Condesa, condesa eran las palabras que se repetían insistentemente en la cabeza de Seras Victoria, se repetían tanto que dolían, ardían y quemaban en su ya muerto corazón ¿Por qué después de tantos años de espera eras habían sido las primeras palabras que había escuchado de él y no hacia ella?, claro también le había dicho que era una ruidosa como siempre cosa que le recordó el tiempo que habían pasado juntos como aprendiz y maestro, pero al final de cuentas sabía que no debía albergar ninguna esperanza puesto que ese rango no cambiaria dentro de poco tiempo e inclusive dudaba mucho que fuera a cambiar alguna vez, para él ella solo seria esa niña a la que conoció alguna vez: joven, tímida e infantil ¿Algún día la vería como la mujer que era? No… eso no era posible, él ya había elegido a la mujer de su querer y esa mujer era su ama: Sir Integra Fairbrook Wingates Hellsing.

¿Cómo pelear contra ella? Sir Integra era una mujer hermosa y decidida. A pesar de que los años habían hecho mella en su cuerpo y en su hermosísimo rostro coronado por dos enormes ojos azules como el invierno seguía siendo lo que era cuando la conoció. Estaba nerviosa y asustada, tenia irremediablemente roto el corazón y no sabía qué hacer; ella misma confesaba adorar a esa mujer a la que veía como hermana, como su verdadera familia ¿Debía odiarla por tener algo a lo que ella nunca podría aspirar? También para esa pregunta la respuesta era un no, porque ella no tenía la culpa de haber ganado algo que por derecho le pertenecía además, ella sería una buena compañera para la eternidad del conde y si él era feliz con eso ella también debía serlo. Era tan inmensamente fácil decirlo pero tan complicado de cumplirse ¿Si comprendía todo a la perfección entonces por qué dolía tanto?

Esos pensamientos pasaron por su cabeza tan rápido como salió de la habitación de su ama y corrió tan velozmente como sus piernas le permitieron y todo para salirse del área de efecto del poder telepático de Alucard, si tenía ese dolor tan grande en su corazón en ese momento no podría soportar un rechazo por parte de su maestro, no quería que le destrozara más de lo que estaba y que le rompiera el ultimo fragmento de ilusiones que había creado en su cabeza. También sabía que el lazo que había creado con él era tan fuerte y tan profundo que no importaba a donde fuera nunca huiría de él. Recordó cuando Integra le pregunto el porqué estaba tan segura de que su maestro volvería y ella solo había contestado con un "Porque él bebió mi sangre", lo que había querido decirle era un: "mi maestro y yo estamos tan unidos que no importa el tiempo o la distancia, siempre estaremos juntos. Fui creada para acompañarle, para cuidarle y le pertenezco de tal manera que su sangre me llama a estar en su presencia".

Dolía, era muy punzante y muy intenso. Elevó todas sus barreras mentales intentando que Alucard no pudiera entrar a conocer su secreto y puso a Pip Bernardotte como guardián de sus pensamientos, guardo todas sus lágrimas una a una tragándoselas para sí aumentando así su melancolía, vio el reloj que se encontraba en la estancia de su habitación y para su beneplácito ya casi era hora del amanecer –así no tendría que encontrarse con Alucard frente a frente y podría hacerse la dormida - se metió a bañar, un baño largo y caliente de esos que pretenden curar penas pasadas y futuras, se quedo sentada en la bañera a la expectativa. Cuando por fin se canso se puso el blusón para dormir y se metió a su ataúd a esconderse del mundo.

Escucho los pasos de su amo aproximarse a ella mientras dormía, estaba perfectamente despierta cuando el llego pero fingió no estarlo pretendiendo que él no le preguntara nada, que no la leyera con la facilidad con la que siempre lo hacía porque si lo intentaba irremediablemente sabría todo, no había nada que ella pudiera esconderle a su maestro si con tan solo pedírselo ella se lo diría abiertamente sin necesidad de leer su mente. Era como mantequilla en sus manos, era su dueño, amo y señor… y además de eso estaba total y desesperanzadamente enamorada de él.

Alucard se había acercado a su ataúd, inclinándose hacia adelante levantó la tapa silenciosamente y la observó con cautela e intentando no molestarla mientras dormía aunque él sabía perfectamente que ella aun estaba despierta y que intentaba dormir ya que estaba en una posición un poco extraña para su gusto, con las piernas dobladas hacia su pecho abrazándolas como intentando defenderse o incluso más que eso, protegerse de algo que pretendiera lastimarla. Tonta e ingenua Draculina – pensó el conde sonriendo como usualmente – ¿A qué le tienes miedo? ¿Qué en este mundo podría acercarse a atacarte mientras este yo guardando tu sueño?, mas sin embargo no se lo dijo en voz alta o se lo compartió por su lazo mental prefirió guardárselo para sí. Extendió su mano enguantada y acarició con suavidad su cabello dorado "Dulces sueños, Seras Victoria" dijo mientras cerraba el ataúd y se daba la media vuelta para desaparecerse y dirigirse a su habitación.

Cuando Seras sintió que había desaparecido su presencia de su habitación en la mazmorra, suspiro profundamente y se levantó hasta quedarse sentada dentro de su lugar para dormir ¿Había hecho lo que ella creía que había hecho? Solamente una vez había recibido una muestra de cariño tangible de su maestro y eso había sido precisamente el día en que había desaparecido, justo en medio de la guerra en Londres contra el Último Batallón: Su maestro en toda su grandeza en su armadura de caballero había aparecido delante de ella y Sir Integra, había alcanzado su cabeza con su mano y despeinado su cabello en señal de encariñarla; pero lo que más había emocionado a Seras en ese momento era que él la llamó por su nombre, la había reconocido como alguien más que una chica policía. Sonrió ante el simple pensamiento, era uno de sus tesoros mejor guardados. De pronto algo rompió la burbuja de ilusión que había creado: Ese mismo día también había visto a Alucard inclinado ante su ama, saludándole como: Condesa.

¡Maldita sea esa palabra cuyo significado me rompe el alma! – Grito para sus adentros con total desesperación - ¿Por qué razón me tuve que enamorar de él? Para cualquier persona que no supiera nada, tal como para Pip Bernardotte quien se encontraba algo confundido del por qué esa palabra causaba tantos estragos en su mignonette eso no era gran cosa, pero para ella quien tenía total conocimiento de quien se había enamorado era peor que cualquier tortura en el mundo: Se había enamorado ni más ni menos que del Conde Dracula.

- ¿Quéeeeeeeee? – Gritó el comandante Bernardotte en su cabeza en gesto de total estupefacción – ¿Me quieres decir, que ese vampiro loco y sádico al que llamas maestro es Dracula?, discúlpame que te lo diga de esta manera mignonette, pero deberías alejarte de él. Ese mounstro es la representación tangible de la maldad pura, ni siquiera debiste dejar que te mordiera cuando lo hizo no sabes lo su mente retorcida pueda llegar a imaginar.

- Por favor Pip, no hables así de mi maestro. Tú no lo conoces – Respondió la Draculina resignada y triste – Él es alguien bueno y siempre ha buscado lo mejor para mí

- Seras, debes estar bromeando porque si no es así creeré que has enloquecido y que la cercanía de ese sujeto te está haciendo daño – El tono del comandante había subido un poco como si lo que acabara de decir la vampiresa fuera una broma de muy mal gusto – Cuando me entere que estabas enamorada de otro hombre que no era yo rompiste mi corazón, lo acepto. Pero preferí tu felicidad y acepte tu decisión fuera cual fuese y jure ante mi honor que le respetaría y felicitaría por haber obtenido lo más precioso para mí. Ahora mí que mi percepción de las cosas ha cambiado tendré que romper mi juramento. ¡No puedo permitirte amar al vampiro Alucard!

- Pero tampoco puedes impedírmelo – Seras Victoria hablaba muy seriamente, casi desafiante y es que Pip había cruzado la línea: Intentar ir contra Alucard le ponía en una terrible posición con ella – No puedes pedirme dejar de quererlo porque eso es imposible. Además, no importa que tú lo quieras o no… soy su pertenencia y así será por la eternidad.

- ¡Pero Seras!... – Cuando iba a terminar su frase Seras simplemente lo ignoro acallando su voz en lo profundo de su ser.

Lo último que deseaba era poner a pelearse con Pip en ese momento y menos por su maestro. Eso era como meterse en una guerra que nunca terminaría, por más que ella quisiera al comandante Alucard siempre saldría venciendo. Sabía que había salido el sol ya pero no podía dormir, extrañaba la luz del día, extrañaba a sus padres… Quizá su madre si la comprendiera, pero pensándolo bien ¿Quién querría para su hija a un vampiro como pareja? Pero en ese momento no esperaba comprensión sino un abrazo fuerte que le permitiera tomar la fortaleza necesaria como para seguir adelante sin quebrarse. Tomo un hermoso vestido corto de mangas largas color palo de rosa que tenía en su closet, solo lo había usado una vez en una reunión a la que había ido con Sir Integra: Era de mangas largas pero que a su vez dejaban al descubierto su cuello y sus hombros un poco entallado de arriba pero suelto de la parte de abajo con una pequeña rosa en un extremo del escote, la falda del vestido tenía una caída de tres capas con un poco de vuelo que le llegaba un tanto arriba de la rodilla dejando al descubierto sus muy bien torneadas piernas.

Sin embargo sabía que era dejar demasiado al descubierto para un día soleado, los vampiros nunca salían al sol, una vez que lo había intentado se había quemado mucho sin contar que no soportaba verlo. Tomo unas mallas largas blancas y se las puso para cubrir sus piernas y uso unas botas largas de color beige para que combinaran según su criterio. No quería usar zapato alto, no era la ocasión tampoco era que fuese a salir a los jardines de la mansión vestida de etiqueta, era solo que no quería usar su uniforme que le traía muchos recuerdos así que se las ingenió con lo que tenía a la mano. Se puso guantes, tampoco sus manos debían estar al descubierto así que uso los de siempre que para efectos prácticos servirían escondiendo sus extremos debajo de sus mangas y atorándolas en ellos para que no se vieran tanto. Puso un listón en su pelo a modo de diadema haciéndole un moño en un extremo, tomo unos lentes de sol y una chamarra color beige de tela muy ligera que tenia gorro para ocultar su cabeza del sol.

Quería pasear y era una vestimenta linda pero extraña para lo que acostumbraba, sin embargo fuera de eso no tenía mucha ropa para ella en su haber que no fueran uniformes de Hellsing. Caminó todo el trayecto desde la mazmorra hasta la oficina de Integra con el gorro abajo y los lentes en la mano, tomó una bocanada de aire que le supo a un trago de valor y tocó la puerta.

- Muy buenos días Sir Integra – Dijo desde el otro extremo de la puerta – ¿Me es permitido pasar a su oficina?

- Adelante, tú siempre puedes pasar Seras – contesto su ama desde el interior de la oficina con alegría notable - ¿Qué te trae por aquí? ¿No se supone que deberías estar durmiendo en tu descanso?

Seras entró tímidamente y cerró la puerta con extremo cuidado, caminó hacia el frente y se puso delante de ella con mucho respeto:

- Es solo que no podía dormir y se me ha ocurrido que si era posible que… bueno – titubeó un poco al ver que la reina de hielo la miraba asombrada por su vestimenta – que si usted podría permitirme el día libre solo por hoy. ¿Es posible?

- Mm, bueno – Integra sonrió de oreja a oreja – ¿Es que acaso vas a salir con alguien? Te has vestido muy hermosa para la ocasión, supongo que si vas a salir con un joven debo darte permiso solo no lo vayas a morder, no quiero más vampiros locos como Alucard por aquí. Además, hablando precisamente de él ya puede hacerse cargo de las misiones que vayan a salir hoy mientras tú descansas así que ve sin preocupación que todo está bajo control, mereces un momento para ti. – Seras fingió una gran sonrisa como las de siempre solo por cortesía, aparentemente Integra estaba muy de buen humor ahora que su maestro había vuelto.

- Bueno si es así, voy a estar en los jardines de la mansión. Si necesita algo, por favor no dude en llamarme – Hizo un gesto tierno y amable como los que siempre solía hacer cuando se ponía a disposición de la comandante, pero ella sonrió y le contestó:

- Te he dicho que no te preocupes, si necesito algo ya Alucard se hará cargo… por ahora disfruta tu día de descanso. Puedes retirarte Seras.

Dio la media vuelta intentando no verla a los ojos, y salió rápidamente de su oficina. Estaba un poco ¿molesta? No, eso no era… No le molestaba para nada que Alucard tomara sus deberes en su lugar, incluso era reconfortante… la palabra que buscaba era otra: Estaba celosa. Siguió su camino sin mirar atrás, ese sentimiento era despreciable para ella y debía alejarlo lo más que podía así que acelero el paso con la esperanza de que con cada uno se alejara cada vez mas de esos pensamientos.

Sir Integra se había quedado pensativa en su oficina, ver a Seras Victoria vestida así había movido su amor propio. Era hermosa, hermosísima en todo sentido, ella también sentía envidia y celos de la Draculina por más absurdo que esto sonara: Envidiaba su juventud inmarcesible, su belleza incomparable y su dulzura, envidiaba su ingenuidad y su eterna inocencia que parecía atraer a más de uno. Esa vampiresa no tenía ni la más remota idea de lo poderosamente atrayente que podía resultar, a pesar de haberse convertido en un median ser inmortal y maldito ante los ojos de Dios no había perdido nada de su angelical sonrisa y su tierna voz. Quizá eso ahora era lo que más le envidiaba: Ella era de él, para él y seguiría con él vagando en su eterna condena por el resto del tiempo. También ella estaba celosa y viéndolo objetivamente era irónico que aquello que envidiaba Integra de ella era de lo que Seras quería deshacerse.

La noche anterior Seras no había sido la única a la que se había ido el sueño en la fortaleza de Hellsing, también la comandante especialmente después de haber escuchado un detalle del regreso del conde a casa: "Mi amada Draculina, sigue siendo tan ruidosa como siempre" había dicho Alucard después de que Seras Victoria se había retirado cerrando la puerta con un sonido estrepitoso y con una sonrisa enorme en los labios "Su risa es muy sonora y dulce como una hermosa melodía… y me alegra que sea así puesto que su voz ha demostrado ser tan poderosa como para hacerme regresar desde lo más profundo del infierno guiándome hacia donde ella" Fue así como Integra había comprendido que la razón de que Alucard haya vuelto no era solamente su servidumbre hacia la casa Hellsing, sino para volver a su vampiresa y acompañarla tal como debía ser.

¿Era acaso que con Seras Victoria también se hubiera cumplido que Alucard la hubiera elegido como su prometida para posteriormente hacerla una de sus esposas, tal como lo había hecho con Mina Harker?, Según lo que había leído y conocido a través de las memorias de su padre era muy común que las vampiresas fueran incondicionales a su maestro y le siguieran hasta el final, pero ahora estaba viendo algo singular: Su sirviente estaba siguiendo a su Draculina como una polilla a la luz. Pero él nunca había demostrado exactamente un interés romántico en Seras, ni siquiera pensaba Integra que dentro del Rey sin vida pudiera existir un corazón capaz de sentir amor; Toda su vida se había pasado intentando verlo como nada más que un mounstro o un arma para negarse a caer en su hechizo mortal; y es que el conde era muy bien parecido, de modales muy refinados, inteligente y muy bien preparado eso sin mencionar que a pesar de ser tan arrogante, presumido, soberbio y odioso su sonrisa solía derrochar una sensualidad sobrehumana pudiendo derretir a cualquiera con tan solo mostrarla.

Muchas veces le había ofrecido convertirla en su Draculina, pero Integra no estaba muy segura de que eso fuera una oferta seria para convertirla en suya o simplemente una forma de humillar a los ancestros de la familia de Van Hellsing riéndose en sus tumbas por haberle apresado. Todo parecía indicar que era la segunda, a pesar de que Integra y él podían pasar horas y horas juntos leyendo o platicando de diversos temas de interés en común nunca había visto exactamente un cambio en él como lo que había visto desde que Seras Victoria llego a Hellsing. La primera vez que la había llevado a una misión como tal cuando se encontraron con el padre paladín Alexander Anderson, Alucard había regañado muy duramente a su Draculina por haber cometido la torpeza de no haber bebido su sangre mas sin embargo, al ver la mirada de tristeza de la jovencita había dudado y recapacitado en su acción y había la reconfortado en su rara forma de actuar.

A Seras no había dudado ni un segundo en crearla y tomarla para él, hermosa jovencita de cabello dorado como el sol y ojos brillantes como zafiros que ahora eran de un rojo escarlata brillante pero que en ningún momento habían perdido su belleza. Él solía llevarla a todos lados, a cada una de sus misiones y hasta le había permitido dormir una vez en su precioso ataúd que usualmente era intocable para las demás creaturas comunes y silvestres que rondaban por la fortaleza, aun así, no había razón como para pensar que Alucard tuviera cierto interés en ella y eso la tranquilizaba, pero entonces ¿por qué no quería que se la encontrara por los pasillos en ese momento? Temía que notara lo que era por demás escandaloso: Su Draculina estaba perdidamente enamorada de él y ese día se veía especialmente preciosa. Aunque al conde le gustaba la sofisticación y se quejaba siempre de la debilidad aparente de su joven aprendiz aun la condesa sabía que Seras Victoria era una amenaza latente.

Horrible seria el día en que Alucard viera más allá de lo que era evidente sobre esa jovencita, que viera que en su alma ardía una llama inextinguible que solía sacarla avante incluso cuando todo estaba perdido que por lo tanto su debilidad era solo aparente puesto que era más fuerte que cualquier otro ser que ella hubiera conocido, que era talentosa e inteligente y sobretodo que era muy decidida. Era una gran líder de fuertes convicciones, maldito seria el día en que el Conde se enterara que aquella a quien trataba como una niña llorona era una mujer inigualable. Se tranquilizó pensando que Alucard se encontraba dormido y sus miedos eran totalmente infundados a causa de sus celos y que Seras no tenía la culpa de todo lo que sucedía dentro de su corazón, ambas eran víctimas del encanto demoniaco del Conde.

Cada día que pasaba ella era más vieja y menos atractiva – según pensaba dentro de su fuero interno - ¿Debía haber tomado la propuesta de Alucard cuando se le presentó la oportunidad?, ¡Claro que no! Una Hellsing nunca se convertiría en pareja de un vampiro, una Hellsing nunca se convertiría en eso a lo que ellos aborrecían más que a nada ni aunque el vampiro al que ella adorara fuera el Príncipe de Valaquia. Una Hellsing jamás se convertiría en una Reina sin Vida.