Prólogo

Y otra vez siento el sabor a sangre en mi boca mientras se desliza entre mis dientes y cae al suelo cuando intento gritar desesperadamente. Es curioso, a partir de la tercera vez que te encajan un puñetazo en la cara te comienzas a acostumbrar a este líquido y las arcadas se reducen considerable y exponencialmente. Puede que al fin y al cabo en esta vida todo sea cuestión de unos hábitos y costumbres arraigados en nosotros que bien podrían ser de otra manera. Después de cinco directos a la cabeza, apenas podría distinguir a mis agresores los unos de los otros. Pero si has pertenecido a un club de la lucha, sí que puedes. Reconoces a los demás miembros del club por su forma de luchar más que por su voz; pues con ellos no hay conversaciones superfluas que seguir, ni tienes que interesarte por lo que te cuenten. Allí sólo hay lucha, sólo hay conocimiento del otro y de uno mismo. Tú eres quien se reconoce al luchar con otros y no cuando te miras frente a un espejo. Tu pelo no importa para nada, ni esa barba sin afeitar desde hace dos días. Lo único que importa es el material en el que estás esculpido. Lo único que importa es tu aportación al Proyecto Estragos.

Pero comencemos la historia por el principio, como me aconsejó que hiciese mi viejo amigo del psiquiátrico: "Puede que el principio de algo te sea aburrido y estés deseando contar lo que te ocurre en un momento determinado, pero si te faltan detalles relevantes en el tiempo la historia no será la misma", me decía. Nadie entendería por qué los que creía mis amigos del club de la lucha me golpeaban aún después de haberme rendido, rompiendo la norma del Club que estipulaba que los combates durarían únicamente el tiempo que fuese necesario y que los combates son siempre entre dos personas. Pero quizás ellos también consideraron -pues yo también lo pensé- que el combate entre nosotros no era únicamente físico ni abarcaba una sola noche. Al contrario, duraba ya varios años por los que nos remontaremos para que entendáis por qué me atacan de esta forma.