Actualización(10/11/12):

Hola

Quería avisaros que sigo escribiendo, y que de hecho tengo el siguiente y puede q ultimo capitulo por la mitad. Tengo en mente intentar acabarlo este fin de semana, pero prefiero no prometer nada. Sobre todo avisar que voy a cambiar el rating a M, para mayores de 18, asi que, el fic no saldra si no cambiais el rating del buscador. Saludos!


Bueno, aquí dejo la segunda parte, es un poco más larga.

Al final he decidido mantener la calificación T para este capitulo y subirla para la tercera parte (aunque si alguien cree que debería cambiarla que lo diga, porque nunca estoy muy segura con las calificaciones), que probablemente será la última, aunque no estoy segura. Tampoco sé si podré subir la tercera parte antes del mes de septiembre porque estoy estudiando para los examenes (horror) y llevo el tercer capitulo a medias.

En fin, espero que os guste. Y gracias a risa por su review.

P.D he visto tantas veces el capitulo, que me he dado cuenta que Asun tiene dos vestidos rojos distintos XD


"Cumpleaños feliz..." comenzó a cantarle al oído. Ella le dio un codazo endeble que sólo pretendía demostrar lo mucho que apreciaba aquel detalle a pesar de la vergüenza, y que él aprovechó para envolverle la cintura con el brazo izquierdo, mientras apoyaba la barbilla en el hombro derecho de la chica. "Pide un deseo" susurró el detective al terminar la canción. Asun giró el rostro hacia él y lo miró con ojos brillantes y una expresión tan arrebatadora, que despertó en Héctor una sensación de doloroso placer que no había olvidado pese al tiempo y la creencia de que no volvería a sentirla. Y por primera vez y sin ser consciente de ello, Asunción consiguió hacer enmudecer a Héctor, pues las palabras formaron un nudo en su garganta.

...

Parte 2

"De acuerdo" anunció Asunción – ajena a la conmoción que experimentaba el detective – cerró los ojos un instante antes de soplar la vela.

"Felicidades" consiguió decir finalmente Héctor, posando un ligero beso sobre su mejilla. Asun que había sacado la vela del pastel, se lamió el chocolate de los dedos y se movió en su regazo para poder mirarle.

"Gracias. De verdad." dijo ella con sincera gratitud, aferrando el brazo con que él le rodeaba la cintura. Héctor sonrió, asintió rápidamente y la besó de nuevo, esta vez en los labios. "Aunque... aún me gustaría saber cómo te has enterado."

"Mi informante es confidencial." respondió él sin dejar de sonreír.

"Mmmh... ¿Confidencial?" susurró ella rozando sus labios.

"Aja"

"Supongo que tendré que averiguarlo por mi cuenta." dijo, rodeandole el cuello con los brazos.

"Eso me temo" contestó él, dejando vagar la mirada entre sus ojos y sus labios. Asun, que siguió con los ojos el mismo camino, cerró el escaso espacio entre ellos. Héctor respondió con la misma suavidad, pero pronto el apacible beso le resultó insuficiente: desenredó el brazo con que le envolvía la cintura y lo subió acariciando lentamente su espalda, con su otra mano acunó su mejilla, deslizando la yema de los dedos por su nuca, bajo sus rizos. Conforme pasaban los momentos, su abrazo se tornaba más estrecho, más anhelante.

La joven dejó escapar un suspiro – quizás un jadeo – contra los labios de Héctor, que él aprovechó para obligarla a ladear la cabeza y probar sus labios con la lengua. Ella abrió la boca casi instantáneamente y esta vez el jadeo fue compartido, un sonido propio del placer que les producía el esperado reencuentro.

Asunción no sabía si fue un fugaz pensamiento, un profundo sentimiento o más bien una pura rebelión la que le llevó a atreverse; pero el hecho es que deseaba desafiarle – lo había anhelado desde le momento en que se conocieron, sólo que esta vez lo deseaba a un nivel más primario – hacerle sentir de la misma forma, despertar la misma pasión que él avivaba en ella; y a un nivel más profundo, quería retarse a si misma: saber que podía satisfacerlo como esas otras mujeres de más mundo y más sofisticadas con las que había estado, e incluso, tal vez, intentar acercarse a las mujeres que había amado.

Las manos que colgaban lánguidamente alrededor del cuello del detective cobraron vida. Asun enterró los dedos en su pelo, acariciando con las uñas y las puntas de los dedos el cuero cabelludo, y después le conminó a inclinar la cabeza tal y como él había hecho, permitiéndole mejor acceso. Acceso que aprovechó par succionar la lengua de él entre sus labios, un ardid que había aprendido de él en una ocasión anterior, y que no había olvidado ni aún deseándolo. El ronco gemido que resonó en la garganta de Héctor y la forma impaciente en que su mano agarró la tela de su vestido, le hicieron percatarse que su provocación había tenido éxito.

La mano que la sujetaba del cuello comenzó un vertiginoso descenso por su cuerpo, y aún con la ropa de por medio, Asun apreció la excitante sensación de cada caricia, hasta que se detuvo momentáneamente en su rodilla. Cuando Héctor empezó lentamente a deslizar la mano desde la rodilla – camino arriba por su muslo, arrastrando consigo la tela roja del vestido – Asunción gimió, compartiendo su aliento con el de él, quien respondió aumentando la intensidad del beso hasta alcanzar un ritmo casi frenético.

Ella se aferró a sus hombros, exprimiendo un puñado de la tela de la camisa entre sus dedos, tirando de él, que a su vez la ceñía con más fuerza, como si pretendieran fundirse el uno con el otro, perdidos en un baile de lenguas y labios, de caricias y abrazos.

Asunción no fue completamente consciente de las intenciones de Héctor, hasta que se percató de que la alzaba – bueno, se alzaban – en un inestable y torpe movimiento.

"¡Héctor!" jadeó la joven, agarrándose firmemente a sus hombros. Pero él se limitó a sentarla sobre su escritorio y permanecer de pie frente a ella, sin retirar las manos de su cintura en ningún momento.

Ella le miró interrogante por debajo de las pestañas. Él le sostuvo la mirada unos segundos antes de ladear la cabeza y depositar un suave beso sobre sus labios. Y luego un segundo, y un tercero... hasta que le mordisqueó el labio inferior y ella perdió la cuenta, arrastrándole contra ella. Le rodeó los hombros y acarició su espalda, buscando de nuevo con los dedos su pelo, su cuello; sintió los nuevos puntos de unión que le proporcionaban el cambio de posición: su cuerpo firme presionado contra sus pechos – que subían y bajaban aceleradamente con cada respiración – sus muslos abrazando las caderas de él, su pantorrilla enlazada en su pierna buena; y cuando él, agarrándola por las caderas la presionó contra sí, el roce de su erección le hizo gemir lo suficientemente alto como para detener sus besos.

A Asun le pareció ver un asomo de sonrisa y una mirada ufana en el rostro del detective, pero no tuvo tiempo de decir nada, pues él empezó a recorrer la linea de su mandíbula con los labios hasta llegar al lóbulo de su oreja. Y replicar – o pensar si quiera en ello, con semejante distracción – resultaba inconcebible. Sólo volvió a sus sentidos cuando las deliciosas atenciones de los labios de Héctor se trasladaron a su cuello y empezaron a descender por su escote, siguiendo el mismo camino que sus hábiles dedos habían recorrido previamente desabrochando los botones del vestido. En su contra, Asunción debía confesar que sus manos no se habían quedado atrás en lo que a desabotonar se refería, y la camisa abierta de Héctor era la prueba tangible.

"Héctor, deberíamos..." murmuró Asun en un intento de llamar su atención "movernos... ya sabes, a la habitación." Le sintió perfectamente sonreír contra su piel, antes de que alzara la cabeza.

"¿Qué dices? ¿Ahora?" preguntó a escasos centímetros de su rostro. Después se inclinó para hablarle al oído, de tal manera, que su aliento resultaba intoxicante. "¿Sabes la de veces que te he imaginado sobre mi escritorio?"

Asun volvió rápidamente el rostro hacia él, buscando sus ojos. Enarcó las cejas en un gesto mitad sorprendido, mitad – para que negarlo – complacido.

"Me has imaginado sobre tu mesa." repitió ella intentando hacerse a la idea, su rostro sonrojado y lleno de interrogantes "¿Así?" inquirió en clara referencia al estado y la manera en que ambos se encontraban.

"Ajá" confirmó él. En parte divertido y en mucha mayor parte excitado.

"¿Muchas veces?" preguntó ella con una lenta sonrisa, mientras trazaba dibujos con los dedos en la base de su cuello.

"Mmm... no estoy seguro." bromeó. Ella le respondió con una mirada airada y un empellón en el hombro, que le hizo reír. "Unas cuantas" confesó finalmente el detective.

"Unas cuan... " repitió ella en voz alta, deteniéndose a media frase cuando meditó sus palabras. "¿Mientras estás aquí con Bonilla?" preguntó incrédula.

"Especialmente cuando está Bonilla" admitió él.

"¡Héctor!" chilló Asun escandalizada, empujándole suavemente como reprimenda.

"Juega con soldaditos cuando está nervioso o se aburre" se quejó él. "Simplemente, yo tengo un pasatiempo más interesante." añadió alzando las cejas de forma muy sugerente. Asunción se sonrojó y apartó la mirada con una ligera risa.

Héctor sonrió estimulado por el ánimo risueño de la joven, y la besó incapaz de contenerse. Separándose tan sólo unos centímetros de su rostro, el detective alzó una mano para intentar recolocar un rizo que había escapado del peinado de Asunción y caía sobre su frente, acariciando su piel en el proceso. Ella le observaba en silencio. Él se sintió alentado por el repentino ambiente cargado de tensión a decir algo – algo trascendental, significativo – sólo que no sabía qué.

Mientras compartían una mirada llena de incertidumbre, de sentimientos confusos que se agolpaban en el cuerpo y la mente de ambos, Héctor depositó un nuevo besos sobre sus labios, apenas un roce fantasmal. Dejó que sus dedos vagaran lentamente por el rostro de ella, una caricia casi etérea, mientras observaba la respuesta a sus caricias en los ojos oscuros, con el único sonido de sus respiraciones. Su contemplación se vio recompensada cuando las yemas de sus dedos descendieron por el níveo cuello y llegaron al hueco entre las clavículas – sus pausadas atenciones y el ambiente saturado casi electricamente, aumentaron el estímulo – los ojos de Asunción revolotearon con deleite. Al abrirlos le llevó un instante enfocarlos, maravillada por el mar de sensaciones que Héctor despertaba en ella sin apenas tocarla.

La otra mano de él se sumó entonces a la lenta exploración. Trasladó cada una de ellas hacia un hombro y las deslizó bajo la tela del vestido. Alzó la cabeza para reencontrarse con su atenta mirada. Sin romper el contacto visual, comenzó a bajar sus manos por los brazos de ella – empujando el tejido rojo oscuro – descubriendo la clara piel de los hombros y el rosa pálido de la combinación.

Asunción sintió como el calor bañaba sus mejillas y el resto de su cuerpo, su piel excepcionalmente sensible a su propia ropa y en especial a las manos de Héctor. Abrumada por un cúmulo de sensaciones que colmaban todos sus sentidos, estimulada por el sencillo erotismo del momento; se preguntó asombrada, cómo era posible que escuchara con perfecta nitidez el suave roce de su vestido al ser retirado, cuando su corazón golpeaba ensordecedor y desbocado en su pecho; y porqué se sentía mucho más expuesta y cohibida ahora, que su primera vez – sabía porqué no se había sentido así cuando ella y Héctor habían estado juntos anteriormente: porque entonces ella sólo deseaba olvidar, sentir cualquier otra cosa que no fuera el dolor desgarrador por la pérdida de Chelo. Pero no, porqué ahora notaba su garganta cerrarse por la emoción o el ligero temblor nervioso de sus manos, cuando no había experimentado ninguna de ellas con Jaime, ¿No se suponía que una debía sentirse más nerviosa al perder la virginidad que en cualquier otra ocasión? ¿Entonces porqué de pronto le afloraba esa extraña timidez bajo la vehemente mirada de Héctor?

Cuando él le sacó las mangas, sus dedos permanecieron en contacto, acariándolos sin llegar a entrelazarlos. En algún punto Héctor bajó la mirada, y Asunción aprovechó para hacer lo mismo y observar sus manos. El hecho de que en ese momento no la mirara a los ojos, le hizo sentir un poco más atrevida, lo suficiente como para comenzar el camino inverso. Deslizó sus dedos por encima de los de él, rozando sutilmente el dorso de sus manos, ascendió hasta su muñecas donde posó las palmas de las manos, deleitándose con la calidez de su piel. Él la miraba nuevamente a la cara, pero Asun, consciente de la forma en que sus ojos la intimidaban, mantuvo la vista en sus maniobras.

Lenta, pero deliberadamente, comenzó a subir las manos por sus brazos, fascinada por el tacto de la tela y por cómo el calor de su piel y la definición de sus músculos la atravesaban. Se detuvo al llegar a sus hombros y buscó sus ojos, oscurecidos por el deseo, y los mantuvo fijos en ellos mientras serpenteaba los dedos bajo los tirantes y los empujaba hacia abajo. Él movió los hombros y los brazos para ayudarla en su tarea, e hizo lo mismo, cuando Asun repitió la operación, esta vez, con la camisa.

La joven volvió a trazar el camino una ultima vez hasta posar las manos en la parte superior de sus brazos. Héctor se acercó más, obligándola a ampliar el espacio entre sus piernas, entre las que se instaló confortablemente. Ella alzó la cabeza impelida por el deseo de mantener el contacto visual. Subió las manos por la piel caliente de sus hombros, mientras notaba las de él aferradas a su cintura. Situando una de sus manos en la base del cuello, le obligó a inclinarse, elevando el rostro para buscar sus labios.

Se besaron apasionadamente, abrazándose con ferocidad. Asun sentía la cabeza aturdida por sus sobrecargados sentidos, que ya estaban al límite cuando las manos de Héctor se deslizaron desde la parte posterior de sus rodillas hacia arriba, bajo el vestido y la combinación, recorriendo sus muslos con ardientes caricias. Probablemente por eso, no comprendió sus verdaderas intenciones hasta que la levantó a pulso de la mesa, instintivamente ella aumentó la fuerza con que se abraza con brazos y piernas, a su cuerpo. Cuando él se giró con ella en brazos, Asunción rompió el beso para intentar mirarle a la cara, pero eso hizo que se tambaleara, así que se limitó a volver la cara hacia él.

"¡Héctor! ¿Qué estás haciendo?" chilló de forma poco elegante.

"Tenías razón, es mejor que vayamos a la cama." explicó él sencillamente.

"¿Pero por qué me llevas en volandas?" exigió ella. El detective trastabilló un poco pero se repuso. "Aún tienes la pierna convaleciente, bájame."

"Si no hay ni tres pasos. Esto es difícilmente el Escorial." Se defendió Héctor. A pesar de ello, cojeó un poco y Asun se golpeó el hombro con la pared.

"¡Ay!"

"Lo siento, lo siento" se disculpó él. "¿Te has hecho daño?"

"No, pero..." se detuvo a media frase incapaz de sonreír – a su pesar – al ver como Héctor intentaba contener la risa.

Así, entre risas, consiguieron llegar a la habitación. Él la soltó y ella se bajó, de pie entre la cama y el detective.

"Ves, sana y salva" anunció él. Ella alzó una ceja para rebatirlo. "Bueno, casi." añadió sonriendo ampliamente.

Continuará...