Capítulo 3

Era medianoche aproximadamente. En la azotea había unos farolillos que alumbraban el lugar aunque –otro gran descubrimiento –podía ver perfectamente a oscuras. Félix me confesó que estaban solo para causar buena impresión.

Nos sentamos a ver las vistas. Nunca lo reconocería, pero en esos momentos casi me sentía relajada. Así que decidí empezar por las preguntas menos incómodas.

- ¿Dónde estamos? Geográficamente hablando, claro.

- En Volterra, en Italia.

Intenté que no se me notara la sorpresa. Tenía una preocupación mucho más mayor.

- ¿Cuánto tiempo hace que estoy aquí?

- Tres días y veinte horas exactamente –respondió mirando su Rolex dorado.

- No somos humanos –afirmé, recopilando en mi mente todas mis nuevas habilidades.

- Ni por asomo –sonrió Félix. Me costó un rato asimilar aquello. Quizá esperaba que me hubiera dicho que sí -¿Quieres saber lo que somos?

Asentí cautelosamente.

- Vampiros –susurró.

Pensé que bromeaba, pero su semblante era serio y pensativo.

- Los vampiros no existen –contrataqué. Simplemente no tenía sentido.

- Vamos Bella piénsalo un poco. Velocidad, fuerza, belleza inigualable… Te lo demostraré.

- ¿Cómo? –insistí, pero él ya se había ido y estaba de vuelta. Consigo traía a una joven asustada.

- No tengas miedo –le dijo un Félix sonriente acariciándole la mejilla.

Pero yo no oía nada más que el latido de su corazón, y el bombear de su sangre. Una ligera brisa pasó, permitiéndome saborear su olor. La garganta me estalló en llamas ante semejante manjar.

Se me escapó un ronroneo de placer, dejándome llevar totalmente por mis instintos. Félix se apartó, y yo la ataqué.

La humana intentó huir del lugar, pero al instante la alcancé con mi nueva velocidad.

- Eso no te servirá de nada –apunté con voz ronca, la voz de un asesino. No pude resistirme.

Su cuello era tan blando como la mantequilla. Mis sentidos estaban centrados ahora en la sangre que brotaba de su arteria carótida, mi principal objetivo. Noté que se moría cuando su corazón apenas estaba latiendo. Sin embargo, no me importó. Rematé el trabajo relamiendo mis labios, y sintiéndome orgullosa de mí misma. La chica, por su parte, se encontraba inerte en el suelo, totalmente desangrada.

Minutos después, cuando la neblina que ocupaba mi mente se despejó, mis ojos contemplaron horrorizados el espectáculo.

- ¿Esto lo he hecho yo?

- ¿Acaso no lo viste? –dijo indiferente por mi tono.

- Pero está muerta. La he matado. –lamenté sollozando. Lo único que veía era su cara de horror, horror de mí.

- Así será a partir de ahora, Bella. ¿Te duele la garganta?

- Mucho menos que antes –reconocí a mi pesar. Aún me quemaba, pero no ni de lejos como hacía menos de 3 minutos.

- ¿Ves? Esto –señaló el estropicio del suelo –es algo que está en tu naturaleza. La comida humana ya no te sustentará.

- Soy un monstruo… -suspiré derrotada. Una parte de mí se retorcía de placer por haber arrebatado su vida. Mi garganta llameaba cada vez que revivía el momento.

Poco a poco, empecé a asimilar las cosas. ¿Un vampiro? Pensé confundida. Palpé mi dentadura buscando algo que revelase lo contrario. Mis colmillos sobresalían un poco de entre los demás dientes, no excesivamente, pero aun así, sobresalían. Tal y como había sospechado desde un buen principio, no era humana. Aunque tampoco había pensado en vampiros.

- ¿Por qué yo? –quise saber.

- Simplemente, estabas en el lugar equivocado y en el momento equivocado –admitió con sencillez.

- Cuando era humana solía tener muchos accidentes –intenté recordar algún ejemplo, pero sentía como si estuviese buscando en agua empantanada. –De todas formas, ¿cómo he llegado hasta este punto? Es decir, ¿quién…?

- Íbamos a por un neófito (un vampiro recién convertido, como tú ahora) –me cortó –porque estaba causando mucho alboroto por la costa oeste. Demetri es de lejos el mejor rastreador del mundo –admitió esto último como si no le gustara en absoluto –y le localizó en Phoenix. Estaba alimentándose de una chica; de ti.

- Continua, por favor –le apresuré. Tenía que saber.

- Demetri le mató, pero el daño ya estaba hecho, estabas en transición –así es como se crea a uno de los nuestros, añadió al final –Demetri te acogió y te llevó a Volterra. Eso me sorprendió bastante…

- ¿Por qué? –pregunté curiosa y conmocionada al mismo tiempo.

- Demetri solo piensa por sí mismo. Quiero decir, todos lo hacemos, pero él es exagerado. Y cuando te trajo, estabas en muy mal estado. Él te dio una habitación y cuidó de ti. Normalmente los solemos matar antes de que den problemas. Un neófito es muy inestable, como ya habrás podido comprobar.

Tenía que encargarme de agradecer a Demetri lo que había hecho. Pero al mismo tiempo, una pregunta salió de mis labios:

- ¿Cómo se mata a un vampiro?

- Chica lista –observó –. La manera más eficaz es desmembrar y luego quemar los trozos.

- ¡Eso es asqueroso! –me imaginé la situación e hice una mueca. -¿Qué hay del Sol, de las estacas y del ajo?

- Mitos –dijo sin importancia –.Las estacas se rompen al impactar con nuestra piel dura como el cemento y el ajo simplemente huele fatal, como toda la comida humana. El Sol no nos daña, pero ya te encargarás por ti misma de descubrirlo. Siempre que no sea delante de humanos claro –aclaró giñándome un ojo.

Me reí mientras procesaba lo que acababa de decir. Daba a entender que éramos inmortales.

- Félix, ¿Cuánto tiempo hace que eres un vampiro?

- En octubre haré 650 años. Quedan unos cinco meses más o menos.

- Sobreviviste a la peste bubónica –bromeé con asombro. Y yo que solo tenía cuatro días…

- Jane me convirtió antes de que me matara. Dijo que seria el más fuerte. Y lo soy –me informó con gesto triunfal.

- ¿Qué es eso de los dones? ¿Qué don tiene Jane, y Aro? ¿Y yo?

- Muchas veces después de transformarnos tenemos una habilidad única, que no todo el mundo posee. Aro puede saber todo lo que ha pasado por tu mente en solo tocarte, y Jane… te tortura con el pensamiento –acabó susurrando por el amenazante gruñido que salió de mis labios. Era un neófito al fin y al cabo.

- Pero tú no tienes que preocuparte –me tranquilizó -. Jane no funciona contigo.

- Más que un don diría que lo suyo es una maldición –despotriqué.

- Jane es muy letal –negó Félix. En sus ojos había una profunda devoción -. Gracias a ella los vampiros están bien controlados. Excepto algunos casos, claro.

- ¿Te gusta estar en la guardia? –pregunté sabiendo la respuesta.

- Es un honor entre los vampiros. Muchos están ahí porque se han ofrecido ellos mismos. Marco te ha aplaudido y Jane ha sido derrotada por primera vez. No es de extrañar que estén intrigados contigo.

- Ni yo misma sé si tengo un don, o es que soy un bicho raro –reconocí. Félix soltó una carcajada que resonó por todo el lugar.

Otra pregunta surcaba de mis labios antes de reaccionar:

- ¿Sabes de dónde han salido mis ropas? –si hubiese sido humana, me hubiera ruborizado un poco.

- Heidi se encarga del tema de la ropa. Estoy seguro de que la reconocerás –respondió divertido.

Como no tenía más preguntas, continuamos mirando el paisaje, hasta que me levanté lista para irme de aquel lugar.

- ¿A dónde vas? –me frenó alarmado cuando disponía a irme.

- A dormir –repuse confundida. Qué pregunta tan estúpida, pensé.

Pero Félix encontró algo gracioso y empezó a reírse hasta que vio mi semblante y soltó una serie de carcajadas que pudieron alertar fácilmente a los demás vampiros. Automáticamente, una furia se apoderó de mí y empecé a verlo todo rojo.

- ¿Qué es tan gracioso? –quise saber temblando. Unas convulsiones se habían apoderado de mi cuerpo y mi boca empezó a fabricar veneno.

- Los vampiros no duermen –repuso serio y en tensión. Noté por su respiración que estaba listo para amordazarme si atacaba.

- ¿A, no? –la confusión me sacó de aquel estado, pillándole desprevenido. –Pues me voy a Phoenix con mi madre y Phil –decidí entusiasta. Aplaudí por mi genial idea.

Félix ya estaba frenándome otra vez.

- ¡¿Acaso no has oído todo lo que acabo de decir!? Eres peligrosa, Bella. Tú sola podrías causar una masacre entera. Además, eres inestable.

- Pero yo quiero ver a mi madre, debe de estar preocupada por mí… Y Charlie –me acordé de mí padre, exiliado en un pueblecito… Que no me acordaba como se llamaba.

- Es imposible, Bella. Para tu familia estás muerta, esto es como un nuevo comienzo, una nueva vida.

Me vi reflejada en sus ojos, como de estar alegre y decidida me enfadaba, para luego estar decepcionada y muy, muy triste. Sí, tenía razón. Era demasiado peligrosa.

Asentí a Félix mientras me iba, bajando las escaleras de caracol hacia la habitación que Demetri había conseguido para mí. Rompí el pomo de la puerta ya que no calculé mi fuerza, pero no me importaba.

Pasé toda la noche y la siguiente semana encerrada en mi cuarto. Félix me traía un humano a la habitación de vez en cuando, para asegurarse de que me alimentaba bien. Pero todo empeoraba cuando veía el cadáver de mi victima, hasta que se lo llevaban. Pensaba en mi familia, en los poco que recordaba y en todo el asunto de la guardia.

Corin vino a visitarme una vez ya que su habitación era la 11, es decir, la de enfrente, y según ella se aburría demasiado en su cuarto. Deduje que Félix la había amenazado para que me hiciese compañía.

Había tomado una decisión: quedarme. Sería de ayuda en la guardia, porque como Aro me había asegurado, era valiosa. Y ya que me habían dado la oportunidad de vivir, quería hacerlo. Y quería destacar, admití.

Después de bajar al salón de los tronos y comunicárselo a Aro, me dio un gran abrazo. Sonreí por primera vez en una semana, sintiendo que pertenecía a algo especial. Me entregó una capa y me enseñó donde todos entrenaban sus dones, en una clase de habitación insonorizada.

De camino a mi habitación conocí a Heidi, la dueña de mi vestuario. Ella se encargaba de traer a los humanos a nuestra vivienda, seducidos por su increíble belleza. Su poca estima por los humanos hizo que tuviéramos una amistad estrictamente profesional.

Días después descubrí que mi piel centelleaba a la luz del Sol (cosa que me encantaba) y empecé a alimentarme pese a mi desagrado, ya que era mi única opción.

Cada día entrenaba con Félix. Él me estaba enseñando a luchar. Decía: "primero físico y luego mental", todo el rato.

Al fin y al cabo, ahora era Bella Vulturi.