Disclaimer: Vocaloid es propiedad de Yamaha Corporation y Crypton. Esta historia fue escrita sin fines de lucro. [AU].


Capítulo XIV

—No comprendo tus palabras, Len, y en realidad no sé si quiero hacerlo—dijo Rui antes de introducir un apetitoso y masticable caramelo, un óvalo rosado, en su boca; empleando la punta de su dedo índice como causa y agente de movimiento. Lo saboreó cuidadosamente, perdida en las cavilaciones que inquietaban los rincones de su mente, y devolvió, cuando lo tragaba, su mirada indescifrable a Len—. ¿Estás diciéndome que mi hermano tiene un clon? Esa retórica revive amargos recuerdos de nuestra infancia y... ¿Un clon? ¿Estás completamente seguro?

—Sí, pero posee una diferencia particular—respondió y la pelinegra guardó finalmente el paquete de golosinas que había sacado de su mochila y que suponía debía de guardar hasta el almuerzo. Habían hecho una pausa en las monstruosas escaleras principales que subían hasta la entrada del edificio de secundaria, cuando su destino eran los laboratorios de biología en los que tendría lugar el primer segmento de clases, y el paisaje grisáceo de la mañana comenzaba a producirle náuseas. La aurora del día se había erguido con una marejada de brisas frías y vientos potentes, y los alumnos, sometidos al aliento abismal que bajaba del norte, se habían visto obligados a abrigarse más de lo usual, cubriendo sus gargantas con bufandas azuladas y empleando los sobretodos del uniforme para el invierno, como si la primavera estuviese aún por arribar. Ella amaba los panoramas helados que proporcionaban los meses de diciembre y enero, de la misma manera que su hermano lo hacía—. No solo él; Rinto también. He explicado los detalles en la carta que te entregué, añadiendo, además, el esquema del próximo plan. Rin colaborará con nosotros.

Rui alejó una ojeada sutil al bolsillo en el que había escondido el sobre gris, traspapelado entre las hojas de un texto de historia universal, que Len le había confiado. En su rostro se plantaron facciones incorruptibles, determinadas a luchar por una solución.

—¡Buenos días, Len, Rui!—Saludó Miku desde atrás, sosteniendo en su espalda el cuerpo desfallecido de Miki, quien se tambaleaba con pasos adormecidos y complicaba la exitosa culminación de la misión de su cargadora, mientras se hacía paso entre la masa circulante de alumnos. Su sonrisa emblemática y bondadosa destacaba entre las apariencias apagadas del resto, era un fenómeno entre aquel océano de caras consumidas por un letargo perenne, y Len y Rui se encontraron devolviendo su considerado gesto con vagos asentimientos. Era un progreso notable para el comúnmente apático rubio: de habernos transportado dos años atrás, no hubiera dudado en obviar los felices parabienes de Miku Hatsune—. He visto a Rin esta mañana. Estaba vestida con un atuendo deportivo y se preparaba para marcharse de la habitación. ¿Qué creen que ha dicho? ¡Debía de que cumplir con su horario de entrenamiento por las horas que Gachapoid descuidó ayer! Faltaban más de dos horas para el amanecer... ¡Increíble!

Miki pareció despertarse cuando Piko, envuelto por un aire incompatible con su temple, pasaba abruptamente detrás de ellas, corriendo como alma que lleva el diablo, desequilibrando la estabilidad de la pelirroja con su peligroso roce. Esquivando cuerpos y lanzando disculpas corteses, las cuales consumaba con un ritual extraño consistente en un detenimiento tosco y una alocada reverencia, se dirigió con frenesí hacia los umbrales abiertos. Gumi se unió pronto a él, con aquel semblante de atoro y angustia que generaba sospechas en la nueva banda de rebeldes.

—¿Qué sucede con ellos?—Quiso saber Rui, arqueando su ceja al tiempo en que miraba a Miku, sus rasgos endurecidos sin alegría alguna. Su compañera de equipo, siempre diligente si de entregar respuestas y explicaciones se trataba, no supo cómo hablarle, pues tampoco contaba con una idea clara de lo que ocurría.

—Sakine-sensei mandó a buscarles como los representantes de la clase; les avisó en el último minuto con unos mensajeros de primero. No se molesten en preguntar más, porque eso fue de lo único que Gumi quiso enterarme—contestó Gumiya, uniéndose al grupo de estudiantes que lentamente comenzaban a aglomerarse en los portales de la majestuosa edificación. Aprovechó el despiste somnoliento de Miki y la confusión liviana de Miku, y pasó sus brazos alrededor de los hombros de las dos damas, atrayéndoles hacia él en un enérgico abrazo y desconcertándoles con la repentina y no solicitada muestra de afecto—. ¡Qué buen augurio! Una reunión entre camaradas es una forma fantástica de iniciar el día.

—¿Camaradas?—Rui frunció el ceño y se animó a atisbar la expresión indiferente de Len por el rabillo de sus ojos. Notó cómo tanteaba el peso de su cuerpo de un pie a otro, mostrando mínimas y apenas distintivas, solo comprensibles para los que intimaban con él, señales de impaciencia.

Era trascendental que el rubio no se hubiera apartado todavía, dado su historial de evasiones típicas a situaciones sociales como aquélla. Una corazonada, cuya clase era rara y usualmente ignorada, le aseguraba a Rui que ese cambio era inmejorable y los resultados serían impresionantes. Una miserable y apenas visible sonrisilla maliciosa estiró los extremos de sus labios.

—¿Ahora nos juntamos con la plebe?

—Tsk, ¿plebe? Deberías de sentirte honrada de poder juntarte con nosotros, Rui Kagene. En especial con una persona de mi singular y superior intelecto—habló Akikoroid desde atrás. Cuando los pares de ojos viraron a verle, encontraron su muñeca encerrada en la circunferencia de una esposa metálica, unida a la misma articulación enrojecida de SeeU. Akikoroid aclaró su garganta cuando un rubor vergonzoso osó en apoderarse de sus mejillas—. No pidan una explicación porque me negaré a dárselas.

—¿Es así de ridícula y penosa, oh-ser-de-singular-y-superior-intelecto?—Se mofó Gumiya y SeeU, desdichando más a la pelirroja, asintió sin vacilación. A los presentes les llamó la atención que Akikoroid, a diferencia de las demás chicas, no lucía ningún suéter, chaleco o chaqueta, y las mangas de su camisa estaban nítidamente dobladas hasta los codos. Una simple pashmina azul marino protegía su garganta y tenía los dedos arropados por unos guantes de lino, pero nadie preguntó—. Haré que Tianiyi me cuente después, entonces. No podrás esconder tu secreto de ella.

Ella no me traicionaría. Aparte del hecho de que somos compañeras de equipos y frecuentamos más de lo que tú podrías encontrar conveniente, yo fui la primera persona en defenderle de los bravucones de cuarto año y ofrecerle un convenio parecido a lo que llamamos amistad—protestó Akikoroid y, en una sincronía impecable, los dos primos chinos se acercaron a ellos con Luna y Oliver, el joven rubio que había ayudado a Rin el día de la primera fase, siguiéndoles. Gumiya suspiró y murmuró un "este reto no morirá aquí".

—Buenos días, ¿a qué debemos tan temprana conmemoración?—Sonrió Luna y Miki y Len fueron los únicos que no le contestaron. La pelirroja se guindó del brazo de Miku, golpeando la mano de Gumo para librarse de su fastidioso agarre, y empujó con su cadera la cintura de su amiga, con el fin de que ella dedujera que debían de esfumarse. Len y Rui avanzaron en la cabeza de la comitiva, Miki y Miku iban detrás de ellos con Akikoroid y SeeU a menos de un metro, y por último estaban los miembros del Equipo C y los amables primos de China.

Había un mutismo nervioso en los pasillos. El rumor indiscreto y matutino estaba completamente ausente, lo que resumía un pronóstico de malas noticias. Pasaban el salón de los de primer año, repleto de cabezas intrigadas que lanzaban vistazos hacia afuera ocasionalmente, cuando, en la encrucijada que ladeaba el pasillo a los anexos de los laboratorios, visualizaron a VY2 ascendiendo pacíficamente.

Era una mañana de detalles inusuales e insólitos. El joven de cabello rosa se había atrevido a lucir un beanie distinto al que acostumbraba diariamente. En lugar del patrón negro que combinaba con los pantalones del uniforme y armonizaba con su actitud indiferente, unas suaves líneas blancas y azules envolvían su cabeza gracias al holgado gorro de lana que llevaba. Hasta tenía una bolita esponjosa colgando por su nuca.

Sus ojos estaban clavados en el techo, mesmerizados por los detalles florales esculpidos en yeso, y sus puños iban hundidos en el fondo de los bolsillos de sus pantalones. Sus audífonos tenían un cable negro conectado a lo que ellos asumieron se trataba de un Ipod. Cuando su complexión deambulante, que la mayoría de los estudiantes evadía, se topó con el confundido y paralizado grupo, sus orbes amarillos decayeron e inmediatamente se cruzaron con los celestes de Len Kagamine.

—Buenos días, compañeros de Iro-chan—habló de modo casi inaudible, sin alterar la máscara inmune que simplificaba su expresión, y prosiguió con su trayecto.

Solo cinco palabras bastaron para que la multitud entrometida enloqueciera.


Monyako hablaba calladamente. Sus dedos sostenían el bolígrado de láser con el cual apuntaba los conjuntos de órganos que debían de haber repasado y que serían incluidos en los gráficos de las pruebas finales. El interés de pocos se fijaba en la explícita fotografía proyectada en los pulcros pizarrones y casi nadie almacenaba las palabras afónicas de la profesora. Piko, Miku y Akikoroid eran los preferidos de Monyako, puesto que atendían todas las presentaciones que preparaba como introducción a las prácticas. El resto de los fastidiados solía releer vagamente las instrucciones y manosear los instrumentos hasta que ella acabara con su discurso introductorio o destruyeran cualquier herramienta o suplemento vulnerable.

Generalmente, lo segundo sucedía primero.

—Bien, el informe deberán de enviarlo esta noche. Aceptaré trabajos hasta media hora después de la cena. Estaré ausente por los próximos diez días y mis períodos serán libres, con la supervisión de Gackupo-sensei—un quejido descontento resonó y dio la impresión de ser un canto gutural de algún ritual. La maestra se sonrió, sin vergüenza de sentirse satisfecha con aquella reacción, y ordenó que iniciaran y pusieran en práctica lo aprendido.

—Así que...—Len alzó disimuladamente sus ojos de la teoría que había leído para la disección. Su visión se limitaba al estudio de la jovencita que se sentaba en el mesón contiguo. Sus cejas estaban apretadas y su semblante reflexivo—, ¿es cierto que el enigmático VY2 y tú se volvieron una pareja?

Iroha quebró la punta de su lápiz al escucharle. Él admiró cómo la sangre fluía desde el cuello de la chica hasta sus orejas, ruborizando a su paso todo rincón del lienzo blanco de su tez. Suzune tomó el grafito dañado y lo entregó a Lui para que él lo afilara nuevamente. El ruido del sacapuntas automático del Equipo D, que retumbó por las paredes impecables del laboratorio, distrajo a Len momentáneamente. Iroha se abstuvo de permitir un contacto visual entre ellos y procedió a preguntar al fatigado Gachapoid si quería ser él quien diera el primer corte.

—Iro-chan, seamos sensatas—dijo Suzune cuando el susodicho, con su torso aún colapsado sobre el mesón y su cachete aplastado en contra de la superficie, extendía su mano y buscaba con una ciega torpeza el bisturí—. En sus condiciones actuales, sería un riesgo entregarle siquiera una aguja. Lui será el encargado.

—Espera un minuto, ¿yo?—El aludido palideció y Suzune asintió, sosteniendo la bulliciosa mano de Gachapoid con el fin de evitar más desastres en la mesa.—Suzu-chan, ¿quieres que devuelva mi desayuno encima de la muestra y reprobemos? El único que encuentra interesante biología experimental en este equipo es Gachapoid. Ni por un millón de dólares me ofrecería a tomar su lugar. Ábrelo tú, Suzune, si tanto insistes en interponerte entre Gachapoid y su presa—su atención se movió hasta la de mechones de tono salmón—. Iro-chan, pídeselo. A ti sí te escuchará.

Iro-chan—repitió Len, sonriendo sutilmente con una pizca de arrogancia—. Me parece que Suzune no es la única sometida a la inocencia de Iroha Nekomura.

—Tsk—Suzune suspiró y plantó su barbilla sobre su palma. Entretanto, el Equipo E empezó a cuchichear sobre la extraña familiaridad que rondaba por los mesones del fondo y Len estuvo cerca de espetarles que callaran—. VY2 es un depredador temible y un superior considerado inalcanzable. Que Iro-chan esté saliendo con él es un escándalo imposible de omitir, ¿cierto?

—¡Suzu-chan, basta! ¡No estamos saliendo—ella soltó un hipido y murmuró:—, no de esa forma!

—Recuerdo que, al entrar en pánico en situaciones de presión, como cuando mentías por otros o eras descubierta robando dulces para Rui, tu respiración se trastornaba y sufrías de hipo—Len habló calladamente—, ¿estás mintiendo ahora, Iroha?

El semblante de Iroha se resquebrajó.

—Len, déjales tranquilas—Rin se sentó en el taburete vacante al lado del rubio.

De repente, golpeó con su puntiagudo codo, sin temor o transigencia, la cavidad debajo de su costilla izquierda, arrebatándole el aliento. A continuación, privándole de su merecida recuperación, le haló del pabellón de su oreja para que regresara su interés al trabajo que debían de empezar. Él contuvo su temperamento porque, en aquel instante, se percató de que no se hallaban solos.

Había una rata muerta en el medio de la mesa. A su alrededor yacían los instrumentos requeridos para el desarrollo de la lección: bisturíes, pinzas finas y pinzas gruesas, agujas de sutura y de disección, alfileres y tijeras. Los guantes de látex reposaban en un compartimiento metálico.

Los demás miembros del Equipo Especial se hallaban escudriñando los resplandecientes y ordenados objetos en el mesón.

Lenka se despojó del sobretodo gris y lo dobló sobre el respaldar del taburete que había elegido. Rinto y Rei—o, específicamente, sus clones—ocuparon los espacios libres a los costados de Lenka. Se deshicieron de las prendas calientes y los abrigos, y los acomodaron de la misma manera que la joven rubia lo había hecho. Len decidió entonces permanecer en silencio. Era listo y meticuloso, y no permitiría que aquella jugarreta de los directores, que a menudo parecían más desesperados de lo que él pensaba, le afectara de ninguna forma. Era una estrategia de manipulación; una prueba que determinaría cuánto tardaría en explotar y causar un desabarajuste que le atribuyera un encerramiento permanente por brotes incontrolables de temperamento.

Desafortunadamente para ellos, Len Kagamine había madurado durante su ausencia, contrario a la creencia popular, y su pensamiento crítico se había transformado en su habilidad más notable y peligrosa. Podían intentar separarle físicamente de Rinto y Rei y pretender que aquello le destruiría, por ser sus amigos algo más íntimo que su propia familia, pero la percepción del rubio superaba esa muralla tan superflua: el orgullo por su invencible amistad se inflamaba al saber que, como trío, implicaban tanta amenaza que debían de mantenerles alejados.

Cuando las falsas creaciones exhibieron sus útiles en los mesones, apenas desviando sus miradas en su dirección como saludo, Len concluyó que la Academia debía de mejorar las bases de sus prototipos. Rinto se hubiera rendido sobre la espalda de Rei, un hábito usual que mostraba en las mañanas, y Rei hubiera hervido internamente de la rabia (pero Len lo descubriría por el enrojecimiento de sus orejas) antes de retirar, con la cautela y el respeto de un caballero, la cabeza de Rinto de su cuerpo y dejarla caer sobre algún libro o encima de la superficie sobre la que trabajaran. Rui le reprimiría con su telepatía de hermanos—porque ella no toleraba que Rinto tuviera infinidades de moretones en la frente con la firma 'Kagene' en ellos—y el pelinegro acabaría realizando un lento asentimiento en cualquier dirección en la que estuviese su melliza.

Había hablado con ellos las noches anteriores a su secuestro y, efectivamente, el alivio que sus conversaciones le proprocionaron había sido incomparable. Rei y Rinto se habían esmerado en conservar las esencias que Len recordaba en ellos. Continuaban siendo los dos jóvenes únicos e inentendidos que tanto estimaba y quería por ser almas idénticas a la suya.

—Uh—Rin suspiró suavemente y Len se recuperó de su ensoñación—. Todos, por favor, sean más discretos. No es la primera vez que Rinto y Rei se marchan por citas y ofertas de patrocinantes.

Las cabezas que habían virado a verles se devolvieron para enfocarse en sus respectivos apuntes. Algunos rieron estúpidamente y otros susurraron ciertas conjeturas antes de ignorar al reformado Equipo Especial. Len se encontraba asqueado por la deshonesta excusa de Rin y el inédito mutismo del salón. La primera vez que rogaba y ansiaba que el molesto ruido contuviera a su mente de procesar las adversidades que le arrinconaban, sus ruidosos compañeros no podían complacerle y decidían quedarse callados.

Lenka recogió un bisturí y pinchó el muslo de la rata, verificando que estuviese realmente muerta. Len se hundió ligeramente en su asiento, sofocándose con la presencia de la segunda joven rubia, e intentó concentrarse en Rin. Su amiga—jamás lo confesaría en voz alta—le regalaba una sensación de calma. El hecho de que Rin fuera capaz de seguir sonriéndole sin resentimientos o remordimientos le dejaba perplejo. Después de su encuentro planificado y la plática seria que tuvieron, había retornado la fantasiosa y dulce jovencita, en oportunidades insoportable, que había atormentado su mundo desde el momento en que Leon les había presentado formalmente.

—Len—ella tocó su barbilla y él, respirando profundamente, contestó:

—¿Qué?

—No quiero abrir a ese pobre animal.

Len recapituló un incidente que presenciaron juntos y que había marcado a Rin. Le acompañaba a su casa una tarde, por una injusta petición de Leon, cuando ella insistió en visitar un café cosplay—horrenda sugerencia para él—que le habían recomendado. Esperaban por el cambio de luz cuando un perro, que él creyó que tenía rabia por la excesiva salivación que brotaba de sus sauces, saltó a la calle concurrida, fue atropellado por un camión y sus restos acabaron pisoteados por una docena de vehículos. Ella lloró todo el camino a su hogar y faltó al colegio al siguiente día.

—Está muerto ya—replicó él y ella se petrificó—. No sufrirá.

—Está muerta—le corrigió Lenka. Fue entonces su turno de congelarse al saber que se dirigía a él—. Era una hembra.

—Ábrela de una vez—dijo Rinto, aburrido. Len solo afirmó y su atención se posó en Rin nuevamente. Ella había palidecido y aparentaba reprimir sus ganas de vomitar, y él supuso que hubiera terminado en la misma condición de haber intercambiado más palabras con Lenka—. Será mejor mientras más rápido acabemos.

—¿Alguno de ustedes quiere hacer los honores?—Ofreció el mango del bisturí a Rei y a Rinto, y luego a Len y a Rin, y recibió cuatro respuestas negativas. Era de esperarse de Rei y Rinto, que no habían sido programados para concluir tareas insignificantes como aquélla, o de Rin, dada su ingenua e infantil naturaleza, pero no de Len—. Bien, seremos entonces la Sra. Rata y yo.

Rei y Rinto se rieron entre dientes y una sonrisa agria y efímera surcó por los labios de Len. Una de sus tantas memorias de la escuela elemental emergió desde los fondos más profundos de su subconsciente. Lenka siempre resultaba simpática cuando no intentaba serlo y, cuando procuraba hacer reír a la gente, solo ocasionaba silencios incómodos. Era un recordatorio de lo que había sido... y que ya no era ni sería jamás.

Demonios.

Len se puso de pie cuando el pecho y el estómago de la rata fueron separados en dos. Rin, al borde de la inconsciencia y con colores enfermizos maquillándole el rostro, le vio aproximándose la profesora antes de proponerse explicarle alguna cosa. Monyako lanzó una ojeada hacia su mesa de trabajo, desde donde Rei y Rinto también evaluaban lo que Len hacía, y le indicó que se les uniera. Sus pies estaban dormidos y sus piernas temblaban violentamente, por lo que llegar ilesa hasta el frente del salón prometió ser una odisea.

Lenka, ensimismada en la culminación de una impecable disección, pasó por alto la desaparición de Rin. Len y ella salieron del aula bajo escandalizadas miradas: Rin iba recargada sobre su espalda. Ignorararon las miradas inquisitivas y temibles de Rinto y Rei, y Len las desvaneció al cerrar la puerta. Comenzó a guiarles por los callados corredores y nadie pronunció alguna sílaba de camino a la enfermería.

—¿Por qué?—Preguntó ella cuando Len le recostaba sin cuidado sobre una de las camas inmaculadas. Predominaba un aroma limpio, de cloro y estelirizadores, y las cerámicas y las paredes fulguraban como el marfil pulido.

—Te veías mal—contestó—. Mucho más patética de lo usual.

—Aprecio tu sinceridad y preocupación, idiota. Gracias por tus atenciones, pero ya puedes marcharte—respondió Rin, apartando los ojos y haciendo un puchero minúsculo. La mirada de Len Kagamine se volvió más gentil y sus manos pálidas, recobrando el impulso repentino que atestó las fibras de su cuerpo, acariciaron los nudillos expuestos de la joven.

—La enfermera regresará en unos momentos—mencionó de repente, alejando sus infieles manos, y apuntó un aviso que colgaba en el vitral de la entrada—. Aguardaré por ella. Tengo que cerciorarme de que no cometas alguna estupidez, ahora que estás débil y torpe, que pueda terminar matándote.

—Solo vete—protestó Rin, mas no había rastro de ofensa genuina en su voz—, tu compañía está enervándome.

Hubo una pausa que dejó a Rin angustiada. Len inhalaba y exhalaba con intervalos de separación lo bastante largos como para ser considerados anormales, y su rostro estaba deformado por una emoción de inquietud que sobresalía únicamente cuando estaban ocultos de los demás estudiantes. Se veía infeliz y martirizado, imposiblemente exhausto de los problemas que la Academia recargaba sobre él y con los cuales ansiaba aplastarle, y Rin tuvo un súbito miedo de abandonarle. Su cariño por Len Kagamine era inmenso—aunque no lo demostrase y de vez en cuando lo negase—y nadie podía imaginar lo que sacrificaría para ver nuevamente al Len que ella conocía, un joven despreocupado y temperamental, en vez de este Len, que representaba la desventura ácida y desesperante de una exótica ave enjaulada.

—Len—llamó y él, reaccionando en seco, se inclinó para oírle—. Tengo sueño, ¿podrías dejarme sola?

—¿Uh?

Insinuándole a través de gestos que no debía de dar importancia a sus palabras, Rin señaló una libreta de notas sobre el organizado escritorio de la enfermería y los lapiceros guardados en un portalápices de orificios. Él tosió y avanzó hacia la vanguardia del escritorio, sosteniendo los objetos demandados y devolviéndose lentamente hasta Rin. Al arrebatárselos de sus manos, ella apuntó la puerta y le echó con la mirada.

—¡Vamos, fuera! No es apropiado acosar a una señorita, mucho menos mientras duerme. Estaré bien—aclaró su voz y enfatizó las próximas palabras:—, nos veremos después. Descansaré unos momentos si la enfermera me lo permite. Adiós, ¡no regreses!


—Luna no puede escuchar sobre esto—estableció Miki, la primera informada del plan de Len, cuando Rui y ella se incrustaban entre dos anaqueles alejados de las zonas concurridas. La pelirroja se había elevado con una corriente de aire, un remolino apacible y dócil, y se encontraba sentada en la cima de una estantería, con una pila de libros a su lado, vigilando los pasillos desérticos. Nadie más que la madura bibliotecaria les hacía compañía desde su trono de madera, empotrado cerca de la entrada, con una especie de ronquido rasgando su garganta cada vez que respiraba. Oía música clásica en un Minidisc que Miki juró debía de ser más viejo que ella, por lo que no prometía despertar pronto de su letargo—. Ha estado comportándose de una manera extraña en estos últimos días y siempre le veo hablando con Meiko-sensei durante los recesos. Aunque, entre nosotras, he de admitir que nunca le he tenido tanta confianza como las demás. Siempre creí que había algo sospechoso con su actitud angelical. Hablé con Tianiyi hace poco y ella repitió para mí unas palabras que había oído de la mente de Luna. Eran... extrañas.

—¿En qué sentido?—Rui acabó de redactar los mensajes asignados e indicó a su compañera que pasara uno de los volúmenes seleccionados. Entre las páginas 111 y 112 insertó el trozo de papel doblado y lo incrustó en la ranura de la cual lo había sacado—, ¿qué fue lo que Tianiyi escuchó?

—El japonés de Tianiyi es bastante acentuado y a veces resulta difícil de comprender, a pesar de que hayan pasado dos años desde que fue recluida por la Academia—contestó, tan repentina y evasivamente, que Rui detuvo la corrida de su lápiz, aparentando anotar apuntes de un ejemplar de Literatura Clásica Inglesa, y estableció de nuevo la dirección de su mirada hacia la cima en la Miki descansaba. La pelirroja hincaba, de un modo discreto y astuto, su atención en un corredor paralelo al de ellas. Rui pasó la página y cubrió el pedazo de papel arrugado donde bosquejaba un código.

—Miki, dime si no te parece—hizo una seña en clave a manera de I, cuyo significado entendían exclusivamente los del Equipo A, y lo recapacitó por unos segundos:—, que un inmigrante esté, negativamente, en soledad total aquí, amerita hospitalidad inmensa.

La aludida repasó la alución, recontando con sus pulgar las letras, y asintió suavemente. Podía percibir, por el rabillo de sus ojos que los largos mechones rojos escondían, la mirada del sujeto intruso sobre ella. Sonrió plácidamente.

Y un kilómetro anchísimo resultaría ideal—ella aplaudió con una imperceptible sutilidad y prosiguió:—, un kilómetro anchísimo de amor, ¡ah! Y otro más de paciencia. Después de todo, Tianiyi y Moke lo merecen. Son personajes tan amigables, a diferencia de otros.

—Furukawa Miki, desciende en este instante antes de que te obligue a hacerlo—reclamó Yukari.

Miki no dudó en pasar la torre de libros al suelo, moviéndolos en un espiral de aire hasta que reposaran uno encima de otro justo a los pies de Rui, y luego se lanzó fuera de la franja de madera en la cima de la estantería. Aterrizó con la delicadeza de una pluma sobre sus puntillas, sacudiendo su melena de canela, y se regresó para ver a Yukari, en compañía del frívolo primo segundo o tercero de Miku, Mikuo Hatsune, estirada sobre el extremo del pasillo. Tenía la nariz arrugada y y las mejillas enrojecidas, como cuando la lengua se retuerce con un ácido o picoso sabor y la cara simpatiza su agonía, y parecía presta a ordenar una descarga de electrochoque.

—Lo siento, senpai—aclaró su garganta y realizó una reverencia—. No era mi intención hacerle enojar.

—Tendrás detención por el terrible ejemplo pretencioso—Miki mordió su labio inferior para evitar una contestación que seguramente le situaría en una posición más comprometedora. Mikuo retó la mirada indiferente de Rui por unos segundos y, si le distinguía como conocida de su parienta, no reiteró su importancia—. Limpiarás la biblioteca el viernes por la noche.

—¡¿El viernes?!

Rui practicó alarmarse, de igual forma que Rei lo hubiese hecho, internamente. Contuvo el desmoronamiento visual de su compostura. Miki, por el contrario, exteriorizó toda la indignación que sentía en su semblante.

—¿Desacatarás mi orden, Furukawa?—Ladró Yukari, anotando en una agenda táctil, con las cuales los miembros del Comité registraban, comparaban y recababan los horarios de castigo que debían de ser observados, la nueva asignación que Miki había recibido. La mencionada se obligó a negar, con su orgullo expuesto como tapete en el piso, y la fanfarrona expresión de Yukari reveló cuánto le complacía su cooperación.—Entonces, te reportarás a las seis en punto con la bibliotecaria y tendrás tres horas para re-organizar y estructurar en secuencia alfabética los volúmenes en cada sección una vez que el aposento sea desalojado a las siete en punto. También desempolvarás, barrerás, trapearás y pulirás.

—¿Cómo lograría terminar todo eso en tres horas?—Sollozó ella—, ¿y sin la ayuda de mi gen-V? Este lugar es el triple de grande que los comedores en los dormitorios. Por lo mínimo cinco horas...

—Qué ridícula pregunta: por supuesto que habrás de culminarlo sin el uso de tu gen-V—dictaminó la superior y Miki desinfló sus cachetes e intentó sonreír, queriendo privarles del deleite de verle derrotada—. Si no has acabado tu tarea al dar las diez de la noche, serás llamada a la misma hora al día siguiente.

—Pero estará sucio nuevamente; todos visitan la biblioteca los sábados—farfulló para ella misma, pero Mikuo le descubrió.

—Entonces te convendrá acabar esa misma noche.

—Así valorarás las instalaciones sagradas de nuestra Academia—declaró Yukari—, y no andarás volando descuidadamente por ahí. Una llamada de atención más como ésta y quedará registrado en el expediente del Equipo A de segundo año. ¿Comprendido?

Piko no estará feliz de escuchar eso.

Mikuo y Yukari depararon en los libros que Rui resguardaba entre sus piernas antes de marcharse. Al oír la afirmación del eco que ocasionó la puerta cerrándose, ella empujó y derrumbó la torre de libros con la punta de su zapato.

—Habrá que armar una nueva lista—chistó y Miki, espontáneamente, se desplomó en medio de la colección desparramada, gruñendo. Sus palmas se presionaron sobre sus órbitas voluminosas y sus uñas se enterraron en el borde superior de su frente—. Regresarán a revisar lo que hayamos hecho. Una pista inconvenientemente ubicada y las precausiones tomadas habrán sido en vano.

—Cómo aborrezco este sistema—resopló Miki—. ¿Cuánto estimas que Len se enfadará al saber que me han castigado? Fue un error minúsculo, una falta perdonable. ¿No concuerdas conmigo?

—Dependerá de su estado de ánimo, por supuesto—la pelinegra contrajo sus hombros y se apoyó, con un respiro profundo, contra un anaquel—. Probablemente lo haga a una escala menos agresiva de lo que esperas...

—¿Tú crees?

—...o quizás queme el resto de tus útiles y unas cuantas de las revistas de farándula que coleccionas.

—Sobreviviré siempre y cuando no coloque un dedo sobre el ejemplar que tiene de portada al cantante de V-Puzzle. Empezaba a sentirme como una acumuladora de todas maneras.


Los amplios y fascinantes vitrales traslúcidos proyectaban un exquisito baño de colores anaranjados y rojizos. Los rayos del atardecer se colaban dentro del despacho con una gentileza hospitalaria y embellecían con un toque mágico los objetos peculiares que eran resguardados en aquella oficina. Brindaban un clima cálido y relajante, ideal para la consumación de una merecida siesta o un reposo durarero, y su calma resistía toda perturbación del exterior.

Las sombras del inmobilario crecían y se alargaban, como inmensas atalayas, a su alrededor. Era tan profundo el silencio que percibir el avanzar del secundero del reloj, localizado en algún punto a su izquierda, no resultaba una tarea complicada. El polvo dorado de luz que caía desde los ventanales artesanos acobijaba el prominente escritorio, tan extravagente y acaparador como la persona que solía ocupar el sillón detrás de éste, con un resplandor fascinante. Parecía que el despacho contaba con un embrujo especial, experto para la ensoñación de mentes débiles.

—Cuánta consideración—una voz retumbó en las esquinas vacías y se desvaneció en al aire. Len retrajo sus ojos, fatigados ya por las horas de espera en la misma posición, cuando una de las tres puertas que se surgían del interior de la oficina se abría. Era una metálica a la izquierda, adyacente a la única puerta de caoba que conducía al baño, y descubría detrás de ella una serie de escaleras que, por el murmullo que creaban, revelaban su condición de automáticas. Éstas descendían y descendían, y en su extremo más hondo se unían a un corredor que conectaba los laboratorios de investigación secundarios de la Academia.

Len, contándose entre una minoría estrictamente vigilada, tenía conocimientos sobre aquellos túneles y laboratorios por los exámenes que, de niño, con tanta persistencia le hacían en los confines más oscuros de aquellas áreas de trabajo científico.

—Mucha más que la de usted—habló fríamente—. Llevo dos horas esperando por su aparición.

Con la elegancia y la distinción de una dama de linaje pretencioso, la directora desfilo sin prisa hasta descansar en el asiento en el que todos los días laboraba. Se despojó de su pomposo abrigo negro y enseñó los escuálidos brazos de nieve en los que resaltaba un nuevo tatuaje. Era una inscripción en griego, trazada con una fina tinta negra, y Len sabía lo que significaba.

Milagro.

Haku bloqueó la salida a los túneles en un panel de reconocimiento dactilar al introducir una contraseña de la que solo sabían las leales servidoras de Mew y demás funcionarios y agentes de la Academia. A continuación, recogió el abrigo que su mentora le tendía y lo colgó en los brazos de un perchero con la forma de la Torre Eiffel—Len ni siquiera se molestó en criticar aquella vanidad del gusto de Mew. Procedió hasta una vitrina que la dueña de la oficina utilizaba para alardear de su incomparable colección de animales tallados en piedras preciosas—su adquisión más notoria era una manada de elefantes hechos con diamantes, que tenían diminutos zafiros como ojos y agujas de esmeraldas en los colmillos, además de mantos exóticos con ámbares, cobaltos, rubíes y perlas sobre sus lomos—y extrajo una botella cara de vino añejo. Sirvió unos tres dedos en una copa con los bordes curvados a manera de flor y la posicionó sobre un portavasos en el escritorio de Mew.

La directora intercambió una mirada perspicaz con Haku y la alumna, sin alterar su austera expresión, asintió. Retirándose por la otra puerta, dejó a Mew y a Len en completa soledad. Ella descansó sus codos encima del escritorio y entrelazó sus esqueléticos dedos delante de sus labios rojos. Lucía sus lentes de Sol, por lo que Len no podía atisbar la silueta de sus ojos.

—Deberás de disculpar mi tardanza, Len-kun—canturreó en un tono grave y lento, y el rubio le respondió con un frío asentimiento—. Debía de atender una video-conferencia con uno de nuestros socios fuera del país. Es uno de los clientes que tú conoces mejor.

—¿Qué es lo que quieres?—Exigió él sin temor y Haku, que iba aproximándose desde atrás, le golpeó en la cabeza.

—Sé más respetuoso—tendió a Mew una pila de folios negros y fulminó con su mirada al Kagamine—. Estás en nuestro territorio, así que jugarás bajo nuestras reglas.

—Vamos, lo que menos necesita este "armisticio" es de nuestra hostilidad—Mew abrió cada una de las carpetas y fue organizándolas en una hilera sobre su espacio de trabajo. Los perfiles seleccionados eran los de aquéllos involucrados en el plan de Len. Piko, Miku, Miki, Rui, Megumi, Gumiya, SeeU, Akikoroid, Moke, Tianiyi, Iroha, Suzune, Lui y Gachapoid. Las catorce fotografías, con atenciones dirigidas al vacío, se implantaron en su memoria. Por leves instantes, una ráfaga de terror surcó sus venas al saber que las consencuencias de sus acciones no serían ejecutadas solo en él—. Estos estudiantes fueron detectados por nuestro sistema al utilizar, simultáneamente, sus genes-V durante el período del almuerzo. Un fenómeno inusual y sospechoso, por supuesto. Rei-kun resolvió alejar a Rin-chan antes de que pudiesen cometer alguna tontería... Pero esta clase de conspiración no puede ser omitida. ¿Qué piensas tú, Len-kun?

—Que mi opinión no cambiará cualquiera que sea su decisión—contestó y su tono se transformó a uno impertinente—, Mew-sama.

—Tan insolente como siempre—ella sonrió y cerró los folios extendidos. Los recopiló y arrimó hasta el margen derecho. Tomó la copa de vino entre sus dedos y sorbió suavemente, detallando las facciones impasibles del joven rubio—. Eres una influencia despreciable para nuestros estudiantes, Len Kagamine. En esta institución existe una jerarquía que debe de ser cumplida y acatada. El reglamento fue establecido para que le otorgara vigencia e importancia. Es justo y no perecedero.

—¿Realmente?—Él frunció el ceño y se cruzó de brazos—, porque las torturas en las regiones de castigo, ésas que me hacían a mí de niño o que osaron en hacerle a Rin para activar su gen-V, son todo menos justas.

—Eres aún un niño, Len-kun. Eres listo, he de admitir, pero no tienes idea de lo que hay allá afuera—Mew se reclinó sobre su sillón—. De igual forma que ocurre en el mundo real, aquí se diferencia una jerarquía invencible: tenemos a los depredadores y luego a las presas. Tú, Len, eres definitivamente parte del segundo conjunto.

Él alzó sus cejas.

—¿Y dónde entraría usted?—Replicó—, ¿acaso existe una tercera categoría debajo de las presas? ¿O es tan débil que no merece ser incluida en alguno de los rangos?

—Te crees mucho más de lo que eres, soez mocoso.

—Lo lamento. Encontrarme permanentemente en la cabeza de los sondeos que han hecho para determinar a los estudiantes que más destacan, de modo positivo o negativo, ha inflamado mi ego terriblemente. Eso, además de que me haya recluido para discutir conmigo lo peligrosa que es para ustedes mi influencia sobre los demás, me ha dado ideas.

—La única razón por la cual nunca fuiste erradicado como debías desde un principio—espetó Mew, hastiada ya de la insensatez del otro—, fue por la intercesión de tu padre, Len. No obstante, la situación ha cambiado. ¿Sabes con quién hablaba antes de venir a verte?

El estómago de Len se hundió.

—Tu padre está feliz, Len—ella se regocijó por la reacción obtenida—. Tu madrastra ha dado a luz a un pequeño, concecibo bajo un tratamiento de reconfiguración genética para evitar que tuviese los mismos defectos que tú, y los gráficos de su potencial son prometedores. Deberías de verle, es una ternura.

—¿Qué ganas diciéndome esto?—Protestó y Haku percibió la ira y el odio recargados en su voz. Sonrió.

—Ya no existen razones que nos retengan, pues tu padre nos ha autorizado de tomar cualquier medida disciplinaria para enderezar ese carácter bravío que tienes—advirtió—, da un paso más en falso y me aseguraré de acelerar el daño que tu gen-V te ocasiona. No te quiero cerca de ninguno de estos estudiantes, Len. Tampoco de Rin o de Lenka. Te enviaré lejos; partirás a una misión en Rusia o en Canadá.

Mew estampó una foto de él en el escritorio, en contraposición a los folios de sus compañeros, y dictaminó:

—O eres tú—ella tumbó las carpetas—, o son ellos. ¿He sido clara?

Len Kagamine salió del recinto con una notificación en sus manos. De su bolsillo derecho extrajo un papel y lo desdobló cuidadosamente.

Mew-sama seguramente querrá hablar contigo hoy, Len.

Sé fuerte y no dejes que nada de lo que te diga te afecte.

Es muy vivaz, ¿sabes? Y astuta, como las serpientes...

Sin embargo, yo confío en ti. Eres el idiota testarudo más inteligente que conozco.

Así como nunca me escuchas, tampoco debes escucharla.

Estoy emocionada por el viernes.

Operación rescate, ¡fighting!

-Rin.

—Lo lamento, Rin...


Drama con la familia de Len. ¿Qué creen que sucederá? ¿Les gustó? ¿Merece algún comentario?

Gracias a todos por sus reviews y por sus favoritos, me halagan enormemente cuando leen mi historia. Espero que este capítulo, el más largo que he escrito hasta ahora, no les haya aburrido. u.u En el siguiente capítulo las cosas se complicarán un poquitín más... ¿Sería bueno poner un adelanto?

¡Aquí va!

—¿Estás retractándote?—Exclamó ella—, ¡pero fue tu idea!

—Lo haremos sin él—dijo Rin, determinada—. ¿Quién necesita de un cobarde?

—Tus padres han venido a visitarte—le sonrió Cul—. O, mejor dicho, tu padre y su esposa.

Les quiere, Uni Sawada.