ALAYNE

Cerró el baúl tras varios minutos de rebuscar inútilmente entre la ropa. No había traído nada de Nido de Águilas que fuera lo bastante bonito. La ropa de su tía, al menos aquella que no le iba demasiado holgada, era ostentosa para una bastarda, aunque fuera la hija natural del Lord Protector. Todo lo que se había atrevido a traer era de colores apagados, nada del rojo o el azul de los Tully, ni los colores de los Arryn. Quería ganarse a Ser Hardyng, pero no por ello podía hacer enfadar o sospechar a otros señores. No había llevado nada intermedio con lo que verse más bonita, pero sin llevar telas ricas o joyas. Tenía el sinsonte esmaltado que le había regalado Petyr, y poco más. Pero necesitaba causar una buena primera impresión.

"Si me ve así sólo le voy a parecer una niña corriente". Por mucho que otros la siguieran elogiando no conseguía acostumbrarse a verse sin su melena cobriza. Se preguntaba a veces si no lo harían sólo por ser corteses, dado que era la querida hija de Lord Baelish. Ella misma se esforzaba siempre por agradar con observaciones de esa clase a los demás.

Mientras se cepillaba el pelo por tercera vez trató de convencerse de que seguía siendo bonita. Los ojos azules de su madre seguían estando allí, y los nervios de los preparativos le habían teñido las mejillas de un suave tono rosado. La ropa no era la que solía llevar en Invernalia o en Desembarco del Rey, cierto, ni siquiera se parecía a los anchos vestidos de su tía Lysa. Al final había optado por un vestido de lana de color tostado, con las mangas largas, el cuello ligeramente abierto y unos bordados con motivos florales en los remates, de color blanco. Encima, un jubón algo más oscuro de tono que el vestido le marcaba la silueta. Lo único que podía hacer para terminar era arreglarse el pelo. Cuando volviera a subir Gretchel le pediría que se lo trenzara, y con algo de suerte los elogios de Harrold serían sinceros.

Oyó subir a la anciana por las escaleras mientras se terminaba de colocar el broche del sinsonte. Se sentó ante el espejo y la dejó hacer, hasta que tuvo el pelo recogido en varias trenzas entrelazadas en un alto moño. Se sonrió para darse ánimos y salió a buscar a Robalito, que estaría desayunando con sus criados, en sus aposentos. No estaba lejos, porque muchas noches se despertaba y tenían que llamar a Alayne para que el pequeño señor durmiera. Lady Myranda tuvo que asumir que no podría dormir con ella tanto como había esperado, y Alayne se despidió de la comodidad de sus habitaciones para instalarse en una propia, mucho más pequeña y algo peor ventilada.

Aquella mañana, para variar, Robalito no había querido probar el desayuno.

-¡Alayne! ¡Quieren darme gachas! ¡Y yo quiero pasteles de limón!-uno de los criados sostenía el cuenco delante de Robert, seguramente para evitar que el niño lo cogiera y lo arrojase contra algo o alguien.

-¿Y no os hacen caso? ¿A qué se debe?

-Mi señora, no hay limones-contestó el muchacho del cuenco, consternado-. Hemos mandado traer, pero en las cocinas aún no han recibido.

-¿Has oído, Robalito?-Alayne tomó el cuenco de manos del criado se sentó al lado del pequeño-habrá pasteles de limón muy pronto, sólo tienes que esperar.

-Yo los quiero ahora, ¡que vayan a buscar limones!

-No pueden ir a buscar limones porque está nevando. Además, si no hay gachas no hay pasteles-acercó la cuchara a su boca con una sonrisa.

Repetir aquello todos los días era agotador. Ninguno de sus hermanos había sido nunca tan testarudo, ni siquiera Rickon.

-¡No!

Robert apartó el rostro y dio un manotazo a la cuchara con las gachas, que salió volando y derribó una de las velas del candelabro de la esquina. Por suerte, estaba apagada. Alayne se levantó para coger otra cuchara de la mesa y miró a su prometido haciendo un puchero.

-Eso no ha estado nada bien, Robalito.

-No tengo por qué comer lo que no quiero, los demás me tienen que obedecer.

-Claro que sí, y lo hacen, pero no pueden traer los limones más deprisa. Si eres bueno y te comes el desayuno, te prometo que te traeré algo rico de la cocina. ¿De acuerdo?

-¿Qué cosa?-Robert la miró con el ceño fruncido.

-Una sorpresa. Algo muy rico muy rico muy rico-aún no tenía ni idea de qué le iba a traer, pero no se le ocurría nada más.

-Sorpresa no. Quiero un pastel. Con miel. Con miel y... ¿almenas?

-¿Almendras, mi señor?

-¡Con miel y almendras!-Declaró el pequeño con tono muy serio.

-¡Qué bueno! Muy bien, iré en cuanto acabes de comer todo lo que te digan.

Esa parte del trato no parecía gustarle tanto, pero asintió con la cabeza y dejó que otra de las criadas se acercase y le ofreciera una copa con zumo. Habían conseguido traer unas pocas frutas para que Robert se mantuviera fuerte y no se acatarrara de momento. El maestre insistía en que le dieran un poco todas las mañanas, pero el sabor ácido no le gustaba nada y se negaba a tomarlo. Intentar endulzarlo no daba buen resultado, así que dejaban que Alayne lo chantajeara.

En la cocina estaban bastante atareados con los preparativos para la comida, pero aún así Alayne consiguió que le dieran el trozo de pastel para Robert. Llevaba nueces en vez de almendras, pero si no sabía ni pronunciar el nombre del fruto seguramente no se daría cuenta.

Las Puertas de la Luna eran mucho más interesantes que el Nido de Águilas. Había gente yendo y viniendo a todas horas, un mercado, un patio de armas donde entrenaban los caballeros, y cada cierto tiempo llegaban viajeros, generalmente mercaderes, con noticias sobre la guerra. Estaba bien saber que al menos ya no estaban tan aislados del mundo, que si las cosas se torcían podría intentar escapar. Algunas noches soñaba que salía a escondidas al otro lado de la muralla. Pasaba ante los guardias como si fuera invisible, unos guardias rígidos que más parecían estatuas que seres humanos. No había nadie más en las calles, nadie le preguntaba adónde iba ni intentaba detenerla. Pero cuando por fin se encontraba al otro lado se quedaba paralizada, y no sabía hacia dónde ir. De repente recordaba todo lo que había oído sobre las tribus de las montañas, le invadía el pánico y trataba de volver sobre sus pasos, pero el rastrillo estaba bajado y nadie salía a abrirle la puerta. Se destrozaba las manos intentando escalar los muros, después empezaban los aullidos de los lobos, y por último se despertaba empapada de sudor. No podía escapar de allí. Era mejor que Nido de Águilas, pero era un nido, y ella no era más que un polluelo que no duraría ni dos días más allá de él. Más tarde o más temprano la matarían, como a sus hermanos. Como a su madre.

-¡Buenos días!

La voz de Lady Myranda la sobresaltó, y casi se le cayó el pastelito de Robert al suelo.

-Buenos días, mi señora.

-Se dice "buenos días, Randa".

-Buenos días, Randa.

La joven llevaba un vestido precioso, color melocotón, con brocados y delicados pliegues al final de las mangas y la falda. Llevaba los bucles castaños sueltos, y su perfume olía a flores. A su lado, Sansa se sentía como si llevara puesto un saco viejo.

-Mucho mejor-le dedicó una sonrisa de oreja a oreja y miró el pastel-¡Oh! ¿Es para Robalito?

-Sí, si se ha terminado el desayuno.

-Me alegro de que así sea, nos lo podremos comer nosotras-viendo las curvas del cuerpo de la chica, Alayne estaba segura de que lo decía en serio-. ¿Qué tal has dormido? ¡Ha hecho un viento horrible esta noche! Se abrieron las ventanas de madrugada y se llenó todo de nieve.

Sí que había hecho viento. Conciliar el sueño en las montañas no era fácil. El frío se colaba por donde podía y después recorría los pasillos silbando y aullando, haciendo crujir la madera, apagando luces y derribando a veces escudos u otros artilugios que despertaban a todos los que estuvieran cerca. La habitación de Alayne sólo tenía un pequeño ventanuco que de momento cerraba bien, y se accedía por unas escaleras de caracol, así que por lo menos no lo notaba tanto.

-¿Habéis conseguido arreglarlas?

-Sí, pero el suelo sigue húmedo y hace un frío que pela. Esta mañana una de mis damas se ha resbalado y casi se da contra un baúl. Están todas tontas perdidas por la llegada de Ser Harrold-dijo el nombre con un retintín más que evidente; aún estaba resentida con el caballero por haberla rechazado-. Las quiero mucho, pero son unas gallinas cluecas. Como se arrimen mucho, lo único que conseguirán será un bonito bastardo. Seguro que alguna está deseando, pero yo personalmente no querría tener uno ni muerta. -De repente se quedó en silencio y miró a Alayne, como si analizase lo que acababa de decir-. No me malinterpretes, quiero decir, tú y Mya sois bastardas y ya ves, ¡os va muy bien! Pero en general tener un hijo natural es complicado, especialmente para las madres. No sabes si el otro se va a hacer responsable de la parte que le toca, ¿entiendes lo que te quiero decir?

-Sí, Randa, no te preocupes-Alayne le sonrió para que entendiera que no se había sentido ofendida por el comentario; a Sansa Stark tampoco le habían gustado nunca los bastardos.

Dejaron a Robalito con su pastel, para que se lo comiera cuando terminase la otra mitad de las gachas, y Lady Myranda decidió que irían a ver a los caballeros que entrenaban en el patio. La fortaleza estaba en ebullición preparando la llegada de los Waynwood, pero especialmente la de Ser Harrold. Aunque a Sansa le había costado una larga lección de heráldica comprender por qué le llamaban "Harry el Heredero" la gente de las Puertas era plenamente consciente de que quien llegaba era el futuro heredero de Robert, y se preparaban para darle una cálida bienvenida. Como bien había señalado Myranda, las muchachas jóvenes eran las más entusiasmadas. Alayne no le había contado nada acerca de sus intenciones, en primer lugar por seguir el consejo de Petyr y no confiar tanto en ella, y en segundo lugar porque no quería que se enfadase o que la llamase "gallina clueca". Una lástima, porque Randa era lo más parecido a una amiga que había tenido desde hacía mucho tiempo. Pero no estaba segura de hasta qué punto era amiga de Alayne, y mucho menos de si sería amiga de Sansa.

-Mañana habrá que coger sitio para poder venir al patio-suspiró Lady Royce-. ¿Qué te apuestas? No sé si venir. Me apetece estar por si alguien consigue derrotar a nuestro galante Harry, pero será un agobio.

-También puede ser divertido-se le escapó, pensando que debería estar cerca de Harry siempre que le fuera posible.

-Vaya, vaya, ¿qué es esto? Así que debajo de esa carita de niña buena, en el fondo, te apetece ver a jóvenes caballeros sudorosos batiéndose en duelo, ¿eh?-le lanzó una mirada inquisitiva que incomodó a Alayne y a continuación le tomó las manos y se echó a reír-. A mí también. ¡Mañana vendremos temprano para verlos! Pero no pienso apoyar a Harry, por lo que me han dicho ese chaval necesita una buena dosis de humildad.

Seguramente tenía razón. En su imaginación, Ser Harrold era un caballero alto, de espalda ancha y facciones armoniosas, con una hermosa melena rubia y profundos ojos azules, y una sonrisa encantadora. La llenaba de elogios nada más conocerla y después, a solas, le declaraba su amor con un beso en el dorso de la mano y una rosa roja. Pero ya se había dado de bruces contra el duro yunque de la realidad las suficientes veces para saber que eso sólo iba a pasar en sus sueños más absurdos. No habría beso dulce, no habría flor, quizá no habría elogios, y de haberlos en el fondo sólo los diría para ser cortés o para conseguir verla desnuda algún día. Por un lado el plan de Petyr la hacía sentir de nuevo como si su vida fuera una canción a punto de comenzar, pero por otro tenía miedo de lo que pudiera salir mal, y se preguntaba si en realidad Harry no sería como Joffrey. No quería tropezar otra vez con la misma piedra.

La mayoría de los que se entrenaban en el patio en aquel momento eran escuderos, a juzgar por su edad. Sólo uno de ellos tenía algo de pelusa en la barbilla, y los golpes que se asestaban eran enérgicos pero poco limpios. Aún se movían con torpeza. Robert debería salir algún día a entrenar, al menos para ir aprendiendo movimientos básicos, pero sólo conseguiría magulladuras y alguna burla cruel. Eran demasiadas las cosas que Robalito debería estar haciendo a su edad. Pensar que aquel niño podría llegar a ser algún día el Señor del Nido de Águilas era tan ridículo como esperar a que Cersei Lannister empezara a repartir limosna por el Nido de Pulgas. La gente necesitaba depositar su confianza en otra persona.

-Mis señoras-uno de los guardias que había bajado de Nido de Águilas los primeros días del descenso se presentó ante ellas-. Lady Myranda, vuestro padre me ha pedido que os acompañe a las puertas, os está esperando. Lady Alayne, el Lord Protector desea veros antes de que lleguen los invitados. ¿Deseáis que os acompañe alguien?

-No es necesario, pero os lo agradezco. ¿En la torre oeste? -El guardia asintió-. Nos vemos después, mi señora.

-Randa-replicó ella poniendo los ojos en blanco-. Nos vemos.

Los vio alejarse durante unos instantes antes de ir en dirección a la torre. Si el padre de Myranda estaba ya en las puertas no podía faltar mucho para que llegasen todos, así que se dio prisa en subir hasta la sala donde Meñique recibía a las visitas. Llamó antes de entrar y al no obtener respuesta empujó la puerta para asegurarse de que no interrumpía nada. Petyr estaba absorto en la lectura de unos papeles, le hizo un gesto para que se cerrara la puerta y se acercase y tardó un momento en levantar la vista.

-Buenos días, Alayne-sonrió, mirándola con ojos de Meñique.

-Buenos días, padre.

-¿No me vas a dar un beso de buenos días?

Aquello la hizo tensarse, pero se acercó y le dio un beso fugaz en la mejilla, esperando que lo dejara estar así y pasasen a hablar del tema por el que la había llamado. Pero él había visto venir el gesto y cuando quiso apartarse la sujetó por la muñeca y, levantándole el mentón con la otra mano, depositó un suave beso en sus labios. Entonces la soltó.

-Estás preciosa-dijo, extendiéndole los brazos y examinando la ropa con aprobación-es sencillo, pero te queda bien.

-Gracias...-musitó, intentando creer sus palabras y diciéndose que todo iba a salir bien.

-Te noto nerviosa.

Volvió a sentarse y se palmeó la rodilla para indicarle que se sentara sobre él.

-No es... nada. Estoy bien.

-Algo de nerviosismo es natural, y el rubor te da un aspecto encantador, cariño, pero hoy no tienes que perder la calma. Cuando te des cuenta de lo que tienes que hacer te darás cuenta de que en el fondo es lo más fácil del mundo. Confía en mí.

"Confía en él" se dijo Sansa, sin saber cómo tomarse aquello.

-¿Necesitabas hablar conmigo?-inquirió.

-Necesitaba ver si estabas lista, pero por supuesto era imposible que pudieras decepcionarme-le acarició el pelo sobre la oreja y continuó hablando con una media sonrisa-. Además, tenía que comentarte algo antes de que vayamos. Verás, nuestro Harry es un muchacho que ya viene sobrado en amores, o eso cree él. Tienes que ser precavida. Primero tienes que gustarle, y eso es lo fácil. Pero después las cosas pueden complicarse, y quiero que mantengas la cabeza fría. Seré claro: no te dejes camelar fácilmente.

-¿A qué te refieres?

En ese momento comenzaron a sonar las trompetas que anunciaban la llegada de los Waynwood. Lord Baelish la tomó de la mano y se incorporaron.

-Lo hablaremos esta noche. Ahora sé tú misma y todo saldrá bien-dijo, dirigiéndose hacia la puerta y recolocándose el jubón.

Sansa asintió con la cabeza y lo siguió, aún más insegura que antes.

Justo cuando iban a salir, él se dio la vuelta, y la besó en la frente. Aquella vez había sido tan inesperado que sintió que se le encendían las mejillas de nuevo.

-Así. Perfecta.