Las Cosas Que Cambie y Deje Por Ti

Ella: Rubia, decidida, con un trabajo estable en Sistemas Stars y con un pequeño secreto de 6 meses de vida, producto de una corta relación con el magnate Seiya Kou.

El: Multimillonario, sexy, exitoso, que siempre obtiene lo que tiene salvo a una chica... Serena lo abandonó hace 14 meses sin decir nada y él, que no sabe perder, está dispuesto a recuperarla a toda costa.


Día 1: Lunes

Cuando la limusina paró frente al edificio, los ejecutivos que esperaban en el vestíbulo se quedaron en silencio. El nuevo propietario de la empresa Sistemas Stars, el multimillonario griego Seiya Kou, había llegado. Su reputación de hombre sin piedad lo precedía y la tensión podía mascarse en el ambiente. Todo el mundo esperaba un montón de despidos para antes de fin de mes.

Serena Tsukino, la esbelta y pelirroja recepcionista, estaba pálida como una muerta, sus ojos clavados en las puertas de entrada a punto de abrirse. Unos segundos más tarde iba a verlo por primera vez en catorce largos e interminables meses...

Su compañera, Mina, una rubia charlatana, le susurró:

-Seguro que no es tan guapo como en las fotografías.

Serena respiró profundamente, clavándose las uñas en las palmas de las manos. Desde que Seiya Kou había añadido la empresa Sistemas Stars a su imperio internacional, nadie parecía interesado en hablar de otra cosa.

No quería que Seiya la viera, pero eso iba a ser imposible porque tenía la desgracia de trabajar en el mostrador de recepción. Y por eso estaba tan nerviosa.

-De hecho, seguro que de barbilla para abajo Seiya Kou es gordo y bajito y tan sexy como un paquete de detergente -siguió Mina, burlona.

En inmediata contradicción de ese augurio, un hombre que debía medir casi un metro noventa entró en el edificio. Con sus anchos hombros, caderas estrechas y largas y poderosas piernas, poseía el físico de un atleta. Desde la cabeza oscura y orgullosa hasta las suelas de sus zapatos italianos era, para cualquier mujer con ojos en la cara, un hombre espectacular.

-Debo de estar soñando... -murmuró Mina mientras los ejecutivos rodeaban a Seiya Kou, desesperados por causarle buena impresión-. ¡Guapo de morirse y encima, forrado!

-Sí -murmuró Serena, nerviosa, incapaz de apartar los ojos de aquellos rasgos hermosos y bronceados que tan bien conocía. Se sentía mareada y el deseo que había vuelto a despertarse en ella al ver al hombre la hacía avergonzarse de sí misma. Porque el agridulce recuerdo de la última noche que había pasado en los brazos de Seiya Kou se había convertido en un secreto del que se sentía culpable.

Mientras Seiya se dedicaba a saludar a los miembros del consejo de administración, Serena aprovechó para salir discretamente del mostrador y dirigirse al almacén, pensando quedarse allí hasta que no hubiera moros en la costa.

-¿Serena...?

Serena se quedó inmóvil. La rica y profunda voz masculina que había pronunciado su nombre por sorpresa casi había conseguido que se le parase el corazón. Lentamente, Serena se dio la vuelta. Los hombres que rodeaban a Seiya se habían apartado como el Mar Rojo.

Con el corazón latiendo tan aprisa que temía desmayarse, Serena se encontró con un par de ojos de color zafiro con puntitos dorados, rodeados de largas pestañas negras. Seiya, que había dado un paso adelante, movió una mano en un gesto autoritario para indicar que se acercara. Su rostro de rasgos fuertes parecía tan duro como el granito.

-¿Trabajas aquí? -preguntó.

Dolorosamente consciente de que eran el centro de atención de los sorprendidos ejecutivos y rodeados de un completo silencio, Serena asintió.

-Sí -consiguió decir, casi sin voz.

-¿En qué puesto? -demandó él, el fabuloso rostro tenso, los ojos deslizándose sobre ella como estalactitas de hielo.

-Estoy en recepción -contestó Serena en un suspiro.

Seiya apretó la mandíbula. Y, con un frío gesto de despedida, se alejó de ella... otra vez.

Día 2: Martes.

Serena miró sus ojos, todavía hinchados, en el espejo del cuarto de baño y tuvo que ahogar un gemido de angustia. No había dormido nada la noche anterior.

El llanto de un niño hizo que se diera vuelta. Al otro lado de la habitación, su hijo se sujetaba a las barras de la cuna, frustrado. Se le habían caído las llaves de plástico al suelo y cuando Serena se las devolvió, tuvo que sonreír al ver que la carita del niño se iluminaba como por arte de magia.

Lucas tenía seis meses, el pelito negro y rizado, unos enormes ojos zafiros que le derretían el corazón y dos hoyitos en las mejillas. Sus facciones eran redondeadas, pero se parecía mucho a su padre en el pelo, el color de la piel y los ojos, tenía que admitir Serena con tristeza.

Y no había forma de negar que estaba hecha polvo.

El día anterior, Seiya la había mirado con fría hostilidad. Su actitud le había hecho daño. Pero, claro, Seiya y ella no se habían separado como amigos y el dolor de aquella separación impuesta permanecía, con más fuerza cada vez que Serena miraba al hijo que adoraba.

Ser una madre soltera no había sido fácil. Su hermano Andrew, que trabajaba fuera del país, le permitía vivir sin pagar alquiler en su apartamento. Sin su generosidad, habría tenido que vivir de la caridad. Tener a Lucas en la guardería de Sistemas Stars se llevaba la mitad de su sueldo. Y con lo que le quedaba no podría pagar el alquiler de un apartamento en Londres.

Mientras iba en autobús a trabajar, Serena recordó incómoda la reacción de Mina a lo que había visto en el vestíbulo.

-Vaya, veo que eres una chica llena de secretos -le había espetado la rubia-. ¿Por qué no me habías dicho que conocías personalmente a Seiya Kou?

De modo que Serena le había contado parte de la verdad, pero no toda.

Aunque tenía un título de marketing, estaba trabajando como secretaria temporal cuando conoció a Seiya Kou. Él estaba en Londres en viaje de negocios y Serena había llegado a la habitación de su hotel, orgullosa por tener la oportunidad de trabajar para un hombre tan conocido, y secretamente asustada. Para su sorpresa, se había enamorado a primera vista de aquella sonrisa. En un segundo, Seiya había pasado de ser el intimidatorio y poderoso magnate griego a quien quería impresionar con su eficiencia, a ser simplemente el hombre de sus sueños.

Y cuando Seiya le había pedido que fuera a cenar con él, Serena se había sentido emocionada.

Vivieron seis semanas de felicidad... antes de que todo empezara a ir mal.

Serena entró en el edificio de Sistemas Stars y dejó a Lucas en la guardería del primer piso. Como siempre, separarse de él le partía el corazón. Y como todas las empleadas que hacían uso de la excelente guardería infantil, no dejaba de preguntarse si Seiya Kou mantendría aquel lujo o se desharía de ella.

Cuando llegó a recepción, Mina colocó un papel frente a ella.

-Parece que ya has empezado a escalar...

-¿Qué es esto? -preguntó Serena, con el ceño fruncido.

-Lo han enviado del departamento de Personal. Tienes una entrevista con Seiya Kou mañana por la tarde -contestó Mina, sin disimular la envidia-. Parece que lo dejaste impresionado la última vez que trabajaste con él...

Día 3: Miércoles.

A las tres menos diez, Serena se presentó en el último piso, en el que estaban las oficinas del presidente, vestida con un traje de chaqueta verde oscuro, su cabello rubio sujeto en una coleta, los ojos color cielo sin brillo, la palidez marcando sus delicadas facciones.

Llevaba dos noches seguidas sin dormir.

Había estado dando vueltas y vueltas en la cama, pensando si Seiya sabría que ella tenía un hijo. Seiya, que una vez había declarado tener un amigo "atrapado" para siempre por una buscavidas que se había quedado embarazada a propósito.

¿Habría mirado Seiya el archivo de personal? Si fuera así, se habría enterado de que Serena había dado a luz un niño prematuro, ocho meses después de que ellos rompieran.

En el papel que Mina le había dado decía que se presentara directamente en el despacho del presidente de la empresa y, nerviosa, llamó a la puerta antes de entrar.

Seiya estaba al teléfono, su duro y marcado perfil muy serio. Él le indicó que se sentara en la silla que había frente a su mesa mientras seguía hablando. Serena obedeció, manteniendo las manos en el regazo para disimular que estaba temblando. Intentaba recordar lo que era el lenguaje corporal defensivo, porque estaba segura de que Seiya lo conocía y no quería darle pistas. Mientras lo miraba, un dolor en el corazón que era casi insoportable la mantenía tensa.

Seiya Kou la había reemplazado por otra mujer sin decírselo. Pero, claro, había circunstancias "importantes" para justificar su comportamiento. Y la verdad era que Serena aún no había podido olvidar su aventura con él. Jamás la olvidaría.

-Perdona -se disculpó él después de colgar, levantándose para pasear por el despacho con la energía que lo caracterizaba-. Deja de mirarme como un ratón asustado, Serena. No te he pedido que vengas a mi despacho para pegarte ni para despedirte. Lo creas o no, puedo soportar que me abandonases sin comportarme como un hombre de las cavernas.

¿Aquel era el mismo hombre que catorce meses antes le había gritado: "A mí no me deja ninguna mujer"?

Cuando sus ojos se encontraron con los prodigiosos ojos zafiro bajo dos rectas cejas oscuras, Serena se sintió hipnotizada, con el corazón acelerado, la mente en blanco...

Afortunadamente, Seiya seguía hablando con aquel rico acento suyo que era como música en sus oídos.

-Necesito una ayudante personal para el próximo mes -estaba diciendo, mientras se acercaba a la ventana con movimientos gráciles como los de un tigre-. Tú eres rápida e inteligente y no me irritas con preguntas estúpidas. Cuando me vaya de aquí, serás ayudante ejecutiva del equipo de dirección.

Desconcertada por esas palabras, Serena se apoyó en el respaldo de la silla. Estaba claro que había reaccionado de forma exagerada ante la llegada de Seiya, confundiendo su natural sorpresa al verla con hostilidad.

-¿Ayudante personal? -repitió.

Seiya mencionó un salario que hizo que le diera vueltas la cabeza y después miró su reloj de oro con gesto impaciente.

-Si quieres el puesto, es tuyo. Empiezas mañana. Hablaremos más tarde sobre cuáles serán tus obligaciones porque ahora mismo tengo prisa.

-Lo acepto... -se escuchó decir Serena a sí misma, aunque su fría indiferencia, después de lo que habían sido el uno para el otro, era para ella como un cuchillo.

Día 4: Jueves por la mañana.

Seiya estaba presidiendo un consejo de administración cuando Serena entró en la planta de presidencia.

Nerviosa como una gata sobre un tejado caliente, pasó algún tiempo organizando el pequeño despacho que le había sido asignado hasta que, por fin, sonó el teléfono y fue requerida en la sala de juntas.

Seiya Kou se puso de pie y todos los ejecutivos imitaron el gesto de cortesía, provocando un estruendo de sillas contra el suelo.

-La señorita Tsukino tiene una licenciatura en marketing y además habla francés y español -dijo Seiya, desconcertando a Serena con tal presentación-. ¿Alguien puede decirme qué estaba haciendo en la recepción?

Sorprendidos, los miembros del consejo de administración se miraron unos a otros sin saber qué contestar.

-Una empresa que falla colocando al personal más prometedor en puestos de importancia es una empresa que pierde dinero -siguió Seiya-. Y también he tomado nota del hecho de que no haya mujeres en puestos directivos, algo sorprendente en una empresa de este tamaño.

Dejando aquel comentario colgando en el aire, Seiya dio por terminada la reunión. Y, de repente, Serena entendió que no había nada personal en la decisión de ascenderla de categoría. Simplemente, la había usado como ejemplo para su sermón sobre igualdad de oportunidades en la empresa. Una confusa mezcla de admiración, dolor y resentimiento la asaltó entonces.

Seiya, el colmo de la masculina sofisticación con un soberbio traje gris de raya diplomática, acompañó a Serena a su despacho.

-Veo que estás muy interesado en la posición que ocupan tus empleadas -murmuró ella, incómoda.

-El año pasado, Sistemas Stars tuvo que resolver dos querellas por discriminación sexual fuera de los tribunales. Y no estoy dispuesto a que haya una tercera.

-Creí que no aprobabas que las mujeres trabajasen.

Seiya levantó una ceja.

-Tú fuiste la primera mujer trabajadora que me llevé a la cama y solías estar siempre ocupada cuando te necesitaba -afirmó, mirándola de arriba abajo-. Lo que busco para mi propia satisfacción en la vida privada no tiene relación con mis opiniones como presidente de una empresa.

Serena se ruborizó ante la ruda clarificación y tuvo que apartar la mirada, lamentando su propio comentario. Solo había trabajado para Seiya durante tres días antes de que empezara su apasionada aventura y había sido ella quien tomó la decisión de pedir el traslado a otra sucursal.

-Tengo una larga lista de tareas para ti -continuó Seiya un segundo después, sin que, aparentemente, el pesado silencio lo molestara en absoluto.

Pero eso no debía pillarla por sorpresa. Serena sabía que Seiya Kou no tenía un gramo de sensibilidad en todo su cuerpo y estaba dejando claro que ella no había sido más que un simple revolcón. A pesar de todo, Serena sintió un nudo en la garganta.

Seiya le dio entonces una cinta de audio.

-Todo está aquí. Primero, tienes que enviar las invitaciones para la fiesta. Después, puedes pasarte por Tiffanys y elegir una pulsera para Michiru. Yo escribiré la tarjeta...

Con un terrible sentimiento de humillación y dolor, ella levantó la cabeza, con los ojos azules brillantes de indignación.

-¿Me estás pidiendo que elija joyas para una amante? -exclamó, tirando la cinta sobre la mesa.

-Yo no...

-¿A eso lo llamas trabajar? Yo lo llamo venganza. ¡Vete al infierno, Seiya! -exclamó Serena. Él la estudió con expresión incrédula-. Te odio. Te odio con todo mi corazón. Tú eres el mayor error que he cometido en toda mi vida.

Después de aquella amarga declaración, Serena salió del despacho...

Día 4: Jueves por la tarde

Una hora más tarde, las tumultuosas emociones de Serena se calmaron lo suficiente como para sentirse horrorizada por su comportamiento.

Había pasado diez minutos llorando en el almacén, veinte minutos intentando recuperar la compostura y los consiguientes treinta minutos abrazando a Lucas en la guardería.

Lucas, cuyo confort y seguridad dependían de su éxito en el mundo laboral. Lucas, cuya madre acababa de perder tontamente la cabeza y se había puesto a gritar como una fiera a un hombre monstruoso e insensible. Lucas, cuya madre tendría que verse obligada a pedir perdón. Por él.

De nuevo en el último piso del edificio, Serena llamó a la puerta del despacho de Seiya con mano temblorosa. Furiosa consigo misma, respiró profundamente para darse valor antes de entrar.

Apoyado en el respaldo de su sillón, Seiya la miró de arriba abajo, su expresión era indescifrable.

-Te debo una disculpa. No sé qué me ha pasado -dijo Serena, intentando leer los pensamientos del hombre.

-Pues yo sí me imagino qué te ha pasado.

-Naturalmente, estoy dispuesta a llevar a cabo las actividades que conlleve mi puesto -siguió diciendo ella apresuradamente para evitar que Seiya diera su opinión sobre qué era lo que había despertado su ira.

-¿Eso incluye ir de compras para la mujer que hay en este momento en mi vida? -preguntó él con voz de terciopelo.

Serena sintió un estremecimiento y tuvo que apretar los puños para calmarse. No discutió, pero tampoco consiguió decir que estaba de acuerdo.

-Y pensar que mientras estábamos juntos, nunca me di cuenta de que tenías ese temperamento -añadió Seiya, mirándola con los ojos entrecerrados-. Te has puesto histérica, Serena.

-Y ofensiva, lo sé. Lo siento -dijo ella-. No volverá a pasar.

-Michiru es la mujer de mi hermano. Y la fiesta es para celebrar su cumpleaños -explicó Seiya entonces.

Serena se puso colorada hasta la raíz del cabello, pero se sentía tan aliviada al oír aquello, que el alivio fue más fuerte que la vergüenza. Involuntariamente, sus ojos se encontraron. La apasionada boca del hombre se curvó en una lenta y displicente sonrisa y Serena perdió toda la fuerza de voluntad, permitiendo que unos recuerdos muy turbadores salieran a la superficie.

Recuerdos de Seiya besándola con ansia, excitándola, haciéndola perder el control. El calor la consumía por completo. Ella temblaba, con el corazón acelerado, el pulso aumentando de ritmo, mientras su traidor cuerpo respondía como siempre había respondido ante la potente sexualidad de aquel hombre...

Y entonces recordó a la furiosa y semidesnuda chica que había encontrado en su apartamento catorce meses atrás. Había sido culpa suya, por ir a casa de Seiya sin avisar, usando por fin la llave que él le había dado, deseando darle una agradable sorpresa y... fracasando miserablemente en el intento.

Afortunadamente, Seiya ya se había marchado, pero la rubia explosiva no había tenido tiempo de vestirse.

Aquel humillante recuerdo sirvió para enfriar el calor sensual que Seiya despertaba en ella.

-¿Serena? -escuchó la fría voz del hombre.

Serena tuvo que hacer un esfuerzo para apartar la mirada.

-¿Sigo trabajando para ti?

-La cinta está en tu despacho, junto con la agenda. Hay una pila de correspondencia de la que también tendrás que encargarte. Estaré fuera de la oficina hasta el lunes...

Día 5: Viernes

Serena fue a trabajar, recordándose a sí misma que Seiya seguiría en Sistemas Stars solo durante tres semanas más. Ya casi había pasado una semana y él seguía sin tener ni idea de que tenía un hijo.

¿Por qué iba a enterarse? ¿Quién iba a contárselo?

El día anterior, Serena había escuchado la cinta una y otra vez solo para escuchar la rica voz de barítono de Seiya, con su fuerte acento griego. Se enteró así de que acababa de comprar una casa en Londres donde ella tendría que organizar la fiesta. La empresa de catering estaba contratada, pero Serena tenía que encargarse de todos los detalles.

Lo que no entendía era por qué el eficiente secretario de Seiya, Taiki, no se estaba encargando de esos asuntos domésticos. La confusión y sorpresa de Serena inevitablemente la llevaban de vuelta dieciocho meses atrás.

Se había enamorado de Seiya Kou como una cría y no le había importado que él se convirtiera en su primer amante. Sabía que Seiya tenía reputación de mujeriego.

Atractivo, millonario y un hombre de éxito a los veintinueve años, Seiya Kou tenía el mundo a sus pies. Pero lo que a Serena le dolía era verse obligada a reconocer que no podía culpar solo a Seiya de que se hubiera cansado de ella...

Un par de semanas después de que empezara su mágico romance, la madre de Serena había muerto repentinamente y Seiya la había consolado de todas las formas posibles. Sin embargo, ella había cambiado de actitud completamente. ¿Qué hombre hubiera querido seguir soportando sus problemas después de un par de semanas?

Naturalmente, Seiya se había hartado de ella, pero su dependencia había hecho difícil que fuera él quien la abandonara. De modo que Seiya había dejado que la relación se echara a perder, sin duda esperando que ella entendería el mensaje.

Desgraciadamente, recordó Serena volviendo de nuevo al presente con los ojos llenos de lágrimas, mientras le daba de comer a Lucas en la guardería, el primer y único mensaje que recibió había sido la rubia semidesnuda.

Cortar con Seiya por teléfono aquel mismo día había sido un penoso intento de salvar su orgullo. Ni siquiera había mencionado su humillante encuentro con la mujer que la había reemplazado.

Unas horas más tarde, una elegante y pizpireta morena entró en el despacho de Serena.

-Soy Amy Mizuno. Llama a Seiya de mi parte y dile que, al final, estoy libre este fin de semana -sonrió la joven-. ¡Y dile que tengo unas ideas maravillosas para su dormitorio!

Serena se puso colorada, pero intentó mantener la sonrisa.

-Me temo que solo tengo acceso a su buzón de voz. No sé dónde está el señor Kou, pero intentaré averiguarlo.

Amy rio alegremente.

-No hace falta. Cuando Seiya reciba el mensaje, y no te atrevas a cambiar ni una sola palabra, sabrá donde puede encontrarme.

Cuando la morena desapareció, Serena marcó el teléfono de Seiya, odiándolo y odiando la posición en la que la había puesto. Grabó el mensaje de Amy, o más bien su provocativa invitación, y entonces unos celos tormentosos y humillantes la envolvieron mientras decía con alegría fingida:

-¡Que pases un buen fin de semana!

Día 8: Lunes por la mañana

Serena había pasado el fin de semana atormentada por la idea de lo que Seiya podía estar haciendo con Amy Mizuno.

Avergonzada por las emociones que le habían impedido dormir y completamente exhausta, cuando llegó a la oficina estaba muy enfadada consigo misma. A muchas mujeres les rompían el corazón y seguían adelante con sus vidas. Seiya le estaba dando una excelente oportunidad profesional. Y eso era lo único que debería interesarla.

Cuando entró en su despacho, se quedó perpleja al ver a Seiya esperándola. Con un soberbio traje de color gris oscuro, el rostro impertérrito, el presidente de Sistemas Stars clavó sus ojos oscuros en ella.

-¿Ocurre algo? -preguntó Serena.

-Thee mou... puedes dar gracias a que durante estos dos días he conseguido calmarme -contestó Seiya, con la mandíbula apretada, mirándola de arriba abajo-. ¿Cómo te atreves a dejarme tal mensaje? ¡Esa estupidez de Amy coronada por tu insultante comentario!

Aunque estaba claro que a Seiya no le había hecho ninguna gracia el provocativo mensaje que ella se había limitado a repetir, Serena no podía comprender cómo desearle un buen fin de semana podía haber adquirido la categoría de insulto.

-No te entiendo.

-¿No me entiendes? -repitió él, furioso-. ¿De verdad crees que no puedo reconocer los celos cuando los veo?

Serena se puso colorada hasta la raíz del cabello. Era demasiado sincera como para mentir y se sentía tan mortificada que no podía soportar el escrutinio del hombre. Seiya debía pensar que, o ella era una neurótica posesiva o seguía locamente enamorada de él.

Quizá, si Seiya no le hubiera hecho tanto daño, o si ella no hubiera tenido a su hijo, podría portarse de forma fría y olvidar el pasado. Pero con el recuerdo de Lucas siempre presente, su aventura con él seguía siendo un acontecimiento crucial en su vida, aunque no lo fuera para Seiya.

Sin aviso, él abandonó la actitud amenazadora y tomó su mano, desconcertándola con aquel cambio de humor.

-Serena... no quería decir eso. Lo siento.

Ella miró la mano grande y morena que apretaba la suya, atraída por el calor y ternura del gesto, pero sin dejar de lado los recuerdos que la atormentaban.

-No pasa nada.

-¿Por qué no comemos juntos y aclaramos las cosas entre nosotros? -sugirió Seiya entonces.

¿Comer? Consciente de la proximidad del poderoso cuerpo del hombre, Serena sintió un estremecimiento, una sensación entre el rencor y el anhelo. Si todo fuera tan sencillo... pensó, dolorida. Si pudieran portarse como personas normales y civilizadas. Evidentemente, él era capaz de hacerlo, pero lamentablemente ella no.

-No hay razón para que seamos enemigos -continuó Seiya.

¿De verdad? Por un loco instante, Serena hubiera querido gritarle a la cara que él se había acostado con otra mujer mientras ella seguía creyendo que la quería.

Y aún no lo había perdonado.

-Lo siento... -Serena soltó su mano y dio un paso atrás, exhausta y confusa-. Yo me sentiré más cómoda si la nuestra es simplemente una relación profesional.

Los ojos del hombre se clavaron en los ojos color cielo. El silencio se hizo espeso. Seiya inclinó la oscura cabeza en un gesto de cortesía y salió del despacho...

Día 8: Lunes a mediodía

Medio dormida, Serena alargó una mano y tocó algo peludo y poco familiar. Cuando extendió los dedos, notó que era algo frío... ¿cuero?

Serena abrió los ojos, desconcertada, y se encontró con una vista sorprendente del despacho de Seiya.

Un segundo después, lo vio a él, todo garbo y elegancia.

Serena se sentó en el sofá de cuero, abrigada por la manta de piel en la que seguía envuelta.

-¿Pero qué hago...?

Seiya se encogió de hombros.

-Te encontré dormida sobre tu mesa antes de comer. Intenté despertarte, pero estabas completamente agotada...

-¡Deberías haberme despertado! -exclamó ella, sacudiendo la cabeza. Una cascada de rizos pelirrojos cayó entonces sobre sus hombros. Serena se apartó la manta y bajó los pies al suelo para buscar sus zapatos-. ¡Por favor! ¿Por qué me has traído aquí?

Seiya frunció el ceño.

-¿Y dónde podrías dormir mejor que aquí?

-Pero tienes que haberme traído en brazos... -protestó Serena-. ¿Quién se ha enterado?

-Nadie. Te traje aquí sin que me viera una sola alma -contestó Seiya con una de aquellas carismáticas sonrisas que la dejaban sin aliento-. Serena, esta mañana tenías aspecto de no haber descansado nada.

-Da igual -protestó ella. Intentando apartarse del poder magnético de su mirada, Serena se pasó los dedos por el pelo-. Estoy hecha un asco...

-A mí me gusta tu pelo suelto... como solías llevarlo -dijo Seiya, acercándose-. Es muy bonito. Muy natural. Puedo ver las mechas, los diversos tonos dorados...

La proximidad del hombre hacía que se le pusiera la piel de gallina. Tenía la boca seca y el corazón acelerado. El ambiente estaba cargado de tensión. Serena sintió un estremecimiento, pero no se movió. Tomada por sorpresa, medio dormida, no había levantado las barreras y no podía resistir la fuerza de su atracción ni su propio deseo de que la tocara... por última vez.

Seiya puso las manos sobre sus hombros.

-No me dedico a acosar sexualmente a mis empleadas. Así que tú eliges si quieres marcharte o no...

Serena tragó saliva.

-Yo...

-Pero si no te vas ahora, no hay marcha atrás -le advirtió Seiya con voz ronca.

Cuando Serena miró los brillantes ojos del hombre, se dijo que tenía que ser un sueño, un sueño del que no quería despertarse. Él la tomó por la cintura para apretarla contra su cuerpo. "No estás soñando, Serena. Estás bien despierta", le decía una vocecita.

Sin embargo, se oyó decir a sí misma:

-Solo un beso...

Seiya enredó los dedos en su pelo, con un brillo de satisfacción en los ojos mientras admiraba el rostro femenino.

-¿Estás regateando conmigo... o contigo misma?

No esperó una respuesta y, mientras Serena intentaba luchar contra sí misma, él puso su experta boca sobre los labios femeninos.

En aquel momento, debilitada por el anhelo, Serena se sintió como una polilla frente a una llama. Y Seiya no la decepcionó.

Se quemaba de excitación y alegría, deseando, necesitando tocarlo, cerrar los dedos sobre su espeso y sedoso pelo, acariciar su arrogante cabeza oscura, poner las manos en sus pómulos altos, apretarlo con fuerza contra su pecho.

Abrazarlo con fuerza para no soltarlo jamás...

Seiya levantó la cara.

-Son casi las seis. Cenaremos juntos... y hablaremos.

-¿Casi las seis? -exclamó Serena, horrorizada, corriendo hacia la puerta.

¡La guardería cerraba a las cinco y media y llegaba tarde para buscar a Lucas!

Día 8: Lunes por la tarde

De vuelta en casa, a salvo, Serena acababa de poner a Lucas en la cuna cuando sonó el timbre.

Cuando vio a Seiya por la mirilla, el pánico encogió su corazón. Demasiado tarde se dio cuenta de que salir corriendo sin darle una explicación había sido una estupidez más grande que besarlo de nuevo. Recordándose a sí misma que Lucas raramente se movía después de quedarse dormido, Serena abrió la puerta.

-¿Por qué has salido corriendo de esa forma? -demandó Seiya con expresión tensa.

Con la cara ardiendo y las conflictivas emociones angustiándola, Serena pasó al salón delante de él.

-Por... vergüenza, por remordimientos...

-No tienes que sentir nada de eso -la interrumpió Seiya, tomándola por los hombros para obligarla a mirarlo-. Quiero volver contigo, Serena.

La sorpresa la dejó inmóvil.

Con un suspiro de agotamiento, él levantó una mano y suavemente pasó un dedo por su labio inferior.

-¿Por qué pareces tan sorprendida? Tú deberías saber que no me gusta jugar. Lo que ves es lo que hay...

-¿En serio?

La pregunta le salió a Serena del corazón. Pero se dio la vuelta, sus sentidos alterados por la proximidad del hombre y la mente un océano revuelto de cuestiones.

-¿Amy Mizuno sabe que estás aquí?

Seiya dejó escapar una maldición en griego.

-Dónde vaya o deje de ir no tiene nada que ver con mi decoradora.

-¿Tú... qué?

-Amy está decorando mi nueva casa.

Serena se sintió avergonzada por haber vuelto a meter la pata. Aunque la morena aspiraba a tener una relación mucho más profunda con Seiya, eso estaba claro.

-Has vuelto a equivocarte -dijo él entonces con un brillo de humor en los ojos. Seiya estudió la expresión de Serena-. Pero, ¿qué más da? Ahora mismo, la única mujer que quiero en mi vida eres tú...

Una risita nerviosa escapó de la garganta de Serena.

-Eso ya me lo dijiste una vez.

-No comprendo tu actitud. Fuiste tú quien me dejó -dijo entonces Seiya poniéndose serio. Sus facciones habían recuperado la expresión poderosa y amenazadora-. ¿Era una forma de llamar mi atención? ¿Esperabas que saliera corriendo detrás de ti para obligarte a cambiar de opinión?

-No...

-Sé que estabas pasando un mal momento por la muerte de tu madre, pero cerraste la puerta a lo que había entre nosotros, como si no significara nada para ti. Necesito que me expliques por qué hiciste eso.

Serena abrió los ojos de par en par. Seiya parecía tan sincero... Posiblemente, ni siquiera sabía que había encontrado a la rubia en su apartamento. Pero él era un hombre inteligente, tenía que haber sospechado que había descubierto su infidelidad.

-¿Por qué me haces esto? -preguntó, levantando la barbilla-. ¿Por qué te haces el inocente? ¿Es que pensabas que no me enteraría?

-¿Enterarte... de qué? -suspiró Seiya, frustrado.

-De que me estabas engañando. ¡Tú lo sabes muy bien!

La fabulosa estructura ósea del hombre se tensó inmediatamente.

-Eso es mentira...

-Por favor, Seiya -lo interrumpió ella-. ¡Usé la llave que me diste para entrar en tu apartamento y vi a una mujer de metro ochenta saliendo de tu dormitorio en ropa interior!

Serena reconoció el preciso momento en que él entendía de qué estaba hablando porque una palidez cadavérica cubrió sus facciones bronceadas.

Seiya murmuró algo en griego y, dándose la vuelta, salió del salón.

-¡Me voy! ¡Si me quedo, diría algo de lo que más tarde podría arrepentirme!

Día 9: Martes por la mañana

Seiya llamó a Serena a las nueve y media de la mañana.

-No llegaré a la oficina hasta más tarde. Solo llamo para decirte que no hagas planes para el miércoles por la noche...

-¿Por qué?

-Porque es el día de la fiesta de cumpleaños de Michiru. Tú serás mi anfitriona -le informó Seiya con tono humorístico-. Y no puedes elegir, Serena. Quiero que estés allí.

-Pero yo preferiría...

-Eres mi ayudante personal y esta es una petición razonable. Si quieres que mantengamos una relación profesional, empieza a tratarme como tu jefe.

Ante el serio recordatorio de quién era, Serena se puso colorada. Se sentía seriamente tentada de dejar caer la cabeza sobre la mesa y ponerse a llorar.

La noche anterior por fin se había enfrentado con los fantasmas del pasado y había descubierto algo aterrador. Estar cerca de Seiya la destrozaba porque seguía enamorada de él. Y saber que Seiya deseaba volver con ella era más de lo que podía soportar.

Una segunda oportunidad, le decía una vocecita loca, avergonzándola e irritándola. Porque, ¿qué podía ser más imposible que sus particulares circunstancias?

Seiya Kou no tenía la menor idea de que había tenido un hijo suyo. Se habían separado antes de que ella supiera que estaba embarazada. Y había algo peor, el embarazo había sido, en realidad, culpa suya. Serena estaba triste por la muerte de su madre y había olvidado dos veces tomar la píldora anticonceptiva.

Seiya la había llevado a París creyendo que un romántico fin de semana en la ciudad del Sena podría secar sus lágrimas y alegrarle la vida. Y, aunque no disipó su tristeza, al menos había pasado la noche en sus brazos. Lucas había sido concebido en París.

Durante la hora del almuerzo, Lucas y ella habían ido corriendo de compras. Como siempre, era una lucha mover el carrito entre la gente, pero al niño le encantaba salir de paseo. De vuelta en el edificio de Sistemas Stars, Serena se dirigió a la guardería.

Y cuando vio a Seiya de pie frente a los ascensores, era demasiado tarde para hacer nada más que pasar a su lado, saludándolo absurdamente con la cabeza. Seiya se quedó atónito al verla empujando un carrito de niño y Serena palideció. El tiempo pasaba tan despacio... los ascensores parecían no llegar nunca. Por fin, se abrieron las puertas de uno de ellos, pero Seiya seguía mirándola. Vio por el rabillo del ojo que Seiya vacilaba antes de dar un paso hacia ella.

-¿De dónde has sacado a ese niño?

El corazón de Serena amenazaba con saltar de su pecho y tenía un nudo en la garganta que le impedía respirar.

-De la guardería...

-¿Qué guardería?

-Sistemas Stars tiene una guardería...

-¿En serio? -murmuró Seiya, frunciendo el ceño-. Pues no sé por qué nadie me lo ha dicho.

-Está al lado de la cafetería. Supongo que pensarían que no estabas interesado -susurró Serena, nerviosa.

-¿Y de quién es el niño?

Toda su vida pareció pasar frente a los ojos de Serena en ese momento.

-Es... mío -consiguió decir.

Seiya la estudió en silencio, perplejo. Y entonces sus ojos se oscurecieron.

-¡Gracias por decírmelo! -exclamó, con una furia increíble.

Y, sin decir otra palabra, entró en el ascensor.


Woow! Seiya se enteró que Serena tiene un hijo! ¿Cómo lo tomará?

Bueno chicas, aquí les traigo una adaptación de un libro bien cortito. "El hijo del magnate griego" de Lynne Graham.

Son solo dos capítulos. Así que espero que lo disfruten :)

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