrativo acuerdo que había mantenido con Lady Heidi meses atrás; pensaba que las mujeres de mala vida hacían que le remordiera la poca conciencia que le quedaba. En su momento se había reído de los servicios que prestaba a la acaudalada baronesa, e incluso se había jactado de ello delante de sus amigos; era una mujer maravillosamente insaciable y, lo que era todavía mejor, saldaba sus deudas de juego. Su escandaloso acuerdo había dejado estupefacta a la gente, pero, por supuesto, él se había salido con la suya. Era Edward Cullen. Siempre se salía con la suya.

A diferencia de algunos de sus amigos recientemente exiliados, unos hundidos por el escándalo, y otros por las deudas, Edward había luchado por su trono dorado de príncipe de la alta sociedad y lo conservaba a pesar de todo. Al fin y al cabo, eran el dinero, el estilo y la clase los que hacían al hombre, y no la virtud. Su familia también se escandalizó por su desvergonzada aventura con la baronesa, pero deberían haber esperado algo por el estilo cuando el patriarca del clan, Carlisle Cullen, duque de Hawkscliffe, le retiró sus fondos en un último intento por meter en cintura a su descarriado hijo pequeño. En fin, Carlisle daba y Carlisle quitaba, pensaba Edward, pero se negaba a dejarse controlar por la riqueza de su familia. No, con su habitual fanfarronería, jamás admitiría el menor arrepentimiento por haber hecho de semental de su señoría. Y sin embargo, de un tiempo a esta parte no le resultaba fácil mirarse al espejo, sabiendo como sabía que su depravación le había costado gran parte de la buena opinión y la estima que le tenía la única chica que había significado algo para él.

Después de veinte años de devoción inquebrantable, su querida y formal Tanya, la mejor amiga de su hermana pequeña, lo había abandonado por su viejo compañero de escuela Riley Strathmore, no sin antes advertir a Edward, su antiguo ídolo, que sería mejor que cambiara de hábitos antes de que echara su vida por la borda destruyéndose a sí mismo. En fin, ya no podía hacer nada. Tanya era una buena chica y estaba mejor con Riley. Punto. Además, como Edward la quería como a una hermana, su flirteo siempre le había parecido un tanto incestuoso; incluso un pecador como él tenía que marcar ciertos límites.

Con el codo apoyado en el alféizar de la ventanilla del carruaje, levantó la mano pesadamente y limpió el cristal empañado con el borde del puño. Riley era mejor para Tanya. Edward lo había aceptado. Formaban una pareja perfecta y estaban muy enamorados; el vizconde estaba preparado para amarla de una forma que Edward apenas se había atrevido a plantearse. No le había agradado perder contra su rival, pero, naturalmente, al final se había comportado como un caballero ¿Qué otra cosa podía hacer? En lo más profundo de su corazón, sabía que él no le convenía a Tanya. Sospechaba que no le convenía a ninguna mujer, puesto que parecía tener la capacidad de volverlas locas. Prefería no pensar en ello. Solo sabía que, desde la boda de Tanya, la dicha de los recién casados no parecía hacer más que poner de relieve su hastío profundamente arraigado; su irritante alegría hacía que el resplandor de su opulenta vida pareciera insignificante.

Con la mejilla apoyada en la mano, seguía contemplando la noche de color azabache, cuando de repente divisó dos figuras montadas a caballo en medio de la lluvia. Se animó ligeramente con su habitual curiosidad. Los jinetes avanzaban por Oxford Street en la dirección opuesta; reparó en ellos porque eran las únicas personas que había visto con aquel tiempo de perros y a tan altas horas de la noche.

Cuando el carruaje se aproximó y se cruzó con los jinetes cerca de una de las brillantes farolas de gas, Edward alcanzó a ver fugazmente a los dos hombres uniformados. Eran dos tipos de aspecto feroz, armados hasta los dientes. «Probablemente también estén buscando putas», pensó con cinismo. En realidad, parecían estar buscando a alguien, pues escrutaban cada callejón y cada camino apartado que encontraban mientras avanzaban lentamente por la calle, escudriñando las sombras. «Qué raro», pensó, pero al observar la extraña forma de sus altos gorros, comprendió quiénes eran. «Extranjeros que probablemente se han perdido», advirtió tardíamente cuando el carruaje pasó por delante de ellos. Desde el final de la guerra, la ciudad estaba invadida por príncipes, generales y dignatarios extranjeros acompañados de sus séquitos. En la actualidad, los antiguos aliados de Gran Bretaña contra Napoleón gozaban de gran popularidad en la sociedad londinense.

Pensó en detener la carroza para ofrecerles algunas indicaciones, pero antes de que Edward pudiera siquiera determinar si eran alemanes, rusos o austriacos, los soldados extranjeros habían desaparecido en la oscuridad lluviosa.

‐ ¿Ocurre algo?‐ preguntó Jasper.

‐ Oh, no‐ Edward negó con la cabeza y apartó de sus pensamientos aquel misterio sin importancia, decidido a recuperar el interés por la juerga de aquella noche -Pásame el coñac-

Poco después, el carruaje entró en Hanover Square y se detuvo frente a la gran casa de la esquina. La mansión de Jasper era un majestuoso edificio de ladrillo rojo con cuatro plantas y tres ventanas saledizas, que se distinguía del resto de las casas de la manzana por el pórtico cubierto de la entrada. Tan pronto como el carruaje se detuvo, los caballeros salieron de un salto sin esperar a que el mozo de cuadra llegara a la puerta.

De hecho, mientras el cochero echaba el freno, con la lluvia cayéndole por el ala de su sombrero de copa, el mozo con librea que se hallaba apostado en la parte trasera apenas tuvo tiempo de coger la linterna que colgaba de un gancho y saltar del carruaje reluciente y mojado para iluminar el camino al joven conde y a sus elegantes invitados. Jasper rechazó a su sirviente y le quitó la linterna.

‐No te preocupes por nosotros, ocúpate de mis caballos‐ ordenó, al tiempo que se metía la mano en el chaleco para coger la llave de la casa.

‐ Sí, milord-

Jasper levantó la luz e hizo pasar a sus invitados por delante de él. El suelo estaba brillante por la lluvia y difuminaba la luz de la linterna cual ébano pulido mientras se dirigían a toda prisa al porche cubierto. Con la luz parpadeante de la linterna detrás de ellos, las sombras resultaban todavía más oscuras. Edward iba primero, como siempre, andando a zancadas, de modo que fue él quien estuvo a punto de tropezar con el cuerpo de una mujer que dormía en el suelo.

‐ ¡Santo Dios!- Rápidamente extendió las manos a los lados para evitar que sus amigos hicieran lo mismo al guarecerse de la lluvia bajo el techo del pórtico.

‐ ¡Vaya!‐ exclamó Jacob, antes de recuperarse de su sorpresa –Ahí tienes, amigo. Un regalo de los dioses. Ve a por él-

‐ ¡Sshhhh!‐ susurró Emmett, con un brillo malicioso en los ojos -¡Está dormida!-

Edward se volvió a mirar a Jasper con el ceño fruncido‐ -¿La conoces?-

‐ No la he visto en mi vida‐ Tras apartar a los demás, Jasper se apoyó grácilmente en una rodilla junto a ella y acercó la linterna para poder ver mejor a aquella criatura abandonada de delicadas facciones -Qué belleza‐ murmuró.

Edward retrocedió sin hacer ningún comentario mientras los otros dos jóvenes se agachaban a ambos lados de Jasper; Jacob se echó su capa negra hacia atrás sobre el hombro y se puso en cuclillas junto a la chica, y Emmett se inclinó despacio hasta apoyar las manos en sus muslos. Ladeó la cabeza ligeramente, examinando a la joven.

‐Una chica muy guapa- comentó Emmett, con su habitual facultad para restar importancia a todo.

Edward se quedó atrás, en guardia. «Perfecto, otra puta» Estaba profundamente dormida y respiraba con suavidad como la de una princesa encantada de un cuento a la espera del beso de su amor verdadero, salvando el detalle de la mancha de tierra en su mejilla. En lugar de una urna de cristal, la chica tenía por lecho el suelo duro y frío. La imagen de una criatura tan joven y hermosa obligada a soportar semejantes condiciones provocó en Edward un dolor extraño y dulce en el pecho. Al pensar en las noches que había pasado con Lady Heidi sintió remordimientos, como si tuviera un hilo enganchado en la costra de una herida apenas curada.

No, él y la chica dormida del suelo no eran tan distintos. Tal vez fue aquel descubrimiento lo que le hizo guardar las distancias; una sensación de afinidad que no deseaba y que despertaba en él cierta reticencia. Mientras sus amigos se apiñaban alrededor de ella, Edward se apoyó de brazos cruzados en la columna de enfrente.

‐ Es un poco joven, ¿no creéis?- dijo Edward, ellos no le hicieron caso, entusiasmados con su hallazgo.

‐ Seguro deben de haberla mandado para la fiesta‐ susurró Jasper.

‐ Ha llegado pronto- Jacob esbozó una sonrisa satírica -a lo mejor estaba ansiosa por empezar-

‐ Bueno, Edward, amigo‐ Emmett le lanzó una mirada de reojo por encima del hombro -¿Te gustan las morenas?-

Él resopló, contemplándola con expresión vacilante. La muchacha era preciosa; era absurdo negarlo. Tenía la piel de color crema y las pestañas como terciopelo negro. Su esbelta figura se hallaba envuelta en una capa verde oliva que le llegaba hasta las rodillas, y estaba tumbada de lado sobre las losas mojadas, con la cabeza apoyada en el brazo y su pelo color chocolate derramado a su alrededor.

‐ El sueño de los inocentes‐ susurró Jacob.

‐ Así es‐ dijo Edward alargando las palabras.

Emmett frunció el ceño mirando el ángulo de su cuello ‐ Esa postura no puede ser para nada cómoda-

Edward supuso que no debía de serlo. La examinó lentamente, desde los mechones enredados de su pelo hasta el par de centímetros de pantorrilla enfundados en unas medias negras que se veían entre la parte superior de sus botas gastadas y la falda salpicada de barro de su vestido de paseo liso azul claro. Una mirada de cinismo asomó a sus ojos ante el engañoso aire de inocencia que flotaba a su alrededor, como si de un aroma de rosas se tratara. No había nadie del todo inocente en este mundo. Así pues, ¿qué más le daba que sus amigos se la comieran con los ojos como si fuera un objeto? Al fin perdió la paciencia con ellos… y consigo mismo, y puso los ojos en blanco.

‐ ¿Alguno de vosotros va a despertarla o nos quedaremos aquí toda la noche mirándola como bobos?- dijo Edward.

‐ Tiene razón. Tenemos que llevarla dentro. Voy a dar una paliza a mi mayordomo por hacer esperar aquí fuera a esta adorable criatura- dijo Jasper con brusquedad -Recemos para que no esté muerta-

‐ Sería una lástima- convino Jacob –Se ve deliciosa, ¿verdad?-

‐ Es difícil saberlo con toda la mugre que lleva encima ‐murmuró Edward.

Jacob le dedicó una sonrisa picara ‐ Tal vez deberíamos darle un baño-

‐ Y de paso, quemar su ropa. Qué vergüenza- dijo Jasper, arrugando su nariz larga y recta.

‐ Sí, la envolveremos con sábanas de satén - Jacob alargó la mano para tocarle el pelo, y algo se agitó violentamente en el interior de Edward.

Frunció el entrecejo ‐ ¿Por qué no os apartáis un poco? - Todos se volvieron con cara de sorpresa al escuchar su tono brusco ‐ Si se despierta y os ve echándole el aliento encima, se asustará‐ dijo en un dejo prosaico.

‐ No vamos a asustarla - dijo Jacob en son de mofa.

‐ Edward siempre tiene razón con respecto a las mujeres ‐ les recordó Emmett en voz baja.

‐ Sí, será mejor que me dejes a mí, Jake, amigo. Eres como un elefante en una cacharrería ‐ Jasper tocó el delicado hombro de la chica con cautela - Señorita. Oiga, señorita - La sacudió suavemente - Despierte, querida. ¿Hola? –

Edward observó cómo la muchacha se despertaba muy a su pesar. «Qué criatura tan encantadora» Sí, lo reconocía. Había algo tremendamente vulnerable en la forma en que sus pestañas negras se agitaban con aire soñoliento. Cabeceó un poco y entreabrió los labios. Entonces abrió los ojos de golpe; tenían un luminoso color chocolate al igual que su cabello y brillaban como una joya a la luz de la lámpara.

‐ Buenos días, dormilona ‐ la saludó Jacob con voz queda.

La muchacha abrió como platos sus hermosos ojos. Al ver a los hombres apiñados alrededor de ella, la chica se incorporó bruscamente lanzando un grito ahogado de temor, muy aturdida y desorientada. De repente se pegó a la pared gateando, con una expresión de pánico en su adorable rostro. Los tres hombres se echaron a reír, pero Edward se dio cuenta de que estaba asustada, pues seguía medio dormida y no comprendía qué estaba ocurriendo.

Él sabía que debía decir algo, pero no quería intervenir. La lastimosa imagen de la chica le despertó una ternura angustiosa y confusa en el pecho. Quería apartar la vista, hastiado, pero descubrió que tampoco podía hacerlo. En lugar de ello, la observó con un melancólico anhelo y contó los días que habían pasado desde la última vez que se había acostado con una mujer. De nada habían servido sus recientes esfuerzos por portarse bien.

Cuando su visión borrosa se aclaró, Isabella se encontró rodeada por tres hombres corpulentos y extraños que se cernían sobre ella en la oscuridad, con sus atractivos rostros distorsionados en unas máscaras de gárgolas lujuriosas y lascivas por las sombras de la llama de la linterna. Olían a licor, y aunque sus voces eran refinadas, sus miradas duras y agresivas y sus sonrisas de curiosidad le dieron miedo. De inmediato supo qué querían. Había visto aquella misma mirada en los fríos ojos grises de James.

Mientras la amenaza de su primo resonaba en sus oídos, y fragmentos de sueños siniestros y violentos persistían en su cabeza, pegó la espalda a la pared, con el corazón palpitante.

‐ De… déjenme en paz. No he hecho nada malo – dijo completamente aterrorizada.

‐ Claro que no, querida ‐ susurró el caballero delgado y refinado situado delante de ella. Tenía los ojos azul claro y una mata de pelo rubio corto.

‐ No se asuste. Soy Lord Jasper Whitlock y estos son mis amigos. ‐Le ofreció su mano elegante y pálida - ¿Desea entrar? –

Ella lo observó con reticencia, recelando de su alarde de caballeroso refinamiento y su oferta de hospitalidad. No se fiaba en absoluto.

‐ No sea tímida, preciosa ‐ El tipo moreno situado a su derecha se movió hacia delante y alargó la mano en dirección a ella como si quisiera cogerla en brazos - Deje que la ayude –

‐ ¡No se acerque! ‐ gritó ella rechazándolo.

El hombre arqueó sus pobladas cejas morenas, sorprendido, y se detuvo al oír la advertencia de la joven ‐ Querida, soy Lord Jacob Black; seguramente ha oído hablar de mí - Vamos, entre ‐ ordenó con una sonrisa autoritaria ‐ La haremos entrar en calor y la pondremos bien guapa… -

‐ No… me toque ‐ le ordenó ella entre dientes. Los dos caballeros cruzaron una mirada de sorpresa y acto seguido rompieron a reír.

‐ Tranquila, querida. No tenga miedo ‐ intervino el tercer individuo en tono apaciguador. Tenía una contextura fornida y un cabello tupido y ondulado de color negro - Solo están intentando ser amables –

‐ ¿No veis que la estáis asustando, canallas? Dejad espacio a la chica - No fue hasta entonces, cuando él habló, que Isabella reparó en que había un cuarto hombre con ellos.

Rodeada por aquellos diablos de mirada lasciva, alzó la vista y vio al ángel que acechaba al fondo, perfilado por la lluvia plateada. «Un ángel caído» Contuvo el aliento, sorprendida por aquella visión de sobrenatural belleza masculina. Santo cielo, en su vida había visto un hombre como aquel. La elegante criatura de oscuro resplandor iba vestida de etiqueta y apoyaba un hombro en la columna situada a varios metros, cruzado de brazos. Se mantenía a distancia, como si no se fiara de ella, o fuera reservado, o simplemente no despertara su interés. Sin embargo, con su mirada de un verde esmeralda clavada en ella, Isabella sintió un extraño hormigueo que le recorrió el cuerpo.

Alto y musculoso, tenía la constitución enjuta y escultural de un atleta; tras su languidez externa, parecía ocultarse una energía rápida e inquieta. Su rostro mostraba unas elegantes facciones: la mandíbula angulada, los pómulos altos y una expresión intensa. Una impecable combinación de severa belleza masculina. Tal vez siguiera soñando, pero viendo la luz del cielo sobre él, Isabella casi esperaba ver brotar unas poderosas alas de su ancha espalda. Pero comprendió que se equivocaba; su pulso se aceleró con temor al mirar aquellos ojos de otro mundo y advertir el firme deseo de su mirada; el mismísimo diablo había sido originalmente el primero entre los ángeles. El pecado gozoso personificado. La tentación en carne y hueso.

‐ Entra con nosotros, querida ‐ dijo Lord Whitlock, que la sobresaltó y la sacó de su trance.

‐ Sí, toma una copa ‐ murmuró Lord Black, alargando la mano de nuevo para acariciarle la mejilla.

Ella apartó su mano de un golpe con un movimiento violento y se puso en pie rápidamente ‐ ¡No me toque! - El tercer hombre se echó a reír de su feroz muestra de valor. Isabella le lanzó una mirada fulminante.

‐ ¿Sabéis? Creo que le gusto ‐ dijo Lord Black con voz cavernosa, mirándola fijamente.

Cuando él abandonó su postura encorvada y se irguió lentamente hasta alcanzar toda su estatura, Isabella tuvo que inclinar la cabeza hacia atrás para contemplar su ardiente mirada y notó que su rostro palidecía. Lord Black se acercó más; ella se encogió hacia atrás contra la pared. Él apoyó las manos agresivamente en los ladrillos y agachó la cabeza.

‐ Dime cómo te llamas, zorra impertinente –

‐ Tranquilo, Jacob. Has bebido un poco más de la cuenta ‐ dijo el ángel de mirada fría situado en la esquina, pero el hombre moreno estaba concentrado en ella.

‐ Abre la puerta ‐ ordenó Black al otro hombre, al tiempo que la cogía del brazo.

Ella estaba inquieta. El corazón le latía con fuerza como a un conejo atrapado ‐ Por favor ‐ tragó saliva - Deje que me marche –

‐ No, no, querida. Tienes que entrar a tomar una copa con nosotros ‐ dijo Lord Black en un tono que no admitía discusión ‐ Insisto ‐ Pese a agarrarla sin brusquedad, se negaba a soltarla.

Pueblerina o no, su sentido común le decía que, si dejaba que aquellos hombres la llevaran dentro, estaba perdida. Mientras miraba fijamente a su imponente captor, toda la tensión y el miedo de la última semana empezó a agitarse en su cabeza, a hacer que le martilleara el pulso, y desembocó en un feroz arrebato de ira. «No», pensó cuando la furia se apoderó de ella. No pensaba tolerarlo. No iban a hacerle aquello. Con los sentidos enturbiados por el miedo, el instinto le dictaba que debía luchar o escapar y cuando Lord Black se inclinó hacia ella con una sonrisa petulante, decidido a besarla con descaro, Isabella atacó sin previo aviso. De pronto avanzó y le dio un fuerte rodillazo en la entrepierna. Sorprendido, él gritó de dolor y la soltó mientras se tambaleaba hacia un lado. En un abrir y cerrar de ojos, Isabella apartó violentamente al hombre de pelo negro de un empujón, y cuando Lord Whitlock estiró el brazo para agarrarla por el codo diciendo en tono condescendiente: «Ya está bien, querida», ella lanzó el puño hacia atrás y lo golpeó en la mandíbula tan fuerte como pudo.

Salió a toda prisa del pórtico y echó a correr para internarse en la noche; de inmediato quedó empapada por la lluvia torrencial. Durante unos segundos, Edward fue incapaz de reaccionar de puro asombro. Ya casi nada le sorprendía en la vida, sobre todo viniendo de las mujeres, pero el ataque de la chica lo dejó atónito. Emmett estaba desternillándose de risa, aplaudiendo la agresión de la joven y gritando: «¡Bravo, muchacha!», pero Edward no pudo hacer otra cosa que quedarse mirando a los dos miembros de su exaltado grupo que se hallaban postrados. Jacob estaba doblado sobre sus partes íntimas resollando, mientras que Jasper se frotaba la mandíbula gimiendo y escupía sangre.

‐ ¡Maldita sea, esa muchacha me ha arrancado un diente! –

De repente, Edward se echó a reír a carcajadas. ¡Santo Dios, la chica les había dado una paliza de campeonato! ¿Cuántas mujeres de Inglaterra, cuántas de sus conquistas, habrían pagado por ver a los grandes seductores vencidos de aquella forma? Edward no se contaba entre las víctimas del arrebato de aquella pilluela, de modo que pudo apreciar lo cómico de la situación. Sin embargo, aunque no le había tocado, sin duda había logrado que se le pasara el mal humor. Se puso en movimiento y salió de debajo del pórtico con una sonrisa de pendenciero.

‐ ¿Adónde vas? ‐ gritó Emmett mientras él se internaba en la lluvia.

‐ ¡A asegurarme de que está bien! – contestó.

‐ ¿Ella? ‐ dijo Jacob con voz ronca ‐ ¿Y nosotros? –

‐ Os lo merecéis ‐ Edward entornó los ojos para protegerse de la lluvia y divisó a la misteriosa chica abandonada corriendo calle abajo - ¡Señorita! ‐ gritó ‐ ¡Vuelva! –

Ella lanzó una mirada de temor por encima del hombro, pero siguió corriendo. Era evidente que no tenía intención de confiar en ellos. Edward miró a sus amigos con el ceño fruncido.

‐ Os dije que no la asustarais – A continuación partió tras ella sin prisa; sus largas zancadas le permitieron alcanzarla enseguida.

‐ ¡Ten cuidado, amigo! ‐ gritó Emmett alegremente detrás de él - Esa chica es peligrosa-

‐ Me gusta el peligro ‐ contestó él entre dientes. De hecho, estaba ansioso por ver qué intentaba hacerle.

Dejó de lado su prejuicio inicial por la gente de su clase. La muchacha tenía coraje, sí, y era valiente. Tenía que saber cómo se llamaba. Ella suponía un desafío, y los desafíos, como las sorpresas, escaseaban en la vida de Edward. Sin embargo, más que estar intrigado, estaba preocupado por ella… tal vez a su pesar.

Ya no estaba tan seguro de que la suposición inicial de él y sus amigos fuera acertada y ella se hubiera adelantado a la convocatoria habitual de las fiestas que solían hacer. No iba vestida como ellas, ni olía como ellas, a perfume barato. No llevaba colorete ni joyas falsas de oropel. Y estaba sobria. O acababa de despertarse y todavía no sabía qué estaba pasando cuando sus amigos la habían acosado con sus excesivas atenciones, o había otra explicación que justificara su ingenuo temor. Edward pretendía llegar al fondo del asunto y resolver el pequeño misterio de la joven; de todos modos, tampoco tenía nada mejor que hacer.

La chica se había detenido delante de él en la esquina; estaba empezando a cansarse. Tras mirar a un lado y a otro, como si no supiera hacia dónde ir, echó un vistazo detrás de ella y vio que él la perseguía. Entonces retrocedió.

‐ ¡Déjeme en paz! ‐ gritó con voz estridente, aunque él estaba tan solo a una manzana de distancia.

‐ ¡Espere! ¡Solo quiero hablar con usted! –

Ella emitió un grito de furia y escapó de nuevo, girando como una flecha hacia la izquierda. Edward apretó el paso con los ojos brillantes, haciendo uso de las reservas de fuerza física adquiridas a lo largo de muchos años de entrenamiento casi diario en los mejores clubes de esgrima y boxeo de Londres. Atravesaba salpicando los charcos con sus zapatos planos negros. Todavía llevaba la ropa del baile (unos pantalones negros y un frac), pero la lluvia le mojó los hombros y el pecho, empapó su chaleco de seda blanco favorito y le dejó el pelo pegado a la cabeza. Mientras respiraba con mayor dificultad debido a la carrera, se quitó la corbata de un tirón y la arrojó a un lado.

Cuando dobló la esquina y se metió en Bond Street, un carruaje que transportaba a los invitados a la casa de Jasper pasó por delante de él; sus pasajeros lo saludaron sorprendidos, pero él no les hizo caso, absorto en la persecución. Tenía la sensación de que aquella noche no iba a volver a casa de Jasper para jugar ninguna partida de cartas. No, ya estaba planteándose otro tipo de partida: el maravilloso juego que se practicaba pegando una piel contra otra. Había pasado sin él durante demasiado tiempo. No se había acostado con ninguna mujer desde mucho antes de que Tanya se casara con Riley en la víspera del día de San Juan. Rechazado por una chica con la que siempre había pensado que acabaría casándose (cuando él estuviera listo para sentar la cabeza), Edward no había tenido valor para retomar sus hábitos de donjuán. Hasta aquella noche.

¿A qué demonios estaba esperando? Su cuerpo anhelaba el roce de una mujer. Mientras corría pesadamente entre la lluvia, había decidido que aquella misteriosa chica le vendría tan bien como cualquier otra. Además, triunfar donde sus amigos habían fracasado satisfaría su vanidad. Al pasar por delante de una hilera de tiendas pintorescas con oscuras ventanas saledizas, cuyos postigos y puertas se hallaban bien cerrados durante la noche, el ritmo de la chica empezó a disminuir, como si ya no pudiera seguir. Lanzó otra mirada de ansiedad por encima del hombro y vio que él la alcanzaba.

Edward casi estaba encima de ella, tan solo unos metros por detrás, lo bastante cerca para apreciar la furia que se reflejaba en sus delicadas facciones ante su decidida persecución.

‐ ¡Lárgate, canalla! –

‐ No ‐ dijo él alegremente, con voz entrecortada.

Aquella muchacha todavía tenía que descubrir su famosa obstinación, y él todavía tenía que descubrir su nombre. Lanzando un alarido de frustración, la joven se dirigió corriendo a la tienda más próxima, una mercería, y agarró la única arma que encontró.

Tras coger un apagavelas con un largo mango del soporte de metal que lo sostenía en el muro, lo agitó a su alrededor y lo blandió con intención de darle a Edward en la cabeza.

‐ ¡Atrás! –

‐ ¡Oh, no! ‐ dijo él riéndose, mientras se acercaba despacio. «Me gusta esta chica» - ¿Qué vas a hacer con esa cosa? ¿Pegarme en la cabeza? –

‐ ¡Mantén la distancia o te romperé la cabeza! Lo haré, lo juro –

Por supuesto, él no obedeció, sino que, majestuoso, avanzó hacia ella otro par de pasos mientras recobraba el aliento ‐ Tranquila, gatita… -

‐ ¡No me llames «gatita»!-

La barra de metal emitió un silbido en el aire. Los mechones oscuros de la chica ondearon al viento, y su falda sucia se arremolinó alrededor de su esbelta figura mientras blandía el arma con una admirable ferocidad, decidida a darle a Edward en la cabeza. Él se agachó; sus reflejos de espadachín le permitieron evitar la trayectoria del apagavelas, pero la chica falló por tan poco que se quedó asombrado una vez más. Hacía años que las mujeres amenazaban con matarlo, pero ninguna lo había intentado hasta entonces.

‐ ¡Dios mío! ‐ exclamó, y entonces rompió a reír de nuevo. No podía evitarlo.

La chica se sonrojó ‐ ¡No te atrevas a reírte de mí, idiota! ¡No te tengo miedo! ¡Para que lo sepas, por estas venas corre la sangre de un héroe! ‐ gritó airadamente, tratando de asustarlo (de forma bastante adorable, en la opinión de Edward) ‐¡Mi padre luchó en Trafalgar!-

Él levantó las manos ‐ ¡Me rindo! ¡No me hagas daño!-

‐ Tú… ‐

Un enorme relámpago interrumpió sus palabras; la chica se lanzó debajo de la marquesina de una de las tiendas que bordeaban la calle. Edward la siguió ansiosamente, pero cuando llegó junto a ella, la chica ya se encontraba preparada para defender el pequeño rectángulo de territorio seco que había conquistado. La joven, de mala gana, lo dejó colocarse al abrigo de la marquesina de hojalata a rayas, con el arma a punto. Las sombras eran más oscuras en aquel refugio. Él le sonrió con picardía mientras se le acercaba.

‐ Vaya, ¿no es acogedor?-

La lluvia tamborileaba sobre la marquesina de hojalata pintada, apagando el sonido y dotando su tensa tregua de un aire de intimidad. La chica retrocedió un paso con inquietud, agarrando el apagavelas y dispuesta a romperle la cabeza si daba otro paso en falso. Edward estaba en guardia y embelesado, aunque aquello no significaba nada. Tenía fama de enamorarse seis o siete veces al día. «Unos ojos preciosos», pensó. La examinó a la luz de la lejana farola que se filtraba a través de la bruma de la lluvia. Tenía unos ojos grandes y tempestuosos llenos de ánimo y valor, y su tono chocolate era al tiempo raro y fascinante. Su abundante cabello estaba alisado hacia atrás por la lluvia, lo que acentuaba las delicadas facciones de su rostro. Las gotas de lluvia sembraban de estrellas sus pestañas y convertían sus carnosos labios en rosas cubiertas de rocío. Gatita abandonada. Encantadora. La deseaba. Sin embargo, no se atrevía a decirlo por miedo a poner en peligro su integridad. La diversión que le provocaba su ira iba a hacer que acabase recibiendo un golpe, pero no podía borrar la sonrisa picara de su cara. Por fin encontraba una distracción digna de él.

‐ Manejas muy bien esa cosa. ¿Has pensado alguna vez en jugar al críquet? A nuestro equipo le vendría muy bien alguien como tú –

Ella soltó un afectado gruñido de irritación. El apagavelas volvió a emitir un silbido. Edward se inclinó hacia atrás doblando la cintura, y el apagavelas le pasó rozando el pecho. Podría haberlo agarrado, pero entonces ella habría echado a correr y su diversión se habría acabado.

‐ ¿Qué te pasa? ‐ gritó la muchacha, claramente molesta por su fallo ‐ ¿Por qué no me dejas en paz?-

Mademoiselle, solo he venido para asegurarme de que está bien… y, naturalmente, para pedirle disculpas por el grosero comportamiento de mis amigos ‐ añadió él con su más inocente mirada de niño angelical. La acompañó de una sonrisa encantadora de humilde arrepentimiento masculino, pero ella lo miró con recelo, como si no le creyera. Bueno, pronto le creería. Todas lo hacían - No pretendían asustarte…-

‐ ¡No me he asustado!-

‐ Por supuesto que no ‐ Edward movió nerviosamente los labios, esforzándose por no sonreír ante su fingido valor ‐ Aun así, no ha estado bien por su parte perturbar tu sueño-

Ella levantó su arma en actitud amenazante ‐ ¿Te estás burlando de mí otra vez?-

‐ Oh, no ‐ contestó él en voz baja -Estoy flirteando contigo, querida-

Ok chicas acá esta el primer capítulo de esta historia que promete ser algo larga por eso lo largo de este primer capítulo, pues no quiero tardar mucho tiempo subiendo esta historia aparte de que se que a ustedes les gustan los capítulos un poco largos, que tal el primer encuentro de este par, algo interesante ¿no?... bueno como siempre espero que me digan qué tal le ha parecido y bueno ya saben mientras mas reviews más rápido estaré actualizando, sino la dinámica será la misma que con mi otro fic el cual se actualiza solo una vez por semana, bueno eso es todo por el momento…. Besos nos estamos leyendo pronto espero…..