Este es el último capítulo. Muchas gracias por todas las alertas y los reviews. Termino el fic con 56 review, y estoy muy contenta ^^ Gracias a todas por los reviews y las alertas. Nos leemos en mi próximo fic Un beso - Capítulo 23

—¡Queremos la Copa! ¡Queremos la Copa!

Los gritos de los seguidores de los Blades situados detrás de las barricadas que había montado la policía, resonaron en los oídos de Darien mientras entraba con su coche por el túnel de acceso a los Met Gar. Era un día precioso de verano, el sol de última hora de la tarde seguía radiante y, como por milagro, la humedad era mínima. Sabía de sobras lo que estaría haciendo en un día así de haber finalizado la temporada: patinar por Central Park. Pero estaba a punto de jugar el que podía ser el partido de hockey más importante de toda su carrera.

La ciudad entera estaba paralizada por la fiebre de los Blades. Se percibía. Eran la comidilla de los programas deportivos de la radio, de los periódicos, de los canales televisivos deportivos. Artemis Moon le había comentado que en el departamento de relaciones públicas, Serena y Rubeus estaban gestionando centenares de solicitudes de entrevistas que auguraban la victoria definitiva de los Blades aquella noche, muchas de ellas de programas realizados en Nueva York como «Good Morning America» y «The Daily Show». Había que decir a su favor que Lou sabía perfectamente que era mejor no pedirle a Darien que se comprometiera con los medios de comunicación hasta que la Copa fuese oficialmente de los Blades. El año anterior, Darien había accedido a aparecer en «Good Day New York». Y eso había sido todo. Este año era posible que accediera a alguna cosa más. Todo dependía de su estado de humor y de quién quisiera entrevistarlo.

Esperaba la victoria. No sólo por lo dulce que resultaría cerrar la serie en cinco partidos, sino porque sus chicos estaban agotados, su mente y su cuerpo en un estado de fatiga extrema. Si Los hados se ponían en su contra, les tocaría desplazarse a Los Ángeles, batallar un sexto o un séptimo partido más, y luego conseguirlo, ganar. Pero por el bien de todos, esperaba que aquella noche señalase el final del trayecto.

En el interior, los ánimos estaban contenidos pero reinaba la excitación, los guardias de seguridad le gritaron «¡Buena suerte!» al verle pasar y por los pasillos iluminados con fluorescentes de las entrañas del edificio, corrían tipos trajeados que no había visto en su vida y que parecía que tuviesen algún asunto muy importante que atender. «¿Qué demonios hacen todos estos por aquí de repente?—pensó con resentimiento—¿Asegurarse de que el champán para celebrar la victoria está lo suficientemente frío?».

El vestuario era otra historia. Sus chicos estaban vistiéndose para el encuentro y se les notaba inusualmente silenciosos, cruzando apenas cuatro palabras entre ellos. Alguien había colgado un espléndido cartel sobre la puerta de entrada que rezaba «¡LA COPA ESTÁ EN CASA!», pero nadie parecía prestarle mucha atención al cartel o al sentimiento que llevaba implícito. Darien sabía muy bien lo que todos estaban experimentando; él lo experimentaba también, sus emociones eran un extraño cóctel de ansiedad y determinación, sazonado con un pequeño indicio de estar completamente agobiado. Sabía de equipos que no se cruzaban palabra mientras se preparaban para el que podría ser su partido de cierre de la temporada; equipos que se arrodillaban y rezaban, o que se sentaban juntos para ver imágenes de desfiles de la victoria con el objetivo de armarse de energía e inspiración. Pero aquel equipo no. Aquel equipo haría lo que había venido haciendo durante toda la temporada: comprender las indirectas que él les lanzaba.

—Escuchadme, chicos.

Todos los ojos se volvieron hacia Darien, de pie delante de su taquilla, la «C» azul de su pecho destacando en relieve sobre el blanco de su jersey.

—Cualquiera que alguna vez en su vida se haya calzado unos patines y haya jugado al hockey ha soñado en el momento en que nos encontramos ahora. Ha habido jugadores de la liga profesional, grandísimos jugadores, que han dedicado su vida entera a este deporte y que nunca han conseguido estar tan cerca de ganar la Stanley Cup como lo estamos nosotros en este momento. —Tosió para aclararse la garganta pues la emoción, lentamente, empezaba a apoderarse de él—Sé que habrá algunos que no se lo tomarán muy mal si perdemos esta noche. Algunos que pensarán: «Siempre nos queda el año que viene». Pues bien, estoy aquí para deciros que eso no es verdad—Repasó el vestuario entero con la mirada—Nunca volveréis a estar tan cerca de conseguir esta Copa. Lo único que tenemos es este momento, aquí, ahora. Eso es todo.

—Ganar esta noche no será cuestión del talento que poseemos como equipo o de las habilidades que aportamos a la pista como jugadores individuales. La victoria de esta noche dependerá de una sola cosa: de las ganas que tengamos de conseguirla. Si queremos la Copa con todas nuestras fuerzas, llegará el final de la noche y será nuestra. Pasados los años, podremos explicarles lo sucedido esta noche a nuestros hijos y a nuestros nietos. Seremos capaces de enseñarles nuestros nombres grabados en la Copa: una prueba permanente y duradera de que todos, hasta el último hombre de este vestuario, fuimos ganadores—Cogió su casco y se lo ató—Yo no sé vosotros, pero yo...deseo la Copa con tantas ganas que incluso la saboreo ya. Así que vayamos a por ella. Hagamos historia.

—¡La Virgen, no puedo más, me va a dar otro infarto aquí mismo, lo juro por Dios!

Serena le lanzó a Artemis una mirada de preocupación aun sabiendo, esperaba, que hablase sólo en plan metafórico. Era la última parte del encuentro, quedaban seis minutos para el final, y los equipos estaban empatados. Los Blades habían marcado primero a los tres minutos de la primera parte, después de que la línea de Darien cargara contra la zona defensiva de Los Ángeles como una estampida formada por tres hombres. Andrew Furuhata había engañado astutamente al portero de Los Ángeles en una jugada tan fina que había dado la sensación de que los Blades estaban jugando sin ningún tipo de presión. Pero el equipo de Los Ángeles había respondido enseguida, tres minutos después, y con ello habían marcado el tono del partido. Los Blades habían marcado otro gol veinte segundos antes del final del primer periodo, pero los habían pillado desprevenidos al principio del segundo, cuando Los Ángeles saltaron al hielo y lanzaron un disparo desde la línea azul que empató el partido a dos. El marcador no se había movido desde entonces. Sobre la pista, y mientras ambos equipos luchaban por el dominio del encuentro, se cernía una sensación de urgencia con tintes de desesperación. Serena miró las gradas a su alrededor, las caras tensas y esperanzadas de los seguidores, algunos con patas de conejo y herraduras de la suerte, otros con ristras de ajos a modo de collares para ahuyentar la mala suerte. En la tribuna había una pancarta descomunal que rezaba: «¡EL RAYO PUEDE CAER DOS VECES! ¡ADELANTE, BLADES!». Como todos los presentes, Serena esperaba fervientemente que eso fuera cierto.

A su lado, Sammy aguantaba la respiración cada vez que los de Los Ángeles llegaban a la zona defensiva de los Blades. La tensión en el pabellón era insoportable, la espera a que alguien marcara, una tortura. Serena, a medida que transcurrían los minutos finales del encuentro, intuía que los dieciocho mil seguidores de los Blades allí congregados confiaban desesperadamente que su equipo no recibiese un gol en contra...o que el partido se viera obligado a prolongarse con una prórroga. Concentrada en la acción que se desarrollaba sobre el hielo, se dio cuenta de que el entrenador Neflyte le susurraba alguna cosa a Darien en el banquillo. Darien movió afirmativamente la cabeza, comprendiendo, se levantó y salió a la pista con Andrew Furuhata, mientras que el alero derecho que solía acompañarlo en su línea, Armand, permanecía sentado. En lugar de Armand, el otro alero de Darien sería.

Serena se volvió hacia Artemis.

—¿Qué sucede?

—Neflyte está intentando reorganizar las cosas, generar algo de acción—le explicó.

Pasó un minuto. Dos. Serena tenía la boca seca, su corazón, debajo de la americana, corría a doble velocidad de la normal. Vio entonces cómo Darien sorteaba a un defensa del tamaño de un armario, realizaba un pase amplio hacia Jedite, que estaba solo en un hueco a menos de seis metros de la portería de Los Ángeles. Andrew patinó hasta quedarse quieto y a la espera delante del portero, haciendo las veces de pantalla. Funcionó: Jedite lanzó el disco con un tiro bajo en dirección al portero contrario y se encendió la luz roja situada sobre la portería. ¡Gol! ¡Los Blades acababan de ponerse por delante a sólo tres minutos del final del partido!

La gente se volvió loca, pero el alboroto no duró ni la mitad de lo que Serena imaginaba. Desconcertada, acudió de nuevo a Lou, cuya expresión era precavida.

—Aún tenemos que superar estos tres minutos de reloj, muñeca. En tres minutos pueden suceder muchas cosas. Ya lo sabes. Empieza a rezar.

De repente, era como si el tiempo transcurriese a cámara lenta. Sammy se había colgado a su brazo y la apretaba con fuerza. El pabellón entero aguantaba la respiración mientras el equipo de Los Angeles hacía todo lo posible para evitar la derrota. Pasaron los últimos segundos.

Y entonces sonó el timbre que anunciaba el final y los Met Gar explotaron en un rugido ensordecedor. ¡Los New York Blades acababan de ganar la Stanley Cup por segundo año consecutivo!

—¡Síííí!—Serena y Sammy se habían puesto en pie y estaban abrazándose, gritando y aplaudiendo junto con el resto de la feliz multitud. Artemis tenía el rostro lleno de lágrimas y la abrazó enfervorizado.

—¡Esta es mi chica! ¡Sabía que se lo dirías!—exclamó.

—¿Qué?

—Sabía que si te enterabas de que Milenio estaba planteándose despedirle, no permitirías que se fuese abajo—le gritó Artemis al oído, por encima de los vítores ensordecedores de la multitud.

—¿Me tendiste una trampa?

Artemis le pellizcó la nariz.

—Bingo.

—¡Eres increíble!

Artemis inclinó la cabeza en dirección al hielo.

—Mira allá abajo y dime si no merecía la pena—le gritó, su voz cada vez más ronca.

Serena miró hacia la pista. Darien daba saltos como un niño pequeño, lanzando su puño al aire mientras a su alrededor, sus compañeros de equipo lloraban, reían, se abrazaban. Su júbilo resultaba contagioso: Serena se sentía exultante, especialmente cuando por fin la Copa salió a la pista. Le fue entregada a Darien, que enseguida la pasó a todos sus jugadores antes de recuperarla para disponerse a dar vueltas lentamente por la pista, levantándola en alto para que los admiradores pudieran compartir también aquel momento de gloria.

—¡Quiero tocar la Copa!—suplicó Sammy.

Serena le dio un empujón en el hombro, bromeando.

—Pues entonces, levanta el culo y baja.

Le siguió con la mirada mientras bajaba corriendo hasta el nivel más bajo de las graderías, abriéndose camino hacia la parte delantera del gentío. Darien se acercaba, con una sonrisa de oreja a oreja mientras las manos de los espectadores intentaban tocarlo, un mar de dedos vacilantes y desesperados por contactar con el sagrado de los sagrados. Él, con paciencia, trataba de satisfacer a todo el mundo, y una mirada de cariño le iluminó el rostro en cuanto vio a Sammy. Al cabo de un minuto, Darien estaba diciéndole alguna cosa a su hermano; y un minuto más tarde levantaba la vista en dirección a la sala de prensa, buscándola. Se miraron el uno al otro; se miraron al corazón del uno y el otro. Y luego Darien continuó patinando sobre el hielo.

Con una sonrisa de satisfacción, Artemis abrió la boca pero Serena lo paralizó con una simple mirada.

—No—dijo ella.

Cualquier otro comentario quedó arrinconado cuando uno de los fieles periodistas deportivos le dio a Artemis un golpecito en el hombro con la intención de preguntarle dónde se llevaría a cabo la celebración de la victoria.

—La fiesta oficial para los colegas del trabajo y el equipo se celebrará aquí, en el restaurante del pabellón, The Grill—le explicó—Pero nadie sabe, ni le importa tampoco a nadie, dónde decidirán los Blades celebrar luego su Copa.

Darien no lo creía posible, pero ganar una segunda Stanley Cup para los New York Blades sabía más dulce incluso que haber ganado la primera. La repetición de la victoria cimentaba la reputación del equipo como un club de hockey sobresaliente. Y prácticamente le garantizaba un lugar en el Salón de la Fama del Hockey...algo que en realidad nunca había dudado. Se sentía orgulloso de lo que había conseguido el equipo en el hielo, pero más aún, se sentía orgulloso de los hombres en que se habían convertido; hombres conocedores del valor de la lealtad, la hermandad y la perseverancia. Aunque ninguno de ellos volviera a obtener otra Copa en su vida, aquellas características siempre formarían parte de ellos, para mejor o para peor. Siempre compartirían un vínculo especial.

Cuando finalmente regresaron al vestuario, él y sus chicos estaban más que molidos, pero eso no impidió que el champán y la cerveza corrieran a raudales gracias a los incontables brindis que allí se celebraron. Familiares y amigos abarrotaban el pequeño espacio, mientras que cámaras de televisión y periodistas pegaban sus micrófonos a las caras sudorosas de los jugadores, formulando una y otra vez las mismas preguntas: ¿Qué se siente al ganar una segunda Stanley Cup? ¿Tuviste dudas en algún momento? ¿Qué se siente, qué se siente, qué se siente...?

Darien, empapado en champán y a punto de caer borracho de júbilo mientras iba camino a las duchas, no pudo resistirse a dar la respuesta más evidente:

—¿Cómo crees que me siento? ¡Me siento estupendo!

Porque así era. Pero se habría sentido más estupendo de haber podido compartir el sentimiento con la única persona que realmente había ayudado a asegurar la victoria de los Blades inspirándolo. Había intentado tener un momento con ella en la fiesta «oficial» celebrada en The Grill, pero había sido prácticamente imposible. Cada vez que intentaba hablar con Serena, llegaba alguien a darle una palmadita en la espalda, o pidiéndole que posara para una fotografía, u obsequiándole con una bebida, o felicitándole. Tenía que admitir que tantas atenciones le encantaban. Demonios, si incluso había compartido unos escasos momentos de ternura con los tontainas de Milenio, hasta el punto de posar con ellos con la Copa...no porque quisiera hacerlo, sino porque sabía que con ello le haría la vida un poco más fácil a Serena. Y en hacerle la vida más fácil, en hacérsela más feliz, era un tema al que le había estado dando muchas vueltas últimamente.

Eran cerca de las tres de la mañana cuando él, Andrew y Lita entraron en la parte trasera de la espléndida limusina que les llevaría a la fiesta privada que el equipo celebraba en Dante's, el restaurante propiedad de los padres de Armand. Las largas avenidas de la ciudad estaban llenas de seguidores delirantes de felicidad, era como si todo Nueva York estuviera despierto y de celebración.

—¿Sabes, Darien? Podrías haber acudido a la fiesta con alguna chica—observó Lita Furuhata, casualmente.

Darien estiró el brazo para acariciar la Stanley Cup, que descansaba en el asiento del pasajero junto al chofer.

—Tengo a mi chica aquí mismo—dijo, esperando que Lita captara la indirecta y dejara correr el tema. La quería como a una hermana, pero no le gustaba que se entrometiera en su vida. «Sé lo que me hago—le habría gustado decirle—aunque tú creas que no».

En el exterior del restaurante, las barricadas montadas por la policía mantenían a raya a unos cuantos miles de seguidores que esperaban su llegada. Había corrido la voz de que los Blades estaban en Brooklyn y la manzana entera había quedado cerrada al tráfico...menos para el conductor del coche en el que iba el capitán del equipo, en cuyo caso se hacía una excepción. La multitud enloqueció cuando la limusina se detuvo enfrente del restaurante y de ella salieron Darien y los Furuhata. Y cuando cogió la Copa y la levantó para que todos pudieran verla, Darien sintió la adrenalina corriendo por sus venas. «Éste—pensó, rebosando de orgullo y sensación de logro—es uno de esos momentos que no se olvidan jamás». Los Furuhata entraron enseguida en el restaurante, pero Darien estuvo un rato paseando de un lado a otro de la barricada, regalando a los seguidores un momento con su Copa. Tenía la sensación de que era lo menos que podía hacer para recompensar su dedicación al equipo, eso sin mencionar el hecho de que llevaban horas esperando delante del Dante's sólo para disfrutar de aquel momento.

En el interior, la Copa fue la invitada de honor, pasando por manos de todos para poder beber de ella. Tan pronto se vaciaba, alguien la devolvía a la barra para llenarla de nuevo. En el transcurso de la noche, los invitados habían estado entonando canciones espontáneamente, y el restaurante entero temblaba con el retumbar de los felices pies que no paraban de bailar en la improvisada pista de baile.

La celebración continuó y Darien esperó a que se produjera un momento de sosiego en la fiesta para reclamar la atención de todo el mundo. El salón se quedó en silencio. Dio un nuevo trago a su Guinness para tomar más fuerzas e inició entonces su discurso. Empezó felicitando a todos y cada uno de los jugadores mencionándolos por su nombre, así como a cualquier otra persona que consideraba hubiese contribuido a la victoria del equipo, desde su estupendo equipo de entrenadores hasta el encargado del cuidado de los palos. Expresó su gratitud y su orgullo. Les recordó que había sido un año muy duro y les felicitó por haber capeado juntos el temporal estableciéndose un objetivo y aferrándose al mismo.

Y luego, los dejó a todos pasmados.

—Quiero dar las gracias a todos los chicos con los que he jugado en la Liga Profesional. Creo firmemente en que lo mejor es dejarlo mientras estás aún en la cima. Por este motivo, el de esta noche ha sido el último partido de hockey profesional que jugaré y ésta es la última Stanley Cup que conseguiré. He decidido retirarme.

En el salón no se oían más que gritos sofocados de incredulidad. «¿Por qué?» preguntaban algunos de los jugadores, sus rostros pálidos de asombro y luchando en vano por reprimir las lágrimas.

—He tenido una carrera magnífica, pero ha llegado el momento de seguir adelante y perseguir otros sueños que he postergado a un segundo lugar debido a—lanzó una mirada a Andrew—mi dedicación fanática a la victoria. ¿Conocéis la expresión «Buscarse la vida»? Pues esto es lo que finalmente voy a hacer, chicos. Voy a buscarme la vida.

Cogió la copa de cerveza, aliviado de haber terminado por fin. La multitud se abalanzó sobre él, los más allegados apretujándolo con cariñosos abrazos. Le hablaban a la vez centenares de voces, pero la única que podía oír con claridad era la de su propia cabeza. «Ya está». Lo había hecho. Había dicho lo que tenía que decir sin derrumbarse. Sabía que Milenio le suplicaría de rodillas que se quedase. Le daba igual. Sabía que la cobertura periodística sobre el tema sería especialmente intensa de entrada, pero también le daba igual. Haría lo que tenía que hacer y diría lo que tuviera que decir: cualquier cosa con tal de garantizar que su partida no deteriorara la perfección de lo que su equipo había conseguido sobre el hielo aquella noche.

Los apretones de manos, las palmadas en la espalda y los abrazos se prolongaron eternamente. Darien se sentía animado, como si acabara de sacarse un gran peso de encima. Miró el reloj. Las seis de la mañana y la fiesta seguía a tope, tanto dentro de Dante's como en las calles. Decidió quedarse. Necesitaba ocuparse de un asunto más antes de llevarse la Copa a casa y conciliar el sueño más profundo y placentero de toda su vida. Paciente como siempre, esperó a que empezara la jornada laboral del resto del mundo.

—¡Caray, qué vida más glamorosa llevamos los relaciones públicas!

Serena ni siquiera se molestó en responder el comentario de Rubeus, fascinada y horrorizada como estaba al ver que los teléfonos de la centralita de la oficina de relaciones públicas se iluminaban y sonaban sin parar. Era el día después de la victoria de los Blades y aunque los jugadores y el personal del equipo disfrutaban del día libre para recuperarse del ensueño de la noche anterior, el equipo de relaciones públicas no había tenido esa suerte. Pasarían el día en aquel infierno de teléfonos, parando y devolviendo una alucinante cantidad de solicitudes por parte de los medios de comunicación, de preguntas y de ofertas. Artemis había contratado temporalmente a dos chicas para que les ayudaran a superar aquel aluvión, una solución que para Serena no había hecho más que empeorar las cosas. Cada vez que sonaba el teléfono, le preguntaban si tomaban nota del recado o se lo pasaban a Lou. Se dio cuenta de que ninguno de los dos molestaba nunca a Rubeus. A lo mejor sabían, por pura intuición, que era un tipo rastrero y poco colaborador.

Suspiró, intentando despejar su mesa. Llevaba sólo quince minutos allí y los Post-it ya empezaban a apilarse. «Good Morning America» quería a Darien. «Live with Regis and Kelly» quería a Jedite. Habían llamado del despacho del alcalde porque necesitaban repasar los planes para el desfile triunfal previsto para el viernes, a dos días vista. En sólo dos horas, todo el equipo, junto con los entrenadores y el director, tenían que estar en los Met Gar para posar con la Copa sobre el hielo para la fotografía oficial del equipo. Serena pensó algo alarmada en qué hacer si alguno de los jugadores se presentaba borracho a la sesión fotográfica, o no se presentaba. «Eso no sucederá—se dijo—Estarán todos allí».

Aunque inesperado, había sentido una pequeña oleada de satisfacción al llegar al trabajo y ver que no había líos muy grandes que solucionar. Ninguno de los chicos se había metido en peleas, ni habían paseado la Copa por ningún club de striptease, ni la habían perdido, ni habían hecho nada cuestionable con el preciado trofeo deportivo desde que ella los había dejado solos. Se concedió un momento para sentirse orgullosa de ello. Artemis la había contratado para sacar a flote la mala imagen de los Blades y para ayudarles a conseguir un nivel más alto de respetabilidad. A juzgar por cómo se había comportado el equipo este año en comparación con el pasado, le daba la impresión de que había merecido la pena trabajar tan duro como lo había hecho. «A lo mejor no tendría que dimitir—pensó, algo incómoda—A lo mejor debería seguir trabajando para Artemis».

—¿Serena?

Una de los colaboradoras interinas acababa de mencionar su nombre por centésima vez en lo que llevaban de mañana. Apretó los dientes.

—¿Sí?

—Los de Rubi Blackmoon están al teléfono—dijo la chica, casi sin aliento—.Quieren saber si Darien Chiba y Andrew Furuhata estarían dispuestos a aparecer con la Copa en el programa de esta noche. ¿Qué les digo?

—Pásale la llamada a Artemis. Luego vete al Starbucks de enfrente y tráeme un café con leche largo...no mejor un súper doble, ¿de acuerdo?—Buscó dentro de su bolso y le dio a la chica un billete de diez dólares. Y a continuación, entró en el despacho de Artemis y cerró la puerta.

—Esas pardillas que has contratado me están volviendo loca—declaró.

Artemis, en medio de una llamada, se limitó a asentir distraídamente. Serena esperó a que colgara el teléfono.

—¿Qué me has dicho?—preguntó.

—He dicho que...

El teléfono volvió a sonar.

—Cógelo—dijo Serena, dejándose caer en el sofá—Cógelo, no pasa nada.

Pero no lo hizo. Y lo que hizo, en cambio, fue ordenarle a su secretaria que retuviera las llamadas durante unos minutos.

—¿Has hablado con Chiba desde la fiesta en The Grill?—le preguntó.

—Ni siquiera pude hablar con él entonces. ¿Por qué? ¿Qué sucede?

Lou puso mala cara y se rascó la calva.

—Era Rubi Blackmoon, del Post. Ha oído un rumor sobre Chiba y quiere saber si es cierto.

«Oh, estupendo—pensó Serena, preparándose para lo peor—Ya estamos otra vez con mi vida personal publicada en todas las páginas de cotilleo».

—¿De qué rumor se trata?—preguntó.

—Dice que ha oído, de fuentes bien informadas, que en la fiesta que el equipo celebró anoche, Chiba anunció que se retira del hockey.

—Anda ya—dijo Serena, en tono burlón—Sus fuentes no tienen ni idea.

—Eso es lo que yo le he dicho, pero aun así, tenemos que estar encima del tema. Habla con él cuando se presente para la sesión fotográfica.

—Darien Chiba jamás se retiraría del hockey. El hockey es su vida.

Artemis levantó una de sus cejas del tamaño de una oruga.

—¿Detecto, quizá, cierta amargura en tu voz, corazón?

—En absoluto—dijo mintiendo Serena—Mira, he venido aquí para comunicarte que esas interinas que has contratado no valen para nada. Están preguntándome cosas cada tres minutos.

—Diles que tomen nota de los mensajes. Y punto.

—Creía que eso ya se lo habías dicho tú.

—Pues vuelve a decírselo—dijo Artemis.

—A Rubeus no lo molestan para nada—observó Serena, ofendida.

—Porque yo les dije que no lo hiciesen.

Serena se quedó mirándolo.

—¿Disculpa?

—La historia de Rubeus, de acuerdo. En cuanto todo este follón de la Stanley Cup se haya calmado, lo dejo ir. Lo último que quiero es tener trabajando para mí a un imbécil hambriento de poder y que se dedica a dar puñaladas por la espalda. Además, los jugadores no confían en él, sobre todo después del fiasco del informe de lesiones.

—¿De verdad que vas a despedirlo?—Serena se esforzó para que su voz no delatara la excitación que se había apoderado de ella, consciente de que no estaba bien encontrar placer en la desgracia de otro. Pero aun así, si ese otro resultaba ser Rubeus, tal vez sí estaría permitido alegrarse un poquito.

—Hasta la vista, Rubues, lo que acabo de decirte—Artemis parecía estar pasándoselo en grande—Intenta no poner esa cara tan triste, ¿lo harás? Sé que la noticia te está partiendo el corazón.

—Por completo.

—Voy a necesitar tu ayuda para encontrar un sustituto.

—Por supuesto—respondió tranquilamente Serena, sintiéndose un ser despreciable. ¿Debería decirle ahora, en medio de todo aquel caos, que ella también tenía pensado dimitir? Le daría una embolia. Mejor esperar a que todo volviese a la normalidad. La idea de dejar de trabajar con Artemis la llenaba de tristeza. Le adoraba, incluyendo sus malos hábitos con la comida.

Llamaron a la puerta y Serena se volvió, sorprendida.

—Caramba, qué rapidez.

—¿Qué rapidez en qué?

—Le he pedido a Roxy Nosequé que fuera a buscarme un café con leche.

La mirada de Artemis se iluminó.

—¿Le has pedido que le trajera además a tu jefe una de esas galletas gigantes de chocolate?

—No, no se lo he pedido—respondió Serena—porque mi jefe ya no come cosas de ésas, ¿verdad?

—Jesús, María y José, eres peor que mi esposa—refunfuñó Artemis—¡Adelante!

Se abrió la puerta y no apareció precisamente la interina con el café, sino Darien Chiba y la Stanley Cup. Detrás, Serena vislumbró la sonrisa afectada de Rubeus, así como la cara de asombro de la secretaria de Artemis y de la otra interina, que parecía que acabase de ser testigo del Segundo Advenimiento de Cristo.

—¡Chiba!—exclamó Artemis, tirando hacia arriba de sus pantalones mientras se levantaba de su asiento—¿Has estado toda la noche de parranda, no? Tienes peor aspecto que una carretera en obras. ¿Se han comportado tus chicos?

—Sí, por lo que yo sé.

—Pero tú no. Has sido un chico malo.

Darien dejó la Copa en el suelo y lanzó a Artemis una mirada inquisitiva.

—¿De qué me hablas?

Artemis le miró maliciosamente.

—¿Tienes algo que contarle al Tío Artemis de relaciones públicas?

En el rostro de Darien empezó a dibujarse lentamente una sonrisa.

—¿Qué has oído?

—No hace ni cinco minutos que me ha llamado Rubi echando espuma por la boca. Dice que sabe de muy buena fuente que anoche, en el Dante's, diste un gran discurso de arrivederci. ¿Es verdad?

Los ojos de Darien fueron a parar directamente a Serena.

—Sí. Me retiro.

—¿Pero qué te pasa, te has vuelto loco?—rugió Artemis—¡Si estás en la cima de tu juego!

—Razón por la cual quiero retirarme ahora—Seguía con la mirada clavada en Serena—Quiero salir estando arriba. Además, quiero hacer otras cosas en mi vida.

Le sonrió entonces a Serena, una sonrisa feliz y agotada que ella le devolvió, pese a la repentina sensación de timidez que sentía en su presencia. Era evidente que había pasado toda la noche despierto: iba vestido con los mismos pantalones de algodón beige y la misma camisa azul que llevaba la noche anterior, aunque ahora la ropa estaba completamente arrugada y su cara mostraba una barba incipiente, señal de que no se había afeitado. Pero sus ojos brillaban, no los tenía rojos, y la paz y tranquilidad que inspiraba desmentía cualquier sensación de haber tenido que luchar por tomar una decisión tan monumental como aquélla. Su forma de mirarla...tan abiertamente, con silencioso cariño, le decía a Serena que allí no había ido precisamente a hablar con Artemis.

El Toro estaba mirando a Darien de arriba abajo, como la madre que pasa revista a su hijo antes del primer día de colegio.

—Me imagino que piensas afeitarte y cambiarte antes de la sesión fotográfica, ¿no?

—Por supuesto—Se acercó al sofá y dejó descansar la mano sobre el hombro de Serena. Serena tragó saliva e intentó mantenerse indiferente, aunque no resultaba fácil. Un contacto con Darien, cualquier contacto, seguía siendo aún como un contacto con un cable enchufado a la corriente. Se preguntó si él se daría cuenta de ello.

—Artemis, ¿sería posible disfrutar de un par de minutos a solas con Serena?—preguntó educadamente Darien—Sé que hoy debe de ser una locura por aquí, pero la verdad es que esto no puede esperar.

—Ningún problema, De todos modos tengo que ir al baño.

Serena intentó ignorar el guiño que Artemis le hizo al salir del despacho y cerrar la puerta a sus espaldas. Se habían quedado a solas, sólo ella y Darien...y la Copa. Se levantó para acercarse a examinar de cerca el magnífico trofeo de plata. Olía a alcohol.

—Enséñame antes dónde aparece grabado tu nombre—le pidió, cohibida.

Darien se agachó y le señaló su nombre grabado en tres lugares distintos.

—Impresionante—dijo Serena. Darien se incorporó y Serena sintió que la observaba mientras ella leía distraídamente los cientos de nombres más que había grabados en la Copa—Anoche en The Grill, no tuve oportunidad de felicitarte—empezó a decir.

—Y yo tampoco tuve oportunidad de darte las gracias. De no ser por ti, esta Copa no estaría en estos momentos en este despacho.

—Claro que lo estaría—dijo Serena, incómoda con tanto reconocimiento.

—No, no estaría aquí—insistió Darien—Escúchame, Serena. Lo que me explicaste que Milenio tenía planeado para mí fue como una llamada de advertencia en muchos sentidos—La cogió por los hombros y con delicadeza la obligó a volverse de modo que quedaran el uno frente al otro—¿Recuerdas que al principio de temporada me dijiste que serías esa piedra en el zapato de la que no podría librarme y ese estribillo que no me podría sacar de la cabeza?

Serena bajó la vista.

—Sí.

—Pues tenías razón. Eres el estribillo que no me puedo sacar de la cabeza. Excepto que ese estribillo es de una canción de amor.

Serena cogió aire, deseosa de poder esperar, deseosa de soñar, pero aún con la necesidad de salvaguardarse.

—¿Me escuchas?—le preguntó Darien al ver que no respondía.

Serena movió afirmativamente la cabeza.

—Nunca, en el pasado, había sido capaz de mantener simultáneamente una relación e ir a por la Copa. Los temas personales siempre interferían mi concentración que necesitaba para ganar, o viceversa. Sé que hay chicos que pueden con las dos cosas...Andrew, por ejemplo. Pero yo nunca he sido de ésos. De modo que tenía que elegir. O bien seguía consagrando mi vida al hockey, o acababa mi carrera profesional con la nota más alta y dedicaba mi vida a la mujer de mis sueños.

Le cogió entonces la mano.

—La victoria de anoche fue gloriosa, pero no se acercó ni de lejos a la felicidad que siento cuando tú y yo estamos juntos—Hizo una pausa, pensativo—Sé que te hice daño cuando acabé la relación. Además mentí...a ti y a mí. Nuestra relación nunca fue algo informal para mí, jamás. Pero no podía reconocerlo, porque reconocerlo habría significado entregarte mi corazón. Mírame, Serena. Soy un cabrón. Me jacto de ser insensible al dolor y a la vulnerabilidad. Pero tú...—Le acarició con cariño la mejilla—Me enganchaste de verdad, señora. Y eso me acojonó de verdad.

Serena apenas podía hablar.

—Y a mí también me acojonó. Y ahora estoy espantada.

El la rodeó con los brazos, un abrazo protector.

—Sé que lo estás, pero no tengas miedo. Nunca, jamás, volveré a hacerte daño. Te lo juro.

El calor se apoderó de ella. Era tan estupendo estar entre sus brazos, tan maravilloso. Y aun así...Se retiró, sólo lo suficiente para poder mirarlo a la cara.

—¿Y ahora qué pasa?

—Que te pido que me perdones por haberte hecho daño. Te digo que te quiero y que espero que Dios te oiga decir que tú aún me quieres. Te digo que quiero construir mi vida a tu lado.

Las lágrimas empañaban la vista de Serena.

—¿Estás seguro de todo esto?

—Absolutamente—le aseguró, atrayéndola una vez más hacia él—He conseguido todo lo que me propuse conseguir. Por supuesto que podría seguir jugando, tal vez incluso ganar otra Copa, pero ¿qué sentido tendría? Quiero una vida, Serena, una vida de verdad. Y la quiero contigo.

—Me parece que los dos vamos a dar un vuelco a nuestra carrera profesional.

—¿Qué?

—No le comentes nada a nadie, pero voy a dimitir muy pronto—Se quedó dudando—Mina y yo vamos a montar una agencia de relaciones públicas.

—¡Enhorabuena!—Darien parecía encantado—Me alegro de verdad de oír esto.

—Ya veremos lo mucho que te alegras cuando me entre el pánico porque no tenemos suficiente clientela—Notaba el corazón aporreándole las costillas—¿Has pensado a qué vas a dedicarte?

—No lo sé. Supongo que abriré un restaurante—dijo en broma—Entrenador. Director de equipo. Ya aparecerá alguna cosa. A lo mejor me dedico simplemente a pasarme horas y horas haciéndole el amor a mi esposa.

«Esposa». La palabra resonó por sorpresa en la cabeza de Serena.

—¿Es eso...? ¿Vas a...?

Darien se echó a reír.

—Permíteme que sea yo quien formule la pregunta, ¿te parece bien? Serena Tsukino, ¿quieres casarte conmigo?

—¿No se supone que debes pedírmelo de rodillas?

Darien sacudió la cabeza y suspiró.

—Una luchadora hasta el final, ¿no? ¿Quieres que me arrodille? Está bien, me arrodillaré—Se arrodilló y tomó su mano—Serena Tsukino—repitió con gran solemnidad—¿quieres casarte conmigo?

—Mmm...sí—Se puso a dar saltos de alegría cuando Darien se incorporó y la levantó en brazos y empezó a dar vueltas con ella—¡Sí, sí, siiií!

—Oíd, nada de diversión en mi despacho, ¿me habéis oído?

Serena estaba aún riendo como una tonta cuando Darien la depositó en el suelo después de escuchar la voz de Lou.

—¿Habéis terminado ya, chavales?

Serena estaba resplandeciente.

—Ya estamos. Nosotros...—Miró a Darien, sin saber muy bien hasta qué punto podía hablar—Vamos a...

—Vamos a casarnos—anunció con orgullo Darien, pellizcándole a Serena el muslo.

Artemis corrió hacia ellos y estrechó con fuerza la mano de Darien antes de cubrir a Serena de un aluvión de besos paternales.

—¡Felicidades! Esto se merece unos sfogliatelle, ¿no creéis? Quedaos aquí y no os mováis. Utilizaré tu teléfono, muñeca, y pediré una caja enorme de un lugar que yo sé en Little Italy. Están para morirse. Será un momento.

Artemis volvió a desaparecer. Darien y Serena se miraron y se encogieron de hombros.

«¿Qué podía decir?», pensó Serena. Artemis era así. Inclinándose para darle un beso en la boca, Darien volvió a cogerla entre sus brazos, el único lugar donde Serena desearía estar siempre.

—Y bien.

—Y bien—repitió Serena, acomodándose en la seguridad exquisita de sus brazos.

—Eso es todo. Sólo hay otra pregunta importante que necesito formularte.

—¿Y es?

—¿Qué demonios son los sfogliatelle?

Serena soltó una carcajada.

—Ahí me has pillado. Pero eso, ya lo sabías.