Memento mei

Le da miedo desvestir a Clare, en especial desde que vio sus costillas salidas y las cicatrices en su piel, cuando estaban en el río y sintió deseo por ese cuerpo infantil, mancillado al punto de lo irreconocible, que en nada se parecía a los de esos chiquillos sonrosados, regordetes y felices que Teresa asociaba de inmediato con la palabra "niñito", a menos que sus pensamientos giraran hacia las carretas arrastradas por los vendedores de esclavos, en cuyo interior moraban criaturas famélicas, carentes de una identidad, hasta que fuesen comprados y recibieran un objetivo por algún Amo, quizás tan lascivo como Teresa se sabía en algún nivel. Tampoco ella se quita la ropa. Siquiera está descalza, solo le falta la armadura. Quiere estar presentable cuando esos guerreros lleguen, si es que la encuentran. Y si Irene está entre ellos (¿A quién más mandarían de ese ejército mediocre en comparación?) no tardarán demasiado. Puede tenga tiempo hasta la mañana.

El problema con intentar proteger a un niño abusado de nosotros mismos es que entiende por daño, interés y si lleva nuestras manos a su piel trémula como si acaso nos entregara un regalo que ya de por sí codiciamos…

Clare a penas estaba despierta como en sueños cuando la invitó a dormir con ella, llamándole con chillidos y golpes en el colchón, los ojos húmedos, sentada en la cama, sus piernas de pájaro separadas y una sonrisa de mujer crecida, esposa consumada, madre futura aunque cronológicamente posea menos de diez años, apretados contra su escaso pecho, siendo ya una sirena que clama hundirse en el mar, por primera y única vez, siendo probablemente lo único correcto que queda por elegir.

Teresa se dice que Irene no es ni en sueños suficiente, que Noel y Sophia son patéticas, que no hay ninguna sorpresa para ella esperándola bajo el cielo nocturno. Desata su regalo entre promesas de un mañana que en el fondo está segura de que nunca llegará, porque quiere convencerse a sí misma antes que a Clare. De repente ya no es la hermana mayor.