Disclaimer: los personajes usados en este fic son propiedad de S. Meyer, aclarando que solo tomo como referencia un libro para realizar esta adaptación, esto lo hago sin fines de lucro solo el saber que les gusta con sus reviews es suficiente pago para mi, gracias…

Capitulo 11.

Sus ojos no eran en realidad de color marrón. Eran de un chocolate intenso, pero lo que los hacía tan únicos era la profundidad que veía en ellos cuando la miraba, con grandes pupilas negras como los radios de una rueda. Semejantes detalles obsesionaban a Edward a medida que pasaban los días. Aquellas sutiles distinciones tenían una importancia trascendental. La examinaba con los ojos de un naturalista y la fascinación de un amante, como un científico ensimismado que hubiera descubierto una especie nueva. Por lo que respectaba al verdadero color de los hipnóticos ojos de Bella, Edward había descubierto aquel rasgo concreto una tarde que había arrancado una ramita de lavanda y ella se encontraba tumbada con la cabeza apoyada en su regazo, leyéndole una novela gótica tremendamente sensacionalista y haciendo las voces de los personajes. Él había estado haciéndole cosquillas en el mentón con la flor hasta que ella le apartó la mano de un golpe; luego, mientras se reía en voz baja, usó la delicada flor para decorar su cabello castaño: otro objeto de contemplación para Edward. Tupido y sedoso, su cabello se rizaba con la humedad, crecía muy rápido y combinaba a la perfección con sus preciosas cejas. Por otra parte, sus largas pestañas eran de un tono más negro. Podía verla exactamente con los ojos cerrados. Podía oír su risa en sueños.

Algo extraño le estaba pasando al capitán de los libertinos de Londres. En realidad, las dos semanas siguientes fueron el período más largo que Edward había pasado con una mujer. Le gustaba decir con frivolidad que se enamoraba y desenamoraba con la misma frecuencia con que cambiaba su ropa de cama. Pero sus fugaces encaprichamientos nunca habían sido como aquel. Había algo muy sólido en aquella chica, aunque solo medía un metro sesenta y pico y pesaba menos de sesenta kilos. Él nunca había hallado tantas cosas que admirar, tantos tesoros de la personalidad reunidos en una mujer: bondad, valor y sentido común; sentido del humor, inteligencia, simpatía, voluptuosa sensualidad. Incluso había llegado a disfrutar de sus esporádicos arrebatos de testarudez. Su carácter independiente lo desconcertaba; su desconfianza respecto al mundo aumentaba su deseo de protegerla y, por encima de todo, de ser digno de la confianza que ella había depositado en él.

Empezaron a llegar invitaciones para varios acontecimientos sociales de Brighton, pero Edward declinó la mayoría, diciéndose a si mismo que estaba demasiado ocupado en sus esfuerzos por reunir las cinco mil libras que necesitaban para recuperar la casa de Bella. Pero lo cierto era que los bailes, las multitudes y las recepciones no lo tentaban, cuando podía quedarse en casa a solas con aquella encantadora dama. Bueno, habría sido desconsiderado por su parte dejarla sola más de lo debido, teniendo en cuenta la incertidumbre que ella sentía respecto a su situación. Al igual que él, Bella no era solitaria por naturaleza. Y Edward disfrutaba entreteniéndola y ahondando en sus conocimientos sobre aquella criatura. Pasaban juntos los días, ociosos y soleados, y las noches, cálidas y estrelladas. Como James todavía no había llegado a Brighton, le pareció que no entrañaba riesgo sacarla de allí para que cambiara de aires, siempre que evitaran que los miembros de la alta sociedad repararan en ellos. Sin duda alguna, si Edward Cullen era visto acompañando a una joven, el rumor correría en un abrir y cerrar de ojos. Cuanto menos supiera de ellos el mundo exterior, más a salvo estaría ella. Además, prefería tenerla para él solo. No deseaba mantenerla enjaulada, por supuesto, pero por ridículo que le pareciera incluso a él, sentía como si, dentro de la casa de campo y detrás de los altos muros del jardín, Bella y él hubieran hallado su mundo privado. Ni siquiera Tanya lo había cautivado de aquella forma. No, Isabella Swan no se parecía a nadie que él conociera. Era imposible predecir las opiniones singulares y ligeramente provincianas que podían brotar de su boca. Ella lo sorprendía, lo fascinaba, era capaz de tocar los puntos débiles que ni siquiera él sabía que le quedaban. Simplemente, le gustaba aquella chica y no se cansaba de su compañía. Sus amigo habían llegado a Brighton, pero Edward les ocultó incluso a ellos la presencia de Bella en la casa. Sabía que no lo entenderían. Decían que últimamente estaba actuando de forma extraña, pero al menos ya no estaba de mal humor. Y es que, quizá por primera vez en sus treinta y un años de existencia, Edward Cullen era verdaderamente feliz ‐libre de amenazas‐ y se comportaba como era en realidad.

Daban largos paseos por la playa detrás de la casa de campo y comían junto al mar; lanzaban migas a las gaviotas y contemplaban otras aves marinas, como un gran martín pescador de plumaje azul y una garza gris claro que dormía sobre una pata. Una tarde despejada alquilaron un par de caballos y fueron de paseo a contemplar las vistas del castillo de Arundel y unos acantilados. Un día tomaron una merienda ligera en un promontorio expuesto al viento que se elevaba por encima del mar y luego estuvieron besándose apasionadamente, abrazados sobre la suave hierba verde que bordeaba el solitario punto privilegiado. Cada noche él iba al club o a una de las diversas casas de juego. Luego llevaba a Bella sus ganancias, motivo por el cual era generosamente recompensado. De hecho, sus encuentros amorosos prosiguieron casi a diario, similares en audacia a los que ya habían tenido lugar. La joven disfrutaba de las prácticas sexuales casi tanto como él, y Edward la encontraba irresistible. A veces, cuando aquella luz ardiente se encendía en sus ojos, cuando sus labios esbozaban aquella sonrisa sensual tan especial, cuando lo rozaba al pasar a modo de sinuosa invitación, en apariencia inocente, parecía que el delicioso cuerpo de Bella susurrara a sus sentidos: «Tócame. Tómame. Ven». Ella deseaba tenerlo dentro, pero lo que más anhelaba era su amor. Edward lo advertía en sus hermosos ojos. Estaba aguardando, aprendiendo, esperando el momento adecuado. Él se rebelaba contra ello, sin apenas saber por qué. De algún modo, se refrenaba, aunque la deseaba ardientemente.

Cierta noche que habían estado dándose masajes fue casi su perdición. Él sabía que era mala idea, pero nunca se le había dado bien decir que no. Una cosa había llevado a la otra; al poco rato él se encontraba entre los brazos de ella y Bella estaba retorciéndose debajo de él. El cuerpo de ella le suplicaba que la tomase, y sus susurros implorantes al oído lo volvían loco. Edward había estado literalmente a escasos centímetros de romper su promesa, pero al fin se apartó de ella a fuerza de voluntad y optó por lanzarse de cabeza al mar frío y oscuro. En épocas anteriores, debido a su cinismo, habría sospechado que ella le daba besos en función de la cantidad de guineas que llevaba a casa, pero ya no pensaba de esa forma. No con Bella. Otras mujeres eran así, pero Bella no. Algunas veces volvía con más y otras con menos. Solo en dos ocasiones regresó a casa con las manos vacías, pero por lo menos no estaba en números rojos. A veces, cuando estaba en la mesa de juego, se tocaba el bolsillo del chaleco en el que guardaba el talismán de Bella, la pequeña concha, y entonces se acordaba de retirarse mientras todavía iba ganando, por mucho que protestaran sus compañeros de partida.

Bella y él veían cómo la suma de sus ganancias aumentaba hasta mil, dos mil, tres mil libras. Edward no lo expresaba en voz alta, pero nadie se alegraba más que él de que su plan estuviera funcionando. Una invitación que Edward no dudó en aceptar fue la del baile de la condesa Lieven. La mujer del embajador ruso había dado todo el apoyo que le permitía su formidable posición social a su compatriota, de modo que James sin duda asistiría al acto. Edward estaba decidido a reunir las cinco mil libras aquella noche en el baile. Decidió que entonces se acercaría al príncipe. Siempre que consiguiera dejar a un lado temporalmente el deseo de matar a aquel hombre, Edward tenía intención de cautivar al noble ruso hasta convencer a James de que eran casi como hermanos. Entonces persuadiría al príncipe para que le vendiera Talbot Old Hall. Mientras tanto, examinaba los periódicos de Londres en busca de alguna referencia a los dos soldados muertos del establo. Si la ley iba tras él, quería estar prevenido, pero al final llegó a la conclusión de que James debía de haber mantenido el asunto en secreto, habida cuenta de la implicación del príncipe en lo ocurrido. No apareció ninguna mención del incidente ni en el Times ni en el Post, ni siquiera en la prensa sensacionalista, cuyos autores lo sabían todo. Aquellos canallas anónimos eran auténticos oráculos; lo que no podían confirmar, lo inventaban.

A principios de la tercera semana de su estancia en Brighton (el bote ascendía a cuatro mil libras), el señor Walsh remitió una carta destinada a Edward que había llegado a Cullen House. Era de Seth, y en ella comunicaba a Edward que Leah había tenido una niña preciosa. Bella acudió corriendo al oír su grito de alegría.

‐ ¿Qué pasa, Edward? ‐preguntó.

Él se lo dijo, y de repente añoró amargamente a su familia ‐ El señor Walsh dice que mi cuñada y la niña están bien. Dios, Seth debe de estar fuera de sí: ¡una hija!-

Ella participó de su entusiasmo ‐ ¡Es maravilloso! ¿Cómo la llamarán?-

‐ Lady Claire Cullen. No puedo creerlo ‐murmuró, mirando al vacío ‐Un bebé. ¡Una sobrina!-

‐ Debes de estar muy contento por ellos ‐Bella lo abrazó. Escudriñó su cara y adivinó lo que estaba pensando ‐ Oh, querido, no te preocupes, estoy segura de que los verás dentro de poco-

Él la abrazó a su vez ‐ Estoy deseando que te conozcan toda mi familia… y conocer a la bebe. De seguro te robara el corazón-

En aquel momento Edward tuvo la idea más sorprendente de toda su vida. Ni siquiera se atrevió a decirla en voz alta por miedo a haberse vuelto loco, pero de repente le pareció que estaría bien ser padre algún día en lugar de ser simplemente el tío Edward, el bufón, el payaso de la familia Cullen. «Dios mío» pensó sintiendo un escalofrío, en parte de miedo y en parte de expectación «¿Qué me ha hecho esta mujer?»

‐ ¿Ocurre algo? ‐preguntó Bella, que se apartó con el ceño fruncido al notar que temblaba.

Él tuvo que pensar en su pregunta. Pero, poco a poco, todo se aclaró ‐ No, no pasa nada ‐susurró él, y contempló aquellos ojos espléndidos.

Sostuvo su adorado rostro entre las manos y la besó con un ardor repentino y doloroso. Y es que, preparado o no, y profundamente asustado, Edward Cullen supo que estaba enamorado.

El brazo de Edward se había curado, pero le había quedado una cicatriz. Bella se había ocupado de su herida a diario, limpiándola, aplicándole bálsamo y cambiando las vendas. Ella habría deseado lamentar que tuviera que lucir una cicatriz el resto de su vida después de la pelea con los soldados en la caballeriza, pero, muy a su pesar, hallaba cierta satisfacción en la idea de que él llevara siempre un recordatorio de su salvación. Edward había retomado su programa deportivo habitual con el más destacado maestro de esgrima de Brighton y el entrenador preferido de los jóvenes de la zona, un ex boxeador profesional. Él insistía en mantenerse en perfecta forma; sobre todo entonces, cuando la seguridad de ella dependía de su destreza. Aunque Bella no tenía ninguna queja de su deportista caballero. Su físico musculoso era un objeto de contemplación estética. Aquel hombre hacía que le ardiera el vientre. Desde que, hacía dos días, él había recibido la noticia del nacimiento de la hija de su hermano, tenía extraños pensamientos sobre él. No podía evitar preguntarse qué aspecto tendría un hijo de ambos. Los ojos verdes. ¿El pelo castaño o cobrizo? En fin, probablemente nunca lo sabría. Se sentía muy débil y cada día más enamorada de él, y sin embargo no estaba segura de si su aventura desembocaría en algo más duradero. Cuanto más se preocupara por Edward, más daño podría infligirle él si no sentía lo mismo. No se atrevía a hablar de sus sentimientos. Temía que él no estuviera preparado y que huyese de ella. No obstante, encontró otras formas de expresarle qué sentía. Además, las acciones decían más que las palabras. Pequeños detalles. Gestos atentos. No creía que su amabilidad pasara inadvertida. Por encima de todo, se lo expresaba con sus besos y con la exuberancia con que se entregaba a él entre sus brazos. A aquellas alturas, sabía que para Edward era más que un simple capricho; no le cabía ninguna duda. Pero siendo como era un actor y un camaleón, resultaba difícil saber cuánto le importaba. Bella no quería albergar falsas esperanzas. Ya tenía suficientes problemas para tener que añadir un corazón roto. Aquella noche trabajó pacientemente a la luz de las velas en un regalo destinado a la recién nacida: la pequeña lady Claire. Mientras Edward jugaba a las cartas por la causa, Bella empezó a tejer unos zapatitos de color rosa con un ribete de cinta blanca y las iniciales del bebé a un lado. Había pensado mucho en el obsequio. Sin duda, a la nieta de un duque que tenía a damas y a caballeros por tíos no le faltaba de nada, pero su madre siempre decía que un regalo hecho a mano era especial. Ella, por su parte, estaba encantada de tener un nuevo proyecto en el que ocupar sus manos mientras Edward estaba jugando, pues se preocupaba en exceso. Hasta entonces había pasado las angustiosas noches que él se encontraba fuera redactando su informe oficial de los siniestros actos que James había llevado a cabo aquella noche fatídica en Yorkshire. Seguro que las autoridades se lo solicitarían. Era mejor tenerlo preparado para que pudieran detener a aquel desalmado lo antes posible cuando llegara el momento. Los pensamientos concernientes a su torturador se desvanecieron y dieron paso a otros que dibujaron una sonrisa en sus labios. «Edward» Empezó a pensar en los maravillosos momentos que habían compartido en medio de toda aquella incertidumbre. Acompañada por el sonido de las agujas de hacer punto, sonrió al recordar la tarde en que él le había enseñado unos sencillos juegos de cartas. Las cartas salían volando constantemente, y el viento echaba por tierra su diversión. En otra ocasión, varias noches atrás, se había despertado aterrada después de tener una pesadilla relacionada con el prisionero ruso de la casa del guarda y su posterior asesinato en los páramos. Edward la había consolado y le había dejado dormir el resto de la noche entre sus brazos. Pero su recuerdo favorito era el de la noche que habían encontrado un libro de astronomía en la estantería del salón. Fueron a la playa con mantas y vino en busca de constelaciones, y en lugar de estrellas encontraron algo igual de silencioso, pero mucho más misterioso. No fue un momento de pasión salvaje, ni destacó por alguna picardía de Edward. Mientras compartían el calor de sus cuerpos acurrucados bajo la manta, descifrando los dibujos de las estrellas, ella percibió la fuerza del vínculo que había nacido entre ellos; algo vivo, radiante. Es posible que Edward también lo notara, pues se quedó callado junto a ella, rodeándola con un brazo. La playa rocosa era incómoda, pero ninguno de los dos se quejó. Bella recordaba su contacto al apartarle el pelo de los ojos. Recordaba su mano alargada hacia el cielo señalándole una estrella fugaz. La estrella desapareció antes de que ella pudiera pedir un deseo, pero con Edward a su lado no se le ocurría qué más podía desear… Aquella noche, cuando él entró tranquilamente en casa a las tres y media, Bella se había quedado dormida con la costura. Edward se inclinó sonriendo y la despertó dándole un beso suave en la mejilla.

‐ Hola, preciosa-

Ella se movió, y cuando se despertó encontró sus ojos color verde reluciendo con un brillo intenso. Edward esbozó una sonrisa arrogante y arrojó setecientas cincuenta libras sobre la mesa en la que ella había dejado el hilo. Bella alzó la vista hacia él con la boca abierta de asombro.

‐ Lo has conseguido ‐ dijo con voz queda ‐ Ya está. ¡Has ganado todo el dinero!-

‐ Así es ‐ dijo él recreándose en esas dos palabras.

Ella se levantó de su asiento en un abrir y cerrar de ojos, se arrojó a sus brazos y se puso a dar saltos. Lo celebraron con carcajadas triunfantes, besos jubilosos y exuberantes, y champán francés de la misma cosecha que el que bebieron la primera noche en la mansión. Lo habían reservado para la ocasión. El siguiente paso consistía en que Edward convenciera a James de que le vendiera Talbot Old Hall, pero ya tendrían tiempo de pensar en ello un par de días más adelante, cuando el baile de la condesa Lieven estuviera más cerca. Por el momento, disfrutaron de su victoria. Ella sabía lo importante que aquello era para él. Estaba exultante y empezaron a bailar un vals en el salón sin música.

‐ ¡Dentro de nada te llevaré a tu casa!-

Pero mientras Bella le sonreía, se preguntó si su casa le seguiría pareciendo un hogar si Edward no estaba con ella. A la mañana siguiente, Edward durmió hasta pasado el mediodía, después de haberse acostado de madrugada. Ansiosa por que él se levantara pero sin valor para interrumpir su merecido descanso, Bella decidió entretenerse con su afición preferida y se puso un delantal, resuelta a rendir homenaje a su héroe con uno de sus pudines. Poco después, inclinada junto a la chimenea de la cocina con su colección de asadores y engranajes, atizó las brasas del desayuno hasta hacerlas resplandecer, y a continuación puso dos calderos de agua a hervir colgándolos de las fuertes llamas. Volvió a enderezarse y se limpió el sudor de la frente. En la cocina la temperatura era sofocante debido al fuego de la chimenea y al calor propio de una tarde de julio. Sacó la fina pañoleta que se había metido en el escote bajo su vestido prestado y se abanicó un poco con ella. Acostumbrada al calor de las cocinas, había dejado el recato a un lado y se había quitado las medias, las enaguas y el corsé. Lo único que llevaba debajo de su bonito y sencillo vestido de muselina rosa era una blusa fresca y unas sandalias. El sol estival calentaba las grandes baldosas de terracota del suelo y relucía en los cacharros de cobre colgados del escurridor del techo. Bella cogió el paño para el pudín que se estaba secando en un gancho de la repisa de la chimenea de roble, lo extendió y acto seguido lo metió con cuidado en el agua de la cazuela más grande y lo manipuló con una cuchara de madera para que flotara en la superficie. Una vez hecho aquello, se dirigió a la gruesa mesa de haya que había en el centro de la cocina y supervisó los ingredientes y la colección de utensilios que había reunido. Harina, azúcar, mantequilla, tres huevos, un litro de leche, varias especias, melocotones y almendras. Y azúcar glasé y vino dulce para elaborar la salsa pegajosa y dulzona. Estaba mezclando afanosamente la harina, una pizca de sal y cuatro cucharadas de azúcar, cuando su príncipe durmiente se despertó e hizo su primera aparición del día.

‐ Vaya, vaya, qué escena tan doméstica-

Ella miró sorprendida y vio a Edward apoyado en la puerta, con los brazos cruzados y una expresión divertida en su atractivo rostro.

‐ ¡Buenos días! ‐ dijo alegremente, encantada de que su principal fuente de compañía (y de entretenimiento) hubiera llegado por fin.

Él, vestido con elegancia para la visita informal que realizaría al futuro rey de Inglaterra por la tarde, se tapó la boca mientras bostezaba ligeramente. Bella se puso un poco celosa al enterarse de que él y sus amigos acudirían al pabellón real de Brighton a presentar sus respetos al regente. Edward se había puesto una chaqueta verde oscuro para la ocasión, unos bombachos de color pardo que ceñían su figura masculina en las zonas adecuadas y unas altas y relucientes botas negras. Su corbata negra le daba un aire particularmente elegante; Bella reprimió un suspiro.

‐ ¿Qué demonios estás haciendo? ‐ preguntó él, entrando sin prisa en la cocina.

‐ Preparándote un postre especial ‐ contestó ella jovialmente mientras él se detenía al otro lado de la mesa, se inclinaba por encima y le daba un beso ronroneando

‐ Hola-

Al mirarse a los ojos, cruzaron una sonrisa, y a continuación Edward sacó el banco y se sentó pesadamente, apoyando el codo en la mesa. Posó la mejilla en una mano y la observó en un silencio incómodo.

‐ ¿En qué piensas? ‐ preguntó ella.

‐ En que eres preciosa-

Ella lo miró esbozando una sonrisa de suspicacia. ‐ Tu desayuno todavía está en el calientaplatos. ¿Te lo traigo?-

‐ Todavía no, tesoro. Continúa, por favor. Es una actividad fascinante. ¿Cocinar, se llama?-

Metió el dedo en el azúcar glasé y se lo llevó a la lengua. Cuando alargó la mano para volver a hacerlo, ella le dio un golpecito en el brazo.

‐ Para ‐ le reprendió Bella en tono juguetón ‐ Es de muy mala educación-

‐ ¿Qué? ‐ protestó él, abriendo mucho sus grandes ojos verdes.

‐ No me mires así. Ve a ver si el agua ya está hirviendo-

‐ Sí, señora ‐ murmuró él.

Se levantó del banco, le lanzó una mirada con un brillo pícaro en los ojos y fue a examinar el caldero. Dios, entonces empezó a hacer todavía más calor en la cocina. Ella le dedicó una sonrisa sensual, consciente de su presencia, y cambió su cuchara de madera por un cuchillo de pelar. A continuación empezó a cortar los melocotones en dados.

‐ Yo diría que, más que hervir, esto está cociendo a fuego lento, pero ¿qué demonios sé yo?-

‐ Gracias. Te creo-

Él se acercó a ella por detrás y deslizó las manos alrededor de su cintura.

‐ ¿Se supone que esto es para ponerme caliente? ‐le preguntó al oído.

‐ Edward, compórtate ‐susurró ella con voz entrecortada, aunque no hablaba en serio en absoluto. Notó que la protuberancia de él se movía contra sus nalgas.

‐ Me he comportado ‐murmuró él en tono quejumbroso, rozándola de forma muy persuasiva ‐ He sido bueno. Sabes que sí ‐ Deslizó las manos hasta sus caderas, y Bella notó que sus dedos le agarraban la falda y se la levantaban despacio ‐ Tengo tanta hambre de ti, Bella…-

‐ Toma. Cómete esto-

Ella alargó su mano temblorosa por encima del hombro y le dio de comer un trozo de jugoso melocotón. Edward lo aceptó y le mordisqueó las puntas de los dedos. Cogió un pedazo de melocotón para dárselo a ella y dejó caer la falda a un lado. Se lo frotó contra los labios, provocándola, antes de dejar que lo comiera. Bella cerró los ojos y lo saboreó, mientras las gotas dulces de la fruta veraniega caían por su cuello. Cuando ella abrió los ojos de nuevo, suspirando de deseo por él, Edward la estaba mirando fijamente, con expresión de perplejidad y de cierto dolor. Volvió a alargar la mano hacia ella, pero Bella lo detuvo con delicadeza, posando la punta del dedo en el centro de su hermoso torso.

‐ Paciencia-

‐ Sabes que no tengo ‐ Edward lanzó un profundo suspiro mientras dominaba su libido ‐ Bueno, ¿qué viene ahora? ‐ Cuando Bella cogió el cuenco con claras de huevo, él lo miró arrugando la nariz ‐ Mi entrenador de boxeo me hace beber de eso. Cree mucho en sus propiedades-

‐ Ahora solo tenemos que batir los huevos… y mezclar los ingredientes húmedos con los secos-

Empezó a agitar los huevos eficientemente hasta obtener una sustancia ligera, le añadió leche y a continuación le agregó la mezcla de la harina y lo removió todo. Por último, añadió unas gotas de agua de rosas. El resultado fue una pasta deliciosa y suave. Mientras ella incorporaba las almendras y la fruta a la mezcla, Edward cogió rápidamente un trozo de melocotón, pero en lugar de metérselo en la boca, lo apretó contra el cuello de Bella, lo cual la sorprendió. Ella lanzó un jadeo e interrumpió su tarea, y él inclinó la cabeza y lamió el jugo que le caía por la curva del cuello.

‐ Mmm, Bella. No tienes ni idea de lo bien que sabes ‐murmuró emitiendo un gemido.

‐ Edward…-

‐ Bésame una sola vez antes de que me vuelva loco ‐susurró él, tomando su rostro entre las manos.

Ella hizo lo que le pidió, abriendo la boca para recibir la ardiente incursión de su lengua. Él la apretó contra la mesa, y Bella notó su musculoso cuerpo caliente y lleno de deseo contra ella. Edward le dio un beso embriagador con sabor a melocotón, pero por fin ella logró apartarse, sujetándolo débilmente con el brazo extendido.

‐ Deja que vaya a por el agua hirviendo y luego seguiremos jugando-

‐ Olvídate del maldito pudín-

‐ Pero lo he preparado para ti ‐dijo ella un tanto dolida.

Bella hizo un pequeño mohín que sacó a Edward del trance de la pasión y le recordó sus modales.

‐ Sabes exactamente cómo ablandarme, ¿verdad? Esos ojos… Adelante, pues. Tengo algo de que hablarte-

‐ ¿De qué se trata?-

Él señaló la cocina con la cabeza ‐ Termina eso primero-

Ella se apartó de sus brazos lanzándole una mirada de curiosidad ‐ Solo será un momento-

Edward observó en silencio cómo ella volvía a echar un vistazo al caldero, intrigada por sus enigmáticas palabras. El agua estaba en el punto de ebullición. Sacó el trapo caliente con la cuchara de madera, dejó que el agua sobrante goteara y a continuación lo llevó a la mesa y lo extendió, para luego espolvorearlo generosamente con harina. Estiró el trapo preparado dentro de un gran cuenco y acto seguido echó con cuidado la masa. Recogió todas las puntas y los bordes del paño, los ató formando un pequeño saco y sujetó la parte de arriba con un trozo de cuerda.

‐ Adentro ‐dijo a su creación, mientras introducía el saquito cautelosamente en el caldero con agua hirviendo. Luego le puso la tapa encima, dejando una pequeña rendija para que saliera el vapor‐. Ya está, querido mío-

Se volvió de nuevo hacia Edward y se acercó a él lentamente, deleitándose con la mirada ardiente con que recorría su cuerpo. Se quitó el delantal manchado de harina, se limpió las manos y dio la vuelta al reloj de arena de la cocina.

‐ Soy toda tuya. ¿De qué querías hablar?-

‐ De ti ‐dijo él suavemente, atrayéndola hacia sus brazos.

La besó con avidez y la sentó en el borde de la mesa lanzando un gruñido pícaro. Junto a Bella se hallaban los restos de los ingredientes esparcidos, pero le daba igual. Se abandonó a la maravillosa sensación de ser besada por Edward hasta casi quedar inconsciente. Rodeándole el cuello con un brazo y apoyando el otro por detrás, Bella se recostó ligeramente, y él se inclinó sobre ella con sus caderas compactas entre sus muslos.

‐ ¿Qué pasa conmigo? ‐dijo ella jadeando, cuando él apartó la boca de la suya minutos más tarde.

‐ Bella, te deseo…-

‐ Oh, Edward, yo también te deseo ‐dijo ella en voz baja, con un lujurioso estremecimiento de impaciencia. Se inclinó hacia delante para volver a besarlo, pero él la detuvo.

‐ No me has dejado terminar. Te deseo ‐repitió, y respiró hondo ‐ y quiero que te cases conmigo-

Bella parpadeó muy sorprendida. De repente, su corazón empezó a latir a toda velocidad.

‐ ¿Cómo?-

Edward se apartó y se aclaró la garganta mientras Bella se incorporaba asombrada. Entonces lanzó una exclamación y se tapó la boca con la mano al ver que él hincaba la rodilla ante ella. Con los ojos como platos y conteniendo la respiración, Bella observó con incredulidad y loca de alegría cómo el se quitaba el anillo rosado de oro y ónice que siempre llevaba puesto, la joya que lucía el blasón de su familia.

‐ Señorita Swan… ‐ Edward se humedeció los labios con nerviosismo, ofreciéndole el anillo con ambas manos ‐ ¿Quiere ser mi esposa?-

Ella se quedó sin habla. Él intentó expresarse con precisión, pero inmediatamente titubeó, incapaz de encontrar las palabras, algo impropio de Edward. Las superficies y los ángulos de su rostro de facciones marcadas estaban en tensión, y sus ojos brillaban con emoción como dos relucientes esmeraldas. Ella advirtió determinación en su expresión, pero también vulnerabilidad. Puede que en el pasado hubiera huido del amor mil veces, pero en aquella ocasión se mantuvo firme por ella.

‐ Podemos casarnos después de tu cumpleaños en tu pueblo, si así lo deseas. Es la ventaja de ser el hijo pequeño. Puedes casarte sin toda la pompa y circunstancia de los duques… y para que lo sepas, no nos moriremos de hambre ‐ añadió apresuradamente, con las mejillas arreboladas ‐ Mi padre restituirá mi parte de la renta de la familia cuando nos casemos. Todavía no le he escrito, pero como te dije, para Carlisle la familia es lo primero. A ti no te impondrá mi castigo, sabiendo que yo fui el único que hizo que se enfadara. Y este anillo es… para que lo lleves de momento‐ explicó, titubeando ligeramente ‐ Dentro de poco te compraré uno como Dios manda. Me pareció que no te gustaría que utilizara el dinero de la casa…-

‐ Oh, Edward ‐ logró decir ella muy asombrada, cuando por fin recuperó el habla ‐Cariño… es perfecto-

Saltó de la mesa y se arrojó a sus brazos; él se levantó rápidamente para cogerla. Bella se aferró a él sin que sus pies tocaran el suelo e inmediatamente empezó a besarlo en la mejilla una y otra vez, embargada por una trémula emoción. Cuando logró contenerse, tomó la cara de Edward entre sus manos.

‐ ¿Estás seguro de que es lo que quieres?-

‐ Nunca he estado más seguro de nada- volvió a dejarla sobre la mesa con delicadeza y escrutó su rostro con los ojos brillantes de determinación - Bella por primera vez en mi vida siento que veo con claridad. Sé que lo que hay entre nosotros es bueno. Todo lo que antes me parecía tan importante ahora es insignificante. Tú eres lo único importante. Y la… felicidad que hemos encontrado. Es auténtica. Es lo único que sé-

Ella se quedó sin habla. Mientras Edward la miraba fijamente, una diversión leonina asomó a sus ojos relucientes ante el estado de muda alegría de Bella. Le cogió la cara con la mano.

‐ ¿Sabes lo maravillosa que eres? ‐preguntó con ternura.

Ella fue incapaz de contestar.

‐ ¿Te lo digo? Ni siquiera estoy seguro de si encontraré las palabras. Cuando te miro… apenas sé qué decir ‐ Movió la cabeza en un gesto de incredulidad, acariciándole el pelo lentamente ‐ Adoro tus ojos. Tus andares, tu sonrisa, tu forma de reír. Tu sinceridad, tu independencia (Dios, cuánto admiro eso), tu valor, tu energía. Adoro la confianza que tienes en ti misma. Adoro tu fuerza de voluntad y tu lealtad a las personas que quieres-

«¿Esto está ocurriendo realmente?» Bella se sentía un poco aturdida. La mirada acariciante de Edward se volvió más intensa a medida que recorría su cara con dulzura, y a continuación, una media sonrisa se dibujó en la comisura de su boca. Se inclinó y la miró a los ojos con un atisbo de picardía.

‐ ¿Y sabes lo que más adoro de ti Bella?-

Ella negó con la cabeza, muda de asombro. Él le acarició la cara con un nudillo.

‐ Cómo te sonrojas cada vez que te miro-

Y precisamente aquello fue lo que ocurrió entonces, para vergüenza de Bella. Edward acercó una mano a su cara, y ella se mordió el labio, con el corazón palpitante ante las cosas que le había dicho.

‐ Para mí ahora esto es más que un capricho o una cuestión de honor. Lo sabes, ¿verdad? Estás muy callada ‐ añadió él con preocupación, escudriñando su cara.

Sin apenas poder hablar debido al nudo que se le había formado en la garganta, Bella parpadeó para contener las lágrimas que amenazaban con brotar de sus ojos.

‐ Nadie me ha dicho jamás cosas tan bonitas ‐ agachó la cabeza ‐Hace… mucho tiempo que no le importo a alguien, Edward-

‐ Pues a mí no solo me importas-

Ella alzó la vista y contempló la tierna mirada de él ‐ Bella, significas muchísimo para mí‐ dijo ‐Si te pasara algo me moriría-

‐ Yo siento lo mismo por ti ‐ susurró ella, agarrándolo de los antebrazos.

Estaba a punto de decir que le quería, pero temía excederse. Después de todo, él no había pronunciado aquellas palabras. De algún modo, logró contenerse. Los ojos color esmeralda de Edward la acariciaron.

‐ Eres una joya, Bella ‐ se inclinó y la besó en la frente ‐ No hay nadie como tú en todo el mundo. He buscado por todas partes. Lo sé ‐ se apartó y la miró a los ojos ‐ Bueno, ¿quieres casarte conmigo o no? Saca a este pobre hombre de la incertidumbre…-

‐ Sí ‐ susurró ella con voz entrecortada, al tiempo que las lágrimas inundaban sus ojos. Le lanzó los brazos al cuello y lo abrazó fuerte ‐No hay nada que desee más en el mundo-

Se abrazaron invadidos por una emocionada alegría, y luego Edward se apartó un poco y la miró a los ojos.

‐ Dame la mano-

Ella le obedeció, y él deslizó el anillo de sello por el dedo anular de su mano izquierda. Se sonrieron el uno al otro al ver lo grande que le quedaba.

‐ No te preocupes. Ya he pensado en eso ‐ Edward sacó del bolsillo una cinta del pelo de seda blanca que pertenecía a Bella y empezó a enroscarla a través del hueco, metiéndola una y otra vez hasta que el anillo quedó bien sujeto en el dedo. Ella se quedó observándolo y luego alzó la vista para mirarlo a los ojos con una sonrisa temblorosa y radiante. Edward sostuvo su rostro entre las manos y le dio un beso que detuvo el tiempo. Sí, ella estaba segura de que la arena había dejado de caer en el reloj.

Bella besó con toda el alma a su imponente prometido, agarrándolo de las solapas de su chaqueta y atrayéndolo hacia sí.

‐ Hazme el amor, Edward ‐ dijo con voz entrecortada cuando finalmente él apartó la boca ‐ Ya no hay ningún motivo que nos lo impida-

‐ ¿Sí? ‐ susurró él, esbozando una sonrisa discreta e inquisitiva.

‐ Sí ‐Ella le quitó el frac por los hombros ‐ ¿Cuánto tiempo queda en el reloj de arena?-

Él le echó un vistazo ‐ Suficiente ‐ y acto seguido se aflojó la corbata.

Ella le acarició el pecho, disfrutando del tacto de la seda fina de su chaleco bajo la palma de la mano. Le rodeó el cuello con un brazo, apoyó el otro por detrás y se reclinó un poco, mientras Edward se inclinaba sobre ella situando sus caderas compactas entre sus muslos.

‐ Deprisa. Te necesito-

‐ Creo… que primero voy a cocinar un poco-

Él esbozó una media sonrisa maliciosa, la empujó con delicadeza para que se tumbara boca arriba sobre la mesa y alargó la mano para coger el azúcar.

‐ La puerta está abierta-

‐ Tranquila ‐ susurró él ‐ Les he dicho a los criados que no se acerquen-

Espolvoreó una pizca de azúcar sobre el pecho de Bella y a continuación la chupó dando pequeños lametones. Ella cerró los ojos retorciéndose de anhelante placer debajo de él. Mientras Edward la besaba, sus diestras manos recorrieron su cuerpo y desabrocharon con experta pericia los pocos corchetes del cierre delantero de su corpiño. Sus caricias resultaban cálidas y muy persuasivas; bajando un poco las pequeñas mangas dejó al descubierto los pechos de Bella. Sus ojos brillaron cuando se enderezo y contempló sus senos.

‐ Creo que necesitamos… una pizca de canela-

Ella se echó a reír aturdida, y sacó la lengua para probar el azúcar y la canela que él empezó a espolvorearle desde el cuello hasta el valle situado entre sus senos. Cuando empezó a acariciarle el pecho con los labios, Bella le agarró la cabeza y frotó la punta de su nariz con el azúcar blanco emitiendo un alegre gruñido. A continuación, Edward la limpió a lametones. Ella gozó mientras él la devoraba, sintiéndose como un manjar delicioso, pegajoso y exquisito. Cuando él acabó de besarle el pecho, levantó la cabeza, con la cara colorada y la boca inflamada de saborearla. Su mechón cobrizo, despeinado por las caricias febriles de Bella, le caía sobre los ojos. Se lo echó hacia atrás sacudiendo la cabeza, con la piel reluciente por el calor.

‐ Ahora viene la leche-

Estiró la mano por encima de ella para coger el pequeño cuenco de leche que ella había empleado para cocinar. Lo sujetó encima de Bella y derramó las gotas que quedaban sobre sus pechos. Entonces la boca de Edward se lanzó sobre sus senos y los chupó con un ansia salvaje y urgente. Ella cerró los ojos extasiada.

‐ Oh, Edward-

Cuando la leche desapareció, él frotó la cara en el valle formado entre sus pechos.

‐ Bella, te necesito. Deja que te ame, cielo. ¿Estás preparada para recibirme?-

«Hace dos semanas que estoy preparada.» Ella jadeó cuando él le metió la mano por debajo de la falda, acarició su sexo empapado y le introdujo dos dedos con destreza. Bella gimió y arqueó la espalda, gozando de sus caricias exploradoras. Dios, necesitaba aquello… y más. Lo necesitaba a él. Edward retiró la mano de debajo de la falda, mirándola con una actitud posesiva llena de ternura. Le quitó las sandalias despacio y le acarició los pies.

‐ Eres la criatura más dulce y bonita del mundo ‐ susurró ‐ ¿Bella?-

‐ ¿Sí?-

‐ Voy a hacerte el amor-

‐ Oh, sí, Edward. Por favor-

Se desabotonó rápidamente los pantalones y sacó su sexo; a continuación levantó la falda a Bella. Cuando la penetró lentamente, ambos dejaron escapar gemidos entrecortados. Edward permaneció inmóvil un instante, con los ojos cerrados, mientras la luz del sol danzaba sobre sus pestañas. Se lamió los labios, percibiendo la experiencia en cada átomo de su ser, como era su costumbre. Ella tenía las rodillas flexionadas y los talones apoyados en el borde de la mesa.

‐ ¿Te duele?-

‐ En absoluto ‐ murmuró ella de forma ensoñadora.

‐ Bien-

La agarró de las caderas, introduciendo más profundamente su miembro en el sexo húmedo de ella. Bella gimió, sudando de calor; situado entre sus piernas, Edward la tomó sobre la mesa de la cocina. Bella se entregó sin reservas. Resultó muy distinto de la primera vez. Sin la ansiedad ni el miedo a lo desconocido. Sin el agotamiento. Sin la extraña sensación del condón interponiéndose entre ellos; solo el miembro suave y resbaladizo de Edward bañado en sus fluidos. Bella podía notar cada una de las maravillosas palpitaciones de él, cada temblor de su músculo mientras lo tenía entre sus muslos, cada entrada y salida del firme surco situado debajo del glande, donde él tenía más sensibilidad.

‐ Me encanta estar dentro de ti ‐ gimió Edward.

‐ Bésame ‐ susurró ella.

Él se inclinó y obedeció. Ella sonrió y paladeó el sabor a azúcar y canela de su lengua. Edward le cogió las manos y se las sujeto contra la mesa, entrelazando sus dedos tiernamente con los de ella. Minutos más tarde, él se quedó inmóvil como solía hacer cuando su deseo amenazaba con dominarlo. Dejó de besarla, se calmó respirando hondo y despacio, y le soltó las manos para volver a ponerse derecho. La agarró de las caderas, sin moverse, solo mirándola fijamente en medio de su maravillosa cópula. Cuando la envolvió con sus brazos y la abrazó más fuerte, ella notó su respiración entrecortada y caliente en el cuello. El ritmo de ambos se aceleró, y las embestidas de él se volvieron más profundas. Bella apretó los dientes, hasta que un grito de goce desesperado brotó de sus labios. Cada acometida resultaba divina, pero cuando la pasión ardiente de Edward aumentó, la fuerza demoledora de su deseo empezó a hacerle daño en la columna vertebral, apoyada en la mesa de madera noble. El mueble entero se sacudía mientras él la poseía; un cuenco de madera se cayó por el borde de la mesa, se estrelló ruidosamente contra el suelo y salió rodando por las baldosas de barro.

‐ Espera, querido ‐ dijo ella con voz entrecortada, riéndose del alboroto.

Él aguardó, aunque la impaciencia se reflejaba en sus brillantes ojos verdes. Ella se incorporó y lo rodeó con las piernas, y él quedó satisfecho de nuevo.

‐ Sí ‐ dijo en voz baja, atrayéndola más hacia sí.

Ella empezó a moverse al ritmo de él mientras se apoyaba con una mano por detrás y aferraba con la otra el hombro grande y fuerte de Edward. Él la besó rodeándole la cintura con un brazo. Entonces apartó la boca y dio una orden con voz entrecortada:

‐ Mírame a los ojos-

Ella hizo lo que le pedía y sostuvo su mirada turbulenta mientras él apretaba la mandíbula y la agarraba de las nalgas. Bella notaba que el control de él pendía de un hilo, como el suyo.

‐ Edward-

‐ Sí ‐ Él echó la cabeza hacia atrás ‐ Oh, Dios… ¡Bella!-

Alcanzaron el orgasmo juntos lanzando fuertes gritos de alivio, con sus sudorosos y agotados cuerpos entrelazados. Ella se sintió invadida por el más primitivo de los placeres cuando él la llenó de su virilidad, inundando su útero con una palpitación tras otra. La esencia de Edward se mezcló con la de Bella. Ella oyó cómo él exhalaba de forma temblorosa; Edward apoyó la cabeza en la de ella por un momento, sobrecogido. Exhausta, Bella se recostó sobre la dura mesa de haya y le tendió los brazos para recibirlo. Con su miembro todavía erecto dentro de ella, Edward posó la cabeza en su pecho. Ella rodeó sus anchos hombros con los brazos, lo abrazó con ternura y le besó la frente sudorosa.

‐ Tenías razón ‐ dijo Bella un momento más tarde ‐ La segunda vez es todavía mejor-

‐ Espera a que pruebes la tercera-

Ella lanzó una risita entrecortada, demasiado saciada incluso para abrir los ojos.

‐ Hueles a canela ‐ murmuró él.

‐ ¡El pudín! ‐ exclamó ella de pronto. Volvió la cabeza de repente para mirar el reloj de arena y vio que había pasado el tiempo ‐ ¡Arriba, arriba! ¡Suelta! Tengo que salvar nuestro pudín-

Edward la soltó y se apartó sorprendido. Ella se bajó la falda, saltó de la mesa y echó a correr hacia la chimenea, agitando su corpiño abierto. Hizo todo lo posible por mantenerlo cerrado y cogió un paño para protegerse la mano del calor. Sacó la chirriante olla de la chimenea mientras Edward se abrochaba los pantalones y se remetía la camisa.

‐ Ejem… disculpe… ¿milord?-

Los dos miraron en dirección a la puerta abierta. La fornida ama de llaves ataviada con un delantal hablaba desde detrás del rincón del pasillo para evitar ver cosas que no debía.

‐ Sí… ¿Qué pasa? ‐ gritó Edward, mientras se alisaba rápidamente el pelo revuelto.

‐ Milord, tiene visita ‐ le informó la mujer desde detrás del rincón.

‐ Ahora mismo voy… gracias-

‐ Sí, señor-

Las tablas del suelo crujieron en el pasillo cuando el ama de llaves se marchó apresuradamente, sin duda escandalizada. Edward lanzó una mirada cautelosa a Bella.

‐ Estoy seguro de que es Emmett y los chicos. Les dije que me reuniría con ellos en el pabellón. Nunca me hacen caso- movió la cabeza con fastidio ‐ Intenta que no te vean hasta que me libre de ellos, ¿de acuerdo? No hay por qué arriesgarse a que te vean y ponerte en peligro con su descuido. Vuelvo enseguida-

Bella asintió con la cabeza, con los ojos muy abiertos, le lanzó un beso y acto seguido, con las mejillas sonrosadas, volvió a abrocharse el corpiño.

‐ Yo… me ocuparé del pudín-

Edward le dedicó un guiño con un brillo persistente en los ojos tras el apasionado intervalo que habían compartido. Luego respiró hondo, se arregló la ropa y se encaminó resueltamente hacia el vestíbulo. Algunos hombres fumaban opio. Otros bebían ginebra. Unos pocos ‐ pobres desgraciados ‐ quedaban atrapados por la emoción de los juegos de cartas con elevadas apuestas. Edward era adicto a Bella. Y estaba deseando satisfacer, practicar y cultivar su nuevo hábito a diario durante el resto de su vida. «Estoy prometido», pensó asombrado, maravillándose, con el corazón alegre. Sus hermanos no iban a creerlo. Completar con éxito la primera fase de su aventura le había infundido nueva confianza en sus capacidades. Casarse con ella era la decisión correcta y honrada, y estaba encantado de que aquella dama testaruda hubiera accedido por fin a ello, pero había algo más. Por primera vez en su vida sentía que podía tener una relación seria con una mujer. Por primera vez en su vida estaba listo para comprometerse, aunque se decía a sí mismo que era mejor no pensar en ello demasiado para no perder el valor. Todavía iba a necesitar un poco de tiempo para hacerse a la idea. Sin embargo, nada podía perturbar su estado de dicha total. Más que caminar, flotaba en dirección al vestíbulo, como un hombre plenamente satisfecho. El ama de llaves se encontraba al pie de la escalera y señaló el salón de la primera planta con cara de inquietud. Edward asintió con la cabeza y subió la escalera. Mientras se dirigía tranquilamente a la puerta, le sorprendió que sus ruidosos amigos estuvieran callados. Cuando entró en el salón, se paró en seco al ver la visita que lo estaba esperando.

‐ ¡Querido! ‐ Lady Campion interrumpió su distraído examen de las acuarelas enmarcadas en la pared y lo saludó con una sonrisa estudiada. Levantó sus manos enguantadas con timidez afectada y exclamó: ‐¡Sorpresa!-

Edward sintió que se le helaba la sangre en las venas y que perdía el color que había teñido sus mejillas al hacer el amor. Por un segundo, se quedó desorientado. Entonces, una peligrosa y turbulenta oleada de emoción sombría surgió en su interior. ¿Qué demonios hacía ella allí?

‐ Vaya ¿no te alegras de verme? ‐ preguntó ella en un divertido tono de indignación, llevándose una mano a su esbelta cadera.

Él se quedó sin habla. Si en el pasado un encuentro con la baronesa en un acto social le habría provocado un ligero embarazo y una molesta sensación de desagrado, su visión en aquel momento, dadas las circunstancias, lo llenó de temor. Si aquella mujer se enteraba de la existencia de Bella… o, peor aún, si Bella se enteraba de la existencia de aquella mujer… Edward tragó saliva y, como un hombre acorralado por una tigresa hambrienta, comprendió que no debía hacer movimientos bruscos o acabaría despedazado miembro a miembro. Su afecto hacia Bella, la necesidad que sentía de ella, había engendrado aquel terrible talón de Aquiles. Debía proteger su punto débil, sacar a esa mujer de allí. Recordó que la forma más rápida de librarse de ella era apaciguarla. Ocurriera lo que ocurriese, no debía levantar sospechas. Victoria Campion se había vuelto extrañamente obsesiva con Edward desde el primer día que había obtenido cierto control sobre él a través del dinero. A pesar de la cantidad de veces y de formas distintas en que él le había dicho que todo había acabado entre ambos, ella siempre acababa volviendo al cabo de unos meses. Edward sabía que, de entre todas las cosas, la que menos gracia le haría sería descubrir que su semental de alquiler favorito estaba prometido con una chica mucho más joven y hermosa que ella. Si Victoria se enteraba de lo de Bella, toda la alta sociedad lo sabría al cabo de una hora, incluido James. Y por lo que respectaba a su futura novia, Edward no quería ni pensar en qué diría si descubría la verdad. Sobre todo en un momento como aquel. Probablemente se negaría a aceptar su proposición. La perdería.

Tragó grueso, incapaz de hacer algo con Victoria allí delante, mirándolo con expectación, salvo rezar para que Bella obedeciera sus órdenes como una buena esposa y no se dejara ver. Maldita sea, debería habérselo contado cuando había tenido ocasión. Su conciencia lo había estado atormentando, incitándolo a confesar su pasado trato con la baronesa ‐ en realidad, sabía que con el tiempo tendría que hacerlo ‐ pero en aquel preciso momento estaba hasta arriba de complicaciones. Y no se sentía preparado para enfrentarse a ello. Sin embargo, su principal reacción al mirar a Victoria, que se comportaba en el salón como si fuera la dueña de la casa ‐como si fuera la dueña de él‐ fue de una ira glacial. «Sácala de aquí antes de que lo eche todo a perder» Le indignaba que aquella víbora se hubiera atrevido a invadir el pequeño edén privado que tenían Bella y él. Su terreno sagrado. Lady Campion era venenosa. Edward lo sabía mejor que nadie.

‐ ¿A qué debo este honor, milady? ‐preguntó en un tono cansino y receloso.

‐ ¡Vaya! ¿Qué forma es esa de recibir a una vieja amiga? ‐Ella se acercó despacio y le ofreció su huesuda mejilla maquillada con colorete para que la besara. Edward se apartó con muestras de hostilidad ‐ Oh, qué cruel eres, querido ‐le reprendió ella, luciendo una sonrisa cómplice y un brillo duro en sus ojos negros como el carbón. Le dio un golpecito con su abanico plegado ‐ Sabes de sobra que me has echado de menos. ¿Por qué no estás en Black Lion Street con los idiotas de tus amigos?- Él le lanzó una mirada de advertencia por debajo de las pestañas ‐ Vaya, estás de mal humor otra vez, ¿verdad? Debería haberlo imaginado. Estás tan adorable cuando te pones gruñón… ‐ Le dio un pellizco en actitud juguetona.

‐ ¿Qué quieres?-

‐ Lo de siempre, querido. ¡A ti! ‐dijo ella con una sonrisa radiante y cantarina ‐ Vas a ir al baile de los Lieven, ¿verdad? Necesito acompañante. Puedes venir a recogerme a las nueve-

Él apretó la mandíbula y puso los brazos en jarras, contemplando los dibujos de la alfombra y haciendo un esfuerzo para no echarla a patadas.

‐ Creía que tenías un nuevo… amigo-

‐ Ah, ¿te refieres al joven Embry? ‐Agitó ligeramente su abanico con aire mundano y suspiró ‐ No. El solo era un… aperitivo. Sin embargo, tú, mi querido lord Edward… ‐ Se dejó caer de golpe en el sofá mullido, cruzó los pies y los apoyó en la otomana ‐ Tú eres un banquete para sibaritas-

La mujer arqueó la espalda con un movimiento sinuoso y se estiró como un gato caro y consentido, y a continuación le sonrió y dio un golpecito en el cojín del sofá situado a su lado. Edward negó con la cabeza en respuesta a su invitación y se cruzó de brazos lentamente. Ella frunció el entrecejo.

‐ Ven aquí. Me lo debes-

El alzó la barbilla ‐ Ya saldé esa deuda, como bien recordarás-

‐ Se saldará cuando yo lo diga, querido. Vamos, ¿no me has echado de menos ni siquiera un poco?-

¿Por qué le hablaba como si fuera un niño pequeño o su perrito faldero? ¿Cómo había podido aguantar él aquellas semanas siendo prácticamente su esclavo sexual? Pero entonces Edward pensó en que un hombre podía soportar muchas cosas cuando unos matones contratados por un prestamista de los bajos fondos del East End lo amenazaban con cortarle las pelotas.

‐ He oído que estás ganando otra vez ‐comentó ella, con un brillo especial en sus ojos oscuros.

Él la observó, en guardia, tratando de oír qué sonidos llegaban del extremo de la casa, donde rezaba a Dios para que Bella se hallara absorta en la preparación del pudín.

‐ Un poco-

‐ Ah - Victoria hizo un mohín con su cara excesivamente maquillada ‐Supongo que eso significa que ya no me necesitas-

Él le dedicó una fría sonrisa ‐ Supongo que no-

Ella se levantó del sofá y se dirigió hacia él sin prisa, cruzándose de brazos ‐ ¿Sabes? Tengo la extraña sensación de que estás tramando algo-

Él arqueó una ceja.

‐ Solo se te ve en las casas de juego. Dicen que ahora tu juego es muy conservador. Eso no es propio de ti. Dicen que siempre te retiras sin dar a los demás jugadores la oportunidad de recuperar lo que han perdido-

‐ Así que has estado haciendo averiguaciones sobre mí. Sabes que no lo soporto, Victoria-

‐ Solo lo he hecho porque me preocupas-

Él entornó los ojos en señal de advertencia. ¿Cómo se atrevía a decir que se preocupaba por él después de cómo lo había utilizado? Ahora que sabía qué era preocuparse de verdad, aquella burda imitación le repugnaba. Apartó la vista. Se situó de cara a la chimenea vacía, sin prestar atención a las insulsas figuritas de porcelana que decoraban la repisa blanca; en lugar de ello, su mirada se posó en la llamativa copa de Poseidón, una enorme vasija de porcelana con innumerables conchas diminutas incrustadas. Estaba expuesta debajo de una campana de cristal para protegerla del polvo y las manos torpes, ya que era muy delicada. Podía romperse muy fácilmente, con todas aquellas pequeñas conchas rosadas sujetas solo con cola. Había que guardarla bajo el cristal porque los objetos tan frágiles no soportaban la crueldad del mundo… Cerró los ojos al tiempo que un estremecimiento recorría todo su ser. «Dios mío», ¿cómo se tomaría Bella la noticia cuando se enterara de que había sido el gigoló más famoso de la alta sociedad y de que todo el mundo lo sabía menos ella? Se sentiría traicionada, se sentiría como una estúpida. Lo despreciaría. Ella, que se había entregado a él siendo virgen.

‐ He oído un rumor de lo más terrible. Dicen que te has convertido en un monje‐ declaró Victoria, interrumpiendo sus pensamientos ‐ ¡Sé que parece imposible, pero es lo que dicen! ‐ afirmó al ver la mirada ceñuda de Edward ‐ Hace semanas que ninguna de mis amigas ha disfrutado de tu compañía, y sé que casi nunca recurres a las fulanas. ¿Qué te traes entre manos?-

Él echó un vistazo al reloj de la pared con frialdad ‐ Vaya, tengo que ver al regente dentro de diez minutos. Siento interrumpir su visita, milady, pero debo marcharme-

‐ No hasta que me cuentes qué está pasando. Puede que consigas engañar al resto de la gente con tus dotes de actor, pero yo te conozco demasiado bien-

‐ Tú no me conoces en absoluto, Victoria ‐ replicó él con serenidad ‐ Nunca me has conocido-

Ella ladeó la cabeza ‐ ¿Tienes una querida?-

A Edward se le empezaba a agotar la paciencia. ‐ En cualquier caso, no creo que sea asunto tuyo-

‐ ¿Asunto mío? ¡Querido, estar al tanto de quién se acuesta con quién es un deporte nacional! Y si el sexo es nuestro deporte, tú eres el campeón actual…-

‐ ¡Cállate!-

‐ Ah, ahí está esa chispa ‐ susurró ella, acercándose a Edward furtivamente ‐ Estabas tan frío que temía que se hubiera apagado… tal vez de usarla demasiado ‐ A ella siempre le había gustado atormentarlo. Sobre todo cuando él estaba ocupado. Era un juego conocido. Cuanto más se enfadaba él, más se excitaba ella ‐ ¿Qué es ese olor?‐ susurró ella, mientras daba vueltas alrededor de Edward y lo olfateaba ‐ Huele a sexo, pillín. ¿A quién te has estado tirando?-

La tolerancia de Edward llegó al límite. Retrocedió para evitar que le tocara.

‐ ¡Lárgate de aquí! ¡No quiero saber nada de ti, Victoria! ¿No lo entiendes?-

‐ Pero ¿qué mosca te ha picado? ‐preguntó ella, posando su mano enguantada en la cadera.

‐ He sido yo ‐contestó una voz desde la puerta, detrás de él. La voz de Bella, serena e imperturbable. Edward se estremeció y cerró los ojos con cara de dolor. «Dios, no. ¿Porqué?»

Demasiado tarde. Agachó la cabeza lentamente y sintió que se le hacía añicos el corazón…

Hola chicas acá esta el nuevo cap sé que he estado perdida por más de un mes pero créanme ha sido por razones que escaparon mucho mas allá de mis manos, a duras penas pude terminar este cap. Gracias a Twiniss por de alguna manera estar pendiente y por tus palabras de apoyo, este capítulo está en parte dedicado a ti, pero en mayor parte a un angelito que ya está en el cielo al que amo y siempre amare con toda mi alma, que Dios te cuide y te proteja siempre… :´(