Un Toki de aparentes 8 años se encontraba en el tejado de su enorme, exuberante y lujoso hogar. Un par de alitas de ángel en su espalda, claramente falsas, más por las correas que se veían claramente sujetándose a sus hombros como una mochila. Una pequeña gota de sudor frío se deslizo por su suave y pequeña nuca. Y cuando uno dice Toki de aparentes 8 años, es que realmente era el Toki de hace una década o más años atrás, y no un Toki adulto en su forma perdida. Un Toki de antaño feliz con su Nenene de antaño… "feliz".

Si, claro. Si es que la tontería que estaba a punto de hacer era por esa mocosa rara que no dejaba de sonreír a todo momento, y que era exactamente igual a el. Por esos momentos, la única idea que rondaba en su pequeña e inmadura cabeza aun sin poder especial alguno era el porque de las palabras de su hermana al recién conocerla.

Un ángel.

Eso es con lo que lo habían confundido mientras su hermana lo desnudaba casi, en un incestuoso pero inocente ritual para buscarle las alas que no tenía en ninguna parte de su cuerpo… a menos de que fuese como IronMan, pero no. Todavía no, actualmente solo le faltaba el traje mecánico, pero ese no es el punto. El punto es que si algo malo pasaba era culpa de Nenene y fin. Tal vez un poco de su padre, y del que le vendió las alas en la tienda de disfraces, pero nada más. Toki era totalmente inocente.

Dicho y hecho, y habiendo confirmado, escrito y firmado su testamento mentalmente, Toki se alistó colocándose en el borde del tejado. Si, así era, el pequeño Toki pensaba saltar, con esas torpes alitas plásticas en su espalda.

¿Por qué? Simple. Para comprobar si era un ángel o no. Un ángel tiene alas, un ángel vuela, un ángel es hermoso. El era hermoso, ahora solo debía comprobar los dos primeros puntos. Y con eso, su ego en alto, sus sueños infantiles, y la llamada "mala influencia" de su hermana, se dispuso a saltar. Un pequeño brinquito que marcó una serie de traumas… físicos.

Un pequeño Toki con el brazo fracturado, una pequeña Nenene ilusionada jugando con las alitas medio rotas, un desilusionado Primer Ministro de su descendencia masculina y un eternamente joven Heike sonriendo alegremente mientras firmaba el pequeño yeso del pequeño Toki. Muchas pequeñeces en sí.

Pero gracias a ello Toki descubrió el encanto de las enfermeras.

Y Heike el encanto de una bolsa de papel cuando se sufre de hiperventilación.