Cessante causa cessat effectus

Pensé que ella me tomaría en brazos cuando todo terminara, que secaría las lágrimas que yo había derramado mientras que peleaba con las demás, temiendo que muriera y me dejara sola. Ya la veía ganando y nos vi recorriendo nuevos caminos polvorientos de la mano, bajo la intensidad del sol, sin quejarme nunca porque la tenía a ella.

Fue demasiado rápido. Cuando bajé la vista, esperaba cualquier cosa, un pájaro que de alguna forma se había caído en picada del cielo, una serpiente a punto de morderme, una pareja de conejos copulando. Cualquier cosa. Menos sus manos cortadas. Ni siquiera pude gritar.

Y después sus ojos, sus ojos me saludaban desde el cielo, casi fundidos con el azul en él y sus cabellos me parecieron trozos de la potente luz del sol. Ya no estaba por llover. Y yo aún no lloraba. No entendía. Quizás se levantaría. Pegaría su cabeza al cuello…

El suero las hacía hablar y ellos lo permitían para mantenerlas conscientes en su sueño lúcido, que a menudo revivía las turbias memorias que las empujaron a donde se encontraban. A vender sus cuerpos como esclavas, a dormir en una posada muy barata donde se despertaban maniatadas, el tratante de blancas dispuesto a tasarles con manos temblorosas por sifilíticas. Rubeus nunca escuchaba. Recopilaba datos acerca del tratamiento para compilarlos en la información que pasaría a sus verdaderos empleadores. Pero Teresa había sido diferente, llorando por sí misma antes que por traiciones y mala suerte en general. Y Clare, desnuda y con los dedos extendidos hacia las luces del fuego, le inspiraba ternura de padre. Tanto que hubiera querido asfixiarla para ahorrarle el sufrimiento, en vez de limitarse a cerrarle los labios con sus dedos firmes, terminada la primera etapa de la transformación, en la que los dolores empujan al delirium tremens, sin importar qué sedantes usen. Era conveniente dejar la habitación antes de que a ella le salieran garras y tuvieran que pelear para evitar que las afilara en su carne.