HOLAAAAAAAAAAAAAAAAA.

¿Hay alguien ahí? No se me haría raro ni las culparía de haberse olvidado, no puedo creer que haya pasado un año ya. De verdad lamento haber desaparecido de esta manera, me dio un horrible bloqueo de escritor y créanme que es la cosa más frustrante del mundo porque no crean que me olvidé de ustedes ni de este fic, no, estuve todo este tiempo que transcurrió repitiendo y repitiendo y repitiendo el capítulo, y ya sé cómo seguirlo pero simplemente no logro que las palabras fluyan. Por fin pude avanzarlo más después de corregirlo como más de 20 veces, pero no quedó completo. Decidí a de todos modos publicar la mitad porque son muchísimas páginas en word y no sabía si les iba a dar flojera o no ADEMÁS DE QUE MORÍA POR DAR SEÑALES DE VIDA AQUÍ PORQUE EXTRAÑO DEMASIADO A MIS LECTORAS, espero que sigan por ahí algunas. Estoy muy feliz de regresar, por favor envíenme ánimos porque sigo luchando con este bloqueo que de verdad es de las peores cosas que me pueden pasar en la vida ;;_;;

Las adoro.

Ahora sí, ¡comencemos!


— ¡No!

Se incorporó en la cama de golpe, jadeando y con un sentimiento amargo invadiendo su pecho. Aún con los ojos abiertos le costó unos segundos más ajustarse a la realidad y darse cuenta de que todo había sido un mal sueño.

Fuyumi inconsciente en una cama de hospital, mamá rompiendo en llanto, él recibiendo las malas noticias por parte del doctor: una enfermedad terminal…

Sacudió la cabeza frenéticamente, como si eso fuera a ahuyentar cualquier espantosa imagen que insistiera en reaparecer en su mente. Se acostó de nuevo; el perfume de las almohadas y la suavidad del colchón le recordaban que estaba a salvo, que no tenía nada que temer, simplemente había sido víctima del lado oscuro de su imaginación.

Acomodó la mejilla en el colchón en el cojín, ya más calmado, y se percató de que Mildred temblaba de frío a su lado; la tonta había pateado las cobijas mientras dormía. Kyouya gruñó y jaló el cobertor para levantarlo del suelo completamente y arroparla con cuidado antes de tratar de retomar el sueño una vez más….

¿Qué demonios?

— ¡FARROW!

La chica se agitó como pescado fuera del agua y se cayó de la cama por el sobresalto.

— ¡OOTORI! ¿¡Qué demonios estás haciendo aquí!? — exigió saber, poniéndose de pie con dificultad.

El aludido presionó el interruptor de la luz, y ella se dio cuenta de que estaba gritándole a una pared, engañada por la oscuridad, así como también pudo ver los diplomas colgados que definitivamente no eran suyos.

— Creo que soy yo el que debería estar preguntando eso.

Ella paseó la mirada de rincón, completamente desorientada. Recordaba perfectamente haberse quedado dormida en su habitación horas atrás, después de terminar de leer un libro muy bueno sobre una princesa luchando por su reino junto con su novio árbol.

¿Cómo había ido a parar ahí?

— Kyouya, te juro que no tengo idea…¿qué rayos? — balbuceó, tratando con todas sus fuerzas recordar algo al respecto.

— Mildred, tienes un colchón igual a este, ¿qué más tengo que hacer para que dejes de invadir mi propiedad?

— Ya te dije que no sé qué es lo que…

— ¿Esperas que te crea? — soltó una carcajada sarcástica — Allanamiento de morada es tu delito favorito.

— ¡Te estoy diciendo la verdad! ¡No tengo la más mínima idea, lo juro! — insistió.

Kyouya le clavó la mirada, entornando los ojos. Decía la verdad. Se daría cuenta de no ser así; ella era un asco en el arte de las mentiras.

— ¿Caminaste dormida, entonces? — sugirió. Frotó el puente de su nariz con irritación — Hasta dormida eres un problema, no puedo creerlo.

— ¿Caminar dormida? ¡Jamás he hecho tal cosa!

— ¿Entonces qué? ¿Alguien te trajo hasta aquí jugándote una mala broma?

Esta vez fue Mildred la que lo observó fijamente, como si quisiera encontrarle algo en la cara.

— ¿No será…no será que me trajiste tú aquí para confundirme y jugar con mi mente, como disfrutas hacerlo, malévolo Rey de las…? ¡Ay! — cortó su ridícula acusación con un chillido al sentir los dedos del chico tocando su hombro izquierdo, el cual él sabía perfectamente que había sido el más ardido por el sol playero días atrás. Se llevó una mano al hombro por reflejo, tocándose y causándose dolor nuevamente, por accidente. Hizo un puchero y apretó los puños a sus costados.

— ¿En serio crees que eres lo mejor que tengo que hacer a las cuatro de la madrigada? ¿Por qué demonios habría de…? Ah, olvídalo. Sólo vete ¿quieres? — le abrió la puerta y se hizo a un lado para cederle el paso con un ademán exagerado.

La castaña pasó gruñendo, pero apenas un pie fuera de la habitación se dio media vuelta con ojitos amorosos suplicantes.

— ¿Puedo comer algo antes de irme? Cuando me despierto, ya sabes, me da algo de hambre y en mi alacena sólo teng-

— Largo.

Sin permitirle decir más, le cerró la puerta en las narices.

Se quedó ahí, con la oreja pegada a la madera, escuchándola despotricar algo, hurgar "discretamente" en su refrigerador y salir del departamento. Tras oír por fin el clic del pestillo de la entrada, suspiró con pesadez y se tiró en la cama boca abajo, tratando de invocar a Morfeo de nuevo.

A unos metros, en el piso inferior, Mildred daba vueltas en la sala, enredándose el cabello con los dedos como si tirando de él fuese a apagar su cerebro en algún momento y pudiera estar tranquila por lo menos unas horas.

— No, no, no — se repetía a si misma, con un nudo en la boca del estómago.

Se acostó en el suelo, inhalando y exhalando mientras contaba hasta setecientos mil.

No entendía cómo había caminado dormida hasta la habitación del muchacho. Jamás en su vida padeció alguna vez de sonambulismo ni nada parecido. Era un alivio que hubiese encontrado el pantalón de su pijama en el fondo de su cajón, porque antes de eso el plan inicial antes de dormirse era meterse a la cama en calzoncillos.

Sentía vergüenza de sólo imaginar qué hubiera pasado de ser así.

Siguió con sus ejercicios de respiración — los cuales no estaban dando resultado alguno — repitiéndose una y otra vez que estaba alucinando.

Al concentrarse en no pensar en él, pensaba en él. Kyouya, Kyouya, Kyouya.

¡No, no, no, no, no!

Trató de recurrir al plan B, el cual consistía en enfocar su mente en todas esas veces que le gritó, la hizo sentir mal (una apenas unos minutos atrás) y la hizo enfadar, pero esas escenas diarias al parecer habían sido bloqueadas, y en el letrero de Stand By en la transmisión encargada de mostrarle sus recuerdos aparecía él, sonriéndole sinceramente por primera vez.

"Maldita sea, no puedes sucumbir ante la sonrisa de un demonio."

Desde el comienzo de esas vacaciones de invierno se sentía extraña. Se ponía nerviosa, se sonrojaba constantemente, se le aceleraba el pulso de repente y sentía extraños cosquilleos en el estómago. La única respuesta lógica que le encontraba a todo eso era que Kyouya (quién más si no) había aprovechado de un momento de distracción para echarle algún brebaje extraño en su jugo de la mañana. Seguro un exótico veneno asiático que poco a poco se expandía por su cuerpo, infectándole la sangre, y la estaba matando lentamente.

Si no era eso, la única otra razón que quedaba era…

Se miró en el espejo, lanzándole una mirada severa a su reflejo, soltando con voz firme:

— Me gusta Kyouya.

¡NO! ¡Sonaba mucho peor de lo que imaginaba. Apenas la última sílaba escapó de sus labios se tiró al suelo a seguir con sus frenéticas e inútiles respiraciones de yoga. (Ella ni siquiera sabía yoga).

¿Gustarle? ¿Él? ¿Ese cruel y sarcástico ser de las tinieblas? Porque de ser así ella se estaba convirtiendo en una loca masoquista demente con Síndrome de Estocolmo.

Era ridículo. La idea de la sustancia ponzoñosa en su bebida sonaba más coherente, así que se aferró a ella. Pasó las horas restantes rodando por el suelo, escribiendo su testamento mentalmente y pensando en todas las cosas que quería hacer antes de dejar el mundo humano, hasta que su reloj marcó las cinco de la mañana. Normalmente se levantaba media hora más tarde, pero si no estaba durmiendo mejor decidió dejar de perder el tiempo y meterse a dar una ducha.

Salió corriendo a su habitación envuelta en una gruesa bata y le dedicó algunas palabras de odio al nuevo uniforme que la esperaba en el armario. Resulta que algunas cosas habían cambiado en la mesa directiva, y ahora uno de los directores había decidido que para el nuevo ciclo escolar tenían que llevar ese estúpido atuendo de estudiantes riquillos. Otra razón para odiar su existencia en ese lugar.

— Por favor, que este sea un buen semestre — le pidió a los cielos, antes de salir de su departamento.


— Sólo quería saber si estabas bien…Por favor, no te esfuerces demasiado en el trabajo.

— Mira quién lo dice, rey de la presión. — soltó Fuyumi, riendo — ¿Te sientes bien, hermano? ¿Llamarme a estas horas sólo para eso? ¿A qué se debe tanta preocupación?

— Ya te lo dije, sólo quería saber cómo estabas. Es todo.

Casi pudo verla sonreír enternecida del otro lado de la línea.

— Estoy bien, Kyouya. Ahora tengo que irme ¡quiero más llamadas como estas más seguido, por favor! Y ven a visitarme a San Francisco.

— Lo prometo. Cuídate mucho.

— Igual, hermano. Te quiero.

— También yo.

Después de colgar, su corazón se tranquilizó. Se sentía estúpido por dejar que aquel sueño le hubiera afectado tanto, pero esa llamada había sido necesaria para quedarse en paz.

— ¡Buenos días! — irrumpió Tamaki en el departamento, con su característica energía en su más alto potencial y el resto del Host Club (más Mildred), todos con un recipiente en las manos — Pensamos que este comienzo a la segunda parte de nuestro intercambio escolar es una buena razón para desayunar juntos todos así que ¡A comer!

El dueño del lugar apenas parpadeó una vez y todos ya estaban bien acomodados en su mesa, repleta ya de diversos platillos, aunque ni siquiera fueran a tener tiempo de comerse todo.

Suspiró y tomó el asiento libre entre Mori y Mildred. Le alegró tener un pretexto para molestarla sin que pareciera que lo hacía apropósito.

— ¿Cómo durmieron todos anoche? — preguntó, provocando que todos arquearan las cejas por el "repentino interés" — Yo casi no dormí nada. Un gordo mosquito hambriento llegó a molestarme a media noche.

Mildred clavó con más fuerza de la necesaria el tenedor en su omelette.

— Vaya, y eso que no se ven muchos de esos esta temporada. Qué mal, Kyouya…— Haruhi tomó la iniciativa de responder ya que nadie lo estaba haciendo, pero sin saber exactamente qué decir — Yo he dormido bien…gracias.

— Nosotros también — siguieron los gemelos, al unísono.

— Nosotros también — siguieron los gemelos, al unísono.

— Yo he dormido como un bebé — sonrió Mildred, sin poder resistirse, aunque sus enormes ojeras dijeran lo contrario.

Kyouya era bueno escondiendo emociones, pero su enojo era algo que Mildred había aprendido a percibir aunque él estuviera sonriendo, como si tuviera vista de rayos equis.

Cuando estuvieran a solar, tendría problemas.

Terminaron de comer y después de cada quién lavarse los dientes se reunieron en la puerta principal para marcharse.

Estaba helando. Pensaron en pedir un taxi, pero por cinco minutos de camino tardaría más a llegar el vehículo que ellos a la escuela, así que continuaron a pie.

— ¿A quién se le ocurre mandarnos así a la escuela cuando estamos en época de Polo Norte? — se quejó Mildred. Sus gruesas mallas negras no eran suficiente para protegerla del tremendo frío al que tenían que enfrentarse — ¿Quién carajos inventó las faldas?

Haruhi asintió, también molesta con las desventajas de la vestimenta femenina. En ese instante Tamaki se sacó la chaqueta y se la puso sobre los hombros a su novia, además de abrazarla el resto del camino para proporcionarle calor.

Mildred los observó desde atrás, entre enternecida y celosa, con el gélido frío congelándole hasta las entrañas, caminando como robot con fallas en las articulaciones.

Pero Fujioka no era la única con un caballero pisándole los talones.

— Ten — dio un brinco al escuchar la voz de Mori tan cerca. Levantó la mirada, pero antes de decir nada ya tenía un enorme y pesado abrigo negro sobre los hombros, lo suficientemente largo para cubrirle hasta por debajo de las rodillas.

— Pe-pero tú…— con ese simple acto sus mejillas pasaron de redondos icebergs a bolas de fuego.

— Mi suéter es suficiente — respondió, curveando sus labios ligeramente.

Ah, pero qué guapo era cuando pronunciaba más de dos sílabas.

Estaba tan inmersa en sus pensamientos y en la deliciosa fragancia de la prenda prestada que su cara estampándose en uno de los pilares de la entrada fue su anuncio de llegada.

— ¡Milly-chan, Milly-chan! ¿¡Estás bien!?

— Estoy bien, estoy bien, no se preocupen — respondió, llevándose ambas manos a su frente raspada y conteniendo un par de lágrimas. Algunos estudiantes que habían presenciado su acto de torpeza pasaron riendo disimuladamente (si con "disimuladamente" nos referimos a que parecían hienas ahogándose).

— Chocas despierta pero caminar dormida a la perfección. No lo puedo creer — murmuró Kyouya, rozando hombros con ella al pasar para ir a su clase, seguido por su mejor amigo rubio.

— ¿Eh? ¿De qué está hablando ahora? — preguntó Hikaru. Todos se encogieron de hombros.

— No le hagas caso, está loco. Vámonos a clase — apremió Mildred, empujando a los gemelos por la espalda —. Mori ¿seguro que no…?

De nuevo el chico cortó su oración con un movimiento de cabeza, dándole unas palmaditas en la coronilla como despedida antes de irse a su edificio universitario, con Honey en hombros.

Podría descender a sesenta grados bajo cero y ella seguiría derritiéndose de amor ahí mismo.


Trataba. De verdad trataba de escuchar la platica de Tamaki sobre sus descabellados planes (tenía que de qué aventura disparatada plebeya sería parte el fin de semana y preparase, o encontrar alguna manera de evadirlo) pero el simple hecho de mantener la cabeza arriba era una tarea demasiado difícil en esos momentos.

— ¿Te sientes bien, Kyouya? — ya se había tardado en darse cuenta que su compañero de banca no le estaba prestando atención.

— Cinco minutos. Sólo cinco — y sin poder soportar más, reposó la cabeza sobre el escritorio, escondiéndola entre sus brazos. Su portafolio de repente se había convertido en la almohada más deliciosa del mundo.

Permitirse cerrar los párpados un momento para descansar sus ojos fue el peor error que pudo haber cometido. Cuando el profesor llegó y era momento de abrirlos, Kyouya ya estaba perdido en el quinto sueño.

Despertó lo que a él le parecieron tres segundos después, por causa de un librazo que hizo temblar su mesa. Había salido de su tan agradable sueño para regresar a la realidad, en donde el señor Hikes le dedicaba una mirada asesina, agarrándolo desprevenido y con una ligera gota de saliva en la comisura de su labio.

Pero que horrible manera de comenzar el semestre.

— Ootori, al parecer no lo has notado, pero tus vacaciones terminaron ayer. ¿Crees que puedes darte el lujo de holgazanear sólo por ser el primer día de clase?

El pizarrón ya estaba lleno de anotaciones. ¿¡Cuánto tiempo había pasado!?

— Lo lamento mucho, señor Hikes. No volverá a pasar — de disculpó, pero sin mostrarse intimidado, consciente de los diecinueve pares de ojos sobre él.

— De no ser porque es mi mejor alumno ya estaría estrenando los pases a la sala de detención, pero por ser mi mejor alumno lo dejaré pasar con sólo una baja de puntos el día de hoy. Más le vale que no vuelva a ocurrir; este es un centro de estudio, no de descanso.

— Entendido. No volverá a ocurrir, señor.

En el instante en que el profesor le dio la espalda, él le dedico una mirada a Tamaki, de esas con la que sabe bien que cualquiera se queda helado, para después rematar desviándola hacia enfrente, sin darle oportunidad de gesticular su disculpa por dejar que una de las mayores vergüenzas de su vida ocurriera.

Medio minuto después un letrero apareció frente a él:

"Lo siento, lo siento, lo siento. Te veías tan cansado, y cuando traté de despertarte fue imposible. ¡Por favor PERDÓNAME!"

Y en la esquina de la hoja un dibujo de Kuma-chan lo miraba con ojitos suplicantes.

Miró a su amigo de reojo; tenía los mismos ojitos suplicantes que el osito dirigidos hacia él.

Ah, no entendía cómo siempre podía ganarle de esa forma, pero decidió dejar pasar el incidente.

Después de todo era culpa de Mildred.

Esa tonta y extraña chica.

Fue duro, todo un reto, pero logró mantenerse despierto la siguiente media hora. Jamás se había sentido tan feliz de escuchar la campana del almuerzo. Ahora podría ir a la cafetería, no, mejor mandar a Mildred a la cafetería a comprarle un café caliente y bien cargado que lograra mantenerlo alerta por lo menos hasta el fin de la próxima hora.

Pero su súbdita no aparecía en ningún lado.

— Cuando nos dimos cuenta ya había salido del salón — fue la respuesta de los gemelos cuando Kyouya preguntó por ella, ya formado en la larga fila para pedir su orden.

— Yo la vi cerca de la biblioteca. Le regresó su abrigo a Mori y se fue — dijo Honey, uniéndose a la conversación de repente.

Resopló enfadado. Cómo odiaba esperar, entre ese montón de personas, perdiendo su tiempo valios…

Todo su discurso mental de queja hacia el servicio de cafetería escolar se vio interrumpido en cuanto divisó, entre la multitud, los ojos más hermosos y azules que hubiera visto jamás. Pestañas largas, perfectamente rizadas. La dueña de esas bellas joyas no llevaba uniforme —así que seguramente era universitaria—Tal vez sólo un año superior. Su cabello castaño era lacio y corto, poco por debajo de la barbilla.

— Disculpe, señor ¿sí va a ordenar? — la voz de la cajera le sacó de su ensimismamiento.

Cuando terminó de ordenar, aquella hermosa mujer ya se había esfumado.


Al salir de la cafetería un chiflonazo gélido les saludó con energía, colándose entre sus ropas y haciéndolos temblar. Kyouya vio a Tamaki de reojo, abrazando a Haruhi para cubrirla del frío, y no pudo evitar pensar en Mildred y en qué demonios estaría haciendo en esos momentos.

— Nos vemos a la salida — se despidió de sus amigos, alejándose rápidamente para no tener que dar explicaciones, y caminó por los pasillos hasta la biblioteca. Saludó con un movimiento de cabeza a la bibliotecaria y siguió su camino, paseando por los estantes. Apenas era el primer día de clase así que si estaba ahí era porque quería, y en ese caso la sección de ciencia ficción y fantasía era un buen lugar para buscarla.

Ningún resultado.

Trató en la sección de literatura clásica, tal vez, pero nada.

Fue hasta tres secciones después, en el pasillo de Historia, que percibió señales de vida marciana (o lo que la especie de Mildred fuera) debajo de una de las mesas de lectura más alejadas. Era un bulto de tela marrón con cabello rizado que respiraba tranquilamente, dormida sobre la alfombra.

— Mildred…Mildred, despierta — le llamó entre susurros, zarandeándola ligeramente.

— ¿Eh? — abrió los ojos poco a poco, girando el cuerpo ligeramente para ver quién acababa de interrumpir su cita con Morfeo — Ah, sólo eres tú.

— Mil…¡No te recuestes de nuevo! ¡Mildred! ¡Este no es lugar para la siesta!

— Vamos, no dormí nada. Tú tampoco. Nadie viene por aquí, da igual.

Se hizo un ovillo de nuevo y no volvió a hacerle caso.

Es verdad; no había descansado mucho. Por el jetlag los últimos días de vacaciones habían sido un desastre respecto a los horarios de sueño. Mildred había encontrado unas pastillas muy eficientes que lo dejaron roncando en menos de un minuto, pero justo esa noche su mente decide jugarle una mala pasada y la chica aparecer en su cama a media noche.

Wow, no sabía que la alfombra de la biblioteca era tan cómoda…

¿En qué momento se había acurrucado debajo de la mesa también?


Esta vez no se interrumpió su sueño bruscamente; fue más como una sensación a sus espaldas que fue llamándolo poco a poco de vuelta a la realidad. Un vibra desagradable y furiosa. Su mente le mandó un mensaje de alerta.

Se volteó y abrió poco a poco los ojos. La imagen de un hombre frente a él se iba haciendo más clara.

Estaba enojado.

El señor Hikes.

— Creí que le había dicho que no toleraba la holgazanería, señor Ootori.


Con ese sueño rejuvenecedor en el piso de la biblioteca se sentía más fresca para la siguiente clase, dispuesta a aprender, con ánimos de ser la mejor alumna en la materia, pero pasados diez minutos de álgebra avanzada toda esa vitalidad se había esfumado. Se había ido lejos.

Muy lejos.

Hasta la Antártida.

— Es el primer día, no puedo creer que nos esté haciendo tomar todas estas notas — se quejó con Kaoru, inclinándose un poco para hablarle en el oído.

— Es una tortura, nos lo advirtieron los de semestres superiores: la señorita Satillon los hará llorar.

Mildred recargó la frente en la banca; era mala con los números, mala con ganas. Así que en vez de poner algo de esfuerzo para no salir con notas tan deprimentes se dedicó a lloriquear internamente, ideando métodos de trampa para los próximos exámenes. Se sentía sucia al copiar en otras asignaturas (a veces) pero en esa sólo le interesaba sobrevivir y terminar.

Cuando sonó la campana, ella ya tenía más que listas sus cosas para tomarlas inmediatamente y salir huyendo de ahí hacia la cafetería. Tanto blábláblá matemático hacía que le diera mucha hambre. Aún quedaban unos minutos para su siguiente clase (Redacción. El profesor era famoso por retrasarse siempre) así que tenía tiempo de ir a comprar uno de esos bollos rellenos de chocolate que vendían en la cafetería del edificio B. Se agarró la falda para prevenir cualquier accidente que el viento gélido pudiera provocar y cruzó el tramo hasta el edificio de al lado.

Ya con el panecito en las manos, se escondió detrás de las escaleras donde nadie la viera ensuciarse de relleno y pudiera saborear su postre en paz, sin que nadie fuera burlarse de…

— ¿Mildred?

Levantó la mirada, sorprendida, encontrándose con un par de enormes ojos verdes mirándola, divertidos.

— O-Oliver.

Su corazón dio un brinco de alegría. Le dedicó una sonrisa enorme, pero se tapó la boca al instante; acababa de mostrarle sus dientes llenos de chocolate, así como sus labios y sus dedos. Con su servilleta (ya manchada) trató de limpiarse lo mejor que pudo.

Oliver rió sin pizca de burla.

Sacó un pañuelo desechable de una de las bolsas laterales de su mochila y Mildred levantó la mano, creyendo que se lo entregaría, pero él mismo ya había comenzado a tallarle la cara como si de una niña pequeña se tratara.

— Hace mucho que no veía una escena tan adorable — dijo, entre risitas, pasando el kleenex por la comisura derecha de su labio — Te extrañé.

Mildred tembló bajo su tacto, se sonrojó ante sus palabras que habían sonado tan dulces. Esperaba un "hola", alguna pregunta sobre vacaciones, pero en vez de eso el chico llega directo a acariciarle la cara (algo así) y a decirle que la había extrañado, así nada más, sin ninguna advertencia para que ella tuviera tiempo de preparar su procesador de información.

Te extrañé.

Definitivamente ella lo había extrañado también, pero después de su mente llena de otros pensamientos sobre seres oscuros los últimos días apenas se daba cuenta.

Al parecer el chico no había dicho lo que dijo del todo consiente y se percataba apenas ahora. Sus mejillas ahora hacían juego con su pelirroja cabellera.

Terminó de limpiarle la cara rápidamente y alejó su mano temblorosa.

— Listo.

— ¿Gustas?

Claro, Mildred, ofrécele tu pan, todo desbordante de chocolate y mordido en medio de tus dedos sucios, eso se ve súper femenino y dulce, ¿por qué no mejor se lo estampas en la nariz y le dices que puede tomarlo de ahí?

No había terminado de reprocharse mentalmente cuando Oliver ya estaba sonriéndole dulcemente de nuevo.

— Tal vez un pedacito.

Y así sin más, se inclinó un poco para darle una mordida.

— Está bueno, eh. Tal vez vaya por uno más al rato — comentó contento.

Tenía la barbilla toda manchada.

— Creo que tú también necesitas un pañuelo ahora — rió, señalándole la cara.

Él también soltó risas, sacando otro pañuelo y limpiándose, dejando a Mildred con las ganas de hacerlo ella misma y tocarle el rostro.

— No te había visto hasta hoy— dijo Oliver después de tirar los pañuelos en un cesto, mientras caminaban a paso lento por los pasillos — ¡Y eso que somos vecinos!

— Hemos quedado en grupos separados este semestre — suspiró, dejando ver sólo una cuarta parte de la decepción que sentía por ese hecho.

— Es una lástima — asintió Oliver. — Pero dime, ¿cómo te fue estas vacaciones?

Fue una montaña rusa girando a toda velocidad alrededor de la cabezota de Kyouya Ootori, montando las curvas de mi abuelo rico malvado, donde lo único bueno había sido ver a Mori sin camisa.

— Pues bien. Nada demasiado emocionante, la verdad — se limitó a decir — ¿Qué tal tú?

— Viajé a Japón en Navidad.

— ¿De verdad? — fingió sorpresa. Estaba completamente consciente de su viaje, así como lo atractivo que se había visto en la fiesta y lo duro que había sido observarlo de tan lejos.

— Sí. De hecho vi a ese chico con el que siempre estás, Kyouya Ootori. — al pronunciar esa oración su tono de voz había cambiado a uno algo incómodo y…molesto — La fiesta era suya. Los gemelos también estaban ahí.

— Oh…¿y estuvo bien?

— Los Ootori saben dar buenas reuniones, tengo que serte sincero.

— Genial. Me hubiera gustado asistir.

— Me hubiera gustado que lo hicieras.

Un silencio incómodo cayó sobre ambos dolorosamente, como un bloque de cemento.

— E-es decir, para tener alguien con quién charlar. — trató de remediar su, para Mildred, hermosa metida de pata — La mayoría de la gente era asiática y no entendía nada de lo que me decían, a veces ni siquiera cuando me hablaban en inglés.

Cleo que eso debió de sel un selio problema, señol Olivel— se burló Mildred, con una mala imitación del acento que le ponían a los asiáticos en las películas — ¿Gusta comel un poco de aloz?

Oliver se carcajeó con ganas.

— ¡Aunque no lo creas, fue algo parecido a eso!

— ¿De verdad?

— ¡Sí! Una señora se acercó y me dij…

De repente fue bruscamente interrumpido por el timbre que anunciaba la hora de ir a la siguiente clase.

— ¿Te parece si termino de contarte la historia mañana después de clases? Quiero saber también sobre tus vacaciones.

Mildred asintió, sin importarle que viera toda la euforia que la había embargado con esa simple propuesta.

— Genial — sonrió, más ampliamente que antes — Nos vemos a la salida. Te invito a comer. Conozco un lugar delicioso que sé que te va a gustar.

— Me parece perfecto.

Se despidieron con la mano. Mildred no la bajó hasta que Oliver se perdió en la puerta de su aula, y ella pudo dar unos cuantos saltitos de emoción.

Es una cita.

Dio media vuelta, dispuesta a ir a su clase a no poner nada de atención y armar un escenario romántico con Oliver en su mente toda la hora, pero algo suave atacó violentamente su cara de manera inesperada.

Al quitarse la tela de encima se vio obligada a enfrentar a un Kyouya con ojos chispeantes de furia.

— Hola, Kyo…

— ¿Por qué lo hiciste?

— ¿Eh? ¿Hacer qué?

— ¡Dejarme ahí, dormido en la biblioteca con esta cosa encima! — señaló la tela café que le acababa de lanzar a la castaña.

Mildred se mordió el labio.

— Tanto tú como yo no hemos dormido nada bien, y te veías muy cómodo…no tuve el corazón para despertarte. Pensé que era mejor que te quedaras ahí a recuperar algo de energía, así que te tapé con esto para que no pasaras frío…

— Si, bueno, hubiera sido mejor que pensaras un poco y me despertaras a que el que interrumpiera mi sueño fuera el señor Hikes ¡Con un reporte por estar holgazaneando en "lugares con propósitos de estudio"! — sacó de su bolsillo un arrugado pase de detención y se lo puso en las narices a Mildred.

— Eh ¿también te han dado uno de esos? ¡A mi me lo dieron por dormirme en "la hora de aprendizaje", en la primera hora! No estarás solo, no te preocupes. — dijo, como si de una reunión social se tratara.

Kyouya se pasó la mano por el cabello con exasperación, quedando un poco despeinado. Sólo un poco. Ella jamás lo había visto hacer eso antes.

— ¿Y esa…cobija sucia? ¿De dónde la sacaste?

— Del taller de teatro. Me inscribí esta mañana, antes de entrar a clase. — comentó contenta, como si no tuviera a un toro humano de siete cuernos frente a ella.

Trataba de contener la calma. De verdad no estaba de ánimos para pelear, sobre todo después de el momento tan lindo que había tenido unos segundos atrás. Además, sabía que si ella explotaba, Kyouya explotaba peor. Probablemente si ella mantenía la calma podría controlar a la bestia.

El pelinegro se llevó dos dedos a la sien.

— ¿Por qué nunca puedes hacer algo inteligente en tu vida, Mildred?

Ahora sí la hizo enfadar y sus esfuerzos de llevar el juego en paz se fueron por el drenaje.

— Sólo trataba de hacer algo lindo por ti, porque sé lo mal que lo has pasado con respecto a dormir.

— Ah, mira, pero qué alma tan buena — escupió, sarcástico — Como no me dejas dormir en la noche me abandonas durmiendo ¡en la biblioteca!

— Bueno, yo no te dije que te acostaras ahí ¿verdad? — soltó, saliéndose de sus casillas. — ¡Deja de echarme la culpa de todo!

— Yo te culpo de lo que me venga en gana. De eso, de la guerra, de el calentamiento global ¡te culpo de todo! — finalizó, marchándose a paso pesado a su siguiente clase.

— ¡Nos vemos en detención! — le gritó antes de darse media vuelta y echarse a correr.


El profesor de Redacción era una persona muy agradable. Tanto que Mildred se sintió culpable de no estarle poniendo atención, pero es que de todos modos ella tenía demasiadas cosas en su cabeza como para concentrarse en algo más.

Se sentía avergonzada, y mucho, de haber creído, aunque ella se lo negara, que sentía algo por Kyouya. Es decir, era una idiotez, ahora quedaba bien claro, sobre todo después de volver a cruzar palabras con Oliver y poder comparar un momento con el otro.

Su teoría del veneno en su bebida ahora quedaba más que confirmada.

Claro, tenía que seguir convenciéndose de eso.

Y de que cuando llegó en Navidad a acompañarla había sido para distraerla de sus verdaderos planes malvados.

Y que cuando le había devuelto ese abrazo con tanta fuerza, mientras derramaba lágrimas que seguramente eran falsas, trató de clavarle una daga en la espalda pero su hermana interrumpió justo a tiempo.

Sí.

Porque Kyouya era malo.

Muy malo.

Y en definitiva no se estaba enamorando de él.


A las dos con diez Kyouya ya estaba parado frente al aula E-15. Se encontraba a tan solo dos pasos, pero cuando trató de acercarse un poco más sus pies no le respondieron. Quería esperar a que algo extraordinario ocurriera y le impidiera entrar a ese horrible lugar. Que Hikes llegara y le dijera que estaba perdonado, que temblara, que se lo tragara la tierra.

Se sentía nervioso, con el orgullo aplastado. Ninguno de sus hermanos habían estado ni cerca de pisar la zona de castigo, y él lo había logrado de una manera muy estúpida.

¿Qué diría su padre si se llegara a enterar? Seguramente lo haría tarde o temprano.

Su mano tembló un poco al levantarla y acariciar el pomo de la puerta. Estaba helado.

Cuando por fin pudo cruzar la entrada, se apresuró a llegar al asiento más alejado, hasta el fondo. El lugar estaba vacío ¿de verdad él sería el único ahí durante esas dos horas?

Obtuvo una respuesta negativa a esa pregunta al ver entrar a su esclava y Oliver, charlando animadamente. Ella entró e hizo vista gorda de su presencia, ignorándolo olímpicamente, aun cuando se sentaron en las sillas de enfrente.

La profesora Strait entró un momento después, exigiendo silencio y que los dos amiguitos se separaran de inmediato, mandando al chico seis filas más lejos. Respecto a Kyouya, ni siquiera pareció reparar en él.

Aprovechando su aparente invisibilidad para la mujer, sacó un libro de su mochila y lo posó en su regazo para leer un poco, pero su vista se desviaba demasiado. Cuando se daba cuenta estaba prestándole más atención a la manera en la que Mildred le sonreía a Oliver desde lo lejos y se lanzaban mensajes hechos bolita. La profesora estaba demasiado inmersa en su volumen de Teorías de Aristóteles para darse cuenta.

Pero qué infantiles.

Kyouya cerró su libro, arrancó una hoja de su libreta lo más silenciosamente que pudo y comenzó a escribir:

"¿Qué es tan divertido de esto? Ya compórtate."

Y se lo lanzó al mismo tiempo que el otro chico. Le respondió a él primero.

"Kyouya, no seas chismoso."

"Sólo quería saber por qué te reías tanto con Oliver. ¿Qué es tan gracioso?"

"No es de tu incumbencia"

Kyouya siguió insistiendo, molestándola con cualquier tontería, repitiéndole lo infantil que era enviarse recaditos de esa manera, como niños de primaria. Le echó un vistazo a Oliver de reojo; él volteaba a ver a Mildred discretamente, esperando a que le contestara. Llevaba diez minutos concentrada en contestarle a Kyouya y no a él.

El Rey de las Sombras sonrió con satisfacción.

"¿Por qué te inscribiste al club de teatro?"

"En cuanto te inscribes te dan tu copia de llave para el baúl de disfraces y yo necesitaba una cobija."

"¿¡De verdad sólo por eso!?"

"Además siempre quise salir en una producción escolar."

"Para esas cosas eres más tímida que una avestruz."

"Uno supera sus miedos, Kyouya". A un lado del mensajito había una pequeña representación de Mildred usando capa de superhéroe, sobre un pequeño mundo.

"No sabes actuar."

"¿¡Tú qué sabes!? Ò_Ó"

"Porque tratas de hacerlo conmigo cada vez que haces algo malo y NUNCA LOGRAS OCULTAR LA VERDAD"

"Eso es porque tú lees mentes D:"

"Deja de usar esas caritas, no seas inmadura"

"Cállate (:"

Le respondía cada siete minutos a Oliver, pero cada veinte segundos a Kyouya. Así hasta que el castigo terminó y ella tomó su mochila y corrió en dirección al pelirrojo para salir juntos del aula.


El golpeteo de la lluvia congelada en su ventana lo arrancó fuera de su pesadilla. Estaba cubierto en sudor frío y sentía como si su corazón palpitara desenfrenadamente en muchas direcciones.

Se sorprendía de lo macabro y traicionero que podía ser su subconsciente.

Esta vez fue Tamaki, tendido en el suelo, acuchillado por unos vándalos en su propia casa. Kyouya había llegado justo a tiempo para presenciar el último aliento de su mejor amigo y ver como su piel perdía todo rastro de color. Todo había sido demasiado real y palpable. Tan horrible que, a pesar de haber despertado, sentía muchas ganas de llorar por la simple imagen que seguía grabada en su cabeza…

— Vamos, Kyouya, no seas un bebé — se reprochaba, avergonzado de su propio comportamiento —. Vuélvete a dormir…

Estaba por tomar la cobija y cubrirse de nuevo, pero éstas mágicamente se le adelantaron. Por un instante, tan sólo un milisegundo, la loca idea de ser víctima de un ser paranormal aterrizó en su mente, pero la expulsó de inmediato, sin siquiera darle oportunidad de infundirle pizca de miedo.

Con los ojos medio ajustados a la oscuridad logró distinguir la silueta de un bulto debajo de sus cobijas, a la orilla de la cama.

Se puso de pie y corrió hasta el interruptor, pero al parecer el granizo acababa de estropear el sistema de electricidad del edificio.

Abrió las persianas para ayudarse con algo de luz exterior, aunque sabía perfectamente de quién se trataba.

— Mildred — le llamó, agitándola sin pizca de delicadeza. Aún así la chica no respondió — ¡Mildred Farrow!

La intrusa soltó el ronquido más fingido en la historia de ronquidos fingidos, delatando su estado de completa consciencia.

— ¿¡Estás despierta!? — sin darle otra oportunidad, empleó un poco más de fuerza para tirarla de la cama hecha un rollo de sábanas.

— ¿Eh? ¿Qué pasa? ¿Dónde estoy? — decía con su ya usado (e inútil) intento de fingir demencia.

— ¿Qué – demonios – haces – en – mi – habitación? — exigió saber, con su nivel de enfado incrementando cada 0.5 segundos.

— ¡Caminé dormida de nuevo, Kyouya, lo juro! ¡No sé qué está pasando conmigo!

— Estabas completamente despierta hace unos momentos, Mildred. Y no parecía que tuvieras intención de irte.

La luz exterior permitió ver a Kyouya como su indeseada acompañante se ruborizaba.

— Bien — resopló —, caminé dormida, no miento, pero cuando desperté al parecer estabas teniendo una pesadilla, te veías muy agitado, así que decidí quedarme por si era realmente necesario despertarte en algún momento.

Kyouya entornó los ojos.

— Bueno, muchas gracias, ya estoy despierto, ahora lárgate.

— ¿Pe-pero qué tal si tienes problemas con eso de nuevo? ¿No quieres que te prepare un té?

— ¿Con qué luz pretendes hacer…? ¡No, Mildred, ya vete! — la tomó de los hombros y la fue guiando fuera de la habitación hasta la puerta de entrada. El pasillo exterior estaba aún más oscuro.

— Kyouya, por favor — su tono era de verdadera súplica — me quedé porque no hay luz. Todo el edificio está oscuro. No soporto no poder ver nada, me hace sentir encerrada, atrapada, y estás consciente de mi claustrofobia. Te lo suplico, déjame quedarme, no puedo regresar, por favor, en el sofá...

El chico lo pensó un segundo; ¿La chica que todavía lo acusaba de intento de violación quería quedarse ahí con él? Su miedo debía ser realmente grande…

Pero de todos modos de su boca salió una negación.

— No — respondió con firmeza, sin el más mínimo tono de compasión — No, Mildred, no seas cobarde, vete.

— Ay, Kyouya, por favor, me la debes.

— ¿Te la qué? — enarcó una ceja.

Mildred se mordió el labio.

— M-me la debes. Ya sabes, por cuidarte…mientras dormías…en la biblioteca…

— ¡Hiciste que me castigaran!

— ¡Ay, Kyouya! ¿Qué es un castigo cuando lo pasas bien con tus amigos? — soltó con un falso tono de camadería.

— ¡Vete ya!

— ¡Kyouya!

— ¡Ya!

Antes de que pudiera seguir alegando, la puerta se cerró en sus narices.

Ogro. Maldito guapo y gruñón ogro. Pudo haberla dejado en el sofá ¿Qué demonios le pasa a ese chico?

¿Qué demonios pasa con ella?

Dejó a un lado el frío del Rey de las Sombras; tenía que seguir. Pegó una mano a la pared mientras con la otra tanteaba al frente, avanzando lentamente hasta las escaleras. Cuando por fin llegó, le atacaron las ansias y aceleró un poco el paso. A mitad del camino dio un mal paso y bajó los escalones que quedaban rodando. Ese turbulento viaje hasta el suelo lo había sentido mucho más largo de lo que fue, como si hubiera sido un recorrido hasta el mismo infierno. Dolía como si así fuera.

Le tomó unos segundos poder recuperar el aire que el golpe le sacó. Luego permaneció en el suelo unos minutos más, agonizando de dolor y callando su llanto lo más que podía. Esperaba no haberse fracturado nada.

Gateó hasta su departamento, esperando que nadie saliera y se tropezara con ella en el camino. Con mil y un esfuerzos echó llave a la cerradura una vez dentro, pero no fue capaz de ponerse se pie; la espalda y su tobillo derecho la estaban matando. Tomó los cojines del sofá y durmió las horas que le quedaban tumbada en el suelo.


+ Espero que les haya gustado después de todo. También les pido algo de paciencia y comprensión porque ando súuuper oxidada y estoy echándole ganas para agarrar el ritmo y mejorar.

¡Me esforzaré para leerlas pronto de nuevo!

Ya saben, cualquier errorcillo que encuentren háganmelo saber en los comentarios para corregirlo de inmediato.

¡Un abrazo enorme!