Adaptación de la novela "El señor del deseo", de Paula Quinn. Los nombres de los personajes corresponden a la serie animada Sailor Moon y a su creadora Naoko Takeuchi.


Porthleven, Inglaterra

Verano de 1064 d.C.

El carruaje se detuvo con brusquedad a un costado del camino de tierra. Lady Serena Tsukino asomó la cabeza entre las cortinas de la pequeña ventana para averiguar qué pasaba. Su delicada mano corrió la cortina de terciopelo; se podía ver su piel tersa y blanca contra el brillo rojo de la lujosa tela.

—Cochero, ¿por qué nos detenemos?

—Hay un árbol caído más adelante, mi señora. Debemos moverlo para poder continuar. Tomará un tiempo, me temo.

Molesta por la demora, pero queriendo aprovechar el magnífico día, Serena abrió impulsivamente la puerta del carruaje, deseosa de explorar los alrededores. Capas de lino azul cayeron en cascada sobre su refinada zapatilla antes de pisar el suelo del bosque. Sus ojos, tan azules como el cielo que vivía en la suave brisa, recorrieron los árboles que la rodeaban ostentando los brotes del verano. Respiraba el aroma fresco del rocío matutino cuando el caballo negro de Sir Nicolas pasó resoplando a su lado.

—Vuelva a entrar en el carruaje —ordenó, girando la montura para quedar frente a ella—. Puede ser peligroso estar aquí afuera.

Serena entornó los ojos y los clavó en el rostro siempre enfadado del guardia más confiable de su tío Artemis. Sir Nicolas se veía alto y amenazador en su montura, el brillo en la mirada revelaba su deseo de ponerla sobre sus rodillas y azotarla hasta que obedeciera. Ella bufó de sólo pensarlo. Nunca.

—Estaré bien, Sir Nicolas —le ofreció una sonrisa irreverente—, sólo ocúpese del árbol caído. Estoy ansiosa por regresar a casa con mi padre.

Mientras se alejaba, sintió cómo su mirada le quemaba la espalda pero lo ignoró y levantó el rostro hacia la copa de los árboles. Cerró los ojos y respiró profundo. "Hermoso", pensó, mientras una brisa suave le besaba las mejillas y pegaba un mechón sedoso de cabello dorado contra su frente. Se apartó el cabello con la mano, y dirigió una rápida mirada a Nicolas. Estaba ocupado ladrándoles órdenes a sus hombres. Los pasos de Serena eran imperceptibles y nadie notó cuando se escabulló entre los árboles.

Serena paseó por el bosque, tratando de esquivar las ramas añejas y apartar las enredaderas que se adherían a su vestido. Desde algún lugar a sus espaldas, podía escuchar a Sir Nicolas todavía gritando órdenes sobre la manera apropiada de levantar un árbol caído del camino. Feliz de estar fuera de su vista, comenzó a tararear. El malhumorado caballero había estado al servicio de su tío Artemis desde que Dios creara el mundo. Sir Nicolas era sumamente respetado, sobre todo por su padre, pero ello nunca había impedido que Serena discutiera con él en toda oportunidad que se le presentara. Por supuesto, ella no era la que comenzaba las peleas. Nicolas era un soldado viejo y endurecido por las batallas, que no aprobaba que las damas anduvieran a caballo, usaran botas o hablaran a menos que se les dirigiera la palabra. Ella todavía no sabía bien si el haber pasado el verano discutiendo con el comandante de su tío había sido malo o bueno. A la hija de Lord Kenji Tsukino, poderoso guerrero de Inglaterra, le gustaban las buenas peleas, al igual que a su padre.

Nada de eso importaba ahora. Al fin estaba regresando a casa con su padre y no podía esperar para verlo. Bueno, se corrigió a sí misma, podía esperar un rato más sólo para disfrutar de ese espléndido día. La recia voz de Nicolas persiguió a Serena por entre los árboles hasta un estrecho valle donde se mezcló con el canto de las aves azules en lo alto. El esplendor de la pradera alfombrada de jazmines amarillos y el azul de los linos la envolvieron. Serena sonrió y se levantó la falda para correr por el exuberante paisaje. Cayó de rodillas bajo la sombra de un viejo sauce y luego se recostó en la hierba crecida disfrutando los suaves pétalos amarillos y azules que le acariciaban las mejillas. Un extraño sonido llamó su atención. Al principio pensó que estaba soñando, se sentó y miró a su alrededor. Estaba sola en el valle. Una risa seductora recorrió el aire fragante y, como un canto de sirena, la llevó hacia un extenso grupo de arbustos de grosellas. Era maravillosamente provocativa. Sin duda, era la voz de un hombre, porque los tonos eran profundos y vibrantes. Pero a diferencia del sonido pedregoso de las voces de los hombres de la guarnición de su tío Artemis, esta voz no resultaba áspera a los oídos.

Serena se arrodilló entre los densos arbustos con el aliento entrecortado y separó las ramas. Definitivamente era un hombre. Flotaba de espaldas a sólo unos metros de distancia en una laguna pintada por la luz del sol y apartaba capullos de cornejo. La vista de su cuerpo desnudo encendió las mejillas de la joven y sus labios se separaron. Una luz dorada se reflejaba en los músculos tensos de un pecho y unos brazos bien esculpidos. Sumergió la cabeza hacia atrás, tomó una bocanada de agua y luego la lanzó hacia arriba como el chorro de una fuente. Serena suspiró mientras observaba la escena. Los árboles, cornejos rosados y blancos, rodeaban la pequeña laguna y liberaban sus frágiles flores ante la más mínima brisa. Como una nevada estival, cientos de minúsculos pétalos surcaban el aire y caían sobre el agua cubriendo toda la superficie. Y allí, en medio del paraíso, se hallaba el hombre más imponente que Serena hubiera visto jamás. Aunque nadaba solo en la laguna, jugaba como si hubiera otros disfrutando del día con él. Se sumergía en las profundidades cristalinas, entrando en un mundo que sólo él conocía. Allí bajaba como un pez besado por el sol, más y más hondo hacia su mundo privado.

Los minutos se alargaron mientras Serena observaba la superficie manchada por el sol buscando señales de él. Se puso de pie, alarmada, abandonó su escondite entre el follaje. Quería zambullirse en el agua, pero dudó, ya que no sabía nadar. De repente él emergió con un chapoteo ruidoso de cabellos azabaches rociados con leves gotas. Salió bruscamente del agua, la muchacha pudo ver su firme abdomen… y más allá. Con un repentino giro de su cuerpo volvió a desaparecer, sólo para volver a emerger.

Serena sintió que estaba observando a un hombre sirena. Tal vez debajo del agua serpenteaba una gran cola con escamas, poderosa e iridiscente. Ciertamente parecía más feliz en su espacio de juego acuático que cualquier otro humano sobre la tierra. La alegría llenaba su rostro; su sonrisa extática encendía la piel, los músculos y la sangre de Serena. Nunca había visto un hombre tan erótico. El agua era una amante que besaba cada parte de su cuerpo al mismo tiempo. Él cerró los ojos, y se abandonó al puro deleite que lo consumía. Cuando los volvió a abrir, levantó la cara hacia el sol.

El corazón de la joven se detuvo al ver que el color de esos ojos absorbían los azules intensos del cielo mientras reflejaban la verde profundidad de la laguna. Quería quedarse allí para siempre y observarlo inmerso en su fantasía privada. Comenzó a sentir cosquilleos en lugares cuya existencia acababa de descubrir. El sonido del trote de un caballo acercándose desde el lado opuesto de la laguna la sobresaltó, y la despertó de su encantadora ensoñación. Dio vuelta la cabeza rápidamente en dirección al intruso. Una mujer sentada en lo alto de un caballo blanco apareció entre los árboles como si fuera un sueño irrumpiendo en la vigilia. El cabello rojizo caía en todo su esplendor sobre la espalda y llegaba hasta la montura como una cascada de seda. Su rostro era de una belleza indescriptible, tan delicado como los brotes recién surgidos de la hierba que crecía alrededor de la laguna. Cuando la vio, el hombre sonrió desde el agua.

—Kakyuu, ¡llegas tarde! —gritó.

—Me sorprende que lo hayas notado. —La bella dama le dirigió una sonrisa picara, bajó del caballo y lo ató a un árbol cercano.

Serena suspiró cuando la mujer desnudó con suavidad sus hombros quitándose el vestido de algodón, que cayó al suelo como si un ángel hubiera desechado sus alas de gasa. El nadador la miraba, deslizándose hacia ella tan lentamente que ni una sola ola rompió la tranquilidad del agua a su alrededor.

Ay, Dios mío, ¡qué debo hacer?, se preguntó Serena. Podía notar en la voz del hombre que la pareja no se dedicaría sólo a nadar. ¿Cómo escaparía ahora sin ser descubierta? ¿Se vería obligada a observar? Extrañamente, la idea la intrigaba y la perturbaba a la vez. Quería soñar que había descubierto a este hombre sirena, que le pertenecía sólo a ella. Podía nadar con él, viajar por su mundo debajo de la superficie y compartir el éxtasis que encendía su pasión.

—¿Está fría?

—Yo te daré calor —prometió el hombre sirena.

Su voz era como la tenue brisa en un día sofocante; suave, arrulladora, calmaba el ansioso corazón de Serena. La muchacha saltó por encima de su ropa con una gracia que hizo que Serena se sintiera como una torpe chiquilla, y, desnuda, dirigió sus pasos hacia la orilla del lago. Él nadó hacia ella. Y luego, para sorpresa de Serena, salió del agua haciéndola sentir encantada y mortificada a la vez. El agua caía en cascadas desde su resplandeciente espalda, sobre las firmes y redondas nalgas bajando por los muslos musculosos hasta sus fuertes pantorrillas. No era un hombre sirena después de todo, pensó Serena, mordiéndose el labio inferior. Tomando las manos de su amante, él retrocedió en el agua acercándola con suavidad hacia sí. Ella protestó y contuvo el aliento cuando el agua fría le lamió los pies, pero él se rió y la condujo aun más hacia adentro. Cuando el agua le llegó a la cintura, él se dejó caer atrás sin soltar a la mujer, que con su abrazo húmedo apenas se mantenía a flote sobre su cuerpo.

Serena quería darse vuelta, correr, pero no podía. Había caído en un hechizo, maravillada por el sonido de su risa y el apetito con el que sus dedos acariciaban el cuerpo mojado recostado sobre su pecho. Él desapareció bajo la superficie, liberando a su amante. Ella lo siguió, y Serena esperó contando mentalmente los segundos. Había pasado demasiado tiempo. Ya deberían haber salido. Esperó, ansiosa de ver su rostro de nuevo. Pasó un instante, luego otro, poniendo a prueba los nervios de Serena hasta que casi no pudo soportar la tensión. Por fin la superficie del agua estalló y la pareja salió expulsada hacia arriba como un geiser. El hombre sostenía la cintura de su amante, empujándola hacia arriba primero. La boca de la mujer estaba abierta, agitada, recobró el aliento que la devolvía a la vida. Prisionera de la fuerza masculina de esos brazos, sonrió y bajó deslizándose por el cuerpo de su amante.

Serena podía ver la pasión en el rostro de él. Ay, podía verla, era tan intensa que vibraba y proyectaba el oleaje del agua a su alrededor. Sus labios dibujaron una sonrisa amplia y lujuriosa mientras bebía el rostro de la mujer.

—Te amo.

Las palabras se podían leer con claridad en sus labios, en sus ojos. Serena dejó escapar un débil gemido, deseando que fueran para ella. Él besó a su amante en el cuello y trazó un camino de fuego hacia sus pechos. Serena contuvo el aliento. Desapareció de nuevo bajo el agua y la misteriosa dama lanzó la cabeza hacia atrás, como lo había hecho el hombre apenas unos minutos antes, cuando aún estaba solo en el agua en un éxtasis eufórico. Mordiéndose el labio, Serena intentó imaginarse qué estaba haciéndole a la bella mujer bajo el agua que la hacía suspirar y gemir, y luego gritar. Él emergió nuevamente, esta vez detrás de su peliroja dama. Puso sus brazos alrededor del pecho de ella y le susurró algo al oído, una sonrisa tan radiante como el mismo sol iluminó el rostro de la mujer. Luego la levantó apenas sobre su cuerpo y la volvió a bajar. Por fortuna Serena pudo sofocar el gemido antes de que se le escapara de los labios. Sin embargo, el fuego que él había encendido en ella ya no podía ser apagado. Sabía que nunca podría olvidarlo.


Bueno chicas, aquí les traigo mi primera adaptación. Este libro lo leí anoche y quise adaptarlo con mis personajes favoritos: Seiya y Serena. Espero que les guste y me dejen su Review. Les prometo que esta historia las entretendrá por un buen rato.

Cariños!