Bueno, aquí estoy. Este era un One-short, en un principio, pero después me di cuenta de que podía hacerse algo pesado 21 folios del tirón, así que decidí partirlo en dos.

La segunda parte es unos cuantos folios más larga que la primera, porque esta la he cortado justo en un momento culminante para dejaros con la intriga xD

Os veo al final de esta parte, un gran saludo y disfrutad de la lectura ;)

El amor más allá de la muerte.

Primera parte:

Las lágrimas corrían sin parar por sus mejillas, se deslizaban lentamente hasta llegar a la barbilla, y de allí, se precipitaban al suelo embarrado a causa de la copiosa lluvia que no cesaba de caer.

La joven que lloraba era rubia, con un pelo suave, sedoso y brillante que le llegaba casi hasta la cintura. Dos mechones de cabello le caían graciosamente por delante de sus puntiagudas orejas, las cuales la caracterizaban como hyliana. Llevaba puesta una tiara del oro más puro con un zafiro perfectamente pulido en el centro. Un vestido blanco y morado adornado con algunas incrustaciones de oro cubría su hermoso y bien proporcionado cuerpo, sin dejar nada a la imaginación. Unos sedosos guantes, también del color de la nieve, protegían sus manos del frío y otros agentes externos. Sus labios, de un leve tono carmín natural, tenían una curvatura triste, casi de desolación. Sus ojos azules, de un brillo intenso, se veían tristes y vacíos debido al llanto que la había acompañado durante aquella última semana. Además, destacaban con su pálida y tersa piel. La muchacha que tendría una edad de aproximadamente diecisiete años, tenía una expresión seria que contrastaba con su juventud.

La joven tenía espasmos provocados por el incontenible llanto, y de vez en cuando se le escapaba un triste susurro:

-Link… -aquella palabra, aquella simple sílaba, era capaz de hacer que su corazón se le oprimiese por culpa del insoportable dolor que la invadía al pronunciarla.

La muchacha contuvo un gemido, y se abalanzó sobre una lápida de piedra que estaba situada justo delante de ella. Con los ojos vidriosos, se separó unos centímetros del objeto que abrazaba y leyó lo que ponía, con la imposible esperanza de que el texto que ella sabía que estaba allí escrito cambiase, que aquellas palabras que le rompían el corazón dejasen de tener ese significado que la mataba de dolor. Pero como siempre, sus deseos no se hicieron realidad, otra vez, sus ojos se vieron anegados en lágrimas y volvió a apoyar todo su cuerpo en la lápida que tenía ese efecto tan desolador en ella.

De pronto escuchó unos pasos, pero no les dio la menor importancia, lo cierto era que ya todo le daba igual, solo quería que algo acabase por fin con su sufrimiento… que él volviese…

-Princesa, ¿está bien? – era la voz de Impa, su cuidadora, sonaba preocupada y podía percibirse un dulce tono maternal en ella.

La muchacha no alzó la vista, no quería hablar con nadie, además, simplemente con mirarla conocería la respuesta.

-Zelda… –ahora la voz de Impa sonaba muy cerca de ella, casi como si estuviese a su lado. Notó como una mano le acariciaba cariñosamente el cabello- princesa… -volvió a repetir, ahora se la escuchaba mucho más preocupada. La cuidadora apartó con delicadeza a Zelda de la lápida, y leyó lo que estaba escrito en ella, a pesar de que ya conocía aquella frase de memoria- "En honor a Link, Héroe del Tiempo. Te recordaremos con cariño, muchas gracias por todo lo que hiciste por Hyrule y sus habitantes. Descanse en paz."-al pronunciar aquella frase, notó como la muchacha se estremecía en sus brazos y un nuevo gemido de dolor se le escapaba de sus labios.

-Link… -su voz sonaba quebrada y apenas si era audible, como si de un momento a otro, fuese a perderla.

-Princesa Zelda, –ahora la voz de Impa sonaba autoritaria y severa. Le dolía ver a su apreciada princesa en aquel deplorable estado, y no pensaba permitir que aquello continuase así. Ella debía reponerse, afrontar la muerte de aquel muchacho y comprender que tenía que continuar con su propia vida- ¿acaso no piensa cumplir la promesa que le hizo?

El llanto de la princesa cesó al instante. Impa sonrió a su pesar, sabía que lo único que podría ayudar a reponer a Zelda era aquella promesa.

-Yo… -la joven no sabía que decir. Sus ojos azulados seguían fijos en la lápida. ¿Acaso Impa no la comprendía?

-Princesa Zelda… o mejor dicho, futura reina Zelda, si no recuerdo mal, le prometió a aquel muchacho que sería feliz. ¿No piensa cumplir lo que le dijo? –de nuevo, Impa había vuelto a la carga. Tenía muy claro que aquel sería el último día de sufrimiento para la princesa. Muy pronto sería coronada reina, y tarde o temprano, tendría que buscar un pretendiente. No había tiempo para que llorase por aquel oscuro pasado tan reciente.

-Impa… ¿es que acaso no comprendes… -la voz de la joven sonaba extrañamente lejana, como si su mente se encontrara en otro lugar- que sin él… yo no podría ser feliz?

Aquella frase dejó a su cuidadora sin palabras, ella no se esperaba esa respuesta. La princesa la había dicho, mirándola fijamente a los ojos, y deteniéndose solamente a tomar el aire que le faltaba por culpa del llanto.

-Pero princesa… -de nuevo la voz de Impa sonaba cariñosa y dulce- ¿no comprende que él no volverá?, es más, en su último aliento, le suplicó que fuera feliz, y usted se lo prometió. Ya sabe, que no está nada bien faltar a la palabra que se le da a un difunto.

-Impa… sabes muy bien que yo no le habría hecho aquella promesa si él me lo hubiera dicho antes… -ahora, Zelda había dejado de observar a la mujer que la acompañaba. Es más, ya no miraba nada. Sus ojos estaban perdidos en los recuerdos de aquel fatídico día…

- Flash back -

-Zelda… yo… no puedo… no soy capaz… -el joven cayó de rodillas al suelo. Pero aquella caída no había sido provocada precisamente por el cansancio ni nada parecido.

Ante él, con una espada afilada que le apuntaba, estaba Zelda, la princesa y legítima reina. El cuerpo de la joven había sido poseído por Ganondorf, y ahora, no era ella la que controlaba sus acciones, si no él.

Y como estaba claro, Link no era capaz de apuntarla con su espada siquiera.

Una carcajada maligna, proveniente del cuerpo de Zelda resonó por los pasillos del castillo.

-Y ahora, ¿quién es el cobarde? No eres capaz de enfrentarme. Link… no eres ni nunca serás nadie –una nueva risotada malvada hizo eco en los agudizados y picudos oídos del joven. Definitivamente, no era Zelda la que estaba ante él. Pero el cuerpo era el mismo, y si su espada lo atravesaba, causaría la muerte de aquella muchacha.

Link era un joven rubio, de piel pálida y de cabello rebelde, con un desordenado flequillo cubriendo su frente. Sus ojos, de un color azul oscuro y hechizador, tenían un brillo valiente, que daba la correcta impresión de que el sería capaz de hacer frente a cualquier peligro. Tenía dos grandes mechones de cabello dorado cayendo por delante de sus puntiagudas y por lo tanto, hylianas orejas, a modo de patillas. En su cabeza llevaba un gorro verde, al igual que su sayo.

De cada una de sus orejas, colgaba un pendiente en forma de aro, eran los llamados pendientes ignífugos, que había obtenido en una de sus aventuras. Por debajo de su sayo verde, llevaba una maya de cota corta que actuaba a modo de ligera protección. Y, como última capa, llevaba una camiseta blanca de manga larga, con un cuello que le llegaba casi a la barbilla. Aquellas tres prendas quedaban sujetas por un cinturón marrón, y de este, firmemente colgada, había una pequeña mochila en la cual el muchacho guardaba sus objetos. Un poco más abajo, un pantalón de un beige claro, tirando a blanco. Y rematando aquel aspecto de viajero, estaba su calzado, un par de botas de color marrón chocolate, al igual que sus guantes. Estos últimos, dejaban más de la mitad de los dedos del muchacho al descubierto para facilitar el manejo de armas y aumentar su comodidad.

A todo esto, había que añadirle la vaina de acero y piel de una espada, que en estos momentos, se hallaba desenvainada. Mientras su brazo izquierdo sujetaba el arma, el derecho agarraba con firmeza un escudo, con los bordes de acero, en cuyo interior, se hallaba grabado en oro el símbolo de la Trifuerza, con una especie de pájaro rojo justo debajo de ella. Su espada, tenía la hoja perfectamente afilada, de forma que un mínimo roce podría causar una herida. Por otra parte, el mango de esta se hallaba recubierto de tela marrón para evitar que al joven se le escapase accidentalmente de su mano. Aunque en esos momentos, el muchacho tenía gran cantidad de cortes superficiales, de los cuales caían pequeños hilos de sangre, que acababan chocando contra el suelo, dejando una pequeña pero macabra estela roja.

-Eres… -comenzó a decir Link, pero se contuvo, no quería enfurecer aún más a su ya iracundo rival.

-¿Qué soy?, ¿no me digas que ya no eres capaz de terminar una frase siquiera? –la voz de Ganondorf en el cuerpo de la muchacha sonaba furiosa, pero a la vez alegre, era como si se estuviese divirtiendo en aquel momento.

Pero Link no respondió. Se limitó a cerrar con fuerza sus manos. Zelda dio un paso más hacia él y alzó la espada que traía, apuntando al pecho del muchacho.

-¿Algunas últimas palabras? –la joven esbozó una sonrisa pérfida, estaba disfrutando de verdad, no siempre se le presentaba la oportunidad de acabar con su mayor rival.

-Eres despreciable –Link había querido contenerse, pero sabía que para él, el viaje finalizaba allí. Estaba de rodillas frente a ella, jadeando. No podría esquivar el siguiente golpe, no por falta de energías, si no por impotencia, a fin de cuentas, no era capaz de dañar a la princesa, así que, ¿para qué iba a alargar más la batalla?

-¿Eso es todo? –preguntó Ganondorf con otra sonrisita. A pesar del insulto, no le había hecho el menor caso al joven. A fin de cuentas, ¿quién era el que estaba tirado con una espada a punto de atravesar su pecho?- es una pena que te enamorases de ella, la batalla se me ha hecho muy aburrida –comentó el hombre.

Link cerró con fuerza sus dientes, su rival conocía los sentimientos que él ocultaba en su interior, y los había usado en su contra para ganar esa batalla.

-Una cosa más… -la firmeza en la voz de el joven de verde había sido sustituida por un leve susurro, apenas audible, pero muy seguro y sincero- pero esto se lo quiero decir a la princesa que sé que está debajo de toda esa oscuridad que has creado a su alrededor.

-Qué bonito –se carcajeó el hombre, mientras que acercaba un poco más la espada al pecho del muchacho, provocando que comenzara a brotar un pequeño hilo de sangre- pero date prisa, no tengo todo el día para dedicarlo en alguien tan insignificante como tú.

El joven suspiró, había notado como la punta de acero se clavaba en su piel, y también había sentido el caliente líquido que comenzaba a resbalar de su nueva herida.

-Princesa Zelda… -comenzó a decir, su voz era aún más suave y baja que antes. Durante un instante meditó el decirle sus sentimientos, pero después descartó esa opción, a fin de cuentas, aquella no era la verdadera princesa, y, además, no se le estaba permitido enamorarse de ella- sé que debajo de todos los hechizos que Ganondorf haya hecho, está usted, y que sepa, que yo confió en que conseguirá volver en sí, y le pondrá fin a este reino de terror.

En ese momento, Ganondorf mordió con fuerza su labio inferior, provocando un pequeño corte en el.

-¿Has terminado ya? –preguntó de forma mordaz. Quería atravesar de una vez por todas a aquel muchacho rubio con su espada, verle exhalar su último aliento y hacerle sufrir hasta el final.

Pero el joven no le escuchaba. Miraba fijamente los ojos azules de la chica que estaba clavándole su arma, con una dolorosa y exasperante lentitud.

-¡Ganondorf… eres un maldito cobarde! –volvió a repetirle, esta vez gritando, con una fuerza tan grande y un tono de voz tan alto, que ni él mismo sabía cómo había podido conseguirlo.

-¡Ya basta! –chilló el hombre, y sin poder contener más su rabia, clavó la espada con ira en el cuerpo del muchacho, atravesando una zona cercana al corazón.

El joven abrió los ojos, pero no gritó, ni siquiera dejó que un leve gemido se le escapara. No pensaba permitir que Ganondorf se deleitara con su sufrimiento.

En ese mismo instante, su rival comenzó a tener espasmos, era como si algo dentro de sí mismo le estuviese provocando un terrible dolor, y, de pronto, el espíritu de Ganondorf abandonó el cuerpo de la muchacha y esta, por su parte, sin perder un segundo, fue corriendo hacia donde estaba Link, el cual aún se mantenía en su posición, arrodillado, pero ahora, una leve sonrisa adornaba su rostro.

-Princesa… sabía que lo conseguiría… -susurró el joven, casi sin fuerzas.

-¡Link! Oh, por todas las Diosas, ¿qué te hecho? –la voz de la muchacha sonaba desesperada. Su acompañante soltó una leve risita.

-¿Tú?,… a mi nada… -comenzó a susurrar, su voz era suave, dulce y parecía ir languideciendo a cada segundo que pasaba- pero a él… seguro que sí –repuso. Intentó dedicarle una de sus sonrisas con la intención de calmarla, pero no pudo, el dolor era demasiado fuerte.

-¡Link! –volvió a gritar ella. Parecía que en aquellos momentos, no era capaz de decir nada más- ¿qué te he hecho? –volvió a repetir. Pero ahora, las lágrimas comenzaron a correr por sus mejillas.

-Zelda… -el joven dejó de lado todo formalismo, por la sencilla razón de que sabía que el tiempo para el expiraba, apenas si tendría unos minutos para decirle lo que quería- no llores… y menos si es por un don nadie como yo… -con lentitud y mucho dolor, levantó su mano izquierda y la llevó a la mejilla de la muchacha. Dejó que su dedo índice se deslizara por ella, recogiendo cariñosamente las lágrimas que salían de sus ojos- no merezco tus lágrimas… -continúo diciéndole y, finalmente, logró hacer que ella le mirara a los ojos.

-No digas esas cosas, Link. Para mí, tú… -pero no pudo seguir hablando, ya que otra punzada de dolor sacudió el cuerpo de chico, y este, cayó hacia atrás. Ya no era capaz de mantenerse de rodillas- ¡Link! –con rapidez, la muchacha se sentó a su lado y con su mano derecha, le cogió la izquierda. El joven la apretó con fuerza, como si quiera mostrarle a Zelda que él aún estaba allí–Link, por favor, no pue… -comenzó a decir ella.

-Zelda, por favor… déjame pedirte una cosa… -un nuevo espasmo le recorrió el cuerpo y apretó con aún más fuerza la mano de su acompañante.

-Lo que quieras –le contestó ella sin dudar. Su voz estaba quebrada por el llanto, y su mente, estudiaba a toda velocidad las posibilidades que tenía de salvar a Link. Ninguna estaba a su alcance.

-Me… me gustaría que me prometieses una cosa… -susurró. Ya apenas si era capaz de hablar, y Zelda tuvo que acercarse aún más a él para poder oírle- prométeme que serás feliz… prométeme que vivirás como si nada hubiese pasado… prométeme que acabarás con él y que reconstruirás tu reino… prométeme… -lo que iba a decir a continuación le provocaba muchísimo dolor, por lo que tuvo que detenerse a tomar aire- prométeme que te olvidarás de mi… -de nuevo, allí estaba el dolor, recordándole que la cuenta atrás que ahora era su vida, estaba a punto de llegar al cero. Todo comenzó a volverse negro y un tanto difuso. Dejo de ejercer tanta presión sobre la mano de la muchacha.

-¿Qué? –no fue capaz de decir nada más, un sollozo la detuvo.

-Lo… lo que has oído… -vamos, debía permanecer despierto hasta que ella se lo prometiese. No podía dejar aquel mundo en paz sin saber que ella no iba a ser feliz.

-Te… te lo prometo… -aquella fue su sencilla respuesta y, casi al instante, sintió un profundo dolor en su pecho.

Link suspiró aliviado, ya podía marcharse, dejarla vivir, él solo era un estorbo, una piedra más en su glorioso camino, encontraría marido, la coronarían reina, sería feliz, pero él siempre iba a estar ahí, protegiéndola desde las sombras, cuidando de ella… cuidando de la muchacha que le había robado el corazón.

La joven comprendió lo que quería decir el suspiro. Link había abandonado la esperanza. La iba a dejar en ese mundo destruido, sola, sin su cálida esencia. Sin la presencia de aquel joven que, aunque le costase admitirlo, le había conquistado su corazón.

-¡Link, no puedes!, no puedes dejarme sola… aquí… yo… Link, yo sin ti no… -comenzó a decir, la desesperación se había apoderado de ella, ahora, la respiración del muchacho se había vuelto aún más pausada e inestable que antes.

-Zelda… un segundo, por favor… -por segunda vez, el joven la interrumpió. Ahora tenía una cosa muy importante que decirle, sus sentimientos no aguantaban más ocultos- yo… -se armó de valor, tomó aire e ignoró aquella última punzada de dolor- Zelda, yo… lo siento, pero… estoy enamorado de ti…

La muchacha no pudo decir nada más, aquellas palabras la habían dejado de piedra, y cuando quiso reaccionar, ya era demasiado tarde; la mano de Link dejó de apretar la suya, y cayó con lentitud al suelo. Los ojos del joven se cerraron y expiró aire por última vez en su vida.

Continuará, os lo puedo asegurar…

O.o Qué cruel soy, lo he cortado justo después de cargarme a Link xD

No os preocupéis, hasta las Diosas saben que yo no puedo dejar a mi querido rubio muerto por mucho tiempo. Mañana mismo subiré la segunda parte de lo que debería ser un One-short, os puedo asegurar que los ZeLinkers adorarán el siguiente capi (ahí es donde está el verdadero ZeLink de la historia =3)

Un gran saludo, y no os olvidéis de comentar, por favor!